El malentendido o las asesinas: un absurdo existencial

Marta
¿Qué es el otoño?
Jan
Una segunda primavera, en la que todas las hojas son como flores”.
El malentendido, Albert Camus

Por Reinaldo Spitaletta
El siglo XX, muy problemático y febril, con genocidios y bombas atómicas, con guerras que dieron al traste con la vida de millones de jóvenes y adultos, es el desbarrancadero de la razón y de la otredad como ente de la tolerancia y la libertad. Al despeñarse la estructura, frágil por lo demás, de la racionalidad, en especial la política, el hombre, mejor dicho, el sobreviviente del desastre, se apega al absurdo, al oscuro mundo de la desesperanza y el desasosiego permanentes. ¿De quién es la culpa? ¿Qué significa existir en medio de desarraigos y sinsentidos?

La literatura, antes que la filosofía o por lo menos con cierta contemporaneidad, busca respuestas en el siglo más sangriento de la historia a la condición humana que se ha desbaratado en medio del apocalíptico sonido de la confrontación bélica, del fragor espasmódico de la guerra. Y de ahí que, en un relato de horror dosificado y que puede tener muchas simbolizaciones, La metamorfosis se erija como una de las presencias del absurdo. ¿Qué es la vida? ¿Cómo puede alienar el trabajo? ¿Por qué, en cierta medida, el convertirse alguien en monstruoso insecto no aterra a su familia? Kafka apela a la reinvención de lo cotidiano y va más allá de la razón, que ya está moribunda, e indaga con otros mecanismos la condición del hombre en medio de la ruina ilustrada.

El estallido de la segunda conflagración mundial alerta al hombre sobre cómo se perfecciona la caída de la existencia en un abismo sin fondo. No hay salvación posible. La humanidad desaparece en campos de concentración, en bombardeos y estallidos nucleares. La razón, pulverizada, no es más que un elemento arqueológico. Y en esta perspectiva, un poco sombría, hay que aceptarlo, la literatura de Albert Camus (por no hablar, por ejemplo, de la de Jean Paul Sartre, en el caso francés) atiende a la enorme preocupación de qué le espera al ser humano después de ocupaciones y cataclismos. ¿La humillación? ¿El despojarse de cualquier sentimiento de solidaridad e incluso de piedad?

El absurdo, como aquella expresión opuesta a lo convencional, emerge en las letras para preparar otro terreno propicio a la reflexión, como un modo singular de abrir más las heridas que la guerra (que es una sinrazón) y los demonios de la irracionalidad han causado en la pobre humanidad. El extranjero, verbi gracia, es una muestra de la absurdidad. Y ya en esta novela de juventud (del siempre joven Camus), el escritor argelino sugiere un asunto (Mersault lee un recorte de periódico con la noticia de un extraño asesinato) que desarrollará en una obra de teatro, que, por otra parte, parece ser mejor leída que representada: El malentendido.

Basado en un hecho real sucedido en Checoslovaquia, el escritor, ensayista y dramaturgo pone al lector (o al espectador) en una posición de incomodidad, en un mundo sórdido en el que los sentimientos (por ejemplo, maternales, fraternales, la amistad) caen a un segundo plano, pierden importancia, frente a un mundo atravesado por la individualidad del dinero y la desesperada consigna de “sálvese el que pueda”. El malentendido, entonces, es una obra del absurdo, de la pérdida de la razón, frente a un sentimiento de soledades y de inopia mental.

Escrita en 1943 (y montada por primera vez en 1944), durante la guerra y la ocupación nazi de Francia, la obra acaece en alguna parte de un país de la vieja Europa, con cinco personajes: La madre, Marta, Jan, María y el viejo criado. Las dos primeras, son dueñas de un albergue, y hasta allí llega un día Jan, que es un hombre de dinero y que es observado por las hoteleras como una probable víctima, otra más que caerá bajo su emboscada, con bebedizo y arrojamiento del cuerpo a un río helado.

Jan, casado con María, ha vuelto después de muchos años para reconocer a su madre y hermana, para hacerlas felices, para darles dinero, tras una ausencia larga que provoca que ellas no lo reconozcan de inmediato. Ni siquiera su mamá es capaz de ver en Jan al hijo pródigo.

Los diálogos entre la Madre y Marta ya tienen la presencia inveterada del desprecio hacia la vida, del absurdo que significa existir. “Es más fácil matar lo que no se conoce”, dice la mamá a su hija, que se mostrará durante la obra (en tres actos) como una mujer sin grandes sentimientos, seca, pragmática y distante. Ambas ya saben que el visitante tiene “cara de víctima” y también que “matar cansa terriblemente”. En la medida en que el lector (espectador) avanza, se encontrará con frases tremendas como “la vida es más cruel que nosotras”.

Jan, por su parte, que deja a María en otro lugar, mientras él se hospeda donde su madre y hermana, que no lo identifican sino cuando ya es tarde para que el hombre continué con vida, llega a resolver, o, de otra manera, a “pagar” su aparente culpa de haberlas abandonado. Y él mismo, sin presentarse, va tejiendo su destino final, al modo de una tragedia griega. “No es posible seguir siendo un extranjero”, se dice en su decisión de reencontrarse con su país y “hacer felices a los que amo”.

En un momento, Marta y Jan sostienen una suerte de discusión, entre filosófica y de puro pragmatismo de quien maneja como dueña un hospedaje y el que quiere trascender su condición de cliente (o de huésped). Se establecen límites y requisitos. “Si es usted rico, está bien. Pero no nos hable más de sentimientos. No tenemos nada que hacer con ellos”, le dice Marta.

En el drama, el espectador-lector irá preguntándose si no sería más fácil que Jan (que se ha registrado con otro nombre: Karl Hasek) proporcionara a las señoras su verdadera identidad, pero entonces, claro, no habría obra. Ni absurdos. Ni crímenes. Ni discurso en torno a la soledad. Ni expresiones de culpa. Ni remordimientos. Como el de la madre que expresará que no ha reconocido a su hijo y lo ha asesinado: “¿Qué significa el dolor para una asesina?”. Además, Jan parece carecer de las palabras suficientes para decirles que las quiere llevar a otra parte.

Para el criminal (para Marta, para la madre), su acto lo convierte en solitario, en un ser que con la repetición de sus asesinatos, ya tampoco puede con la vida, en medio de un creciente desamparo frente a un mundo que no parece tener paisajes. Ni horizontes. Ah, y ¿qué representa el viejo criado que jamás habla, pero observa? El malentendido tiene momentos en que se nota el cansancio existencial, la absurdez de vivir sin certidumbres, la imposibilidad de luchar contra el destino. Y la pérdida del asombro. Hay un río que espera a los muertos, como aquel del inframundo griego, que conducía al olvido. Y hacia allá andan los personajes de esta inquietante obra de Camus.

El malentendido, Albert Camus. Traducción Aurora Bernárdez y Guillermo de Torre. Obras, 2. Alianza Editorial.

Escena de El malentendido (tomada de internet)

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