Putas de literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Hay literatura de putas y putas de literatura. El oficio más viejo del mundo (eso dicen, y aunque no sea el más antiguo, sí es, sin duda, un oficio, y bien difícil de ejercer, según parece) se ha colado en diversas obras hasta plasmar caracterizaciones que, por su hondura y diseño, casi nadie olvida. La prostitución, que en sus principios fue sacrosanta, sagrada, en la antigüedad de la Astarté babilónica,  y hospitalaria en la Media Luna de las Tierras Fértiles, hasta derivar en las muchachas milesias, en las cultas hetairas (¡oh, Friné; oh, Aspasia!), en las delicias de las lobas o lupas romanas, y así, pasando por María de Magdala, o devolviéndonos hasta Rajab, prostituta amiga del bíblico Josué, las madamas han consentido el “perro mundo”.

La literatura les ha dado carácter y un puesto de alcurnia, como pudo ser el caso de Cervantes, cuando en su creación máxima, don Quijote de La Mancha, hace que el caballero de todos los ensueños vea a unas damiselas del partido como doncellas muy virtuosas.  Y desde la epopeya de Gilgamés, la más antigua de todas, hasta las que aparecen en las perversiones del marqués de Sade, las putas tienen ganado un lugar en la historia y en las ficciones.

Hace poco, en una publicación periódica en Facebook, vi un catálogo que hablaba de “las diez prostitutas más emblemáticas de la literatura”, en la que incluían a Delgadina, la pobre muchachita de la novela Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, que, como se recordará, es una suerte de palimpsesto de La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Y el seleccionador, del que no aparecía nombre alguno, le dio por meter a Catalina, una putica de catorce años que aparece en la obra Sin tetas no hay paraíso.

También estaban Anne Copeau, de la novela Nana, de Emilio Zola, y Olga Arellano, La brasileña, que está en Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa. La chica que enloquece al muy cuadriculado y disciplinado Pantaleón Pantoja era peruana, pero había ejercido la prostitución en Manaos, y de ahí el apelativo. Y no podían faltar dos de Álvaro Mutis, que ya había creado una mujer sensacional, ninfómana y de armas tomar, como La Machiche, en La mansión de Araucaima: Larissa e Illona (de Illona llega con la lluvia).

Tampoco olvidó a una muy atractiva, flor de lujuria, creada por Alberto Moravia: Adriana, de la novela La romana, una meretriz que se enamora de varios de sus amantes, y que tiene un alto sentido de la dignidad y el orgullo. Incluyó a Louise, una prostituta diseñada por el francés Marcel Schwob en El libro de Monelle, y no descartó a Sayuri, protagonista de Memorias de una Geisha. Por lo demás, en el décimo lugar puso a Hester Prynne, de la novela La letra escarlata, del norteamericano Hawthorne, que en rigor no era una guaricha o cosa similar, sino una mujer adúltera.

Y como suele pasar,  ese tipo de listados siempre será limitado, y en el mismo quedan faltando. O a veces, como en este caso, sobrando. Porque el catalogador olvidó putas de obras maestras, como Margarita Gautier,  en La dama de las camelias, y a una que aparece como protagonista en una joya de la literatura, como la gordinflona Bola de Sebo, del inquieto Maupassant, un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana de 1870. ¿Y qué tal Madame Hortense, la Bubulina, de Zorba el griego, o Alexis Zorba, en la obra de Nikos Kazantzakis?

Un gran creador de estas muchachas fue el bahiano Jorge Amado. Con Teresa Batista, la que se cansó de tantas guerras, bastaría. En la clasificación puede estar un personaje como Sonia, de Crimen y castigo,  y también Pilar Ternera, la macondiana prostituta de Cien años de soledad, y eso por no contar con una a la que su desalmada abuela prostituyó: la Cándida Eréndira. Y podrían caber las prostitutas de Juntacadáveres, de Onetti, y alguna creada por Cabrera Infante.

Tal vez (para completar el catálogo) haya que volver al Satiricón, detenernos unos días en la apestada Florencia del Decamerón, ir de peregrinos por los Cuentos de Canterbury, asomarnos a La celestina y habitar al final de la jornada una pensión del viejo sector de Guayaquil, en Medellín, para observar cómo una de las puticas del barrio fue vestida de virgen de La Dolorosa por un fotógrafo célebre y otra, con menos ropa, sirvió de modelo para que un cacharrero con buen tino de negociante creara un novenario con una imagen tremendista en la portada: la del Ánima Sola.

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