Julius Fucik o la victoria de un periodista asesinado

Por Reinaldo Spitaletta

Praga suena a aguas del río Moldava, a músicas de Smetana, al frufrú de las faldas de sus muchachas risueñas, y claro, en sus castilletes medievales se oyen acordes de viejas tonadas, que tienen rumor de campanarios y de órganos roncos. Es la ciudad de Kafka, aunque el extraordinario escritor poco la refleja en sus obras (investigadores aducen que más que la capital checa, se siente en el trasfondo de algunas de sus creaciones a San Petersburgo, por la influencia ejercida por Dostoievski en el autor de El Proceso), y también de Jan Neruda (1834-1891), poeta, cronista, novelista y cuentista, autor, entre otras obras, de los Cuentos de Malá Strana, un tradicional barrio praguense, habitado por sastres, abogados, pintores, amas de casa, jubilados, parte de un microcosmos lleno de cotidianidades e insatisfacciones, que dan cuenta de las incertidumbres y vaivenes de la condición humana.

Y hablo aquí de Neruda, porque, aparte de ser un escritor fundacional de una literatura, es uno de los faros que tiene el periodista Julius Fucik, autor del Reportaje al pie del patíbulo y una de las figuras emblemáticas de la resistencia checa contra el nazismo, en la Segunda Guerra. Praga, cuna de numerosos artistas e intelectuales, tiene en Neruda un portaestandarte de su cultura, de sus muertos y de sus vivos, y de sus trabajadores, como lo hace constar, por ejemplo, en escritos suyos sobre el Primero de Mayo y las marchas obreras.

En su reportaje, hoy traducido a más de ochenta lenguas, Fucik le rinde un homenaje a Neruda, “nuestro mejor poeta, el que vio por encima de nosotros en el porvenir”, al que considera un autor proletario, a diferencia de otros críticos de su tiempo que lo catalogaron siempre como un escritor de la pequeña burguesía. Pero también en la obra cúspide de este hombre que se irguió con coraje e inteligencia ante sus verdugos, está otro compatriota suyo, el periodista y novelista Jaroslav Hasek (1883-1923), autor de Las aventuras del buen soldado Svejk, una sátira contra la sinrazón de la guerra (en este caso, la Gran Guerra), que Hasek no pudo concluir.

Pero, ante todo, en el reportaje de Fucik, publicado póstumamente, hay un testimonio de valentía y, al mismo tiempo, de solidaridad con todos los que, durante la Segunda Guerra Mundial, lucharon para provocar la caída estrepitosa del Tercer Reich y su führer. El periodista ofrece, en medio de su situación crítica, de ser un prisionero, torturado y vigilado, una lección de ética, de un lado, y de periodismo combativo, del otro. Está convencido, como dirigente comunista, que los que se oponen al fascismo, al nazismo, a todas las fuerzas retardatarias que quieren esclavizar y destruir al hombre, son sembradores de alegría.

Fucik, crítico literario y poeta, que había estado en la Unión Soviética viendo de primera mano la construcción del socialismo, cae en las garras de la Gestapo, la macabra policía secreta nazi, y es puesto preso en una cárcel de su país (la prisión de Pankrác) y luego enviado a Alemania, donde es ejecutado el 8 de septiembre de 1943. Sometido en la mazmorra a toda clase de martirios físicos e improperios, no cede en sus principios ni en su convicción de que el fascismo será derrotado. No lloriquea, no pide clemencia. No cede ante el dolor ni las humillaciones. Canta a la victoria que se aproxima y cuyos clarines ya suenan en Stalingrado, la heroica ciudad soviética sobre el Volga, en donde se erigió el punto de partida para la catástrofe del imperio de Hitler. El principio del fin de la wehrmacht.

Sabe, por lo demás, que él no presenciará el triunfo de sus camaradas, de los pueblos, del hombre (el fascismo es una negación del hombre), sobre los opresores, sobre aquellos que diseñaron la más potente máquina de exterminio en la historia de la humanidad (por lo menos hasta ese momento del siglo XX), pero está convencido de lo que les espera a los enemigos del progreso y de los trabajadores: el fracaso.

Algunos testigos, que lo vieron por última vez en la cárcel berlinesa durante el juicio de los nazis, el 25 de agosto de 1943, contaron que Fucik dijo: “Sé que seré condenado y que mi vida llega a su fin, pero también sé que hice lo que pude por nuestra victoria. Estoy seguro de que seremos los vencedores. Nosotros morimos, pero otros vendrán a continuar nuestra obra”. Su optimismo, basado en el conocimiento de leyes sociales y en la defensa de la razón y la civilización, le proporciona altas dosis de valor frente a la actitud desalmada de sus captores. Sabe, además, que centenares de miles de hombres caerán antes de que otros puedan decir: “sobrevivimos al fascismo”.

Reportaje al pie del patíbulo (también lo han titulado Reportaje al pie de la horca; Reportaje al pie del cadalso) es una pieza maestra de periodismo de emergencia; de ese que se realiza en momentos límite, cuando ni siquiera hay posibilidades de tener lápiz y papel, y bajo la presión no del inminente cierre de edición, sino de la tortura. De la negación de la libertad y del pensamiento. En la brevedad intensa de la obra final del gran reportero checo, hay un homenaje a la fraternidad y la solidaridad; una convocatoria a no cejar en la lucha contra los desafueros y todas las formas de la represión. Un cántico universal en favor de la construcción de la justicia social y de la dignidad humana.

Fucik, un héroe revolucionario, no lamenta su condición. Más bien, aprovecha la misma para realizar una reflexión que trasciende lo individual para ubicarse en el campo de lo colectivo, de los intereses de los que combaten los horrores del capitalismo, en general, y en particular del fascismo. “Solo os pido una cosa: si sobrevivís a esta época, no olvidéis. No olvidéis ni a los buenos ni a los malvados” y entonces agrega que no hay héroes anónimos, que todos tienen nombre y que esos nombres merecen ser parte de la memoria de los pueblos.

Reportaje al pie del patíbulo es, asimismo, una impecable radiografía de los valientes y de los cobardes; de los que no se arrugan por las persecuciones y de los que traicionan a sus compañeros. Hay figuras y figurines. Y en medio de un paisaje sórdido, el de los muros de la cárcel, el de los torturadores e interrogadores, se alza la palabra eficaz y certera de un militante de la vida y de las causas populares, que llama a continuar la lucha, porque está convencido de la victoria final contra la oscuridad.

Fucik escribe contra el tiempo. Sin excesos verbales. Todo está medido. Y meditado. Es la lucha (sin desesperos) de un hombre contra la muerte. Su palabra se torna necesaria, exacta, imprescindible. La va escribiendo en furtivos papelitos que le suministra un guardián (Adolf  Kolinsky). Necesita dejar un testimonio, un mensaje para el porvenir, una constancia de que pese a las adversidades, es posible la esperanza concreta en un mundo nuevo. Que pese a la hora de tinieblas, es probable —e incontenible— el advenimiento de un periodo de luz.

El de Fucik puede ser uno de los testamentos más bellos jamás escritos. Quería vivir más tiempo, tener una vida larga de hombre libre; quería amar y cantar y recorrer el mundo, pero las circunstancias, la historia, el nazismo, se lo impidieron. Sin embargo, canta y ama y abraza una causa revolucionaria. Su voz se eleva sobre el dolor y la angustia, y se vuelve canción de futuro.

“Os he querido, hombres, y era feliz cuando sentíais mi amor, y sufría cuando no me comprendíais. Aquel a quien hice daño que me perdone, y al que consolé que me olvide. Que la tristeza no sea unida nunca a mi nombre (…). He vivido por la alegría y por la alegría muero, y sería un agravio poner sobre mi tumba el ángel de la tristeza”.

Reportaje al pie del patíbulo es un himno a la alegría y un hondo llamado a la solidaridad. Es parte de la historia de un tiempo nefasto, pero, a la vez, de unas calendas extraordinarias que permitieron la derrota de una de las más espantosas conspiraciones contra el ser humano. Julius Fucik, asesinado a los cuarenta años, sigue cantando. Y nosotros con él.

(Escrito en Medellín en el Día Internacional de los Derechos de la Mujer, 2015- Prólogo al libro Reportaje al pie del patíbulo, Colección Literaria Juventud Crítica, Bogotá)

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2 comentarios

  1. cesar celis

     /  julio 15, 2015

    Excelente! Muchas Gracias! 

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  2. Aunque muy utilizada la palabra : contundente el artículo de Spitaletta. El libro vale la pena de leer

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