Romance para guitarra

Por Reinaldo Spitaletta

—Siempre que escucho esa pieza, me dan ganas de llorar.

Las palabras le salieron francas, con algún sollozo entrecortado. Yo seguí en mi tarea de transportarme a otras regiones del tiempo, mientras sonaba la guitarra de diez cuerdas de Narciso Yepes.

—¿Cómo es que se llama? —Me pareció que la voz venía de muy lejos.

Romance  —Le contesté con rapidez y cuando iba a sumarle otras informaciones, me devolví hasta los días de la primera juventud, cuando yo iba a estudiar con una guitarra al hombro hasta el Conservatorio de la Universidad de Antioquia. Las notas se me regaron por todo el cuerpo y sentí que caían por la silla y se desparramaban por los mosaicos.

—En mis tiempos, la llamábamos Romance Anónimo —hice la acotación. —Y a mí nunca me dieron ganas de llorar con esa pieza —agregué.

—Pero a mí siempre me pareció una composición triste —lo dijo con palabras a las que parecían rodarles lágrimas.

El guitarrista terminó su interpretación y se escucharon aplausos. Miré a la pantalla y el hombre, calvo y blanco, sonrió, recogió su escabel (dicen que tuvo alguno enchapado en oro y con piedras preciosas) y caminó hacia un lado del escenario hasta perderse de vista.

Al primero que le escuché el romance (debía llamarse romance para seis cuerdas) fue a Alberto Mesa, en Copacabana, en casa de otro guitarrero, el profesor Alfonso Hernández, que me enseñó los primeros acordes del instrumento. Alberto se paseaba por el diapasón con una agilidad y certeza, que uno se extasiaba ante la seguridad del saber.

“Tengo que aprendérmela”, me dije, mientras el instrumentista cerraba los ojos y acariciaba las cuerdas. Recordé que le pregunté el nombre de la composición, lleno de expectativas. “Romance Anónimo”, dijo, sin interés.

La pieza se me tornó obsesión. Después, le dije a don Alfonso que me la enseñara, pero él advirtió que había que estudiar música, que era mejor que la montara de una partitura. Su sonrisa bajo un bigote espeso me dio la impresión de que había una emboscada en alguna parte, pero que era imposible prevenirla. No había otro camino. Había que estudiar música y lo que el maestro me enseñaba no era suficiente.

“Metete al conservatorio”, señaló con cierta dureza. Y volvió a sonreír con desgano.

Presenté los exámenes al programa de guitarra y no pasé. El profesor Alberto Mesa revisó luego las pruebas y dijo que había un error en la calificación. Y entré al Conservatorio, más que todo con las ganas de montar con brillantez la pieza que ahora le hacía venir las lágrimas a mi compañera.

—Desde que era niña me hacía llorar esa pieza, y no sé si era que la ponían en la radio o papá de pronto la tendría grabada —dijo, cuando ya hacía rato se había terminado la versión de Yepes, que no estaba en la pantalla, porque ahí, precisamente, había una muchacha con una guitarra, en posición un poco vertical, que se dejó venir con los Valses Venezolanos 2 y 3, de Antonio Lauro.

—Huy, esos valses son preciosos —me dijo ella, con otro ánimo en la voz, sin tristezas guardadas.

—Sí, son una prueba para los guitarristas —Le contesté, sin mucha convicción. Y entonces volví al recuerdo. Cerca de cuatro años estudié en la U no solo guitarra, sino armonía, solfeo, gramática musical, apreciación musical, historia de la música… y la guitarra cada vez me sonaba mejor. Alguna vez, en un cubículo, cuando estaba ejercitándome con una composición de Francisco Tárrega, el profesor Roberto Fernández, que escuchaba tras la puerta, la abrió y me dijo: “Qué bello timbre tenés”. Ya había montado Romance Anónimo, que muchos consideraban para principiantes.

En todo caso, había cumplido con la elemental tarea que me había sugerido el maestro Hernández, que en su silla de ruedas siempre era un tipo que se veía enorme y cuando la guitarra estaba en su poder, era otra persona. Se transformaba. Creo que tampoco hice quedar mal a Alberto Mesa, que fue uno de los grandes guitarristas de estos lares, ni a mamá, que siempre que le tocaba Romance Anónimo, daba la impresión de estar en un trance de meditación trascendental.

Después de un tiempo, colgué la guitarra. Nunca más volví a tocar nada. Cosas de la vida, tal vez. No estaba hecho con la fibra suficiente para esas faenas sublimes. El abuelo Marcelino alcanzó a escucharme una noche, en su finca de Rionegro, y quedó perplejo (o eso creí) con el romance que ya yo le había tocado a varias muchachas de la cuadra.

Regalé las partituras, la guitarra, los libros de armonía, y enterré aquel mundo de fascinaciones y embelesos. El Romance Anónimo, sin embargo, se quedó impreso en la memoria. Nunca me pareció una obra triste. Ahora, en la pantalla, Segovia con sus manos regordetas toca Recuerdos de la Alhambra y no sé por qué se me hace un nudo en la garganta.

—Mona, traeme un café —Le digo a mi compañera, que parece estar muy lejos, tal vez acordándose de los días en que una romántica pieza para guitarra la hacía llorar sin saber por qué.

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1 comentario

  1. José M. Ruiz P

     /  octubre 12, 2015

    Este majestuoso Romance Anónimo tiene una hermosa versión cantada por Rafael: https://www.youtube.com/watch?v=_-uISKSkdfw
    Gracias por compartir recuerdos, Reinaldo.

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