Fútbol color domingo

Por Reinaldo Spitaletta

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol. El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo.

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

Qué curioso. El domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

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Los colores de la ciencia

Por Reinaldo Spitaletta

La profesora se paró junto al tablero y empezó a decir que la ciencia, mis queridos muchachos, es todo el conocimiento obtenido por el hombre mediante la observación, la experimentación y los razonamientos. Hasta ahí los ojos de los escuchas estaban abiertos, pero sin curiosidad. Ella prosiguió diciendo que de la ciencia, un cuerpo sistematizado de saberes, se deducen principios y leyes generales.

—Profesora —interrumpió Manolo Fernández, un negrito con mirada de descubridor —¿Y la ciencia tiene colores?

Los demás observaron al de piel achocolatada y se rieron. La profesora, vestida de blusa de cuadros naranjas y blancos y una falda corta y oscura, sonrió.

—Sí, claro, Manolo. Colores, olores, sabores… Ah, y colores invisibles.

—Cómo así, —preguntó el mono de la fila de adelante.

La maestra salió del salón y luego regresó con una hélice de cartón, pintada de colores. La hizo rotar con una manivela hasta que los colores desaparecieron. Luego del cajón de su escritorio, sacó un prisma, ordenó que cerraran las ventanas y solo dejaran un pequeño resquicio para la luz, puso el objeto maravilloso frente al rayo solar, que lo atravesó, y salió un arco iris.

Manolo no podía creer lo visto y preguntó:

—¿De qué color es el agua?

—Depende, —dijo otro, restregándose los ojos. —Tengo una pecera con agua de muchos colores.

—En la naturaleza —terció la profesora— hay colores visibles y colores invisibles.

—Cómo hacemos para ver los invisibles, —preguntó el pelicabuya (que así le decían sus compañeros), mientras Manolo se rascaba la cabeza y los otros murmuraban.
—Los ultravioletas y los infrarrojos no los vemos a simple vista, —señaló la profesora, inquieta y buscando palabras simples para explicar. —Hay aparatos especiales para verlos, —continuó.

—¿Ah, y si cerramos los ojos, podemos ver colores?, —interrogó uno de la última fila. Los demás se volvieron para mirarlo. Tenía los ojos cerrados. Lo imitaron y en un coro destemplado comenzaron a gritar: “¡Sí, podemos ver colores!”.

—La ciencia —dijo al final la maestra— es lo que nos hace ver lo invisible.

Gitanos en la manga

Por Reinaldo Spitaletta

La manga de los talleres del ferrocarril amaneció con carpas rayadas, amarillas, verdes y rojas. “¡Llegaron los gitanos!”, se extendió el grito, no de bienvenida sino de extrañeza. Los primeros en curiosear fueron los muchachos de Manchester, un barrio obrero de calles anchas y apacibles. Miraban como si se tratara de una invasión de extraterrestres.

“Esas gentes no trabajan”, dijo alguien, y su voz tuvo eco. El barrio, con fábrica textil y estación ferroviaria, tenía, en efecto, los colores del trabajo. Eran color chimenea, color ladrillo, color humo de viejas locomotoras, color de obrero. “No trabajan, roban”, dijo otra voz, que se replicó en las calles.

Las gitanas, ataviadas de faldas largas muy coloridas, blusas de zaraza y pañoletas rojas, unas, amarillas, otras, comenzaron a pasearse por el barrio, de casa en casa, ofreciendo sus servicios adivinatorios. Esa actitud les gustaba a las señoras, que, sin embargo, las observaban con aire desconfiado. “Cuidado, nos pueden robar”, insistían, pero su voluntad y sus prevenciones eran insuficientes ante las ganas sin contención de saber el futuro.

Muchas señoras abrían sus manos para conocer el porvenir, pero antes se despojaban de anillos y otras alhajas. Los gitanos permanecían alrededor de las tiendas de lona y a veces cantaban canciones en germanía.

El paisaje del barrio se mezcló de colores. Los de los textileros, convocados por las sirenas de la fábrica, vestidos de overoles azules. Los del ferrocarril, con uniformes caqui, y los de la gitanería, que traían colores nuevos.

Los más contentos con el insospechado arribo de los gitanos eran los niños, que confundían las carpas con un circo, y a las gitanas con brujas de cuentos infantiles. También los señores se alborotaban con la presencia de aquellas damas exóticas, con ajorcas doradas y collares de bisutería resplandeciente.

Dos meses después, las mangas amanecieron despejadas, la hierba se había secado y por el barrio se expandió un grito colectivo, no se supo si de pesar o alegría: “¡Se fueron los gitanos!”. Manchester volvió a ser el mismo, con su olor a sudor de obreros, sus paredes anaranjadas y con los trenes que, con sus pitos, parecían llorar la ausencia de los gitanos.

El color de las sombras

Por Reinaldo Spitaletta

Usted me dirá, y no sin razón, que las sombras son la negación del color. Yo en cambio le contaré cómo hay un lugar en la ciudad donde las sombras son puro color. Sucede en un barrio marginal, en la casa de don Luis Ángel Cartagena. Lo conocí en mis tiempos de reportero buscando temas insólitos para un periódico de pacotilla. Llegué hasta él porque, usted sabe, claro, los vecinos, una conversación en bus, una pista en un cafetín del Centro, y así.

Llegué en medio de dudas. Podía ser, como tantas otras veces, una falsa alarma, o un farsante. Me invitó a pasar, después de haber tocado tres veces una puerta vetusta, de la que ya no se sabía su color. Me dieron buena espina su cara de vietnamita y su barriga de hombre bondadoso. Advirtió que poco le gustaba la publicidad, que podía ser peligroso que en otros barrios se enteraran de su pieza oscura en la que no se sabe por qué artes inexplicables, la sombra era capaz de ponerse roja, o verde, o solferina, según los pensamientos del visitante. O de sus deseos.

—Lo malo es que no puede tomar fotos—, dijo, con un gesto de seriedad. Tenía una camisa de cuadros azul marino y verde oliva.

Entramos al cuarto, la puerta se cerró sin que nadie la empujara. Un escalofrío me recorrió por la espalda, creí ver una sombra que se escabullía por entre unas cortinas color crema. Don Luis apagó la bombilla y las tinieblas nos envolvieron. “Cómo diablos va a haber sombra si no hay luz”, pensé. De inmediato noté rayitos luminosos que se filtraban por el techo. —Debe de haber goteras, —me dije.

A una orden suya, me instalé en la mitad del cuarto. De pronto, vi mi sombra, larga como las que dan los ocasos, y era anaranjada.

—Piense un color, un color que le guste.

Y ahora la sombra era roja. El fenómeno, inexplicable para mí, contradecía las leyes físicas. “La quiero azul”, y azul se puso. “Y ahora color arrebol” y mi sombra era un arrebol. Pensé en el color de los días de lluvia, y así fue. Mejor dicho, subí en grado de dificultad cromática y el insondable misterio respondía a mi petición.

No publiqué el reportaje. Don Luis quedó muy agradecido. Y yo también, porque quién que es realista se iba a creer esa manifestación insólita de las sombras de colores.

Mi tía la alquimista

Por Reinaldo Spitaletta

Además de sus artes brujeriles, mi tía Verania tenía poderes de alquimista. No sé si estos secretos herméticos los aprendió en un texto de Paracelso que compró en una venta callejera de libros usados, o si nació con ellos. El caso es que, si bien era una lectora infalible de las cenizas de cigarrillo y las cartas de la baraja española, tenía un cuartito restringido en el que ella quería, con sus experimentos de aprendiz de ciencias ocultas, convertir en oro las matas de ruda y altamisa. No sé cómo se le ocurrían tamañas barbaridades, ¡cómo iba a ser posible transmutar unas matas vulgares en el metal preciado!

Así que en mis visitas, en un tiempo muy frecuentes, ella pedía dispensa para alejarse unas horas, encerrarse en el “laboratorio”, mientras me dejaba en el resto de la casa, no sin antes servirme huevos revueltos, con tomate y cebolla, queso, arepa y chocolate. “Ah, y cuando terminés, si querés ponéte a leer las revistas de Selecciones”, decía.

Lo más parecido al suspenso de aquellas estadías era espiarla (porque más podía mi curiosidad que las prohibiciones) por las rendijas y entonces la veía echar líquidos en pipetas, que se ponían rojo cereza, unas veces, verde limón en otras, y entre tanto ella pronunciaba palabras incomprensibles para mí. Las pipetas comenzaban a burbujear y por debajo de la puerta salían vapores blancos, como los que les echan a los cantantes en los teatros, y un olor a infusión de hierbas.

En su casa siempre había ácido bórico, sales de Inglaterra, menjurjes en frascos oscuros, bicarbonatos, jarabes y hasta tenía una pata de conejo en un saquito de terciopelo rojo. Observarla en trance era menos un espectáculo que una calamidad, porque a veces dejaba pasar el tiempo y entonces las pipetas se estallaban o sus infusiones se secaban. Y, bueno, uno no podía más que taparse la boca para no soltar la carcajada.

Creo que era eficiente en sus artes adivinatorias, mas no en las alquímicas. Nunca pasó de tener una casita de pobre, con paredes desnudas y dos o tres cuadros, uno de ellos con Jesús meditando en Jerusalén. Los otros, eran paisajes con puentes, lagos y flores, y unas muchachas muy blancas y rubias en una barquita.

Cuando se fue para Venezuela, desengañada de sus experimentos y aprendizajes frustrados, me dejó de recuerdo un libro de plantas mágicas y el único anillo que, nunca supe si por milagros o porque en efecto algo de ciencia esotérica tenía, ella pudo convertir en oro. O eso me dijo.

Portada de la novela El último puerto de la tía Verania

De diciembre, judíos y literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Diciembre es asunto de cultura. Y, claro, de consumo. Decía una señora, mi vecina, muy perspicaz, que sería bueno recordarles a los cristianos que en estas calendas están celebrando el nacimiento de un judío. Y al mismo tiempo, otro vecino, que resultó ser más irónico, contestó que si no era cierto que a ese judío lo habían matado sus propios congéneres o correligionarios, y que los romanos no tenían ninguna culpa en el desenlace. Y así, entre risas y chascarrillos, la conversación fue derivando hacia lecturas, platos, gustos y las turbamultas en las zonas comerciales.

Diciembre, para los que habitamos en barrios, es la posibilidad de entrar en contacto entrañable con el vecindario. Todavía hay quien te mande el plato de natilla con buñuelos o el que te invite a pasar a su casa a degustar un café o un trago. Menos mal. Porque diciembre, pese a que hay quienes cantan Maldita Navidad, del compositor José Barros, o la Navidad de los pobres, de un grupo tropical llamado Los Éxitos, es un mes para volver a lecturas como las de Charles Dickens y el avaro almacenista Scrooge, o rememorar algún cuento de O. Henry, o de Truman Capote, o a Tomás Carrasquilla con El rifle en el frío bogotano, y así, que lecturas navideñas hay para dar y convidar.

A propósito de lecturas y judíos, con doña Rosa, otra de mis vecinas, tuve la ocasión de un palique de acera. Ella, tan devota de la literatura judía, decía que nadie escribe mejor que los de esa condición cultural y religiosa; incluso, en son de charla, me decía que me regalaba, como si yo fuera un amante de pesebres y novenas navideñas, a Joshua, Joseph y Miryam, y yo le contesté que me gustaban más los tres reyes magos, que ni eran reyes ni magos ni eran tres. Y así la charla transpuso la jocosidad para tornarse seria cuando le dije que había musulmanes y católicos y protestantes y ateos que escribían muy bien, que la buena escritura no era asunto de religión o de falta de ella.

“Ve, entonces espero que alguno supere el libro de Job”. Y aquí fue Troya, porque a ella, que tiene como su texto de cabecera al doloroso patriarca bíblico, que sin duda es protagonista de un libro imprescindible, le contesté que en el arte y la literatura no es cuestión de superar una obra a otra. Ni La Odisea, ni La Ilíada, ni la Comedia (llamada Divina), ni el Quijote, ni Madame Bovary, superan, por ejemplo, a En busca del tiempo perdido, ni este a los anteriores, que todos son clásicos, libros que nos siguen interrogando, inquietando, despertando. Mostrando caminos. Cien años de soledad no supera a Gargantúa y Pantagruel, ni estos libros (son cinco en uno), superan a el Satiricón.

Así que diciembre, con sus festones de esquina, nos permitió otra vez conversar en torno a que la idea de “progreso” no cabe en el arte. Que El Bosco y Picasso nada tienen que ver con que uno supere al otro. Los dos nos han hecho la vida diferente y ambos, con muchos otros (músicos, científicos, poetas…), nos reconcilian con el hombre, que las más de las veces no es solo lobo, sino una especie de leviatán, también un monstruo bíblico que representa con acierto y de modo azaroso la parte oscura de la humanidad.

Doña Rosa, que está bajo el inteligente influjo de Primo Levi, Bashevis Singer, Canetti, Joseph Roth (que igual tiene un perturbador Job), Bellow, Samuel Agnon, en fin, es lectora todo el año, pero en diciembre comienza a provocar con sus escritores judíos, extraordinarios, claro, como los hay fuera de serie entre negros y blancos, japoneses, budistas, indios de la India, cristianos y ateos. Que uno no puede dejar de leer, por decir algo, a Céline o a Hamsun porque fueran simpatizantes nazis. O a Shakespeare (doña Rosa le tiene altar en su casa) por sus deslices antisemitas en El mercader de Venecia y Otelo.

Diciembre, en efecto, es materia de cultura. Y de vulgar consumo. Pero es, todavía, lindo y afectuoso en el barrio, en el que habitan gentes como doña Rosa y una hermosa chica de reggaetón.

Diciembre era la infancia

Por Reinaldo Spitaletta

Cuando la voz sabrosa y medio nasal de Guillermo Buitrago comenzaba a expandirse por el barrio, todos decíamos: “¡ya es diciembre!”, aunque fuera noviembre o antes. Eran sus sones la medida de la alegría y la certeza del advenimiento del mes más esperado del año. El cienaguero, que influyó en lo que a partir de los cincuentas sería la música parrandera paisa, estaba presente en las guirnaldas y en todos los pianos (Seeburg y Wurlitzer) de los bares, y alternaba, en las casas, con los villancicos y los adornos navideños.

Y con “Dame tu mujer, José” y la “Víspera de año nuevo”, en el barrio las calles cambiaban de color y de cara. No faltaban los convites para la confección de festones de papel de globo, que se ponían como pasacalles, y para el arreglo de fachadas. A diciembre se le recibía con las mejores galas (y no como ahora, en Medellín, donde, desde hace unos quince años, los paramilitares comenzaron con la tal “alborada”, una celebración de estridencias y estropicios siniestros).

Diciembre estaba ligado a la infancia, que es, como dicen los poetas, nuestra única patria. No había Santa Claus, de anglosajones y otros pueblos fríos, ni su doble, el fastidioso papá Noel, de la Coca-Cola y de los franceses. Las cartitas de pedidos se enviaban al palestino Niño Jesús o, en su defecto, a los Reyes Magos, árabes y persas. Los mayores se daban aguinaldos el dieciséis, día en que comenzaba el novenario, en los que algunos pelados hacíamos cascabeles de tapas de gaseosa y alambre. Y se cantaban villancicos, casi todos venezolanos.

El cielo de diciembre tenía globos y constelaciones de fantasía. Y la infancia se ejercía entre luces y detonaciones. No era peor ni mejor. Era distinto. Creo que, pese a tantos totes y papeletas y voladores, había menos quemados que hoy. Y como casi todos los perros eran vagabundos, no se morían de infarto con las explosiones aterradoras de triquitraques y cohetes de artificio. Los marranos sufrían mucho y todavía recuerdo sus chillidos de dolor y desgracia.

Ah, menos mal que, por lo menos en Medellín, donde antes a los cerdos se les sacrificaba en la calle, en medio de tormentos y de risas colectivas, con sentencia y humo y aguardiente y borracheras, hoy no se monta tan deplorable espectáculo. En tiempos de mafiosos y sicarios (bueno, no es que hayan pasado todavía), se vieron escenas nefastas de pistoleros que los mataban a bala, quizá siguiendo aquel dicho entre guasón y cruel: “dele un tiro pa’ que no sufra”.

Diciembre se colaba por claraboyas y ventanas, entraba en las cocinas y cambiaba las dietas. Subía el volumen de los equipos de sonido (radiolas, tocadiscos, fonógrafos…) y cambiaba la temperatura ambiente. Los niños engordaban la imaginación, mientras las muchachas lucían más lindas que en otros meses. En algunas casas olía a musgo y en otras a aserrín. No había trineos tirados por alces ni abetos cargados de nieve ni de paquetes de regalos, envueltos en papel brillante. Nuestra Nochebuena tropical era cálida, con natillas y buñuelos, con niños que se acostaban el 24 de diciembre, antes de las doce, para esperar el “traído”, o, de otras maneras, para espiar a ver si era verdad que llegaba el Niño Jesús con su cargamento de sorpresas.

Tal vez se trate de una nostalgia de pacotilla, pero me parece que era menos el frenesí por el consumo, por la pose y el esnobismo. No había centros comerciales (todos son igualitos) y todavía no nos habían uniformado con hamburguesas ni otras chucherías de desecho. La víspera de navidad era una aventura ir con mamá a la plaza de mercado a comprar gallinas y yerbas para el adobo. Aquellos olores a albahaca, tomates, cebollas, yucas, coliflor, cilantro, toronjil, apio…, eran parte de un paisaje ebrio y multicolor.

Diciembre se presentía en las brisas de noviembre. Y había un cantor que desde las estribaciones de la sierra, llegaba con su guitarra a decir que le gustaba el ron de vinola y bailar con Lola, y a hacernos creer que el mundo era otro porque estábamos en el mes más añorado, más cantado. Más aguardado. Eran días en que la imaginación no solo era la loca de la casa, sino de la calle. Y en ella, el 24 a media noche, el Niño Jesús se quedaba bailando después de haber cumplido su imprescindible labor. La de aumentarles la inventiva a los pelados que estrenaban traído.