Sobre gais y otras mariconadas

Por Reinaldo Spitaletta

Jaime era un chico rubio, de caminar suave, y de manera de hablar todavía más delicada. No participaba jamás de nuestros juegos de calle. Mucho menos, de los partidos de fútbol. Cuando pasaba enfrente de nosotros, por las calles del barrio El Congolo, lo silbábamos, como se hacía con las muchachas bonitas y despampanantes. Ni nos miraba. Seguía de largo, como dándonos a saber que nos despreciaba. O que, por lo menos, no le importaba nuestra actitud.

Le decíamos “Sosó”, “Mariposo”, “Loca”  y a veces nos daba ganas de patearlo, por mariquita, por afeminado. Porque no hacía parte de nuestro imaginario club de muchachos de esquina, futboleros, expedicionarios a quebradas a demostrar quién era el mejor nadador y el más espectacular para clavarse desde los altos de un peñasco. Con nosotros jamás iba ninguno que pudiera quitarnos el prestigio de machotes, de varones decididos a pelear cuando fuera necesario, o a expresar nuestra hombría a punta de fumadas de Pielroja o con tomas de “pipo”, una mezcla barata y explosiva de alcohol con gaseosa y leche condensada.

Así que Jaime, y otros que, como él, según nosotros, no gozaban de la dignidad para estar en nuestros corrillos, eran seres marginados. No sé qué pensaría en momentos de agresiones el rubio, hijo de un revueltero (vendedor de legumbres), y que tenía más hermanos y hermanas, todos mayores que él. No sé cómo se sentiría cuando le gritábamos que era una mujercita, que ni riesgos se fuera a acercar porque le daríamos de patadas en el culo. Ninguno de sus parientes nos hizo ningún reclamo por el trato que le dábamos al muchacho del caminado femenil.

Eran los días en que, cuando echábamos intempestivamente a correr, cualquiera gritaba: “el último que llegue es una niña”. Y no faltaba el guasón que advertía, con más énfasis: “el último que llegue es un marica”. Ser mariquita era una afrenta. Los pobres muchachos que tenías esas delicadezas, intentaban ocultarla, porque sabían lo que les esperaba en las patotas barriales o en la escuela. Lo que ahora se llama, con cierta pompa esnobista, el bullying, se ejercía en los recreos o en otras ocasiones contra esos que también denominábamos “dañados”, “raros” y con apelativos similares.

En Bello, ciudad obrera, con abundancia de comercios pero también de mangas (hoy es una ciudad “chaleco”: no queda ninguna manga en su casco urbano), el fútbol, y algunos otros juegos de calle (trompo, pelota envenenada, coclí coclí, guerra libertada…), eran para los muchachos; los que nada tenían de rarezas y que, en apariencia, eran varones. Sin embargo, en esa población en la que pulularon cuchilleros y otros malevos, también algunos de los que tenían apariencia varonil eran bujarrones. O cacorros, como se les decía. Uno de ellos, muy célebre, era el Negro Tabares, arquerazo del barrio Manchester, legendario por sus atrapadas y voladoras de palo a palo, pero que no resistía ver a ciertos muchachos atractivos. Uno de ellos terminó con la existencia del grone a punta de navajazos.

También estaba uno al que apodaban Cuervo, o quizá ese era su apellido, no sé, y que era un celebérrimo cacorrón, perseguidor de pelados, y que se metía a los cines a ver qué presa conseguía. A muchos adolescentes, al verlo merodear, les entraba pánico y se alejaban rápido de la zona de influencia del maricón. Otro era el llamado Lolo, conductor de un camioncito Ford, trompirrojo, de tres toneladas, muy utilizado par trasteos y otras faenas. El hombre gustaba, mejor dicho, era su pasión-conmoción, mamárselos a los muchachos. Pagaba por el episodio que, según los que lo experimentaron, lo convertía en un hombre trastornado, enloquecido-enardecido, por su gusto chupador.

Célebres también fueron La Marquesa, una “loca” de la calle del Talego, que a veces se entaconaba y salía por las calles moviendo sus nalgas con frenesí. Nadie, que se sepa, se atrevió a gritarle alguna vulgaridad, o a decirle, por ejemplo, como le decíamos a Jaimito, sosó, mariposo o cosas parecidas. Tenía fama de manejar con solvencia el puñal. Y alias Jesucristo, pintor y alborotador en los sesentas y setentas, que al fin de cuentas también lo mató un muchacho.

Quizá cuando las mamás advertían a los niños que no se fueran muy lejos, que de pronto les salía un “chupasangre”, se referían a algunos depravados que pudieran aparecer para ejercer violencias carnales contra los mozalbetes. O todo pudiera ser una suerte de intimidación maternal para transmitir miedos y alertas a los inquietos chicos. Como hubiera sido, para los que eran “desviados” el mundo no era fácil, y muchos de ellos preferían ocultar sus preferencias sexuales, disimularlas, mantenerlas en la trastienda.

Ser marica, en todo caso, no daba carácter. Ni estilo. Ni era bien visto. Ni los ecos de la revolución sexual, ni las luchas feministas contra el machismo, ni siquiera que algunos curitas mimetizaban sus mariquerías bajo la sotana, le daban lustre a esa condición. Era una anormalidad. Una especie de contravía. Un atentado contra natura. Y, en general, un tipo amariposado y suavesón, era visto con sospechas y prejuicios. No era confiable.

En la barriada, como parte de lo que hoy se conoce como homofobia, se contaban chistes sobre maricas o se desdeñaba esa condición, con dichos como “homosexual Aristóteles, Calígula, Oscar Wilde, Whitman, Vargas Vila, Barba Jacob, pero vos sos un pobre maricón hijueputa”. Las actitudes discriminadoras consideraban al afeminado y mariposón como un ser inferior.

Las luchas de los homosexuales por sus derechos, contra las diversas formas de segregación, fueron calando en la cultura, aunque, todavía, hay miradas suspicaces y oblicuas sobre aquellos. Es más, se llega a decir que los heterosexuales no hacen gala de su condición con desfiles, carnavales ni manifestaciones públicas. El cuento es que en muchas ciudades, así como había zonas de tolerancia, hay barrios gay, como puede ser, por ejemplo, La Chueca, en Madrid, España, o calles y sectores urbanos especializados, como sucede, digamos, en Barbacoas (o El Machete), en Medellín.

¡Ah!, y el término gay, que hasta los setenta, en inglés significó “alegre, divertido, contento”, la comunidad homosexual de San Francisco, California, lo asumió para referirse a sí misma, y se aplica solo al género masculino, no a las lesbianas o transexuales. Ahora, cuando ya en muchas partes se ha aprobado el matrimonio entre parejas del mismo sexo, ser gay, o, de otro modo, ser homosexual, da caché.

Los días aquellos cuando a muchachos como Jaimito se les insultaba, censuraba y se les sometía a toda suerte de burlas y escarnios públicos, ya quedaron muy atrás, perdidos en la oscuridad de la discriminación y los atropellos. Y aunque algunos digan que la mariconada es la que manda, y que es parte del esnobismo contemporáneo, la homosexualidad, que entre los antiguos griegos era normal, hoy —en general— es respetada y tolerada.

No faltan, claro, quienes sigan viendo esa realidad con ojos de vituperio y segregación. Todavía tratar de maricón (sobre todo a alguien que no lo es) sigue siendo un insulto, aunque, para el caso de Antioquia, ya todo es marica porque sí o marica porque no, ¡ay!, marica. Y la palabreja se tornó tierna y amistosa. No como entre los cubanos, cuando Fidel y el soviético Nikita Kruschev decidieron retirar los misiles de la isla, en una de las calenturas de la Guerra Fría: “¡Nikita, mariquita, lo que se da no se quita!”.

Una canción mexicana habla de un adiós: Adiós, Mariquita linda. Y así, con esa canción, se despidió a uno de los más grandes cronistas de América Latina, el chileno Pedro Lemebel, el “corazón rabioso del hombre loca”, un mariconazo que luchó contra la dictadura, los tabúes, las sociedades conservadoras y la homofobia. Murió en 2015, a los sesentaidós años. Y fue llamado la yegua más salvaje del sur, que logró revolotear en los aires emancipados de la Unidad Popular.

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4 comentarios

  1. RUBEN CRESPO

     /  julio 8, 2015

    REI ! Excelente texto … Como cambia la vida, ahora ya nos dejan ” juntar ” con ellos; que nos estaremos perdiendo por tirarnosla de machos.

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  2. leyla

     /  julio 9, 2015

    Como siempre: GENIAL !

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  3. Rei, siempre nos abres la memoria y justamente pensé, mientras te leía, en ese “sofisticado” término gay o persona de ambiente. Y bien como dices hace años hablábamos bajito diciendo: ¿cierto que ese señor es cacorro o cacorrín? Ahora, es un derecho ser homosexual y exhibirse, como en las ferias de moda, y corresponde tener mucho cuidado al intentar piropear a una muchacha….pues no se sabe…

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  4. Ancízar Cadavid Restrepo

     /  julio 15, 2015

    Hombre Reinaldo, mirando las huellas del tiempo en tu cara puedo concluir que somos cercanos en duración vital. Yo, 66. Vos, por encimita de los 60. Da la impresión. También lo somos en geografía natal.
    Yo nací en el Bello de mangas y mangos, del mítico Padre Agudelo, de los tangos cada media cuadra, la marihuana zumbada, la Anapo y Rojas Pinilla,de las dentisterías, del católico sentir ensotanado, del desfile de obreros en bicicleta. Yo, becado por Fabricato, estudiaba en el Manuel José Caycedo. Vos, tal vez, -y conservás el estilo-, en la Escuela Modelo. Vos eras de los machitos. Yo, de los mariquitas. Recuerdo eso con horror. Y no se me borra de la memoria la vez que, en cuarto de primaria, cuando salía para la casa a las 5 de la tarde, “Don Humberto Velásquez”, el maestro, me vació con gran alarde un frasco de perfume de mujer, asquerosa fragancia de violeta “a ver si este marica aprende a ser macho”. Eran 14 las cuadras que tenía que recorrer hasta llegar a mi casa en el barrio El Calvario y me era obligado el paso por delante de los “machos” de bares y cafés que se estregaban con putas soñando con pelaos; como no eran capaces de flirtearnos nos gritaban cosas que nos hacían morir de miedo y de vergüenza. Así eran los machos de Bello. Puro escaparate. De los de hoy no sé nada porque a Bello le tengo asco. De ahí para adelante todo me significó aprender a ser marica con dignidad, es decir, como una valentía pa’ pocos.
    Todo lo anterior para decirte que no me gustó “sobre gais y otras mariconadas”. Es una crónica de cosas, vicios, usos y caprichos. Una crónica sin compromiso. Una crónica de macho que se cura del evento de ser pensado como maricón de barrio. Una crónica que ignora las libertarias posturas de los pensadores plurales, una crónica desesperanzada con anclas en las medianías del pasado; una crónica que, además, magnifica la “machía” tuya y bellanita. La lucha es otra y yo te pensaba hombre de luchas y no mero cronista de relatos incontaminados. Si en mi adolescencia me crucé con vos, debí sentirte como a un muchacho de los malucos.
    Hoy tampoco me gustás aunque te leo. Ponele tonito de “sosó” porque con sosó te lo digo: no me gustas, y no, y no, y no! Escribir así deja el mundo intacto. A eso lo llamo fatalidad y triste desesperanza.

    Y protesto contra mi compañero de trabajo, el comunicador Óscar Arbeláez, porque sospechó ingenuamente que honraba mi mariconada en lucha, enviándome tu hermosa y veracísima crónica de lo que espero sea un vergonzoso pasado.

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