Caminar como robots o como seres libres

(Un ejercicio sobre las maneras de transitar la ciudad)

Por Reinaldo Spitaletta

  1. Apropiación del paisaje urbano

Hay modos de caminar. Y no me refiero a los excéntricos bamboleos de brazos de la antigua figura urbana del camaján, ni al cojo, ni al garetas, ni al más veloz, ni al más lento. Digo que hay maneras de caminar y, con ellas, de apoderarse o de despojarse de la ciudad. De hacerla propia;  o ajena, es decir, solo de tenerla como vehículo, como una red inerte de calles, con aceras despersonalizadas (unas muy estrechas o, como en ciertos sectores, con su ausencia total), con automatismos, con gente que va o viene, robotizada, ida, enajenada, sin atisbar, sin sentir el paisaje, ni los cambios en las fachadas, en las esquinas, sino como un esmirriado ejercicio de rutina, porque se trata de llegar a alguna parte.

Hay modos de caminar. Y quizá en ciudades como Medellín (pensada para los carros, no para los peatones, no para el caminante, no para el que va por la calle, como deambulando), el transeúnte está condenado a no poder mirar el cielo; a veces, a estar solo observando el piso, porque los robos de las tapas de los contadores del acueducto, dejan unos abismos en las aceras, con alto riesgo de salir fracturado. O mínimo, con un esguince. Y así, en el acto de transitar, de ir de un lado a otro, hay más una inconsciencia que una exploración; más un instinto, que una demostración racional.

Caminar, es decir, apropiarse del paisaje (que, según Saramago, es lo que más hay en la tierra), de la arquitectura, de una calle como símbolo de identidad, como parte de una cotidianidad para sí, es producto de una educación, mas no de una domesticación. Es hacer parte de la urbe, de sus recovecos, de sus irregularidades, y de sus múltiples bellezas, que están aquí en una carretilla de frutas, en una vitrina de almacén, en la fachada deteriorada de un viejo caserón, en el antejardín con francesinas, en la acera pelada, en el piso vitrificado que húmedo puede hacerte resbalar. Caminar es apoderarse del afuera, otros dirán de lo público, con sentido. No es correr para llegar al trabajo o al lugar de estudio; es tener la ciudad como una posibilidad de descubrimientos.

Caminar debe ser un ejercicio de la sensorialidad, de lo razonable. Poder leer las fachadas, con sus rosetones, claraboyas, arabescos y revoques; mirar las puertas y ventanas, darse cuenta de cómo las rejas en estos tiempos de inseguridades lo invaden todo, subir la mirada a un balcón, escuchar al pregonero que anuncia reparaciones de lavamanos e inodoros, al que vende mangos, al que lleva una caneca metálica con mazamorra. Es poder leer avisitos en casas de barrio, sobre reformas de trajes, sobre botones y helados. Andar, como decía alguien, es no tener un lugar, pero al mismo tiempo, es ir en pos de algo propio.

  1. Apresurados por la calle San Martín

 

La mañana se riega con sus pájaros del alba y con los que van a trabajar. O quizá a conseguir algo que hacer. La amplia vidriera me deja ver a los que bajan, quizá desde Manrique, o tal vez desde La Mansión, San Miguel, o de alguna parte del ya innombrado barrio Pérez Triana. Pasan unos con afán en los zapatos, tragándose el asfalto. Se les ve a casi todos recién bañados, cabellos húmedos, ropas limpias. Todos con un lugar común: parecen como si no fueran a llegar a tiempo a su destino.

En las bocacalles se detienen con incertidumbre si los carros los acosan, o pasan de largo, y bajan como los rápidos de un río, rumbo al centro de la ciudad. Creo que caminan porque a esta hora, tal vez es más fácil desplazarse a pie que en un bus. O porque están ahorrándose un pasaje. Y no porque lo tomen como una suerte de ejercicio de la imaginación, o como un regocijo porque están resistiendo a que les arrebaten la ciudad. No. Van como enloquecidos, a pasos largos, a veces arrítmicos, sin ninguna estética ni compás. Ni las muchachas, que uno supone van perfumadas, parecen sentir ningún placer en su desplazamiento, pese a que algunas mueven muy bien las caderas, portan la cartera con garbo y a veces a su cabellera la agita algún viento inesperado.

Bajan a montones, sin mirarse, sin mirar los laureles y guayacanes (ni siquiera cuando están florecidos), sin darse cuenta de que en esta cuadra ya terminaron un edificio de unos veinte pisos, feo, de tugurial diseño, mejor dicho, sin diseño alguno, ni cerciorarse que por esta acera hay una institución de salud, con taxis en acopio, ni de que en la esquina de abajo una señora tiene un puestito de café. No hay tiempo de comprar ninguno. Y los que allí se acercan son más bien los taxistas, mientras esperan que alguien salga de atención médica para abordarlos.

La mañana parece vomitar un cúmulo de apurados transeúntes, que transcurren arreados por los relojes, sin verificar cómo hoy el carbonero de esta esquina luce sus pequeñas flores, ni cómo hay en alguna rama tres pájaros azules. Tampoco parecen advertir cómo los buses y otros vehículos que suben por esta carrera, que tiene nombre de prócer argentino (cuyo busto está cuatro cuadras más abajo, en Echeverri con la Oriental, y algunos vándalos, o quizá artistas experimentales, le pintaron la cara de rojo, con aerosol), forma nubes de smog sobre el asfalto.

Los que por aquí marchan con precipitudes portan, casi todos, morrales, carteras, bolsos manos libres, y uno que otro cubre su cabeza con sombreros de fieltro o con cachuchas de béisbol. Dan la impresión de ir de esa manera porque los mueve una urgencia ineludible, un destino trágico, una orden que no pueden desobedecer. La ciudad parece su enemigo. La calle (esa es la impresión) es solo un puente que hay que cruzar lo más rápido posible, porque alguien viene en nuestra persecución, eso parecen denotar con sus cuerpos, con sus pasos de seres temblorosos y sin carácter de ciudadanos.

  1. Lucidez en el camino

Caminar es una manera de resistencia. Cuando se hace con el criterio de desentrañar la ciudad, de hacerla de uno, de convertirla en un atractivo para la imaginación y la comprensión de las dinámicas sociales.  No importa si cojeo, si llevo muleta, si me ayudo con un bastón, o si mis pasos son certeros, estables, rítmicos. Armónicos. Caminar es conquistar la urbe, sus trazados, provocar cambios en ella, para que sea amable, es decir, para que uno pueda transmutarse en ciudadano, en alguien que piensa que las calles, los edificios, los parques y plazas, los campanarios, los árboles urbanos, son una reivindicación, un ejercicio de la libertad, y no una imposición del poder.

Caminar con criterio es apropiarse de las espacialidades, de sintonizarse con ellas, y en caso de no estar de acuerdo con alguna interferencia, con aquello que encarcela y reprime al ser de la ciudad, entonces expresar que hay un derecho a la desobediencia, y a la exigencia de que la urbe (tergiversada por diversos poderes, legítimos e ilegítimos) no sea parte de la opresión y de la disminución del ser humano.

Hay modos de caminar.  Y para que sean lúcidos, provocativos, que aporten al conocimiento de la ciudad, deben ser parte de un ejercicio del placer y de la inteligencia. Caminar con sentido de pregunta y de saber qué fue y qué es la ciudad es otra manera de la insumisión. Y de la alegría.

Palacio de la Cultura, Plazuela Nutibara, Medellín (foto tomada de internet)

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