Catherine la gafufa recuerda a su papá

Por Reinaldo Spitaletta

Catherine, Catalina, Catica, Cata, muchacha memoriosa ya entrada en la edad adulta, en la que desde el piso de una torre neoyorquina hace volar sus recuerdos hasta un distrito de París, cuando vivía allí con su padre, hace casi treinta años, días en que el mundo era borroso porque, al quitarse las gafas (ah, niña con lentes da la impresión de chica intelectual, qué fastidio, dirán por ahí) el mundo real se convertía en uno de ensoñación. Con almohadones de plumas y algún arabesque de ballet.

Sí, una niña que vive con el señor Certitude (¿Albert?), su padre, encima de una especie de almacén, en el que hay, llegan y salen, cajas y paquetes que parecen equipajes de provincianos. El señor Certitude tiene un socio, un tipo pedante, tiquismiquis, que escribe poesía, según dice, y además tiene la manía de leerles a la niña y a su padre, creaciones del señor Raymond Casterade, que así se llama. La novela corta, o mejor, la nouvelle infantil de Patrick Modiano, Catherine, si bien reconstruye aspectos del territorio propio del escritor que tiene como referentes el París de la posguerra, el pasado, los oscuros días de infancia y juventud del autor de Trilogía de la Ocupación, está llena de pasajes vivísimos, luminosos, aunque parte del mundo de la niña sea el de verlo borroso cuando, por haber entrado a clases de ballet, se quita las gafas (“con gafas no se hace ballet”).

Claro, el tiempo se para, es otro, cuando Catherine se despoja de sus lentes y establece con su padre una suerte de complicidad, porque él también se quita los suyos. “A nuestro alrededor todo era suave y brumoso. Se había detenido el tiempo. Estábamos bien”, dice la niña, subida en una báscula junto a su papá. La novela de Modiano también trata de los franceses que van a hacer la América en los Estados Unidos. La madre de Catherine, una bailarina de cabaret, tiene que devolverse de Francia a su país natal a buscar mejor futuro, y entonces en París se quedan el señor Certitude y su hija, en la calle Hauteville, donde estaban almacén y vivienda.

Catherine no llega a saber cuál era la auténtica profesión de su padre. ¿Se dedica a exportaciones, transporte, tránsito? La vida de la niña transcurre de la casa-almacén al colegio, al restaurante con su papá, a las clases de ballet con la profesora rusa Madame Galina Dismailova, que el lector después descubrirá algunos secretos sobre ella, lo mismo que sobre el padre de Catherine. De la mano, o mejor, de los ojos sin gafas y de la memoria de la protagonista, marchamos por espacios cerrados, como las habitaciones de padre e hija, los juegos con jabón de afeitar, los desayunos y los almuerzos en un ámbito interior, pero también en restaurantes en los que, Catherine y su padre se las ingenian para hacerse lo más lejos posible del señor Casterade, que es un ser insufrible.

La novela, o noveleta, alcanza su esplendor cuando una compañerita de ballet de Catherine, una niña hija de ricachones, y que también usa gafas, la invita con su padre a un coctel de primavera, en una fiesta de imposturas y apariencias extravagantes, en la que el señor Certitude naufraga en medio de vanidosos, y él mismo tiene que aparentar que posee un automóvil de lujo, cuando en rigor ha ido allí en una camioneta descaecida y propia para cargar cajas y otros atados.

Tres años viven solos en París Catherine y el señor Certitude, cuando, después de que este ha puesto en orden todos sus asuntos comerciales, deciden viajar a América, donde la niña (que da la impresión de que su mamá poca falta le hace) se reencontrará con su madre. Si bien me parece que la obra, escrita con alta calidad literaria, no es propiamente para niños, sí está hecha para la delectación más de adultos que de chicos, aunque estos pueden entrar (se recomienda que se pongan gafas de utilería y se las quiten en pasajes de la obra) en el fascinante universo de los recuerdos infantiles de una muchacha y su relación con el padre, con un tiempo en París, con pasitos de ballet (puntas y entrechats) en una academia del género.

Publicada en 1988 por Gallimard Jeunesse, la edición de la editorial Blackie Books, traducida por Miguel Azaola, e ilustrada con alegría y talento por uno de los más destacados artistas franceses, Jean-Jacques Sempé, es un gustazo para la vista, las manos y la imaginación. La novela es una memoria desvertebrada de una chiquilla que, adulta, recuerda con aire infantil sus paseos por la placita San Vicente de Paúl, las instrucciones de Madame Dismailova, “cuya verdadera voz no escuché nunca”, y sus recorridos de la mano de su padre por las calles del distrito 10 de París. Una memoria feliz y dulzona, aspectos que no se ven siempre en el novelístico —y en general rudo, a veces sórdido— universo de Patrick Modiano.

Historias de pasajes y una casa con armas

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Por Reinaldo Spitaletta

Uno de los pasajes residenciales desembocaba en la margen izquierda de la quebrada Santa Elena. Entramos por la puerta que tenía su reja abierta y continuamos hacia el fondo, pasando al lado de otras puertas añosas y descaecidas, hasta que llegamos al extremo y nos detuvimos a mirar y escuchar las aguas. De pronto, Daniela, una de las integrantes del Semillero de Periodismo Urbano, grupo con el que investigábamos aspectos del histórico barrio La Toma, de Medellín, y su próxima desaparición debido a la construcción del parque Bicentenario, se me arrimó y en voz baja me dijo: “profe, en la casa que está a la izquierda tienen armas. Lo mejor es que nos vamos”.

Los pasajes, que todavía hay muchos en Medellín, son una especie de zona de misterio para los que los ven de afuera, con filas de casas en un callejón, mejor dicho, en una estrechura por la que no cabe un Topolino, el carrito italiano diseñado para andar por las callejuelas de Roma. Son otra manera del inquilinato y de los muy cantados conventillos porteños. Casi todos tienen una reja que da a la calle y su longitud varía. En ellos parece vivirse un mundo aparte, lejos de la vida cotidiana del barrio. Y seguro los que allí habitan, se conocen las intimidades y las especificaciones de cada vivienda. Están siempre en un adentro, en una como isla urbana, que los hace ser distintos y, si se quiere, extraños para los que apenas logramos verlos, o intuirlos, desde el afuera.

De los primeros que tuve noción, fueron los que estaban muy cerca de La Buena Esquina, un paraje de Bello, delimitado por la que hace años se nombraba como la Calle Arriba y parte del barrio Andalucía. Eran, para mí, unos lugares inalcanzables y, por lo demás, propicios para imaginar historias macabras o de aventuras de espadachines medievales. Uno, que ya no existe, se denominó San Francisco, y en él, también hace tiempos, hubo un crimen pasional. La sangre de la víctima, dicen, salió del pasaje y se regó por la calle principal, como anunciando el asesinato, haciéndolo evidente. Acusadora.

Mi tía Tina, una mujer que tenía la capacidad proverbial de improvisar historias y de inventar mentiras piadosas, vivió en uno, muy especial, situado en el sector de El Huevo con la carrera El Palo, en Medellín. Allí, cuando yo era apenas un párvulo pleno de asombros, presencié la primera pelea de dos mujeres que, en una suerte de patio central del pasaje, se jalaban con furia las cabelleras y se gritaban cuantas palabrotas había entonces. Eran chillidos en medio de blusas rasgadas y arañazos. Hoy, es un taller de mecánica con parqueaderos. En una de las casitas del pasaje, dos artistas pusieron su atelier de pintura y escultura. Se llamaban Alonso y Pedro, y mi tía los invitaba a tomar café.

Otros pasajes, más escabrosos aún, estaban por el antiguo Camellón de Niquitao, algunos muy cerca de la llamada Calle del Sapo, que limitaba con el cementerio de San Lorenzo. Había callejuelas, como la Corraleja, que en sí mismas eran pasajes, con salidas (o entradas) en sus extremos. Casi siempre olía a marihuana y en las ventanas había ropa oreándose. Por la avenida La Playa, otrora un sector lleno de quintas donde habitaban los ricos de Medellín, había otro pasaje (todavía está), con casas grandes llenas de sanjoaquines y rosales en sus afueras. Tenía un aire de distinción y en nada recordaba los oscuros inquilinatos de Niquitao. Los de La Toma estaban unos por la Vuelta de Guayabal (ya no existe, porque la extinguió el parque Bicentenario; sobre la misma se construyó un puente feísimo) y otros tenían su entrada sobre la entonces llamada calle Ricaurte. Los de la derecha, subiendo hacia el viejo Puente de “Brooklyn”, eran enrejados, y los del otro lado, tenían entrada libre casi todos. Hace muchos años, cuando pasaba por esa calle que en otros días fue sede de fiestas, con bares de tango y música del Caribe, en la que se mantenían de farra muchos obreros de Coltejer, unos muchachos de un pasaje tenían en la acera varios changones (del inglés shotgun), sobre los cuales pasé, porque ya no era posible frenar, ni devolverme, ni tirarme a la calle angosta atiborrada de buses y automóviles. Se rieron, mientras yo continué con los nervios alterados. “Tranquilo, viejo, usted es del vecindario”, escuché decir. Por aquellos días, en los que la ciudad reverberaba por su calentura de disparos, yo vivía en Miraflores, arriba de la calle que Tomás Carrasquilla y vecinos del sector nombraron como La Canguereja.

Pero tal vez el pasaje más perturbador, porque tiene una arquitectura llamativa y una entrada estilo republicano, es el que está en la carrera Giraldo, entre Pichincha y Ayacucho. Al frente, hace unos veinte años, hubo un caserón que el intelectual Fabio Botero alquiló para depositar allí sus libros. De noche, abría las ventanas para que los que por allí pasaban vieran la biblioteca de maravilla, con estanterías por todos los ámbitos. Y dejaba entrar a quién sentía curiosidad por ingresar en aquel espacio literalmente de fantasía. Hoy, la mansión no existe. Se transmutó en un enorme aparcadero.

Digo entonces que el pasaje más atractivo es el que estaba enfrente de la que fue la biblioteca del autor de libros como Historia del transporte público en Medellín 1890-1990. Parece ir, prolongarse, hasta el infinito porque, en el fondo, hay una conjunción de cielo y horizontes, que todavía los edificios (muchos de ellos de dudosa estética) que lo rodean no pueden ocultar. No sé por qué en otros días, pensaba que si entraba en ese pasaje, podría haberme infiltrado en el mundo de un relato fantástico de H.G. Wells, que leí cuando era adolescente: La puerta en el muro.

Cuando Daniela Calle me advirtió, sin nerviosismo alguno, lo de las armas que había en una casa del pasaje de La Toma, me asomé con disimulo y, en efecto, logré ver a varios tipos que parecían hacer un inventario de armas de corto alcance y las metían en unos cajones. De inmediato, les dije a los estudiantes que con la mayor cautela saliéramos de allí. La quebrada sonaba con su música móvil y olía a alcantarillado. Por la vieja calle Ricaurte subían y bajaban vehículos y viandantes. Era la hora del retorno.

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Pasaje residencial en la calle Giraldo, Medellín. Foto Daniel Botero

El café de Emilio

Por Reinaldo Spitaletta

Mire cómo cambian de colores según hablen de fútbol o de amores perdidos; se les va incendiando el rostro, las palabras se deslizan por precipicios o ascienden por torres de energía eléctrica. Es lindo verlos conversar. Ahí no más, en el café de la esquina, el de don Emilio, que es un señor muy sabio porque conoce cómo la cerveza les cambia el color de la cara a los clientes, es donde la conversación de barrio es un espectáculo.

Cuando voy, me pongo al pie del mostrador y es don Emilio quien me indica cómo es de reconfortante para él sentir la transformación de la gente al calor de una charla entre mesas metálicas y taburetes desteñidos. Hay contertulios, pálidos al principio, a quienes se les notan los cachetes colorados. “Es lindo ver cómo les sube el color”, dice.

Es un café sin música. Raro sí, porque los otros del barrio tienen pianola. “La música es la gente”, agrega, sin pretensiones, mientras me sirve una cerveza. Don Emilio, de delantal blanco y camisa roja, tiene manos gruesas, un anillo de piedra negra y una argolla matrimonial. En una pared, con neones rojos y azules, se lee: Café de Emilio, y cerca del aviso, cuadritos de equipos de fútbol, con uniformes decolorados, que dejan adivinar, sin embargo, que antes pudieron ser rojos o verdes. A veces, hay parroquianos que conversan en torno a las figuras, también deterioradas, de los cuadros. Los que de esto hablan, parecen sentir pesar de que el tiempo aquel se hubiera marchado.

La concurrencia junta sus voces y a veces hay un maremágnum de palabras que flota en el ambiente. Hay un hecho llamativo: las palabras, regadas, a veces algunas escondidas bajo las mesas, van pintando el lugar. Unas veces son amarillas, que corresponden, según don Emilio, a aquellas que se dedican al trabajo. Otras, violetas, cuando se habla de parientes muertos o de amigos que se han ido. No faltan las rosadas, de amores primeros, de amores que ya no son. Ni serán. Y están, ahí, volátiles, a veces chocan contra las paredes, las rojas, de pasiones intensas, de discusiones políticas o de religión.

Y las multicolores, se refieren a palabras de futbolerías. Por eso, el café de don Emilio no necesita pintura. Ni decorados. Está hecho para que los otros, los que allí discurren, se conviertan en artistas y cada vez, en cada encuentro, puedan crear en el lugar paisajes íntimos y luminosos.

Pintura de Carlos Manuel Mena Soiza

Barcarolas para la melancolía

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Por Reinaldo Spitaletta

Pudo ser en la ya lejana escuela Marco Fidel Suárez (la edificación la derrumbaron el año pasado) cuando el mar comenzó a horadarme el cerebro y a meterse con sus sargazos y naufragios, con sus piratas y galeones, a mi interior de niño asustado con el mundo. Pudo haber sido cuando doña Susana, una maestra morena y contenta, entonaba en el patio de recreo una canción infantil, que para mí se volvió más atractiva que las oraciones a un poco de vírgenes y que las mismas tonadas en honor a María, que ella también elevaba en el mayo florido y sin igual. Y era la de “soy pirata y navego en los mares, donde todos respetan mi voz…”. Para mí era una suerte de himno de combate, más llamativa que la desgraciada letra del himno nacional de Colombia y la del saludo a la bandera.

La escuela entonces estaba plagada de canciones patrioteras y poemillas de horror como el de un señor Caro, que había enmudecido y padecido tanto por culpa de lo que lengua mortal decir no pudo. Pero a mí, vuelvo al caso, la canción del pirata me hacía soñar con el mar no visto (ay, don León), con el mar que solo estaba en los mapas escolares, con el mar que no solo doña Susana nos activaba en la imaginación con su voz dulzona: “soy feliz entre tantos pesares, y no tengo más leyes que yo”, aunque creo que en esta última parte ella cambiaba el “yo” por “Dios”. Sino con el mar que mamá tenía en sus recitaciones y cancioneros, como aquella de “yo vengo de una tierra regada por dos mares…” y en las barcarolas tristes que decía con su voz de soprano, agregada a su capacidad proverbial para contar historias.

Si bien doña Susana era la sucursal de mamá en la escuela, jamás pudo ser mejor, ni más fascinadora que la señora rubia que en casa me narraba, sobre imaginarias olas, las aventuras del capitán Grant (todavía yo no había leído la obra de Verne) y los viajes de Simbad, y que, además, cantaba una habanera a la que ella le ponía abundante sentimiento, casi hasta hacerme lagrimear con el dramatismo que aplicaba a la historia: “Salió de Jamaica rumbo a Nueva York / un barco velero, un barco velero / cargado de ron”. Pero el drama, claro, era más adelante, cuando cantaba que el barco, o mejor, el bergantín, se había hundido, por culpa del señor capitán que se había emborrachado: “No siento el barco, no siento el barco que se perdió / Siento el piloto, siento el piloto y la tripulación”.

Muchos años después, en 1981, cuando con actores del Pequeño Teatro de Medellín y del Teatro Libre de Bogotá, hicimos el recorrido de la ruta comunera, para conmemorar el bicentenario del levantamiento liderado por José Antonio Galán, el actor Germán Jaramillo, en El Socorro, hizo una interpretación de tienda aguardentera de la habanera que mamá me cantaba en la infancia, y su modo de hacerlo nos hizo caer en la cuenta de que aquella pieza tuvo que haber sido compuesta por un “cacorro”, o, como diría Quevedo, por un bujarrón. Las morisquetas y amaneramientos que utilizaba Jaramillo cuando decía, por ejemplo, estos versos: “Señor capitán, déjeme subir / a izar la bandera del palo más alto de su bergantín”, o cuando blanqueaba los ojos al articular “pobres muchachos, pobres pedazos del corazón, / y la mar brava, y la mar brava se los tragó”, nos hacía desternillar de las risotadas.

Pero volviendo a mamá, sus barcarolas eran lacrimógenas. Una, interpretada en discos por Moriche y Utrera, la hacía sollozar mientras la cantaba, y claro, a uno se le rodaba un lagrimón, tal vez por solidaridad con los de ella. Y con una en especial, el mundo se trastornaba, porque ella entraba en trance, se transfiguraba. Se llama Los náufragos: “Ausente y lejos de ti / todo es un rudo penar / todo es bogar como bogan / los náufragos tristes / en medio del mar”. Le ponía alma y corazón, y creo que hasta el hígado y el bazo y el páncreas, porque era de lo más melancólico que se pudiera escuchar: “Aquel que ausente se haya / sin poderte ver jamás / los crueles desengaños siempre han sido para mí / No pienses que yo te olvido / y en la ausencia te he de amar…”. Y al terminarla ya estaba con pañuelo en mano, porque no resistía la tristura: “porque los que se alejan / recuerdos dejan / cuando se van”.

Y así, desde la infancia, incorporé en mi educación sentimental (casi siempre inconsciente) las barcarolas, una que otra habanera marina, algunas canzonetas napolitanas, y aquella de doña Susana, la que decía que “los piratas no saben llorar”. Mucho después, llegaron otras, como la de Los cuentos de Hoffman, con música de Offenbach, y que Benigni incluye en su filme La vida es bella (oh, mi principesa; oh bella notte d’amore) y que tiene lindas interpretaciones, entre otras la de Plácido Domingo y la del ciego Andrea Bocelli. Tal vez, y no sé por qué (asuntos del misterio), cuando escucho la barcarola de Chopin, opus 60, recuerdo la voz de mamá, navegando en mares procelosos, y el viento la transporta, por encima de fantasmagóricos barcos de bandera negra con calavera: “Me fui a buscar perlas y hoy traigo collares muy blancos de lágrimas”.

Azul escuela o los colores del tiempo

Por Reinaldo Spitaletta

Uno cree que el tiempo es incoloro. Resulta, sin embargo, que su transcurrir nos va pintando con una paleta inevitable el rostro, el cuerpo, los pasos, los sentimientos. La única verdad es el tiempo, dicen, pero del aserto nos enteramos en forma convincente cuando tenemos la piel ajada y cuando ya nuestra existencia es como un cielo plomizo. Esas palabras me las refirió don Luis Betancur, en el parque de Belén, en Medellín, una tarde que no sé si era de invierno o de tiempo seco, porque desde hace años esas dos estaciones, si así pueden llamarse en una tierra tropical, conviven en la ciudad, dicen que por la contaminación. En todo caso, había lugar para la llovizna y para los últimos rayos de un sol que se empeñaba en luchar para estar un rato en la cúpula de la iglesia.

El señor, un jubilado de fábrica textilera, sostenía que para él, el tiempo primero era el de los días azules, porque todo era de aquel color, como un perpetuo cielo de diciembre. Bueno, de los diciembres de entonces, cuando él era niño y jugaba con canicas de cristal y trompos de guayabo. El tiempo inicial corría despacio, es más, era casi inmóvil, solo lo referenciaba la lenta espera del último mes del año, pero el mundo, según él, era azul luminoso. Eran días de cuadernos y de dibujos ingenuos. Él gustaba del “azul escuela”. ¿Y cuál es ese?, le pregunté con interés. Era un color que venía en cajitas de cartón y él siempre estaba pintando en las hojas casas azules, árboles azules, una mujer azul que era su madre, y así. Esas palabras todavía no me definían el tal “azul escuela”, y entonces él dijo que era aquella tonalidad que toma el cielo, o mejor, un pedacito de cielo, cuando se va la lluvia y por entre las nubes aparecen jirones de firmamento, es un matiz contento, que no es el usual de los cielos, decía don Luis.

Después me habló del rojo, rojo adolescencia, rojo rebeldía, de los días de bríos y cambios, cuando la sangre ebulle a la vista intempestiva de una muchacha que es, al fin de cuentas, la que te hace pronunciar palabras de amor y ver la vida rosa, a la cual, más tarde, le descubrirás las espinas.

“Ahora pertenezco al tiempo gris”, dijo, con un dejo de tristeza, de una tristeza despintada y sin atenuantes. Sonrió en la despedida, me miró sin ninguna emoción y entonces se confundió con las bancas del parque y tomó los colores del último crepúsculo.

Oblivion o del sereno olvido

Por Reinaldo Spitaletta

La primera vez que escuché Oblivion, de Astor Piazzolla, la sensación era la del tiempo que se paraliza, que no anda, que deja de existir. El violín, creo que era el de Suárez Paz, me condujo a esferas inesperadas, a un tiempo sin tiempo, a la eternidad. No sé si en aquellos momentos de hace muchos años tenía alguna pena de amor, o si me había sumergido en alguno de los cantos de La Divina Comedia, no sé, no hay recuerdo, y en este punto es cuando el olvido (en rigor, ese es el significado de oblivion) parece jugar su rol de catalizador. O de mortal destructor del pasado. En el futuro, el olvido no es, está muerto. No es su territorio.

Después, en otro instante de soledad, la composición del argentino me llegó como un rumor, como algo indefinido que venía de muy lejos, suave, sin estropicios. Sin anuncios. Y me envolvió en su atmósfera neblinosa, en su textura de hierba húmeda, en un aleteo muy leve de mariposa que agoniza. Y qué paradoja esta: oblivion, el olvido que hace recordar. Ahora está aquí, de nuevo, y es el bandoneón el dulce, en una introducción a un mundo que está más allá de los sueños. Y de pronto, es otra la grabación, suena el violín de Arabella Steinbacher y entramos a lo desconocido, nos montamos en la barca de Caronte para imaginar cómo es el clima de los que ya no están en la tierra.

Dante supo que el olvido, el que se logra al beber las herméticas aguas del Leteo, no es un castigo. Puede ser un premio. Quien olvida, deja de saber, de padecer. Se hunde en la nada y navega en ella, en el vacío. ¿Se puede tener memoria del olvido? También lo resuelve Dante, gracias a Virgilio. Ciertos griegos antiguos, creían que, al morir, el líquido del Leteo les hacía perder la memoria, y así, al renacer, no tendrían huellas de vidas pasadas. Y de ese modo, como existe el flujo del olvido, también está el de la memoria (otro río), aquel del cual si uno bebe sus aguas puede recordarlo todo. Se cree que es una forma de alcanzar la omnisciencia. Puede ser otra manera de la tragedia.

¿A qué saben las aguas del Leteo? se preguntaba un poeta, tal vez en medio del desespero de no poder alcanzar la inmortalidad. En la Oda a la melancolía, de Keats, se advierte: “No, no vayas hasta el Leteo, ni exprimas, de las fuertes raíces de la árnica, su venenoso vino”. ¿A qué sabe el olvido, a qué huele, cómo abraza (y abrasa), cómo besa? Cuando caemos bajo su narcótico influjo, la nada es la reina. El olvido, lo dijo Borges, es la única venganza y el único perdón. Puede ser doloroso recordarlo todo, como el caso del borgiano Funes, o como lo lamenta Baudelaire en su esplín parisino: “Tengo más recuerdos que si tuviera mil años”. A veces, duelen los inventarios, los cajones con cartas apolilladas, los álbumes, un grillo de la infancia, la primera visión de la teta materna. La vida.

A veces, vuelvo a Oblivion —o él vuelve a mí— (también a Escualo, a Adiós Nonino, a Tristezas de un doble A, en fin), quizá con el violín de Antonio Agri, y hay una sumersión en la corriente del mítico río inventado por hombres antiguos de los cuales sí hay memoria, y me parece que esa música, leve y serena, suena como suenan los colores del crepúsculo o la melancolía de una tarde sin arreboles.

Dante y Beatriz a orillas del Leteo, pintura de Cristóbal Rojas

¡Adiós muchachos…!

Por Reinaldo Spitaletta

Me pareció que de la trompeta saltaban gotas de saliva. El hombre inflaba los carrillos y los desinflaba, parecía una vejiga de pelota. A su lado, la orquesta lo seguía, con acordes elegantes, el piano en una armonía suave, todo el conjunto como rendido a los pies del negrazo que a veces cerraba los ojos y ya empezaba a sudar. El café tiene un nombre en francés que significa Nuestra cita y yo no estoy aquí para cumplir ninguna, sino porque ando huyendo de mis perseguidores.

No es que me guste estar en este tipo de salones, con tanta gente que parece navegar en una eterna pensadera, con ginebras y vino. Solo que cuando venía por Sarmiento, no hubo otra opción que apresurar hasta Maipú y de pronto como si brotara de la tierra escuché la trompeta y ya no hubo más remedio que, tras mirar el fugaz aviso de la entrada, meterme con precipitudes. Me había levantado el cuello del abrigo y sentía la cara helada. “Este invierno me va a matar”, me dije de modo automático. En un rincón había una mesa libre, creo que la única, como si me estuviera esperando. Los concurrentes estaban pendientes del trompetista.

“Creo que no ha sido una buena decisión esconderme aquí”, pensé. Me tranquilizaba un poco saber que tenía un arma, porque con todo lo que ha pasado en los últimos tiempos en la ciudad, hay que andar armado, y que el negro del instrumento era la máxima atracción. ¡Qué fenómeno! Así entraran aquí, no me verían. Caerían bajo el influjo del tipo que inflama sus cachetes y se ve medio risible. Suena un tango, creo, pero cuando la trompeta está en su máxima intensidad, se parece más al jazz, qué mezcla rara, pero sí es un tango, en efecto, el compás lo marca la pequeña orquesta. Ahora me detengo en los bandoneones, todos se mueven al tiempo, y uno de los de fueye sobre las rodillas es el director.

—¿Qué le sirvo, señor? —La presencia del mozo me aleja del escenario. Está vestido de negro y tiene corbatín.

—Ginebra con agua tónica.

Me gustaría más si en vez del trompetista hubiera un cantante. El negro intenta cantar con su corneta, que entre otras cosas, cómo fulgura, cómo reverbera el metal, pero no es lo mismo, me gusta cuando el vocalista se arrima al micrófono, como si quisiera besarlo, y pronuncia palabras, entrecierra los ojos, mueve con elegancia las manos y lo hace sentir a uno en otro mundo. No digo que el negrote no seduzca, que no atraiga, pero ahí, en este preciso instante, el cantor estuviera diciendo, casi susurrando “vida mía, hasta apuro el aliento acercando el momento de acariciar felicidad”, y yo también cerraría los ojos, la recordaría a ella, y más que a ella, su carita de luna, su sonrisa limpia, sus labios en O, que me piden besos… No sé si sea el momento de pensar en ella, que no debe saber por dónde ando, a lo mejor ya le llegó mi cartita en la que le advierto que pasará mucho para volver a verla, porque he sentido pasos, vigiladas, tipos que doblan las esquinas detrás de mí. Mis sueños están llenos de pesadillas. No he vuelto al barrio, porque me siento inseguro, y todo por haber apoyado al general y su opción por los pobres del país. Bueno, pero el general ya no está en el país, y yo sí.

Me parece que los he eludido. No me encontrarán. Cuando la pieza termine, me escabulliré, sin esperar nada, aunque esta boîte anima a quedarse, huele bien, la gente se nota distinguida, y más distinguida la música de la orquestita, aunque el negro le da otro aire, otra dimensión, casi irreal, no sé cómo explicar, pero tiene tanta presencia, tanta fuerza, que creo va a borrar a los violines, al contrabajo, al piano, todos en un tributo a esa trompeta que a su dueño lo torna mofletudo, qué particular manera de soplar… pero, insisto, me hubiera gustado más con un cantor, que ya aquí en este punto estaría en “sos mi vida y quisiera llevarte a mi lado prendida y así ahogar mi soledad”, el trompetista alarga las frases, les da otro sabor, que no sé si me gusta o me disgusta del todo. Aquí estoy bien por el momento, aunque no me demoraré.

Creo que debo salir antes de que el camarero traiga la orden, menos mal no dejé colgado el abrigo a la entrada. No sé si eso despertó sospechas. No parezco tener cara de perseguido, quizá porque uno se acostumbra a los seguimientos, a escapar. En la carta no le quise narrar lo que se siente cuando uno tiene que estar mirando a todos lados, como un pájaro al que ya le han tirado piedras. Desde los días del golpe de estado, estoy de allá para acá. Ya va mucho tiempo, no sé cuánto, desde que fusilaron a gente que conocía, qué crimen atroz. Bien dijo el general: “La fuerza es el derecho de las bestias”, yo agregaría: “con perdón de las bestias”. Mi corazón me dice que debo salir ya, que no puedo estar más aquí, en medio de un tumulto de hipnotizados por un trompetista, ¡huy!, qué modo de hinchársele las mejillas…

Ah, ya llega el pedido, y el negro acaba de terminar su interpretación, me parece colosal, no sé si sea saludable salir en medio de estos aplausos atronadores, tal vez pueda ser más inteligente esperar a que se acaben (¿cuándo se extinguirán? me pregunto al garete), y luego me deslizo, como si fuera al wáter, o mejor me salgo ya, pero qué es esto, los músicos han empezado otra melodía, bella melodía, sí, papá la cantaba, e intentaba imitar ciertos sollozos de Gardel. En esos días, no me gustaba ni pío la cancioncita, seguro porque me parecía música de viejos. Y de gente sola. La vida da millones de vueltas… El negro se tiene confianza, cómo pone sentimiento ahí, sí, en ese punto cuando el cantor debía decir “adiós muchachos compañeros de mi vida”, qué lindo trompetea, no sé si se dirá así, pero me están dando ganas de quedarme a que termine la melodía, ahora un pizzicato de violines y vuelve el negro a inflar mejillas, sí, está cerrando los ojos, como cuando papá decía con un dejo de tristeza “barra querida de aquellos tiempos”. Y yo no estoy enfermo como el del tango, ni viejo, solo soy un hombre sin rumbo fijo. No sé qué habrá del pibe Alberto ni de Jacinto ni de todos los muchachos que crecieron conmigo en la Paternal. Bueno, no es momento de sentimentalismos ni de lagrimones.

Ahora sí me tengo que ir, aunque creo que ya es demasiado tarde, porque los que acaban de entrar son los que me buscan, es más, pienso que ya me vieron, porque vienen hacia acá, ojalá el negro termine rápido para ver si me evado en medio de aplausos, por detrás del escenario, que es precisamente por donde ya voy en estos momentos en que me percato de que uno de los perseguidores trae en la mano un revólver, qué tipo sin estética y sin tono, sin cartel, irrumpir en una fina sala e interrumpir así una pieza maestra que puede ser la última vez que yo la escuche y también la última vez que el mofletudo la interprete.

Aquella bohemia existencialista

(Una mirada a la novela En el café de la juventud perdida)

Por Reinaldo Spitaletta

Un café de barrio, donde en un tiempo se reunían poetas, aspirantes a escritor, bohemios y otra suerte de vagos y angustiados existenciales, se convierte en una marroquinería. Las ciudades cambian, a veces borran toda huella de pasado, a veces son refugio de fantasmas y recuerdos nebulosos. Pero en medio de las transformaciones urbanas, permanecen algunas memorias, que luchan por sobrevivir ante el torrente de novedades, ante un presente que parece nuevo, pero, que en muchos casos, es la expresión del Eterno Retorno.

La mayoría de habitués del parisino café Le Condé eran jóvenes entre los diecinueve y veinticinco años, aunque había uno que otro veterano. Una logia disímil, unida por mesas y conversaciones, por el hambre de ser alguien, por las ganas de compartir una copa. Quizá por la alegría “loca y gris” de un tiempo sin tiempo, que es el de la juventud. Tal vez Patrick Modiano, autor de En el café de la juventud perdida, se pudo haber preguntado cómo afectó la presencia de una muchacha, misteriosa, atractiva, sombría, la vida cotidiana de un cafetín, pero, más que ello, el deseo y la visión del mundo de algunos parroquianos.

La novela, a varias voces, con narradores en primera persona, nos va descubriendo, casi que a cuenta gotas, un mundo subterráneo de sentimientos y apreciaciones sobre Louki, una muchacha que un día apareció en el café, se volvió cotidiana, al principio no hablaba con nadie, pero luego se torna fundamental para la concurrencia y parece impregnar el ambiente con su perfume indefinible. Y con su presencia. Con técnicas propias de la novela policíaca, Modiano reconstruye un mundo perdido, de jóvenes de los sesenta, y de un París espectral, en el que, unidos ambos entornos, crece la figura de una muchacha sin aparentes raíces, con una madre que trabaja en el Moulin Rouge, y que cambia, para bien o para mal, la vida de varios de los personajes de la novela. Y de otros que no están conectados directamente con Le Condé.

En la obra aparecen seres extraños, como Bowing, que se pasó varios años apuntando en una libreta los nombres de los clientes del café, a medida que iban llegando, y la fecha y la hora. Para él, en la vorágine de las grandes ciudades (en el maelstrom), era clave encontrar puntos fijos, quizá como un modo de atrapamiento de la memoria, una lucha contra la fugacidad. En Le Condé, todos leen. Unos tienen Los cantos de Maldoror; otros, las Iluminaciones, y alguno, Las barricadas misteriosas. La muchacha que es el centro del relato novelesco lee Horizontes perdidos, del inglés James Hilton, sobre la llegada de un grupo de extranjeros al utópico monasterio tibetano de Shangri-La.

Otro personaje, Roland, quiere escribir sobre las zonas neutras, que tienen la ventaja de ser solo un punto de partida “y antes o después nos vamos de ellas”. La novela es una especie de rompecabezas, con piezas que van encajando con lentitud y precisión, hasta llegar un final desconcertante, aunque de algún modo previsible. Se suceden pensiones, calles y callejones, otros cafetines, estaciones del metro, cuartos, y todo para crear una atmósfera fantasmagórica, en la que el espectro de Jacqueline, más conocida como Louki, una mujer que a los quince años “aparentaba diecinueve. E incluso veinte”, que da mucho que hacer a su madre, que abandona a su marido y se vuelve imprescindible en la vida de otros hombres, que después van a sentir el vacío que ella les deja en su existencia, en una pieza de hotel, en un vagón de metro, o en una reunión poética. La figura de Jacqueline lo llena todo.

En el café de la juventud perdida, el lector se topa con una librería que abre de madrugada, con una chaqueta príncipe de Gales, con un libro de Nietzsche, con un perro que se mete a un iglesia, con un detective privado que deja a su cliente sin saber qué pasó y con la nostalgia de un tiempo que ya no es. Se puede encontrar, también, con el deseo imposible de que el tiempo se detenga en un mediodía, en el corazón del verano. Y con el desamparo sentido cuando se sabe de seres y cosas que ya no están.

Modiano, como en otras de sus novelas, integra otra vez París a las categorías de identidad y memoria, tan caras en sus ficciones. Es la ciudad de sus invenciones y desasosiegos. Una ciudad que hace suya, a su manera, con panaderías que no cierran de noche, con calles y esquinas que tienen su propio espíritu y sentir. Y con personajes que en muchas ocasiones lindan con lo fantasmal. La novela, que bien pudo titularse Louki, transita por un tiempo que a veces da la impresión de detenerse. O de estar volviendo. Una obra breve, intensa y con caminos de sombra, que en algún momento interrumpe la “luz cruda de una lámpara”.

Al finalizar su lectura, no sobra ir al tornamesa y poner el tango Volver. Puede ser una adecuada banda musical para esta novela de Modiano. Y no me pregunten por qué.