El vampiro ha muerto

(Un adiós sin colmillos a Christopher Lee, el mejor Drácula del cine)

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Por Reinaldo Spitaletta

Una de las creaciones más románticas de la literatura ha sido la del vampiro, un ser mítico con raíces históricas, pleno de atributos (y defectos) de la aristocracia feudal, con elementos propios del gótico (habitar en un castillo, por ejemplo) y con toques de elegancia y distinción. Desde Polidori (que lo compuso en 1816, el año sin verano) hasta el irlandés Bram Stoker, creador de un clásico que tardó en ser reconocido por los flemáticos ingleses de Oxford, el vampiro, o mejor dicho, Drácula, se tornó en un personaje que acompañó a muchas generaciones en las noches tétricas en las que el vuelo de un murciélago podía causar una estampida en el corazón.

La novela epistolar de Stoker, que tuvo antecedentes de ficción en Charles Nodier, Hoffmann, Coleridge, Sheridan Le Fanu y Teófilo Gautier, publicada en 1897, llegaría a sus cumbres de popularidad ayudada por el cine, que ya el Expresionismo alemán, en particular con el genio de Frederick Murnau, en los años veinte, convirtió al lechuguino Drácula en una figura grotesca y desvaída, porque no pudo obtener los derechos para la adaptación de la obra del irlandés. Y así, Nosferatu, encarnado por Max Schreck, calvo y escuálido, no ofrecía atractivos a las féminas, que igual disponían sus cuellos de seda (o de cisne) a los colmillos del ansioso  y paliducho vampiro.

Las leyendas vampíricas se extendieron por doquier, y alentaron la imaginación de las juventudes del mundo. El vampiro, además de chupasangre, representaba una atracción fatal, una cuota del deseo, una expresión de la concupiscencia. Fuera de eso, ofrecía una metáfora de la inmortalidad. Mejor dicho, era dueño de más cualidades que desperfectos. Drácula, habitante de los Cárpatos, en Transilvania, también fue conectado con el príncipe empalador Vlad Tepes, una especie de exterminador sin compasiones, nacido en Valaquia pero perteneciente a las huestes del imperio otomano.

Y en el cine, Bela Lugosi, actor rumano de origen húngaro, se convertiría durante una larga temporada en el Drácula más conocido y temido. En 1931, el shakespereano actor teatral se metamorfoseó en el conde transilvánico y por mucho tiempo, con su rival Boris Karloff, aparecería en todos los filmes de terror. Tanto llegó Lugosi a creerse Drácula, que ya viejo, e internado en un manicomio, adoptó la personalidad de su representado. Stanislavski de seguro hubiera estado muy gozoso con un discípulo así.

Y a fines de los cincuenta, un inglés, que ya tenía recorrido en el cine, tomó la figura y el carácter de Drácula y durante mucho tiempo va a estar encadenado (y el público con él) con el personaje, tanto que se encasilló durante años con la fisonomía y el estilo de vida del vampiro.  Christopher Lee, que de él se trata, fue para muchos pelados espectadores de los sesentas y setentas, una personificación del terror. En las penumbras de los cines de barrio, el hombre que en la vida real tenía estatura de basquetbolista (1.96), se tornó en símbolo del mal, en una diabólica aparición, que ponía la carne de gallina y hacía temblar a muchos en las sillas (muchas eran como bancas de iglesia) de los teatros.

Drácula vuelve de su tumba, Drácula, el príncipe de las tinieblas, El poder de la sangre de Drácula, El conde Drácula, Las cicatrices de Drácula, Drácula AD, entre otras películas, eran imperdibles para muchos. Había filas temblorosas en los cines, porque se presentaba el vampiro. En aquellas funciones, en medio del penumbroso suspenso, algunos proferíamos quejidos y lamentos fingidos en momentos de tensión, y entonces había risas en el público, aunque no faltaba el que aullaba imprecaciones como “¡cállense, hijueputas, dejen ver la película!”, lo que ocasionaba el efecto contrario: más risotadas.

Y el gran Christopher, que fue Fu Manchú, que fue el monstruo de Frankenstein, que fue villano en alguna película de James Bond (El hombre de la pistola de oro), que  fue Sherlock Holmes, que persiguió nazis durante la Segunda Guerra Mundial, que era políglota, que perteneció a la clase alta británica, se iba a quedar en el imaginario popular como el actor de Drácula, colmilludo y con rostro de frialdades; como el vampiro, degustador de cuellos blancos, amante de la noche, temedor de la luz del día.

A los muchachos de entonces, que hoy supimos de la muerte de Lee, a los noventa y tres años, digo con osadía que no nos interesaba si el actor inglés representó un personaje de El señor de los anillos (novela que, por lo demás, él leía cada año), ni si grabó heavy metal con la banda Rhapsody, ni si fue el conde Dooku de la Guerra de las Estrellas, ni si se quedó con las ganas de personificar  a don Quijote. No. Solo nos conmovía su ser vampiro, era un mito de nuestra adolescencia, y porque a veces, después de ver alguno de sus filmes, nos transmitía su dosificada lujuria nocturna, para pensar en que uno también podría ir a chupar el cuello de las muchachas.

El vampiro es una creación romántica. Una exaltación de la vida, y también de los no-muertos, de los seres que habitan en ataúdes, en las tinieblas, llenas de interrogantes y de sustos. Y así, en la imaginación, se quedó la figura de Lee con su Drácula. Porque, de todos modos, gracias a haber visto sus películas sobre el conde de Transilvania, nos hizo tragar después las quinientas páginas de la obra de Stoker, con su noche de Walpurgis, sus diarios y sus horrores.

Cuando supe de la muerte de Christopher Lee, a una edad provecta, pensé que era que en rigor todavía no lo habían enterrado, pero que ya estaba muerto desde hacía tiempos. Esperamos que no vuelva de su tumba, porque hoy día los vampiros ya no dan miedo. Más bien, como el diablo, causan cierta risa triste.

Christopher Lee, actor británico, que hizo más de diez películas sobre el más famoso vampiro.

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