Néstor Marconi, el arte del bandoneón

(Dirigió la orquesta juvenil de tango de Medellín en memorable concierto de homenaje a Gardel)

Por Reinaldo Spitaletta

Ahí está el que puede ser el último gran bandoneón de los grandes del tango. La luz de los reflectores ilumina su cabeza, en parte calva, en parte con mechones canosos, con el bandoneón en sus rodillas. Atrás, la Orquesta de Tango de la Red de Escuelas de Música de Medellín, mientras los acordes de una composición de Arolas se riegan por el teatro.

Néstor Marconi, de setenta y tres años, parece flotar mientras toca. Hace gestos de estar gozándose la interpretación, como una especie de coito con el arte. Hay silencio en la concurrencia. Está en el escenario un músico de traje y camisa oscuros, solo, introduciendo un concierto de homenaje a Carlos Gardel en los ochenta años de su muerte de fuego en Medellín.

Y de pronto, suenan los “¡bravo!” de la gente. Ahora, el maestro deja a un lado su instrumento, que empezó a estudiar a los diez años de edad, cuando su padre le regaló uno, negro, “lindo”  (así lo calificó alguna vez en una entrevista), en Álvarez, cerca de Rosario, Argentina. Y entonces con una pequeña batuta se pone al frente del atril y de la orquesta juvenil, que va interpretar durante hora y media piezas de Astor Piazzolla, Aníbal Troilo y algunas clásicas de Gardel, incluido el primer tango que el Zorzal cantó: Mi noche triste.

Marconi, que nunca había estado en la que sí es, según él, la segunda capital del tango, llegó el día en que se cumplían los ochenta años de la muerte de Gardel. Su misión: dirigir la orquesta juvenil de tango de Medellín, con orquestaciones del bandoneonista y director, que integró formaciones de José Basso, Enrique Francini, Horacio Salgán, Héctor Stamponi, Atilio Stampone y Astor Piazzolla, entre otras. Y que acompañó a uno de los últimos monstruos del tango-canción: Roberto Goyeneche.

En el primer ensayo, Marconi logró que los muchachos soltaran lo mejor de sí, “cosas increíbles”, y apreció las cualidades de la pianista, el contrabajista y el primer violín.  “pero lo más simpático es que los más jóvenes, se han enganchado con los efectos y golpes del tango. Es un fenómeno”, dice entre risas, vestido con una camiseta oscura, a rayas, en una saloncito de hotel.

Marconi, que ha viajado por casi todo el mundo, que dirigió la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto y la Orquesta de Tango Emilio Balcarce, advierte que quiere seguir aprendiendo y aspira a que los jóvenes tengan lugares para mostrar su talento. “No me doy por vencido. Todavía falta mucho en mi trayectoria; por eso sigo trabajando, estudiando, componiendo, dirigiendo, orquestando hasta el final”.

Cuando anda por una calle, Marconi no está silbando, como lo hace (o hacía) tanta gente en Buenos Aires, sino pensando en acordes, armonías, alguna orquestación, una manera de que su música suene bien. Y claro, seguro a veces se le vendrá de súbito alguna letra de tango, como Sus ojos se cerraron, que le sigue pareciendo impresionante; o como Naranjo en flor, que es uno de los del tango-canción que más le gustan. “Yo prefiero el tango instrumental, pero no podemos obviar ciertas letras, como la de El día que me quieras”.

Y a propósito, ya están muy lejos los días en que un músico o intérprete de tango no podía caminar tranquilo por Buenos Aires. Eran los años sesenta, y entonces la Nueva Ola y el Club del Clan arrasaron y exiliaron al tango. “Si a uno le veían con un bandoneón o una guitarra por la calle lo menos que le tiraban era piedra”, recuerda.

—¿Qué representa para usted Astor Piazzolla?

—Fue uno de los grandes. El que marcó un antes y un después del tango. En otro tiempo, hacer arreglos avanzados, romper con el clasicismo y las convenciones, era muy difícil. El tango entró a muchos países por Piazzolla, como pasó con Gardel, o con el baile. De él me gusta mucho lo de antes: Adiós Nonino, Prepárense, Lo que vendrá, Triunfal… Piazzolla, en una escala de uno a diez, hizo nueve cosas buenas; la mala, es que dejó una legión de imitadores. Hay una repetición en Buenos Aires de las secuencias rítmicas piazzollianas.

—¿Y en ese sentido usted qué hace?

—Yo sigo buscando. No sé si lo logro. A veces, retorno a cosas clásicas. Alguien decía que para criar a los nietos no hay que matar a los abuelos… Siempre es bueno volver al jazz, al folclore, los clásicos, Stranvinski, Ravel, Berg, Mozart… Yo vengo a Medellín a hacer un homenaje a Piazzolla, Troilo, Arolas y Gardel.

—¿Quién es para usted Horacio Salgán?

—No es nada nuevo lo que voy a decir: el más grande pianista del tango.

—¿Y Goyeneche?

(Suspira, hay un leve estremecimiento en Marconi)

—Con el Polaco fue una hermosa historia. Tantas experiencias, en Caño Catorce, en el Club del Vino, en el Café Homero, en Europa y Japón. Era una maravilla como cantante; después, con los años, un gran decidor. Que si la voz era clara o no, era un decidor como nadie. Yo no lo acompañaba, dialogábamos. Había ideas nuevas, improvisación. Siempre salían con él cosas lindas. Sin ser él músico, era muy intuitivo y musical.

En junio de 2012, a Marconi le desvalijaron su casa de Olivos. De todo lo que se llevaron, lo que más le dolió fueron dos de sus cuatro bandoneones. Y en especial uno con el que siempre daba los conciertos y recitales. “Era como una extensión o continuidad de mi cuerpo”. Nunca aparecieron y el golpe afectivo ya lo asimiló, según dice.

Marconi, que ama a Pedro Laurenz, Aníbal Troilo, Leopoldo Federico y Astor Piazzolla, sin imitar a ninguno, tiene una vasta historia en el tango, pero también experiencias distintas al género, como han sido sus interpretaciones con la pianista clásica argentina Marta Argerich; en orquestas sinfónicas y su participación en la orquesta de Don Costa, compositor y director, acompañante de Frank Sinatra. Participó en la película Sur, con Roberto Goyeneche, dirigida por Fernando Pino Solanas.

—¿Cuál es la letra de tango que lo mata?

—Ah, todas son interesantes. Hay tres autores, Homero Expósito, Homero Manzi y Cátulo Castillo, con letras como Naranjo en Flor, A Homero, El milagro, Sur; y Le Pera, con Sus ojos se cerraron. Gardel, en la película, lo canta con un desgarramiento doloroso.

—¿Y su tango instrumental?

—Ah, usted sí hace unas preguntas… Son muchos los temas que me gustan. Muchos de Piazzolla; Responso, de Aníbal Troilo… Troilo no tiene muchos instrumentales, pero los temas cantados de él, como María, Sur…,  era un gran melodista. Tendría que hacer una lista y terminaría mañana (risas).

Marconi, hincha de Independiente de Avellaneda, es un ser inspirado. Dice que ni al hacer una comida, ni al comer, ni al caminar puede faltar ese ingrediente, la inspiración, y en mayor medida en el arte. Se siente cómodo como solista, en duetos, tríos, en quintetos, octetos, en orquestas, “y componiendo y orquestando y dirigiendo”.

—¿Hay muchas promesas del bandoneón en Argentina?

—Lautaro Greco, Renato Venturini, más jóvenes; y Federico Pereiro y Carlos Corrales, un poquito mayores. Hay una tanda de muchachos que habría que cortarles las manos para que esperen a que desaparezcamos nosotros (se ríe a carcajadas).

Ahí está el rosarino Marconi. Despliega y encoje el bandoneón. Está interpretando Sur, de Troilo y Manzi. Luego, y sin que el instrumentista pare, entra el cantor Marcelo Tommasi y comienza a vocalizar La última curda, de Cátulo Castillo y Troilo. Después, viene un potpurrí de piezas de Piazzolla, y el concierto de homenaje a los ochenta años de la muerte de Carlos Gardel, en Medellín, entra en la recta final con una selección de títulos de Gardel y Le Pera.

Después, el teatro se para en pleno. Una ovación. La gente pide más. Y entonces Marconi, que está dirigiendo una orquesta de muchachos de Medellín, con tres bandoneonistas, uno de ellos argentino, complace al público y advierte que va Mi noche triste (“y que esta no sea triste”, dice), de Samuel Castriota y Pascual Contursi, y que ya no hay más en el repertorio. Hay risas. Cae el telón de la noche gardeliana.

Néstor Marconi, uno de los últimos grandes bandoneonistas argentinos. (Foto tomada de internet)

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1 comentario

  1. ¡Que delicia Reinaldo! Sobran las palabras. Muchas gracias.

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