Cafetín con orines y sin filosofía

Por Reinaldo Spitaletta

No ocurrió como en el Cafetín de Buenos Aires, en el que el gran Discepolín aprendió filosofía y otras vainas. No. Ni siquiera en aquel bar de mala muerte, en el que, por lo demás, nunca mataron a nadie, porque los que peleaban se salían a hacerlo afuera, y afuera tampoco se mataban, había mucho de teatralidad en las confrontaciones, lo mismo pasaba en otros cafés que había en Bello, digo que allí no se aprendía naipes ni parqués ni ajedrez, que por allí no había ajedrecistas, ni mucho menos nada parecido al bridge o al póker. Aprendí, eso sí, algunas canciones que arrojaba el traganíquel, y sus fosforescencias de neón iluminaron imaginaciones, la mía y las de otros pelados que no podíamos entrar porque éramos menores de edad.

En aquel café de sordideces, en el que arriba del mostrador colgaban chorizos secos y desde afuera se sentía hedor a orines, escuché tangos de malevos y de putas, como uno, de escasa estatura, llamado Maldito Cabaret, y otro, más torvo todavía, sobre un tal Cruz Medina, una historia ruda y burda. Pero había algunos, de Raúl Berón, como Trasnochando, Una emoción y Como tú, que tenían poesía, o, por lo menos, no caían en lo evidente ni en lugares comunes.

El bar, como tantos de aquella ciudad de obreros y maleantes, tenía un nombre evocador de Buenos Aires, el Florida, que no desentonaba con otros que pululaban en esas geografías: El Torrente, Tres Amigos, Rodríguez Peña, River Plate, Cuesta Abajo… No todo lo que sonaba era tango. De vez en cuando, se escuchaban las voces de Piero (Si vos te vas y otras) y de Leonardo Favio (Fuiste mía un verano), y no faltaban unas canciones que a mí me parecían deplorables y a las cuales comencé a odiar: las de Los Cuyos.

El Florida, en el que no había billar, era un bar de seis mesas, tal vez siete, con un Seeburg viejo para la época, al que llegaban, más que obreros, tipos “duros” de la calle, que escondían sus puñales debajo de las mesas metálicas cuando sentían que se acercaba la policía y que era inminente una “batida”. Decía que adentro no se enfrascaban a pelear y, más bien, tal vez porque el Bizco Arturo, el dueño del negocio, era un hombre arisco y que manejaba bien la rula, se iban a la acera a intercambiar puños y de vez en cuando a hacer malabares con los cuchillos, sin tocarse, sin herirse.

Todo esto para decir que, tras muchos años de haber desaparecido aquel bar turbio, me acordé otra vez de aquellas noches en las afueras del mismo, mirando por las puertas (eran dos) o las ventanas (tres) a observar a los concurrentes, o de vez en cuando a arrojarles ganzúas o grapas metálicas impulsadas por cauchos que extendíamos entre los dedos, a los chorizos tristes del Bizco, porque me puse a seguir las letras de dos tangos, que uno de ellos siendo de los años cuarenta, no sonaba en el Florida: Cafetín de Buenos Aires (la versión de Goyeneche es insuperable) y Café La Humedad, de Cacho Castaña, compuesto en los setentas.

Donde el Bizco no era posible aprender ninguna filosofía, ni la del trabajo, porque la mayoría de sus clientes eran vagos y uno que otro artesano. Se aprendía, digamos, de fútbol, porque se discutía hasta el hartazgo sobre jugadas y jugadores, o de ciclismo, que había sujetos que sabían de la Vuelta a Colombia y de otras vueltas… Lo que sí aprendimos fue a fumar en la acera del Florida, aunque nada de dados, ni timbas, ni dominó ni jueguitos parecidos, que nosotros éramos muchachos de acción y nada que nos aquietara estaba dentro de nuestros gustos.

El de Discépolo (con música de Mariano Mores) es un tangazo. En rigor, no recuerdo si pudo sonar en aquel barcito desmirriado, pero tampoco el Florida hubiera podido “ser escuela de todas las cosas” ni allí había “mezclas milagrosas de sabihondos y suicidas”, o puede que de los primeros, sí. Había unos habladores de paja que creían saberlo todo. No hubo, sin embargo, ningún suicida que le hubiera dado lustre al café. Allí, “sobre sus mesas que nunca preguntan” no lloré desengaños, ni nací a las penas, pero sí, creo, la atmósfera de humo y los olores acres del aguardiente, me enseñaron que en un café hay brumas y gentes con desencantos.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché Café La Humedad, pero la versión primera que conocí fue la de Goyeneche, aunque, para ser franco, me gustó más la de Rubén Juárez. Aunque, todo hay que decirlo, Cacho no lo hace mal. Hay en ese tango la poesía de lo ido, de las esperas. Y la del billar y la reunión. Es un volver a “las hazañas de otros tiempos”, para alejarse de la muerte y de otras desazones. Es un reencuentro con soledades y con los muchachos de antes.

El tango está lleno de cafés, de viejos y últimos cafés, que flotan en la memoria, que se perpetúan en sentimientos de amistad o en una queja de amor. Y en sus mesas, esas que a veces se buscan con ansia, uno escucha, cómo no, las preguntas que le hacen al tiempo después de que ya nadie llora sobre ellas ningún desengaño.

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1 comentario

  1. Ester Goeta S.

     /  julio 25, 2015

    Fascinante!

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