Los colores de la Dolores

Por Reinaldo Spitaletta

Ella, que tenía el sol en los cabellos, pintaba girasoles color Van Gogh, había realizado réplicas de los Arcángeles de Sopó y en su casa, de diez piezas, patio central con fuente, solar sembrado de mangos y naranjos, tenía su propio museo. De joven, después de estudiar con grandes maestros del óleo y la acuarela, pintó una Tongolele criolla, de enormes caderas y pechos codiciados. El escándalo se armó en la parroquia, con pulpitazos incluidos.

Ella, dama católica, respetuosa de las buenas costumbres, lamentó no su cuadro sino haberlo mostrado. Lo encerró en el cuarto de los olvidos y siguió pintando flores y señoras que realizaban destinos domésticos. En su casa, de altas tapias y puertas de cedro, había un perpetuo canto de sinsontes y canarios. En las columnas de los corredores se abrazaban enredaderas florecidas. Hace muchos años, frente al caserón, una volqueta destripó a un muchacho. “Es el hijo de Cándida”, dijo alguien, al ver al muerto en el suelo.

Dolores, tal era su nombre en honor a una advocación virginal, era mona (en Venezuela le hubieran dicho catira, y en México, como la llamó un muralista, güera) y en sus ojos había la bondad de los que solo piensan en el arte. Un día decidió pintar payasos tristes. Eran caras blancas, narices rosadas, cejas violeta y con muchos destellos dorados en los cabellos. En cierto modo, eran como autorretratos de sus sentimientos, ella poco reía y tenía un aire melancólico, que daba la impresión de siempre estar enferma.

En una pared plasmó un fresco. Representaba unas campesinas de faldas largas en medio de plataneras. Para no sentirse muy sola, abrió clases de pintura en su casa y las señoras de sociedad la visitaban, no tanto por la ambición de aprender, sino para pasar un rato entre tantos cuadros y pájaros. Era el reino del color. Los colores de Dolores eran contentos, brillantes. Amarillos subidos, rojos encarnados, verdes inconcebibles.

Dolores, que de joven intentó la irreverencia, se tornó mujer de iglesia. Ayudaba en las semanas santas a la decoración de altares y a diseñar cortinas moradas para tapar las imágenes en viernes santo. Nunca se puso trajes oscuros, pese a los lutos que la acompañaban. Eran de tonos fuertes, como las flores que ella imaginaba.

Murió, precisamente, una Semana Santa; dicen que sus pájaros lloraron; sus arcángeles volaron en señal de duelo, y la iglesia se llenó de lágrimas y cantos funerarios. En el altar pusieron sus girasoles y los feligreses, admiradores de ella, llevaban todos flores amarillas en sus manos.

Pintura de Lola Vélez

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La fiebre del oro se vistió de bluyín

“Por las noches, cara sucia
de angelito con bluyín…”
Chiquilín de Bachín, Horacio Ferrer

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   Por Reinaldo Spitaletta

Una vez, y no recuerdo las circunstancias, el ensayista, crítico de cine y columnista de prensa, Alberto Aguirre, me dijo que él jamás se ponía bluyines ni tenis, porque se sentiría uniformado, y tal vez el hombre que fue dueño de una de las librerías más importantes de Medellín tenía razón. Estas prendas, que hoy abundan en uso, dan la impresión de monotonía en el paisaje humano, y aunque los cánones de la elegancia y el dandismo puede que riñan con ellas, son cómodas y descomplicadas.

El bluyín está en todos los ámbitos. Es popular. Lo usan ricos y pobres. Trabajadores y vagos. Poetas e indigentes. El ejecutivo, ahorcado con la corbata y trajeado de formalidades en semana, lo viste en viernes y sábado. Hay una suerte de democracia (¿o acaso será demagogia?) de la ropa con esta indumentaria sobre la cual una vez un médico bioenergético me dijo que la habían inventado para bajar la libido de mineros y otros trabajadores de durezas con el fin de que no estuvieran pensando en sexo y sí en productividades y otras eficiencias.

Esta creación gringa del siglo XIX, con raíces italianas y francesas, se extendió por el mundo, y así como puede ser síntoma de vida proletaria, también puede representar un modo de existencia burgués. Hubo un tiempo en el que poseer un bluyín, de aquellos prelavados, que llegaban casi siempre de contrabando desde los Estados Unidos, era una muestra de distinción y hasta de arribismo social. El “Lee”, que de él se trata, no era para todo el mundo. En el barrio quien tuviera uno de esos se consideraba un sujeto de buen gusto y de abundosos denarios. El que lo tenía se daba ínfulas y se paseaba por las calles como un conquistador, como alguien diferente y que tenía altas probabilidades de donjuanismo y buena vibra con las muchachas.

El bluyín, que los hay finos y costosos, como baratos y bastos, estuvo vinculado en sus orígenes con los trabajadores. Era prenda resistente, que aguantaba laboreos pesados y además se podía poner dos, tres y cuatro días seguidos, o quizá toda la semana, sin que la mugre y los sudores fueran evidentes. Una versión histórica atribuye su creación al alemán, oriundo de Baviera, Levi Strauss, que se instaló en San Francisco, California, en los tiempos de la fiebre del oro.

A aquella ciudad, como a otras de California, llegaban aventureros y buscadores de fortuna. Y el judío germano, que abrió un ventorrillo con provisiones para mineros y otros migrantes, diseñó unos pantalones de lona (el mismo material que se usaba para carpas y toldos), de color marrón, aptos para aguantar duras jornadas, que pronto se popularizaron. Desde el siglo XVII, en Nîmes, Francia, se fabricaba una tela, el denim (su nombre está conectado con la ciudad de origen, tejido de Nîmes), teñida con azul índigo procedente de la India, que traían los marineros genoveses. Levi comenzó a importar este tipo de tela, abandonó la lona y contrató al sastre Jacobo Davis para la confección de pantalones. A este se le ocurrió la idea de reforzar costuras y bolsillos con remaches metálicos, que los convirtieron en más duraderos y con lo que se evitaban los remiendos y parches. Así nació el blue jean. Ambos pioneros tramitaron la patente en 1873 y ya para fines del siglo XIX, la inevitable prenda no solo era de uso masivo de mineros, sino que se extendió entre granjeros, vaqueros y obreros ferroviarios y fabriles.

El bluyín surgió como ropa para gentes de oficios rudos. No era para lucir en ceremonias solemnes, sino para faenas laborales. En la primera guerra mundial, con el denim se confeccionaron uniformes de soldados. Todavía faltaba un tramo para que fueran las juventudes quienes lo convirtieran en símbolo de rebeldías (a veces, sin causa, a veces esnobistas) y protestas sociales. Con el surgimiento del rock and roll, y con el uso del bluyín por actores como James Dean y Marlon Brando, y cantantes como Elvis Presley, el invento de Levi y Davis se convirtió en el indumento preferido de los jóvenes de los años cincuenta. La generación Beat y los hippies le dieron su bautizo de irreverencias y para los sesentas ya no hubo modo de contener su invasión mundial.

Bluyines con bota de campana, bluyines estrechos, bluyines para el baile o para las manifestaciones estudiantiles del mayo parisino. O del México de la noche de Tlatelolco. Bluyines desteñidos (y en ciertos procesos de decoloración, contaminan peligrosamente el planeta), bluyines que fabrican mujeres explotadas en maquilas de transnacionales, bluyines de marca, bluyines piratas, bluyines globalizados. Uniforme del mundo. Exhibidos en lujosas vitrinas de centro comercial o en quioscos callejeros informales.

Estos pantalones de cowboys, de mineros auríferos, de fogoneros ferroviarios, de pronto se convirtieron en material de cachet para diseñadores de moda, para ingenios de la alta costura. Y su uso se combinó con zapatos de charol y chaquetas con corbata, o sin ella. Bluyines de pasarela. Pero también de zaguán de bazar de comercio popular.

Y ahí está el conductor de bus, y el taxista, y la vendedora de maquillajes, y la universitaria, y el limpiador de parabrisas, y el profesor, y el que se para en los semáforos a vender confites o a hacer malabares. Todos con bluyín. Prenda para los de arriba y los de abajo. Igualados todos. El mochilero lo porta a todas partes. Y el gringo viajero se lo deja puesto hasta un mes, y su pobre bluyín se torna lamoso-verdoso.

El finado Alberto Aguirre, uno de los articulistas críticos más relevantes de Colombia, me dijo una vez que no usaba bluyín ni zapatillas tenis, porque no quería ser parte de la masificación. A mí me gustan desde que era un pibe de barriada y nunca he aguantado pantalones de paño ni zapatos formales (aunque en los setentas nos pusimos horribles pantalones de terlete). ¡Ah!, mi papá —también extinto— jamás usó ni un bluyín proletario ni uno burgués. Tenis tampoco. Nunca le pregunté por qué, pero, ahora que caigo en la cuenta, tal vez me hubiera dicho lo mismo que el señor que tuvo una de las librerías más emblemáticas de Medellín.

La Chispa, un bar de la revolución

“La calle se ha hundido como la nariz de un sifilítico”
Vladimir Maiakovski

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Por Reinaldo Spitaletta
Era para conspiradores y obreros. No porque su dueño lo hubiera pensado así, sino porque muy cerca del bar estaban las sedes de los comunistas, de los del Moir (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), de algunos sindicatos de trabajadores, como el de Vicuña y la Compañía de Empaques de Medellín. Era muy pequeño para albergar tantas discusiones; revoluciones verbales, de ateos y creyentes que se hacinaban en un cuartito de dos puertas, con seis mesas y un orinal doble. Se llamaba La Chispa, como el periódico de los revolucionarios rusos (Iskra), cuyo nombre se desprendió de un verso de Maiakovski: “De la chispa nacerá la llama”.

Su dueño, don Óscar, de frente amplia, bigotito delgado y sonrisa perpetua, era un gozón con todo lo que se refería a teorías revolucionarias, manifestaciones obreras, clichés políticos y discusiones de fútbol. Parecía siempre contento con la clientela, que abigarraba el bar sin ornamentos. Comencé a ir a fines de los setentas, untado de universidad y de clase obrera, en días luminosos en que la ciudad vivía agitaciones, huelgas, marchas estudiantiles y de trabajadores, un ambiente de críticas al poder y optimismo popular. Los paisajes del bar éramos nosotros, en aquella esquina inevitable de Cundinamarca con Perú.

Llegábamos casi siempre al final de la tarde, sobre todo jueves y viernes, para arreglar el país con nuestras verbas, alrededor de tintos, aguardientes y cervezas. La mezcla de concurrentes era atractiva, porque unos olían a fábrica, a trabajo, mejor dicho, a plusvalía; y otros, a libros y salones de clase. En el cafetín a veces flotaba la efigie de Lenin, que había discusiones sobre su ¿Qué hacer? y otros textos; en otras, la del barbudo Marx, que se volvía Manifiesto Comunista, unas veces; y en otras El capital, del cual casi ninguno de los que por allí hablaba del magno libro, había leído más de dos o tres capítulos, o a lo sumo, el primer tomo.

En La Chispa, el mundo se ponía patas arriba, porque entonces se giraba en torno a la China de Mao, que el hombre ya había muerto para aquellos días, pero estaba presente en asuntos del arte y la literatura, en el foro de Yenán, en las Cinco tesis filosóficas (un librito rojo, de pequeño formato), no faltaba el que ponía como ejemplo de tesón la Gran Marcha, ni al que le parecían de maravilla los poemas del “gran timonel” chino. Se discutía alrededor de la posición de la Unión Soviética, para esos días ya catalogada como socialimperialista por el Moir (algunos decían “la Moir”), y que para los del Partido Comunista (conocidos entonces como mamertos) era su faro y guía. Y por ahí, de pronto, alguno se refería al Partido del Trabajo de Albania y su líder Enver Hoxha. “Pero si Albania es un país atrasado. No produce ni siquiera huevos”, opinaba cualquiera, en medio del tintineo de las copas.

No recuerdo si alguna vez, allí, en ese espacio sideral (a veces, el cosmos se ponía en escena) se habló de literatura europea o de América Latina. Todo era sobre sindicatos, huelgas, tribunales de arbitramento, tácticas políticas del partido de los obreros. Nada de novelas, aunque sí había referencias, por ejemplo, a Julius Fucik, periodista checo que escribió el Reportaje al pie del patíbulo, y al Acorazado Potemkin, la emblemática película de Eisenstein. Don Óscar, que era rápido y atento en el servicio, poco se metía en estas discusiones, pero las escuchaba y daba la impresión de disfrutarlas. “Qué buena gente es mi clientela”, le oí decir.

Una noche, a nuestra mesa, como en otras veces, se acercó uno de tantos vendedores ambulantes de Marlboro. Hablábamos quizá de la situación del país, un tema recurrente, cuando el muchacho de los cigarrillos, en un movimiento veloz, me sacó del bolsillo de la camisa lo que allí había (el carné de la Universidad de Antioquia, tal vez un billete de baja denominación y otros papeles). Salió corriendo por Cundinamarca. Y nosotros, John Ospina, José la Pasta y yo, detrás de él. Dobló por la calle Zea, y unos cincuenta metros después, la Pasta (un extrabajador de la Fábrica de Licores de Antioquia y habitante del barrio Caycedo) lo agarró de la camisa, lo tiró al piso y ya estaba con agilidad de gato recuperando mis pertenencias. Después, lo requisamos y no sé cuánto dinero portaba. Se lo quitamos. La caja de cigarrillos estaba vacía.

En aquel bar de miniatura, me sucedió una noche un episodio que nunca pude explicarme. Era ya casi la media noche, cuando entré al orinal. Y, de súbito, comencé a sentir voces de mujeres: “Cómo estás de bueno, querido, querés que te acariciemos por todas partes”. Parecían brotar de la pared. Miré con atención y no había agujeros ni nada por donde pudiera filtrarse con tanta claridad lo que estaba escuchando: “Papi, te la vamos a chupar, relajate pues”. No estaba tan ebrio como para estar sufriendo un delirio sobre lo que decían, por turnos, varias voces femeninas. Esperé un rato más y de pronto el silencio se las tragó. Volví a la mesa y conté lo ocurrido. Todos rieron, se burlaron, estás enloqueciendo, dijeron, ya es hora de que no te tomés un trago más. En el local contiguo, sobre Perú, quedaba una tipografía.

En el bar, todas las voces todas, o bueno, casi todas, hablaban de la revolución que ya parecía adivinarse en el horizonte. Había alegría y fraternidad. Y aunque hubo altercados en torno a apreciaciones sobre marxismo, o acerca de estilos de trabajo de ciertos dirigentes y militantes, no hubo jamás puñetazos ni otras violencias. La última vez que estuve ahí fue en 1983. Dejé de pasar por el lugar durante varios años y no supe cuándo se acabó el bar de las noches comunistas, ni qué se hizo don Óscar. Tampoco volví a ver a muchos de los que allí eran asiduos.

Tenía un bello nombre aquel café obrero, en el que esperábamos incendiar la pradera. Recordaba el del clandestino periódico revolucionario de los rusos, fundado por Lenin en 1900. Si el romanticismo había muerto muchos años atrás, en La Chispa renació, en noches de aguardiente y discursos proletarios. Por entonces, el presente era nuestro y el futuro también.

El vals que bajó del cielo

Por Reinaldo Spitaletta

Hay canciones que vuelven a uno en momentos menos pensados. Tal vez tenga que ver con la coloración del cielo, o con una imagen de infancia que de súbito aparece, sin anuncios y sin que uno hubiera estado detrás de ella. Puede que sea porque en la lectura de un libro, una palabra, una frase, la entonación quizá, nos regresa a acordes y versos de otros días, y de pronto estamos, como sin darnos cuenta, cantando. No sé cuál, en últimas, sea la explicación al fenómeno. No sé tampoco si haya que dar explicaciones.

La experiencia que voy a contar me llegó por la ventana. Estaba hojeando un libro de Simone de Beauvoir sobre la vejez. Cuando leí la frase “la historia romana demuestra que existe una estrecha relación entre la condición del viejo y la estabilidad de la sociedad”, me detuve, cavilé y mis ojos se levantaron de las páginas y se volaron por la ventana. La visión del frondoso carbonero, por cuyas ramas se coló un pedazo de cielo, me devolvió a años atrás, cuando escuchaba, en traganíqueles de bares de Bello, un vals tremendo, que al principio no me decía casi nada, porque, claro, todavía estaba en la edad de no tener recordaciones.

Los acordes de Pedacito de cielo sonaron en mi cabeza y luego una voz interior comenzó a cantar: “La casa tenía una reja / pintada con quejas / y cantos de amor. / La noche llenaba de ojeras / la reja, la hiedra / y el viejo balcón”. Cerré el libro y me concentré en las viejas palabras del vals, escritas por el surrealista Homero Expósito, y musicalizado por Enrique Francini y Héctor Stamponi. En aquellos lejanos días, sonaba por Alberto Podestá, un cantante que conocí años después en un bar de San Telmo, una noche de vino y de señoras de edad, y que, por supuesto, se escuchaba en pianolas de Medellín, Bello y Envigado, con el acompañamiento de Miguel Caló.

Después, una versión de Fiorentino y Troilo, que se desgarraba en un bar del barrio Prado, me dejó turulato. Y el vals se introdujo en mí, sin darme cuenta. Por ósmosis urbana. Tenía (tiene) una cadencia irresistible y hablaba de dos que se enamoraron, se besaron, se amaron…, pero sobre todo, una frase irrevocable me hizo tambalear: “Los años de la infancia, pasaron, pasaron…”. Y ya para entonces la infancia había volado, tal vez como “un pájaro sin luz” y no sé si fue la imagen de la cara blanca de una muchacha de El Congolo que yo veía en un balcón y le mandaba besos aéreos y ella los devolvía con sonrisas y pétalos de las azaleas y bifloras que su mamá tenía allí sembradas, digo que no sé si fue esa la imagen que retornó a mí.

El pedazo de cielo de mi ventanal, a modo de flash back, me ponía de patitas en una calle del ayer. Y los versos del amoroso vals se desgranaban: “Recuerdo que entonces reías / si yo te leía / mi verso mejor / y ahora, capricho del tiempo, / leyendo esos versos / ¡lloramos los dos!”. Esta pieza, con otra que también se escuchaba en la voz de Podestá, Bajo un cielo de estrellas, nos hacía reconocer en casa, los diciembres, o en la celebración de algún cumpleaños de mis hermanos o del mío, los días del viejo barrio, con sus calles inevitables, de paisajes de ladrillo y cemento. Y coreábamos aquello de “mucho tiempo después de alejarme / vuelvo al barrio que un día dejé…”, y digo que más que cantar, gritábamos. Ya los años de la infancia andaban lejos.

Volví al libro y la frase siguiente me dejó aturdido: “Es probable que los antiguos romanos tuvieran la costumbre de desembarazarse de los viejos ahogándolos…”. El cielo, al que volví de inmediato, se hizo más azul, las hojas del árbol se movieron y el sol de la tarde brilló en la vidriera. Torné al vals, tal vez como un mecanismo de defensa: “Los años de la infancia pasaron, pasaron… / la reja está dormida de tanto silencio / y en aquel pedacito de cielo / se quedó tu alegría y mi amor” (con licencia gramatical y todo)… Luego, cerré el libro. Busqué la versión de Goyeneche y la puse en el reproductor.

“Los años han pasado / terribles, malvados / dejando esa esperanza que no ha de llegar / y recuerdo tu gesto travieso / después de aquel beso / robado al azar”, y la cara blanca, como de luna de arrabal, de la muchacha de aquel lejano balcón se apareció en mi ventana con árbol y cielo, y no hay por qué negarlo, un lagrimón me empañó el recuerdo. Entre tanto, el Polaco proseguía: “Tal vez se enfrió con la brisa / tu cálida risa, / tu límpida voz… / Tal vez escapó a tus ojeras / la reja, la hiedra / y el viejo balcón…”. Había en todo esto una especie de desazón por lo irremediable. Y —eso sentí— una suerte de apolillamiento en el ambiente.

¡Ah!, bueno. La vez que encontré a Podestá en un café de un clásico barrio porteño, unas señoras, todas muy viejas, se arrimaron a mi mesa y se interesaron por algunas historias de Medellín. Después, cuando ya el vino me tenía en la estratosfera, le pedí a gritos al cantor que me interpretara Pedacito de cielo. Y nada. Entonces, le impetré por maldad (ya el hombre estaba a punto de llegar a los setenta y cinco y su voz no daba para tanto) que quería escuchar su interpretación de Alma de bohemio. Lo único que dijo, no sin molestia, fue: “Dejá el chamuyo”.

Ahora —capricho del tiempo— Goyeneche frasea el vals aquel: “Tus ojos de azúcar quemada / tenían distancias / doradas al sol… / ¡y hoy quieres hallar como entonces / la reja de bronce / temblando de amor!”. Qué cosa. Digo que por acá, bajo el cielo antioqueño, jamás vi rejas de bronce, ni hiedras, pero sí un balcón con muchacha sonriente, a la que alguna vez, cuando la infancia todavía no era recuerdo, le arrojé un beso sin verso, con mucho corazón.

Elogio de los tenis o el ejercicio de la comodidad

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Por Reinaldo Spitaletta

Las primeras que tuve eran blancas, unas zapatillas de lona, suela más bien delgada, marca Croydon, y si no estoy mal, mamá las había comprado en un almacén cerca del parque, y cuando me las entregó creí que el mundo estaba patas arriba. Eran unas zapatillas (ya para entonces, principios de los sesenta, les decíamos tenis) que hacían parte del uniforme escolar, solo usado para eventos especiales, como desfiles de fiestas patrias y misas en la iglesia del Rosario. Yo las utilizaba todos los días, por lo que, además de ensuciarse muy rápido por las destapadas y polvorientas calles de Bello, al mes ya estaban de botar.

Tener tenis era símbolo de distinción. Uno creía que con ellos se caminaba mejor, se corría a más velocidad y se ejercía dominio sobre calles y aceras. Además de la marca referenciada, había otras, como Midas, con tenis algunos a modo de botín, todos de tela, casi siempre blancos, negros y azul claro, aunque luego aparecieron rojos y cafés. Tenían en la suela de goma o caucho unas rayas, y algunos, dos o tres orificios como respiradero de los pies. Eran compañía imprescindible en clase, pero, sobre todo, en los partidos de fútbol y en las caminadas a charcos y otras aventuras de muchachos.

Nunca me gustaron, y además jamás tuve, los denominados zapatos colegiales, que me parecían muy formales, sin gracia, sin la posibilidad de gastarlos jugando a la pelota, corriendo en la lleca, metiéndolos a los pantanos de los días lluviosos. Eran, más bien, para muchachos muy seguidores de la norma, sin las posibilidades de ser parte del afuera, me daba la impresión. No había como los tenis, que servían para todo, menos, tal vez, para hacer la primera comunión, que requería traje especial con calzado elegante, imitador del de los adultos.

Por aquellos días, los tenis eran sinónimo de niñez y juventud, aunque algunos adultos los llevaban, pero sin ser lo usual. Los mayores se vestían de traje entero, zapatos de cuero y casi ninguno, a no ser en canchas y escenarios de deportes, calzaba zapatillas tenis. Entonces no había muchos modelos, ni los tenis traían cámaras de aire, lucecitas y otras sofisticaciones. Eran simples y prácticos, sin que con ellos se establecieran diferencias sociales. Estaban hechos para la placidez y el relajo.

No sé cuándo aparecieron para la limpieza del tenis blanco, sustancias pintorescas, como el Griffin All White, que se utilizaba para poner capas sobre ellos, sin necesidad de lavarlos. A veces, por resultar más barato, en vez del producto mencionado, se les abigarraba con blanco de zinc. Ningún muchacho de entonces usaba las zapatillas deportivas completamente limpias. La impecabilidad no estaba hecha para los tenis, que mientras más sucios, daban más carácter. Una vez, después de un partido en una manga empantanada, llegué con mis tenis blancos que más parecían negros de la mugre. Tomé una afeitadora del tío Benjamín, que por aquel tiempo se hospedaba en casa, y los “afeité”.

No lavé la rasuradora sino que la dejé empantanada en su lugar. Cuando él la iba a usar, descubrió la patraña, mejor dicho, la cochinada, y de inmediato le pidió permiso a mamá para darme mi merecido, según sus palabras. Se dio cuenta por mi cara de burla. Se zafó el cinturón, pero entonces yo ya estaba lejos, dimos varias vueltas por la casa, él detrás de mí, y al fin de cuentas, logré abrir la puerta de la calle y escapar. Después, el tío, más calmado, olvidó el incidente.

Los tenis tienen una larga historia. Comenzaron a fabricarse, tras el descubrimiento de la vulcanización, por parte de Charles Goodyear, y también por el deporte del tenis, creado a finales del siglo XVIII. Caucho y tela fueron las materias primas de las zapatillas que, en el siglo XX, revolucionaron el calzado deportivo. Los ingleses ya habían experimentado con la fabricación de zapatillas para la práctica del croquet, en Liverpool, en 1876. Pero fueron los norteamericanos los que le dieron categoría masiva. En 1916, se crearon los Keds, y luego los Converse, para el ejercicio del basquetbol.

La década del cincuenta se erigió como la del dominio mundial de los tenis, sobre todo como símbolo de juventud y rebeldía. Y para los sesenta, tiempo de revoluciones musicales, artísticas, políticas y sociales, el tenis estuvo ligado a las protestas juveniles, los bailes y los conciertos masivos. Roqueros y jipis los calzaron como parte de una indumentaria funcional y contestataria. Sin embargo, en ciudades como Medellín, muchachos de barriada, cuyos gustos musicales estaban más en las Antillas y en los tangos rioplatenses, y que se denominaron “camajanes”, no utilizaron los tenis. Sus zapatos, fabricados por expertos zapateros de barrio, eran los golondrinos: blanco y negro, de cuero y tacón. Con ellos tiraban paso en cantinas y en bailes domésticos.

Los roqueros de entonces, como decir Los Beatles, los Rolling, Pink Floyd, Elvis Presley, y otras estrellas, utilizaron tenis como parte de su calzado cotidiano y aun en las presentaciones. Después, con novedades en sus diseños y materiales, y fabricados por transnacionales, que además explotan con maquilas y otros mecanismos capitalistas de producción mano de obra en todo el mundo, los tenis se erigieron como un zapato para todos los momentos y ocasiones, no solo para la práctica deportiva. Todas las edades son sus usuarias. Hombres y mujeres encontraron una manera de ser, descomplicada y cómoda, que si bien puede no estar clasificada entre los rígidos cánones de la elegancia y el chic, sí es parte de una actitud despreocupada frente a los esquemas de lo formal.

Los tenis, sobre todo los más prácticos, deben dar la sensación de uno estar descalzo. En general, deben ser livianos, sin pretensiones astronáuticas ni muy ornamentados, sin apariencias de gigantismo o de aparatosidad. Están hechos para una existencia en la que la vanidad debe estar metida en el tinaco de la basura. Aquellos tenis de la infancia, que a veces nos hacían creer que estábamos calzando las botas siete leguas que Pulgarcito le despojó al ogro, olían a tierra y a juegos de calle. Y servían para marcar goles y correr hasta el lugar donde nacían los arcoíris.

Viejas bicicletas de un mundo sin afán

Por Reinaldo Spitaletta

Las imágenes más primitivas que recordaba de aquel lugar habitado entonces por hombres con relojes de cuerda (algunos, marca Ferrocarril de Antioquia) y pantalones de dril naval, eran las de las bicicletas. Él escuchaba su dificultoso rodar en las madrugadas, sobre las calles sin asfalto en esos días lejanos en los que el mundo daba la impresión de estar recién inventado. Le parecía como música de pájaros y él se sentía feliz en la tibieza de sus frazadas y en particular por no estar en la calle en esas horas frías. Así se lo decía, mientras se volteaba en la cama.

Eran ciclas pesadas, ruidosas en el cascajo, la gravilla y los caminos de tierra, con dinamo, lámpara delantera y parrilla con bombillos de colores. Los tipos que las montaban llevaban un termo y parecían tranquilos, según su pedalear armónico y sin sobresaltos. Eran, la mayoría, trabajadores de textileras y algunos otros de los talleres ferroviarios.

El pito de las fábricas se escuchaba en toda la ciudad: a las cuatro de la mañana, a las doce del día, a las ocho de la noche. Anuncios de los cambios de turno. Los de las bicicletas con caramañola iban a los telares. Los primeros los habían traído, a principios del siglo XX, de Manchester, Inglaterra, por mar, ríos y mulas. Luego, arribaron otros más modernos, en buques, trenes y tractomulas. Cuando estos últimos mastodontes mecánicos aparecieron y se multiplicaron, el ferrocarril se fue diluyendo hasta convertirse en un fantasma de color sepia, materia de nostálgicos y jubilados, y de interés para algunos historiadores.

Aquellos hombres de las bicicletas olían a algodón crudo, a telas nuevas e hilos, y él, desde su habitación, percibía fugaces aromas de jabón de baño. “Hoy deben ir de azul”, se decía. Las bicicletas nocturnas y las de la madrugada llevaban luz adelante y atrás, que ayudaba a vislumbrar los desniveles de las calles, cuyo alumbrado público era apenas de bombillas de escasas bujías. “Parecen luz de tabaco prendido”, se escuchaba decir a algunas señoras. Las del mediodía dejaban ver, en ciertos casos, parrillas con ornamentos, el galápago con flecos de colores y las marcas, casi siempre Phillips, Humber y Raleigh.

Algunas tenían adornos en el manubrio y no faltaba la que llevaba corneta, que el ciclista hacía sonar al oprimir una esfera negra. Bueno, había otras con campanita o timbre plateado, que por asociación evocaban los sonidos de los carritos de helados y paletas. Las bicicletas obreras eran parte esencial del paisaje urbano, cuando todavía las calles eran libres y no había tráfago de automotores.

La ciudad olía a calderas industriales, el aire era violeta y las montañas, algunas con enormes antenas repetidoras, eran azul turquí. “Cómo ha cambiado todo”, pensó al tiempo que alejaba el recuerdo de las bicicletas inglesas y de los ciclistas proletarios. Hasta su memoria, sin poderlo contener, tornaron las imágenes de muchachos, hijos de trabajadores fabriles, que los domingos montaban en las ciclas de sus padres y se desplazaban sobre ellas como si fueran conquistadores o héroes de antiguas batallas.

Ahora, los cuadros que le llegaban eran los de edificios inteligentes, de cerebros electrónicos y un sin fin de aparatos y máquinas que podían realizar el trabajo de mucha gente. El timbre futurista de un teléfono móvil lo sacó de sus meditaciones. “El mundo es más veloz”, pensó. “Pero tiene menos colores que antes”, agregó, no sin cierta desazón.

No es que haya menos colores —se dijo más tarde, contradiciéndose— sino que son distintos, nuevos. Inesperados. “Mejor dicho, son de otros colores”. Todo esto lo pensaba mientras escribía en un ordenador y trazaba esquemas mentales de las viejas bicicletas que lo despertaban en las madrugadas, cuando el mundo caminaba más despacio y él podía dormir sin desasosiegos hasta las nueve de la mañana.

Tiovivos de un tiempo sin relojes

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Por Reinaldo Spitaletta

No sé por qué todos los tiovivos giran en dirección contraria a las de las manecillas del reloj. De esa situación me di cuenta muy tarde, cuando ya hacía años que no me montaba en uno de esos caballitos giratorios, de sube y bajas suaves, de ojos agrandados y ornados a veces de colorines, con crines fosforescentes y bocas siempre con sonrisa pintada. El tiovivo tiene la capacidad de despertar en los jinetes de feria, en los niños que cabalgan sobre los lomos festivos, historias diversas, casi todas relacionadas con llanuras o, en ocasiones, con aventuras de caballos voladores y que, en vez de pienso, comen nubes.

La imagen más lejana que tengo de un tiovivo está quizá situada en una ciudad de hierro, de aquellas que iban de pueblo en pueblo, con alegrías ambulantes, y la mano de mamá, calentita, cogiéndome la mía, mientras una fila expectante aguardaba o mejor dicho, afanaba por llegar hasta la taquilla para tener el acceso a la fantasía de las atracciones. Mamá me había comprado, además, unas gafas, o de otra manera, una suerte de antifaz, de celofán o algo así, amarrillo quemado y el mundo todo se veía de tal color, como un incendio del atardecer.

De pronto, yo ya estaba, en plena soledad, a horcajadas, agarrado de las riendas en forma de poste, el caballito ascendiendo y bajando, haciendo cabriolas, creía uno, y dando vueltas y vueltas. El mundo de afuera parecía muy distante y a veces veía a una señora que, lejana, me levantaba el brazo con alegría, o tal vez con la tristeza de los adioses. Bueno, un adiós de parque de diversiones, en el que no hay despedidas definitivas. Una teatralidad sin lágrimas ni nudos en la garganta.

Los circuitos, en los que había gritos contentos y en los que uno se imaginaba que la cabellera se le estaba moviendo, agitada por vientos en alguna pradera, eran lo más cercano a un viaje de maravillas, en la que uno cada vez se alejaba más del mundo terrenal, del universo de escuelas y cuadernos, de cartillas y jugarretas de calle, para introducirse en una especie de paraíso infantil. Voy en mi caballo y los otros vienen detrás de mí, pero, a la vez, yo voy detrás de otros, y ahí vamos, a que te alcanzo, a que no, y entonces la música, esa música de tiovivo, metálica y brillante, envolvía el carrusel y a los jinetes en una atmósfera feliz.

Era una musiquita sin la cual la imaginación hubiera sido más flaca. Sin tanta viveza. Sin esos sonidos, que brotaban, creía uno, de la mitad del carrusel, o a veces parecían desprenderse de la cabalgadura, y en otras ocasiones semejaban surgir del techo redondo y colorido, digo que sin esos compases el tiovivo hubiera estado incompleto. Qué tenía esa música que nos ayudaba a transportarnos a otros ámbitos, tal vez a una suerte de arcadia, o a los climas creados por los relatos que mamá nos contaba por las noches, y que muchos de ellos tenían caballos alados y princesas presas en castillos desvaídos y oscuros. Qué misterio ocultaba aquella música de carrusel, que hoy, al evocarla, me hace, más que sonreír, brotar una “furtiva” lágrima.

Después, hubo otros tiovivos, pero yo no tenía puesto un antifaz amarillo y mamá no me levantaba la mano en señal de despedidas contentas. Y la música ya no era capaz de despertarme ensoñaciones y darme aires imaginativos, quizá estaba muy crecidito para estar montando en corceles pintorescos, y la convocatoria estaba más por el lado de los carros chocones y el vertiginoso pendular de la “barca de Marco Polo” y otros divertimentos más agitados. El tiempo de los carruseles había pasado.

Aquellos tiovivos me gustaron más cuando supe que en otras partes, como Buenos Aires, les decían calesitas. En las esquinas de Bello, cuando ya las ciudades de hierro eran una lueñe memoria de niños idos, se escuchaban canciones que mencionaban un parque japonés, un parque de ocio, una calesita de caballos ojones y boquiabiertos en cada barrio. Y entonces alguien, no sé quién, me dijo que la ciudad del mundo donde más carruseles había era esa, la de los tangos y las librerías. Cuando la visité hace años, ya no fui capaz de montarme en un caballito de entretenimiento. La calesita, en todo caso, me sigue pareciendo un nombre más sonoro y convocador de seres imaginarios.

A veces, muy escasas veces, por cierto, escucho encantadas músicas de calesitas y entonces vuelvo a los días en que el mundo era amarillo incendio y uno podía subirse a un carrusel que lo llevaba a viajar por caminos inesperados. Y a la distancia, me parece ver de nuevo una mano blanca que me dice adiós.

La magia del tiovivo, una diversión conectada con la infancia. (Foto tomada de internet)

Juegos en un cementerio abandonado

Por Reinaldo Spitaletta

Entonces no sabíamos de cadáveres exquisitos, y menos de cadáveres ilustres. Los que allí reposaban todavía, en tumbas en galería pero también en las de tierra, con cruces caídas y de nombre borrado, eran de gentes, digo ahora, del común y corriente. Aunque, como se dice, la muerte lo iguala todo. No teníamos nociones acerca del más allá, ni nos interesaban las almas vagarosas sobre ese cementerio en ruinas, en el que una vez vi sacar los restos de una señora completa. Una momia, que ni las que veíamos de vez en cuando en películas del matinal del Rosalía, un teatro que hoy tampoco existe.

A veces, llegábamos en las tardes al cementerio de Nazaret, mejor dicho, a lo que de esa construcción quedaba. Saltábamos sus muros y lo recorríamos, en medio de brisas de pinos, eucaliptos y cipreses. Corríamos por encima de fosas comunes, huesos al azar, una que otra calavera. Nos deteníamos con la curiosidad de muchachos de diez años a mirar los ojos vacíos, su risa permanente, su nariz ausente. “Ve, este era mueco”, se decía cuando le faltaban algunos dientes a la risa muerta. Una vez, no sé quién, descubrió entre tantas dentaduras, una brillante, dorada. Nos reunimos a su alrededor, otro la alzó para que la vista fuera total, y el sol de la tarde refulgió en los dientes, como un último homenaje a aquella osamenta de olvidos.

No recuerdo si arrancamos los dientes dorados, o si volvimos a depositar intacta la calavera entre otros huesos, muchos, que pululaban en las fosas abiertas. Era común encontrar puentes (después supimos que se llamaban prótesis fijas y removibles) con rebordes plateados y de pronto alguna cabeza con trazas de cabellos. Era un mundo en el que había silencio, roto apenas por nuestros pasos acelerados, nuestras risas, después de que alguien se escondiera detrás de una pared y saliera de súbito con gritos y aullidos a intentar asustarnos. El sepulturero, que ya había perdido su oficio, no se aparecía a sacarnos del lugar y para nosotros ese cementerio era una prolongación de la calle, de las mangas del barrio Nazaret, entonces ricas en partidos de fútbol y otras diversiones.

Las viejas tumbas, casi todas erosionadas, eran para la muchachada un atractivo sin igual. Se jugaba en ellas al escondidijo, al coclí-coclí “al que lo vi lo vi y el que esté detrás de mí no vale”, y, a veces, a imitar una ceremonia de enterramiento. Alguien posaba de ser un pariente y emitía llantos, otro lo consolaba, entre tanto, cualquiera, muy imaginativo, alzaba ante sí una calavera y le hablaba en tono de despedida. Al final, la impostura se diluía en medio de risotadas y la pobre osamenta caía entre restos desordenados, revueltos, y por lo demás, inodoros.

No recuerdo a qué olían los desperdigados huesos de aquel cementerio abandonado. Tal vez a tierra. Tampoco los nombres que en algunas lápidas todavía se podían medio leer. Éramos la vida, niños que atizaban su imaginación en medio de huesos y cuencas, de dentaduras y pedazos de tela irreconocible. No había moscas, y de vez en cuando un cucarrón verde volaba por entre los pinos y las bóvedas. El cementerio estaba rodeado de un muro de cierta altura, que nosotros trepábamos sin problemas. En algunas partes, ya había oquedades en la pared, pero a nosotros nos gustaba subirla y saltar al interior. A un lado del camposanto (esta palabra la usaban mucho las señoras) estaba la iglesia de la Preciosa Sangre, junto a una escuelita del mismo nombre. Una noche, en esta había una velada musical. Había que colarse a la misma, porque no teníamos cómo pagar la entrada.

Penetramos al cementerio, creo que yo iba con Rodolfo, uno de mis hermanos, y un muchacho de apellido Villa, caminamos en la oscuridad, llegamos hasta los muros que nos separaban de la escuela y luego de una faena de escalamiento estábamos adentro. En un tablado un cantante de voz chillona, con movimientos de cadera y camisa de colores encendidos, interpretaba una canción dedicada a Mickey Mouse. La gente, casi todos adultos, palmeaba, y alguna señora alzaba los brazos siguiendo el ritmo. “Es el nuevo rey, es el nuevo rey, es Mickey Mouse”, decía el cantante. Nos paseamos entre el público y luego, antes de que el tipo terminara su actuación, ya estábamos afuera, celebrando la aventura en medio de risas y palmoteos.

Tal vez la única reminiscencia infeliz de aquellos días de juegos en el cementerio fue cuando papá, que llegó más rápido del trabajo, me esperó afuera, justo en uno de los paredones. Cuando lo vi, tenía en la mano el cinturón. Me desprendí de lo alto y eché a correr por las calles del barrio, y sentía a mis espaldas el reír burletero de los muchachos y los gritos de señoras que decían que ojalá la pela fuera larga, o algo así. Papá, desde luego, no me persiguió. Me esperó en casa. Me demoré horas en entrar. Cuando lo hice, lo único que me dijo, en medio de risotadas, es que si seguía jugando en ese lugar, iba muy pronto a convertirme en una osamenta triste. “Te vas a enfermar, chico, y lo peor es que si te mueres, allí no te podremos enterrar”. Mamá y él soltaron risas y no sé cómo fueron mis sueños aquella noche.

Digo que por esos días no sabíamos nada de cadáveres exquisitos, los mismos que hacíamos años después en clases de historia en la universidad, junto con otros estudiantes, que íbamos pasando el papelito para escribir cada uno un verso; ni de cadáveres ilustres que si bien no tenían dientes de oro, por lo menos se podían sacar del cementerio para exhibirlos por mangas y callejones con sus glorias muertas. Y producir titulares de periódicos sobre profanadores de tumbas.

Antiguo cementerio de Praga (foto tomada de internet)