Néstor Marconi, el arte del bandoneón

(Dirigió la orquesta juvenil de tango de Medellín en memorable concierto de homenaje a Gardel)

Por Reinaldo Spitaletta

Ahí está el que puede ser el último gran bandoneón de los grandes del tango. La luz de los reflectores ilumina su cabeza, en parte calva, en parte con mechones canosos, con el bandoneón en sus rodillas. Atrás, la Orquesta de Tango de la Red de Escuelas de Música de Medellín, mientras los acordes de una composición de Arolas se riegan por el teatro.

Néstor Marconi, de setenta y tres años, parece flotar mientras toca. Hace gestos de estar gozándose la interpretación, como una especie de coito con el arte. Hay silencio en la concurrencia. Está en el escenario un músico de traje y camisa oscuros, solo, introduciendo un concierto de homenaje a Carlos Gardel en los ochenta años de su muerte de fuego en Medellín.

Y de pronto, suenan los “¡bravo!” de la gente. Ahora, el maestro deja a un lado su instrumento, que empezó a estudiar a los diez años de edad, cuando su padre le regaló uno, negro, “lindo”  (así lo calificó alguna vez en una entrevista), en Álvarez, cerca de Rosario, Argentina. Y entonces con una pequeña batuta se pone al frente del atril y de la orquesta juvenil, que va interpretar durante hora y media piezas de Astor Piazzolla, Aníbal Troilo y algunas clásicas de Gardel, incluido el primer tango que el Zorzal cantó: Mi noche triste.

Marconi, que nunca había estado en la que sí es, según él, la segunda capital del tango, llegó el día en que se cumplían los ochenta años de la muerte de Gardel. Su misión: dirigir la orquesta juvenil de tango de Medellín, con orquestaciones del bandoneonista y director, que integró formaciones de José Basso, Enrique Francini, Horacio Salgán, Héctor Stamponi, Atilio Stampone y Astor Piazzolla, entre otras. Y que acompañó a uno de los últimos monstruos del tango-canción: Roberto Goyeneche.

En el primer ensayo, Marconi logró que los muchachos soltaran lo mejor de sí, “cosas increíbles”, y apreció las cualidades de la pianista, el contrabajista y el primer violín.  “pero lo más simpático es que los más jóvenes, se han enganchado con los efectos y golpes del tango. Es un fenómeno”, dice entre risas, vestido con una camiseta oscura, a rayas, en una saloncito de hotel.

Marconi, que ha viajado por casi todo el mundo, que dirigió la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto y la Orquesta de Tango Emilio Balcarce, advierte que quiere seguir aprendiendo y aspira a que los jóvenes tengan lugares para mostrar su talento. “No me doy por vencido. Todavía falta mucho en mi trayectoria; por eso sigo trabajando, estudiando, componiendo, dirigiendo, orquestando hasta el final”.

Cuando anda por una calle, Marconi no está silbando, como lo hace (o hacía) tanta gente en Buenos Aires, sino pensando en acordes, armonías, alguna orquestación, una manera de que su música suene bien. Y claro, seguro a veces se le vendrá de súbito alguna letra de tango, como Sus ojos se cerraron, que le sigue pareciendo impresionante; o como Naranjo en flor, que es uno de los del tango-canción que más le gustan. “Yo prefiero el tango instrumental, pero no podemos obviar ciertas letras, como la de El día que me quieras”.

Y a propósito, ya están muy lejos los días en que un músico o intérprete de tango no podía caminar tranquilo por Buenos Aires. Eran los años sesenta, y entonces la Nueva Ola y el Club del Clan arrasaron y exiliaron al tango. “Si a uno le veían con un bandoneón o una guitarra por la calle lo menos que le tiraban era piedra”, recuerda.

—¿Qué representa para usted Astor Piazzolla?

—Fue uno de los grandes. El que marcó un antes y un después del tango. En otro tiempo, hacer arreglos avanzados, romper con el clasicismo y las convenciones, era muy difícil. El tango entró a muchos países por Piazzolla, como pasó con Gardel, o con el baile. De él me gusta mucho lo de antes: Adiós Nonino, Prepárense, Lo que vendrá, Triunfal… Piazzolla, en una escala de uno a diez, hizo nueve cosas buenas; la mala, es que dejó una legión de imitadores. Hay una repetición en Buenos Aires de las secuencias rítmicas piazzollianas.

—¿Y en ese sentido usted qué hace?

—Yo sigo buscando. No sé si lo logro. A veces, retorno a cosas clásicas. Alguien decía que para criar a los nietos no hay que matar a los abuelos… Siempre es bueno volver al jazz, al folclore, los clásicos, Stranvinski, Ravel, Berg, Mozart… Yo vengo a Medellín a hacer un homenaje a Piazzolla, Troilo, Arolas y Gardel.

—¿Quién es para usted Horacio Salgán?

—No es nada nuevo lo que voy a decir: el más grande pianista del tango.

—¿Y Goyeneche?

(Suspira, hay un leve estremecimiento en Marconi)

—Con el Polaco fue una hermosa historia. Tantas experiencias, en Caño Catorce, en el Club del Vino, en el Café Homero, en Europa y Japón. Era una maravilla como cantante; después, con los años, un gran decidor. Que si la voz era clara o no, era un decidor como nadie. Yo no lo acompañaba, dialogábamos. Había ideas nuevas, improvisación. Siempre salían con él cosas lindas. Sin ser él músico, era muy intuitivo y musical.

En junio de 2012, a Marconi le desvalijaron su casa de Olivos. De todo lo que se llevaron, lo que más le dolió fueron dos de sus cuatro bandoneones. Y en especial uno con el que siempre daba los conciertos y recitales. “Era como una extensión o continuidad de mi cuerpo”. Nunca aparecieron y el golpe afectivo ya lo asimiló, según dice.

Marconi, que ama a Pedro Laurenz, Aníbal Troilo, Leopoldo Federico y Astor Piazzolla, sin imitar a ninguno, tiene una vasta historia en el tango, pero también experiencias distintas al género, como han sido sus interpretaciones con la pianista clásica argentina Marta Argerich; en orquestas sinfónicas y su participación en la orquesta de Don Costa, compositor y director, acompañante de Frank Sinatra. Participó en la película Sur, con Roberto Goyeneche, dirigida por Fernando Pino Solanas.

—¿Cuál es la letra de tango que lo mata?

—Ah, todas son interesantes. Hay tres autores, Homero Expósito, Homero Manzi y Cátulo Castillo, con letras como Naranjo en Flor, A Homero, El milagro, Sur; y Le Pera, con Sus ojos se cerraron. Gardel, en la película, lo canta con un desgarramiento doloroso.

—¿Y su tango instrumental?

—Ah, usted sí hace unas preguntas… Son muchos los temas que me gustan. Muchos de Piazzolla; Responso, de Aníbal Troilo… Troilo no tiene muchos instrumentales, pero los temas cantados de él, como María, Sur…,  era un gran melodista. Tendría que hacer una lista y terminaría mañana (risas).

Marconi, hincha de Independiente de Avellaneda, es un ser inspirado. Dice que ni al hacer una comida, ni al comer, ni al caminar puede faltar ese ingrediente, la inspiración, y en mayor medida en el arte. Se siente cómodo como solista, en duetos, tríos, en quintetos, octetos, en orquestas, “y componiendo y orquestando y dirigiendo”.

—¿Hay muchas promesas del bandoneón en Argentina?

—Lautaro Greco, Renato Venturini, más jóvenes; y Federico Pereiro y Carlos Corrales, un poquito mayores. Hay una tanda de muchachos que habría que cortarles las manos para que esperen a que desaparezcamos nosotros (se ríe a carcajadas).

Ahí está el rosarino Marconi. Despliega y encoje el bandoneón. Está interpretando Sur, de Troilo y Manzi. Luego, y sin que el instrumentista pare, entra el cantor Marcelo Tommasi y comienza a vocalizar La última curda, de Cátulo Castillo y Troilo. Después, viene un potpurrí de piezas de Piazzolla, y el concierto de homenaje a los ochenta años de la muerte de Carlos Gardel, en Medellín, entra en la recta final con una selección de títulos de Gardel y Le Pera.

Después, el teatro se para en pleno. Una ovación. La gente pide más. Y entonces Marconi, que está dirigiendo una orquesta de muchachos de Medellín, con tres bandoneonistas, uno de ellos argentino, complace al público y advierte que va Mi noche triste (“y que esta no sea triste”, dice), de Samuel Castriota y Pascual Contursi, y que ya no hay más en el repertorio. Hay risas. Cae el telón de la noche gardeliana.

Néstor Marconi, uno de los últimos grandes bandoneonistas argentinos. (Foto tomada de internet)

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Ocho preguntas al escritor y periodista Reinaldo Spitaletta

N.B. El profesor Óscar Jairo González, de la Universidad de Medellín, me envió un cuestionario a propósito de la publicación del libro “Las plumas de Gardel y otras tanguerías”. El periódico El Mundo, de Medellín, publicó una versión de las preguntas y respuestas. Por considerarlo de interés para los lectores del blog, reproduzco el material.

  1. ¿Cómo se dio y se formó en usted la necesidad de escribir este libro y por qué?

El libro Las plumas de Gardel y otras tanguerías, editado por Tragaluz Editores y la Alcaldía de Medellín, es una compilación de algunas crónicas y reportajes sobre tango que escribí en otros días. Solo son trabajos en esos dos géneros periodísticos. En el libro no incluí ensayos (algunos sobre tango se publicaron en los libros Escritores en la jarra, en el que incluí uno titulado Borges en tiempo de tango, y en Historias inesperadas, en el que se sumaron varios sobre Aníbal Troilo, Roberto Goyeneche, Horacio Ferrer y Astor Piazzolla). En este libro recojo aspectos de una ciudad (Medellín) que ya no existe, y algunos de los personajes que allí aparecen, tampoco están más. También se retoman algunos aspectos de Buenos Aires, Argentina, sobre todo de su noche tanguera. Me pareció que era necesaria una recopilación porque, creo, puede ser un texto de arqueología urbana y una memoria de ciudad.

  1. ¿Por qué lo titulo “Las plumas de Gardel y otras tanguerías”, qué efecto o no buscaba causar y causarse?

El título es el mismo de una serie de tres reportajes que hice en 1999 al médico Jaime Rodríguez Estrada. Cuando él era estudiante de Medicina en la U. de A., en segundo año, le correspondió “arreglar” el cadáver de Gardel. Las revelaciones que en la serie hizo el señor Rodríguez eran desconocidas. Mejor dicho, reveló asuntos que sobre el cadáver de Gardel nadie sabía. Bueno, por eso el título del libro, como el de la serie periodística. Al leer el texto se sabrá por qué lo de las plumas, pero no es nada hermético o esotérico. Lo de “otras tanguerías” es porque el libro no es solo sobre Gardel, sino que aparecen otros personajes y lugares de tango.

  1. ¿Nos podría decir en qué momento se fue formando su visión del mundo de escritor y su escritura, dominada por Gardel y el tango?

El tango en mi existencia (y es un género muy existencial) llegó por ósmosis. Nací y crecí en una ciudad obrera, llena de cantinas. En cada esquina había una, con su respectivo Wurlitzer o Seeburg, que molía tangos de día y de noche. El tango sabe esperar a los jóvenes, y cuando uno empieza a tener recuerdos o alguna decepción, entonces entiende que hay un género tremendo que habla de esos aspectos (y de otros). Y ya estás atrapado, sin pensarlo. Ah, y en casa, mamá cantaba muchas canciones, entre ellas, Silencio (lo dramatizaba y hasta se le derramaban lagrimones cuando lo hacía), y papá, que era un hombre del Caribe, cantaba muy afinado tangos de Gardel (el que más le gustaba era Melodía de arrabal). Quizá en algunos temas de mi escritura, el tango pudo influir, y es en el del barrio. Hay miles de tangos que se refieren al barrio (y no en asuntos catastrales o de planeación). Y uno de los avatares de mi escritura (tanto en periodismo como en literatura e historia) es el barrio.

  1. ¿De qué o desde dónde hay aquí en lo que escribió una relación entre la historia y la realidad concreta y por qué quería relevar esa relación?

Lo dicho. Esta recopilación (en la que como es normal quedaron por fuera algunos reportajes y entrevistas) tiene que ver con asuntos de la ciudad, con memorias, con bares y teatros, con gente que por diversas razones gusta o gustaba del tango, de sus misterios y poesía. Reunidas en libros toman otra dimensión, en la que ya hay sentido de lo histórico, de representaciones urbanas, de nombres y símbolos. Es un libro-documento. Puede servir como fuente a historiadores y antropólogos y otros interpretadores de la realidad.

  1. ¿Para su literatura, qué ha marcado y qué no ha marcado Carlos Gardel y el tango?

En mis novelas y cuentos, no hay mucho tango, aunque hace tiempos publiqué un libro de cuentos titulado “El último día de Gardel y otras muertes”, en el que Gardel es un malevo de Bello que se creía una reencarnación del cantor y tenía una pinta brava. El tango es una de las creaciones de música popular más elevada, es patrimonio de la humanidad y los temas del denominado tango-canción son los mismos de la literatura (la soledad, la muerte, el desamor, las altas y bajas pasiones, el desencanto existencial, la vida…). Carlos Gardel es una de las figuras de la cultura popular (el término ha sido muy manoseado) más elevada. Es un ser hecho de historia y mito.

  1. ¿Por qué considera que el Gardel y el tango se relacionan con la literatura y por qué sí o no?

La vida y la muerte de Gardel son novelescas. Cinematográficas. Creo que ya hay abundancia de obras sobre el Zorzal, como personaje central o como pretexto. Y sobre Gardel se continuará escribiendo. El tango y la literatura se han influido entre sí. Unas veces, esta ha dado temas al tango (ya sabemos todo lo que influyeron en letristas de tango Rubén Darío, García Lorca, Amado Nervo, los poetas malditos franceses, Baudelaire, algunos surrealistas, etc.), y el tango en la literatura (Tomás Eloy Martínez, Roberto Arlt, Cortázar, Borges, Sábato, Onetti, Benedetti, Pérez-Reverte, Camilo José Cela, Manuel Mejía Vallejo…).

  1. Al interesarles a Cortázar y a Sábato el tango, y llevarlo de cierta manera a su literatura: ¿Podrías decirnos sí su interés por el tango tuvo o no que ver con las lecturas de ellos y como los leyó en esa dimensión estética del tango que ellos le dieron?

Los tangos que escribió Cortázar no reflejan el talento y profundidad de este escritor. Son desechables. Pero el género sí está presente, y de qué manera, en sus obras, en particular en Rayuela. Sábato, que hizo ensayos extensos sobre tango y algunas letras para tangos, es parte de la cultura del tango. Leí a Cortázar y a Sábato (y a muchos otros escritores argentinos y uruguayos) por razones distintas a mi gusto por el tango.

  1. ¿Qué significan y que le dicen hoy a usted, Gardel y el tango, por qué le son esenciales a su vida creadora?

El tango sigue siendo un campo abonado para la imaginación, la creatividad, la vida cotidiana, el conocimiento de algunos aspectos del ser humano. Pero, en mi caso, no es esencial en mi pequeño territorio literario (que se reduce a la familia, el barrio, la ciudad). Ah, y ya Gardel vivió y escribió con fuego (y con su voz) la novela de su vida. Yo no escribiría una novela sobre un tipo que es pura literatura.

(Medellín, 27 de junio de 2015)

Gardel, a ritmo de candela

(El accidente, los dientes del Zorzal y el viaje hacia la gloria)

Por Reinaldo Spitaletta

La temperatura era primaveral (hacia las dos y treinta de la tarde, veinticuatro grados centígrados) en Medellín, el 24 de junio de 1935. Día brillante. Cielo azul. En el campo de aviación Las Playas (todavía nadie se acostumbraba al nombre oficial de Olaya Herrera), ya estaban dispuestos dos trimotores Ford, uno de la compañía colombo-alemana Scadta y otro de la Saco (Servicio Aéreo Colombiano), para su próximo despegue.

El F-31, de la Saco, piloteado por el colombiano Ernesto Samper Mendoza, de 33 años, con 12 personas a bordo, comenzó su carreteo hacia el sur por la pista destapada, de tierra y cascajo, del aeropuerto a las 14:43 (y aquí el tiempo, ese que algún poeta calificó como “la única verdad”, comienza a ser relativo), transitó unos cien metros. Después, se volvió para tomar impulso. Unos cañaverales sembrados en el campo de aviación se mecían. Había viento cruzado, suroeste, sostenido y alto.

De súbito, el avión de Saco se desvió de su ruta terrenal y colisionó con el Manizales, que estaba listo para emprender sus maniobras preliminares de despegue. Tras el choque, hubo una especie de silencio de espanto, tal vez más en los que atestiguaban el histórico accidente, que en los que ocupaban los trágicos aviones. El impacto invirtió las naves. El Manizales quedó ligeramente por debajo del de Saco. Del F-31 escaparon por las fisuras que tenía el fuselaje, en la parte trasera, varios pasajeros.

Y tras el instantáneo silencio, el incendio se desató. Algunos espectadores se tapaban la boca para contener los gritos. Las llamas no permitieron a nadie acercarse a menos de cincuenta metros de la conflagración. Ahí, en medio de las lenguas de fuego, se achicharraba el Rey del Tango, Carlos Gardel, que once días atrás se había presentado en el Circo Teatro España, en tres funciones el 11, 12 y 13 de junio, con un éxito de taquilla quizá antes jamás registrado en Medellín. Los boletos costaban así: Palco, un peso;  Luneta, sesenta centavos; y General, veinte centavos (en aquellos días, un dólar se cotizaba en un peso y ochenta y cuatro centavos).

El piloto del F-31, Samper, que como caso curioso tenía dos mascotas de nombre Whisky y Soda, había llegado temprano a Medellín. Se fue al Club Unión a desayunar, y en el avión a su mando que debía partir hacia Cali en la tarde, y que desde Bogotá pilotaron dos norteamericanos, solo tenía diez horas de vuelo. Cuando chocó su aparato contra el Manizales, el avión donde viajaba Gardel apenas levantó la cola en los primeros metros del carreteo y después se asentó. El piloto, que murió al instante, se encontró tras el accidente aferrado a la palanca de comando de la aeronave.

Se podría decir que el tiempo se detuvo en el momento del accidente. Gardel comenzaba su viaje hacia el mito y hacia la historia. Su reloj se frenó en las tres y siete; el de otro pasajero, en las tres y diez, mientras el del F-31 se paró a las tres y treinta  (tal vez, como señaló un médico forense, siguió andando hasta que el incendio lo dañó).  A los siete minutos del desastre, los bomberos arribaron al lugar. Y el incendio lo controlaron veinte minutos después. La temperatura en la ciudad seguía siendo agradable.

Cuando Gardel se embarcó en el F-31 en Bogotá, vestía un traje oscuro, sombrero gris tipo Orión, bufanda de seda, abrigo café, chaleco de cuero con forro de seda, relleno de plumas.  Su cadáver se halló en posición decúbito ventral bajo las válvulas de un motor. Su pasaporte, que se encontró casi intacto, protegido por el chaleco, decía que nació en Tacuarembó, Uruguay, de 48 años, nacionalizado argentino. Entre sus pertenencias, estaba una cadena de oro con la inscripción “Carlos Gardel-Jean Jaures 735-Buenos Aires”, que contribuyó a su identificación lo mismo que el estado de sus dientes.

Y en este punto viene el cuento de la dentadura. Tenía algunas piezas de oro, metal que resiste las altas temperaturas. Un estudiante de Medicina de la Universidad de Antioquia, de segundo año, Jaime Rodríguez, al que le correspondió “arreglar” el cadáver del artista se quedó admirado con los dientes áureos, porque él los había visto en los “montañeros” de Medellín, que se hacían forrar su dentadura en oro para enamorar a las muchachas. Una sonrisa dorada daba para seducir a la chica más difícil.

Mucho tiempo después del accidente de Medellín, por distintas partes de la ciudad y poblaciones vecinas, hubo avivatos que feriaron los “dientes” del cantor.  El mito daba para todo. Uno de ellos, se dice en las consejas populares, llegó a vender unas tres mil piezas dentales del Rey del Tango. En Bello, por ejemplo, donde para los años cuarenta ya estaba la presencia de “teguas” o dentistas empíricos,  los presuntos dientes de Gardel circularon por distintos gabinetes dentales. Así que Carlitos pudo haber tenido más dientes que el pez gato.

Pero, de otro lado, en la preparación del cadáver, porque no hubo en rigor una autopsia, no se habló por ninguna parte de otra “señal particular” del Morocho del Abasto. En  1915, al salir del Palais de Glace, en Buenos Aires, Gardel se enfrentó en una gresca con un tipo de nombre Roberto Guevara, que desenfundó un revólver (se cree que calibre 32) y disparó. La bala se alojó en el pulmón izquierdo. Los médicos del Hospital Ramos Mejía (para entonces se llamaba San Roque) diagnosticaron que no había necesidad de extraerla, porque se enquistaría con el tiempo. Y así sucedió. El proyectil permaneció allí hasta su muerte de fuego en la antigua Villa de La Candelaria de Medellín.

Como curiosidad, en la misma ciudad de Bello, para los años cincuenta una urbe obrera, en la que el tango se escuchaba en las pianolas de los cafetines, un vendedor de helados, al que apodaban Rinvía, cantaba, mientras iba sonando las campanitas de su carrito blanco y frío, una parodia compuesta por él y basada en una canción popular de Cuba: Las pelotas de carey. Se la dedicó al Zorzal Criollo: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Colombia pa’ tener recuerdos d’él”.

Velación y entierro

En Medellín, con ciento sesenta mil habitantes en 1935, el suceso trágico del Olaya Herrera, el 24 de junio, en el que pereció, entre otros, el fundador del tango-canción, marcó su vida cotidiana que ya no era de monotonías y otros bostezos. Un accidente aéreo era, cómo no, un acontecimiento fuera de lo común. Y que en el mismo hubieran muerto varios extranjeros, le conferían al evento unos ribetes de mayor drama.

Tal vez sus habitantes no vislumbraban todavía que la ciudad iba a ser parte de la historia del tango. Y aun de la aviación. Tras la rápida “medio necropsia” a los cadáveres,  los cuerpos de Carlos Gardel, Celedonio Palacio, Alfredo Lepera, José C. Moreno y Guillermo Barbieri, se velaron en la residencia del sacerdote y doctor Enrique Uribe Ospina, situada en lo que hoy corresponde al edificio La Ceiba, enseguida del edificio Gonzalo Mejía, en el que estaban el Teatro Junín y el Hotel Europa. En este se hospedó Gardel en su paso por la Villa.

El gerente del Teatro Junín había ofrecido el vestíbulo de la sala de cine para la velación de Gardel y los otros cadáveres. Sin embargo, el presbítero Uribe Ospina, que había escuchado por la Voz de Antioquia (emisora que con el reportero Antonio Henao Gaviria  transmitió desde el campo de aviación las incidencias de la catástrofe) el ofrecimiento, cuando llegaron con los cuerpos decidió prestar su casa, porque le pareció que era más digno el lugar.

La noche del velatorio aparecieron allí algunos masones. Tenían referencias de que el cantor había sido miembro de esa fraternidad. Sin embargo, ante la petición del clérigo de que demostraran el aserto, los fracmasones se retiraron. Al día siguiente, Gardel, en un féretro metálico, fue llevado a la iglesia de La Candelaria, y tras las exequias, cuatro artistas de la compañía de comedias españolas de Marina Uguetty, que por entonces estaba de gira en Medellín, cargaron el ataúd en hombros. Hasta el cementerio de San Pedro, los acompañaron cien automóviles con flores y un cortejo de gentes dolidas y expectantes.

El féretro se depositó en el local 34 de la Galería de San Pablo Norte, bóveda número dos, orden 8557 (un número que de seguro los supersticiosos pueden jugar en loterías y otras apuestas), donde permaneció hasta el 18 de diciembre de 1935, cuando se realizó la exhumación para enviar sus restos a Buenos Aires, en un largo periplo que lo desembarcó en la capital argentina el 5 de febrero de 1936.

El viaje con los restos de Gardel, en tren desde Medellín hasta Buenaventura, duró seis días. En Supía permaneció el 20 de diciembre, y de allí hubo que recorrer caminos de herradura con el ataúd en hombros. Una novela de Fernando Cruz Kronfly, La caravana de Gardel, y una película, basada en la obra del escritor caleño, dan cuenta del último viaje del Zorzal.

Una foto aérea, tomada por Obando desde un avión de Scadta, muestra los restos de las dos aeronaves en el aeropuerto de Las Playas. El cañaveral que había junto a la pista, fue cortado poco después del siniestro. La muerte de Gardel en Medellín significó el nacimiento de un mito, pero, a su vez, el de una figura trascendental de la cultura popular, que, de acuerdo con lineamientos que hace tiempos trazó la Academia Porteña del Lunfardo, hay que sacar del anecdotario para ponerla en sus dimensiones históricas.

(Escrito en Medellín, el 24 de junio, a los ochenta años de la muerte de Gardel)

De tetas y otros escándalos

Por Reinaldo Spitaletta *

Por estos breñales, donde el complejo de Edipo llegó, en otros días de efervescencias y calores, a puñaladas, puños y balazos por una “mentada de madre”, las tetas tienen distintos significaciones: desde un símbolo de maternidades y ternuras lactantes, hasta los de la creencia (muy irrigada, por cierto, en mentalidades de mercadeo rápido y narcocultura), de que “sin tetas no hay paraíso”.

El cuento es que hubo momentos, dentro de  lo que hoy se denomina la “narcoestética”, en que las muchachas para enamorar pillos y otros sujetos de baja estofa, acudían a los postizos, a la cauchería de quirófano, que incluso ha conducido a casos mortales y a la instalación de clínicas de pacotilla. Y estos preliminares tienen que ver con varias “colombianadas”: una, la ya muy popular, agrandada por redes sociales, de “usted no sabe quién soy yo” y todas sus variaciones; y otra, la del escándalo que protagonizó una muchacha al lado de su padre, que insultó y agredió a autoridades de tránsito, y ahora una revista de frivolidades comenzó una cruzada para que sean los lectores quienes decidan si aparece en sus páginas.

En tiempos en que la estupidez es mérita, aupada por el empuje devastador de redes sociales y otros medios de comunicación, es fácil ser “estrella” de farándula. Inclusive, sin que se esté buscando ser parte de la constelación de tontos. No sé si la muchacha, protagonista del escándalo en Medellín, haya ahora convenido en que sí quiere ser parte de las invitadas a empelotamiento de parte de la revista; pero, según algunas respuestas dadas por los presuntos lectores de la misma, sí sería conveniente, “ya que tiene unas glándulas mamarias deliciosas”, según uno que contestó al llamado.

La muchacha de marras, que ya todo el mundo sabe quién es, hace parte de las secuelas de un complejo social (¿de superioridad?, ¿de inferioridad?) conectado con el facilismo y lo trivial. El conocimiento no importa; solo interesan la imagen y todas las variantes de una suerte de narcisismo, impulsadas desde hace rato incluso por los políticos (o politiqueros). La chica del escándalo, motivo de matoneos, burlas y cuestionamientos en diversos ámbitos, se tornó en figura nacional. “Ya que no tiene cerebro, conozcamos sus tetas”, señaló uno que desea verla en el magazine.

Muchas mujeres, que van más allá de la apariencia, cuestionan la utilización del cuerpo femenino como mercancía, como motor de publicidades y como una especie de vulgar señuelo de mercadeo.  Y se oponen a la degradación que estas actitudes entrañan. Advierten, a su vez, según se ha visto en las mismas redes sociales, que tener unas tetas lindas y caderas despampanantes  no autoriza para violar la ley, como en el caso de la pelada de Medellín.

El “colombianismo” de “usted no sabe con quién se está metiendo” se disparó desde la irrupción de los carteles mafiosos, aunque las élites tradicionales también lo habían introducido. A veces, con textos de “buen tono” y manuales de urbanidad. La muchachita a la que hoy muchos quieren ver desnuda en una revista, en caso de ir a juicio por sus agresiones a la autoridad, pudiera salvarse como le sucedió a la hetaira Friné, modelo del escultor Praxíteles, a la que la divina Afrodita le enseñó el camino de los placeres.

Como se recordará, la hermosa griega fue acusada de impiedad, porque se ponía a la altura de la diosa del amor, la fertilidad y la belleza. En el juicio, el defensor no conmovió a los jueces, por lo que la dama apeló a desnudarse ante ellos. Y todos a una la absolvieron, porque no podía privarse al mundo de tanta belleza.

Bueno, aquellos eran antiguos tiempos. Y ahora ese tipo de destapes no conmueve a los jueces. Y en estos días de ligerezas, la empelotada debe ser frente a fotógrafos de revista, que dan rápida fama y algunos billetes. Decía Umberto Eco que las redes sociales han promovido “una invasión de imbéciles”. Puede ser. Lo que sí es evidente es el reinado de la superficialidad y el realce de lo frívolo.

Y volviendo al edípico complejo, la “mentada de madre” ya no da para tantas puñaladas. En estas montañas, se volvió elogiosa (como bien lo demuestra Sancho en el Quijote) y todo según el tono en que se pronuncie.

*(Originalmente, se envió como artículo al diario El Espectador (columna Sombrero de mago)

Pantaleón visita la selva lujuriosa

(Una novela de Vargas Llosa con putas y santones milagreros)

Por Reinaldo Spitaletta

“Despierta, Panta” (así comienza y termina la novela), Pantaleón, Pantita, Pantoja, Pan-Pan, teniente devenido en capitán del ejército peruano, despierta, Panta, que el mundo es más que tus sueños de grandeza, que tu vocación de servicio, que tu hoja de vida impecable, que se oscurecerá. Pantaleón y las visitadoras, publicada en 1973, con una primera edición de cien mil ejemplares, del entonces niño terrible de la literatura latinoamericana, que ya era Boom, y del hoy Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, es una sátira que recuerda a Swift, pero también a Joyce y a Puig, y muestra a un autor pleno de recursos narrativos, con una técnica que no hace ninguna concesión al lector.

Basada en hechos reales sucedidos en las selvas amazónicas peruanas, la obra es una suerte de alucinación, una mixtura de santones y putas, de soldadesca y chulos, con ríos y mosquitos, que por momentos evoca aspectos de La Vorágine o de algunas narraciones de Horacio Quiroga. Y es un torrente verbal, con diálogos yuxtapuestos, con superposición de planos narrativos, en los que el lector, que debe estar muy atento, va saltando de situaciones, hasta sin darse cuenta estar inmerso en una orgía de palabras y acontecimientos.

Pantaleón Pantoja, su esposa Pochita y su madre Leonor, aparecen en primer plano y luego un crucificado que anuncia el fin del mundo, son las primeras imágenes de una novela rica en contrapuntos, en matices y en personajes. Y en las primeras de cambio, se anuncia que los soldados están abusando de las mujeres. Soldados violadores. Soldados con la libido alborotada, que no se detienen en morales ni en honores, y arrasan con muchachas, que además de la arbitrariedad padecida, quedan embarazadas. La solución no está en los matrimonios a la fuerza, sino en apaciguar las ganas, la arrechera de la tropa y sus desbordamientos “por  la maldita falta de hembras”.

Tanta es la escasez a la que se someten, que algunos hacen vida marital con monas, porque, como lo advierte un general, “la abstinencia nos trae una corrupción de los mil diablos”, aparte de desmoralización, apatía y otros nerviosismos. ¿Qué hacer? Y en esta parte es cuando Panta Pantita, el impecable joven militar, será enviado al Amazonas, con su mujer y madre, con una misión secreta, increíble, que no durará mucho en la clandestinidad, porque en pueblo pequeño todo se sabe.

Su rol, en el que además desaparecerán sus charreteras y uniformes, es el de organizar un servicio de visitadoras para que calmen las urgencias sexuales de los soldados. Y aquí entonces se puede apreciar que además de sus valores literarios, la novela (cuya temporalidad ficcional es de tres años, de 1956 a 1959), publicada en tiempos de dictaduras militares y otros desafueros, tiene una plusvalía política. Es una especie de farsa, plena de risas e ironías, con cuestionamientos a la institución castrense, pero, en otras dimensiones, a los fanatismos religiosos, impulsados por sectas apocalípticas, que en la obra tendrán una figura como el Hermano Francisco, que en su arrebato místico se cree un redentor. En su práctica de milagrerías, no solo se crucificarán animales, sino seres humanos, como el niño-mártir, que también, con estampitas y oraciones, se transmutará en ser santificado por la masa.

Pantaleón Pantoja, que creía que su destino era Lima, aparecerá en Iquitos, donde organizará prostitutas, además de sus “cafiches” o chulos, para que presten sus servicios de lujuria al ejército. Y con su inexperiencia, pero, a su vez, con sus ganas de convertirse en héroe, se paseará por sitios de putañería, se conectará con proxenetas y casi sin darse cuenta estará sumergido en una riada incontenible de hechos que, a la postre, serán su perdición. O su degradación.

En Iquitos y pueblos adyacentes, la prostitución domiciliaria, ambulante, ejercida por falsas lavanderas, ya ha incorporado una cultura de la venta de servicios sexuales. Pero lo que montará Pantoja es un aparato tremendo de barraganas que en largas jornadas harán que los soldados dejen de estar pensando en violaciones o en actos de zoofilia. Sin embargo, habrá un telón de fondo: el Hermano Francisco, que llegó del Brasil y en la Amazonía es “más famoso que Marlon Brando”, funda una religión: los Hermanos del Arca.

La novela, que utiliza además de la yuxtaposición de diálogos, partes militares, informes, inventarios, cartas, y al final de la misma, transmisiones radiales, reportajes de prensa y discursos, incluida una epístola del santón, hace un recorrido por las culturas y creencias populares (también por la gastronomía), como es el caso, por ejemplo, del bufeo colorado, delfín fluvial, de electrizantes facultades afrodisíacas. Y utiliza símbolos de colores, como el barco Eva, pintado de verde, y el hidroavión Dalila, rojo. Selva y pasión en una mezcla explosiva.

La aparición en escena de una irresistible prostituta, que había ejercido en Manaos, le dará un giro inesperado a la obra. La Brasileña, Olga Arellano, que se incorpora a las visitadoras, cambiará a Pantoja y le pondrá a la novela ribetes tragicómicos. Y así como hay sacerdotes y oficiales, también en medio de la manigua y de los ríos caudalosos, se escuchará la voz de un periodista radial, el Sinchi, otro contrapunto del protagonista, que evidencia el poder hipnótico de los medios de comunicación.

Las visitadoras llegan a ser tan exitosas en sus funciones y ganancias, que en un momento todas las mujeres de Iquitos quieren ser parte del excéntrico servicio, y la población aspira a que se extienda a los civiles el ejercicio venal del placer, con las muchachas de “mal vivir”. La eficiencia de las visitadoras, que incluso tienen un himno al ritmo de La Raspa, cuyas estrofas pusieron en vilo y casi al borde de la división a las ramas del ejército, es como una muestra de aplicación de la ingeniería industrial a asuntos de la entrepierna.

Además de los recursos narrativos enunciados, el novelista incluye sueños (o pesadillas) de Pantaleón (como en el caso de las dolorosas almorranas), de Pochita y de doña Leonor: “una cucaracha es comida por un ratón que es comido por un gato que es comido por un lagarto que es comido por un jaguar que es crucificado y cuyos despojos devoran cucarachas”.

La novela es una mezcla de parodia, picaresca y burlesco, en la que, en últimas, el ejército, cuya historia no ha sido impoluta ni neutral, sale mal librado; o en otras palabras, bien radiografiado. Pero, a su vez, en medio de escenas trágicas y sangrientas, también hay un cuestionamiento a esas especies de anticristos o de redentores de pacotilla, que en muchos pueblos de América Latina han tenido cándidos seguidores. Las crucifixiones irracionales, el soborno a periodistas, el sensacionalismo de los periódicos, también tienen en Pantaleón y las visitadoras un tratamiento satírico.

Decía al principio, que en esta revolucionaria obra del peruano hay presencia de recursos que se aprecian en novelistas como Manuel Puig (en Boquitas pintadas y La traición de Rita Hayworth, por ejemplo); en flujos de conciencia, como en Ulises de Joyce, o en voces faulknerianas. Es una novela polifónica, que también tiene el escándalo como un elemento clave de sus discursos narrativos. Putas, falsos profetas, capellanes militares, soldados y generales, hacen parte de esta ficción tan alucinante como la realidad de América Latina.

Despierta, Panta, Pantita, Pantaleón sin pantalón, que ahí viene la Brasileña, con su cuerpo despampanante y su lujuria selvática, que hace que quien la vea (como la Lujanera de Borges) no pueda conciliar el sueño, ni refrenar las bajas (ni las altas) pasiones. Despierta, Panta, Pantita, que te pueden crucificar.

Fotograma del filme Pantaleón y las visitadoras, basado en la novela de Vargas Llosa.

Yesterday y un niño que no nació

(En los cincuenta años de la canción más popular del mundo)

Por Reinaldo Spitaletta

1.

—¡Mataron a Rei, lo mataron, doña Romelia, lo mataron! —La voz en grito de un muchacho, que tocaba la puerta con desesperos, hizo que la misma se abriera a gran velocidad—.

La señora rubia, de vientre en prominencia (“estás pipona”, le decía su marido), palideció. Parecía no entender lo que el visitante sorpresivo advertía. “No puede ser, no puede ser”. “Sí, señora, sí es”, le dijo y se retiró.

Al día siguiente, la señora tuvo que ir de urgencia a la clínica. Le anunciaron que había perdido el bebé. Era 1965, precisamente el año en que un grupo inglés de rock, o mejor dicho, uno de sus integrantes, compuso una especie de balada nostálgica, la canción popular más grabada (o “versionada”) hasta hoy en el mundo, Yesterday.

Muy lejos de Inglaterra, en Bello, Antioquia, doña Romelia, estaba a punto de dar a luz a su quinto hijo (se supo que también era varón), mientras el mayor, entonces de diez años largos, era una especie de plaga en el barrio Nazaret y aledaños.

Aparte de estudiar en la escuela Marco Fidel Suárez, el muchacho iba en patota a asaltar fincas de frutales en Potrerito y Santa Ana; ya le había dicho a un pelado de parecer ingenuo, de apellido Llano, que sustrajera de la casa las joyas de la mamá y las hermanas, para venderlas en alguna prendería. Y con el producto del robo doméstico, asistieron a partidos de fútbol en el estadio de Medellín (para ver al DIM) y sobre todo el apodado Rei se dio la gran vida en tiendas y almacenes del parque y entró varios días seguidos a cine.

El Rei pasaba buena parte de la semana jugando fútbol en las abundantes mangas del sector: en la del Búcaro (además, era un balneario popular en la quebrada del Hato); en la que estaba cerca al Burro (una corriente de aguas negras y fétidas);  en otra vecina del cementerio de Nazaret, ya en ruinas (y donde el Rei y otros patoteros se metían a jugar en las derruidas tumbas y a correr por encima de las bóvedas).

Ya era conocido en el barrio porque se guindaba a puñetazos con pelados de por ahí o de algún otro sector, o a la salida de la escuela, con compañeros de clase. Y en la finca del padre Agudelo, un cura huraño que era famoso por su iracundia, tacañería y otros defectos y peligrosidades, les habían ofrecido escopetazos a los muchachos que entraban a depredar mangos, naranjos y ciruelos. Así que el Rei, como decía su papá, un costeño corpulento, con pinta de beisbolista de Grandes Ligas, “tiene su vaina”. Y la vaina, de estar callejeando, tirando piedras, ofreciendo puñetas por doquier, hizo que algún mozalbete, quizá enviado por alguna señora de las que ya tenían al Rei en la mira para que no se juntara con sus hijos, diseñara una broma pesada que le costó a doña Romelia vaciar más temprano de lo previsto su “barriga” de mujer en estado de gravidez. El Rei, sonriente y sudante, apareció al rato tocando la puerta y doña Romelia, en trance y desecha, según sus palabras, lo recibió con un “puñetero pelado no dizque te habían matado”. Y a la que casi matan del susto fue a la señora de cara rosada, a quien todas las vecinas le decían la Mona.

2.

En 1965, cuando ya los Beatles eran una bomba atómica entre las juventudes del mundo, uno de sus miembros, Paul McCartney, una especie de iluminado, había tenido un sueño con una melodía lenta y dulzarrona, cuando visitaba en Londres a su novia Jane Asher. Cuando se despertó, “tras un sueño intranquilo”, corrió al piano, puso una grabadora de cintas y carretel, tocó la melodía para que no cayera en el oscuro olvido, y durante un mes estuvo averiguando si la misma ya existía. Se estaba curando en salud de un posible plagio onírico…

La melodía comenzó un trasegar por averiguaciones, porque su soñante pensaba que era como algo que debía entregar a la policía. Estaba entusiasmado. Y mientras tanto, inició la búsqueda de una letra acorde con los sonidos. Bautizó su melodía “Huevos revueltos” (Scrambled Eggs), porque ya tenía una frase para la misma que decía “Oh, cariño, cómo me gustan tus piernas” (“Oh baby, how I love your legs”), que, viéndolo bien, son una negación de la poesía. O una suerte de mamagallismo. Después, tras varios intentos, en un viaje a Portugal con su prometida, halló los versos y el tono adecuados. Ni se imaginaba que iba a producir una explosión nuclear en la música popular.

Se sabe que los otros Beatles no estaban muy conformes con la canción, porque no clasificaba dentro de sus cánones, y porque, además, aunque salió a nombre del cuarteto de Liverpool, la grabación solo la hizo su autor y compositor con un cuarteto de cuerdas. El 14 de junio de 1965, en los estudios de la EMI, Yesterday cobraba existencia pública. Un parto, en la segunda toma, dio vida a la canción en Fa Mayor, que a partir de 1966 los Beatles interpretarían en sus conciertos.

Yesterday, que entraña una especie de nostalgia (“Oh, yo creo en el ayer” —Oh I believe in yesterday—) , una conexión con ese ayer que llegó de repente, ha tenido unas mil seiscientas versiones, entre las que se cuentan las de Frank Sinatra (que no gustaba de las canciones de los Beatles), Elvis Presley (que tampoco era que dijera que los Beatles eran la maravilla), Aretha Franklin, Ray Charles, Willie Nelson, David Garret (violín), además de adaptaciones en tango, bolero, salsa, etc. El primero que la cantó, después de su creador, fue el crooner inglés Matt Monro, en el otoño de 1965. Los otros tres integrantes del cuarteto se opusieron a que ese año la pieza apareciera como “sencillo” en Inglaterra en la grabación de Paul McCartney. Sin embargo, la historia dice que Yestarday es la canción más sonada de los Beatles, y una de las más transmitidas de cualquier clase de género en todo el mundo.

3.

En 1965, el muchacho que por culpa de sus brinconerías y “maldades” hiciera que el quinto hijo de doña Romelia “naciera muerto”, no tenía, desde luego, ni idea de los Beatles. Ni siquiera del Club del Clan. Lo único que había escuchado (cuando se coló una noche por los muros del viejo cementerio y cayó a una escuela en la que presentaban un espectáculo de música) era a un cantante que interpretaba una canción dedicada a Mickey Mouse.

Es más, para él ese grupo no significó nada en su juventud, según se ha llegado a saber. No compró jamás en sus años mozos ninguno álbum de los Beatles, aunque sí de cantantes de la Nueva Ola, como Óscar Golden, Harold, los Yetis y pare de contar. Vio algunas películas de Elvis en los teatros de Bello, también de Sandro y Raphael, pero los ingleses no aparecieron en su repertorio de juventud. Cuando ya había pasado de los treinta, compró varios discos de canciones de los Beatles pero interpretadas por otros.

Rei, que de él se trata, sostuvo siempre (y todavía lo hace) que los Beatles suenan mejor cuando los cantan otros vocalistas (lo que le ha valido varios intentos de linchamiento de parte de fanáticos criollos del grupo británico), y dice de Yesterday que suena muy lindo en la voz de Billy Dean. No recuerda si su mamá opinó alguna vez sobre los Beatles y acerca de su más célebre composición.

Cuando leyó, hace años, una columna de García Márquez, titulada “Sí: la nostalgia sigue siendo igual que antes”, sobre el asesinato de John Lennon, pero, en especial, sobre todo el grupo, le pareció que él, el Rei, tenía un vacío existencial: no le importaron los Beatles nunca. Pero el escrito de aquel novelista que todavía no se había ganado el Nobel de Literatura, lo conmovió, sobre todo este apartado:

“La única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles. Cada quien por motivos distintos, desde luego, y con un dolor distinto, como ocurre siempre con la poesía”.

Y ahora, cuando se cumplen cincuenta años de la aparición formidable de Yesterday, aquel muchacho de 1965, con su cabello entrecano, va a su equipo de sonido a repetir hasta el hartazgo la canción que McCartney soñó, pero vuelve a ponerla por otros, y entonces recuerda sin dolores cuando su mamá le contó la historia del pelado que vino a anunciarle una falsa noticia. El ayer llegó muy pronto.

(Escrito en Medellín el 16 de junio de 2015, en el Bloomsday)

Caminar como robots o como seres libres

(Un ejercicio sobre las maneras de transitar la ciudad)

Por Reinaldo Spitaletta

  1. Apropiación del paisaje urbano

Hay modos de caminar. Y no me refiero a los excéntricos bamboleos de brazos de la antigua figura urbana del camaján, ni al cojo, ni al garetas, ni al más veloz, ni al más lento. Digo que hay maneras de caminar y, con ellas, de apoderarse o de despojarse de la ciudad. De hacerla propia;  o ajena, es decir, solo de tenerla como vehículo, como una red inerte de calles, con aceras despersonalizadas (unas muy estrechas o, como en ciertos sectores, con su ausencia total), con automatismos, con gente que va o viene, robotizada, ida, enajenada, sin atisbar, sin sentir el paisaje, ni los cambios en las fachadas, en las esquinas, sino como un esmirriado ejercicio de rutina, porque se trata de llegar a alguna parte.

Hay modos de caminar. Y quizá en ciudades como Medellín (pensada para los carros, no para los peatones, no para el caminante, no para el que va por la calle, como deambulando), el transeúnte está condenado a no poder mirar el cielo; a veces, a estar solo observando el piso, porque los robos de las tapas de los contadores del acueducto, dejan unos abismos en las aceras, con alto riesgo de salir fracturado. O mínimo, con un esguince. Y así, en el acto de transitar, de ir de un lado a otro, hay más una inconsciencia que una exploración; más un instinto, que una demostración racional.

Caminar, es decir, apropiarse del paisaje (que, según Saramago, es lo que más hay en la tierra), de la arquitectura, de una calle como símbolo de identidad, como parte de una cotidianidad para sí, es producto de una educación, mas no de una domesticación. Es hacer parte de la urbe, de sus recovecos, de sus irregularidades, y de sus múltiples bellezas, que están aquí en una carretilla de frutas, en una vitrina de almacén, en la fachada deteriorada de un viejo caserón, en el antejardín con francesinas, en la acera pelada, en el piso vitrificado que húmedo puede hacerte resbalar. Caminar es apoderarse del afuera, otros dirán de lo público, con sentido. No es correr para llegar al trabajo o al lugar de estudio; es tener la ciudad como una posibilidad de descubrimientos.

Caminar debe ser un ejercicio de la sensorialidad, de lo razonable. Poder leer las fachadas, con sus rosetones, claraboyas, arabescos y revoques; mirar las puertas y ventanas, darse cuenta de cómo las rejas en estos tiempos de inseguridades lo invaden todo, subir la mirada a un balcón, escuchar al pregonero que anuncia reparaciones de lavamanos e inodoros, al que vende mangos, al que lleva una caneca metálica con mazamorra. Es poder leer avisitos en casas de barrio, sobre reformas de trajes, sobre botones y helados. Andar, como decía alguien, es no tener un lugar, pero al mismo tiempo, es ir en pos de algo propio.

  1. Apresurados por la calle San Martín

 

La mañana se riega con sus pájaros del alba y con los que van a trabajar. O quizá a conseguir algo que hacer. La amplia vidriera me deja ver a los que bajan, quizá desde Manrique, o tal vez desde La Mansión, San Miguel, o de alguna parte del ya innombrado barrio Pérez Triana. Pasan unos con afán en los zapatos, tragándose el asfalto. Se les ve a casi todos recién bañados, cabellos húmedos, ropas limpias. Todos con un lugar común: parecen como si no fueran a llegar a tiempo a su destino.

En las bocacalles se detienen con incertidumbre si los carros los acosan, o pasan de largo, y bajan como los rápidos de un río, rumbo al centro de la ciudad. Creo que caminan porque a esta hora, tal vez es más fácil desplazarse a pie que en un bus. O porque están ahorrándose un pasaje. Y no porque lo tomen como una suerte de ejercicio de la imaginación, o como un regocijo porque están resistiendo a que les arrebaten la ciudad. No. Van como enloquecidos, a pasos largos, a veces arrítmicos, sin ninguna estética ni compás. Ni las muchachas, que uno supone van perfumadas, parecen sentir ningún placer en su desplazamiento, pese a que algunas mueven muy bien las caderas, portan la cartera con garbo y a veces a su cabellera la agita algún viento inesperado.

Bajan a montones, sin mirarse, sin mirar los laureles y guayacanes (ni siquiera cuando están florecidos), sin darse cuenta de que en esta cuadra ya terminaron un edificio de unos veinte pisos, feo, de tugurial diseño, mejor dicho, sin diseño alguno, ni cerciorarse que por esta acera hay una institución de salud, con taxis en acopio, ni de que en la esquina de abajo una señora tiene un puestito de café. No hay tiempo de comprar ninguno. Y los que allí se acercan son más bien los taxistas, mientras esperan que alguien salga de atención médica para abordarlos.

La mañana parece vomitar un cúmulo de apurados transeúntes, que transcurren arreados por los relojes, sin verificar cómo hoy el carbonero de esta esquina luce sus pequeñas flores, ni cómo hay en alguna rama tres pájaros azules. Tampoco parecen advertir cómo los buses y otros vehículos que suben por esta carrera, que tiene nombre de prócer argentino (cuyo busto está cuatro cuadras más abajo, en Echeverri con la Oriental, y algunos vándalos, o quizá artistas experimentales, le pintaron la cara de rojo, con aerosol), forma nubes de smog sobre el asfalto.

Los que por aquí marchan con precipitudes portan, casi todos, morrales, carteras, bolsos manos libres, y uno que otro cubre su cabeza con sombreros de fieltro o con cachuchas de béisbol. Dan la impresión de ir de esa manera porque los mueve una urgencia ineludible, un destino trágico, una orden que no pueden desobedecer. La ciudad parece su enemigo. La calle (esa es la impresión) es solo un puente que hay que cruzar lo más rápido posible, porque alguien viene en nuestra persecución, eso parecen denotar con sus cuerpos, con sus pasos de seres temblorosos y sin carácter de ciudadanos.

  1. Lucidez en el camino

Caminar es una manera de resistencia. Cuando se hace con el criterio de desentrañar la ciudad, de hacerla de uno, de convertirla en un atractivo para la imaginación y la comprensión de las dinámicas sociales.  No importa si cojeo, si llevo muleta, si me ayudo con un bastón, o si mis pasos son certeros, estables, rítmicos. Armónicos. Caminar es conquistar la urbe, sus trazados, provocar cambios en ella, para que sea amable, es decir, para que uno pueda transmutarse en ciudadano, en alguien que piensa que las calles, los edificios, los parques y plazas, los campanarios, los árboles urbanos, son una reivindicación, un ejercicio de la libertad, y no una imposición del poder.

Caminar con criterio es apropiarse de las espacialidades, de sintonizarse con ellas, y en caso de no estar de acuerdo con alguna interferencia, con aquello que encarcela y reprime al ser de la ciudad, entonces expresar que hay un derecho a la desobediencia, y a la exigencia de que la urbe (tergiversada por diversos poderes, legítimos e ilegítimos) no sea parte de la opresión y de la disminución del ser humano.

Hay modos de caminar.  Y para que sean lúcidos, provocativos, que aporten al conocimiento de la ciudad, deben ser parte de un ejercicio del placer y de la inteligencia. Caminar con sentido de pregunta y de saber qué fue y qué es la ciudad es otra manera de la insumisión. Y de la alegría.

Palacio de la Cultura, Plazuela Nutibara, Medellín (foto tomada de internet)

El vampiro ha muerto

(Un adiós sin colmillos a Christopher Lee, el mejor Drácula del cine)

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Por Reinaldo Spitaletta

Una de las creaciones más románticas de la literatura ha sido la del vampiro, un ser mítico con raíces históricas, pleno de atributos (y defectos) de la aristocracia feudal, con elementos propios del gótico (habitar en un castillo, por ejemplo) y con toques de elegancia y distinción. Desde Polidori (que lo compuso en 1816, el año sin verano) hasta el irlandés Bram Stoker, creador de un clásico que tardó en ser reconocido por los flemáticos ingleses de Oxford, el vampiro, o mejor dicho, Drácula, se tornó en un personaje que acompañó a muchas generaciones en las noches tétricas en las que el vuelo de un murciélago podía causar una estampida en el corazón.

La novela epistolar de Stoker, que tuvo antecedentes de ficción en Charles Nodier, Hoffmann, Coleridge, Sheridan Le Fanu y Teófilo Gautier, publicada en 1897, llegaría a sus cumbres de popularidad ayudada por el cine, que ya el Expresionismo alemán, en particular con el genio de Frederick Murnau, en los años veinte, convirtió al lechuguino Drácula en una figura grotesca y desvaída, porque no pudo obtener los derechos para la adaptación de la obra del irlandés. Y así, Nosferatu, encarnado por Max Schreck, calvo y escuálido, no ofrecía atractivos a las féminas, que igual disponían sus cuellos de seda (o de cisne) a los colmillos del ansioso  y paliducho vampiro.

Las leyendas vampíricas se extendieron por doquier, y alentaron la imaginación de las juventudes del mundo. El vampiro, además de chupasangre, representaba una atracción fatal, una cuota del deseo, una expresión de la concupiscencia. Fuera de eso, ofrecía una metáfora de la inmortalidad. Mejor dicho, era dueño de más cualidades que desperfectos. Drácula, habitante de los Cárpatos, en Transilvania, también fue conectado con el príncipe empalador Vlad Tepes, una especie de exterminador sin compasiones, nacido en Valaquia pero perteneciente a las huestes del imperio otomano.

Y en el cine, Bela Lugosi, actor rumano de origen húngaro, se convertiría durante una larga temporada en el Drácula más conocido y temido. En 1931, el shakespereano actor teatral se metamorfoseó en el conde transilvánico y por mucho tiempo, con su rival Boris Karloff, aparecería en todos los filmes de terror. Tanto llegó Lugosi a creerse Drácula, que ya viejo, e internado en un manicomio, adoptó la personalidad de su representado. Stanislavski de seguro hubiera estado muy gozoso con un discípulo así.

Y a fines de los cincuenta, un inglés, que ya tenía recorrido en el cine, tomó la figura y el carácter de Drácula y durante mucho tiempo va a estar encadenado (y el público con él) con el personaje, tanto que se encasilló durante años con la fisonomía y el estilo de vida del vampiro.  Christopher Lee, que de él se trata, fue para muchos pelados espectadores de los sesentas y setentas, una personificación del terror. En las penumbras de los cines de barrio, el hombre que en la vida real tenía estatura de basquetbolista (1.96), se tornó en símbolo del mal, en una diabólica aparición, que ponía la carne de gallina y hacía temblar a muchos en las sillas (muchas eran como bancas de iglesia) de los teatros.

Drácula vuelve de su tumba, Drácula, el príncipe de las tinieblas, El poder de la sangre de Drácula, El conde Drácula, Las cicatrices de Drácula, Drácula AD, entre otras películas, eran imperdibles para muchos. Había filas temblorosas en los cines, porque se presentaba el vampiro. En aquellas funciones, en medio del penumbroso suspenso, algunos proferíamos quejidos y lamentos fingidos en momentos de tensión, y entonces había risas en el público, aunque no faltaba el que aullaba imprecaciones como “¡cállense, hijueputas, dejen ver la película!”, lo que ocasionaba el efecto contrario: más risotadas.

Y el gran Christopher, que fue Fu Manchú, que fue el monstruo de Frankenstein, que fue villano en alguna película de James Bond (El hombre de la pistola de oro), que  fue Sherlock Holmes, que persiguió nazis durante la Segunda Guerra Mundial, que era políglota, que perteneció a la clase alta británica, se iba a quedar en el imaginario popular como el actor de Drácula, colmilludo y con rostro de frialdades; como el vampiro, degustador de cuellos blancos, amante de la noche, temedor de la luz del día.

A los muchachos de entonces, que hoy supimos de la muerte de Lee, a los noventa y tres años, digo con osadía que no nos interesaba si el actor inglés representó un personaje de El señor de los anillos (novela que, por lo demás, él leía cada año), ni si grabó heavy metal con la banda Rhapsody, ni si fue el conde Dooku de la Guerra de las Estrellas, ni si se quedó con las ganas de personificar  a don Quijote. No. Solo nos conmovía su ser vampiro, era un mito de nuestra adolescencia, y porque a veces, después de ver alguno de sus filmes, nos transmitía su dosificada lujuria nocturna, para pensar en que uno también podría ir a chupar el cuello de las muchachas.

El vampiro es una creación romántica. Una exaltación de la vida, y también de los no-muertos, de los seres que habitan en ataúdes, en las tinieblas, llenas de interrogantes y de sustos. Y así, en la imaginación, se quedó la figura de Lee con su Drácula. Porque, de todos modos, gracias a haber visto sus películas sobre el conde de Transilvania, nos hizo tragar después las quinientas páginas de la obra de Stoker, con su noche de Walpurgis, sus diarios y sus horrores.

Cuando supe de la muerte de Christopher Lee, a una edad provecta, pensé que era que en rigor todavía no lo habían enterrado, pero que ya estaba muerto desde hacía tiempos. Esperamos que no vuelva de su tumba, porque hoy día los vampiros ya no dan miedo. Más bien, como el diablo, causan cierta risa triste.

Christopher Lee, actor británico, que hizo más de diez películas sobre el más famoso vampiro.

Crónica de una derrota multitudinaria

(El Equipo del Pueblo hizo llorar de nuevo a sus hinchas)

Por Reinaldo Spitaletta

Tres horas antes estábamos adentro. El cielo, despejado, prometía una tarde-noche con aliento cálido. Nos instalamos en los puestos que habíamos ocupado durante el semestre: un poco hacia el sur, en la tribuna del sol naciente, parte alta. Y ahí, en medio de muchachas con cachetes pintados de rojo y azul, con señores canosos sonrientes, con niños que ondeaban banderas al viento atardecido del domingo, estábamos nosotros, a veces observando el gramado brillante; a veces, viendo cómo se iba llenando la tribuna del poniente, arriba y abajo, o conversando de cómo en diciembre último nos tocó en la final muy cerca de la tribuna norte, que ya estaba a punto de preñarse de griterías, tambores y clarines de victoria.

En la grama, surtidores de agua bañaban el verdor. En los altoparlantes, con un sonido entre gangoso y de fastidio, un animador intentaba enardecer al estadio, que todavía no estaba en su plenitud. Se llenó cuando iban a ser las seis y ya sabíamos que, mínimo, había cuarenta y cuatro mil aficionados. En una partecita de occidental, en límites con el sur, en la parte baja una tropilla de hinchas de camisetas blancas se delató de inmediato cuando el equipo visitante saltó a calentar. Y ahí fue una suerte de troyazo, de anuncio de batalla verbal: “¡Si sos caleño la puta que te parió!”. El coro era universal, completo, sin desafines. Voluminoso y parejo. “¡Si sos caleño la puta que te parió!”.

Las tribunas estaban de pronto a reventar. El anunciador había hablado del “tifo” que haría todo el estadio para recibir al campeón, al que estaba próximo a tener en su firmamento de galardones la sexta estrella, que ya se lucía en Oriental con bombillitos rojiazules, como de navidad adelantada para mitad de año. Y también sin que supiéramos que iba a ser como un mal presentimiento, estallaron en los altavoces unos ruidos inmisericordes, de ras tas tas, de monótona percusión, de cantos, digo cantos, pero eran más bien berridos de ordinariez. Unos como comparsas iban por la pista atlética, vestidos cual travestis sin estilo, contorsionándose.

—¿Qué es esta mierda? —dijo alguien que estaba más abajo de nosotros. Y uno de nosotros advirtió que había una especie de mal gusto en lo que se estaba presentado como preliminar de un partido definitivo. El cielo de súbito se ennegreció, las banderas parecían dormir, una chica de pantalón cortito y bandera rojiazul, sin asta,  a modo de chalina, hacía movimientos provocativos con mucho sabor en las caderas al son de los que abajo, en su batiburrillo, cantaban sin ton ni son.

—¿Por qué no ponen la canción del DIM, la de Alfredo Gutiérrez? —dijo otro de nosotros.

—Claro y también la de Gabriel Romero —agregó otra voz, que al tiempo entonó… “No necesito que estés arriba / para quererte glorioso DIM”.

Alguien, por las graderías, pasó ofreciendo aguardiente. Alguien, que no era de nosotros, compró media botella por cuarenta mil pesos. Ya en las mismas escalinatas, cerrando el paso, había gente sentada. “Parece que hay sobrecupo”, declaró alguien del público. Más allá, un tipo, con gorro de arlequín, gritaba a toda voz que ‘Medallo’ sería campeón. Y todos dábamos el vaticinio como descontado. No había dudas. Claro que sí. Un equipo de pelados imberbes e inexpertos no podría arrebatarnos el trofeo, la sexta estrella, la que ya refulgía en el cielo de la ciudad, por el que, además, se desplazaba un dron de luces rojas.

Ya los reggaetoneros de pacotilla se habían retirado. La tarde-noche estaba presta para recibir a los gladiadores, el circo estaba en derredor, con guirnaldas, banderines, gritos, coros, “me dicen el matador, soy del Medallo…”, y “¡vamos mi Rojo que esta noche tenemos que ganar!”. Nosotros, apretujados, riendo y cantando, empezábamos a sentir (así lo expresamos todos) el cosquilleo, la tensión, el nerviosismo introductorio, imprescindible en estas gestas de masa y diversión. Y también de sufrimiento. Porque nuestra historia, de más de cien años, lo diseñó así: somos los mejores en bullicio, pero también en lágrimas; somos los más creativos en las tribunas; pero también los que estamos más cerca del purgatorio. O del infierno.

Cuando el Rojo tocó el verde húmedo de la cancha, el estadio parió luces. Serpientes voladoras, digo dragones blancos, ondulantes, se posaron en la gramilla, mientras todo el estadio enarbolaba pliegos de plástico, rojos, azules, blancos, para formar en todas las tribunas un tributo al onceno que sabíamos remontaría el uno-cero que sufrió como visitante. Somos locales. Volveremos ropita de trabajo al Cali, “si sos caleño la puta que te parió”. El fenomenal tifo (nosotros, bajo el papelerío, no alcanzábamos a leer las frases que se formaban al frente, en norte, en sur). Había calor de triunfo. La victoria estaba a punto de someternos a una apoteosis, a un desdoblamiento en que todos éramos otros: seres febriles, animosos, pura energía. Canción total.

Y el partido comenzó entre el bullicio imparable. Pero nada que nos íbamos arriba. Es más, algunos jugadores rojos parecían principiantes en estas lides, y regalaban el balón al rival. Se morían del susto, eso parecía. Y ya nuestros cánticos, de voces roncas, se tornaron en insulto para el lateral derecho, y para el presunto volante creativo que no era más que un bufón sin risas ni ocurrencias, y el contrario se crecía, hasta que en el minuto treinta y nueve, minuto nefasto, un pelado verdiblanco cabeceó tras un tiro libre de costado y nos dejó abatidos y sin palabras.

Pero qué va. La esperanza no había muerto. Y al comenzar el segundo tiempo, en que miles de serpentinas bajaron a la cancha enviadas por la tribuna norte, ya estábamos al borde del empate. Penalti, señores. “Yo lo cobro”, dije desde lo alto, acordándome de los partidazos de barrio. Pero el que cobró, más con violencia que inteligencia, más con ganas de salir rápido del compromiso que de ser efectivo, estrelló la pelota en el horizontal. Y ahí sí fue Troya. El cielo de la ciudad era tenebroso.  Y aunque el equipo intentaba, no podía. Hasta que llegó el empate, y otra vez las canciones. La muchacha del short tiraba besitos para todos lados. Y a pujar y empujar se dijo. Nuestro enemigo era el tiempo. Y aunque había llegadas muy coordinadas, nada que el balón se metía en las redes custodiadas por un uruguayo, que al principio de cada tiempo alzó los brazos, como implorando que los artilleros rivales se pifiaran.

El equipo que antes de empezar el partido ya se perfilaba como campeón, porque era dizque fácil remontar el marcador adverso, se tornó más ganas que fútbol. Y así no se puede ganar, pese a la consigna belisarista y de subdesarrollados que se coreó en los últimos minutos: “¡Sí se puede, sí se puede!” Pero no se pudo. Y otra vez, dijo alguno de nosotros, fuimos virreinas. Otra vez nos pasaron por encima. Y la hinchada, de inteligentes, indigentes, borrachos, poetas y mujeres hermosas, fue otra vez superior a los jugadores.

No hubo clamores ni voladores. No hubo sino uno que otro lagrimón y un tipo loco dando patadas a los postes (debió quedarse sin tibia ni peroné, sin empeine, sin pierna). No hubo fanfarrias ni luces de bengala. Y la estrella se esfumó. Y ahí sí cobró de nuevo vigencia aquello de “no necesito que estés arriba para quererte glorioso DIM”. Era la oración de los resignados. Afuera, en la silenciosa noche, todos parecíamos en un funeral. Un frío mortuorio nos puso la piel de gallina. Había que volver a empezar.

Foto tomada de internet

Putas de literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Hay literatura de putas y putas de literatura. El oficio más viejo del mundo (eso dicen, y aunque no sea el más antiguo, sí es, sin duda, un oficio, y bien difícil de ejercer, según parece) se ha colado en diversas obras hasta plasmar caracterizaciones que, por su hondura y diseño, casi nadie olvida. La prostitución, que en sus principios fue sacrosanta, sagrada, en la antigüedad de la Astarté babilónica,  y hospitalaria en la Media Luna de las Tierras Fértiles, hasta derivar en las muchachas milesias, en las cultas hetairas (¡oh, Friné; oh, Aspasia!), en las delicias de las lobas o lupas romanas, y así, pasando por María de Magdala, o devolviéndonos hasta Rajab, prostituta amiga del bíblico Josué, las madamas han consentido el “perro mundo”.

La literatura les ha dado carácter y un puesto de alcurnia, como pudo ser el caso de Cervantes, cuando en su creación máxima, don Quijote de La Mancha, hace que el caballero de todos los ensueños vea a unas damiselas del partido como doncellas muy virtuosas.  Y desde la epopeya de Gilgamés, la más antigua de todas, hasta las que aparecen en las perversiones del marqués de Sade, las putas tienen ganado un lugar en la historia y en las ficciones.

Hace poco, en una publicación periódica en Facebook, vi un catálogo que hablaba de “las diez prostitutas más emblemáticas de la literatura”, en la que incluían a Delgadina, la pobre muchachita de la novela Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, que, como se recordará, es una suerte de palimpsesto de La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Y el seleccionador, del que no aparecía nombre alguno, le dio por meter a Catalina, una putica de catorce años que aparece en la obra Sin tetas no hay paraíso.

También estaban Anne Copeau, de la novela Nana, de Emilio Zola, y Olga Arellano, La brasileña, que está en Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa. La chica que enloquece al muy cuadriculado y disciplinado Pantaleón Pantoja era peruana, pero había ejercido la prostitución en Manaos, y de ahí el apelativo. Y no podían faltar dos de Álvaro Mutis, que ya había creado una mujer sensacional, ninfómana y de armas tomar, como La Machiche, en La mansión de Araucaima: Larissa e Illona (de Illona llega con la lluvia).

Tampoco olvidó a una muy atractiva, flor de lujuria, creada por Alberto Moravia: Adriana, de la novela La romana, una meretriz que se enamora de varios de sus amantes, y que tiene un alto sentido de la dignidad y el orgullo. Incluyó a Louise, una prostituta diseñada por el francés Marcel Schwob en El libro de Monelle, y no descartó a Sayuri, protagonista de Memorias de una Geisha. Por lo demás, en el décimo lugar puso a Hester Prynne, de la novela La letra escarlata, del norteamericano Hawthorne, que en rigor no era una guaricha o cosa similar, sino una mujer adúltera.

Y como suele pasar,  ese tipo de listados siempre será limitado, y en el mismo quedan faltando. O a veces, como en este caso, sobrando. Porque el catalogador olvidó putas de obras maestras, como Margarita Gautier,  en La dama de las camelias, y a una que aparece como protagonista en una joya de la literatura, como la gordinflona Bola de Sebo, del inquieto Maupassant, un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana de 1870. ¿Y qué tal Madame Hortense, la Bubulina, de Zorba el griego, o Alexis Zorba, en la obra de Nikos Kazantzakis?

Un gran creador de estas muchachas fue el bahiano Jorge Amado. Con Teresa Batista, la que se cansó de tantas guerras, bastaría. En la clasificación puede estar un personaje como Sonia, de Crimen y castigo,  y también Pilar Ternera, la macondiana prostituta de Cien años de soledad, y eso por no contar con una a la que su desalmada abuela prostituyó: la Cándida Eréndira. Y podrían caber las prostitutas de Juntacadáveres, de Onetti, y alguna creada por Cabrera Infante.

Tal vez (para completar el catálogo) haya que volver al Satiricón, detenernos unos días en la apestada Florencia del Decamerón, ir de peregrinos por los Cuentos de Canterbury, asomarnos a La celestina y habitar al final de la jornada una pensión del viejo sector de Guayaquil, en Medellín, para observar cómo una de las puticas del barrio fue vestida de virgen de La Dolorosa por un fotógrafo célebre y otra, con menos ropa, sirvió de modelo para que un cacharrero con buen tino de negociante creara un novenario con una imagen tremendista en la portada: la del Ánima Sola.