La fiebre del oro se vistió de bluyín

“Por las noches, cara sucia
de angelito con bluyín…”
Chiquilín de Bachín, Horacio Ferrer

Resultado de imagen de blue jeans

   Por Reinaldo Spitaletta

Una vez, y no recuerdo las circunstancias, el ensayista, crítico de cine y columnista de prensa, Alberto Aguirre, me dijo que él jamás se ponía bluyines ni tenis, porque se sentiría uniformado, y tal vez el hombre que fue dueño de una de las librerías más importantes de Medellín tenía razón. Estas prendas, que hoy abundan en uso, dan la impresión de monotonía en el paisaje humano, y aunque los cánones de la elegancia y el dandismo puede que riñan con ellas, son cómodas y descomplicadas.

El bluyín está en todos los ámbitos. Es popular. Lo usan ricos y pobres. Trabajadores y vagos. Poetas e indigentes. El ejecutivo, ahorcado con la corbata y trajeado de formalidades en semana, lo viste en viernes y sábado. Hay una suerte de democracia (¿o acaso será demagogia?) de la ropa con esta indumentaria sobre la cual una vez un médico bioenergético me dijo que la habían inventado para bajar la libido de mineros y otros trabajadores de durezas con el fin de que no estuvieran pensando en sexo y sí en productividades y otras eficiencias.

Esta creación gringa del siglo XIX, con raíces italianas y francesas, se extendió por el mundo, y así como puede ser síntoma de vida proletaria, también puede representar un modo de existencia burgués. Hubo un tiempo en el que poseer un bluyín, de aquellos prelavados, que llegaban casi siempre de contrabando desde los Estados Unidos, era una muestra de distinción y hasta de arribismo social. El “Lee”, que de él se trata, no era para todo el mundo. En el barrio quien tuviera uno de esos se consideraba un sujeto de buen gusto y de abundosos denarios. El que lo tenía se daba ínfulas y se paseaba por las calles como un conquistador, como alguien diferente y que tenía altas probabilidades de donjuanismo y buena vibra con las muchachas.

El bluyín, que los hay finos y costosos, como baratos y bastos, estuvo vinculado en sus orígenes con los trabajadores. Era prenda resistente, que aguantaba laboreos pesados y además se podía poner dos, tres y cuatro días seguidos, o quizá toda la semana, sin que la mugre y los sudores fueran evidentes. Una versión histórica atribuye su creación al alemán, oriundo de Baviera, Levi Strauss, que se instaló en San Francisco, California, en los tiempos de la fiebre del oro.

A aquella ciudad, como a otras de California, llegaban aventureros y buscadores de fortuna. Y el judío germano, que abrió un ventorrillo con provisiones para mineros y otros migrantes, diseñó unos pantalones de lona (el mismo material que se usaba para carpas y toldos), de color marrón, aptos para aguantar duras jornadas, que pronto se popularizaron. Desde el siglo XVII, en Nîmes, Francia, se fabricaba una tela, el denim (su nombre está conectado con la ciudad de origen, tejido de Nîmes), teñida con azul índigo procedente de la India, que traían los marineros genoveses. Levi comenzó a importar este tipo de tela, abandonó la lona y contrató al sastre Jacobo Davis para la confección de pantalones. A este se le ocurrió la idea de reforzar costuras y bolsillos con remaches metálicos, que los convirtieron en más duraderos y con lo que se evitaban los remiendos y parches. Así nació el blue jean. Ambos pioneros tramitaron la patente en 1873 y ya para fines del siglo XIX, la inevitable prenda no solo era de uso masivo de mineros, sino que se extendió entre granjeros, vaqueros y obreros ferroviarios y fabriles.

El bluyín surgió como ropa para gentes de oficios rudos. No era para lucir en ceremonias solemnes, sino para faenas laborales. En la primera guerra mundial, con el denim se confeccionaron uniformes de soldados. Todavía faltaba un tramo para que fueran las juventudes quienes lo convirtieran en símbolo de rebeldías (a veces, sin causa, a veces esnobistas) y protestas sociales. Con el surgimiento del rock and roll, y con el uso del bluyín por actores como James Dean y Marlon Brando, y cantantes como Elvis Presley, el invento de Levi y Davis se convirtió en el indumento preferido de los jóvenes de los años cincuenta. La generación Beat y los hippies le dieron su bautizo de irreverencias y para los sesentas ya no hubo modo de contener su invasión mundial.

Bluyines con bota de campana, bluyines estrechos, bluyines para el baile o para las manifestaciones estudiantiles del mayo parisino. O del México de la noche de Tlatelolco. Bluyines desteñidos (y en ciertos procesos de decoloración, contaminan peligrosamente el planeta), bluyines que fabrican mujeres explotadas en maquilas de transnacionales, bluyines de marca, bluyines piratas, bluyines globalizados. Uniforme del mundo. Exhibidos en lujosas vitrinas de centro comercial o en quioscos callejeros informales.

Estos pantalones de cowboys, de mineros auríferos, de fogoneros ferroviarios, de pronto se convirtieron en material de cachet para diseñadores de moda, para ingenios de la alta costura. Y su uso se combinó con zapatos de charol y chaquetas con corbata, o sin ella. Bluyines de pasarela. Pero también de zaguán de bazar de comercio popular.

Y ahí está el conductor de bus, y el taxista, y la vendedora de maquillajes, y la universitaria, y el limpiador de parabrisas, y el profesor, y el que se para en los semáforos a vender confites o a hacer malabares. Todos con bluyín. Prenda para los de arriba y los de abajo. Igualados todos. El mochilero lo porta a todas partes. Y el gringo viajero se lo deja puesto hasta un mes, y su pobre bluyín se torna lamoso-verdoso.

El finado Alberto Aguirre, uno de los articulistas críticos más relevantes de Colombia, me dijo una vez que no usaba bluyín ni zapatillas tenis, porque no quería ser parte de la masificación. A mí me gustan desde que era un pibe de barriada y nunca he aguantado pantalones de paño ni zapatos formales (aunque en los setentas nos pusimos horribles pantalones de terlete). ¡Ah!, mi papá —también extinto— jamás usó ni un bluyín proletario ni uno burgués. Tenis tampoco. Nunca le pregunté por qué, pero, ahora que caigo en la cuenta, tal vez me hubiera dicho lo mismo que el señor que tuvo una de las librerías más emblemáticas de Medellín.

Deja un comentario

1 comentario

  1. Jesús valencia

     /  marzo 28, 2015

    Reinaldo: felicidad para todos los días, si. porque primero, soy el sastre Valencia, instalado en Bogotá por la diáspora de las carencias que trajeron también la nube de paísas que inundaron a Bogotá comenzando la década de los 60′, despuesito cayo el paisa Domínguez con quien compartí los primeros aguaceros en los 2600 mts más cerca de las estrellas, se cansó del ajedrez y se hizo reportero comenzando como patinador sin patines en todelar, y llego hasta la dirección de colprensa de donde un día cualquiera se aburrió y bueno, lo hecharon, según crónicas con copias ocultas, que desgrana desde medallo a donde regreso como los elefantes en busca de las nostalgias del volver, que ahora lo acosan por la Bogotá del inicio reporteril, coincido, con el gran Alberto Aguirre, para ser buena percha de jeans, tal vez pensaba, hay que gozar de prominente trasero, primero, por la posición, y gran tamaño de los bolsillos de parche traseros diseñados en principio para llevar estopas y trebejos mineros o ferroviarios y por fidelidad al creador se agrandan día a día, entonces si sobre el tema nos acompaña la carencia se torna el paisaje posterior deprimente y lastimero, pero bueno, a lo que iba hera a felicitar tu conocimiento en una materia que deberíamos dominar los expertos en agujas y dedales, pero mira, tu lo haces con dominio histórico enriquecedor del que tomo notas para futuro en pasarelas de Colombia moda, donde vamos todo el combo valencia a mirar el futuro moda y chanchariar en la tienda del vino fundada por otro paisa Álvaro Vasco, ya ido, quien inició la gastronomía en Bogotá a medio tabaco, o menos, de donde empece a unir retazos en el profundo norte bogotano fue allí donde me tastacie por primera vez con Domínguez quien tubo la gentileza de remitir el estudio del jeans
    Un saludo. Jesús valencia. Su devoto lector.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: