El duende que toca el timbre

Por Reinaldo Spitaletta

Rigoletto, duende doméstico que desde hace unos cuatro años habita con nosotros, parece haberse aquietado. Su dicha ha sido subir (o bajar, según el caso) el volumen al equipo de sonido, cuando hay interpretaciones sinfónicas, canciones napolitanas, tangos de Goyeneche y algunas obras de Ravel (menos el Bolero, porque sabe que, aunque empieza sotto voce, tiene un crescendo de prodigio, que debe agradarle en la medida que va subiendo, sin su intervención). También, y más como una provocación que le he hecho, lo baja, —de seguro con gustosa maldad—  cuando suena, digamos, una ranchera de Vicente Fernández (que no tengo ningún disco del tipo, solo un corte en una selección de mexicanadas) o una balada de inopia de Julio Iglesias.

Convengamos en que Rigoletto (que también debe ser jorobado y con aires de matón burlesco) tiene un gustazo de alcurnia. De unos meses para acá, no ha vuelto a manifestarse y quizá tenga que ver con que pocas músicas he puesto en el aparato y más me he dedicado a escuchar, en el computador, emisoras clásicas, como Radio Mozart y otras. El cuento, para no alargar estos prolegómenos, está en que en casa hay un timbre de esos viejos, con un sonido estentóreo, que, creo, se escucha en todo el barrio, y mi compañera se erizaba cuando lo tocaban, y más bien decidió mantenerlo apagado. “Prefiero que toquen la puerta”, decía. “Qué va, es un timbre de maravilla, me parece que ya ni siquiera los fabrican. Es una reliquia”, le contestaba.

Hace tal vez un mes, y debido a la ola de calor que azotó la ciudad, busqué quien me arreglara un ventilador suplente. El electricista, además, nos trajo (adivinen quién lo pidió) un timbre moderno, de esos que tienen varios tonos con melodías como Para Elisa, Alla Turca, y otros motivos de “clásicos” que se han popularizado. La Mona, que así denominamos a mi consorte, se alegró sobre manera por el nuevo aparatito, inalámbrico por lo demás. Su sonido carece de estridencias y está abollonado de suavidades. Un timbre muelle. Como un amanerado, digo yo. “Lo que sea, no quiero jamás volver a escuchar el viejo timbre, mejor dicho, ese hijueputa timbre”, que tenía su campanilla plateada en la cocina.

Pusimos el resonador en la sala. Al principio, todo normal. Pero, una tarde, cuando La Mona estaba dedicada a hacer declaraciones de renta, sonó con su ding-dong. Se asomó por el ventanal y preguntó desde arriba quién tocaba. Abajo, en nuestro antejardín, hay un señor que tiene una chaza de jugos y cigarrillos y tintos y golosinas. “No hay nadie ahí”, dijo el señor, que se llama Uriel. Más tarde, otra vez el timbre. Y nadie había, según dijeron no solo el chacero sino algunos concurrentes que tomaban café en pocillos desechables.

No es que por esta cuadra de caserones patrimoniales, un edificio de apartaestudios y una oficina de servicios de salud abunden los niños. No parece tampoco que los pelados de hoy tengan la manía, como los de hace años, de ir tocando timbres, o pegándoles cintas o esparadrapos para provocar la ira de los residentes. “La están espantando”, le dijo un día el señor Uriel a la Mona. Y es posible, porque a mí, incrédulo de esoterismos y misterios bufos, ya me han correspondido varios episodios. Salgo a la ventana o bajo rápido a la puerta y no hay nadie. No me parece que los señores que llegan a tomar café sean los responsables. Lo digo porque también ha sonado el timbre cuando la acera y el antejardín están vacíos, solitarios, y no se ven niños correr, ni nadie que haya podido ser el responsable de haberlo tocado.

Y ahí, en ese punto, es cuando volví a pensar en el duendecillo, al que un día bauticé como Rigoletto, que se manifestó hace tiempos cuando habitábamos en otra casa, también de muchas piezas y dos patios, como la que habitamos hoy, y en la que nos siguió y se instaló para subir y bajar volumen al equipo de sonido. “Debe estar verraco porque hace días no le pongo música”, le dije a la Mona, y cuando acabé de pronunciar la frase, el timbre sonó. Y adivinen: no había nadie.

Le he dicho a la Mona que lo mejor es volver a conectar el antiguo timbre, y entonces entra en trance, se frota las manos, se agita: “¡ni riesgos! Nunca más quiero escuchar esa vulgaridad de timbre”, dice y pone una cara de angustia. Lo más sensato, digo, será volver a escuchar música en el equipo. Ahora mismo, he hecho sonar la Sinfonía No. 1 de Beethoven, con la Wiener Philharmoniker, dirigida por Sir Simon Rattle, y de pronto el sonido ha comenzado a subir y subir. Rigoletto debe de estar feliz y tal vez no vuelva a joder más con el ligero timbrecito de melodías sin profundidad.

(N.B. Sobre Rigoletto, en este mismo blog escribí el artículo “Rigoletto, el duende de mi casa”)  

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1 comentario

  1. EScribe muy familiar para mi, como si yo lo hubiera escrito. Excepto el asunto ese del onanismo. Yo me sentiría hipócrita escribiendo algo como eso. Pero es interesante. Seguiré leyéndolo. Ah y muy buenas las ilustraciones que custodian el artículo.

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