La mantequera

Por Reinaldo Spìtaletta

De joven tenía las piernas gordas y el busto redondeado. Saltaba a la cuerda con muchachas menores del barrio y quería tener dos hijas delgadas, que no fueran la mofa del vecindario. Su mal genio le alejó pretendientes, que apenas se estaban acomodando para saber si la chica embarnecida y de cabellos dorados que fruncía el ceño a cada instante, les podía interesar, más en búsqueda de pasar un rato, de ver si era posible sonsacarle algunas monedas o entrenar el magín conquistador que después les sirviera como un manual de triquiñuelas para seducir a las que ellos en el fondo sí estaban interesados en que fueran sus novias de ocasión.

Sus ganas de casamiento la llevó a enamorarse —o tal vez a gustarse, o tener un arrebato de juventud— de un carpintero, que al principio no mostró su cara auténtica de borrachín empedernido ni de caza-muchachas para engrupirlas y luego dejarlas regadas en la vía, según contaron después vecinas del tipo, cuando ya la regordeta y blancuzca muchacha estaba preñada. Y aunque cuando nació la primera hija, blanca y ancha como la mamá, le aconsejaron que dejara al irresponsable y bohemio conquistador (así lo calificaron en el sector), no hizo caso de las recomendaciones y continuó abierta a los requerimientos del sujeto, que daba la impresión de ser irresistible. La segunda nena, morenita y delgada, con nariz puntiaguda y un lunar rojo alrededor de la oreja derecha, era enfermiza y daba la impresión de tener hambre a toda hora. La madre, que engordó más, se tornó irascible. Por todo maldecía y llegó, incluso, a insultar con permanente desdén a las dos niñas, que crecieron con un vacío de padre, del cual renegaron después e insultaron en sus recuerdos, y con un inexplicable amor exagerado por su mamá, a la que a veces, en charlas de barrio, la llamaron la loca, sin que ella, claro, se enterara.

Con el tiempo, la cara de mujer rabiosa se tornó amarga. Se decía en los corrillos que sufría una pena porque había perdido la juventud en dejarse llevar por los instintos (así dijo uno, muy culto) y en levantar sin tener con qué a dos hijas que, como ella, tenían el ceño fruncido y odio en la mirada. En ocasiones, preparaba empanadas, que las muchachitas ofrecían en ollas de aluminio por el barrio. Más por lástima que por gusto o porque quedaran de rechupete, se las compraban.

La Mantequera, que así comenzaron a denominarla, iba de vez en cuando a casas de amigas de sociedad a arreglarles el piso y los trastes, y ellas, por no hacerla sentir como sirvienta, la invitaban a la media tarde a tomar chocolate con bizcochos y huevos revueltos con tomate y aliños. Creía que al ir a esas casas, de señoras que ella había conocido cuando vendía perfumes que le daban en consignación, había subido de nivel. Así no solo lo decía, sino que lo demostraba con gestos estudiados para que los demás creyeran que tenía mucha clase.

Las dos hijas, a las que nadie llamaba por el nombre sino como las hijas de La Mantequera, estudiaron en la Escuela Normal y se dedicaron a enseñar en escuelitas de pueblo. Así se desprendieron de la presencia llenadora de su madre, aunque por teléfono, día y noche, la tenían en los auriculares. Cuando se inventaron las cámaras para adherir a los computadores, se conectaban, o, de otra manera, la mamá las mantenía agobiadas con su presencia virtual. Sin embargo, ellas se mostraban dulces y aspiraban siempre a encontrarse cada quince días en la casa materna, para conversar sobre cómo podían lucir con distinción y gastarse el dinero en buhonerías.

La Mantequera desarrolló una manía: la de ir a bazares y cacharrerías a comprar inutilidades. Sentía un placer sin límite al observar vitrinas y tocar artículos en los ventorrillos: lámparas de cristal, relojes de péndulo, porcelanitas de imitación, pulseras de oro golfi (una deformación en la pronuncia de gold-filled) y de fantasía. Su placer de veterana, ya frisando por los cincuenta, era el del comprar chucherías (muy emocionante, según su decir),  para acumularlas en un apartamentito que consiguió a punta de ventas de frituras y de trabajar en casas de sus amigas de caché. Era una miniatura, con dos piezas, sala, cocineta y un comedor de barra americana. Estaba en un edificio, en la segunda planta, con un balcón en el que cabían dos materas.

En diciembre, el espacio se trastrocaba como en una sucursal de los almacenes de bombillerías y guirnaldas. En las paredes ella fijaba moños y otros ornamentos verdes y rojos, con bolas brillantes, y tenía un árbol de navidad que tocaba el techo, que, valga decir, tampoco era tan alto. Todo estaba poseído por el “espíritu decembrino”, con cintas y luces, estrellas y villancicos. Se decía en el edificio, que tal vez la señora de las nalgas protuberantes y piernas con gemelos enormes, no había tenido una infancia venturosa y con gracias, y al “cabo de las quinientas”, como señaló la vecina de enfrente en una reunión de propietarios, venía a desquitarse de las carencias que padeció en la niñez.

La Mantequera, pese a las risas que suelta con sus amigas cuando la visitan en su pequeño amoblado, es una señora triste. A veces, los porteros la han visto pasar cabizbaja y con lágrimas largas. No faltan quienes la adviertan como una mujer con ojos de demente, porque los fija en la nada y se ha dicho que es sonámbula. Tal vez porque muy tarde de la noche, camina por los corredores, con las manos al frente o sobre la cabeza, como si el mundo fuera a venírsele encima.

Pintura de Elena Núñez (tomada de internet)

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