Llueven golondrinas en la tarde

Por Reinaldo Spitaletta

Los creía pájaros del atardecer, inventados por aquellos ocasos con arrebol, y que de pronto se detenían sobre los encordados eléctricos, para esperar que el sol se ocultara y después aquietarse en un sueño sin alas. Eso sucedía cuando yo era niño y ya escuchaba a mamá recitar un poema muy musical sobre aquellas aves oscuras, de vuelo rápido y que, para hacerse notar, chillaban en bandadas aéreas.

Me pareció desde entonces que en las golondrinas había una suerte de melancolía, aves tristonas, conectadas con el cambio del tiempo. “Va a llover”, se decía cuando el cielo se llenaba de ellas, en vuelos raudos, fugaces,  y más arriba, entre tanto, las nubes se ennegrecían a punta de presagios. El pronóstico más certero del avecinamiento de la lluvia, era, sin embargo, el del vuelo de los gallinazos. “Sí, va a llover”, volvía a pronunciarse y ya estábamos a punto de escuchar a las muchachas del barrio cantar en rondas aquello de “que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva…” (Otras decían “la virgen está en la cueva”). Golondrinas y goleros desaparecían con los cántaros celestiales. Cuando escampaba, esos avechuchos con su vuelo ensombrecido nos producían un verano de espejismo.

Tengo, no sé de dónde, tal vez de los pueblos de Urabá, imágenes de golondrinas a granel montadas en los postes y posadas en los cables. Y también, tal vez de aquellas casas en obra negra de los viejos barrios bellanitas, las oquedades de ladrillo que servían de hospedaje a estas maravillas que Gardel cantaba en la esquina de la memoria, en un bar con traganíquel y chorizos colgantes: “Golondrinas de un solo verano / con ansias constantes de cielos lejanos…”.

Y en este punto, torno a las golondrinas cantadas. Hace tiempos, cuando la juventud era un divino tesoro, escuchaba en la radio un dueto español que se refería a Galicia y contaba una historia de café: Anduriña, que no es otra cosa que una golondrina (en portugués: andorinha), se llamaba la canción y había cierta morriña en sus versos. Me quedaba un vacío existencial cuando terminaba la balada (“Anduriña dónde estás…”). Pero quizá la más bella melodía sobre una golondrina (bueno, la de Gardel y Le Pera ya es un clásico) es la de una canción napolitana, de Vincenzo de Crescenzo: Rondine al nido, que tiene, entre tantas versiones, una destacadísima de Pavarotti, que después en decadencia también dejó alguna otra interpretación sublime.

Esa canción de la rondine (golondrina) italiana tiene una dosis de desazones y melancolía que uno no puede refrenar un lagrimón. Sabe a ausencias y a regresos. Las golondrinas se van y en alguien, en cualquiera, queda la esperanza de que volverán, y a lo mejor aterrizarán en una torre antigua. Ya lo advirtió Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo poema mamá recitaba con tanto ánimo pero a su vez con doloroso desconsuelo, que a uno tras escucharla le quedaba una borra como la del café, en el fondo de la desesperanza: “pero aquellas que te amaron / esas no volverán”. Muchos años después, en Bogotá, escuché una versión cantada por  Nacha Guevara,  acompañada de Alberto Favero, que me hizo saltar “il cuore”.

Las oscuras golondrinas de aquellos atardeceres, o las atardecidas anduriñas de balcones y encordados que solíamos ver hace tiempos, no volverán, porque son parte de lo que ya no es; de horas que no tienen vuelta; de una migración sin vista atrás. Veranos y primaveras irrepetibles. “¿Cuándo seré como una golondrina / así podré dejar de estar en silencio?”, decía un poeta.

Golondrinas ennegrecidas y blancuzcas, a veces azuladas, que en otros días motivaron a zapateros de Medellín a manufacturar zapatos combinados, negriblancos, que los camajanes se calzaban para ser distintos y atractivos. Zapatos “golondrinos” los llamaban los usuarios, mientras con ellos tiraban paso en las cantinas con ritmos de la Sonora Matancera y uno que otro quiebre de tango de arrabal.

Tal vez la más surrealista golondrina sea la del loco de la balada de Ferrer y Piazzolla, que nos hace una invitación tremendista, casi suicida, a correr por las cornisas “con una golondrina en el motor”.

¿Cuántos mares atraviesa una golondrina? ¿Cuántos veranos dura, cuántos nidos construye? “Volverán las oscuras golondrinas / de tu balcón sus nidos a colgar”. Sin embargo, aquellas tan lejanas que sonreían con sus trinos ambulantes en una tarde de ocasos amarillos, que de paso nos veraneaban el alma, “esas no volverán”.

Golondrinas, pintura de Tony Soto (tomada de internet)

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4 comentarios

  1. Giovanna Pezzotti

     /  octubre 15, 2015

    Muy lindo – gracias sos un grande – felicitaciones –

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  2. juan diego velásquez

     /  octubre 17, 2015

    Claro, nos dejaste tarea para llevar a YOUTUBE. “Anduriña”. Dueto. Con uno de sus integrantes (un supuesto esposo) de la gran Diva Rocío Durcal.

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  3. Paula Andrea

     /  octubre 19, 2015

    Gracias Reí, para mi las golondrinas tienen un misterio, y acabo de descubrir que es el misterio de la melancolía y de la sensación del mar infinito.

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  4. Daniel Día

     /  octubre 20, 2015

    Hay una: “Nuestra señora de las golondrinas” de la joven artista Paulina Escobar, en su estado natural. Gracias por el vuelo de la melancolía.

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