Una noche de pánico y muerte

 

(Quebradas desbocadas, terror colectivo y una crisis de miedo en Bello)

 

Como en un presagio de ficción, cuando alguien dijo: “en este pueblo va a pasar algo” y la voz se amplificó, sucedió en Bello, Antioquia, el 6 de octubre de 2005. El invierno, la desinformación, el deterioro ambiental produjeron una enorme tragedia. Y un pánico colectivo. Reportaje no apto para nerviosos. *

 

Por Reinaldo Spitaletta

  1. ¡Qué pasa que todos corren y gritan!

El hombre estaba entusiasmado –y ensimismado- con la lectura del libro Las noches de la vigilia, de Manuel Mejía Vallejo. Eran las ocho y veinte de la noche del seis de octubre de 2005. Sentado en un café, enfrente de su lugar de trabajo, el colegio Andrés Bello, sintió un súbito estremecimiento.

Acababa de terminar el relato breve Cenizas, cuando una sensación escalofriante lo envolvió como un sudario. No sabía si era que aquel cuento lo había impresionado hasta tal punto o era, según cayó en cuenta después, aquel rumor creciente que él al principio atribuyó a la magia del narrador.

Cuando volvió a la realidad real escuchó una algarabía enorme, una bulla in crescendo que lo obligó a asomarse a la puerta del cafetín. Vio una turba de ancianos y niños, acompañada de perros medrosos, que corría por la carrera 50, en dirección al parque principal de Bello. “Debe ser un festival de la tercera edad”, pensó, pero de inmediato cambió de opinión cuando vio el miedo en las caras de todos. Unos iban semidesnudos, otros con piyamas, no faltaban los descalzos, todos, eso sí, muertos del pánico.

Salió y caminó hacia El Carretero, en dirección contraria a la multitud.

-¿¡Qué es lo que pasa!?-, preguntó a gritos, pero nadie le contestaba. Solo había carreras desenfrenadas como respuesta. No sabe si lo imaginó o fue real: percibió en el ambiente un olor a lodo.

Buses, busetas, taxis y otros vehículos formaban un pandemónium con sus pitos desesperados. En un acto de buscar información, o tal vez de insensatez, el hombre continuó caminando hacia el barrio Mesa y La Buena Esquina, y vio carros en contravía, apreció cómo caían motociclistas y ciclistas, gente desaforada que era casi atropellada por los enloquecidos conductores.

-¿Qué es lo que ésta pasando?-, insistió y esta vez tuvo una respuesta contundente: “¡Corra, corra, que Bello se está inundando!”. Hacía rato había escampado.

El miedo lo asaltó. La gente a veces miraba hacia atrás, pero sin decir nada, excepto el “corran, corran”. El profesor Sergio Spitaletta, que de él se trata, caminó hacia La Cumbre y “ya todo era pavoroso. La gente gritaba para dónde nos vamos, tírense a cualquier carro”. En El Lucerito había una multitud agolpada. En ese lugar supo que el origen de lo que estaba pasando era por los barrios El Trapiche y La Primavera. “Se creció una quebrada y arrastró mucha gente”, le dijeron.

No creyó la versión, porque, según pensó, tendría que haber sido una avalancha muy grande para tocar esos dos barrios. Como pudo, se subió por la puerta de atrás a una buseta. Gente subía, gente bajaba, casi tirándose de bruces. “Qué extraño, hasta por la ventanilla se intentan tirar algunos”. Le preguntó al conductor qué estaba ocurriendo. Éste le dijo: “Se vino la represa de Fabricato y la gente nos obliga a llevarla dónde sea”. El radioteléfono del vehículo también gritaba. La situación, en rigor, era aterrorizante.

El pánico se había regado como una mala noticia. La buseta se detuvo junto a la choza de Marco Fidel Suárez y el conductor dijo: “la orden es traerlos hasta aquí”. Cuando descendió, vio que el parquecito Andrés Bello y la Avenida Suárez estaban repletos. Los negocios estaban cerrados. El miedo se había irradiado por todas partes. Había pasado casi una hora y ya no era posible abordar ningún vehículo con cupo. Entonces comenzó a llover.

Una multitud, en el parque, ya gritaba frente al palacio de gobierno adónde se irían, quién los protegería. “Bello se está inundado, se reventó la represa de Fabricato”, aullaban algunos, con un miedo al que la lluvia hacía crecer.

William Álvarez, secretario de Infraestructura de Bello, recibió una llamada en su celular a las ocho y treinta de la noche. Estaba en Medellín, en un curso universitario. El concejal que lo llamó, Rigoberto Arroyave, le preguntaba: “¿Es verdad que se desbordó la represa de la García?”.

Con el gesto fruncido y una cara de interrogación, no supo qué contestar. Después, recibió otro telefonazo. Era de la jefe de comunicaciones de Bello, Ángela Echeverri, a preguntarle qué sabía; luego, otra llamada y el funcionario tomó con urgencia un taxi para Bello.

Lo llamaron de su casa. La familia habita cerca de la autopista, en Bello: “Hay un caos por Cotrafa”, le dijeron. “Todo el mundo está corriendo, se le tira a los carros, dicen que la represa se desbordó”. Sus palabras de extrañeza y perturbación, escuchadas por el taxista, obligaron a éste a indagar. Y el pasajero le contó. Pensó que los barrios aledaños a la quebrada la García ya estaban inundados, que había un cataclismo. “No ha pasado ni una ambulancia”, le dijo el taxista.

Sin embargo, a la altura de Solla vieron una de la Defensa Civil; cuando pasaron por la cancha de Comfama, al borde de la autopista, en el barrio Obrero, vieron mucha gente afuera y cuando estaban junto a la puerta principal de Fabricato, el taxista le advirtió con decisión: “Hasta aquí lo traje”.

Se bajó y caminó hacia el parque. Era el único que lo hacía en esa dirección. Una muchedumbre venía en sentido contrario, hacia la autopista Norte.

La visión lo sobrecogió: niños cargados, gente con morrales y maletines, mujeres corriendo, alaridos por todos lados. En el parque, una romería en el atrio y en las afueras del palacio. Vio al gerente de la flota Bellanita de Transporte, quien le dijo que habitantes de El Trapiche habían invadido la empresa y obligado a que sacaran buses. “Tuve que buscar conductores en Playa Rica”, agregó. Eran las nueve y quince de la noche.

Una hora antes, la antropóloga Nubia Valencia, habitante de Manchester, escuchó un clamor electrizante: “¡el agua ya viene en el parque de Bello!”. Cuando salió de su estupor vio a mucha gente corriendo hacia la estación del metro. Allí, precisamente, había una congestión de espanto. Muchas personas sentadas en las escaleras, el puente de acceso atiborrado. Habían cerrado las puertas.

La profesora Silvia Arroyave se bajó en la estación Bello y, como centenares de otras personas, no podía salir. Afuera, la gente gritaba, pedía que abrieran las puertas. Adentro, también se pedía esto último porque necesitaban salir. “La histeria era colectiva. Nos dejaron 35 minutos encerrados en la estación. Pensé en mis hijos, que viven conmigo en Santa Ana. Cuando abrieron las puertas, se armó una lucha tenaz: unos por entrar, otros por salir”.

Cuando logró salir, se imaginó que había sucedido una matanza. Caminó de prisa hacia el barrio Central, por donde vio gente desesperada. Cuando atravesó el puente de Santa Ana, sobre la quebrada el Hato, vio mucho pantano y sintió olor a fango. Centenares de habitantes del barrio habían escapado a las partes altas.

“Se vino la represa”, le dijo alguien. “No puede ser. La represa no avisa. Ya estuviera todo inundado”, respondió.

A Leonel Rodríguez, habitante de la urbanización Los Búcaros, lo llamaron a decirle que El Congolo estaba inundado. Tomó su vehículo y salió lleno de frenesí. Iba a buscar a su novia. Tenía, prácticamente, que atravesar la ciudad de sur a norte. Por el camino vio gente despavorida, gente que quería pararlo para que la sacara. Siguió. Quince minutos después, cuando llegó a la virgen de La Milagrosa, en El Carretero, se encontró con una estrepitosa tremolina. “Recogí a mi novia y fuimos a la policía a averiguar: nos dijeron que una quebrada se había crecido”. A esa hora, ya el morro de la Meseta estaba pleno de gente de los barrios El Carmelo, Nazareth, Pérez, el Espíritu Santo. Allí se creían a salvo de la inundación.

A las ocho y quince de la noche, en el liceo nocturno Jorge Eliécer Gaitán, un profesor, con cierto aire de calma simulada, le dijo a sus alumnos: “Muchachos, corran. Se acaba de reventar la represa”. Los muchachos corrieron, pero, uno de ellos, que ya llevaba un buen tramo recorrido, se detuvo y se preguntó por qué estaba corriendo. Se devolvió hasta el liceo: “Profesor, ¿qué es una represa?”. El profesor, sin inmutarse, le contestó: “Ve, hijueputa, ya no hay tiempo para eso. Haga sino correr”.

El pánico envolvía a Bello con una oscura mortaja de malos presagios. La tragedia, sin embargo, se había consumado, a las siete y treinta de la noche, en la vereda El Salado. Y no tenía nada que ver con la represa de Fabricato, inaugurada en 1951. En cambio, el pánico sí. A la casa de Guillermo Aguirre, en el barrio La Cabaña, llegaron, a las ocho y treinta de la noche, unos 25 parientes suyos del sector de La Buena Esquina. Le pedían que los acogiera porque la represa se había desbordado.

“El pánico no fue espontáneo. Hay un elemento histórico que lo determinó. El miedo ancestral a la represa. Cuando la construyeron, en los cincuentas, la gente se maravilló con la obra de ingeniería, pero al mismo tiempo nació el miedo a un posible estallido”, dice el historiador Aguirre.

Pero no sólo eso causó el pánico. Una emisora radiodifundió la noticia de que en Bello se había desbordado la represa de Fabricato. En el teléfono de emergencias, el 123, se informó al principio que había una situación de gravedad porque se había reventado la represa. De alguna manera, algunos habitantes de Bello revivieron a Orson Welles, cuando, basado en la novela de H.G. Wells, La Guerra de los mundos, la dramatizó y como si fuera un hecho real, narró la invasión marciana a Nueva York, en 1938.

Los radioteléfonos de Bellanita, por los que se divulgaba la situación, se escucharon en Medellín. Los celulares y los teléfonos fijos en efervescencia, transmitían las voces del miedo, hasta provocar un infarto telefónico. El pánico cobijó en esa noche de jueves a casi todos los barrios. En Niquía la gente corrió hacia la autopista buscando en qué irse hacia Copacabana o hacia Medellín. Hacia cualquier parte. En el Mirador, muchos subieron hasta la quinta etapa, la más alta y cercana al Quitasol, para protegerse de la avalancha imaginaria.

Vieron gente arrodillada en la calle, y a otros moradores que prendían ramo bendito, velas milagrosas y hasta periódicos viejos para exorcizar la endemoniada inundación que estaba a punto de cubrirlos.

Hubo los que alcanzaron a ponerse un salvavidas, los que doblaron un colchón y se lo llevaron a la espalda, los que salieron con una lora, un perro, un gato. Se vio a muchachos correr con sus play station en las manos, y a señoras y señores con un televisor a cuestas.

El mito de la represa, precisamente represado desde la década del sesenta, había estallado. Las nuevas generaciones, que ni siquiera habían escuchado hablar de una represa en Bello, creyeron que era tan grande que iba hasta San Pedro y que, claro, tanta agua desbordaba los anegaría sin remedio.

Además, por esos días, los medios de información vomitaban noticias de desastres. Ya había ocurrido la tragedia de Nueva Orleáns, provocada por el Katrina, y las inundaciones mortales de Centro América, y otros huracanes devastadores abatían las Antillas y el sur de los Estados Unidos. Había un terreno abonado para un pánico como el del 6 de octubre. Pero el pánico aún no paraba en Bello. “Esa noche parecía un nueve de abril”, dijo una voz.

  1. El encuentro con los muertos

 

A las siete y treinta de la noche, los que estaban observando un partido de fútbol en la cancha del barrio La Primavera sintieron un ventarrón helado, una brisa de agua que dobló los árboles y luego una lluvia de gotas gruesas que los empapó a todos.

De pronto, los que ya decidieron buscar protección en sus casas, vieron cómo la gente corría en la parte alta. “Se reventó la represa”, escucharon gritar. Hernán Cuartas, habitante hace ocho años de La Primavera, de la cancha llegó a su casa y se encontró con su mujer, Adriana, que salía llorando. “Es una avalancha, corramos”, le dijo ella, entre sollozos. “No pasa nada”, contestó él para tranquilizarla.

Un olor a fango, que otros describieron como “azufre”  y podredumbre, se sintió por todo el barrio. Ubicado en una “pata” de la montaña, La Primavera no tendría por qué correr riesgos en caso de un desbordamiento, tanto de la quebrada El Barro, que pasa por un lado, como de la represa de Fabricato. Eso, por ejemplo, lo sabe Hernán Cuartas, que, sin embargo, se contagió al ver tanta gente corriendo y gritando y parando carros.

—Andá por el carro—, le dijo a su hijo Mateo. Lo tenía a una cuadra, junto a una tienda. Cuando el muchacho llegó con el auto, ya estaba con sobrecupo. Iban como doce personas. Tomaron la ruta de la cañada, pero Hernán le gritó que cogiera hacia el puente de El Trapiche antes de que la quebrada se desbordara. Atrás iban seis señoras, una sobre otra. Pasaron el puente y a los cinco minutos la corriente ya discurría por encima de él. Hernán se devolvió a pie y les dijo a todos que se fueran. Los del carro fueron a parar a Aranjuez, en Medellín, a la casa de familiares de algunos de los ocupantes.

Hernán volvió a su casa, subió hacia El Salado a ver qué pasaba y se encontró con Nando Builes. “Hay una avalancha”, le contó éste. Hernán llamó al periodista de Caracol Eugenio Correa, y le narró lo que estaba sucediendo. Le pidió que se comunicara con la represa de Fabricato. Al rato, el periodista le devolvió la llamada y dijo que nada pasaba. “Yo, de aquí, veo la cosa muy delicada. Hay olor a pantano y azufre. Algo muy grave está pasando. Yo conozco estas quebradas”, contestó Cuartas.

De pronto, él, de 53 años, volvió a sus tiempos mozos, cuando la gente especulaba con un posible derrumbamiento de la represa. Su padre, Martín, un dentista, tenía caballos y ellos iban a pasear a San Félix, iban a Charco Verde y al ver la represa sabían que, en tal caso, las aguas no llegarían al centro de Bello, donde ellos vivían. “Sufrirían, de pronto, Pacelli, El Congolo, Prado, pero el centro y otros barrios, no”, pensaban entonces.

Cuando volvió de sus recuerdos iba camino arriba. Presagiaba que algo muy grave había pasado por El Salado.

Carmen Emilia Montoya de Preciado, residente en La Primavera, sentía caer la lluvia y los vientos huracanados. Le dijo a una de sus hijas: “mija, acuéstese y relájese, para qué se va a levantar”. Y ella respondió que una vez, en algún programa, escuchó que uno debe acostarse vestido por si toca correr.

En ese momento, hubo una explosión. Doña Carmen se asomó a la puerta y pensó: “apuesto a que fue una bomba; seguro fueron los muchachos de la manga que se reúnen a hacer travesuras”. Pero no era una bomba. Era una avalancha de la quebrada El Barro. Desde una moto rauda le gritaron: “¡corran que se desbordó la represa!”. Había gritos y llantos y ladridos de perros. “Vámonos con los niños, corramos todos”, advirtió la señora, pero ella no se iba porque estaba sonando el teléfono. “Corran para arriba”, les gritaba a sus hijos y nietos.

Los vecinos corrieron a una colina. La luz eléctrica se había ido. Los teléfonos habían colapsado. Solo sentían el rumor sordo de la quebrada y un fuerte olor a fango. Doña Carmen recordó entonces que hacía nueve meses, en la parte alta, en la confluencia de las quebradas La Minita y San Félix, hubo un enorme derrumbe. “A lo mejor, se volvió a venir el volcán”, dijo la señora, natural de Cisneros y habitante hace 23 años en Bello.

Argiro Preciado, líder comunitario de La Primavera, e hijo de doña Carmen, cuando sintió la explosión se quedó pensativo. Lo sacó de ese estado una llamada telefónica: “Se estalló la represa”. Desde su casa se escuchaba el estruendo del agua. “No hubo tiempo de razonar y decir que la represa está para otro lado, sino que sentíamos que el agua estaba encima y venía por otro lado, por la quebrada El Barro. Me imaginé que todo estaba inundado”.

Cuando estaban en la colina, él decidió devolverse y subió hacia El Salado. Presentía que algo muy horrible pasaba por allá arriba. Se encontró con Hernán Cuartas y con el párroco de La Primavera, el padre Rodrigo David. Él se les adelantó y siguió subiendo. Cuando llegó al punto denominado El Trapiche, donde hubo hace años una vieja molienda, vio rocas enormes que jamás había visto allí. Fue entonces cuando escuchó gritos de auxilio. La quebrada aún estaba crecida, y él les pidió a los que estaban al otro lado que no fueran a pasar.

Más tarde, él, como Hernán y el párroco, se enterarían de que hubo muchos muertos.

Alveiro Cartagena, habitante de La Ranchera, cerca de la quebrada El Barro, estaba a las siete de la noche refugiado en su casa. Había trabajado todo el día en su cultivo de café y fríjol. El aguacero era fuerte y de pronto comenzó a sentir como si sobre la quebrada sobrevolaran muchos helicópteros. Se asomó y el espectáculo que vio arriba, lo dejó estupefacto: bajaba una nube enorme echando candela. Se puso una carpa y caminó hasta un filito. “Todo echaba humo, era impresionante. La tierra temblaba. Yo pensé que era lo último de la vida”.

El barranco donde tenía sus cultivos desapareció.

El pánico, bien fundamentado, se originó en El Salado, cuando los que alcanzaron a sentir las explosiones de la avalancha, corrieron hacia La Primavera a avisar del desastre. En la iglesia del Sagrado Corazón, en La Primavera, el padre Rodrigo David sintió el estrépito. Unos muchachos ensayaban en una organeta sus cantos de misa. “Viene la avalancha, viene la avalancha”, escuchó; entonces cerró la iglesia y salió con los muchachos.

“Estaba muy inquieto. Los muchachos se fueron y yo era el responsable de ellos. Luego salí para El Salado y allá fue la tristeza y la soledad, porque había gente muerta, porque había muerto Camilo Andrés, y uno no creía. Esa quebrada era inofensiva. Pero esa noche venía por el aire, lo que estaba represado arriba se vino y el miedo se esparció por todas partes”.

Se le van quebrando las palabras cuando recuerda la noche de espanto, cuando dice que mientras esa represa esté arriba habrá pánico, porque no se ha concientizado a nadie de lo que puede pasar si estalla. No hay información.

“En El Salado algunos se salvaron porque corrieron a las partes altas. Un niño sacó a su mamá y la llevó para el morro. Le pido a Dios que eso no vuelva a ocurrir, porque es muy duro cuando uno ve que la gente que conoció se le va, se fueron familias enteras. Eso es triste. Eso duele. Le duele a uno que la gente sufra. Lo más triste es que ya no están. Ni Mónica, ni otros. Me tocó oficiar las exequias de Bernardo Cifuentes y Diego Fernando Zapata, porque las otras familias, más numerosas, no cabían en esta iglesia tan pequeña. La gente de allá eran areneros, artesanos, pequeños cultivadores, paleros. Don Gustavo se quedó sin dientes, una piedra lo golpeó, pero se salvó”, dice el padre Rodrigo.

  1. ¡Dios mío! ¡La tierra está temblando!

Marcos Pizarro, de 75 años de edad y piel morena, estaba viendo los noticieros de Univisión, primero, y luego el de Caracol. A las siete y veinte de la noche, acostado, sintió un ruido muy fuerte, un ruido ensordecedor, un ruido que pitaba, y se dijo “¡Oh, Dios mío, temblor de tierra!”. Estaba solo en la casa finca El viejo Willy, en la parte baja de El Salado, muy cerca de una arenera.

Abrió la puerta y se quedó petrificado cuando vio que por un palo de mango venía “una barcada, qué cosa bestial, que no me dio tiempo ni de sacar las llaves para irme al segundo piso”.

La avalancha tumbó la reja de entrada. Él se quedó de pie, mirando. No tenía nada que hacer. Se encomendó “al de arriba” y durante 15 largos minutos vio como todo se llenaba de lodo, que le cubría hasta un poco más debajo de la cintura. Sentía el furioso entrechocar de las piedras, un sonido pavoroso, como si un avión estuviera aterrizando y se estrellara. Olía a podredumbre.

Como pudo se abrió paso entre el fangal. La luz se había ido. Buscó una linterna a tientas, sintió algo y lo sacó, pero cuando fue a alumbrar supo que tenía en sus manos un tarro de desodorante en aerosol.

Recordó entonces que el aguacero había empezado como a las tres y media de la tarde. Escampó y luego, más o menos a las seis y media, se soltó otro, más fuerte y aterrador. Mientras veía la televisión, sentía el temblor de las ventanas, el aullido intimidante del viento. Al otro lado de su casa, está la quebrada la Echavarría, que estaba crecida. Y, al frente, El Barro también. Sin embargo, no pensó que todo se convirtiera en una avalancha mortal.

Cuando vio venir el borrascón ni siquiera se acordó de sus dos perros, Chávez y Paco, que más tarde, tras la avenida de fango y piedras, vio correr como si nada hubiera pasado.

Lo que vería más entrada la noche, después de la creciente, lo dejaría sin aliento. Muy cerca de su casa, vio cuando sacaron el cadáver de una señora sin cabeza. Arriba, habían encontrado a un muchacho con un palo que atravesaba su cuerpo. “Yo conocí a esa gente, a la familia de Javier, uno de la arenera. A Moncho, que se le llevó toda su familia; a la que sacaron sin cabeza, que ya se me olvida su nombre. De una hermana de ella encontraron medio cuerpo en el puente de la obra 2000. Conocí al cerrajero, al que llamaban Varilla, que murió. Qué triste es todo esto”.

Amanda Macías estaba viendo las noticias de Teleantioquia, cuando su esposo, Ramiro Echavarría, le dijo: “Mija, venga acuéstese que esas noticias están muy malucas”. Ella le dijo que esperara y cuando fue a cerrar una ventana se percató de un viento fuerte que no se le dejaba cerrar. Luchó hasta conseguir echarle aldaba y se acostó. Estaba entrando en calor cuando empezó a sentir el sonido de las rejas, y la cama se movía y después un ruido que la aterrorizó. “Volémonos que hay temblor de tierra. Nos va a tragar la tierra”, gritaba.

Una de sus niñas, que dormía junto a una ventana, la abrió y vio una enorme bola de humo que echaba candela. “Se nos entró la quebrada”, gritó. La reja la tenían abierta, porque esperaban a un muchacho que guardaba allí su cicla. Corrieron por un camino, hacia arriba, mientras el agua los empapaba. Los alambres de energía se movían hasta que tumbaron un poste. Cuando disminuyó la creciente, el esposo de Amanda vio que estaba en calzoncillos y se devolvió a buscar el pantalón. No lo encontró.

Entre tanto, Amanda y sus dos niñas oraban a la intemperie. Después, subieron hasta otra casa, para refugiarse. Buscaron linternas y salieron a averiguar por la suerte de los vecinos. Llamaron a don Rodrigo el cerrajero, a su esposa Rocío, que aplicaba inyecciones, a Sebastián, hijo de los dos anteriores y que hacía poco había llegado de Cali, a Javier, a Moncho. No encontraron a nadie. Nadie respondió a sus llamados insistentes. Todos habían muerto.

“Nunca nadie nos advirtió nada. Hacía tiempos, arriba, había caído el volcán, pero la quebrada no se creció. Dicen que la quebrada volvió a buscar el cauce. Dicen que fue una nube marina, no sé que es eso. Otros dicen que un señor por allá arriba taló unos árboles y los dejó caer a la quebrada y eso recogió hasta represarse. Eso dicen. Tenemos miedo pero no sabemos qué hacer ni adónde ir”, dice doña Amanda, mes y medio después de la tragedia.

Ella y su esposo, provenientes de Ituango, viven en Bello hace 27 años. Ramiro recuerda que aquella noche escuchó los gritos de Nando Builes que decía que todos se fueran, que se había desbocado la represa. Porque esa quebrada, El Barro, “siempre fue un traguito. Nunca vimos nada así, como esa noche, en que la quebrada volaba como un viaje de humo, como una dura brisa, como un huracán”.

Él, cuando se devolvió por el pantalón, se acordó de su yegua, la Niña, que estaba en el establo. “Dejá que se pierda eso”, le gritaba su mujer. Los relinchos del animal no pudieron más que las voces de angustia de doña Amanda. Al día siguiente, la encontraron “bregando” a pasar por encima de las enormes rocas que arrastró El Barro.

  1. Un santuario por los que se fueron

 

El sol de la tarde brilla sobre las piedras de hasta cinco metros de altura. La quebrada El Barro, ahora como un verdadero “traguito”, apenas suelta un rumor suave, como una música tristona. La gente sube a mirar los restos de una tragedia que dejó 41 muertos, en una noche de pánico que Bello jamás olvidará.

Los que ascienden y logran superar los obstáculos pétreos, van viendo con curiosidad los vestigios de las casitas de los muertos. Quedan, al garete, pedazos de lo que pudo haber sido una cama, restos de algún colchón, uno que otro utensilio irreconocible, la poceta de una casa en la que alguna vez alguien lavó ropas. Como fragmentos de un naufragio.

El charco que antes denominaron La Jardinera es apenas una caricatura de lo que fue. Ahora nadie se atrevería a bañarse ahí, porque no tiene ni profundidad ni anchura. Es apenas un recuerdo para los que lo conocieron.

En un recodo, se puede ver el grueso tubo de las Empresas Públicas que la corriente dobló noventa grados y, con su fuerza, derribó y ayudó a borrar una de las casas de los que antes se atrevieron a vivir en esos lugares. Junto a la que fue la vivienda de Moncho está el charco Los Loritos. Más allá, la casa que fue de Javier está intacta. Apenas un metro la separa del nuevo cauce de la quebrada.

Los que sí sobrevivieron a la fuerza de la corriente, a la “nube marina”, a la avenida pavorosa de piedras, fuego, troncos, lodo y agua, son algunos cultivos de café, naranjos, plátanos, mangos y mandarinas, que se aferran con obstinación en las empinadas laderas.

Más arriba, está el charco del Manzanillo, donde la quebrada, que baja encañonada por la montaña, se bifurcó en la noche del 6 de octubre y abrió una amplia avenida de rocas gigantes, dispersas en su cauce. Ahí, sobre una piedra triste, una cruz de madera recuerda a los muertos.

La noche atroz del 6 de octubre ya pertenece a la memoria de los habitantes de Bello. Los primeros que llegaron a El Salado para ver cuál había sido el resultado de la avalancha, fueron Argiro Preciado, Hernán Cuartas, el padre Rodrigo David y cuatro policías.

Para que sucediera el desastre confluyeron varios factores, de acuerdo con testimonios de autoridades. El fuerte aguacero caído aquella tarde, que, según especialistas del clima, hacía años no se presentaba una precipitación tan enorme. La deforestación de la serranía de Las Baldías, que es la estrella hídrica de las grandes quebradas de Bello, en límites con San Jerónimo, y que es propiedad privada de tres dueños.

Al Estado, junto con los dueños de esa zona, les corresponde reforestar. El municipio debe presentar alternativas de compra de esos territorios y dedicar, en su presupuesto de ingresos, el uno por ciento para adquirir nacimientos de quebradas. Existe en la región un problema ambiental de largo plazo al cual no se le ha prestado atención.

La tragedia de El Salado se suma a otras ocurridas, hace 15 años, por La García, en las zonas tuguriales de El Cairo y El Congolo, por inadecuado manejo de basuras, por los trabajos de las areneras y otros factores sociales y ambientales.

En la quebrada El Barro, según habitantes del sector, hay un deterioro por el movimiento de arenas que ha alterado su cauce. La noche de la tragedia, los vecinos se enteraron de que los bomberos de Bello no tenían ni linternas, ni palas ni otros recursos propios para las labores de rescate.

Los vecinos de El Salado, La Primavera y El Trapiche, entre otros barrios aledaños, como Valadares y Comfenalco, siguen asustados y cada que se desata un aguacero los asaltan las tensiones y el nerviosismo. “Es probable que la amenaza subsista. Por la primera avalancha, ya se hizo el canal por donde puede bajar otra avalancha”, dice Argiro Preciado. Para él es clave y urgente iniciar un programa de reforestación en la zona de riesgo. “Se podrían sembrar guaduas y bambú, lo cual también puede servir para explotar luego”, agrega.

Cuarenta y un muertos y una ciudad entera aterrorizada fue el balance que dejó la noche del 6 de octubre. Una jornada dolorosa y terrible.

Cuando ya los muertos son polvo, cuando una cruz blanca con algunas flores marchitas los recuerda en un montículo de piedra, cuando todavía no se apaga el dolor de muchos, ni el miedo de otros, las palabras finales del cuento que un profesor leía esa noche de pánico vuelven a sonar en la memoria: “al otro día la gente se apretujaba en derredor de las cenizas”.

*(Publicado en la revista Huellas de Ciudad, del Centro de Historia de Bello, hace diez años)

Panorámica de Bello, Antioquia, con el morro del Quitasol al fondo. (Tomada de internet)

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Tres amigos en un bar lejano

(Crónica con un tango y un cafetín triangular de cuchilleros)

Reinaldo Spitaletta

 

El nombre más apropiado para un bar lo tuvo en Bello el Bar La Isla. Formaba un triángulo en tres calles, y el cafetín era una miniatura con pianola y dos casas encima de él. La puerta principal daba al llamado Carretero, una calle que se formó con el fin de conectar la vieja fábrica de tejidos, en Playa Rica, fundada en 1902,  con el centro de la ciudad. Un costado estaba sobre la carrera 50, la principal calle de la aldea fabril, que después de pasar por el centro se iba hasta el barrio El Congolo, se montaba en un puente sobre la quebrada La García y se encaminaba al barrio La Selva, donde hubo uno que otro prostíbulo, unas mangas aptas para los más encarnizados y emocionantes partidos de fútbol y la entrada a una finca, en el pie del morro el Quitasol.

Y el otro costado estaba sobre una diagonal. Por los tres lados había acera, y en las bajadas, a veces los muchachos se deslizaban en tablas emparafinadas. Eran los fines de los sesenta, con músicas juveniles Ye-Ye y Go-Go, con baladas argentinas y mexicanas, y con muchos partidos de fútbol en las calles, con pelotas de plástico, que en muchas ocasiones chocaban contra las puertas y ventanas y ponían a las señoras de pelo erizado por la ira. Pero en La isla no sonaban Piero ni Enrique Guzmán ni Leonardo Favio, sino tango, tango de malevajes y expedientes judiciales, tango de alcohol y despechos, y adentro estaban, a veces con la ñata contra la mesa, cuchilleros de baja estofa y condición, que eran capaces de batirse a puñaladas durante horas, sin tocarse ni hacerse un solo rasguño, solo por demostrar, en otros sectores fuera del bar, que eran expertos en el manejo de lo que para ellos era su facón.

Entonces Bello era en proporción el pueblo más cantinero de Antioquia, con bares en todos los barrios y en todas las esquinas. La Isla, sobre tres calles-río, era una suerte de miniatura, como de mentiritas, pero su ámbito interior era otro mundo. Nunca pude entrar en él, porque, claro, no era permitido para menores de edad, y solo desde la acera uno podía observar con cierta admiración y curiosidad aquel espacio reducido, con mostrador y cajas de cerveza. Se sabía que adentro estaba el malevaje de alcurnia, que todavía no había perdido cartel y allí iba a encontrarse con Cruz Medina y con otros guapos de la tanguería.

Mi relación con aquel bar fue más desde la exterioridad y más conectado con El Carretero, porque era la ruta de los buses, y muchos habitantes del barrio debían ir hasta allí para esperarlos o para bajarse de él a la vuelta de su destino. A veces, en la hora del ocaso, y cuando no había partidos en la plazoleta del Florida (un bar dos cuadras más abajo de La isla), subía hasta aquella calle, por la que vivía la futbolera familia Marroquín, a esperar a que mamá llegara en algún destartalado bus. Y entonces las músicas del traganíquel se desperdigaban por aceras y calles, pero sin tocarme.

Muchos años después fue que vine a cerciorarme de que allí sonaba un tango de Enrique Cadícamo,  que hablaba de tres amigos y mencionaba calles del sur y a dos tipos llamados Pancho Alsina y Balmaceda, que en todo caso me parecían nombres extraños. El tango se desgranaba muchas veces mientras yo esperaba. No sé si de pronto sentía alguna repulsa por aquellos acordes, por el cantante, por el acompañamiento, por la letra, o si, por el contrario, ejercía sobre mí una fascinación que no me permitía razonar acerca del contenido. Adentro, había tipos que conversaban, y uno que otro, en soledad, se doblaba sobre una mesa. A veces, caían botellas o copas al piso, y uno se sobresaltaba, pero sin aspavientos ni temblores. Ya La Isla y sus concurrentes hacían parte del paisaje. No era para aterrarse ni para rendir pleitesías. Estaba ahí, y listo.

Los muchachos de afuera del Florida eran los que a veces hablaban de los malevos de arriba, los de la Isla, que algunos venían del barrio Mesa, del parque Andalucía y uno que otro de Prado. Se hablaba de un tal Márquez, de un Atehortúa, de un no sé qué y de un no sé quién, y así. De que todos iban armados, con su puñal entre la pretina o envuelto en un periódico. Nunca vi a nadie pelear adentro, ni siquiera afuera. Decían que se iban para la manga Elena, o para  orillas de la quebrada La García a disputar en riñas y a matarse.

La Isla, en todo caso, era un lugar que desde afuera no convocaba. Su avisito me parecía tristón y adentro, por ejemplo, no había neones, sino luz común y corriente, más mortecina que luminosa. Quizá de haber tenido edad, no hubiera entrado jamás a aquel bar, cuyo único atractivo era estar en una soledad triangular, en una construcción que por lo demás disonaba con el entorno.

El cuento es que al pasar los años, el tango aquel comenzó a gustarme. Lo escuchaba por Alberto Marino, por Carlos Roldán, por Jorge Valdez, por Rubén Juárez, en fin, y al oírlo siempre volvían las imágenes de aquel bar (¿de mala muerte? ¿de buena muerte?), de sus afueras anchas, de sus adentros limitados, de una espera que después olía a galletas de mantequilla. No vi brillar ningún metal afilado en La Isla, ninguna herida, ninguna sangre, excepto la de los malevos cantados.

Muchos años después, mejor dicho, mucho tiempo después de alejarme de aquellas geografías íntimas y entrañables de fines de los sesenta, la letra del viejo Cadícamo se me clavó: “Hoy… ninguno acude a mi cita. / Ya… mi vida toma el desvío. / Hoy… la guardia vieja me grita: “¿Quién ha dispersado aquel trío?”. / Pero yo igual los recuerdo / mis dos amigos de ayer”. Y cada que aquel tango vuelve a mí, el bar La isla está ahí, en el recuerdo de malevos que seguro ya no son, y de mesas de cafetín que ya no existen. Por lo demás, por aquellos días, mi número de amigos era impar y no alcanzó la bella cifra de dos. Por eso, quizá, aquel tango cojea dentro de mí.

 

Los ejercicios estilísticos de Raymond Queneau

(El escritor francés era un tipo desconcertante, polifacético y genial)

Por Reinaldo Spitaletta

La matemática música de Johan Sebastian Bach, uno de los imprescindibles en la historia de esta arte, da para remitirse a la arquitectura, a formas herméticas que subyacen en sus creaciones, pero, sobre todo, como una posibilidad de la inmensa masa sonora, a una invención en particular: la del arte de la fuga. Alguna vez, como puede haber tantas veces que dos o más personas estén reunidas escuchando a Bach, el escritor Raymond Queneau (1903-1976) junto a su amigo Michel Leiris estaban en la sala de conciertos Pleyel en la que se interpretaba El arte de la fuga (Die Kunst der Fuge). Y entonces en su conversa después de escuchar el prodigio, dijeron que sería muy atractivo realizar algo así pero en el ámbito literario y no tanto desde la perspectiva del contrapunto y la fuga.

En su concepción, pensaron, mejor dicho, pensó Queneau, construir una obra por medio de variaciones que proliferan hasta el infinito, según sus palabras, con un tema nimio, sin hondas significaciones. Un tema con variaciones. Una historia o suceso, tal vez muy intrascendente, de la vida cotidiana, que pudiera recrearse de distintas maneras, puntos de vista, ángulos, enfoques. Y así, con apelaciones a figuras retóricas y literarias, darle giros a una situación, en apariencia vulgar.

Queneau, que en los años treinta quedó impresionado con la música de Bach, en los cuarenta escribió sus primeras doce variaciones (el Dodecaedro, lo llamó), acordándose, claro, del músico y compositor alemán, y que son, en esencia, las doce primeros escritos de su libro Ejercicios de estilo, de los cuales haría noventa y nueve, que son, hoy, un referente de estudiosos de literatura, semiología, lingüística y filólogos y estetas y críticos, porque el texto, que aparenta ser un divertimento, o una inversión de talento en nimiedades, tiene mucho fondo.

Con los primeros doce, el autor quiso darlos a conocer. “El director de una revista muy distinguida que aparecía entonces en zona llamada libre mayo del 42 y que me había pedido un «texto», me devolvió el Dodecaedro con aire consternado, incluso diría con tristeza, como si hubiese querido jugarle una mala pasada”, recuerda el novelista y escritor, que en sus comienzos recaló en el puerto de los surrealistas.

Y van a ser militantes del surrealismo los que le publicarán, en 1945, algunos de los ejercicios, que ya iban creciendo en número. Y en la revista belga La Terre n’est pas une vallée de larmes, aparecieron nueve de ellos, que con el tiempo, como si fuera una cifra cabalística, se convertirían en noventa y nueve (“ni tanto ni tan calvo, el ideal griego, vaya”, diría Queneau).

Pero qué vaina son los Ejercicios de estilo, convertidos en manifiesto, provocación literaria, imaginación sin límites, desconcierto para académicos puritanos, en fin. Qué son esas variaciones, que cualquiera, menos avisado, pudiera decir contra ellas: ¡qué pérdida de tiempo! ¡Qué desperdicio de talento! Y otros, más observadores e inquietos, anotarán con goce sobre las bondades de unos ejercicios intelectuales y literarios, en el que la lengua (en este caso la francesa) alcanza cumbres sonoras y de significados múltiples.

Y para ilustrar el asunto, veamos entonces cuál es el tema principal, es decir, el leitmotiv sobre el cual girarán, se desarrollarán, pervivirán las otras noventa y ocho variaciones. Aquí va: se llama Notaciones y tiene ciento trece palabras:

“En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.
Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: “Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo.” Le indica dónde (en el escote) y por qué”.

Queneau, un tipo desconcertante, de “ingenio proteico”, era letrista de canciones, actor, guionista, realizador cinematográfico, traductor, pintor, dramaturgo, narrador, poeta, matemático, editor, una especie de espíritu renacentista en tiempos en que ya las especializaciones eran lo más común y corriente. Escribió unas quince novelas, entre las que están Zazie en el metro, adaptada y llevada al cine por Louis Malle; las Flores azules, y Diario íntimo de Sally Mara, un heterónimo suyo, encarnado en una pelada irlandesa. Siempre quiso escribir una Enciclopedia de las ciencias inexactas, a la cual dedicó mucho tiempo de investigación. Algunas de sus pesquisas, las utilizará en sus obras de ficción.

Los Ejercicios de estilo, muestra ingeniosa y enciclopédica, son como una suerte de la denominada “literatura incómoda”, que desde los tiempos de Marcial, con sus epigramas y sus “bagatelas difíciles”, marca un camino para la imaginación y la inteligencia. Tienen alto grado de artificiosidad, de pasatiempo filológico y, desde luego, de extravagancia. Hay en los ejercicios de Queneau una excentricidad, un salirse de los moldes para diseñar una propuesta que va más allá de lo recreativo o lúdico.

“Queneau es demasiado inteligente, creativo, divertido, experimental, incisivo y culto como para que interese al gran público, que valora justamente lo contrario a lo que representa este escritor”, dice Adolfo García Ortega, uno de los traductores españoles del escritor francés. Y para los estudiosos del autor de Hazzard y Fissile, se trata de un creador-bouquet, un hombre culto, además de lector culto, que hay que “paladearlo como los grandes vinos”.

Dentro de la llamada literatura incómoda, como la de Queneau, cabrían, por ejemplo, algunos sonetos de Góngora, aforismos de Gracián, la cortazariana Rayuela y la muy musical Tres tristes tigres, de Cabrera Infante, alguna novela de Faulkner, por no señalar la más incómoda de todas, el Ulises de Joyce. “Mientras que el resto de literatos acostumbra a ser ajeno a la plena consciencia de sus propósitos, el autor de una obra incómoda, al igual que quien se propone realizar un ejercicio deportivo o cirquense, puede llegar a reducir el motivo y el mérito del trabajo a la mera consecución de la dificultad propuesta previamente”, dice Antonio Fernández Ferrer, autor de una versión de Ejercicios de estilo en español.

Así que para Queneau, como para los otros mencionados, la dificultad es un fin en sí misma, una meta, un caminar por rutas espinosas, que se tornan en ocasiones como un castigo autoimpuesto. Y, en ese sentido, no oculta sus alcances y métodos para conseguir el objetivo, sino que los exhibe, los muestra y, si se quiere, hasta los luce como prenda única, como parte de una cierta vanidad, ¿o será modesta vanidad?

Queneau, que fue de la gallada de Jacques Prévert, André Breton y del pintor Yves Tanguy, rompió después con el surrealismo y se embarcó en una aventura del lenguaje, cuando, en un viaje a Grecia, descubrió la diferencia que había entre el francés literario y el francés de la calle, libre y expresivo. Fue uno de los fundadores del Taller de Literatura Potencial e hizo parte del Colegio de Patafísica. Junto con otros miembros de la corriente de los incómodos y experimentadores, su metáfora es como la de la rata, capaz de trazar su propio laberinto del cual se propone salir. Y en este caso, el laberinto es de palabras, poemas, frases, sonidos, bibliotecas, libros, prosa, todo.

Ejercicios de estilo lo muestra a lo largo y ancho: hay apóstrofes y sonetos, subjetividad y teatro, odas y partituras, animismos y sorpresas. Y a veces, una especie de desencanto del mundo, que hace que un sombrero o un pisón en el metro o el bus, se convierta en una especie de anuncio de que la vida es más que un botón en la camisa. Es, en últimas, el ejercicio de la palabra conectado con el ejercicio de vivir.

Mosaico con gestualidades del escritor Queneau

Urgencias para una rodilla que grita

Por Reinaldo Spitaletta

Es lunes de mayo florido, luminoso y sensorial. La ciudad tiene infarto, ya no de plomo, sino de carros. Las montañas azulverdosas brillan con el sol matinal. Es una mañana de lunes, que podría ser el peor día de la semana, sobre todo cuando la víspera se ha conmemorado el penoso Día de la Madre, que en Medellín es más para las riñas que para los encuentros con los afectos y el pretérito imperfecto. Todo parece normal, menos mi rodilla izquierda, que amaneció con turbulencias que no me dejaron dormir, y con dolores agudos que mis gritos nocturnos parecían salidos de los de un torturado en prisión militar argentina de los setenta, o de los presos en las caballerizas de Usaquén, en tiempos de miedo del chistoso presidente Turbay Ayala.

El dolor, que comenzó el sábado, va in crescendo, como el Bolero de Ravel, hasta llegar a momentos cumbre en que mis alaridos ya no dejan respirar a mi compañera, que, por lo demás, también alteró sus sueños. Creo ser, para ella, una pesadilla. Nos vamos en esta mañana de esplendores, que veo por el ventanal de la sala, a consulta de urgencias. El taxista me ayuda a bajar las escaleras, me apoyo en su hombro y en el pasamano. Luego me sube al carro, en medio de quejidos. Veo que algunos vecinos y transeúntes observan mi estado de lamento. Primer destino: la clínica El Rosario, la de las monjas dominicas de La Presentación. Sí, la misma que fue célebre por sus pabellones de maternidad, en el barrio San Miguel, que no en Villa Hermosa ni Los Ángeles.

“No señor, aquí no lo podemos atender. Hay ahora mucha gente en urgencias, sobre todo está llena de muchachas que van a dar a luz”, dice un funcionario. Yo, en mi silla de ruedas, que mi mujer sacó cuando arribamos a la sección de urgencias, pienso que me espera un largo camino de desdichas, al tiempo que la rodilla parece darme codazos. ¡Vaya!, una rodilla dando codazos, y ahí recuerdo la expresión del niño de una vecina que dijo hace tiempos a su mamá que le estaba doliendo “el codo del pie”. El funcionario, seco y lejano, dice que con mi empresa de salud yo puedo ir a otras clínicas. Las lee con rapidez.

Ya estoy en el barrio Prado, afuera de la clínica CES, en Cuba con Popayán. El portero de blanco y azul oscuro, saca una silla de ruedas, me ayuda a subir en ella y me empuja por una rampa. En la taquilla dicen que solo se atienden urgencias, y mi señora pregunta que, en rigor, qué es una urgencia, y echa un discurso sobre la noche de anoche, que su marido gritaba, no podía dar pie con bola, se acostaba, se erguía, se iba de un lado a otro de la cama, se ponía almohadas, se las quitaba, las tiraba contra la pared, hijueputiaba, qué cómo así que esto no es una urgencia, si ni siquiera puede caminar. Me inscriben y espero, mientras leo un libro que me llevé previendo que las esperas serían eternas. Sí, he visto en filas de hospitales y en bancos y en salas de espera de consultas externas de las empresas de salud, gentes a montones y ninguna lee; si mucho, manipulan su móvil, o miran los televisores colgantes con canales mediocres que dan noticias de agresiones sexuales y asaltos.

Estoy leyendo una novela de Patrick Modiano, mientras mi amada compañera compra tintos en una máquina. De pronto, escucho mi nombre. Paso al consultorio. Una médica blanca, o tal vez paliducha pero de bonito semblante, de nombre Paula Andrea, me pide información sobre mis dolencias. Le cuento que hace 32 años me dieron un tiro en la rodilla izquierda, que si quiere ver una radiografía que me acompaña, bien pueda (la mete al computador, pero el cedé no abre), luego me toca la rodilla, no sé si gritar porque dirá que soy un cobarde, pero si no lo hago, pensará que es una farsa. “No señor. Esto no es una urgencia. Tendrá que ir a otra parte”, dice, fingiendo una sonrisa. Me indica adónde ir. “Así es nuestro sistema de salud”, agrega con resignación.

El portero me devuelve a la calle. Dice que así es todos los días. “Aquí le hacen el triaje y pare de contar”, agrega con simpatía. Me ayuda a subir al taxi. “Vamos al Instituto Neurológico”, le dice mi mujer. Vuelve y juega con otra silla de ruedas. Rampas. Gente acumulada en la portería. “Urgencias queda en el sótano”, le dice un funcionario a mi señora, que todavía no ha cambiado el semblante de cansancio ni sus ojeras pronunciadas. “Si aquí no te atienden, voy a armar un escándalo”, me dice. “Ah, y por favor, cuando te toquen la rodilla, gritá así como lo hacías toda la noche”.

Me inscribe en una taquilla. Se va luego a comprar café y me deja sentado en medio de mucha gente expectante. Modiano me acompaña con su Libro de familia, una novela que comienza con un nacimiento. “José Reinaldo Spitaletta”, llama una voz masculina. Impulso la silla, con Modiano en mis rodillas. Entro al consultorio. El médico, de nombre David, parece muy cordial. Me pone un termómetro, indaga sobre mis dolencias, apunta antecedentes, a qué me dedico, pregunta qué medicamentos tomo, y de pronto me sorprende con una pregunta: “¿Es usted católico, pentecostal, Testigo de Jehová, cristiano, tiene alguna religión?”. “Ninguna. Soy librepensador”. A mi respuesta, su cara se ilumina y dice: “ah, eso sí es bonito”. Después de examinarme, me dice que en realidad lo mío no es una urgencia, pero que me atenderá como si lo fuera. “Te pondrán dos inyecciones en la nalga y una en la barriga”, dice, sonríe. Me da la mano. “Te incapacitaré tres días”, agrega.

Después de las inyecciones, aplicadas por una enfermera joven y simpática, que sonríe cuando mi mujer, junto a la camilla, ríe y dice que ojalá me chucen bien duro. “Qué acompañante tan mala tiene usted”, dice entre risas. “Respire”. Y zas. “Respire”. Y otra zas. “La del vientre no le dolerá. Es subcutánea”. Y zas. “Ya se puede ir, joven”. Claro, lo de joven es para animarme.

Afuera, mayo sigue soleado. Calienta el sol, en medio del tráfago vehicular. La mona, que es mi compañera, devuelve la silla de ruedas hasta la portería. En el camino, pasamos por el viaducto del metro, en la carrera Bolívar, lleno de vendedores ambulantes, de suciedades y apilamientos de todo: mendigos, buhonerías, olores a orín, bullicio. La rodilla, qué curioso, ya no me duele tanto. Cuando llego a casa, el señor que despacha los taxis en un acopio, me ayuda a subir. “Si quiere, profe, lo cargo”, dice. Roza mi rodilla, y doy un grito. Apoyado en él, asciendo las escalas. Mayo me recibe con flores de guayacán y un aroma de ruda y romero. Todavía siento los aguijonazos en cada nalga. Por la ventana, pétalos amarillos y hojas verdes, con un fondo de cielo azul, me auguran que tal vez esta noche sí pueda dormir bien.

Vieja postal de la Clínica El Rosario

Pascualino Siete Bellezas y mi rodilla de plomo

Por Reinaldo Spitaletta

La película, de 1975, la vi, dos o tres años después de su aparición, en el Cine Libia, de Medellín, un teatro hoy muerto, hecho solo para cine arte. Y ahora, tantos años después, cuando mi rodilla izquierda a la que un tipo, mejor dicho, un paramilitar de Bello, le disparó hace más de treinta años (otros disparos pasaron rozando pecho y cabeza), me vuelve a molestar con agudos dolores, me acuesto frente a la pantalla de mi pieza y torno a ver a Pascualino Siete Bellezas, un filme dirigido por Lina Wertmüller.

Ya se habían borrado de la memoria muchas escenas, incluidas los bombardeos en blanco y negro con los que empieza, las imágenes documentales de Mussolini y Hitler, las explosiones y la destrucción apocalíptica de ciudades y campos, y el poema satírico del comienzo, cuando volví a ver al simpático Pascualino, una especie de Casanova napolitano de poca monta y de baja estofa, encarnado por Giancarlo Giannini, sombrero de fieltro, traje claro de verano, afeitado a ras, paseándose por las peligrosas calles y callejones de Nápoles, queriendo ser alguien respetado, con su revólver en el bolsillo y, por si las moscas, perfumado y limpio.

Pascualino tiene siete hermanas, todas feas, todas robustas y contentas, y claro, una madre atrapadora, que el complejo de Edipo entre los italianos, y más en los del sur, es cosa de la ‘puta mare’. Y una de las muchachas, con un noviecito más bien hampón, proxeneta, que le promete matrimonio, la prostituye y la deja mirando para la basílica, es el objeto de una venganza de Pascualino, aspirante a mafioso, a camorrero, después de que el malandro lo golpea y noquea, y entonces el protector de sus hermanas, el hijo bonachón, el héroe, se mete a la casa del agresor y lo deja frito.

Y es en ese punto, cuando el filme toma otros caminos. Pascualino empaca en tres maletas a su víctima, y las despacha a tres ciudades distintas. Pero el cuento es que el filme de la muy talentosa Lina, que aprendió tantos secretos del oficio con Fellini, es un relato bien estructurado, con la utilización pertinente de flashbacks que en rigor comienzan tras la muestra en un campo de dos soldados italianos desertores, que se topan con alemanes que están cometiendo una masacre, posiblemente de judíos, junto a un río, y huyen por el monte, hasta encontrar una casa (el olor a cebollas despierta el ánimo y el hambre de Pascualino), en la que una mujer toca el piano y canta, mostrando, por lo demás, un enorme culo, que Pascualino observa por distintas ventanas. Se introduce a la casa, saca panes, salamis y otros comestibles, y vuelve a encontrarse con su compañero de deserción. Mientras comen, llegan dos soldados alemanes y los detienen.

El Siete Bellezas, ahora convertido en asesino confeso, es condenado a pasar doce años en un manicomio. El descuartizador se encuentra, rumbo a la prisión mental, con un socialista condenado casi a toda una vida de cárcel, y comienza el saber de la directora a exponer, a modo de comedia, con ingredientes grotescos y choques entre dos visiones del mundo, la personalidad de un arribista como Pascualino y de un militante izquierdista.

Pero es que desde adelante (en la película), en plena actividad de la Segunda Guerra, Pascualino junto a su amigo desertor ha ido a parar a un campo de concentración, que puede ser el de Auschwitz, según las pistas que dan, como las de la leyenda, en alemán, de “El trabajo os hará libres”. Y allí, en medio del desasosiego de los prisioneros y toda la vileza de los verdugos nazis, Pascualino, por ejemplo, se topa con un anarquista, un ser que proclama el desorden y la libertad como estados ideales, y por lo demás, le sigue contando a su amigo, el desertor, lo que le pasó en Nápoles y luego en el manicomio, en cuyas instalaciones lo sorprende el estallido de la guerra. Y la guerra lo salva del hospital mental.

La película está atravesada por contenidos irónicos y a veces hasta caricaturescos. La Wertmüller apela a estos expedientes retóricos para mostrar la faceta de un sujeto que solo piensa en sí mismo, una suerte de mequetrefe deshumanizado, que para sobrevivir llega hasta conquistar a la jefa alemana de la prisión, una sujeta gorda, fría, calculadora y malvada, que de todos modos cede con cinismo ante las pretensiones de Pascualino, que con hambre y debilidades y todo, logra acostarse con la desmesurada damisela. Esta parte del filme, con retratos gigantescos de Hitler, es de las más sobresalientes de una película que presenta los horrores y miserias de la guerra, a través de los ojos y personalidad de un tipejo populachero, que encarna las dotes del conquistador de barrio y del pretencioso.

Uno ahí, acostado, con la rodilla en pleno dolor, se divierte con la estupenda actuación de Giannini, con la de Fernando Rey, con la de la actriz que encarna a la regordeta nazi, en cuya oficina hay imágenes de la Venus de Botticelli. La película es un sondeo al ser humano en medio de las peores condiciones, como la de los campos de exterminio nazi, la guerra, los manicomios, la prostitución que ejercen las hermanitas de Pascualino, con sus figuras de comediantes de extravagancias y ordinariedades.

Pascualino, el Settebellezze, el oportunista, el vividor, mejor dicho, el “trabajador de calle”, sobrevive a la guerra, al campo de concentración, al manicomio, y retorna a su querida Nápoles, donde encuentra a todas sus hermanas, a su madre, y a una muchacha que él quiere para sí, para que sea su esposa, convertidas en guarichas, en puticas de burdeles de medio pelo. Y ahí, en ese momento final, Pascualino propondrá otra manera de la sobrevivencia, para los tiempos en que el mundo sea peor, más catastrófico, que el presente que a él le correspondió.

Pascualino, cansado y ya con síntomas de vejez, es un hombre que ganó, porque, al fin de cuentas, salió vivo de tantos horrores. Pascualino me hizo olvidar, por momentos, el dolor metálico de mi rodilla izquierda, donde todavía reposa el plomo que hace más de treinta años, un sujeto de cuyo nombre no quiero acordarme, me depositó ahí. Y con todo, seguí jugando al fútbol. Y caminando. También me hizo evocar los días maravillosos cuando entrábamos a cine para encontrarnos con películas cuestionadoras como las de la señora Wertmüller. ¡Qué tiempos aquellos!

Fotograma del filme Pascualino Siete Bellezas, de Lina Wertmüller

La guerra y una memoria de elefantes

(Sobre Sebald, la destrucción y los bombardeos a Alemania)

N.B. El 7 de mayo de 1945, finalizó en Europa la Segunda Guerra Mundial. Un ensayo, setenta años después, para recordar aspectos tenebrosos de aquel conflicto.

Por Reinaldo Spitaletta

¿Qué es la guerra? Después de tanta destrucción que en el mundo ha sido, aún el concepto de guerra da para escribir novelas, poemas, ensayos; da para teorizar sobre táctica y estrategia, para decir, por ejemplo, que guerra es la continuación de la política por otros medios (y miedos), y así, hasta condenar a un pueblo a ensayar una desmemoria, a negar el pasado, a no tener referentes de la gran tragedia que padeció durante un período de infamia, uno de los peores de la historia humana: la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué es la guerra? Tras tantos experimentos, luego de innúmeras aberraciones bélicas que en todos los tiempos se han registrado, las del siglo XX, centuria de ciencia y sangre, de física cuántica y genocidios, sigue siendo la más devastadora. ¿Cómo hacer para salir incólume de una radiación nuclear? ¿Cómo para salir vivo de un campo de concentración y exterminio? ¿Cómo, digamos, sobrevivir en Stalingrado después de que mil doscientos aviones alemanes la bombardearon? ¿Qué imágenes nos quedan de aquellos días de horrores sin cuento? ¿Qué discursos y asuntos de lo moral, lo ético, lo político? Nunca habrá suficiente ilustración acerca de esas jornadas sórdidas y deshumanizantes de la conflagración más siniestra de todos los tiempos.

Y en este punto quiero referirme a la obra Sobre la historia natural de la destrucción, del escritor alemán W.G. Sebald (1944-2001) que investigó en profundidad el silencio que se creó tras los bombardeos y arrasamientos de 131 ciudades y pueblos alemanes, de parte de la aviación aliada, que causó más de seiscientas mil víctimas mortales, civiles todos. ¿Qué pasó con la memoria colectiva? ¿Hubo una conspiración para olvidar? ¿Las víctimas acaso prefieren no recordar como un mecanismo de defensa?

En su ensayo, en el que incluye fotografías, afiches y fascsímiles de manuscritos, Sebald, un hombre que comenzó tardíamente en la literatura, se pregunta por qué un pueblo como el alemán parece ciego a la historia y sus tradiciones, sobre todo después de la incineración de tantas localidades y, claro, tras la derrota de estrépito en la Segunda Guerra. ¿Hay una suerte de expresión de la culpabilidad al querer olvidar? ¿O, al contrario, un enterramiento de la culpa? En sus conferencias de Zurich, que son las que hacen parte del volumen, con el subtítulo de guerra aérea y literatura, el escritor recorre momentos de espanto de las poblaciones y el pueblo germano, con figurarse que solo la Royal Air Force arrojó un millón de toneladas de bombas sobre el territorio enemigo de Alemania. Y en esas se halla cuando se pregunta si en el proceso de reconstrucción, tras el fracaso en la guerra, se estaba creando “una nueva realidad sin historia”, con miras más al futuro y con la intencionalidad, quizá inconsciente, de no mirar hacia atrás.

Y aunque el ensayista no lo dice, puede ser también que las historias de los vencedores, las de los Aliados y los soviéticos, dejen sin posibilidades de palabra a los vencidos, y que en ese sentido, el peso de la derrota y, por extensión, del terror que vivió el pueblo alemán con los bombardeos que casi borran a todas sus ciudades de la faz de la tierra, haya incidido en el no-recuerdo, en la faceta de no volver la mirada quizá para no convertirse en estatua de sal de la historia.

Y aquí vuelve a preguntarse ¿por qué una amnesia colectiva, si acaso tenga ribetes de consuelo, o de no volver abrir heridas? ¿Cómo va a ser posible olvidar aquel estado de destrucción material y moral en la que quedó el país, tras los ataques, o mejor dicho, contragolpes mortíferos de Inglaterra, Estados Unidos y de la llegada por tierra del Ejército Rojo soviético? Y entonces, Sebald advierte que la única novela que dio una aproximación de las dimensiones inconmensurables del espanto fue la del gran escritor Heinrich Böll: El ángel callaba, escrita a finales de los cuarenta. “Al leerla —dice— resulta evidente enseguida que precisamente ese relato, impregnado al parecer de una irremediable melancolía, era demasiado para los lectores de la época”, y por tal motivo no se publicó sino muchos años después, en 1992. Es una obra llena de sangre y agonías.

El escritor, desde luego, no pasa por alto, por ejemplo, que si Alemania hubiera podido incendiar a Londres, lo hubiera hecho. En 1940, en una cena en la cancillería del Reich, Hitler fantaseaba, según Albert Speer, sobre la destrucción total de la capital del imperio británico: “¿Han visto alguna vez un mapa de Londres? Está tan densamente edificado que un incendio bastaría para destruir la sociedad entera, como ocurrió ya hace doscientos años. Göring quiere, mediante innumerables bombas incendiarias de efectos totalmente nuevos, producir incendios en las distintas partes de la ciudad, incendios por todas partes”. El sueño del Führer no se cumplió. Y más bien, se trastocó después en pesadilla para sus compatriotas.

Y entonces, el mismo Sebald recuerda que los bombardeos pioneros en la Europa de antes y durante la guerra, fueron alemanes: Guernica, bombardeada por la Legión Cóndor; Varsovia, Belgrado, Rotterdam, y en 1942, cuando muchos alemanes soñaban con establecerse en algún jardín de cerezos rusos (¡0h!, Chejov), llovió fuego contra la ciudad soviética a orillas del Volga, donde, en rigor, comenzó la derrota del Tercer Reich.

La guerra, entonces, cobra sus auténticos principios destructores, con la premisa de la aniquilación total, o si no, por lo menos, más completa del enemigo. Y en ese sentido, Sir Arthur Harris advertía que “la guerra de los bombardeos era la guerra en su forma más pura y franca”. Es decir, hay que producir como sea el mayor número de víctimas al rival, y no importa de cuál categoría. Es más, la muerte de civiles en masa puede disminuir al enemigo en su condición de creerse invencible.

En su libro, Sebald se introduce en el mundo de pánico de los bombardeos ingleses y norteamericanos sobre las poblaciones alemanas, como la destrucción de Hamburgo, en la Operación Gomorra, que pretendía convertir en cenizas a la ciudad. “En el raid de la noche del 28 de julio (1943), que comenzó a la una de la madrugada, se descargaron diez toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre la zona residencial densamente poblada situada al este del Elba…”. Y en efecto, Hamburgo quedó reducida a polvo y pavesas.

En su repaso por reportajes y obras literarias sobre los bombardeos y destrucción de Alemania, Sebald lleva a los lectores a momentos cumbre de horror, acerca de aquel mundo de sufrimientos, desplazamientos, muerte y desventuras de los habitantes de ciudades y poblados. Y advierte que, aparte de Böll, escribieron sobre aquellos días apocalípticos Hermann Kasack, Hans Erich Nossack y Peter de Mendelssohn. “Mérito innegable de Nossack es que, a pesar de su desafortunada tendencia a la exageración filosófica y la falsa trascendencia, fue el único escritor que intentó escribir sobre lo que había visto realmente de la forma más sencilla posible”, dice Sebald, autor de Austerlitz y Los anillos de Saturno.

Hay en este libro imprescindible para la comprensión de aspectos terribles de una guerra como la sucedida entre 1939 y 1945, asuntos que pueden enmudecer de horror a cualquiera que en el mundo sea sensible. Hubo, por ejemplo, la posibilidad de que al sacar banderas blancas, hechas con sábanas, como señal de que no bombardearan una ciudad. Sobre el caso, el brigadier Frederick L. Anderson, de la Octava Flota Aérea de los Estados Unidos, le dijo a un reportero, pasada ya la guerra: “Las bombas son ‘mercancías costosas’. No se las puede lanzar prácticamente sobre nada en las montañas o en campo abierto, después de todo el trabajo que ha costado fabricarlas”.

Las conferencias de Sebald acerca de la catástrofe producida en Alemania por los bombardeos, tiene pasajes sobre el terror individual, los daños sicológicos y otras secuelas que los bombardeos dejaron en niños y adultos. Uno de los más terribles puede ser el sucedido en el zoológico de Berlín, durante un bombardeo con bidones de fósforo y bombas incendiarias, que quemaron quince edificios del jardín: la casa de los antílopes y la de las fieras, el templo de los elefantes, que perecieron y luego tuvieron que ser despedazados: “los hombres se metían arrastrándose dentro de la caja torácica de los paquidermos, hurgando entre montañas de entrañas”.

El libro, en efecto, es un recorrido por un mundo de desgracias, de torturas y dolores, de padecimientos humanos, de las desventuras de un pueblo que después de la hecatombe, quiso mantener en la oscuridad aquellas calendas. Y así como en la obra volvemos a encontrarnos con filmes de Fritz Lang, con palabras de Canetti y de Thomas Mann, por ejemplo, el trasfondo siempre será aquella agonía inconclusa, que parece prolongarse hasta los tiempos contemporáneos, tras setenta años de la terminación de la Segunda Guerra.

Los acontecimientos que casi borraron a las ciudades alemanas, se transmutaron después en un tabú colectivo, en una especie de brutal desmemoria popular. Era como si todos quisieran mantener en el limbo aquel pasado de atrocidades. El nacionalsocialismo y todas sus aberraciones, al principio simpatizadas por países que después serían objetivo de las ambiciones imperiales de Hitler (como Francia, Inglaterra y los mismos Estados Unidos), abonaron el terreno para que, después, el cielo de Alemania se poblara de aviones enemigos, que vomitaron fuego y muerte sobre los civiles. Un interrogante sutil flota en el libro: ¿quién tiene derecho a atribuirse el rol de víctima? Y lo de siempre, aunque no esté ahí: los victimarios parecen ser los dueños de la historia. Sobre todo, cuando no hay memoria, una categoría que cuando intentas huir de ella, como decía Sebald, acaba disparándote por la espalda.

W.G. Sebald. Sobre la historia natural de la destrucción. Editorial Quinteto, Anagrama. 158 p.

El malentendido o las asesinas: un absurdo existencial

Marta
¿Qué es el otoño?
Jan
Una segunda primavera, en la que todas las hojas son como flores”.
El malentendido, Albert Camus

Por Reinaldo Spitaletta
El siglo XX, muy problemático y febril, con genocidios y bombas atómicas, con guerras que dieron al traste con la vida de millones de jóvenes y adultos, es el desbarrancadero de la razón y de la otredad como ente de la tolerancia y la libertad. Al despeñarse la estructura, frágil por lo demás, de la racionalidad, en especial la política, el hombre, mejor dicho, el sobreviviente del desastre, se apega al absurdo, al oscuro mundo de la desesperanza y el desasosiego permanentes. ¿De quién es la culpa? ¿Qué significa existir en medio de desarraigos y sinsentidos?

La literatura, antes que la filosofía o por lo menos con cierta contemporaneidad, busca respuestas en el siglo más sangriento de la historia a la condición humana que se ha desbaratado en medio del apocalíptico sonido de la confrontación bélica, del fragor espasmódico de la guerra. Y de ahí que, en un relato de horror dosificado y que puede tener muchas simbolizaciones, La metamorfosis se erija como una de las presencias del absurdo. ¿Qué es la vida? ¿Cómo puede alienar el trabajo? ¿Por qué, en cierta medida, el convertirse alguien en monstruoso insecto no aterra a su familia? Kafka apela a la reinvención de lo cotidiano y va más allá de la razón, que ya está moribunda, e indaga con otros mecanismos la condición del hombre en medio de la ruina ilustrada.

El estallido de la segunda conflagración mundial alerta al hombre sobre cómo se perfecciona la caída de la existencia en un abismo sin fondo. No hay salvación posible. La humanidad desaparece en campos de concentración, en bombardeos y estallidos nucleares. La razón, pulverizada, no es más que un elemento arqueológico. Y en esta perspectiva, un poco sombría, hay que aceptarlo, la literatura de Albert Camus (por no hablar, por ejemplo, de la de Jean Paul Sartre, en el caso francés) atiende a la enorme preocupación de qué le espera al ser humano después de ocupaciones y cataclismos. ¿La humillación? ¿El despojarse de cualquier sentimiento de solidaridad e incluso de piedad?

El absurdo, como aquella expresión opuesta a lo convencional, emerge en las letras para preparar otro terreno propicio a la reflexión, como un modo singular de abrir más las heridas que la guerra (que es una sinrazón) y los demonios de la irracionalidad han causado en la pobre humanidad. El extranjero, verbi gracia, es una muestra de la absurdidad. Y ya en esta novela de juventud (del siempre joven Camus), el escritor argelino sugiere un asunto (Mersault lee un recorte de periódico con la noticia de un extraño asesinato) que desarrollará en una obra de teatro, que, por otra parte, parece ser mejor leída que representada: El malentendido.

Basado en un hecho real sucedido en Checoslovaquia, el escritor, ensayista y dramaturgo pone al lector (o al espectador) en una posición de incomodidad, en un mundo sórdido en el que los sentimientos (por ejemplo, maternales, fraternales, la amistad) caen a un segundo plano, pierden importancia, frente a un mundo atravesado por la individualidad del dinero y la desesperada consigna de “sálvese el que pueda”. El malentendido, entonces, es una obra del absurdo, de la pérdida de la razón, frente a un sentimiento de soledades y de inopia mental.

Escrita en 1943 (y montada por primera vez en 1944), durante la guerra y la ocupación nazi de Francia, la obra acaece en alguna parte de un país de la vieja Europa, con cinco personajes: La madre, Marta, Jan, María y el viejo criado. Las dos primeras, son dueñas de un albergue, y hasta allí llega un día Jan, que es un hombre de dinero y que es observado por las hoteleras como una probable víctima, otra más que caerá bajo su emboscada, con bebedizo y arrojamiento del cuerpo a un río helado.

Jan, casado con María, ha vuelto después de muchos años para reconocer a su madre y hermana, para hacerlas felices, para darles dinero, tras una ausencia larga que provoca que ellas no lo reconozcan de inmediato. Ni siquiera su mamá es capaz de ver en Jan al hijo pródigo.

Los diálogos entre la Madre y Marta ya tienen la presencia inveterada del desprecio hacia la vida, del absurdo que significa existir. “Es más fácil matar lo que no se conoce”, dice la mamá a su hija, que se mostrará durante la obra (en tres actos) como una mujer sin grandes sentimientos, seca, pragmática y distante. Ambas ya saben que el visitante tiene “cara de víctima” y también que “matar cansa terriblemente”. En la medida en que el lector (espectador) avanza, se encontrará con frases tremendas como “la vida es más cruel que nosotras”.

Jan, por su parte, que deja a María en otro lugar, mientras él se hospeda donde su madre y hermana, que no lo identifican sino cuando ya es tarde para que el hombre continué con vida, llega a resolver, o, de otra manera, a “pagar” su aparente culpa de haberlas abandonado. Y él mismo, sin presentarse, va tejiendo su destino final, al modo de una tragedia griega. “No es posible seguir siendo un extranjero”, se dice en su decisión de reencontrarse con su país y “hacer felices a los que amo”.

En un momento, Marta y Jan sostienen una suerte de discusión, entre filosófica y de puro pragmatismo de quien maneja como dueña un hospedaje y el que quiere trascender su condición de cliente (o de huésped). Se establecen límites y requisitos. “Si es usted rico, está bien. Pero no nos hable más de sentimientos. No tenemos nada que hacer con ellos”, le dice Marta.

En el drama, el espectador-lector irá preguntándose si no sería más fácil que Jan (que se ha registrado con otro nombre: Karl Hasek) proporcionara a las señoras su verdadera identidad, pero entonces, claro, no habría obra. Ni absurdos. Ni crímenes. Ni discurso en torno a la soledad. Ni expresiones de culpa. Ni remordimientos. Como el de la madre que expresará que no ha reconocido a su hijo y lo ha asesinado: “¿Qué significa el dolor para una asesina?”. Además, Jan parece carecer de las palabras suficientes para decirles que las quiere llevar a otra parte.

Para el criminal (para Marta, para la madre), su acto lo convierte en solitario, en un ser que con la repetición de sus asesinatos, ya tampoco puede con la vida, en medio de un creciente desamparo frente a un mundo que no parece tener paisajes. Ni horizontes. Ah, y ¿qué representa el viejo criado que jamás habla, pero observa? El malentendido tiene momentos en que se nota el cansancio existencial, la absurdez de vivir sin certidumbres, la imposibilidad de luchar contra el destino. Y la pérdida del asombro. Hay un río que espera a los muertos, como aquel del inframundo griego, que conducía al olvido. Y hacia allá andan los personajes de esta inquietante obra de Camus.

El malentendido, Albert Camus. Traducción Aurora Bernárdez y Guillermo de Torre. Obras, 2. Alianza Editorial.

Escena de El malentendido (tomada de internet)

Historias de puños y puñaladas

Resultado de imagen de bandera roja

(Crónica de un barrio donde nacían muchos y se criaban los más guapos)

N.B. Esta crónica sobre Bandera Roja la publiqué el 19 de julio de 1992. Es una memoria urbana, de tiempos desamparados.

Por Reinaldo Spitaletta

Dicen que la marihuana más alucinadora que se ha fumado el Jefe Daniel Santos fue la del loco Alfredo, cultivador de la yerba en las playas del río Medellín, en Envigado. El plantío del orate era famoso hace cuarenta años porque el hombrecito, estupendo bailarín de mambo, tenía una “química” especial para abonar la barbajacobiana “legumbre”: la regaba con alcohol y aguapanela. ¡Quedaba como para tumbar aviones! ¡uff!

El loco Alfredo era uno de los habitantes de Bandera Roja, un barrio envigadeño de una sola calle y cincuenta y dos casas, con historias de guapos y puticas y matones, hoy estigmatizado por su pretérito imperfecto de pendencias y sangres malevas.

Durante la época de la Violencia, Miguel Taborda, tipo que no albergaba miedos para gritarle vivas al Partido Liberal, puso una cantina en una de las dos esquinas del entonces naciente barrio. Y, para sacarles la chispa a los godos, pintó una bandera roja en la pared exterior del bar. Desde esos tiempos de convulsiones sociales tal calle comenzó a llamarse así: Bandera Roja.

La cantina se convirtió en el centro rumbero de la barriada. Se congregaban allí los mejores bailadores de tango y música del Caribe. Y los tesos para el puño y la puñaleta. Ahí solo entraban los buscapleitos que no temían a la pelea. Los buenos para la trifulca. Miguel Taborda, ante el auge del negocio, construyó detrás de la tabernucha una casa de citas. Y de juegos de azar.

Ardientes guarichas adornaban (y calentaban) las noches del malevaje de Bandera Roja. Se jugaba la plata y, a veces, la vida. La mala fama del arrabal se regó por todas partes. Allí solo iban los amantes de las emociones fuertes, los patoteros, los sobradores. Para las gentes de otras fracciones urbanas aquel barrio representaba lo diabólico y lo perverso.

Un curita envigadeño, el padre González, que en las misas de cinco no desperdiciaba pulpitazo contra el barrio, lo maldijo. “Cuidado con ir a Bandera Roja. Allá van a bailar mujeres desnudas”, dicen que dijo el sacerdote. Y como lo prohibido es lo más atractivo, las romerías de mozalbetes de otros sectores abundaron por el lugar. No importaba el peligro. ¿Cómo perderse el espectáculo de una chica en pelota?, se decía la muchachada.

Las noches de Bandera Roja eran puro tango y Sonora Matancera. El sonido de los dados contra las mesas era rutinario. Se barajaba la suerte en el póker. Y, en cualquier momento, todo se transformaba en un tinglado, donde los hombres contendían a puñetazos y a golpes de cuchillo.

Ser entonces de Bandera Roja era pertenecer a la ignominia. En las escuelas segregaban a los muchachos del barrio. Y les temían. “Nos ponían en la parte de atrás del salón. Cuando algo se perdía, ahí mismo decían: eso fue algún negro de Bandera Roja que se la robó”, recuerda Iván Vélez, bailarín de tango y exobrero textilero, nacido hace 52 años en esa calle.

Muy cerca de Bandera Roja existía la manga del Míster, escenario no solo de futbolerías, sino centro de lanzamientos espaciales. En efecto, muchos iban allí a fumarse la marihuanita cultivada por el loco Alfredo, quien, además, la regalaba debido a la sobreproducción. “Esa marihuana era tan buena que con un pitazo uno quedaba escuchando dos Sonoras Matanceras al mismo tiempo”, dice Iván.

Los primeros habitantes de Bandera Roja (se recuerda, por ejemplo, a Isabel Gualupa y Luisa Paloma, excelsas bailarinas de pasillos y otros ritmos ahora en desuso) aprendieron a vivir en medio de la marginalidad y el desarraigo. La lucha cotidiana por la sobrevivencia los llevaba a robar en otras casas y en las del mismo barrio. Los adultos les sugerían a los pequeños que hurtaran plátanos y yucas y gallinas. “Todos los negritos de por aquí nos alimentábamos todas las noches con sancocho de gallina robada”, cuentan algunos.

Cierta vez, para formar un equipo de fútbol, los muchachos de Bandera Roja tuvieron que diseñar una estrategia non sancta. Se fueron al río Medellín (cuando todavía era limpio) y abordaron, con revólveres de fulminantes, a una gallada de Itagüí que allí se bañaba. A todos les robaron las pantalonetas. Era la única posibilidad de uniformar al onceno. Cosas de la pobreza y del rebusque.
Eran bravos los muchachos banderirrojos. Guerreros. “No comían de nada”. Juan el Anacobero, por ejemplo, no solo tenía talento para mover el esqueleto a punta de guaracha y mambo, sino para fabricar anillos de cobre que vendía como si fueran de oro. Tumbaba hasta policías el inquieto Juan.

Para habitar en ese barrio había que tener una especial predisposición hacia la pelea. Los duelos a cuchillo eran una suerte de sangriento festival diario. A veces, dos contrincantes duraban quince minutos combatiendo, al cabo de los cuales, ilesos, se daban la mano y se iban a beber juntos. Eran enfrentamientos para demostrar quién era el más verraco. Así sucedían las riñas entre Cayetano y Ramón Villa y Miguel Taborda y José Macho. Puñaleta iba y venía.

Bernardo Santamaría, por ejemplo, jamás cargaba cuchillo. Su fortaleza física (con una mano alzaba un bulto de cemento) y sus puños de catapulta eran su mejor defensa. Y ataque. Dicen que era un señorazo en sano juicio, pero cuando el alcohol le hacía extraviar sus cabales, se tornaba en fiera. A más de uno lo dejó sin dientes y sin ganas de volver a enfrentársele.

El Bizco y Darío Torres se odiaban desde chiquitos. Crecieron en la misma calle, pero no cabían los dos en ese espacio. Una tarde se armó la zambra. El Bizco extrajo su puñal y, con rapidez de serpiente, lo clavó junto al cuello de su enemigo. La hoja chocó contra un hueso y se quebró. Darío aprovechó entonces para contraatacar y con la primera cuchillada envió al piso al rival. Y se le fue encima. Y apuñalaba sin pausa. Los otros le daban –para contenerlo- con bolas y tacos de billar, con botellas, con el grito. Pero nada. El hombre estaba encarnizado. Era una pelea más en Bandera Roja.

Los muchachos de Bandera Roja querían ser los más duros. Los más tesos de Envigado. Iban al matadero y ubicaban al novillo más negro y más bravo. Cuando lo sacrificaban, ellos pedían la sangre y la bebían. Creían que así se les transmitía la fiereza del animal. Su cultura era la de vivir para el pugilato y el duelo.

Pero Bandera Roja no afincaba su fama solo en la pendencia. También en sus bailes. Señoras y señores tangueaban y se tenían confianza para el pasodoble y el porro. “Aquí venían gentes muy seleccionadas, pero seleccionadas en la cultura de la pelea”, dice Iván Vélez, con palabras sonrientes.

Tantos escándalos y pecados condujeron a gentecitas pías de otros ámbitos a portarse como salvadores. Y entonces erigieron allí una imagen de Santa Gertrudis. Quizás así –pensaban- Bandera Roja se sosegaría. A la primera semana, estaban rezando una señora y su sobrino, cuando un carro de lavandería los atropelló. La dama perdió la vida; su pariente, un pie. Otro día, una familia oraba allí. De pronto, apareció un hombre que, enloquecido, disparaba. Hubo dos muertos. La santa tuvo que buscar un sitio más apacible.

En Bandera Roja vivió Fermín Calle, un hombre que tenía pacto con el diablo. Le vendió su alma a satán para que este le concediera la gracia de ganar siempre en el juego (como una especie de Peralta, el de Carrasquilla). Claro que la suerte lo acompañaba, pero las ganancias las gastaba en licor. Dicen que cuando se rompió el acuerdo diabólico, Fermín perdió la voz.

Los guapos de Bandera Roja se murieron casi todos. Unos de muerte natural. Otros de puñalada. El bar ya no existe. Pero ha quedado la mala fama, como una cicatriz. La callecita (la 45 sur con la 43A) testigo de tantas aventuras, sobrevive. Nada recuerda, por ejemplo, a las muchachas de la noche, como Resfa (después tuvo un prostíbulo en el callejón de Inextra, en Medellín) y Mary, que hacían de la lujuria un auténtico pecado capital. Ya no bailan tango ni pasodoble. Los braveros se acabaron.

“Aquí no hay sicarios ni cosas de esas, pero tampoco es un paraíso”, dice Iván, un hombre que, ahora, desempleado, se dedica a leer textos esotéricos y a dar clasecitas de tango.

Bandera Roja es una calle que parece una puñalada, o una herida encementada, según como se la mire. Es un barriecito anhelador de progresos. Es una parte del desamparo. De haberla conocido, probablemente Daniel Santos le hubiera dedicado alguna canción y dado un adiós a los muchachos que ya no están.