Juventud, regalo de los dioses

(Una caminada con muchachos voladores y un tranvía en construcción)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Aunque los que ya recorrieron el camino, claro, digan sin mucha convicción que es una enfermedad que se cura con el tiempo, no deja de ser un tesoro, como lo advirtiera un azul poeta nicaragüense. Sí, un divino tesoro. La juventud es un regalo de los dioses, que además no envejecen. No sé por qué a Yavé en sus representaciones iconográficas, lo muestran como un anciano barbiblanco. Tal vez por asuntos de credibilidad, porque, de simbolizarlo como un muchacho, daría más bien ganas de parranda y expediciones a conquistar peladas.

Y esto lo iba meditando en la media mañana dominical, con sol muy brillante, cuando pasaba por encima de la quebrada Santa Elena, frente a una pantalla de agua que, a esa hora, las diez, estaba todavía despoblada. Antes, ahí, en ese lugar, había una vetusta construcción, dedicada a montallantas y almacenamiento de chatarras. Hoy, es parte del parque Bicentenario, construido sobre las ruinas de un viejo barrio, La Toma, que se remontaba  a los tiempos de Mon y Velarde, el españolito colonialista, visitador del rey,  que dispuso que la Villa de la Candelaria tuviera un acueducto de aguas corrientes.

Yo caminaba, de pantalón corto, mejor dicho, de bermudas con bolsillos de parche y tapas, tenis azul oscuro y una camiseta amarilla de algodón. Estaba de retorno hacia la casa, de la que había partido cuarenta y cinco minutos antes. Había visto las catenarias y postes, también los rieles, del tranvía en construcción en la clásica calle Ayacucho, que por ahora está en una suerte de ruina en reparación. Ya algunos “negocios” tienen en su nombre la palabra tranvía (Chorizos el tranvía, Hotel Tranvía, y así), y todo está lleno de polvo y se notan escombros en algunas esquinas. No hay ningún árbol.

Cuando pasé por el frente de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, llena hasta las escalas del atrio, los feligreses alzaban la mano, como si dijeran presente. Más abajo, un señor en las afueras de una peluquería charlaba con quienes estaban adentro. Y muy cerca de ahí, una serviteca, donde se alinean carros,  se les cambia aceite, en fin, permanecía en una soledad dominical, que daba la impresión de ser un local pesaroso y triste.

Y así, entre polvaredas y carros con exhostos ruidosos, llegué al Bicentenario. El agua de la pantalla refulgía y en el marco de aquel espejo acuático, había dibujos, grafitos de colores, leyendas alusivas a la memoria. Y muy cerca de donde se levanta la escultura llamada El árbol de la vida, hecha de cuchillos, navajas y otras armas cortopunzantes decomisadas por la policía, esculpida por Leobardo Pérez, vi un muchacho que parecía volar. Al principio, creí que avanzaba como una suerte de gacela; más cerca, se le notaba la agilidad inverosímil: ponía los brazos, apenas con sutileza sobre los bordes, y salía al vuelo, despedido por una fuerza invisible y volvía a tomar impulso, todo sin parar, y repetía lo que a mí me devolvió a tiempos antañosos, cuando yo asumía el rol de un Tarzán de barriada, y en las estribaciones del morro Quitasol, o en las arboledas de la vereda Potrerito, volaba de palo en palo, al grito de película que emitía el legendario Johnny Weissmüller.

El muchacho, de pelo indio y cara redonda, cobriza, me miró y quizá advirtió en mí una suerte de admiración por sus desplazamientos de agilidad. Lo vi dar la vuelta por la pantalla y seguir por el parque, irse hacia el Museo de la Memoria, pasando primero frente al busto de Gandhi, hasta perderse de mi vista.

Continué hacia el parque de Boston, con señores en sus bancas, algunos con cara de alcohólicos, y pasé frente al atrio de la iglesia del Sufragio. La voz de un cura cantaba no sé qué pieza religiosa. La mañana de domingo se me regaba por el cuerpo y se instalaba en mis tenis cansados. Después, subí por Mon y Velarde, crucé la calle Bucaramanga (la 58A) y llegué hasta Cuba.  En el Teatro Prado-Águila Descalza, había una valla que anunciaba una obra titulada Insomnio, y un aviso que promocionaba la obra Vida de perros. Por la acera, un señor tuerto se hacía acompañar de un perrito lanudo.

Y fue en la carrera San Martín cuando vi, a lo lejos, en la ciclovía de domingo, dos muchachos que daban vueltas sobre sí, acostados. Rodaban y rodaban. Cuando me acerqué, escuché sus risas plenas: uno era moreno, de pelo churrusco; el otro, blanco y rubio. Tendrían unos diez años cada uno, tal vez un poco más. Me imaginé lo que sentían al girar en el asfalto, a veces veían el cielo, a veces el pavimento. El mundo girando. Y ellos gozando. “Juventud, divino tesoro”, sentí una lejana voz en el recuerdo. Pasé junto a ellos y después las risas se esfumaron.

Antes de entrar a casa, miré el cielo brillante. Subían y bajaban ciclistas, casi todos jóvenes. Una señora caminaba acompañada de una perrita fox terrier. El mundo me pareció nuevo. Y en la distancia, esa que conduce al recuerdo, vi un muchacho que saltaba de un segundo piso, como si nada, y seguía corriendo por una calle destapada, hasta llegar al pie de un cerro en el que él solía, con otros de su gallada, echarse a rodar por cañadas o volar de árbol en árbol, como si fuera un Tarzán que desde la urbe cercana había sentido el llamado de la selva.

El domingo era joven todavía. Y hasta mí llegaron los versos de Canción de otoño en primavera: “juventud, divino tesoro / ¡ya te vas para no volver!”.

Escultura El árbol de la vida, parque Bicentenario, Medellín (foto tomada de internet)

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1 comentario

  1. Me gusta y más cuando vemos ahora lo que no varen los niños que gozaran del Parque centenario, que eran donde vivían gente sencilla desde lo tallares hasta el puente y de ahí para el oriente. Sólo quedó una carrera como una autopista que viene del sur y de ahí hacía arriba, después de todo lo hecho por la Memoria, sigue la calle de siempre para subir a La Toma y todos los otros barrios, calle, donde no caben dos carros, sólo carro y medio, ¿Quien recordará y tendrá memoria de todos esos pobres que fueron sacados con la policía de ese sector donde queda solamente la fachada de la iglesia, ya nadie la recuerda y pasa por su frente como algo que le puede caer encima o sobre uno de sus hijos, cuando van a buscar el camino de la Circunvalar de oriente, llegar, pues, al PandeAzucar y mirar al nuevo Medellín.
    Bernardo Soto R.

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