Adiós con ebriedades para Gabriel

Por Reinaldo Spitaletta

La vida es una herida absurda, sí, hermano, que vos, con tu barba de profeta extemporáneo, con tus manos de escultor capaces de transformaciones de yeso en bronce, vos, metamorfoseado con el fraseo sin par de Goyeneche, tristón en una silla de soledades, cantando, susurrando, diciéndote para vos, muy hacia adentro, no sé hasta qué abismos de tu alma de tango, “garúa, solo y triste en esta noche, va mi corazón transido…”, y así sucedió una noche, en un café de arrabal, vos, en un Cuartito azul, te sometías a la audiencia de beodos, con tu voz maleducada, pero con un sentimiento de última canción de recital, te ibas entreverado por los versos de Cadícamo “¡qué noche llena de hastío y de frío!”, pero no había ni lo uno ni lo otro, estábamos en un ámbito de embriagueces y bandoneones tristes, en un rincón de Medellín.

Tu última curda ya pasó, tu penúltimo whisky se quedó sin beber, che, Gabriel, que vos eras tan-goyeneche, “¡pónganme a Goyeneche!”, decías en cafés en las que las turbulencias éramos vos y yo. No había remedio. El cantor de Buenos Aires aparecía entre las brumas de la borrachera y ahí, entre distancias y recuerdos, el mundo se volvía un poquito de nostalgia y un tanto de poesía flotando entre una lluvia seca.

Chau, no va más, compañero del alma, compañero. No sé qué tanto te apetecían las tristezas de un español, de elegías y nanas cebolludas, el mismo que en una película sobre Goya, de aquellas de cine-foro, de cine-club de los setentas, decía con voz en off que “vientos del pueblo me llevan”. Vos llevabas un pueblo en la garganta y en la copiosa barba, en tus brazos que pudieron ser un día (y el día ya está lejano) de Miguel Ángel, aquel que vos aprendiste en La Agonía y el Éxtasis, cuando la vida, la tuya, la mía, estaba en flor (ah, Naranjo en flor).

No sé ya qué tanto de tus ganas escultóricas se quedaron en el monumento de Ciénaga, levantado en diciembre seis de 1978, homenaje a los obreros bananeros asesinados cincuenta años atrás; no sé cuántas fundiciones de tristezas y alegrías se hospedaron en una obra tuya, la pátina verdosa sigue envejeciéndola, Homenaje a la Vida, en una plazuela de Bello, Antioquia, junto a un bar de miniatura, con nombre porteño: Café de Los Angelitos.

Vos eras un escultor con pinta de retrato renacentista. Cuántas creaciones se esfumaron con tus sueños; cuántas se quedaron, aguardando un golpe de gracia, escondidas en tus intenciones. Vos, que eras un tango andante, ya no estarás más en las noches de vino, ni en las madrugadas con promesas de soles ebrios. Sos un fantasma de aquello tan inasible, que ya no se puede recuperar.

Vos, que quemaste banderas yanquis en manifestaciones estudiantiles, en desfiles del Primero de Mayo, en demostraciones de desobediencia civil; que a punta de “screen” llenaste paredes con gritos antiimperialistas, con consignas rojiamarillas contra la tiranía y el despotismo. A vos, que un día, en un campus universitario, te puso a cantar con ella una diva de tango, Adriana Varela, que al verte entre el público, dijo, “vení, vos, sí, vos”, que no te creías el llamado, “sí, vos, vení a cantar conmigo” y entraste a destiempo, sin compás, pero con la gracia de decir “cada vez que me recuerdes / la noche amiga me lo dirá…”. Y ella te despidió con un beso acompasado.

Con vos, tipo guapo si los hubo, sin miedos ni recatos, una madrugada joven de Maracaibo, Junín y La Playa, en una fugaz Medellín que ya no existe, caminamos (tal vez éramos pasajeros de un barco ebrio) cantando, bueno, es tal vez un decir, mejor dicho: gritando “¡loco, loco, loco!, cuando anochezca en tu porteña soledad, por la ribera de tu sábana vendré con un poema y un trombón a desvelarte el corazón…”, y desvelábamos a los habitantes de calle, a los que en su despertar imprevisto, les tirábamos luces celestes y banderitas de taxi libre.

Vos, viejo Gabriel, ya sos polvo de estrellas, aunque, como decía otro viejo que tampoco está, seguís vivo, porque todavía no sos olvido. Vivís en las luces de un Wurlitzer de medianoche, dormido sobre una mesa de café (de aquellas que nunca preguntan). Seguís caminando por la memoria de una canción de ayer, mientras la herida absurda que abriste con tu fuga sigue sangrando soledades.

(N.B. Gabriel Restrepo González murió el 25 de agosto de 2015)

Insultos artísticos y otras cuchilladas verbales

Por Reinaldo Spitaletta

—Yo no le cedo la acera a ningún hijueputa —dicen que dijo Laureano Gómez, alias el Monstruo, cuando vio venir de frente al expresidente Marco Fidel Suárez.

—Pero, en cambio, yo sí —dicen que contestó, sin alterarse, el autor de la Oración a Jesucristo, y se bajó de la acera a la calle, sin siquiera dirigirle una mirada a su agresor.

Insultar con clase, con arte, no es propio de todos los mortales. Lo más fácil es soltar un “taco”, una palabrota, una agresión verbal sin talento sobre un contrincante, y listo. Injuriar con inteligencia escasea en la tierra, y supongo que también en los profundos infiernos.

Dicen, no sé si estará documentada la versión, que el dramaturgo, y además Nobel de Literatura, el irlandés Bernard Shaw le mandó a Winston Churchill, al que además detestaba, una invitación para el estreno de una de sus obras: “Para que venga con un amigo (si es que lo tiene)”, decía en la misiva que acompañaba los boletos. La respuesta del político y escritor inglés no se hizo esperar mucho: “Me es imposible asistir a la noche de la premier, pero iré a la segunda función (si es que la hay)”.

Los insultos, murmuran en corrillos, hay que responderlos rápido, en cuestión de segundos, porque, de lo contrario, se vuelven rencor. Además, en ellos como en sus respuestas debe haber elegancia e ingenio, para que suban a la categoría de artísticos, o, por lo menos, de inteligentes. Deben trascender la visceralidad vulgar e ir más allá de la evidencia. Como pueden ser ciertos grafitos, cuando tienen seso y humor negro: “La guerra es un buen negocio, invierta un hijo”. O como las frases del fumador de habanos, Míster Churchill, que en otra ocasión expresó de un rival político: “Tiene todas las virtudes que detesto y ninguno de los vicios que admiro”.

Entre escritores y otros artistas han florecido agravios y se han propinado cuchilladas verbales, como, por ejemplo, la que soltó Flaubert contra la señora George Sand: “es una gran vaca rellena de tinta”, o la que profirió Wilde contra su paisano Shaw: “no tiene ningún enemigo en este mundo y ninguno de sus amigos lo quiere”. En El arte de injuriar, Borges, que era un experto en ofensas y mamagallismos, se deleita con vituperios y diversos escarnios. Una de sus víctimas, es otro injuriador, el panfletario escritor colombiano José María Vargas Vila. Pero, quizá, los poetas y otros escritores del Siglo de Oro español son los más expertos y refinados en las artes insultadoras. Uno de los más agresivos, pudo haber sido el conde de Villamediana, maestro de la sátira. Una de sus víctimas, el caballero Rodrigo de Tapia, consultor de la Inquisición, sufre tajos de afilado verbo: “Don Rodrigo de Tapia el tontivano / no acaba de saber, vana ignorancia, / cuál sea en su coche la derecha mano. / Él es un caballero de importancia / y tiene cierta gracia: que en verano / despide del sobaco gran fragancia”.

Y ni hablar de los insultos de Quevedo contra Góngora, por ejemplo, y de este contestándole a su poético y mordaz enemigo. El primero llena al segundo de etiquetas punzantes, como judío, bujarrón, poeta ridículo, sodomita, y este, a su vez, responde con punzadas como pícaro y ladrón y moro y judío, ateo, cornudo, puto y borracho, que en ofensas ambos eran doctos y muy ricos en palabras. Y palabrotas. Así también son célebres, entre otros, los intercambios de ofensas y burlas entre Cervantes y Lope de Vega.

Los defectos físicos, los defectos espirituales, las fisonomías, las narices y narigonas (“Érase un hombre a una nariz pegado / érase una nariz superlativa…”), bizquedades y cojeras, ojos incompletos, orejas desproporcionadas, todo cabe en la confección de insultos. Como lo hizo con unos versos repentistas el poeta y detective, que de joven perteneció a Los Panidas, autor de letras de pasillos y tangos, Tartarín Moreira, cuando le robaron su maleta en una terminal de buses en el barrio Guayaquil: “Al tipo que se alzó con mi maleta / sujeto jijueputa hasta el cogote / deseo que lo mate de un rebote / y en pelota, una puta camioneta…”.

El arte de insultar nada tiene que ver, por supuesto, con la expulsión de palabrotas al desgaire, sin ton ni son, con un facilismo que ni las verduleras, señoras muy atentas y amadoras de su oficio, tienen en sus intercambios públicos de plaza de mercado. Para ello bastaría con leer, por ejemplo, al filósofo Arturo Schopenhauer que le dedicó buena porción de su cacumen al improperio como arte.

Hace poco, mientras dictaba una clase de Periodismo de Opinión, y exponía las características de la diatriba, llegamos a un momento cumbre en que, a los estudiantes, les pregunté por sus insultos preferidos. Ninguna novedad en las respuestas: hijueputa, carechimba (solo entendible en Antioquia, como decir, por ejemplo Careconcha, en Argentina; o carechucha, en Cartagena, en fin), careculo, perra, malparido, y la celebérrima “gonorrea”, iniciada en los años noventa en la ciudad como parte del insulto burdo en barriadas populares y aun en las de clases encopetadas.

Lo novedoso, por lo menos para mí, fue descubrir que uno de los insultos más ofensivos de hoy es decirle “gorda” a una muchacha, sea o no lo sea. Puede causar un terremoto, un infarto, un cataclismo emocional. No sé qué tenga que ver con el asunto una especie de cultura de la anorexia y la bulimia, unas delgadeces enfermizas, y también otras apariencias muy flacuchentas, o esbeltas, según el caso, de los ejercicios de gimnasio, el fitness y otras rutinas. Pero fue una revelación.

Las gordas, según eso, están condenadas a sufrir toda suerte de discriminaciones, burlas, segregaciones, matoneos, de los cuales, parece, no se salva ni la Gorda de Botero, emblema escultórico del parque de Berrío, en Medellín. No sé desde cuándo cambiaron los paradigmas de belleza corporal ni quiénes los promovieron, porque, como se sabe, antes de los “felices años veinte”, de los años locos de la primera posguerra, las gordas eran las atractivas, las sensuales. Las más bellas y apetecidas.

Inodoro Pereyra, personaje del caricaturista y escritor rosarino Roberto Fontanarrosa, le dice a su concubina, la muy feíta Eulogia, tal vez acusada por algunos naturistas como “traficante de colesterol”: “Usté no está gorda, Eulogia. Es un bastión contra la anorexia apátrida”.

Y en este punto, con las imágenes de Eulogia, en el salón de clase, me acordé de pronto de un señor de Bello, Darío Ochoa (que en paz descanse), que alguna vez, no recuerdo ya las circunstancias, mientras estaba sonando una canción de la argentina Mercedes Sosa, me dijo, con rabia en la voz, que no gustaba de esa cantante, porque mientras hablaba de revoluciones sociales, sus conciertos y recitales eran de costosas entradas, no aptas para pobres. Y entonces remató su disgusto con una frase lapidaria: “¡Gorda hijueputa!”. Yo no hice otra cosa que soltar una descomunal risotada.

Tiempo después, me contaron una anécdota de un aficionado a la ópera, un habitante de Medellín, de apellido Vélez, que cada año sin falta iba al Metropolitan Opera House de Nueva York, a la temporada del género. Una vez, hizo una fila para reclamar un derecho a pedir autógrafo y entrar a los camerinos cuando terminara la función. Ansiaba que su admirada Montserrat Caballé, la soprano catalana, le firmara una foto de ella.

Al final del espectáculo, el fanático esperó junto al camarín, mientras la diva se desmaquillaba. De pronto, él, a punto de arrodillarse, le decía que por favor le diera una fotografía autografiada. La cantante ni lo miraba. Estaba embelesada en el espejo, tal vez anonadada con su grandeza. Y él seguía implorando, babeando. Obnubilado junto a la impresionante dama. No se sabe cuánto tiempo pasó, pero, de súbito, ella abrió un cajoncito del tocador, extrajo una fotografía, la firmó y se la arrojó, deslizándola por el mármol, sin mirar al que impetraba la deferencia. El hombre, conmocionado, salió y se dijo para sí, en un momento de enorme y emotiva decepción: “¡Gorda hijueputa!”.

Y mientras para las muchachas de Medellín, la palabra gorda es un insulto aterrador, para otros (y otras) hay mucha gracia en la grasa, porque, como dice un personaje de la novela Tevie el lechero, inspiradora del filme El violinista en el tejado: donde hay carne, hay fiesta.

La ciudad, presa entre rejas

(De cómo el miedo y la inseguridad cambiaron fachadas, puertas y balcones)

Por Reinaldo Spitaletta

Una de las puertas del Buckingham Palace de Londres es una enorme reja, sujeta a dos pedestales o columnas con lámparas de cinco faroles encima. Dicen que cuando el comerciante y empresario antioqueño Carlos Coriolano Amador (1835-1919) la vio, lo primero que se le ocurrió fue mandar hacer una réplica, la misma que tiempo después pondría en la entrada de su finca de recreo Miraflores, al oriente de Medellín, y que el vulgo nombró como la Puerta Inglesa.

En Medellín, donde la forja del hierro estuvo en boga sobre todo con la instauración en la segunda mitad del siglo XIX de la Escuela de Artes y Oficios, a alguna sociedad dominante le dio por enrejar el parque de Bolívar, cuyos terrenos habían sido donados por el ingeniero inglés James Tyrell Moore (1803-1881), del que partió la idea de erigir una estatua ecuestre dedicada al Libertador, y que años después fue obra del escultor italiano Giovanni Anderlini. A los que mandaban en la ciudad les entró el escozor de privatizar el parque, cuando ni siquiera por asomos nadie imaginaba que un siglo después aparecería el modelo económico y político de feriar y privatizar lo público.

Las rejas, en otros días, tal vez de menores desasosiegos, tenían una función ornamental más que de seguridad; eran más la expresión de un asunto de buen gusto y estéticas, que de vigilancias y límites. No eran disuasivas. Más que todo, toques de distinción. Así, había rejas preciosistas en ventanales, con motivos atrayentes, curvilíneos, con simetrías y ondulaciones. Ya las famosas ventanas arrodilladas, con enrejados de madera, habían pasado a la historia. El hierro era el rey de la exquisitez y el lujo.

En barrios y partes céntricas, se abrieron talleres de cerrajería, y el artesanado del hierro tuvo muchos frutos y demandas. Había balcones con rejas de calidad, y también en las escaleras, el hierro de forja lucía sus dotes. Había una cultura de lo férreo, pero no sometida al imperio de las protecciones o salvaguardas, sino como parte de estilos arquitectónicos y de construcción. Entonces, no había en casas y otros edificios, conexiones semióticas con arquitecturas carcelarias ni relaciones metafóricas con calabozos y celdas. Las rejas urbanas no estaban conectadas con las de las prisiones.

Pero los días cambiaron. Y la ciudad se pobló de problemas e inseguridades. La industrialización se vino a pique, florecieron contrabandos y carteles. Medellín, de pronto, con aceleres y agites de pueblo grande, que la villa ya era cosa de bisabuelos y otros ancestros muy lejanos, se amobló en lo urbano con ladronería y pícaros a granel. Ya el sistema que narraban los cronistas judiciales de robos en casas por el método del “descuelgue” había pasado de moda. Los asaltantes entraban por puertas y ventanas, y los apartamenteros, una modalidad delictiva que pudo haber surgido desde la década del setenta, se echaron a medrar en la urbe.

Las casas que tenían corredores y antejardines, se volvieron albergue de vagabundos, pero, además, estaban de “papaya” para los “amigos de lo ajeno”, que es un eufemismo muy extendido en Medellín para designar al vulgar ladrón. Y las rejas de emergencia comenzaron a abundar. Además de las puertas de madera, había que instalar enrejados, con dos y tres cerraduras, además de alarmas eléctricas, porque de día y de noche los pillos estaban atentos para entrar a esculcar.

Y unas de las más perjudicadas por tanta hurtadera y roberío, fueron las tiendas, en especial las de los barrios. Esos lugares de sociabilidad, de encuentros entrañables e intercambio de chismes y rumores, se tornaron atracción de rateros, y hubo desde luego que poner talanqueras. Las rejas les quitaron buena parte de los encantos de vecindario a los tenderetes. El paisaje se resintió. Y la conversa, también.

Seguro se acrecentaron los trabajos de los cerrajeros, que al final ya tampoco importaba mucho la calidad de las rejas, ni había que pensar en ornamentaciones. Todo más bien vulgarote, sin pretensiones esteticistas. Se trataba de poner obstáculos a los cacos, que les costara un poquito más su atrevimiento. Y todo se llenó de rejas, que la ciudad se fue pareciendo a una cárcel. Rejas en tiendas y otros ventorrillos, en casas y apartamentos, en consultorios y oficinas…

Los balcones perdieron su esencia. Y también se vistieron con enrejados. ¡Ah!, y como si fuera poco, ante tantas amenazas, hubo que poner en las esquinas de aquellos, puntas de lanza, flechas, salientes afilados. Y a las rejas, también se sumaron los alambrados eléctricos, que el paisaje citadino se fue pareciendo más a una trinchera, a campos de concentración. Ya eran parte del pretérito los muros rematados con fragmentos de vidrios de botellas.

En inmensos antejardines de los caserones del hermoso barrio Prado, de Medellín, he visto coberturas totales de rejas, que alteraron las antiguas formas. Ni el cielo se cuela por ellas. La ciudad-cárcel se lo tomó todo. Es como si estuviéramos (sucede en una novela de Dino Buzzatti, El desierto de los tártaros, cuya influencia se sentirá en otra de J.M. Coetzee, Esperando a los bárbaros) pendientes del asalto, y así nos intranquilizamos, se nos va el sueño, los ruidos nos alteran los nervios, aunque, a la postre, las rejas estén cumpliendo su labor de aduana y vigilancia.

“Las rejas no matan, pero sí tu maldito querer”, advierte un bolero ranchero mexicano. Pero sí matan: las rejas acabaron en la ciudad con rituales de amistad, con congregaciones y acercamientos. Con la posibilidad de detenerse a conversar. Bueno, y a la larga, tampoco intimidan a los maleantes, ni menos espantan a buscadores de neófitos religiosos y otros mercachifles. Afearon los frentes residenciales y se volvieron síntoma de una vieja enfermedad urbana: la inseguridad. Sobra decir, quizá, que las rejas tampoco disuaden a los extorsionistas, o, como se les suele llamar con más sonoridad en Medellín, a los “vacunadores”.

La Puerta Inglesa, la que distinguió la entrada de uno de los recreaderos del señor Amador, conocido también como el Burro de Oro, ya no existe. Estaba ahí, donde se inician las denominadas Mellizas, en la calle Ayacucho. Una bomba de gasolina y tal vez alguna tienda, recuerdan su nombre. Tampoco vale la pena instalar una reja como la mencionada del palacio de la Reina Isabel (y en general de los monarcas ingleses) para espantar ladrones de Medellín. En cuestión de segundos se la robarían.

Rejas del Buckingham Palace, en Londres.

Eufemismos: hipocresía y simulación

Por Reinaldo Spitaletta

La urbanidad, que en amplios segmentos de sus normatividades es ingrediente de los procesos civilizatorios, tiene en algunas de sus esferas muestras de hipocresía social, de simulación y de teatralidad de pacotilla. Y aunque se pueda argüir que las buenas maneras, o el buen tono, son actividades y rituales para la convivencia y sociabilidad, hay también en sus manifestaciones calcos de imposturas.

Y ya en este punto podemos introducirnos en los campos del lenguaje, que, según como se use, da ideas y pistas sobre la cultura y saberes del hablante. Las palabras, que, de acuerdo con un filósofo alejandrino, crean las cosas, también son parte del ocultamiento, del enmascaramiento de situaciones sociales, de pobrezas mentales, de abusos del poder. No llamar a las cosas por su nombre, sino suavizarlas, disimularlas, darles una alcurnia de la cual carecen, son integrales de poses y disfraces.

Así, los eufemismos, que por lo demás muchos de ellos suenan bonito, porque tienen —preciso— aquello de la eufonía, albergan apariencias y superficialidad con el fin de no tocar las esencias, eludir las causas de los fenómenos, suprimir lo que puede ocasionar ascos, o ejercer presión, o dar puntadas para un descubrimiento. El eufemismo, entonces, tiene la facilidad de esconder. No está en sus facultades, la revelación. Ni el desnudamiento. Pretende ser claro, pero es oscuro. Quiere ser elegantón y refinado, pero es burdo. Y sí, es propio de ciertas sociedades y situaciones en las que lo que se pretende es aparentar.

Hay en los eufemismos una especie de falsa higiene y aun de doblez. En todo caso, hay frases que se construyen con el ánimo de expresar una falsa piedad, algún asco que no se note, un temor a la ofensa. Y de esos modos, se van esfumando las franquezas, las designaciones directas. No hay por qué, en muchos momentos y episodios, utilizar frases en las que los contenidos reales, los significados, se mimetizan. Habrá momentos en que sea contraproducente comunicar a alguien que “tu madre ha muerto”, y tal vez pueda ser menos doloroso advertir: “tu madre pasó a mejor vida”. El eufemismo es camaleónico.

Tenían razón determinados dichos populares, como aquel de “al pan, pan, y al vino, vino”. Puta, vamos al caso, puede sonar muy duro, mejor dicho, malsonar, pero es mucho más exacta esa palabra que, por ejemplo, “mujer de vida alegre”. Y, creo, en donde hay más expresiones para suavizar la denotación del ejercicio del oficio más antiguo del mundo (bueno, y si no es el más antiguo, sí es un oficio) es en el de la palabra puta, que tiene en castellano decenas de sinónimos. Así que podemos ir en extenso recorrido desde la guaricha, hasta la caribeña coya, pasando por la buscona, la barragana y la ramera.

Y así pudiéramos discurrir por las muchachas o mozas del partido, las vagamundas, las prostitutas, las chicas de mal vivir, hasta transitar por las colipoterras y meretrices. Lo que sí no se puede disimular, tras una rabia, una provocación, un ataque de cólera, en fin, es la palabra hijueputa (con todas sus variantes, según la geografía), y no da tiempo para, en medio de una descompostura, suavizarla con, por ejemplo, este “hijo de la peor vieja”, o sos un “hijo de tu mamá que trabajaba en un lupanar”. No hay mejor y más rápida designación: hideputa, hijoputa, hijo de puta. Sin lugar a buenos decires.

Lo que no parece eufemismo, en el asunto de las “mujeres de cascos ligeros”, cocotas, damas de la noche, mesalinas, grelas, magdalenas, bataclanas y ligonas, es la expresión “trabajadora sexual”, cuyas connotaciones están relacionadas con los derechos laborales y humanos de las practicantes. La indicación ya implica un reconocimiento del oficio con conquistas y reivindicaciones sociales.

Pero tornemos a la aplicación de los eufemismos. En ocasiones, se crean como antifaces. Pasó, por ejemplo, durante la dictadura militar argentina de los setentas, a cuya imposición y establecimiento, violatorios de la democracia, se le llamó Proceso de Reconstrucción Nacional. Y ya sabemos en qué consistió: en miles de desaparecidos, exiliados, reprimidos. En los recortes de las libertades públicas. En la tortura y persecución de opositores. En una violación permanente de los derechos humanos.

En Colombia, casi por la misma época de las desvergonzadas dictaduras del Cono Sur, un presidente, haciendo uso de un lenguaje embozado, expidió una inquisidora ley, denominada con pompa y aduciendo que era para preservar el Estado (y seguro, claro, a los que detentaban el poder) el Estatuto de Seguridad. Las operaciones “rastrillo”, los allanamientos, las detenciones arbitrarias, aparte de la prohibición de manifestaciones públicas y desfiles de protesta, fueron el pan amargo que el tipo que decía haberse leído más de siete mil volúmenes de su biblioteca hizo tragar a estudiantes, trabajadores, obreros y sindicalistas. El sujeto, por lo demás, protagonizó algunos escándalos con “muchachas disolutas”. Y llegó a decir que el único preso político que había en Colombia era él.

Eufemismos como “Bienvenidos al futuro”, lema utilizado por un neoliberal que con su apertura económica quebró las industrias nacionales, y como si fuera poco, mantuvo a oscuras a Colombia, ocultaban las genuinas intenciones antipopulares de un presidente de voz chillona. Y así, antes y después, los discursos, las legislaciones, las justificaciones de la miseria para la mayoría, se maquillaron con palabrejas y frasecitas, como “Seguridad democrática”, cuyo creador y dispensador se caracterizó en el lenguaje por otra manera del eufemismo: los diminutivos.

El eufemismo de “falsos positivos” se hizo célebre durante el reinado del príncipe, o mesías, o Señor del Ubérrimo, como lo calificó el ingenio popular, que, para advertir que su “seguridad democrática” era muy efectiva, hacía pasar por guerrilleros a gentes que nada tenían que ver con la subversión. El ejército los asesinaba y los vestía con uniformes de la denominada insurgencia. Y así se alimentaba a periodistas y medios de comunicación.

Un modo del eufemismo, aunque ya no tanto en el lenguaje, sino en las acciones oficiales, tiene que ver en América Latina con esconder los pobres, los gamines, los vagabundos y habitantes de calle. Si hay una visita del sumo pontífice, o de un presidente gringo, o de algún supérstite monarca, entonces hay que exportar de una ciudad a otra a los miserables; cuando no es que se realizan clandestinas operaciones de “limpieza social” (otro eufemismo aterrador).

El viejo Borges (y lo de viejo es porque ya tenía ochenta y cuatro años) en una nota sobre los eufemismos en su país, decía que aparte de los de la hipocresía y la impostación, había otros de carácter “gongoriano”, expresados con pompa y grandilocuencia, como decir el “primer mandatario”, por presidente; o “primera dama”, para referirse a la esposa del presidente, o del gobernador, o del alcalde. Y a un ministro se le confiere el apelativo de “titular de la cartera”, y por ahí, se colaron otros como aquellos de una ampulosa piedad: un ciego es un no vidente; un sordo, alguien con limitaciones auditivas; un mudo es un ser privado del habla. Y así hasta el infinito.

Y a propósito. La palabra viejo, lo mismo que anciano, tomó ribetes vergonzantes. Y entonces apareció la “tercera edad”, que es la última; el “adulto mayor” como una manera suave de señalar a aquellos que en La naranja mecánica, Diario de la guerra del cerdo y otras obras, les va muy mal, sobre todo frente a los jóvenes.

Hubo un momento en que a los profesores y maestros dejó de designárseles de ese modo, y ya todos son “docentes”. Y no sé por qué despelote en las significaciones, en ciudades como Medellín la palabra chofer tomó connotaciones rudas y así comenzó a decírsele a aquel que manejaba a la ofensiva, con grosería y violando normas de tránsito, y entonces se le desterró su castizo significado y significante para cambiarla por conductor. Acaeció algo similar con la palabra “culo”, a la que muchos todavía temen pronunciar, y apareció el afrancesado “derrière”.

Y, de pronto, con el ascenso del modelo neoliberal y los denominados discursos de la postmodernidad, los eufemismos se multiplicaron. El capitalismo de un momento a otro pasó a llamarse “economía de mercado”; los recortes de los derechos de los trabajadores se bautizaron con mucho boato como “flexibilización laboral”; el imperialismo se transmutó en “globalización”, y el oportunismo y otros vicios conectados con las prácticas políticas (o politiqueras) se nombraron como “dinamización”.

La traición ya no se designó así, sino como “cambio de posición” o “pragmatismo”. Y al alza de impuestos se le suavizó como “reforma tributaria”. En otras situaciones, el eufemismo de “hombre de color” para referirse al negro, se le cambió por “afrodescendiente”. Míster Bush y compañía, representantes del más grotesco y agresivo imperialismo, llamaron operación democracia y libertad a sus tropelías de invasión a Irak y Afganistán, con apelativos como Tormenta del desierto, o como sus antecesores lo hicieron en Panamá, mediante el eufemístico nombre de Causa Justa.

Los paramilitares colombianos a su proyecto criminal de quedarse con las mejores tierras del país, perpetrar decenas de masacres, desaparecer en hornos crematorios, ríos y fosas comunes a miles de campesinos, lo bautizaron como la Refundación de la Patria. Y a las bandas criminales que se pasean sin control ni vigilancia oficial por el Centro de Medellín se les conoce como las Convivir, un bonito nombre para una horrorosa realidad de extorsiones, asaltos y otras modalidades del delito.

El eufemismo, entonces, funciona más allá de las falsas morales, de las castas moralinas a lo Reina Victoria, de las hipocresías en el hablar, de las poses y las voces impostadas. Se explaya en los terrenos de la explotación del hombre por el hombre y campea en los discursos del poder. Al desactivar las palabras, las vuelve inofensivas y enmascaradoras. Como si los asesinos te mataran con suavidad y dulzura. O con un arma con silenciador. Así es el eufemismo. Encubridor y “políticamente correcto”.

El Borbón “deseado” y su hipertrofia genital

Por Reinaldo Spitaletta

Unos, porque la tienen muy pequeña. Otros, porque la naturaleza o quién sabe que diosa de las lujurias y las pasiones los dotó de una sobredosis en el tamaño, y entonces, hasta las damas más atrevidas, al ver el fenómeno, se vuelven como Lisístrata y más bien cruzan las piernas y advierten: no pasarás. Así puede ser, más por la longitud que por la inteligencia, que dicen que Leonardo escribió que el hombre piensa con el pene, el reyecito de España (y ahí sí cabe el decir: lo que no se come, lo daña), al que se le rebelaron casi todas las colonias de ultramar, le sucedieron muchas historietas conectadas con las dimensiones de aquello que, en la antigüedad, tenía el mismo nombre con la que se designa el miembro varonil y era una medida equivalente a dos codos.

La del monarca, que lo que tenía de grande abajo, le faltaba arriba, en la torre de mando, que era medio bobote y lo que mejor hacía era bordar zapatillas, era una bestialidad, según dicen. Al llegar a la adultez, el pobre no sabía qué era el sexo. Cuando lo casaron a los dieciocho años con su prima María Antonia Borbón Dos Sicilias, lo que hizo cuando vio a la señora desnuda, fue aferrarse de sus tetas y chupárselas como un ternero huérfano, sin arte ni sensualidad. Después, cansado de la faena, volvió a lo que más le apetecía: bordar zapatillas, ante la mirada desconsolada de su consorte, que a lo mejor pensaría que el tal Fernando, Príncipe de Asturias, era impotente.

La Antonia le contó pormenores a su madre, que, a su vez, chismoseó por las cortes hasta convertir al principito en rey de burlas. Enterado el padre, el rey Carlos IV, de que su hijo era víctima de las habladurías palaciegas, le dio una cátedra de sexo y artes amatorias, e informado de las dimensiones de coloso que tenía su muchachito entre las piernas, buscó que todos tuvieran que llamarlo con respeto el “Ariete mayor del reino”. Y entonces, el heredero del trono de las Españas pasó al ataque y la princesa tuvo que soportar los asedios y cañonazos del marido.

María Antonia, castigada por la tuberculosis, murió al poco tiempo y le tocó al Fernando contraer nuevas nupcias, esta vez con su sobrina Isabel de Braganza (que el incesto garantizaba tierras y poder), princesa de Portugal de escasa belleza, mejor dicho, de nula atracción, aunque un retrato que se luce en el Museo del Prado no la muestra tan feíta. Sí, el tipo que ya era experto en los jaleos de cama, asuntos que había perfeccionado en los prostíbulos madrileños, en particular en el burdel de Pepa La Malagueña, ni le paraba bolas a su nueva mujer.

Más bien, en los lupanares, el principito en juerga hacía desafíos, como si de un infante se tratara, a ver quién la tenía más grande, sabiendo, claro, que nadie podría tener una envergadura como la que él poseía, que era admiración de putas, pero, a su vez, atemorizaba a las que se atrevían a dejarse atravesar por el padrón.

Cuentan lenguas viperinas y de fácil imaginación, que la sobrina-esposa, al ver que su marido ni se inmutaba al verla, lo esperaba disfrazada de puta, para, con la táctica prostibularia, atraerlo, y parece que al fin de cuentas la estratagema le dio resultado y Fernando cabalgó a su potranca. Tampoco duró mucho. Murió a los dos años del matrimonio, sin dejar ningún fruto.

Pero un aspirante al trono ni menos un rey puede estar soltero, o, mejor dicho, viudo, y entonces había que buscarle mujer. La sacaron de un convento, en el que vivía desde los tres años, y ahora, a los quince, le quitaban su olor de santidad, la despojaban de sus esencias de incienso y de sus horas canónigas, y la pobre chica, llamada María Josefa Amalia de Sajonia, se casaría con el reyezuelo que ya era Fernando VII (al mismo que le gritaban en América: ¡viva el rey, que muera el mal gobierno!). Y la vida para ella se transmutó en un infierno.

Dicen que la muchacha, que lo que quería era proseguir de monja, no se dejó acariciar ni menos empelotar del marido, porque, según su educación y devoción, eso era pecado mortal. Nadie podía convencerla de lo contrario. Hasta que el sumo pontífice tuvo que tomar cartas en el asunto y después de largas conversas con la exmonjita, la preparó para que recibiera las cargas de profundidad del calenturiento monarca. Parece que le gustó la vaina, y duró diez años con el rey de bastos.

La María Josefa también se murió. Fernando, que ya frisaba por los cuarenta y cinco años, y todavía no tenía un vástago, un hijo a quien dejarle el vasto reino, tornó a casarse. Y esta vez, no era una que vestía hábitos y santos, sino su sobrina, de veintitrés años, María Cristina de Borbón. Era, se dice, frenética y ardiente. Y le va a dar al rey no un heredero, sino una heredera: Isabel II.

El reyecito, el del miembro gigante, no pudo tener hijos con sus tres primeras mujeres. Es que el tipo tenía un armatoste descomunal, con punta que parecía un puño y con dimensiones de taco de billar. Como hubiera sido, para las tres primeras esposas el juego del sexo era una tortura, que dicen que la tercera, sin saber nada de esas lides, cuando vio el vergón de su consorte, no solo corrió por la alcoba, en busca de protección, sino que literalmente se “cagó del susto”.

Para la última, médicos y madamas prepararon un artefacto que hiciera posible el sexo sin dolor ni otros traumas. Diseñaron un cojín circular por el que el monarca metía su órgano para disminuir su tamaño y de ese modo, con cierta truculencia, hacerle el amor a María Cristina. Uno de los galenos del rey, dejó consignado el siguiente testimonio:

“Sabedora doña Cristina de aquella circunstancia nada consoladora para los intereses del trono, discurrió, o más bien le aconsejaron, que usara don Fernando una almohadilla perforada en el centro, de tres o cuatro centímetros de espesor, por cuyo orificio introducía el pene antes del coito y durante él; así se hizo y alcanzaron sucesión”.

Observen, pues, las maniobras que le toca realizar a un desgraciado reyezuelo por tener un aparatejo fuera de lo común. Por el tamaño de su miembro viril al Borbón lo llamaron El Deseado. Pepe Botellas, hermano de Napoleón Bonaparte, lo desplazó del trono en 1808, pero después el Borbón lo recuperó. El rey de las Españas y las Indias padeció de una hipertrofia genital, además de gota.

El marqués de Villaurrutia, uno de sus críticos más feroces, dijo que el rey era cruel y taimado, y como monarca, a pesar de jamás haber “uno más deseado”, fue vengativo, cobarde, desleal, mentiroso y despiadado. Fue un gran cliente de muchas putas. Era leído y tocaba bien la guitarra. Le gustaba el billar y Goya lo retrató. Murió en 1833.

               Fernando VII y Cristina de Borbón

Alicia en el tiempo de la ensoñación

(Hace ciento cincuenta años Lewis Carroll publicó su alucinante historia)

Por Reinaldo Spitaletta

El cuento se convierte en novela, la novela se transmuta en disparates, los disparates se tornan sinsentidos con mucho sentido, y así, con razones y sinrazones, incluso con alguna lejana evocación del loco don Quijote (por ejemplo, la caída de Alicia por el pozo-madriguera recuerda un poco a don Quijote y la cueva de Montesinos), Alicia en el país de las maravillas, publicada el 4 de julio de 1865, se yergue como un clásico.

Y clásico, se ha dicho, puede ser ese libro que muchos años después de su creación, nos sigue interrogando y nosotros a él, en una doble dirección: la del autor y su ficción y la de sus lectores. Alicia sigue cayendo por el pozo infinito, por ir tras un conejo hablador, que ni siquiera al principio ella advirtió como un toque extraño, paradojal, de por lo menos preguntarse: “¿un conejo hablando?”, y ahí, en ese hecho de irse tras las huellas rápidas de un roedor, la muchachita se convertirá en un referente imaginario de niños y adultos.

Escrito en la Inglaterra victoriana, en una de las cunas del capitalismo, cuando ya Charles Dickens había “inventado” los niños en literatura y mostrado que la fuerza insensible del capital no se inmuta por los dolores y fracasos de la infancia, Alicia en el país de las maravillas, con sus aventuras de alucinación, es una burla al tiempo, pero, a la vez, a cierto edificio moral establecido en la sociedad de la Reina de los Mares: la Inglaterra colonialista y flemática de buena parte del siglo XIX.

Victoria, que ciñó su cetro durante 63 años (qué modo de abrazar el poder), emperatriz de la India, escritora de diarios, montó un imperio basado en el puritanismo, la fe, el trabajo, la moral y el predominio de los hombres en la vida pública, al tiempo que reducía a las mujeres a los extramuros domésticos. Había en su reino cierto tedio, que de vez en cuando era roto por acciones como las de Jack El Destripador (1888) o las escrituras de Oscar Wilde, que fue, precisamente, una de las víctimas de la moralina victoriana.

Y Alicia comienza con una alusión al aburrimiento, sí, se aburría de estar sentada en la orilla, junto a su hermana, sin nada que hacer, de pronto dándole observadas al libro que la otra leía y preguntándose “¿para qué sirve un libro sin diálogos ni ilustraciones?”, pero un conejo blanco de ojos rosados la sacaría del mundo repetido y sin paisajes, un conejo que hablaba con preocupación de que podría llegar demasiado tarde, y Alicia, al ver que el animalito sacó un reloj de bolsillo, se despabiló. Y ahí, en ese momento, comenzarán las aventuras subterráneas de una niña que se va detrás de un conejo a través de una madriguera, por la que se precipita sin hacerse daño.

Y en ese mundo nuevo, en que la lógica de la superficie no vale nada, Alicia crecerá y se empequeñecerá, escuchará y verá y participará en reuniones con animales, se preguntará por el tiempo y alterará el mundo de la normalidad, de las reglas, de las fórmulas. De lo que, arriba (¿O abajo? ¿O en las antípodas?) es el terreno endeble de la cotidianidad.

El profesor Charles Lutwidge Dodgson, que, con el seudónimo de Lewis Carroll, pasará a la historia de la literatura, era tartamudo. Llegó a diácono y nunca se ordenó. Temía gaguear en los sermones y que éstos perdieran credibilidad entre los feligreses, aparte de producirles risas. Le gustaba la fotografía y tomarles fotos a muchachitas, que a veces posaban desnudas. Entre sus niñas amigas, estaban las hermanitas Liddell. El profesor de matemáticas, de treinta años, una tarde del 4 de julio de 1862, acompañado por su amigo Robinson Duckworth, llevó de paseo por el río Támesis a las tres peladas Lorina, Edith y Alicia.

“Tomamos té en la orilla y regresamos al Christ Church pasadas las ocho y cuarto de la noche. En esa ocasión les conté Las aventuras subterráneas de Alicia, que pienso escribir para Alicia”, anotó en su diario el escritor, que durante el tour les iba inventando la historia al ritmo de los remos. Después, por la noche, tomó notas de lo que les había narrado. Según su diario, comenzó a escribirla en un viaje a Londres, el 5 de julio de 1862, mientras las tres muchachas viajaban en el mismo tren.

Tres años después, el mundo conocería esta novela de timbre infantil, pero con simbolismos, representaciones, críticas sobre el tiempo, alusiones políticas, cuestionamientos a la Reina, el Rey y el poder, que acrecentó la imaginación y fantasía de niños y adultos. Hay una suerte de llamado a viejos fabulistas, tal vez desde Esopo y de cierta oculta manera una especie de soterrada conexión con Calila e Dimna. Hay una ruptura con cualquier premisa relacionada con el romanticismo, y de otra parte, podría advertirse, hay una desvinculación con lenguajes y propuestas estéticas realistas.

Alicia, en ese mundo fantástico, a veces se referirá a su identidad, que sufre diversas transformaciones, y el mundo del disparate tendrá otras lógicas. En aquella situación, se alteran las tablas de multiplicar, Londres se torna la capital de París, y París la capital de Roma. Los juegos de palabras son parte esencial de la obra y, por lo demás, hay una citación de adivinanzas, acertijos, canciones de época y poemas, algunos de los cuales se tornan parodias.

El absurdo es otra de las características de la ficción de Carroll. Así, por ejemplo, Alicia no teme al Ratón, al que le habla de gatos y de perros. La niña, en medio de ese mundo patas arriba, dice, con asombro, que jamás hubiera imaginado que los cuentos de hadas sucediesen de veras (en este punto, hay que anotar que el libro de Alicia parece ir en contravía de los cuentos de hadas) y en algún momento apunta que deberían escribir un libro sobre ella, que inmersa en el país de las maravillas nunca será vieja.

Personajes como la Liebre de Marzo y el Sombrerero, que anuncian la locura, le demuestran a Alicia, mediante los juegos retóricos, que no es lo mismo una cosa que otra. Así, le dicen, no es lo mismo la expresión “veo lo que como” a “como lo que veo”, o “me gusta lo que tengo” a “tengo lo que me gusta”. En la novela, es posible que un bebé se transformé en cerdo y apreciar un gato sin cuerpo, un gato sonriente, un gato que a veces es solo sonrisa. El Gato de Cheshire se volvió una celebridad.

Hay otro aspecto llamativo en Alicia. La presencia de un hongo que hace crecer o disminuir el tamaño de la niña. Un mordisquito puede causar una ampliación o disminución de estaturas. Es la posibilidad de un mundo de alucinógenos, en tiempos en que, además, el opio y otros alucinógenos eran comunes en Inglaterra y otras partes de Europa. Para los días en que Carroll escribió su novela, ya habían pasado hace rato las dos guerras del opio entre Inglaterra y China (una de las consecuencias de la derrota china, es la pérdida de Hong Kong).

En la obra es posible encontrarse con la Tortuga Remedos, que cambia el nombre de las operaciones aritméticas; una cuadrilla de langostas, y un mazo de naipes cuyas representaciones cobran vida, con la Sota de bastos, la Reina y el Rey de Corazones. La reina tiene la manía de mandar a decapitar a todo el mundo, en lo que podría leerse una especie de sátira frente al victorianismo.

Además de haber una lucha contra la moraleja (contra la fábula tradicional), Alicia es un canto a las palabras, a la sonoridad de las mismas, a los distintos equívocos y ambigüedades que las palabras pueden tener, según su pronunciación y significados. El libro puede ser infinito, como Las mil y una noches, porque, en rigor, se prolonga en el sueño, ya no de Alicia, sino de su hermana; así que el País de las Maravillas continuará por toda la eternidad.

Su influjo en psicoanalistas, surrealistas, en autores como Nabokov, Borges, Joyce y hasta en la generación Beat, se hace evidente. Alicia permeó el mundo del cine, del diseño gráfico, de la filosofía y la lógica matemática. Muchos niños y adultos, después de leerla, quieren encontrarse con un Conejo Blanco, ojirosado, que los conduzca por los laberintos del tiempo y los lleve a pasear por los mundos maravillosos de la imaginación.