El misterioso escritor de los demonios

(Recorrido por las palabras de Stefan Zweig sobre Dante y otros artistas)

Por Reinaldo Spitaletta

  1. De aquellos días en que supimos de Zweig

En un barrio a orillas de la quebrada de Santa Elena, sobre una calle larga que conectaba con Santa Lucía, las Estancias y otros nombres que he olvidado de los primeros poblados que por aquellos breñales fueron saturando los desplazados de la Violencia, arriba del histórico sector de La Toma, cuyos orígenes se remontan a los tiempos del regenerador colonialista Mon y Velarde, ahí, frente a un barranco sobre el cual ya había casitas trepadas, vivía el tío Benjamín.

La quebrada era limpia y tenía voces de cristal. Había lavanderas y muchachos que formaban charcos para imaginar piscinas de agua corriente. El tío vivía con otros dos tíos: Mario y Magola. Los libros que en esa casa de sala y tres piezas en galería, con sótano y puerta con camino a la quebrada, eran de Benjamín, que los tenía en varios estantes. Había de rosacrucismo, de ciencias ocultas, muchas novelas publicadas por editorial Tor, la Divina Comedia, El hombrecillo de los gansos, y otros que se pierden en los laberintos de la desmemoria. Pero me llamaron la atención unos firmados por un tipo de nombre extraño para mí, que entonces no llegaba a los quince años, y lo que había leído no pasaba de un libro de Walter Scott, los cuentos de los Hermanos Grimm, Las mil y una noches, y un poco de poemas de aquí y de allá, entre ellos algunos de Rubén Darío y los de José Santos Chocano.

El nombre me llamó la atención: Stefan Zweig. La lucha contra el demonio fue el primero que tomé en mis manos, más atraído por el título que por otra cosa. Imaginaba, antes de abrirlo, que tal vez podría ser un tratado sobre el diablo o asunto similar. Pero no. Me quedé en babia y casi babeando porque nada sabía de los tres sujetos que en él se incluían: Hölderlin, un poeta loco, según supe después;  Heinrich von Kleist, un escritor que terminó suicidándose, y Nietzsche, del cual alguna vez le había escuchado a Benjamín algunas menciones. Leía varias páginas, creo que sin entender mucho, y luego tomé otro del mismo autor, que por lo demás, yo mentalmente pronunciaba como Sueig (no tenía idea de la pronuncia alemana —y ahora no es que tampoco tenga mucha—, pero supe, años después, tal vez luego de pasar algunas vergüenzas, que se pronunciaba “Svaig”, o, según el alfabeto fonético internacional, “tsvaik”). Su título: Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Hojeadas, y luego pasé a otro: Fouché, el genio tenebroso, y este me interesó un poco más.

Así que cada vez que iba de visita a casa de los tres tíos, me dedicaba a leer algunos libros de Benjamín. De un momento a otro, aprendí que aquello del demonio no era otra cosa que una fuerza que arrastraba al ser hacia el éxtasis, el infinito, la perdición, el peligro, hacia todos los riesgos. Y no propiamente el diablo que ya había entrevisto en Fausto, otro libro que Benjamín tenía en sus anaqueles de tabla. Pasó el tiempo y un día tuve la noticia funesta de que a la casa de los tíos se había metido la quebrada, casi todo se esfumó, menos los libros, que estaban altos en sus rústicas maderas. Cuando volví, en las paredes había señales del paso de las aguas turbias y violentas; ya los tíos habían limpiado el fango, y la casa volvía casi a ser la misma de antes, aunque sin muebles y sin otros elementos que la borrasca se llevó.

Entonces decidí que varios de los libros de mi tío debían ser míos, y me los llevé, en un auténtico hurto que me dotó, entre otros, de varios de los del escritor austríaco, del cual ya sabía que se había suicidado en Brasil el 22 de febrero de 1942. Así me fui metiendo en la vida de Balzac, en la de Dostoievski, en la de María Estuardo. Supe que Zweig había sido un viajero y alguien que daba conferencias en muchas partes, en las que no cabía la gente. Las filas para escucharlo eran más largas que las que se hacían para comprar boletos de ópera o en los estrenos de películas. Cosas así sucedieron, por ejemplo, en Argentina, donde se hizo amigo de un escritor que mi tío también tenía en su biblioteca: Bernardo Verbitsky, tal vez el primero en novelar las villas miseria en América Latina.

Y así, gracias a los libros de Benjamín, un hombre que vivió muchos años de su vida gracias a la fotografía, conocí a Zweig, o, por lo menos, algunas de sus obras. Hace poco, en una librería de Medellín, cuando estaba buscando un libro de otro escritor, vi una publicación de aquel viejo conocido, titulada El misterio de la creación artística y sobre este asunto tratarán las líneas que siguen.

  1. Zweig en la Pampa y una tristeza

Zweig se casó dos veces, hecho que puede ser intrascendente. Su primera señora, Friderike Maria Burgervon Winternitz, con la que estuvo desde 1920 hasta 1938, parece que marcó a fondo la vida del escritor, y con ella mantuvo correspondencia cuando ya este vivía en Brasil con su otra esposa (Charlotte Elisabeth Altmann), país en el que el intelectual aseguró residencia permanente. A ella le enviaba cartas sobre distintos aspectos, pero, sobre todo, acerca de las conferencias que Zweig dictaba en diversas ciudades. Las charlas las hacía en alemán, inglés, francés y español, según la lengua del país o de los auditorios donde estaba. En la Argentina, tierra que él calificó de fascinante y fantástica, las colas para sus charlas sobrepasaban las tres mil personas, y en varios eventos tuvo que intervenir la policía.

La Pampa, por ejemplo, lo alucinó porque durante horas no se ve una sola casa, “a lo sumo algunos chiquillos que cabalgaban en dirección a la escuela (todo se hace a caballo, pues los hay aquí a cientos de miles)”, y más aún, la popularidad del autor que cuando llegaba a una barbería, no le cobraban, ni los camareros le aceptaban propinas, y en la calle casi todo el mundo lo saludaba, debido a los registros fotográficos de los diarios. Todo esto ocurría en 1940. Pero había un factor múltiple que agobiaba a Zweig: el ascenso del nazismo, la intervención alemana en la Segunda Guerra y la prohibición de sus libros en Alemania. Hacia 1940, como él mismo se lo hace saber a Friderike, se le había “agotado la alegría”. El suicidio de Ernst Weiss lo afectó a fondo. Para esos días, ya sabía que no volvería más a Europa. Zweig ya era un hombre triste.

El 29 de octubre de 1940, pronunció en Buenos Aires una conferencia con el título de El misterio de la creación artística, en la que afirma como hipótesis que “de todos los misterios del universo, ninguno más profundo que el de la creación”. Le sorprendía aquello que iba más allá del tiempo, que perduraba más allá de lo efímero. Y esto solo era posible, según él, en el arte, pero solo cuando el arte es capaz de vencer la mortalidad humana y se convierte en milagro. ¿Cuándo un hombre puede superar los límites del tiempo y de la muerte?, es una de sus preguntas, y en ese surgimiento de interrogantes, se asombra porque el hombre, el artista, el que está tocado por dioses y otros misterios, es capaz de vencer lo perecedero.

Y se sigue interrogando acerca de los resultados de una obra artística, que trasciende lo artesanal, las hechuras, las costuras, para volverse imprescindible en la humanidad. Pero cómo es posible el milagro en un mundo mecánico y sistemático, obrado, además, por un mortal, por un ser como cualquier otro, tocado, eso sí, de una fuerza y energías parecidas a la divinidad. ¿Cómo nacen las grandes obras de arte, las que conmocionan y conmueven el alma? ¿Cómo imaginar el alma de Shakespeare, de Cervantes, de Rembrandt, al momento de crear sus obras?

Y en algún segmento de su charla, Zweig sugiere que en la creación de grandes obras hay fuerzas sobrenaturales de la esfera del espíritu, que resultan imposibles de explicar. Los poetas, los pintores, los músicos, los escultores, casi nunca revelan los secretos de su creación, y en este punto cita la Filosofía de la Composición, de Poe, que intenta tornar en intelectual y científica la creación, y tras algunos rodeos y analogías, que se relacionan con disciplinas como la criminología, el conferenciante apunta a que, cuando el artista está en su gestación de la obra de arte, está bajo una situación extática, fuera de sí mismo, metido solo en su creación, en el producto de la misma.

“El artista solo puede crear su mundo imaginario olvidándose del mundo real”, sostiene, y entonces aparece Arquímedes de Siracusa, en su concentración y búsqueda, mientras la ciudad está sitiada. Un soldado sorprendió al matemático y sabio dibujando con su bastón figuras geométricas en la arena y se abalanzó sobre él, espada en mano. El físico solo le decía: “no alteres mis círculos”, sin saber que el que allí estaba sería su asesino, sin enterarse de la amenaza que se cernía sobre su vida, solo preocupado por resolver un problema matemático.

También, para explicar aún más el estado de transformación en otro o en otros que el artista vive mientras crea, se acuerda cuando un amigo de Balzac entró sin anunciarse a su casa, mientras el escritor terminaba una obra. Y entonces, el creador, tomándolo del brazo, le dice en un tono de lamento y lagrimeando: “¡Qué horror! La duquesa de Langeais ha muerto”. El que entró se quedó turulato. Conocía bien la sociedad parisina, pero jamás había escuchado de ninguna duquesa de Langeais, y, claro, en rigor tampoco existía ninguna aristócrata con ese nombre; era uno de los personajes del novelista, quien, al momento de entrar el amigo, describía la muerte de ella.

Durante la creación, entonces, advierte Zweig, el artista está en otro mundo, en otras esferas, en un ensimismamiento, del cual, en muchas ocasiones, ni el propio artista es capaz de dar razón. De lo que sí quedan rastros es de la preparación, los antecedentes, los bocetos y trazados previos de la obra. Del trabajo intenso que un creador debe desarrollar para lograr un resultado, la obra de arte. ¿Qué papel juega en este proceso la inspiración? El genio de esta, de la inspiratio, dicta y convierte al artista en un simple instrumento, una suerte de intermediario, un escribiente. Un médium. Pero, desde luego, esta situación es solo una parte, tal vez mínima, de las esencias creativas. Puede que Mozart hiciera una sinfonía en muy poco tiempo, o que en quince días Rossini escribiera una ópera, pero, si de trabajo se trata, habría que mirar, por ejemplo, el de Beethoven.

“Vemos que Beethoven —dice Zweig— no era un hombre que obedecía a su genio, sino que luchaba por él, encarnizadamente, como Jacob con el ángel, hasta que le concediera lo último y supremo. Mientras en el caso de Mozart nunca vemos trabajos preparatorios y apenas uno que otro apunte y noticia, cada sinfonía de Beethoven exigía gruesos tomos de trabajos preliminares, que a veces abarcaban años enteros”. En el músico de Bonn, todo era más dificultoso, menos divinidad y mucho más humanidad.

Y así, con disquisiciones sobre dos genios de la música, como Mozart y Beethoven, el ensayista avanza en la detección de los misterios de la creación. Pasa por el autor de La Marsellesa, Rouget de Lisle, oficial del ejército francés, que lo único interesante que produjo fue precisamente ese himno, y recuerda las peripecias de Poe en la creación de su célebre poema El cuervo, hecho “con la precisión y consecuencia de un problema matemático”. Y, como alguna vez lo expresaría Picasso, no basta que el artista esté inspirado para que produzca. Debe, además, como anota Zweig, “trabajar y trabajar para llevar esa inspiración a la forma perfecta”.

Y en el arte, una obra quizá se pueda hacer en tres días, pero, en otros casos, puede tardar toda una vida su concepción y realización, como, por ejemplo, pasó con Fausto, de Goethe. Lo empezó a los dieciocho años de edad y sus últimos versos los estampó a los ochenta y dos. Y así en otras artes. El Mesías, de Händel se bosquejó, compuso, instrumentó y quedó listo en dieciséis días, mientras Wagner tardaba años en crear una ópera. Flaubert, un auténtico artesano de las letras, se demoraba en encontrar una palabra, al tiempo que Balzac escribía en un día cuarenta o cincuenta páginas.

Zweig aduce que todo camino que conduzca a la perfección es válido, y cada artista no debe ir más que por uno de esos caminos, el suyo propio. Los misterios del arte y del espíritu son inconmensurables.

  1. Otros autores con una mención a Edipo y Electra

 

En el breve libro que estamos comentando, solo ciento diez páginas, Zweig incluye oraciones conmemorativas, conferencias y otros escritos, sobre autores y artistas disímiles, como Hofmannsthal, Toscanini, Rodin, Dante, Rimbaud y James Joyce. Y en cada uno de sus retratos y análisis intenta encontrar el misterio de la creación artística, sus fundamentos, sus oscuras zonas.

Sobre Hugo von Hofmannsthal, el poeta, el autor de Muerte del Tiziano, anuncia que después de Novalis y Hölderlin, nunca hubo un poeta lírico de la envergadura y hondura del autor de El aventurero y el cantante.

En su juventud, este poeta fue “un milagro, un portento, un fenómeno incomparable, ultraterreno”. Una suerte de ser embriagado, exaltado, que a los treinta años ya había alcanzado las cimas del canto, la perfección de lo poético. Cuando la Electra de Eurípides estaba sepultada entre ruinas y escombros filológicos, solo para profesores como texto de culto, el toque mágico y milagroso de Hofmannsthal resucitó a los Atridas para que entraran en lo contemporáneo con nuevos bríos. Y así, según Zweig, Edipo, Clitemnestra y Admeto, que eran como estatuas tan grandes para ser vivas, horrorosas y ajenas, recibieron una nueva mirada, un toque humano, una nueva lengua, un nuevo espíritu, y el mundo logró otro acceso a tales maravillas.

La escena alemana tomó otras luces y sombras. Y, como es fama, en parte del alma de los austríacos habrá siempre música, Hofmannsthal, con el libreto de El caballero de la rosa (música de Richard Strauss), logró una comedia perfecta, un matrimonio entre música y poesía. El artista al servicio de lo absoluto, de lo más elevado del hombre, de lo eterno. Así vio Zweig a uno de los poetas, dramaturgos, ensayistas y narradores más sonoros de Europa.

Sobre el director musical Arturo Toscanini, Zweig, como prólogo a un libro sobre el italiano escrito por Paul Stefan, en 1936, dice que sin arrogancias ni altanerías sirve a la “superior voluntad de los maestros que ama”. Toscanini, de prodigioso oído y memoria fotográfica, está considerado como uno de los máximos directores orquestales del siglo XX, y según el prologuista, “desprecia tanto en el arte como en la vida la gentil conformidad, el compromiso, el mísero darse por satisfecho”.

Toscanini emanaba una fuerza, una autoridad, una sapiencia, que todos se acogían a sus mandatos y observaciones. Las obras que dirigía, quedaban tocadas por “el poder de su santo terror”. Era un elegido de la perfección, alguien dotado de cualidades para enfrentar a los demonios y conquistarlos. En su escrito, Zweig destaca la manera de trabajar del artista, los modos de enfrentar las partituras, frase a frase, nota a nota, con una sensibilidad que todo lo mide. Y todo lo domina.

Describe los ensayos, la manera de mirar, de caminar, de ser de Toscanini, del hombre trágico, hecho de luchas y saberes. Logra un retrato del hombre interior, y de cómo era capaz de desencadenar los elementos en una obra musical. “Empuja y exalta con una energía constantemente renovada, hasta que, por fin, la masa de los músicos se ha convertido íntegramente en expresión de su voluntad, y su visión intachablemente en obra”.

Zweig sabe, y lo agrega a sus apreciaciones sobre Toscanini, que el arte es una lucha perpetua, nunca es un fin, sino siempre un comienzo. Y el director, nacido en Parma en 1867, obró el milagro de hacer sentir a millones de seres la herencia gloriosa de la música como un valor auténticamente vivo del presente. En sus grabaciones de Beethoven, Verdi, Brahms, Berlioz, Puccini y Wagner, entre otras, se puede apreciar su fuerza y grandeza en la dirección, su genio, su búsqueda permanente de la perfección.

  1. Rodin, Dante y Rimbaud

Rodin puede ser uno de los escultores del siglo XX más mencionados. Un artista sobre el que se ha escrito, filmado, poetizado y mitificado. Zweig, en su pequeño texto titulado La lección de Rodin, comienza con una reflexión referente a cómo cada ser humano llegó a convertirse en algo o alguien, cómo escogió su profesión, arte u oficio. Y entonces recuerda, cuando, en París, a la edad de veinticinco años, frecuentaba la compañía de escritores y jóvenes estudiantes. Una tarde, en una discusión sobre arte, en casa del pintor belga Verhaeren, otro pintor ya entrado en años deploraba la decadencia de las artes plásticas desde el Renacimiento.

Y, claro, el joven Zweig, “apasionado y agresivo, como suelen serlo los jóvenes”, refutó con vehemencia el punto de vista del expositor y comenzó una defensa de Rodin. Al final de la jornada, Verharen, después de darle unas palmaditas en el hombro, le dijo que al día siguiente lo llevaría al taller de Rodin.

El escultor de El beso, Balzac, El pensador, tenía once estudios en París, y en cada uno de ellos trabajaba con una escultura diferente, y era difícil saber en qué taller estaba cada día. Así se evitaba visitas molestas. Pero el cuento es que Zweig y su guía acertaron. Y cuando menos pensaba que lo trataría muy bien, el escultor se lamentó de que allí no hubiera muchas cosas que mostrarle, y lo invitó para el domingo siguiente. Y ahí, en ese momento, Zweig aprendió una lección: “la de que los grandes hombres son casi siempre los más amables”.

En su visita, Zweig se dio cuenta de la gran concentración del artista en cumplimiento de su tarea, que está por encima de cualquier otro interés. Sin que nada pueda perturbarlo. Durante hora y media el escultor estuvo en otros espacios, mientras olvidaba todo a su alrededor, incluido el joven visitante que estaba extasiado y que, en ese tiempo, había aprendido la lección de que el artista, cuando crea, es otro y se aleja del mundo circundante.

¿Cómo se puede medir la grandeza de Dante? ¿Es una grandeza solitaria y distante de las muchedumbres? ¿Es un poeta solo para especialistas? Lo que sea, el florentino es un hito, un fundador, un hombre que en ocasiones se puede confundir con la divinidad, con la aureola de los dioses. Un ser luminoso. “Las generaciones se alzan y caen a su alrededor, mas él permanece inmutable, como una roca, y hunde su mirada en la inmensidad”. El arte —agrega Zweig—, no posee nada más inconmovible que los catorce mil versos de la Comedia, que es tiempo reducido a forma. O, en otras palabras, la obra trasciende el tiempo.

Con Dante, según Zweig, acaba la teología creadora, la ciencia de lo divino en lo terrenal. Es un iniciador, pero, a su vez, un “ultimador”. Su arte surge y muere con el poeta. Una escuela que se agota con él. Dispone el escenario de su creación en tres planos: ciencia y política, cielo y tierra, proximidad y lejanía. En la Commedia hay pasado y presente, olimpo e infierno, fe e incredulidad.

Cuando Dante escribe su monumental poema, todavía no existe el italiano. Está segregado en dialectos diversos; prolifera de modo oscuro en el pueblo; circula por los campos. Y de súbito, Dante toma en su genio, en “su mano ardiente y vigorosa ese volgare, esa lengua común, como la llaman despectivamente los cultos”, y surge de sus pócimas y brebajes literarios, un nuevo estilo, un nuevo idioma. Y de ese modo, y qué modo, Dante hace una nación, una cultura, crea un mundo. Es un descubridor.

Y así, Zweig, con su análisis y sus inteligentes interpretaciones, nos va mostrando la grandeza de la obra dantesca. “Con aquella mirada dotada de una potencia originaria, que tal vez solo Shakespeare y Goethe han poseído entre todos los poetas, contempla el mundo, contempla el espacio y el tiempo como un todo, lo humano como una unidad”. Dante, el poeta, se erige en juez, en moralista, en una especie de dictador, que ve con deleite a sus enemigos. Es, en cuanto al lenguaje se refiere, un “poeta escultor”: “esculpe las palabras de la ley cristiana en sus nuevas tablas de Moisés”.

Un poeta como Dante logra la dimensión de lo sacro. Su Comedia se sometió a explicaciones, exégesis, críticas, explicaciones, y fue traducida como la Biblia, el Talmud, el Corán, y tenida como inspiración divina. Sí, como un libro sacrosanto, misterioso, palabra de dioses. Un monumento. Un secreto de estrellas y otras constelaciones.

Y si Dante es divino, Rimbaud es humano. Un humano con mucho genio. A los diecisiete años era ya un poeta famoso y admirado, una especie de niño-Shakespeare, como lo bautizara Víctor Hugo. Un muchacho prodigio, pleno de entusiasmos, de palabras, de deseos. Y de poesía. Que tal vez se cansa de tanto talento y abandona el canto para dedicarse a algo más mundano y vulgar, el vagabundeo, el comercio, los viajes de aventuras. Después de las palabras, de las elevadas palabras, buscó la acción y el aturdimiento. Y su abandono de las letras, lo hace descubrir otras esferas, otros mundos, más salvajes, quizá, más prometedores.

Y así, Rimbaud, que a los treinta y siete años termina su ciclo vital, con las piernas amputadas y solitario en un hospital de Marsella, olvidó su procedencia, su brillo, el arte, que para él era un tipo de trabajo cualquiera, y se dedicó a buscarse por otras geografías. “Dejar a los dieciocho años semejantes poemas tras de sí —dice Zweig— nada habría tenido de particular, no habría pasado de ser un récord, pues Keats murió a los veintiuno”. Sin embargo, anota, el desprecio de un artista de la talla de Rimbaud por el arte, por la poesía, no tiene parangón en la historia. Arrojó a la nada su arte y jamás volvió a preocuparse por esas formas misteriosas, esas palabras que crean mundos y estados de alma, y se marchó tras su destino luminoso. La mitad de su vida con las palabras, y la otra mitad con la acción.

El pequeño texto de Zweig termina con una nota sobre Joyce, al que califica de “acróbata caído en la mitad de nuestra literatura”. Sobre la novela-mamut (así la llama), pregunta, si en efecto, es una novela, o, más bien, un Sabbat de brujas, un gigantesco capriccio, una fenomenal “Noche de Walpurgis” cerebral, y así, hasta llegar a decir que es una tarantela del inconsciente.

Zweig, al hablar del arte de Joyce, advierte que “en su orquesta están reunidos todos los instrumentos vocales y consonantes de todos los idiomas, todas las expresiones técnicas de todas las ciencias, todas las jergas y dialectos”. Joyce es fin y comienzo. Un meteoro. Con una obra que “es más creadora de lenguaje que de mundo”.

Al final de cuentas, tras recorrer la palabra sabia y bien tejida del escritor que hace años tuve la oportunidad de conocer, por lo menos en algunos breves aspectos, en una biblioteca de una casa junto a la quebrada Santa Elena, nos recuerda que el artista solo puede crear su mundo imaginario olvidándose del mundo real.

El escritor austríaco Stefan Zweig, autor, entre otros libros, de El mundo de ayer.

Cafetín con orines y sin filosofía

Por Reinaldo Spitaletta

No ocurrió como en el Cafetín de Buenos Aires, en el que el gran Discepolín aprendió filosofía y otras vainas. No. Ni siquiera en aquel bar de mala muerte, en el que, por lo demás, nunca mataron a nadie, porque los que peleaban se salían a hacerlo afuera, y afuera tampoco se mataban, había mucho de teatralidad en las confrontaciones, lo mismo pasaba en otros cafés que había en Bello, digo que allí no se aprendía naipes ni parqués ni ajedrez, que por allí no había ajedrecistas, ni mucho menos nada parecido al bridge o al póker. Aprendí, eso sí, algunas canciones que arrojaba el traganíquel, y sus fosforescencias de neón iluminaron imaginaciones, la mía y las de otros pelados que no podíamos entrar porque éramos menores de edad.

En aquel café de sordideces, en el que arriba del mostrador colgaban chorizos secos y desde afuera se sentía hedor a orines, escuché tangos de malevos y de putas, como uno, de escasa estatura, llamado Maldito Cabaret, y otro, más torvo todavía, sobre un tal Cruz Medina, una historia ruda y burda. Pero había algunos, de Raúl Berón, como Trasnochando, Una emoción y Como tú, que tenían poesía, o, por lo menos, no caían en lo evidente ni en lugares comunes.

El bar, como tantos de aquella ciudad de obreros y maleantes, tenía un nombre evocador de Buenos Aires, el Florida, que no desentonaba con otros que pululaban en esas geografías: El Torrente, Tres Amigos, Rodríguez Peña, River Plate, Cuesta Abajo… No todo lo que sonaba era tango. De vez en cuando, se escuchaban las voces de Piero (Si vos te vas y otras) y de Leonardo Favio (Fuiste mía un verano), y no faltaban unas canciones que a mí me parecían deplorables y a las cuales comencé a odiar: las de Los Cuyos.

El Florida, en el que no había billar, era un bar de seis mesas, tal vez siete, con un Seeburg viejo para la época, al que llegaban, más que obreros, tipos “duros” de la calle, que escondían sus puñales debajo de las mesas metálicas cuando sentían que se acercaba la policía y que era inminente una “batida”. Decía que adentro no se enfrascaban a pelear y, más bien, tal vez porque el Bizco Arturo, el dueño del negocio, era un hombre arisco y que manejaba bien la rula, se iban a la acera a intercambiar puños y de vez en cuando a hacer malabares con los cuchillos, sin tocarse, sin herirse.

Todo esto para decir que, tras muchos años de haber desaparecido aquel bar turbio, me acordé otra vez de aquellas noches en las afueras del mismo, mirando por las puertas (eran dos) o las ventanas (tres) a observar a los concurrentes, o de vez en cuando a arrojarles ganzúas o grapas metálicas impulsadas por cauchos que extendíamos entre los dedos, a los chorizos tristes del Bizco, porque me puse a seguir las letras de dos tangos, que uno de ellos siendo de los años cuarenta, no sonaba en el Florida: Cafetín de Buenos Aires (la versión de Goyeneche es insuperable) y Café La Humedad, de Cacho Castaña, compuesto en los setentas.

Donde el Bizco no era posible aprender ninguna filosofía, ni la del trabajo, porque la mayoría de sus clientes eran vagos y uno que otro artesano. Se aprendía, digamos, de fútbol, porque se discutía hasta el hartazgo sobre jugadas y jugadores, o de ciclismo, que había sujetos que sabían de la Vuelta a Colombia y de otras vueltas… Lo que sí aprendimos fue a fumar en la acera del Florida, aunque nada de dados, ni timbas, ni dominó ni jueguitos parecidos, que nosotros éramos muchachos de acción y nada que nos aquietara estaba dentro de nuestros gustos.

El de Discépolo (con música de Mariano Mores) es un tangazo. En rigor, no recuerdo si pudo sonar en aquel barcito desmirriado, pero tampoco el Florida hubiera podido “ser escuela de todas las cosas” ni allí había “mezclas milagrosas de sabihondos y suicidas”, o puede que de los primeros, sí. Había unos habladores de paja que creían saberlo todo. No hubo, sin embargo, ningún suicida que le hubiera dado lustre al café. Allí, “sobre sus mesas que nunca preguntan” no lloré desengaños, ni nací a las penas, pero sí, creo, la atmósfera de humo y los olores acres del aguardiente, me enseñaron que en un café hay brumas y gentes con desencantos.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché Café La Humedad, pero la versión primera que conocí fue la de Goyeneche, aunque, para ser franco, me gustó más la de Rubén Juárez. Aunque, todo hay que decirlo, Cacho no lo hace mal. Hay en ese tango la poesía de lo ido, de las esperas. Y la del billar y la reunión. Es un volver a “las hazañas de otros tiempos”, para alejarse de la muerte y de otras desazones. Es un reencuentro con soledades y con los muchachos de antes.

El tango está lleno de cafés, de viejos y últimos cafés, que flotan en la memoria, que se perpetúan en sentimientos de amistad o en una queja de amor. Y en sus mesas, esas que a veces se buscan con ansia, uno escucha, cómo no, las preguntas que le hacen al tiempo después de que ya nadie llora sobre ellas ningún desengaño.

El autor del Maracanazo ha muerto

(Ghiggia, Schiaffino y el negro Varela, los héroes uruguayos de 1950)

Por Reinaldo Spitaletta

El estadio más grande del mundo estaba colmado: había ciento noventa y nueve mil ochocientos cincuenta y cuatro espectadores el 16 de julio de 1950, cuando todos los que allí estaban y los que había por fuera en un país que tiene al fútbol como una religión daban por descontado que Brasil sería el campeón, sobre todo, porque el rival, Uruguay, no intimidaba a nadie y lo único a que aspiraban los dirigentes del pequeño país era que no les marcaran a su selección más de cuatro goles.

Sí, Brasil, antes de jugar la final, era el campeón. Río de Janeiro era un carnaval en mitad de año. A los jugadores brasileños, la víspera del partido definitivo, les habían regalado relojes de oro con la inscripción en el dorso “para los campeones del mundo”. Ni el más optimista, o, en otras palabras, ni el menos pesimista, ni siquiera en Uruguay, daba cinco centavos de cruceiro por los charrúas. No había dudas en ninguna parte: Brasil sería el campeón. Y punto.

Porque, además, en los últimos juegos, había derrotado por goleadas de estruendo a España y Suecia, a las que apenas Uruguay les había empatado a la primera y ganado tres a dos, a la segunda.

Y el 16 de julio el Maracaná vibraba. Era una sola voz: ¡Brasil, Brasil! Fiesta y festones. La apoteosis. La consagración. Caras risueñas en las tribunas. En las afueras. En todo el enorme país. Y además de esas alegrías tumultuarias, estaba Río estrenando estadio. Y no cualquiera. El más grande del orbe. Y todo el mundo esperaba que Brasil ganara. Es decir, en rigor, los uruguayos esa tarde estaban jugando contra el mundo.

El veterano de la selección uruguaya era el mediocampista Obdulio Varela, el negro, de treintaitrés años, fogueado en todas partes, sin miedos ni complejos. Los otros, eran muchachos, inexpertos, pero eso sí, jugaban sabroso. Sabían mover la esférica. Cuando iban a saltar al gramado, el capitán Varela les dijo a sus compañeros que no miraran la tribuna, que salieran tranquilos que el partido se jugaba abajo, en la cancha y no en las graderías. Los recibió una silbatina ensordecedora.

El negro no le dio la mano al árbitro. Solo lo saludó con cordialidad. Y no más. Comenzó el partido. Y el carnaval vibraba a punta de samba en el Maracaná y también en sus afueras. Pero qué va, con todo, Uruguay estuvo más cerca de marcar en el primer tiempo que los anfitriones. “Me di cuenta que la cosa no era tan brava. El asunto era no dejarlos tomar el ritmo demoledor que tenían”, le contó Varela, años después, al periodista y escritor argentino Osvaldo Soriano. El primer tiempo terminó cero a cero.

En el segundo, Brasil, la máquina, los demoledores, los sin piedad, salieron a exterminar a los atrevidos uruguayos. Había que darles su merecido. Ponerlos en su sitial de perdedores. Y a los seis minutos, ¡gol de Brasil! ¡Gol de Friaça! La goleada parecía inminente, se veía venir, pero nadie contaba con la astucia del negro Varela, con su capacidad heroica, con su inteligencia. Era un canchero. Tomó el balón y salió despacio hacia la mitad del campo. Las tribunas hervían. Y él, tranquilo, sin afanes. Había visto que el línea (el linesman) había alzado la bandera antes de la jugada de gol y luego la había bajado. Y entonces pensó en ir a discutirle al central, mientras andaba con parsimonio y el balón en sus manos, mientras la fanaticada se iba alterando y lo insultaba.

Cuando Varela llegó al centro de la cancha, el estadio estaba en silencio. Y en vez de poner la pelota en la mitad para el saque, se fue hacia donde el referí y pidió un traductor. El grone alegaba que había off-side (entonces no se decía fuera de lugar) y así se fue otro minuto. Varela quería enfriar la máquina brasileña, cuyo combustible era el público. “Estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio no más”.

Cuando se reanudó el cotejo, los brasileños parecían ciegos, torpes, no atinaban y en esos momentos, los uruguayos, en particular su capitán, se dieron cuenta de que podían no solo empatar sino ganar el encuentro. Varela empujó a su equipo, le dio carácter, lo volvió una congregación de jugadores tranquilos y con vocación de triunfo. Sin miedos. Sin arrugarse. Sin complejos. Y llegó el empate a cargo de Schiaffino. La tribuna no lo podía creer. Y cuando faltaban nueve minutos para el final, apareció Alcides Ghiggia y de un tiro cruzado desde la derecha venció al arquero Moacyr Barbosa, que alcanzó a tocar el balón y cuando se levantó creyendo que lo había desviado, vio con desazón e incredulidad la bola adentro.

Y entonces, en medio de lo inesperado, se hizo el silencio. Nadie creía que Brasil estaba perdiendo. “Solo tres personas en la historia han conseguido hacer callar al Maracaná con un solo gesto: el papa (Juan Pablo II), Frank Sinatra y yo”, declararía tiempo después Ghiggia, el veloz delantero uruguayo que provocó el 16 de julio de 1950 el turbulento y afamado Maracanazo.

Brasil era la desolación. El duelo. Lo siniestro. El infierno. Llantos adentro y afuera del estadio. Los cajones de voladores flotaban en el mar. Hubo suicidios. Infartos. Desvanecimientos. Varela, por la noche, salió con el masajista a tomarse unos “chopps” en boliches de Río. “Obdulio nos ganó el partido”, decía en medio del llanto un grandote que entró al bar donde estaba el capitán uruguayo. “Me sentí tan amargado como él. Yo les había arruinado el carnaval. Teníamos un título, ¿pero qué era eso ante tanta tristeza”, recordaría el capitán.

Los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol se hicieron otorgar medallas de oro, mientras a los jugadores les dieron de plata. Obdulio Varela, con el premio, logró comprar un Ford del año 31, que se lo robaron a la semana siguiente. Ghiggia, que luego se fue a jugar a Italia, y después militó en el Peñarol y el Danubio, escribió la hazaña que para muchos uruguayos ha sido la más grande en la historia del país de Ortigas, los treintaitrés orientales y Gardel.

Mientras Brasil lloraba, Uruguay festejaba. “Salimos como locos por las calles. Nunca vi tanta explosión y alegría resumida en la sociedad uruguaya; tal vez cuando se fue la dictadura, pero nunca vi tanta alegría resumida en un pueblo”, recordaría el expresidente José Mujica. Y sus palabras las produjo el deceso de Ghiggia, que murió exactamente sesenta y cinco años después de marcar su golazo histórico.

Ghiggia, el número siete, el último sobreviviente de aquella batalla, se despidió del mundo a los ochenta y ocho años de edad, el 16 de julio de 2015. Su epopeya, que produjo un silencio de sepulcros en Brasil, trasladó a Uruguay el carnaval, al ritmo de candombes. El maracanazo fue obra suya. Monumental. Tan grande, como el llanto de un pueblo que todavía no ha podido olvidar aquella tragedia en la que un silencio atronador se sintió en todo el mundo.

(Escrito en Medellín cuando sonaban los voladores de la virgen del Carmen)

Julius Fucik o la victoria de un periodista asesinado

Por Reinaldo Spitaletta

Praga suena a aguas del río Moldava, a músicas de Smetana, al frufrú de las faldas de sus muchachas risueñas, y claro, en sus castilletes medievales se oyen acordes de viejas tonadas, que tienen rumor de campanarios y de órganos roncos. Es la ciudad de Kafka, aunque el extraordinario escritor poco la refleja en sus obras (investigadores aducen que más que la capital checa, se siente en el trasfondo de algunas de sus creaciones a San Petersburgo, por la influencia ejercida por Dostoievski en el autor de El Proceso), y también de Jan Neruda (1834-1891), poeta, cronista, novelista y cuentista, autor, entre otras obras, de los Cuentos de Malá Strana, un tradicional barrio praguense, habitado por sastres, abogados, pintores, amas de casa, jubilados, parte de un microcosmos lleno de cotidianidades e insatisfacciones, que dan cuenta de las incertidumbres y vaivenes de la condición humana.

Y hablo aquí de Neruda, porque, aparte de ser un escritor fundacional de una literatura, es uno de los faros que tiene el periodista Julius Fucik, autor del Reportaje al pie del patíbulo y una de las figuras emblemáticas de la resistencia checa contra el nazismo, en la Segunda Guerra. Praga, cuna de numerosos artistas e intelectuales, tiene en Neruda un portaestandarte de su cultura, de sus muertos y de sus vivos, y de sus trabajadores, como lo hace constar, por ejemplo, en escritos suyos sobre el Primero de Mayo y las marchas obreras.

En su reportaje, hoy traducido a más de ochenta lenguas, Fucik le rinde un homenaje a Neruda, “nuestro mejor poeta, el que vio por encima de nosotros en el porvenir”, al que considera un autor proletario, a diferencia de otros críticos de su tiempo que lo catalogaron siempre como un escritor de la pequeña burguesía. Pero también en la obra cúspide de este hombre que se irguió con coraje e inteligencia ante sus verdugos, está otro compatriota suyo, el periodista y novelista Jaroslav Hasek (1883-1923), autor de Las aventuras del buen soldado Svejk, una sátira contra la sinrazón de la guerra (en este caso, la Gran Guerra), que Hasek no pudo concluir.

Pero, ante todo, en el reportaje de Fucik, publicado póstumamente, hay un testimonio de valentía y, al mismo tiempo, de solidaridad con todos los que, durante la Segunda Guerra Mundial, lucharon para provocar la caída estrepitosa del Tercer Reich y su führer. El periodista ofrece, en medio de su situación crítica, de ser un prisionero, torturado y vigilado, una lección de ética, de un lado, y de periodismo combativo, del otro. Está convencido, como dirigente comunista, que los que se oponen al fascismo, al nazismo, a todas las fuerzas retardatarias que quieren esclavizar y destruir al hombre, son sembradores de alegría.

Fucik, crítico literario y poeta, que había estado en la Unión Soviética viendo de primera mano la construcción del socialismo, cae en las garras de la Gestapo, la macabra policía secreta nazi, y es puesto preso en una cárcel de su país (la prisión de Pankrác) y luego enviado a Alemania, donde es ejecutado el 8 de septiembre de 1943. Sometido en la mazmorra a toda clase de martirios físicos e improperios, no cede en sus principios ni en su convicción de que el fascismo será derrotado. No lloriquea, no pide clemencia. No cede ante el dolor ni las humillaciones. Canta a la victoria que se aproxima y cuyos clarines ya suenan en Stalingrado, la heroica ciudad soviética sobre el Volga, en donde se erigió el punto de partida para la catástrofe del imperio de Hitler. El principio del fin de la wehrmacht.

Sabe, por lo demás, que él no presenciará el triunfo de sus camaradas, de los pueblos, del hombre (el fascismo es una negación del hombre), sobre los opresores, sobre aquellos que diseñaron la más potente máquina de exterminio en la historia de la humanidad (por lo menos hasta ese momento del siglo XX), pero está convencido de lo que les espera a los enemigos del progreso y de los trabajadores: el fracaso.

Algunos testigos, que lo vieron por última vez en la cárcel berlinesa durante el juicio de los nazis, el 25 de agosto de 1943, contaron que Fucik dijo: “Sé que seré condenado y que mi vida llega a su fin, pero también sé que hice lo que pude por nuestra victoria. Estoy seguro de que seremos los vencedores. Nosotros morimos, pero otros vendrán a continuar nuestra obra”. Su optimismo, basado en el conocimiento de leyes sociales y en la defensa de la razón y la civilización, le proporciona altas dosis de valor frente a la actitud desalmada de sus captores. Sabe, además, que centenares de miles de hombres caerán antes de que otros puedan decir: “sobrevivimos al fascismo”.

Reportaje al pie del patíbulo (también lo han titulado Reportaje al pie de la horca; Reportaje al pie del cadalso) es una pieza maestra de periodismo de emergencia; de ese que se realiza en momentos límite, cuando ni siquiera hay posibilidades de tener lápiz y papel, y bajo la presión no del inminente cierre de edición, sino de la tortura. De la negación de la libertad y del pensamiento. En la brevedad intensa de la obra final del gran reportero checo, hay un homenaje a la fraternidad y la solidaridad; una convocatoria a no cejar en la lucha contra los desafueros y todas las formas de la represión. Un cántico universal en favor de la construcción de la justicia social y de la dignidad humana.

Fucik, un héroe revolucionario, no lamenta su condición. Más bien, aprovecha la misma para realizar una reflexión que trasciende lo individual para ubicarse en el campo de lo colectivo, de los intereses de los que combaten los horrores del capitalismo, en general, y en particular del fascismo. “Solo os pido una cosa: si sobrevivís a esta época, no olvidéis. No olvidéis ni a los buenos ni a los malvados” y entonces agrega que no hay héroes anónimos, que todos tienen nombre y que esos nombres merecen ser parte de la memoria de los pueblos.

Reportaje al pie del patíbulo es, asimismo, una impecable radiografía de los valientes y de los cobardes; de los que no se arrugan por las persecuciones y de los que traicionan a sus compañeros. Hay figuras y figurines. Y en medio de un paisaje sórdido, el de los muros de la cárcel, el de los torturadores e interrogadores, se alza la palabra eficaz y certera de un militante de la vida y de las causas populares, que llama a continuar la lucha, porque está convencido de la victoria final contra la oscuridad.

Fucik escribe contra el tiempo. Sin excesos verbales. Todo está medido. Y meditado. Es la lucha (sin desesperos) de un hombre contra la muerte. Su palabra se torna necesaria, exacta, imprescindible. La va escribiendo en furtivos papelitos que le suministra un guardián (Adolf  Kolinsky). Necesita dejar un testimonio, un mensaje para el porvenir, una constancia de que pese a las adversidades, es posible la esperanza concreta en un mundo nuevo. Que pese a la hora de tinieblas, es probable —e incontenible— el advenimiento de un periodo de luz.

El de Fucik puede ser uno de los testamentos más bellos jamás escritos. Quería vivir más tiempo, tener una vida larga de hombre libre; quería amar y cantar y recorrer el mundo, pero las circunstancias, la historia, el nazismo, se lo impidieron. Sin embargo, canta y ama y abraza una causa revolucionaria. Su voz se eleva sobre el dolor y la angustia, y se vuelve canción de futuro.

“Os he querido, hombres, y era feliz cuando sentíais mi amor, y sufría cuando no me comprendíais. Aquel a quien hice daño que me perdone, y al que consolé que me olvide. Que la tristeza no sea unida nunca a mi nombre (…). He vivido por la alegría y por la alegría muero, y sería un agravio poner sobre mi tumba el ángel de la tristeza”.

Reportaje al pie del patíbulo es un himno a la alegría y un hondo llamado a la solidaridad. Es parte de la historia de un tiempo nefasto, pero, a la vez, de unas calendas extraordinarias que permitieron la derrota de una de las más espantosas conspiraciones contra el ser humano. Julius Fucik, asesinado a los cuarenta años, sigue cantando. Y nosotros con él.

(Escrito en Medellín en el Día Internacional de los Derechos de la Mujer, 2015- Prólogo al libro Reportaje al pie del patíbulo, Colección Literaria Juventud Crítica, Bogotá)

Responso por una librería difunta

Por Reinaldo Spitaletta

La noticia me la envió una señora de Milán, que tiene el mismo apellido mío, y que debe provenir de un tronco común de los Spitaletta, originarios de un pueblito al sur de la Italia, Tocco Caudio: se ha abierto una librería en un barrio de Nápoles, en Vomero, situado en una de las suaves colinas de la histórica ciudad. Y casi al mismo tiempo, voces trágicas me anunciaron el cierre de una clásica librería de Medellín, la vieja Librería Nueva, sita en la carrera Junín, frente al edificio Coltejer, y en la que durante decenas de años, los transeúntes hacían una parada ante su vitrina ineludible a apreciar las novedades bibliográficas.

Junín, que por mucho tiempo fue la calle pasarela, la de las modas, la de los almacenes finos, la de salas de cine y poetas desventurados, que albergó al edificio Gonzalo Mejía, en la que estaban el Hotel Europa y el nunca bien lamentado Teatro Junín, este paseo hoy peatonal hospedó la librería que en otros tiempos era una de las imprescindibles, como lo fueron, por ejemplo, La Pluma de Oro, la Continental, la Aguirre, la América (todavía está en el Perdón de La Candelaria), la Dante y la Científica.

Medellín, ciudad de industrias y comercios, de plusvalías y ricachones de barriga protuberante, también, pese a sus amores más por las letras de cambio que por las literaturas y las artes, fue una ciudad de librerías en el siglo XX. Algunas de ellas, claro, más dedicadas a la venta de libros cristianos y doctrinarios, que en ciertos días, más bien de nubarrones oscuros, había dietas literarias y la Iglesia advertía sobre lo que se podía o no se podía leer. Para las vigilancias y controles, estaban, por ejemplo, las juntas de censura, periódicos como El Obrero Católico y las pastorales de los monseñores.

La Pluma de Oro, fundada en 1912, en Palacé con Ayacucho, se dedicó a la promoción de la literatura y a los libros de humanidades. En 1926 la adquirieron los hermanos Guillermo y Emilio Johnson, y pasó a Carabobo con Ayacucho. En 1981, la cerraron, cuando ya estaba en Palacé con Caracas. Y tal vez una de las más célebres y sonadas fue la librería de Antonio J. Cano, más conocido como el Negro Cano, con tertulias y congregación de intelectuales y otros desocupados en una ciudad dedicada al trabajo y a la consecución de plata.

Por donde el Negro desfilaron desde Tomás Carrasquilla, algunos miembros de Los Panidas, Francisco de Paula Rendón, Alfonso Castro, Tulio González, hasta Sofía Ospina de Navarro, Luis López de Mesa y Fernando González, entre otros. Cano, por lo demás, también escribía poesía y, como diría uno de los libreros más prestigiosos que Medellín ha tenido, Rafael Vega Bustamante, el hombre engalanó la profesión de librero. La librería del grone estaba en Carabobo con Boyacá.

Y en 1926, Luis Eduardo Marín, que era pedagogo, fundó la Librería Nueva, la cual durante muchos años fue distinguida por muchos como la mejor de Medellín. Traía novedades de España y Argentina, y los lectores la visitaban con dedicación y apasionamiento. Su primer local estuvo en Boyacá con Carabobo y luego se mudó al lugar donde acaba de morir: Junín con La Playa. La adquirieron miembros de la familia Donado (uno de ellos creó la Librería Técnica en la década de los cincuenta), fundadores en 1965, de la Librería Científica, cuya primera sede estuvo en El Palo con Ayacucho. Ah, y precisamente, una de las más representativas sucursales de la Científica, en el centro de Medellín, la del pasaje peatonal Boyacá o del Perdón de La Candelaria, también cerró sus puertas recientemente. No hubo lágrimas, ni alaridos, ni registros de prensa.

En 1927, Antonio Cuartas creó una de las librerías más importantes de Medellín, la Dante, que tras tener varios locales y crecer en renombre como en existencia de libros, terminó en uno muy pequeño, en Colombia, entre El Palo y la Avenida Oriental, donde hace algunos años exhaló su último suspiro.  Y así, sin remedio, el centro se fue quedando sin librerías, que se desgranaron rumbo a un imaginario cementerio de las mismas, que nadie sabe dónde está. La Continental, la Aguirre, la Siglo XX, Mundo Libro de la avenida La Playa, tantas otras, se esfumaron.

Muy pocas quedan hoy en el Centro: La América, que nació en 1943, con su fundador Jaime Navarro, y que persiste en un lugar ahora dedicado al mercadeo de piratería de cine y música, pornografía y bagatelas diversas, al lado de la basílica de La Candelaria. Librópolis, en un pasaje comercial sobre Junín; El Acontista, en Maracaibo con El Palo, o la zona Fucsia; y claro, el Centro Popular del Libro, en el pasaje La Bastilla, entre Ayacucho y Colombia, y una que otra de “viejo” o de libros de segunda, como Palinuro, en Córdoba con Perú.

El panorama libresco del Centro de Medellín es cada día más desértico. Algunos utopistas dicen que, por ejemplo, en un sector histórico como el barrio Prado (ahora con vocación cultural) se podrían poner librerías-café. Pero, al parecer, nadie quiere arriesgar su capital en una tienda de libros, y menos en zonas céntricas, donde, por otra parte, predominan las patotas de hampones, extorsionistas y otras calamidades.

Al desaparecer otra librería en Medellín (al tiempo que en otros mapas las abren), evoco los ecos del Pregón del librero, un cantar anónimo del siglo XVIII: “Voy por los pueblos vendiendo libros / vendiendo el alma de los poetas / vendiendo el grito de los profetas / vendiendo ideales / vendiendo ciencias / vendiendo artes…”. Tal vez nos sirva como consuelo. O como un modo de decir adiós a otra librería muerta.

Sobre gais y otras mariconadas

Por Reinaldo Spitaletta

Jaime era un chico rubio, de caminar suave, y de manera de hablar todavía más delicada. No participaba jamás de nuestros juegos de calle. Mucho menos, de los partidos de fútbol. Cuando pasaba enfrente de nosotros, por las calles del barrio El Congolo, lo silbábamos, como se hacía con las muchachas bonitas y despampanantes. Ni nos miraba. Seguía de largo, como dándonos a saber que nos despreciaba. O que, por lo menos, no le importaba nuestra actitud.

Le decíamos “Sosó”, “Mariposo”, “Loca”  y a veces nos daba ganas de patearlo, por mariquita, por afeminado. Porque no hacía parte de nuestro imaginario club de muchachos de esquina, futboleros, expedicionarios a quebradas a demostrar quién era el mejor nadador y el más espectacular para clavarse desde los altos de un peñasco. Con nosotros jamás iba ninguno que pudiera quitarnos el prestigio de machotes, de varones decididos a pelear cuando fuera necesario, o a expresar nuestra hombría a punta de fumadas de Pielroja o con tomas de “pipo”, una mezcla barata y explosiva de alcohol con gaseosa y leche condensada.

Así que Jaime, y otros que, como él, según nosotros, no gozaban de la dignidad para estar en nuestros corrillos, eran seres marginados. No sé qué pensaría en momentos de agresiones el rubio, hijo de un revueltero (vendedor de legumbres), y que tenía más hermanos y hermanas, todos mayores que él. No sé cómo se sentiría cuando le gritábamos que era una mujercita, que ni riesgos se fuera a acercar porque le daríamos de patadas en el culo. Ninguno de sus parientes nos hizo ningún reclamo por el trato que le dábamos al muchacho del caminado femenil.

Eran los días en que, cuando echábamos intempestivamente a correr, cualquiera gritaba: “el último que llegue es una niña”. Y no faltaba el guasón que advertía, con más énfasis: “el último que llegue es un marica”. Ser mariquita era una afrenta. Los pobres muchachos que tenías esas delicadezas, intentaban ocultarla, porque sabían lo que les esperaba en las patotas barriales o en la escuela. Lo que ahora se llama, con cierta pompa esnobista, el bullying, se ejercía en los recreos o en otras ocasiones contra esos que también denominábamos “dañados”, “raros” y con apelativos similares.

En Bello, ciudad obrera, con abundancia de comercios pero también de mangas (hoy es una ciudad “chaleco”: no queda ninguna manga en su casco urbano), el fútbol, y algunos otros juegos de calle (trompo, pelota envenenada, coclí coclí, guerra libertada…), eran para los muchachos; los que nada tenían de rarezas y que, en apariencia, eran varones. Sin embargo, en esa población en la que pulularon cuchilleros y otros malevos, también algunos de los que tenían apariencia varonil eran bujarrones. O cacorros, como se les decía. Uno de ellos, muy célebre, era el Negro Tabares, arquerazo del barrio Manchester, legendario por sus atrapadas y voladoras de palo a palo, pero que no resistía ver a ciertos muchachos atractivos. Uno de ellos terminó con la existencia del grone a punta de navajazos.

También estaba uno al que apodaban Cuervo, o quizá ese era su apellido, no sé, y que era un celebérrimo cacorrón, perseguidor de pelados, y que se metía a los cines a ver qué presa conseguía. A muchos adolescentes, al verlo merodear, les entraba pánico y se alejaban rápido de la zona de influencia del maricón. Otro era el llamado Lolo, conductor de un camioncito Ford, trompirrojo, de tres toneladas, muy utilizado par trasteos y otras faenas. El hombre gustaba, mejor dicho, era su pasión-conmoción, mamárselos a los muchachos. Pagaba por el episodio que, según los que lo experimentaron, lo convertía en un hombre trastornado, enloquecido-enardecido, por su gusto chupador.

Célebres también fueron La Marquesa, una “loca” de la calle del Talego, que a veces se entaconaba y salía por las calles moviendo sus nalgas con frenesí. Nadie, que se sepa, se atrevió a gritarle alguna vulgaridad, o a decirle, por ejemplo, como le decíamos a Jaimito, sosó, mariposo o cosas parecidas. Tenía fama de manejar con solvencia el puñal. Y alias Jesucristo, pintor y alborotador en los sesentas y setentas, que al fin de cuentas también lo mató un muchacho.

Quizá cuando las mamás advertían a los niños que no se fueran muy lejos, que de pronto les salía un “chupasangre”, se referían a algunos depravados que pudieran aparecer para ejercer violencias carnales contra los mozalbetes. O todo pudiera ser una suerte de intimidación maternal para transmitir miedos y alertas a los inquietos chicos. Como hubiera sido, para los que eran “desviados” el mundo no era fácil, y muchos de ellos preferían ocultar sus preferencias sexuales, disimularlas, mantenerlas en la trastienda.

Ser marica, en todo caso, no daba carácter. Ni estilo. Ni era bien visto. Ni los ecos de la revolución sexual, ni las luchas feministas contra el machismo, ni siquiera que algunos curitas mimetizaban sus mariquerías bajo la sotana, le daban lustre a esa condición. Era una anormalidad. Una especie de contravía. Un atentado contra natura. Y, en general, un tipo amariposado y suavesón, era visto con sospechas y prejuicios. No era confiable.

En la barriada, como parte de lo que hoy se conoce como homofobia, se contaban chistes sobre maricas o se desdeñaba esa condición, con dichos como “homosexual Aristóteles, Calígula, Oscar Wilde, Whitman, Vargas Vila, Barba Jacob, pero vos sos un pobre maricón hijueputa”. Las actitudes discriminadoras consideraban al afeminado y mariposón como un ser inferior.

Las luchas de los homosexuales por sus derechos, contra las diversas formas de segregación, fueron calando en la cultura, aunque, todavía, hay miradas suspicaces y oblicuas sobre aquellos. Es más, se llega a decir que los heterosexuales no hacen gala de su condición con desfiles, carnavales ni manifestaciones públicas. El cuento es que en muchas ciudades, así como había zonas de tolerancia, hay barrios gay, como puede ser, por ejemplo, La Chueca, en Madrid, España, o calles y sectores urbanos especializados, como sucede, digamos, en Barbacoas (o El Machete), en Medellín.

¡Ah!, y el término gay, que hasta los setenta, en inglés significó “alegre, divertido, contento”, la comunidad homosexual de San Francisco, California, lo asumió para referirse a sí misma, y se aplica solo al género masculino, no a las lesbianas o transexuales. Ahora, cuando ya en muchas partes se ha aprobado el matrimonio entre parejas del mismo sexo, ser gay, o, de otro modo, ser homosexual, da caché.

Los días aquellos cuando a muchachos como Jaimito se les insultaba, censuraba y se les sometía a toda suerte de burlas y escarnios públicos, ya quedaron muy atrás, perdidos en la oscuridad de la discriminación y los atropellos. Y aunque algunos digan que la mariconada es la que manda, y que es parte del esnobismo contemporáneo, la homosexualidad, que entre los antiguos griegos era normal, hoy —en general— es respetada y tolerada.

No faltan, claro, quienes sigan viendo esa realidad con ojos de vituperio y segregación. Todavía tratar de maricón (sobre todo a alguien que no lo es) sigue siendo un insulto, aunque, para el caso de Antioquia, ya todo es marica porque sí o marica porque no, ¡ay!, marica. Y la palabreja se tornó tierna y amistosa. No como entre los cubanos, cuando Fidel y el soviético Nikita Kruschev decidieron retirar los misiles de la isla, en una de las calenturas de la Guerra Fría: “¡Nikita, mariquita, lo que se da no se quita!”.

Una canción mexicana habla de un adiós: Adiós, Mariquita linda. Y así, con esa canción, se despidió a uno de los más grandes cronistas de América Latina, el chileno Pedro Lemebel, el “corazón rabioso del hombre loca”, un mariconazo que luchó contra la dictadura, los tabúes, las sociedades conservadoras y la homofobia. Murió en 2015, a los sesentaidós años. Y fue llamado la yegua más salvaje del sur, que logró revolotear en los aires emancipados de la Unidad Popular.

Juventud, regalo de los dioses

(Una caminada con muchachos voladores y un tranvía en construcción)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Aunque los que ya recorrieron el camino, claro, digan sin mucha convicción que es una enfermedad que se cura con el tiempo, no deja de ser un tesoro, como lo advirtiera un azul poeta nicaragüense. Sí, un divino tesoro. La juventud es un regalo de los dioses, que además no envejecen. No sé por qué a Yavé en sus representaciones iconográficas, lo muestran como un anciano barbiblanco. Tal vez por asuntos de credibilidad, porque, de simbolizarlo como un muchacho, daría más bien ganas de parranda y expediciones a conquistar peladas.

Y esto lo iba meditando en la media mañana dominical, con sol muy brillante, cuando pasaba por encima de la quebrada Santa Elena, frente a una pantalla de agua que, a esa hora, las diez, estaba todavía despoblada. Antes, ahí, en ese lugar, había una vetusta construcción, dedicada a montallantas y almacenamiento de chatarras. Hoy, es parte del parque Bicentenario, construido sobre las ruinas de un viejo barrio, La Toma, que se remontaba  a los tiempos de Mon y Velarde, el españolito colonialista, visitador del rey,  que dispuso que la Villa de la Candelaria tuviera un acueducto de aguas corrientes.

Yo caminaba, de pantalón corto, mejor dicho, de bermudas con bolsillos de parche y tapas, tenis azul oscuro y una camiseta amarilla de algodón. Estaba de retorno hacia la casa, de la que había partido cuarenta y cinco minutos antes. Había visto las catenarias y postes, también los rieles, del tranvía en construcción en la clásica calle Ayacucho, que por ahora está en una suerte de ruina en reparación. Ya algunos “negocios” tienen en su nombre la palabra tranvía (Chorizos el tranvía, Hotel Tranvía, y así), y todo está lleno de polvo y se notan escombros en algunas esquinas. No hay ningún árbol.

Cuando pasé por el frente de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, llena hasta las escalas del atrio, los feligreses alzaban la mano, como si dijeran presente. Más abajo, un señor en las afueras de una peluquería charlaba con quienes estaban adentro. Y muy cerca de ahí, una serviteca, donde se alinean carros,  se les cambia aceite, en fin, permanecía en una soledad dominical, que daba la impresión de ser un local pesaroso y triste.

Y así, entre polvaredas y carros con exhostos ruidosos, llegué al Bicentenario. El agua de la pantalla refulgía y en el marco de aquel espejo acuático, había dibujos, grafitos de colores, leyendas alusivas a la memoria. Y muy cerca de donde se levanta la escultura llamada El árbol de la vida, hecha de cuchillos, navajas y otras armas cortopunzantes decomisadas por la policía, esculpida por Leobardo Pérez, vi un muchacho que parecía volar. Al principio, creí que avanzaba como una suerte de gacela; más cerca, se le notaba la agilidad inverosímil: ponía los brazos, apenas con sutileza sobre los bordes, y salía al vuelo, despedido por una fuerza invisible y volvía a tomar impulso, todo sin parar, y repetía lo que a mí me devolvió a tiempos antañosos, cuando yo asumía el rol de un Tarzán de barriada, y en las estribaciones del morro Quitasol, o en las arboledas de la vereda Potrerito, volaba de palo en palo, al grito de película que emitía el legendario Johnny Weissmüller.

El muchacho, de pelo indio y cara redonda, cobriza, me miró y quizá advirtió en mí una suerte de admiración por sus desplazamientos de agilidad. Lo vi dar la vuelta por la pantalla y seguir por el parque, irse hacia el Museo de la Memoria, pasando primero frente al busto de Gandhi, hasta perderse de mi vista.

Continué hacia el parque de Boston, con señores en sus bancas, algunos con cara de alcohólicos, y pasé frente al atrio de la iglesia del Sufragio. La voz de un cura cantaba no sé qué pieza religiosa. La mañana de domingo se me regaba por el cuerpo y se instalaba en mis tenis cansados. Después, subí por Mon y Velarde, crucé la calle Bucaramanga (la 58A) y llegué hasta Cuba.  En el Teatro Prado-Águila Descalza, había una valla que anunciaba una obra titulada Insomnio, y un aviso que promocionaba la obra Vida de perros. Por la acera, un señor tuerto se hacía acompañar de un perrito lanudo.

Y fue en la carrera San Martín cuando vi, a lo lejos, en la ciclovía de domingo, dos muchachos que daban vueltas sobre sí, acostados. Rodaban y rodaban. Cuando me acerqué, escuché sus risas plenas: uno era moreno, de pelo churrusco; el otro, blanco y rubio. Tendrían unos diez años cada uno, tal vez un poco más. Me imaginé lo que sentían al girar en el asfalto, a veces veían el cielo, a veces el pavimento. El mundo girando. Y ellos gozando. “Juventud, divino tesoro”, sentí una lejana voz en el recuerdo. Pasé junto a ellos y después las risas se esfumaron.

Antes de entrar a casa, miré el cielo brillante. Subían y bajaban ciclistas, casi todos jóvenes. Una señora caminaba acompañada de una perrita fox terrier. El mundo me pareció nuevo. Y en la distancia, esa que conduce al recuerdo, vi un muchacho que saltaba de un segundo piso, como si nada, y seguía corriendo por una calle destapada, hasta llegar al pie de un cerro en el que él solía, con otros de su gallada, echarse a rodar por cañadas o volar de árbol en árbol, como si fuera un Tarzán que desde la urbe cercana había sentido el llamado de la selva.

El domingo era joven todavía. Y hasta mí llegaron los versos de Canción de otoño en primavera: “juventud, divino tesoro / ¡ya te vas para no volver!”.

Escultura El árbol de la vida, parque Bicentenario, Medellín (foto tomada de internet)

Job o la rebelión contra Dios

(Una obra maestra de Joseph Roth, trágico escritor austrohúngaro)

Por Reinaldo Spitaletta

Los mapas de entonces, en Europa y Asia, eran distintos. La geopolítica tiene la endemoniada capacidad, que puede ser un asunto de fuerza y expansionismos, de modificar el mundo; y en general, o mejor dicho, casi siempre, para favorecer a los poderosos. Y así, en una región que para fines del siglo XIX era de la Rusia zarista, y que antes había sido anexada al imperio austro-húngaro, y que tal vez para diferenciarla de la muy gallega e hispánica Galicia, se escribía con una “t” y una “z”: Galitzia, o Galicia de los Cárpatos, histórica tierra, hoy parte de Ucrania, nació un sujeto de padre austríaco y mamá rusa, mezcla que debe producir seres delirantes y amadores de vino y otros licores.

Lo habían bautizado como Moses Joseph, apellidado Roth. Era 1894 cuando vio la luz, y años después, cuando el mundo estaba a punto de padecer la peor conflagración en la historia humana, se suicidó, en la Lutecia, en la ciudad luz, en París, y ya su primer nombre había desaparecido hacía rato. Sus libros los firmó como Joseph Roth, judío que al final de sus días, claro que quizá él no se sabía que eran sus últimos días, abrazó el catolicismo. O eso dicen.

Amó en sus principios a Austria-Hungría. En Viena vivió desde muy joven, y una de sus obras, tal vez la más perfecta de ellas, La marcha de Radetzky, da cuenta de esa filiación querendona por una tierra que los Habsburgo convirtieron en un imperio, en el que se hablaba polaco, checo, ruso, servio, croata, húngaro, búlgaro y la minoría conversaba en alemán. Y esta fue la lengua que adoptó el hombre que presenció la Gran Guerra, que fue testigo de la revolución soviética, que ejerció como periodista y crítico literario, disciplinas que lo hicieron conocido antes de erigirse como uno de los novelistas más destacados de la primera mitad del siglo XX.

Roth, que escribió crónicas berlinesas y vienesas, que fue corresponsal en París del Frankfurter Zeitung, dejó de ser imperialista austro-húngaro y derivó en un ser de izquierda, que llegó a firmar algunas de sus columnas como El rojo Joseph. Son célebres sus correspondencias con Stefan Zweig, que en muchos momentos fungió como protector del escritor que comenzaría a ser célebre cuando publicó Job, o La historia de un simple, que en su tirada inicial vendió ocho mil quinientos ejemplares.

Para crear su novela, invirtió durante varios meses diez horas diarias de escritura, con luchas diversas contra varios demonios, como el del alcohol, pero también con el de la enfermedad de su mujer, esquizofrénica, internada en un manicomio. Tal vez por esta situación penosa, uno de los personajes de Job, Miriam, la única hija mujer del protagonista de la obra, enloquece y es recluida en un hospital mental, con un diagnóstico de psicosis degenerativa, en apariencia incurable.

Job, una pequeña obra de menos de doscientas páginas, está basada en el bíblico Libro de Job, y en la tragedia del patriarca, un hombre justo puesto a prueba por Jehová, que le manda enfermedades y desgracias sin cuento. En la novela de Roth, Mendel Singer, un modesto maestro que enseña la Biblia a muchachitos de la aldea de Zuchnow, tiene cuatro hijos. El menor, Menuchim, nace con aparente retraso mental, epiléptico, cabezón, con todos los síntomas de un idiota. Un rabino, al que la madre del chico, Deborah, lo conduce ante su presencia, profetiza que el pelado sanará: “El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte”. Además, presagia que sus ojos serán grandes y profundos y sus oídos musicales. La mamá, por supuesto, pregunta cuándo sanará su hijo y el rabino contesta que dentro de muchos años.

Job es una novela en la que no solo se encuentra una analogía con el personaje bíblico, sino que es una breve saga, narrada en forma cronológica, con algunos flashbacks, en la que se cuenta el peregrinaje de muchos europeos a Estados Unidos, en aquellos flujos migratorios que tenían la intención de “hacer la América”, en búsqueda de otros destinos. Con una referencia a la guerra ruso-japonesa de 1905, en medio de una Rusia dominada por la autocracia zarista, la vida de Mendel y de sus hijos transcurre en medio de penurias y carencias.

El hijo mayor, Jonás, semejante a un oso por su físico descomunal, se enrola en el ejército zarista, a diferencia de su hermano Schemarjah que, según el narrador tiene la astucia del zorro, elude el servicio militar y, en contrapartida, emigra a Estados Unidos. Miriam (el símil animal que se utiliza es la de una gacela), es una chica brincona, que en los trigales y otros campos se acuesta con cosacos, al tiempo que Menuchim, el idiota, solo puede pronunciar una palabra: “mamá” y parece no haber ninguna esperanza de sanación.

En el libro, en el que de un modo misterioso el lector pudiera evocar un aforismo de Teresa de Ávila (“Más lágrimas se derraman por las plegarias atendidas que por las no atendidas”), en la novela, digo, hay que aguardar el aserto que plantea que para el cumplimiento de una bendición se necesita tal vez más tiempo que para el de una maldición. Y en el ínterin, Mendel, Miriam y Deborah, se irán a Nueva York, sin el acompañamiento del retrasado, que se queda en la aldea al cuidado de una pareja vecina que se muda a la casa del maestro.

Y entre tanto, la vida de Mendel frente a su mujer, que cada vez está más triste, pero también más fea y marchita, se torna monótona y sin paisajes. Cuando llegan a Nueva York, hay desde luego un cambio en la vida de los inmigrantes, en una ciudad en ascenso, en construcción, que por momentos en la narración recuerda pasajes de la novela Manhattan Transfer, de John Dos Passos, en la que se van americanizando. La presunta tierra de la libertad y el trabajo cambia la mentalidad de los que allí llegan a descubrir un nuevo mundo, el del capitalismo.

Sin embargo, el estallido de la Gran Guerra, que también va a tocar a los Estados Unidos, cambiará la vida de Mendel y su familia. Schemarjah, que en Estados Unidos toma el nombre de Sam, se alista para defender su nueva patria, precisamente él que había decidido en su aldea natal rehuir el reclutamiento, y marcha al frente de Francia. Y este acontecimiento alterará más la existencia de Deborah y Mendel, como la de Miriam. La tragedia continuará en esa especie de tierra prometida a la que llegaron los Singer atravesando el mar, para instalarse en una ciudad en permanente movimiento y transformación, que huele a gatos y a humedad.

En esta obra, que tiene poesía comprimida, plena de caracterizaciones estupendas de personajes y mentalidades, con aspectos clave de la cultura judía, que en los Estados Unidos toma otras dimensiones, el lector puede hacer un viaje por las ideas de progreso, por el tren, los barcos, las nuevas técnicas y tecnologías, los discos y el gramófono, claves en la transformación de Mendel en momentos de clímax de la novela. Hay asuntos conectados con las investigaciones siquiátricas, con los manicomios, pero también con lo que es un americano, muchas veces idiotizado por “la tierra de Dios” y sus oropeles.

Y en Job se verá que aunque alguien blasfeme, no deja de ser por ello un creyente, alguien que continúa siendo, pese a sus anatemas y maldiciones, un religioso, como es el caso de Mendel. “Los golpes de Dios tienen un sentido oculto. No sabemos por qué se nos castiga”, es una de las reflexiones del viejo maestro que se rebela contra la voluntad divina y advierte que Dios es cruel, un ser que gusta de aniquilar a los débiles. En Mendel hay una especie de culpa permanente, un desasosiego. Se ve como alguien con una vida de insignificancias, como un derrotado.

“Mendel Singer no tiene hijos, no tiene hija, no tiene mujer, no tiene patria, no tiene dinero”, se dice para sí, en medio de otro descubrimiento: el de la soledad, que lo acompaña desde hace tiempos, desde mucho antes de convertirse en un inmigrante, desde los días en que entre él y su mujer había cesado todo placer. “Soy un muerto y estoy vivo”, afirma este hombre al que persigue el fracaso, pero al que esperan, en una aplicación del Deus ex machina, momentos cumbre de una intempestiva felicidad, tras la muerte de Schemarja, de Deborah y la desaparición de Jonás.

El final feliz de la novela, que reproduce el final feliz del Job del Antiguo Testamento, y que en parte no se corresponde con los tratamientos médicos y siquiátricos, ni con los avances de la ciencia, sino con la taumaturgia, conduce a que la profecía rabínica se cumpla. Y en este punto, la razón no da para formular explicaciones. El lector deberá aceptar los hechos como los presenta el novelista y acogerse, si así lo prefiere, a la dicha y la magna dimensión de los milagros.

Joseph Roth, que en los últimos años de su existencia sufrió penurias a lo Job, con pobrezas y otras desgracias, también padeció persecuciones. Los nazis lo “desterraron espiritualmente” y quemaron sus libros en la Brandnacht del 10 de mayo de 1933, año en que además sus obras se prohibieron. Entonces le escribió a su amigo Zweig: “¿Aún no lo ve usted? La palabra ha muerto. Los hombres ladran como perros”. Y antes de que la barbarie se tomara del todo a Europa, el autor de Hotel Savoy y La leyenda del santo bebedor, se quitó la vida.

Joseph Roth. Job. Editorial Bruguera, Libro Amigo. 1ª Edición abril de 1981. 189 páginas