Los colores de mi ciudad

Reinaldo Spitaletta

Mi ciudad es color ladrillo, aunque los extranjeros la ven color naranja, les he escuchado pronunciar. Es una ciudad rara, rodeada de verdores. Bueno, color ladrillo es un decir, porque, si bien es cierto es el predominante en altos edificios y en numerosas casas, podría ser que un fogonazo del guayacán la convirtiera toda en un incendio amarillo. Usted quizá se ha dejado sorprender por estas flores en el piso, por esas otras que todavía no han caído, y sentir que habita en otro planeta, que es imposible que aquí uno pueda caminar por una acera tapizada de amarilleces y que un solo árbol sea capaz de ofrecer tanta alegría. Sí, es probable que nadie quede impune ante tal maravilla. Y entonces tome fotos o quiera coger algunas flores del suelo, para besarlas o echárselas al bolsillo.

Medellín tiene el color de ceibas y cámbulos urbanos, el de las flores del gualanday y también el de las frutas tórridas. En una carretilla se puede encontrar la inverosímil variedad del trópico: colores con olor a mango y piña y guanábana y mora, con sabor a papaya y mandarina, a patilla y zapote. Los vendedores ríen, haya sol o lluvia. Saben que en sus ventorrillos ambulantes hay torrentes de luz.

Alguien pudiera decir, no sin razón, que una ciudad también tiene colores metafísicos, según las estaciones anímicas. Por ejemplo, para doña Leticia Palacio, habitante de San Javier, Medellín es azul, porque, según advierte, en días soleados las montañas se ven de ese color, un color que se va extendiendo por patios y calles, por entejados y torres, y entonces ella dice que así es el vestido de las vírgenes, como la que ella tiene afuera de su casa en una urna de cemento, una imagen de la Inmaculada Concepción, y así el color de las hortensias de su antejardín.

Se han oído voces que hablan del color sepia de la ciudad, son palabras de viejos, encerrados en asilos y casas de la “edad dorada” que recuerdan sus años iniciales, cuando todavía el mundo era reciente, una parroquia, una aldea sin tantas ínfulas. Así de ese color ven, por ejemplo, la catedral metropolitana o la callecita del barrio donde crecieron. De ese modo pintan la ciudad con el color de sus nostalgias.

Hay días en que la ciudad toma el color amarillo turbio de su río o el de las barquitas tristes de los areneros, cerca de Moravia, donde hace años hubo un morro lleno de bazofia. Otras, el de los muchachos que se suben a los buses a vender confites y buhonerías, discos compactos y estampitas virginales, o el de los taxis, con su monótono amarillo. Es una ciudad inesperada. En agosto puede vestirse de claveles y pompones; en diciembre, de bombillos de fantasía, y en abril del color indefinible de la lluvia.

Lo mejor de todo es que cada uno puede pintarla a su gusto. Rosa como el parque Lleras, fucsia como el parque del Periodista; bermeja, como el de la tierra de los barrios altos; mandarina, como el solar de la casa de doña Esperanza, o como el color del viento que viene de Santa Elena cargado de flores y de soles mañaneros. Y, como en un tango, puede teñirse con el color de los ocasos. Ya, para certificar, no hay fábricas de arreboles, porque el poeta que las inventó ya no vive, y el mundo de la ciudad es ahora menos cromático y más sobresaltado.

Obra de Beatriz Velásquez (tomada de internet)

Los colores de los niños

Reinaldo Spitaletta

Los niños son más coloridos que el arco iris. Voy a enfocar al que está concentrado en la cartilla. Su cara, mejor dicho, todo él, es un abecedario, con un mi mamá me mima muy verde y un enano come banano, amarillo, y ahora adquiere el color de la iguana, la misma que toma café a la hora del té, qué niño este color de uva, color de albahaca, color limón. Mi cámara hará un paneo y se detendrá en aquel que dirige con un control remoto un carro de carreras sobre una pista de hielo. Qué extraño: sólo a él se le ocurre una aventura así, un fórmula uno de juguete deslizándose por esa agua dura.

Me gusta ver los colores de los niños sobre todo a través del visor. Apunto ahora al que lleva la pelota, ora en los pies, ya en las manos, de pronto en la cabeza, es un malabarista, hace treintaiunas, la pelota está encantada, él la acaricia, la ama, la consiente, es un pelado que seguro va a ser sensación en su barrio, o, mejor, ya lo es, porque las señoras salen a las ventanas a observar las versatilidades del hijo de doña Margarita, según declara una. Sí, es una maravilla, con tal de que no nos quiebre las vidrieras a balonazos, dice otra.

Encuentro otro, embelesado con un cascabel colgante, alza los pies, levanta las manos, ríe con una risa de dientes inconclusos, en medio de trapos azules y blancos. El cascabel es amarillo y tal vez para él así será el sol.

En mis recorridos hallo, de pronto, a niños que persiguen mariposas en el parque. Aquellas, bailan, hacen fintas, y ellos tratan de alcanzarlas, ellas se alzan, luego bajan, y ellos brincan y al fin se cansan. Las mariposas se van, parecen contentas. Ellos también. Tienen la cara anaranjada.

Por ejemplo, aquel que va del brazo de su mamá tiene el color del cono, debe de ser un helado de fresa, crema regada alrededor de la boca, lengua de ansiedad. Pienso no sin cierta maldad qué pasaría si la crema se le cayera al piso, tal vez habría llanto, conmoción, su mamá se devolvería a comprarle otro, él no querrá otro si no el que se ha regado y llorará. Puede haber pataleta. La mamá le limpiará la cara, el sentirá el último sabor de su cono y caminará mirando atrás, mientras el helado se derrite. La acera también tiene derecho a probar.

Así, cada vez veo niños que parecen pintados en cuadernos de dibujo escolar. Rayados, mezclados los colores sin un orden especial, un ojo más grande, una nariz larga, otra chata, boca de sonrisa alguno, rayita de tristeza otro. Lengua afuera, el de más allá. Pantalón sucio, camisa rota, caminando por una calle morada. Son extraños estos chicos, capaces de meterse sin pensarlo en una valija llena de cuadernos.

Los niños son, en sí mismos, el color. Una fiesta. Cuando quieren asumen el rojo, sobre todo cuando salen del jardín escolar. ¿Ven? Cuando lo desean son grana, oro, celeste, vino tinto, o, como también los he visto, son capaces de pintarse con el alado color de las cometas y el tembloroso cromo del vuelo de una mariposa.

Fachadas para buscar la infancia

Por Reinaldo Spitaletta

Había previsto una caminada solo para observar fachadas de Los Ángeles, Boston, La Toma, el Salvador y algunos sectores de Buenos Aires, viejos barrios, en los que aún sobreviven caserones, algunos a punto de derrumbase. Las del primero de los mencionados, son construcciones de los años cincuenta y sesenta, de enormes proporciones, como las que están en Miranda, donde además, como contraste, se levanta una de las iglesias más pequeñas de la ciudad, con apariencia de casa, llamada María Reina de Los Ángeles. Hay unas con cornisas, ornamentaciones de hojas y ventanas en arco, que parecen otorgarles un aire de señorío. En varias, se notan claraboyas con rejillas, y una que otra, cuando tiene la puerta principal abierta, deja apreciar el contraportón, o puerta cancel que llaman en el sur.

Un domingo por la mañana es probable encontrase con una mujer de 25 años (supe su edad después), que sujeta a un french poodle blanco, por una acera de las casas que limitan con el tanque de agua de Empresas Públicas de Medellín. La miré sin mucha curiosidad. Tenía el pelo negro, corto, cara redonda y una figura armónica. Pasó a mi lado, indiferente. Tal vez, estaba más pendiente de las escalas y de su mascota, que de otra cosa. Llegué a la esquina y de pronto sentí a mis espaldas:

—Señor, señor… ¿usted ve bien? —la pregunta estaba acompañada de cierta duda, pero, a la vez, como si hubiera cometido una falta.

—Sí, con gafas sí —le dije, sonriendo. El perrito comenzó a mirarme. —¿por qué me lo pregunta?

Vaciló y con tono de disculpa me pidió el favor de mirar una vidriera de un tercer piso, para que leyera el teléfono escrito en una hoja tamaño carta, anunciando alquiler. Le di el número, lo anotó en una libretica y entonces dijo:

—Muchas gracias. Yo con veinticinco años y no veo nada.

—Ah, yo veo gracias a los lentes. Sin ellos, no la vería a usted a un metro. —Después pensé que la muchacha debía ir a la óptica.

En el parque Obrero el domingo tenía forma de muchachos forjadores de músculo. Un grupo de ellos, en las barras y otros tubos, se dedicaba a rutinas de ejercicios. Había uno, con el torso brillando al sol de las diez y cuarto de la mañana (eso señalaba mi reloj), de bíceps hipertrofiados, pecho de levantador de pesas, cara con aspecto de superioridad, que parecía sentirse feliz por su condición física y su modo de exhibirse. Tuve la intención de preguntarle cuánto tiempo dedicaba a la gimnasia y, no sé por qué la ocurrencia, si había leído algún libro. Atravesé el parque y unas músicas y coros de iglesia evangélica rodearon mi andar.

Por la carrera Bélgica, en Buenos Aires, caminé sin prestar mucha atención a la fachada de la escuela Antonia Santos, de la Javiera Londoño, me dirigí hacia Ayacucho, cerrada por la construcción del tranvía y me encaminé hacia El Salvador, después de observar algunas fachadas de casas con aleros, ventanas de madera, enrejadas, y luego de observar a un señor de sombrero blanco, con audífonos, pantalón claro, de paño, y zapatos cafés, que caminaba muy erecto y sin mirar para ningún lado. En la vieja manga del Mosco, ahora renovada, con una calle reciente, quebrada canalizadas y con mallas para que los balones no se caigan a la corriente, se escuchaba la voz de un director técnico que daba, a gritos, instrucciones a los de su equipo infantil.

Pasé por un parquecito, al lado del cual se elevaba una minúscula ciudad de hierro, con rueda de Chicago y otras pocas atracciones, y una caseta roja, con el aviso de “taquilla”. Junto a ella, un hombre parecía esperar. Me devolví hacia Buenos Aires, y de pronto, junto a mí, pasaron unos tipos muy bien vestidos, algunos con corbata y zapatos bien lustrados, con maletincitos. Sin duda, en ellos guardaban la Biblia. Después, me topé con otros, que iban con señoras elegantes. Junto a una acera, una anciana, flaca y de bata oscura, tomaba de un vaso desechable, y mientras mascaba, les gritó a los de un taxi, que tenía bicicletas atrás: “Que les vaya bien”. A su lado, en el borde de la acera, un paquete abierto de galletas de soda. La señora y los cristianos quedaron atrás.

Se notaba que era domingo, tal vez porque no había mucha gente en las calles, ni saturación de vehículos. Pasaban algunos ciclistas, y por la Toma, sobre la 51, antes llamada Ricaurte, había personas en las puertas, en las ventanas, en las tiendas… Por el puente que está sobre lo que antes fue la Vuelta de Guayabal, iba una muchacha con un pitbull. Al otro lado, las ruinas de una capilla y de casas ahora derruidas. Olía a domingo y por una esquina, ya en Boston, pasaba una muchacha de pantalón corto y piernas deslumbrantes.

De pronto, había olvidado la intención de la caminata, la observación de fachadas, cuando vi a un señor de unos cuarenta años, que con un palito retiraba una mierda de perro de su acera. Su hijo (supongo que lo era) le gritaba desde el balcón: “¡cochino!” y él sonreía. Cuando pasé a su lado, me saludó.

Iba más concentrado en antejardines y aceras, cuando llamó mi atención una fachada de colores fuertes, entremezclados, con un aviso: “Teatro All’ Improvviso”, con un lema debajo: “pasión por la escena”. Puertas y ventanas cerradas, sin anuncios de próximas funciones, el caserón quedó atrás. La mañana del domingo brillaba en los ventanales de un edificio de apartaestudios, un antejardín mostraba sanjoaquines amarillos. De la fachada de un internado, se escurrían voces de muchachos y la de una mujer que les ordenaba no hacer tantos regueros de agua.

Al regreso, en una casa de enorme balcón seguían colgando extemporáneas instalaciones navideñas. Un olor a empanadas de iglesia me hizo pensar que las mañanas de domingo tienen residuos de infancia, como los del desaparecido cine de la diez y media.

Caserón del barrio Buenos Aires (sector Barrio Restrepo), derribado hace tres años.

El fantasma de Dora Bruder

 

Por Reinaldo Spitaletta

Los periódicos de ayer, cuando se tiene la mirada del historiador, o, en otra dimensión, la del poeta, sí son interesantes. En ellos, o en la visión de los que los escribieron, se alberga una memoria, tal vez parcial y delimitada, de episodios, costumbres, modas, modos de ser, y también de vidas que posiblemente ya no son cuando el ojo avizor del indagador se topa con ellas. A veces, una noticia (que ya ha dejado de serlo) se convierte en una fuente de emociones, hipótesis, búsquedas y rastreos, para intentar respuestas, para no dejar en el oscuro olvido una situación, que es, quizá, la que animó a Patrick Modiano cuando se encontró en un ejemplar del Paris-Soir del 31 de diciembre de 1941, el anuncio dramático de la desaparición de Dora Bruder, “de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón”.

Y a partir de ese aviso, en el que entre líneas hay desesperación y esperanza, el escritor comienza una pesquisa que lo lleva a los días de la Ocupación nazi de París, a su propia historia personal y a encuentros con el azar y la causalidad (que no casualidad, aunque también es parte de lo posible). Qué fue de Dora Bruder, una judía francesa, de padres austríacos, que de pronto se pierde en las tinieblas de un tiempo de incertidumbres y destrucciones. Qué fue de sus pasos, de sus días en un internado, por qué se fugó del mismo y en qué circunstancias fue detenida, son aspectos de la búsqueda del novelista. En una mezcla de periodismo investigativo e historia, Patrick Modiano encamina sus dotes de escritor por viejas calles parisinas, por archivos, barrios, edificaciones que ya no existen, y todo para establecer el rumbo incierto de una muchacha que, a la postre, simboliza los días de exterminio, antisemitismo y desgracias múltiples por la presencia dominante del nazismo y, en parte, por el colaboracionismo francés, representado políticamente en el Régimen de Vichy.

Dora Bruder, para algunos críticos la mejor novela del Nobel de Literatura 2014, para otros, un libro contra el olvido (me recuerda, por ejemplo, a Erick Hackl y su Adiós a Sidonie), es una obra construida en distintos planos temporales por un escritor que, además, es un conocedor a fondo de su ciudad, de sus entresijos, cafés, callejones, iglesias, “irreales edificios” y, claro, el bulevar Ornano, donde vivió Dora con sus padres. Con la historia de la muchacha, Modiano también recorre su propio mundo, el de infancia, el de la juventud, con su padre judío (que también tuvo un destino siniestro en un campo de concentración, como el de Dora), con su madre, una actriz belga, y el de sus primeras novelas (El lugar de la Estrella, La ronda nocturna, Los paseos de circunvalación), publicadas cuando todavía era un veinteañero.

Ir tras los pasos extraviados de Dora es también una búsqueda de sí mismo, una reconstrucción de París en los años de infortunio de la Ocupación, y, a su vez, un cara a cara con la ciudad de Victor Hugo. Los miserables aparecen en esta breve obra, en una relación de sorpresa entre el del gran romántico francés y el París de Dora y de Modiano, que descubre como Cosette y Jean Valjean “son proyectados a un barrio de un París imaginario que Victor Hugo llama Pequeño Picpus”, conectado casi un siglo después con la calle donde está el internado religioso del Sagrado Corazón de María, en el que había sido ingresada Dora Bruder por sus padres.

Modiano, con precisión, con un estilo contenido, en el que todo es imprescindible, nos conduce por el París ocupado, por aspectos de la historia familiar y por parte de su educación sentimental. Es un encuentro, por ejemplo, con el cine de barrio en los tiempos de la guerra, pero también con los toques de queda, la persecución a los judíos y las huellas, pocas por cierto, que deja Dora Bruder en su camino a Auschwitz. Ficheros, archivos incompletos, registros de comisaría, son fuentes para la escritura de una obra que conjuga de modo admirable historia, literatura y azar. ¿Por qué aparecen escritores como Friedo Lampe y su libro Al borde de la noche, o el poeta Robert Desnos? Nada es gratuito en esta novela de Modiano.

La historia de Dora parece contada a cuenta gotas, pero todo está en la dosis correcta, en la técnica del dato escondido, en la conexión de emociones y recuerdos que de a poco, como un rompecabezas, construyen la obra. Una novela de encuentros y coincidencias, y si se quiere, también de aquello que parece aleatorio. Azaroso. Dora Bruder, sus pasos perdidos, andan por calles vacías, o por calles atiborradas de gente que camina hacia las bocas del metro. Está su presencia invisible, fantasmagórica, por ciertos barrios, en la luz de algún crepúsculo. Y en las sugerencias de un texto, tejido con alta precisión, que termina con un párrafo que puede dejar sin aliento al lector, o hacerle brotar las lágrimas.

¿Y entonces para qué leer un periódico de ayer? A veces, cuando el que lo lee es un poeta, un novelista, como Patrick Modiano, pueden salir de él historias tremendas como la de Dora Bruder, combinatoria de horrores, sufrimiento y una alta cuota de sensibilidad. Dora Bruder es un símbolo de tiempos nefastos, una memoria de la infamia.
Modiano, Patrick. Dora Bruder. Editorial Seix Barral. 2009. Traducción del francés de Marina Pino. 127 páginas.

Alegría del descubrimiento

Por Reinaldo Spitaletta

Tenía la decisión irreversible de buscar los colores de la alegría. Mientras caminaba pensó que esa podría ser una tarea inútil, más propia de un vago que de alguien como él, ejecutivo empresarial, cansado del ambiente gris de oficinas, de un mundo cuadriculado de computadores y adulaciones de sus subordinados. Quería darse, pese a todo, una tregua, no montar un día en auto y buscar por la ciudad lo que él creía le aplacaría las tensiones y lo sacaría por un momento de su rutina sin paisajes.

La alegría no tiene los colores del payaso, se dijo, cuando pasó enfrente de un almacén en el que un tipo de nariz roja, mejillas blancas y un tricolor gorro de arlequín, anunciaba a gritos una oferta de electrodomésticos. “Cómo me gustaría vestirme de payaso”, pensó, pero desechó rápido su deseo cuando sintió el aroma quemante de las papas fritas. Nunca había probado papas callejeras ni se había detenido a observar el carrito, el aceite hirviente, las rebanadas móviles en la caldera. Le pareció que las tajadas cantaban. El vendedor, de delantal azul, gozaba con el pelapapas, con el sonido que emitían al contacto con la freidora. Compró una bolsita y siguió caminando.

Dos cuadras después, ya deglutido el paquete, se paró en una esquina, desde donde podía ver la iglesia blanca de La Candelaria, las palomas del parque Berrío, los vendedores de lotería y los apresurados transeúntes rumbo a la estación del metro. Había un hormigueo de gentes, ruido de automotores, olor a hollín. La ciudad viva. Activa. Y él ahí, viendo lo nunca visto, boquiabierto, azarado tal vez por el movimiento de cabezas, los pasos precipitados, las mujeres de falda corta… Era un espectáculo inédito. Él, tan de cafés finos y clubes de sociedad, ahora miraba su ciudad con otros ojos y la encontraba interesante, eso pensó.

Se dirigió al norte, atravesó el pasadizo de los frescos de Pedro Nel Gómez y de pronto se encontró bajo las palmeras de la plazuela Nutibara. Los colores de la alegría los llevaba él, por dentro, y se los despertaban las imágenes que una tras otra se iba tragando: el Palacio de la Cultura, de arquitectura nada apta para el trópico, al cual jamás había entrado; una esquina atiborrada de buses y taxis; luego una galería urbana, con esculturas, con fotógrafos que lo invitaban a tomarse una instantánea. Al fondo, el Museo. Había un corrillo. Qué cosa. Si él no era hombre del Centro, si no sabía a qué olía la gente de estos lados, si no había visto jamás una carretilla multicolor llena de frutas, si ni siquiera había montado en metro, y ahora estaba seducido por ese paisaje de miscelánea, hechizado por un tumulto, al cual se metió, primero con timidez, luego con mayor ahínco, incluso alzando los codos.

Se halló de súbito en primera fila. La figura de un hombre que hacía piruetas con teas ardientes, que después realizaba malabares con pelotitas de colores, más tarde se revolcaba en vidrios rotos, sin herirse, y al fin pasaba con un sombrero negro pidiendo el aporte voluntario, lo dejó sin aliento. Depositó un billete de diez mil pesos. El artista de la calle, desorbitados los ojos, le dio unas gracias llenas de sonrisas. Tenía los dientes brillantes.

Más tarde, se sentó en una de las bancas de la plazoleta. Las últimas luces de la tarde iluminaron su rostro. Reía por dentro. La alegría estaba en él. Oía en su interior un grito ancestral de “¡tierra, tierra!”. Estaba descubriendo su ciudad.

Plazuela Nutibara, Medellín. (Foto tomada de internet)

La tentadora Anita Ekberg

Por Reinaldo Spitaletta

Ya había pasado la adolescencia cuando vi a Anita Ekberg, una suerte de belleza inverosímil, con aires vikingos, la auténtica “hiperbórea rubia”, y para entonces ya me había enamorado de otras mujeres de celuloide, que alentaron las noches de estío de los años del deseo y de las pasiones turbulentas en que todos escribimos versos y cartas de amor a muchachas inexistentes. La primera visión me llenó de frenesí: la dama aparecía acostada de lado, la mano derecha sosteniendo su cabeza de soles fríos, oscuro el traje, sugerente el escote, en una valla publicitaria enorme, delante de la cual un tipo de sombrero y vestido oscuro clavaba sus ojos, quizá de pervertido embeleso.

Después (o antes), como a muchos, su figura que parecía salirse de la pantalla, cuando en la romana Fontana de Trevi se dejaba acariciar por las aguas, tras haber ella acariciado un minino callejero, mientras advertía con su voz de conquistadora “Marcello, come here”, nos dejó perplejos para siempre. Ya no había duda: se trataba de la mujer más bella (bueno, y ¿qué es la belleza?) jamás vista, con sus ojos desmesurados, sus pechos escondidos como un botín bien resguardado, Anita, Anita, decíamos, pronunciábamos su nombre para asirla, para que el filme jamás terminara, porque entonces qué sería de nosotros sin poder tener en casa una valla como la diseñada por Fellini en Las tentaciones del doctor Antonio, ni una fuente en la que pudiéramos al menos poner un afiche de la diva-diosa, carne y ensueño, con perfumes de humedad.

Con Anita pasaba como con la Lujanera del cuento de Borges: “verla, no daba sueño”. O sí, sueños de piel, de recorridos por los mapas de la voluptuosidad, por unas geografías carnales, en la que poco importaba si era una actriz talentosa, solo su presencia múltiple era lo atractivo, lo incontenible. Me parece ahora que una mujer como Anita nunca debió envejecer, porque era dar al traste con aquella imágenes increíbles de los años cincuenta y sesenta, cuando daba la impresión de ser de otro mundo, de pertenecer al universo intangible de las divinas divinidades, diosa descomunal que al volverse cuerpo todo lo alteraba. Aquella muchacha que había sido designada como Miss Suecia en 1950 y que no ganó la corona en Miss Universo, no podía pasar sin notoriedades.

Y entonces, claro, la fábrica de sueños y de estrellas, esa máquina de hacer dinero, no podía dejarla sin obnubilaciones y brillos. Hollywood le otorgó fastos y la mostró como una reina deseada, inevitable y propicia para aquello que los curitas llamaban “malos pensamientos”. En 1953, apareció como una venusiana en un filme de Abott y Costello sobre un viaje a Marte. En ese mismo año, la escandinava rutilante participó en otras dos películas, que nunca he visto: La espada de Damasco y El caballero del Misisipi, como tampoco vi las dos comedias en las que Anita es una atracción de locos para Dean Martin y Jerry Lewis. Tampoco la pude ver en Guerra y paz, en la que personifica a Elena Vasilevna Kuragina. Hubo que esperar a que llegara a los cines de la post-adolescencia La dolce vita (1960) de Fellini, que en rigor nunca supe porque aparecía en la “clasificación moral de las películas” como no apta para católicos. L’Osservatore Romano la catalogó como obscena, y tal vez por esas calificaciones se tornó más llamativa, aparte de que en ella actuaba el ejemplar femenino más provocativo y convocador de pecados.

Anita estaba ahí y pasaba a engrosar el fichero personal de adoraciones de pantalla grande, de fotogramas y fotos de revista, de advocación virginal que se invoca en horas de concupiscencia fetichista. Ahí estaba la Sylvia de la Fontana romana, la actriz de Bocaccio 70, la que modeló para Play Boy, una revista que a veces papá llevaba a casa con el pretexto que era para leer las grandes entrevistas allí publicadas. Y digo que una mujer como esa catarata rubicunda no debía envejecer jamás, porque muchos años después de haberme enamorado de aquella explosión de belleza, vi una fotografía de Anita de mil años, con sus ojazos desdibujados y su cara que en nada, pero en nada, recordaba a la despampanante muchacha que muy bien vestida se bañó en la mítica fuente para hacer una de las escenas más memorables del cine. Ah, cómo ansiaba uno que el traje oscuro, de cola, se deslizara para dejar al descubierto el corazón exacerbado de la ocurrente bañista. Cosas de las aspiraciones frustradas.

Anita se murió hoy en Roma (11 de enero de 2015), a los ochenta y tres años, mucho tiempo después de que algunos de sus presuntos amantes (Gary Cooper, Frank Sinatra, Errol Flyn y Tyrone Power), estaban bajo tierra y cuando ya la vida había dejado de ser dulce. Se quedó en la memoria colectiva su imagen de rubia que llegó del frío para provocar incandescencias en los que hubiéramos querido acompañarla a bañarse en la fuente de los deseos. O tener muy cerca sus “atributos maternales” en la gigantesca valla felliniana que anunciaba “beba más leche”.

Anita Ekberg, actriz sueca, símbolo sexual en los 60.

Muchachas de Medellín

Por Reinaldo Spitaletta

—¿Cómo son las muchachas de Medellín?

—Son de colores.

—¿Cómo de colores?

—Escuche y verá.

Por la mañana, tienen, unas, el color recién amanecido de las montañas, un poco de rocío en la piel, un tanto de flores en el cabello, una mezcla de alborada en los ojos, y sus palabras salen pintadas de lápiz labial. Son lindas, créame. Las que van a estudiar, llevan faldas de cuadritos rojiazules, granates algunas, las hay de blanco y verde. Las que caminan al trabajo, se adornan la sonrisa con rojo brillante. Son un espectáculo las muchachas de Medellín: las hay a quienes la noche se les quedó para siempre en el cabello; otras tienen pedacitos de sol en el pelo, y no falta aquella del arroyuelo azul en la cabeza, que cantaba un poeta piedracielista.

No sé, pero a uno le impactan porque al atardecer esas mismas muchachas han cambiado de color. Sí, es inexplicable, pero usted mismo tendría que verlo, no para entender, sino para sentir. El color malva del crepúsculo se aferra a su piel, muchachas atardecidas en el metro, en los buses, en las aceras, en los parques. Y a esa hora siguen tan frescas, con perfumes de la mañana. Fragantes. No sé cómo harán. La tarde les sienta bien, aunque tengan ya los pasos cansados y el pelo lleno de viento y de hollín. Siguen hermosas. Las últimas luces del sol las embellece. Las que andan hacia occidente, los ojos se les encienden; las que van al oriente, sienten miradas en su espalda, nadie queda impune a su paso; las que buscan el sur, llevan el perfil iluminado, y, claro, las que van al norte también. Así es aunque amenace lluvia, y aun si hay nubes. Ellas mismas son la luz.

Por la noche, uno podría decir que son de neón o de mercurio. No debes mirarlas a los ojos, porque te paralizan, medusas de la urbe. Son muchachas de penumbras. En ellas hay color de misterio. Ah, ¿que cuál es ese? Es el más peligroso, por indefinible, porque hay que imaginarlo. Alguien sin imaginación no podrá ver en las muchachas de la noche de Medellín ese color que, dicen los endemoniados, es el del diablo-mujer. Color de tentación, de atracción fatal.

Las muchachas de Medellín tienen el color de los cines de antes: matinal, matinée, vespertina y noche. Si quiere, vaya. Pero, eso sí: después de verlas, usted no querrá irse de la ciudad. Jamás.

Pintura de Christoffer Wilhelm

César Vallejo no escampa todavía

(Para recordar al poeta de la desesperación y de la luz)

 

Por Reinaldo Spitaletta
Hoy tengo ganas de vallejar; de hundirme en las palabras del poeta del desgarramiento interior, del hombre que asumió —en beneficio de la poesía— la cultura del sufrimiento. Siempre me ha parecido que alguien que escribe debe poseer (¿padecer?) soledades, una especial dosis de angustia, alguna melancolía. Debe tener lluvias en sus adentros. Tempestades. Y, en contraste, fuegos. Que le quemen las entrañas. Que lo obliguen a decir. A granizar palabras. Hielo y llama arden. Bien lo decían los guaraníes: “las estrellas son fuegos helados”.

César Vallejo, el que nació “un día en que Dios estuvo enfermo” (16 de marzo de 1892), en Santiago de Chuco, sierra peruana, es un poeta múltiple: de la desesperación y el sosiego; de la luz y la ausencia de sol; del ser y la nada. Del despojo. Origen modesto el suyo, sin abundancias. Con ancestros indígenas y sacerdotales. El menor de una familia de once hijos. ¿Tienen estos datos alguna importancia? No sé. Era indeciso en sus gustos académicos: le gustaba la medicina, pero se licenció en Letras con una tesis sobre el romanticismo en la poesía castellana. Empezó Derecho y terminó como maestro de escuela. Tal vez los poetas son así: frágiles en sus determinaciones.

Es fama que si Vallejo solo hubiera publicado su primer libro (Los heraldos negros), este le habría bastado para ganar la esquiva inmortalidad. En él, ya su voz es cascada, música. Modernidad. Y, sobre todo, ya es dueño de esa precisión enconada, que él siempre buscó, obstinado.

Son las ocho de una mañana en crema brujo…
Hay frío… Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que fue… Y empieza a llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Hoy tengo ganas de cesarvallejar. De decir algo (así sea lo mismo) sobre ese enorme poeta de América, a veces tan extraño, siempre tan humano. Tan lleno de simas y altitudes. Hondo y elevado. Decir, por ejemplo, que colaboró en la revista Nuestra Época, de Carlos Mariátegui, marxista peruano, no es nada nuevo. Escribir, digamos, que fue encarcelado durante ciento doce días, acusado de robo e incendio en una revuelta popular en Trujillo, podría servir para una tarea escolar. Recordar que murió en la miseria sería insistir sobre lo mismo cuando, además, ese es el destino de casi todos los poetas, ¿o no?

Podría, interpretando el vano papel de erudito, citar los versos de Gerardo Diego sobre Vallejo. Aquí están: “Naciste en un cementerio de palabras / una noche en que los esqueletos de todos los verbos intransitivos / proclamaban la huelga del te quiero para siempre siempre…”. Podría, también, con inutilidad, traer las palabras de algún crítico, cuyo nombre no puedo recordar, pero que, alguna vez, anoté en un cuaderno de tareas: “No hay en toda América una voz lírica como la de Vallejo, henchida de ese sufrimiento humano, de esa pasión amarga, de esa hondura telúrica y metafísica que es el trasfondo del ser americano”. Quizá nada de lo anterior me sirva para conjugar el verbo vallejar.

La voz de Vallejo, arcana, esencial, sigue perteneciendo al futuro. Tiempo póstumo el suyo. Destinado por los dioses a perdurar. Viaja a lo venidero. A esa situación descomún la llaman inmortalidad. La voz del poeta comenzó a resonar tras la posguerra, cuando ya él había muerto “en París con aguacero”. Y sucede, para regocijo de los espíritus, que cada vez se está oyendo en todas partes. Desacralizándolo un poco, uno puede leerlo en el bus, en una acera, tendido en la gramilla con la cara al cielo, en una esquina. En la cama.

Hoy quiero vallejar. Tal vez porque “hay ganas de… no tener ganas, Señor”, o porque se cumple algún aniversario vallejuno, o porque simplemente me da la gana, señor poeta. ¿Y por qué no hablar de aquel hombre cuyo lenguaje, como alguien inteligentemente expresó, siempre es naciente como niños en vientre de plazo cumplido?

Hoy, por ejemplo, quiero hablar un poco de Trilce, el libro más revolucionario del poeta, en el cual rebasó a todas las vanguardias. Escrito casi todo cuando Vallejo se hospedaba obligatoriamente en la cárcel. Trilce (palabra que no significa nada, es puro sonido, música) renovó, en 1922, la forma de decir poesía. En rigor, no estoy diciendo nada distinto —ni distante— a lo antes anunciado por otros. Roberto Fernández Retamar señaló alguna vez que esa creación “es sin la menor duda el libro mayor de la vanguardia poética en nuestro idioma”.

Vallejo bautizó así su alucinador libro porque, según dijo, no encontró en el idioma ninguna palabra “con dignidad de título”, entonces tuvo que inventarla. Y en Trilce hay, si así puede denominarse, una serie de invenciones verbales necesarias. Solo de tal modo el poeta podía expresar con exactitud su pensamiento, sus sentires. Hay, para ilustración, versos de este tenor: “El establo está divinamente meado / y excrementido por la vaca inocente”. “Ese hombre mostachoso…” “Y a la ternurosa avestruz”. “Gallos cancionan escarbando en vano”.

Asimismo, en Trilce (ninguno de sus setenta y siete poemas está titulado, solo nomenclados con números romanos), uno encuentra combinaciones de maravilla, insólitas metáforas, sugestivas oposiciones. Y todo sin excesos verbales. “Estoy cribando mis cariños más puros / estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?”. “Amanece lloviendo. Bien peinada / la mañana chorrea el pelo fino”. A Vallejo, en una búsqueda intensa, se le ocurre decir, por ejemplo, “el grillo del tedio”, “pegando grittttos”, “ciliado archipiélago, te desilas a fondo”.

En Trilce también sorprende la obsesión del poeta por la precisa adjetivación, por desechar lo que no es imprescindible. La lucha contra el ripio. Sobre tal particularidad, Vallejo dijo, en 1931, en una entrevista en el periódico Heraldo de Madrid, que “la precisión me interesa hasta la obsesión. Si usted me preguntara cuál es mi mayor aspiración en estos momentos, no podría decirle más que esto: la eliminación de toda palabra de existencia accesoria, la expresión pura, que hoy mejor que nunca habría que buscarla en los sustantivos y en los verbos… ¡ya que no se puede renunciar a las palabras!”.

En el comienzo del poema VII (podría ser también en cualquier otro), se nota, con creces, la milimetría de las palabras. La suficiencia de las mismas:

Rumbé sin novedad por la veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasado.
Con Trilce, Vallejo superó a los llamados vanguardistas de entonces, que utilizaban en sus creaciones elementos (palabras) de los avances tecnológicos, pero, en síntesis, sin decir nada. En 1926, el peruano sentó su posición sobre lo que él creía debía ser la poesía de vanguardia: “Poesía nueva ha dado en llamarse a los versos cuyo léxico está formado de las palabras cinema, motor, caballo de fuerza, avión, radio, jazzband, telegrafía sin hilos, y, en general, de todas las voces de las ciencias e industrias contemporáneas… Pero no hay que olvidarse que esto no es poesía nueva ni antigua, ni nada. Los materiales artísticos que ofrece la vida moderna, han de ser asimilados por el espíritu y convertidos en sensibilidad. El telégrafo sin hilos, por ejemplo, está destinado más que a hacernos decir telégrafo sin hilos, a despertar nuevos temples nerviosos, profundas perspicacias sentimentales, ampliando vivencias y comprensiones y densificando el amor…”.

En esa explosión de palabras, con fondos sinfónicos, llamada Trilce a Vallejo le preocupan (como en sus demás libros) el tiempo y la infancia y la cárcel y la melancolía, pero la forma de decirlos es, fuera de revolucionaria, más honda, según me parece. Por ejemplo, “Canta el verano y en aquellas paredes / endulzadas de marzo, / lloriquea, gusanea la arácnida acuarela / de la melancolía”.

Por otra parte, asombra en Vallejo su capacidad profética. Su querer morir, según lo vaticina en su “poema humano” Piedra negra sobre una piedra blanca, un jueves de aguacero en París, la ciudad de la cual una vez lo habían expulsado por asuntos políticos. “Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, / con todo mi camino, a verme solo”.

La agonía del poeta comenzó, en efecto, un jueves de lluviosa melancolía, en París. César Vallejo murió el 15 de abril de 1938. ¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?, se preguntaba el universal peruano en el último poema de Trilce. La lluvia vallejiana, como su poesía, es perpetua. Dejemos que nos moje a todos.