Onanismo de la sagrada niñez

(Relato de los días en que tirábamos alto el chorro)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

Cuando lo leí en una novela de Philip Roth ya no me pareció ninguna gracia, porque, de hecho, eso de masturbarse de chico y arrojar el semen contra un bombillo encendido y que allí, en la altura, quedara como un ahorcado colgando, no era ninguna novedad. Tampoco el usar para camuflar el “polvazo” calcetines en la cama, a efectos de no dejar manchadas las sábanas.

Era como cuando en las polvorientas calles de algún barrio bellanita desfilábamos con el “trabuco” en la mano para designar quién tenía el chorro más largo. Unos, muy poco geométricos, que sabían poco o nada de Euclides, curveaban como dibujando una sierpe en fuga, al tiempo que otros trazábamos sobre el piso una línea recta, extensa, y al final de cuentas, reíamos porque era solo una pillería de muchachones divertidos. No importaba quién hubiera ganado. El orín pronto se secaba. O la tierra se lo tragaba.

A veces, nos íbamos los de la gallada a recalar a algún solar (abundaban, tanto, que un dicho popular advertía: “más viejo que un solar en Bello”), para rendir tributo a la adolescencia, con decisión y sin recatos, a competir por quién arrojaba más lejos (o más alto) su líquido espeso, que algunos muy metafóricos llamaban “leche condensada”. En uno de aquellos “baldíos”, que limitaba con la casa de un señor al que llamábamos Barriga de Plomo, nos filábamos, con cierta parsimonia, pero, sobre todo, sin hacer notar nuestra presencia. Había susurros, risitas recogidas, se pedía con un chitón que no se hiciera bulla y empezaba una colectiva demostración de aquello que ya algunos nombraban como un homenaje al bíblico Onán.

Cuando estábamos en la máxima expresión de aquellas exhibiciones de descontrol, en la más alta tensión, la bulla se armaba y entonces era probable que el vecindario se “tocara”. Y algunas veces, claro, se asomaban señoras a averiguar qué era el escándalo. Salíamos, seguro muy caripálidos y todavía con tembladera en las piernas, y nos echábamos a correr, porque, con certeza, saldría el barrigón a perseguirnos, machete en mano, con improperios y sus gritos de “¡manada de maricones!”. En la carrera, las risas nuestras apagaban los insultos del ventrudo, que, además, carecía de agilidades y su paso ya era motivo de burlas y desafíos.

También, en ocasiones, sentados sobre la acera de cualquier casa, nos poníamos a contar cuándo había sido la primera vez que “nos voleamos la paja”, que así era la denominación para aquello que se hacía en secreto, en la oscuridad, cuando nuestros padres ya se habían dormido, o también en los inodoros de la escuela. Y así cada uno comenzaba su relato, con abundancia de mentiras, porque se decía que hubo que engañar al Ángel de la Guarda para que se alejara del cuarto y permitiera un desempeño regocijante.

—Yo tuve que tapar el cuadro de la Virgen del Carmen con una camisa, para que no me viera. —Decía alguno.

—Yo, en cambio, dejé el cuadrito de la Mano Poderosa, que mamá había puesto en mi cuarto, para que me ayudara en la faena. —Contaba otro.

—Ah, yo sí me metí debajo de las cobijas a pensar en una vecinita hermosa, a la que ya le había mandado chocolatinas, y me deshice en quejumbres cuando la sentí a mi lado, desnuda y tocadora.  —señalaba cualquiera.

Y así, diciendo, por ejemplo, que los besos, o, como solía decirse, las “chupadas de piña” de los actores en la función matinal del Teatro Bello (bueno, otros decían que del Rosalía o del Iris, que eran los otros dos cines de la “aldea arcadiana” que tenía fábricas de textiles y talleres ferroviarios) nos habían despertado las ganas. El cine parecía ser un estimulante de aquellas jornadas de hallazgos y de sensaciones jamás experimentadas.

—A mí me pasó que antes de eso tuve un sueño en el que una princesa me pasaba sus manos por las pelotas y ahí fue mi primera botada. —La voz era la de otro chico, y las risas eran las de todos.

Había entre los de la cuadra, entre los que formábamos un grupo de muchachos que unas veces jugábamos al fútbol; otras, a la pelota envenenada; otras, a la guerra libertada; y así, que a veces era irnos a los charcos; o a asaltar los frutales de las fincas, en fin, había, digo, un compartir de la entonces muy escondida vida sexual de los pelados. Se exacerbaba la imaginación en torno a la piel de las chicas, y a los que eran muy pacatos, o más reservados, les preguntábamos si ya “habían botado cachucha” o si seguían “vestidos de policía”, que para entonces los “tombos” usaban quepis.

Eran los días en que nos enamorábamos de actrices de cine y algunos soñaban con los turbulentos senos de Sophia Loren, que, entre otras cosas, nunca los vimos al aire, sino apenas insinuados debajo de sus blusas; o con las caderas de Raquel Welch; y el magín de la noche se poblaba de películas en cinemascope o en technicolor, con agitación de cobijas y aceleres en la respiración. No circulaban publicaciones pornográficas, y lo más cercano a mujeres en pelota eran los almanaques de litografías o las Pin-Up de revistas ilustradas, en las que las estrellas de celuloide posaban con sensualidad y sabrosura, con escotes en forma de corazón y hombros descubiertos.

Sí, claro. Había tabúes, sobre todo religiosos, de catecismo, de curitas que en los confesionarios prohibían masturbaciones, o papás que con cierto rictus burlón afirmaban que cuidado con esas cosas que te pueden crecer pelos en las palmas de las manos, y ahí, en esos instantes, muchos al escuchar esas palabras de profeta, se miraban las “manoplas”, y entonces la risotada del padre te ponía los cachetes colorados.

En aquellos días, muy lejanos por lo demás, había mucha fuerza y ganas y abundancia de deseos. Tiempo de descubrimientos. Los bombillos eran el blanco de certeros disparos juveniles. Y las medias, un depósito de los solitarios enamoramientos de medianoche. O, mejor, de sus frenéticos desenlaces de humedad y acalambramiento.

 

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1 comentario

  1. José M. Ruiz

     /  septiembre 17, 2015

    Y eso que no vivíamos en el mismo barrio, ni en el mismo pueblo… Gracias Reinaldo por devolverme a esos tiempos.

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