Conventos, entre la tortura y la seducción

(Una apreciación sobre La Religiosa, de Denis Diderot)

Por Reinaldo Spitaletta

El convento tenía un aspecto de imponencia, en medio de amplitudes verdes, con árboles alrededor, y un burro que todos los días rebuznaba según las horas (más tarde, supe que el ejemplar sabía las horas canónicas), con unos como alaridos que se escuchaban a la distancia. El sector se llamaba La Antigua (creo que hoy nadie lo denomina así) y el monasterio, de ladrillo a la vista, con ventanales herméticos y una entrada con escalinatas laterales, era el de Las Clarisas.

No sé por qué mi tía Tina (tenía cara de novicia) iba tanto allí. Una vez me mandó a reclamar recortes de pan y de galletas, y una monja me dejó entrar hasta cierta parte. Pasé el torno y me llevó hasta el refectorio. Me entregó unas bolsas de papel repletas de dulzuras y me acompañó hasta la salida. Era la primera vez que entraba a un lugar como ese, que me pareció sórdido, con uniformadas mudas, pero eso sí, con olores a buena comida y limpieza. Muchos años después, ingresé al de las Carmelitas, en La Mansión, en Medellín, para hacer un reportaje, pero esa es otra historia.

La imagen del convento de las Clarisas, en Bello, vino a mi memoria después de reencontrarme, tras muchos años de su primera lectura, con La religiosa, de Denis Diderot. A veces, los libros despiertan en el lector zonas dormidas, y aunque parezca absurda la conexión, aquel cenobio de mi infancia me lo topé en la novela del iluminado francés, en otras dimensiones, claro, y siempre con la sensación de encerramiento carcelario tanto en uno como en los tres que nos muestra el autor de El paseo de un escéptico y de seis mil artículos de la Enciclopedia.

Diderot, que vivió en los días de la mayor insurrección filosófica de la historia, muestra sus dotes de narrador moderno en La religiosa, una memoria de María Susana Simonin, que padeció y por escasos momentos gozó la conventualización. El monasterio para esas calendas del siglo XVIII (y es probable que hoy continué así) era una suerte de prolongación de la cárcel. Un enclaustramiento en el que, además de oraciones y cánticos y salmos y rosarios, se practicó la tortura, la aplicación de castigos diversos. Todavía el cuerpo es el receptor de la purga por pecados o por otras conductas. Cilicios y aislamientos. Pisotones y burlas para el afligido penitente, en ordalías dolorosas, plenas de afrentas para el infligido.

Susana, bella e inteligente, dotada con facultades para la música y la interpretación vocal, es hija natural y una especie de mácula imborrable para su madre. La culpa de la procreadora se irradia en un castigo para el producto de la unión ilegítima. Y así, la muchacha, que además tiene dos hermanas (estas sí hijas del señor Simonin en su enlace con la mamá de Susana), es obligada a entrar a un convento, el primero de ellos, el de Santa María, a los dieciséis años, y todo para que no estorbe la relación de una de sus hermanas con el prometido, que estaba más interesado en Susana que en la otra.

Esta primera experiencia, contra su voluntad, la hace descubrir las artes de la seducción pero, a la vez, las del martirio que se aplican en los claustros. Renuncia a aprobar los votos de obediencia, castidad y pobreza. “Nada peor que ser religiosa contra la propia voluntad”, dice. Seis meses se hunde en su “nueva cárcel”, en la que se puede apreciar el convento como mazmorra. Luego de desgracias sin cuento, sale hacia otro monasterio, en Longchamp, y en su condición de postulanta encuentra una madre superiora, la señora de Moni, virtuosa y dulce. Allí toma los hábitos, de un modo que podría ser parte de su inconsciencia, y “me encontré convertida en religiosa tan inocentemente como fui hecha cristiana”. Metamorfoseada en una alienada, a Susana, durante su estada en ese como reclusorio, le tocaron las muertes de su padre (bueno, del que posaba como tal), de su mamá y de la madre superiora. Con el advenimiento de una nueva superiora, la hermana Santa-Cristina, el destino de Susana va a sufrir una transformación.

El modo como Diderot, convertido en Susana (y es que, como se sabe, un escritor tiene que llegar a ser el otro, en este caso, la otra, como lo va a decir tiempo después Flaubert: “Madame Bovary soy yo”), penetra, o, mejor dicho, hace entrar al lector en el tenebroso mundo del convento, ese modo —digo— es propio de un pensador y cuestionador de su tiempo. A través de la desventurada muchacha, que en Longchamp se torna facciosa e irreverente, se descubren la tortura, la persecución y la inhumanidad de los monasterios.

El convento puede ser, de ciertas maneras, una sucursal de la cárcel, un ejercicio de la vigilancia y el control sobre el cuerpo, pero, a la vez, sobre el alma. Sometida a vituperios, escupitajos, desprecios, Susana se encuentra en un infierno, en un espacio de horrores y desamparos. El suplicio de la muchacha, que ya tiene veinte años, es demoledor. Sobre ella cae una “masa de crueldades repartidas”. Lo que la lleva a preguntarse: “¿Qué necesidad tiene el Estado de tantas vírgenes enloquecidas, y la especie humana de tantas víctimas?”.

Susana, que estuvo a punto de perecer, encontrará ayudas para salir de aquella prisión y tornarla por otra. “No recobraba mi libertad, pero cambiaba de cárcel”, y así llegó a otra ergástula, en la que ya no encontrará tormentos físicos, pero sí asedios tremendos de la superiora. La primera noche fue quien la desnudó, arregló el peinado, la confortó con palabras dulces, le besó cuello y espalda, y le echó piropos a su lozanía y talle. Susana, en todo caso, no se dio por enterada del enamoramiento y maneras no tan sutiles de la seducción empleadas por la nueva madre, a la que ella le interpretó al clavecín piezas de Scarlatti, Couperin y Rameau.

Susana, la casta Susana, que no parece enterarse de los orgasmos que sufre la madre del convento, gracias a las caricias que esta le ofrece y que no son rechazadas, es una mujer que interpreta los significados y roles del claustro, en el cual las internas son esclavas: “poned a un hombre en una selva, se volverá feroz; en un claustro en el que la idea de necesidad únese a la de servidumbre, es peor aún. Es posible salir de una selva, de un claustro no se sale nunca más”.

Diderot, que maneja con propiedad los diálogos, introduce en la novela las nuevas ideas que eran parte del entramado de la Ilustración. Con un final inesperado, La religiosa es una obra de hondo calado filosófico y literario. Se notan en sus entresijos, la defensa de la libertad y la tolerancia. Con un estilo de precisiones, sin retóricas, la pieza hunde sus raíces en una historia real de 1760, cuando se procesó en París a una religiosa que rechazaba los votos por las mismas razones que lo hace la protagonista Susana Simonin. Narrada a modo de memoria (o de una carta extensa), ha alcanzado la condición de obra clásica.

Decía al principio, que la relectura de La religiosa me remitió a días de infancia, cuando entré con el asombro en todo el cuerpo a un convento de clausura que olía dulces y a pan caliente, en el que un burrito daba las horas, tanto las maitines como las vísperas. Ah, y en el camino hacia el convento no me encontré a ningún “chupasangre”, que era una manera de intimidación de las señoras para asustar a los pelados.

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