Historias de puños y puñaladas

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(Crónica de un barrio donde nacían muchos y se criaban los más guapos)

N.B. Esta crónica sobre Bandera Roja la publiqué el 19 de julio de 1992. Es una memoria urbana, de tiempos desamparados.

Por Reinaldo Spitaletta

Dicen que la marihuana más alucinadora que se ha fumado el Jefe Daniel Santos fue la del loco Alfredo, cultivador de la yerba en las playas del río Medellín, en Envigado. El plantío del orate era famoso hace cuarenta años porque el hombrecito, estupendo bailarín de mambo, tenía una “química” especial para abonar la barbajacobiana “legumbre”: la regaba con alcohol y aguapanela. ¡Quedaba como para tumbar aviones! ¡uff!

El loco Alfredo era uno de los habitantes de Bandera Roja, un barrio envigadeño de una sola calle y cincuenta y dos casas, con historias de guapos y puticas y matones, hoy estigmatizado por su pretérito imperfecto de pendencias y sangres malevas.

Durante la época de la Violencia, Miguel Taborda, tipo que no albergaba miedos para gritarle vivas al Partido Liberal, puso una cantina en una de las dos esquinas del entonces naciente barrio. Y, para sacarles la chispa a los godos, pintó una bandera roja en la pared exterior del bar. Desde esos tiempos de convulsiones sociales tal calle comenzó a llamarse así: Bandera Roja.

La cantina se convirtió en el centro rumbero de la barriada. Se congregaban allí los mejores bailadores de tango y música del Caribe. Y los tesos para el puño y la puñaleta. Ahí solo entraban los buscapleitos que no temían a la pelea. Los buenos para la trifulca. Miguel Taborda, ante el auge del negocio, construyó detrás de la tabernucha una casa de citas. Y de juegos de azar.

Ardientes guarichas adornaban (y calentaban) las noches del malevaje de Bandera Roja. Se jugaba la plata y, a veces, la vida. La mala fama del arrabal se regó por todas partes. Allí solo iban los amantes de las emociones fuertes, los patoteros, los sobradores. Para las gentes de otras fracciones urbanas aquel barrio representaba lo diabólico y lo perverso.

Un curita envigadeño, el padre González, que en las misas de cinco no desperdiciaba pulpitazo contra el barrio, lo maldijo. “Cuidado con ir a Bandera Roja. Allá van a bailar mujeres desnudas”, dicen que dijo el sacerdote. Y como lo prohibido es lo más atractivo, las romerías de mozalbetes de otros sectores abundaron por el lugar. No importaba el peligro. ¿Cómo perderse el espectáculo de una chica en pelota?, se decía la muchachada.

Las noches de Bandera Roja eran puro tango y Sonora Matancera. El sonido de los dados contra las mesas era rutinario. Se barajaba la suerte en el póker. Y, en cualquier momento, todo se transformaba en un tinglado, donde los hombres contendían a puñetazos y a golpes de cuchillo.

Ser entonces de Bandera Roja era pertenecer a la ignominia. En las escuelas segregaban a los muchachos del barrio. Y les temían. “Nos ponían en la parte de atrás del salón. Cuando algo se perdía, ahí mismo decían: eso fue algún negro de Bandera Roja que se la robó”, recuerda Iván Vélez, bailarín de tango y exobrero textilero, nacido hace 52 años en esa calle.

Muy cerca de Bandera Roja existía la manga del Míster, escenario no solo de futbolerías, sino centro de lanzamientos espaciales. En efecto, muchos iban allí a fumarse la marihuanita cultivada por el loco Alfredo, quien, además, la regalaba debido a la sobreproducción. “Esa marihuana era tan buena que con un pitazo uno quedaba escuchando dos Sonoras Matanceras al mismo tiempo”, dice Iván.

Los primeros habitantes de Bandera Roja (se recuerda, por ejemplo, a Isabel Gualupa y Luisa Paloma, excelsas bailarinas de pasillos y otros ritmos ahora en desuso) aprendieron a vivir en medio de la marginalidad y el desarraigo. La lucha cotidiana por la sobrevivencia los llevaba a robar en otras casas y en las del mismo barrio. Los adultos les sugerían a los pequeños que hurtaran plátanos y yucas y gallinas. “Todos los negritos de por aquí nos alimentábamos todas las noches con sancocho de gallina robada”, cuentan algunos.

Cierta vez, para formar un equipo de fútbol, los muchachos de Bandera Roja tuvieron que diseñar una estrategia non sancta. Se fueron al río Medellín (cuando todavía era limpio) y abordaron, con revólveres de fulminantes, a una gallada de Itagüí que allí se bañaba. A todos les robaron las pantalonetas. Era la única posibilidad de uniformar al onceno. Cosas de la pobreza y del rebusque.
Eran bravos los muchachos banderirrojos. Guerreros. “No comían de nada”. Juan el Anacobero, por ejemplo, no solo tenía talento para mover el esqueleto a punta de guaracha y mambo, sino para fabricar anillos de cobre que vendía como si fueran de oro. Tumbaba hasta policías el inquieto Juan.

Para habitar en ese barrio había que tener una especial predisposición hacia la pelea. Los duelos a cuchillo eran una suerte de sangriento festival diario. A veces, dos contrincantes duraban quince minutos combatiendo, al cabo de los cuales, ilesos, se daban la mano y se iban a beber juntos. Eran enfrentamientos para demostrar quién era el más verraco. Así sucedían las riñas entre Cayetano y Ramón Villa y Miguel Taborda y José Macho. Puñaleta iba y venía.

Bernardo Santamaría, por ejemplo, jamás cargaba cuchillo. Su fortaleza física (con una mano alzaba un bulto de cemento) y sus puños de catapulta eran su mejor defensa. Y ataque. Dicen que era un señorazo en sano juicio, pero cuando el alcohol le hacía extraviar sus cabales, se tornaba en fiera. A más de uno lo dejó sin dientes y sin ganas de volver a enfrentársele.

El Bizco y Darío Torres se odiaban desde chiquitos. Crecieron en la misma calle, pero no cabían los dos en ese espacio. Una tarde se armó la zambra. El Bizco extrajo su puñal y, con rapidez de serpiente, lo clavó junto al cuello de su enemigo. La hoja chocó contra un hueso y se quebró. Darío aprovechó entonces para contraatacar y con la primera cuchillada envió al piso al rival. Y se le fue encima. Y apuñalaba sin pausa. Los otros le daban –para contenerlo- con bolas y tacos de billar, con botellas, con el grito. Pero nada. El hombre estaba encarnizado. Era una pelea más en Bandera Roja.

Los muchachos de Bandera Roja querían ser los más duros. Los más tesos de Envigado. Iban al matadero y ubicaban al novillo más negro y más bravo. Cuando lo sacrificaban, ellos pedían la sangre y la bebían. Creían que así se les transmitía la fiereza del animal. Su cultura era la de vivir para el pugilato y el duelo.

Pero Bandera Roja no afincaba su fama solo en la pendencia. También en sus bailes. Señoras y señores tangueaban y se tenían confianza para el pasodoble y el porro. “Aquí venían gentes muy seleccionadas, pero seleccionadas en la cultura de la pelea”, dice Iván Vélez, con palabras sonrientes.

Tantos escándalos y pecados condujeron a gentecitas pías de otros ámbitos a portarse como salvadores. Y entonces erigieron allí una imagen de Santa Gertrudis. Quizás así –pensaban- Bandera Roja se sosegaría. A la primera semana, estaban rezando una señora y su sobrino, cuando un carro de lavandería los atropelló. La dama perdió la vida; su pariente, un pie. Otro día, una familia oraba allí. De pronto, apareció un hombre que, enloquecido, disparaba. Hubo dos muertos. La santa tuvo que buscar un sitio más apacible.

En Bandera Roja vivió Fermín Calle, un hombre que tenía pacto con el diablo. Le vendió su alma a satán para que este le concediera la gracia de ganar siempre en el juego (como una especie de Peralta, el de Carrasquilla). Claro que la suerte lo acompañaba, pero las ganancias las gastaba en licor. Dicen que cuando se rompió el acuerdo diabólico, Fermín perdió la voz.

Los guapos de Bandera Roja se murieron casi todos. Unos de muerte natural. Otros de puñalada. El bar ya no existe. Pero ha quedado la mala fama, como una cicatriz. La callecita (la 45 sur con la 43A) testigo de tantas aventuras, sobrevive. Nada recuerda, por ejemplo, a las muchachas de la noche, como Resfa (después tuvo un prostíbulo en el callejón de Inextra, en Medellín) y Mary, que hacían de la lujuria un auténtico pecado capital. Ya no bailan tango ni pasodoble. Los braveros se acabaron.

“Aquí no hay sicarios ni cosas de esas, pero tampoco es un paraíso”, dice Iván, un hombre que, ahora, desempleado, se dedica a leer textos esotéricos y a dar clasecitas de tango.

Bandera Roja es una calle que parece una puñalada, o una herida encementada, según como se la mire. Es un barriecito anhelador de progresos. Es una parte del desamparo. De haberla conocido, probablemente Daniel Santos le hubiera dedicado alguna canción y dado un adiós a los muchachos que ya no están.

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2 comentarios

  1. Gloria Patricia Lopera Mess

     /  mayo 2, 2015

    Sent from my iPad

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  2. ramiro

     /  mayo 4, 2015

    Es claro.Es mejor el sandwich con marihuana que con glifosato con pecueca furhibista

    Responder

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