Fachadas para buscar la infancia

Por Reinaldo Spitaletta

Había previsto una caminada solo para observar fachadas de Los Ángeles, Boston, La Toma, el Salvador y algunos sectores de Buenos Aires, viejos barrios, en los que aún sobreviven caserones, algunos a punto de derrumbase. Las del primero de los mencionados, son construcciones de los años cincuenta y sesenta, de enormes proporciones, como las que están en Miranda, donde además, como contraste, se levanta una de las iglesias más pequeñas de la ciudad, con apariencia de casa, llamada María Reina de Los Ángeles. Hay unas con cornisas, ornamentaciones de hojas y ventanas en arco, que parecen otorgarles un aire de señorío. En varias, se notan claraboyas con rejillas, y una que otra, cuando tiene la puerta principal abierta, deja apreciar el contraportón, o puerta cancel que llaman en el sur.

Un domingo por la mañana es probable encontrase con una mujer de 25 años (supe su edad después), que sujeta a un french poodle blanco, por una acera de las casas que limitan con el tanque de agua de Empresas Públicas de Medellín. La miré sin mucha curiosidad. Tenía el pelo negro, corto, cara redonda y una figura armónica. Pasó a mi lado, indiferente. Tal vez, estaba más pendiente de las escalas y de su mascota, que de otra cosa. Llegué a la esquina y de pronto sentí a mis espaldas:

—Señor, señor… ¿usted ve bien? —la pregunta estaba acompañada de cierta duda, pero, a la vez, como si hubiera cometido una falta.

—Sí, con gafas sí —le dije, sonriendo. El perrito comenzó a mirarme. —¿por qué me lo pregunta?

Vaciló y con tono de disculpa me pidió el favor de mirar una vidriera de un tercer piso, para que leyera el teléfono escrito en una hoja tamaño carta, anunciando alquiler. Le di el número, lo anotó en una libretica y entonces dijo:

—Muchas gracias. Yo con veinticinco años y no veo nada.

—Ah, yo veo gracias a los lentes. Sin ellos, no la vería a usted a un metro. —Después pensé que la muchacha debía ir a la óptica.

En el parque Obrero el domingo tenía forma de muchachos forjadores de músculo. Un grupo de ellos, en las barras y otros tubos, se dedicaba a rutinas de ejercicios. Había uno, con el torso brillando al sol de las diez y cuarto de la mañana (eso señalaba mi reloj), de bíceps hipertrofiados, pecho de levantador de pesas, cara con aspecto de superioridad, que parecía sentirse feliz por su condición física y su modo de exhibirse. Tuve la intención de preguntarle cuánto tiempo dedicaba a la gimnasia y, no sé por qué la ocurrencia, si había leído algún libro. Atravesé el parque y unas músicas y coros de iglesia evangélica rodearon mi andar.

Por la carrera Bélgica, en Buenos Aires, caminé sin prestar mucha atención a la fachada de la escuela Antonia Santos, de la Javiera Londoño, me dirigí hacia Ayacucho, cerrada por la construcción del tranvía y me encaminé hacia El Salvador, después de observar algunas fachadas de casas con aleros, ventanas de madera, enrejadas, y luego de observar a un señor de sombrero blanco, con audífonos, pantalón claro, de paño, y zapatos cafés, que caminaba muy erecto y sin mirar para ningún lado. En la vieja manga del Mosco, ahora renovada, con una calle reciente, quebrada canalizadas y con mallas para que los balones no se caigan a la corriente, se escuchaba la voz de un director técnico que daba, a gritos, instrucciones a los de su equipo infantil.

Pasé por un parquecito, al lado del cual se elevaba una minúscula ciudad de hierro, con rueda de Chicago y otras pocas atracciones, y una caseta roja, con el aviso de “taquilla”. Junto a ella, un hombre parecía esperar. Me devolví hacia Buenos Aires, y de pronto, junto a mí, pasaron unos tipos muy bien vestidos, algunos con corbata y zapatos bien lustrados, con maletincitos. Sin duda, en ellos guardaban la Biblia. Después, me topé con otros, que iban con señoras elegantes. Junto a una acera, una anciana, flaca y de bata oscura, tomaba de un vaso desechable, y mientras mascaba, les gritó a los de un taxi, que tenía bicicletas atrás: “Que les vaya bien”. A su lado, en el borde de la acera, un paquete abierto de galletas de soda. La señora y los cristianos quedaron atrás.

Se notaba que era domingo, tal vez porque no había mucha gente en las calles, ni saturación de vehículos. Pasaban algunos ciclistas, y por la Toma, sobre la 51, antes llamada Ricaurte, había personas en las puertas, en las ventanas, en las tiendas… Por el puente que está sobre lo que antes fue la Vuelta de Guayabal, iba una muchacha con un pitbull. Al otro lado, las ruinas de una capilla y de casas ahora derruidas. Olía a domingo y por una esquina, ya en Boston, pasaba una muchacha de pantalón corto y piernas deslumbrantes.

De pronto, había olvidado la intención de la caminata, la observación de fachadas, cuando vi a un señor de unos cuarenta años, que con un palito retiraba una mierda de perro de su acera. Su hijo (supongo que lo era) le gritaba desde el balcón: “¡cochino!” y él sonreía. Cuando pasé a su lado, me saludó.

Iba más concentrado en antejardines y aceras, cuando llamó mi atención una fachada de colores fuertes, entremezclados, con un aviso: “Teatro All’ Improvviso”, con un lema debajo: “pasión por la escena”. Puertas y ventanas cerradas, sin anuncios de próximas funciones, el caserón quedó atrás. La mañana del domingo brillaba en los ventanales de un edificio de apartaestudios, un antejardín mostraba sanjoaquines amarillos. De la fachada de un internado, se escurrían voces de muchachos y la de una mujer que les ordenaba no hacer tantos regueros de agua.

Al regreso, en una casa de enorme balcón seguían colgando extemporáneas instalaciones navideñas. Un olor a empanadas de iglesia me hizo pensar que las mañanas de domingo tienen residuos de infancia, como los del desaparecido cine de la diez y media.

Caserón del barrio Buenos Aires (sector Barrio Restrepo), derribado hace tres años.

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