Domingo con hedores y tres cabezas

Por Reinaldo Spitaletta

En la quietud de la mañana de domingo, el travesti atravesó con paso de demostración el parque de Bolívar. El atrio de la Basílica Metropolitana abundaba en palomerías. En sus bancas, uno que otro parroquiano parecía no esperar a nadie. Un tipo de unos sesenta años, solo, miraba un enorme hueco abierto en la calle Caracas en el cruce con Junín. El Libertador, sobre su caballo de bronce, seguía con su vista al sur.

Cuando llegué a la plazuela Nutibara, un poco antes de las nueve de la mañana, la gente escaseaba. Era un domingo sin abundancia de sol y con noviembre montado en las viejas palmeras del sector. Me aventuré por Boyacá y miré hacia las tres cabezas del escultor Bernardo Vieco, en los altos del edificio Bedout,  a ver si todavía estaban observando la histórica callejuela que en la colonia se llamó la Calle Real. Y sí, ahí proseguían, impertérritas y como si pertenecieran a otro mundo.

Cerca de la Ermita de la Veracruz, recostadas a portones y sentadas en escaleras de hospedajes, cuatro prostitutas exhibían su cansancio y miserias. Otra, contra una pared, mostraba sus nalgas desparramadas bajo un breve calzón de colorines. En una cercana acera, un tipo malencarado parecía vigilarlas, sin mucho interés en sus anatomías desmirriadas. Por Calibío, hacia donde derivé, más por tener una visión más próxima de la plazoleta de Botero, que por ganar terreno, los jardines y los arbustos encerrados con verjas, refrescaron la mañana.

Antes de llegar a Tenerife, las aceras estaban llenas de sobrados de comida, vómitos resecos y olía a meados. Doblé para pasar por la restaurada casa del prócer Francisco Antonio Zea y continúe hacia el occidente, por Boyacá, que es el corazón del ya destartalado barrio San Benito, el primero que hubo en Medellín, y que con la creación de la plaza Minorista José María Villa en sus alrededores, dejó con lentitudes de ser residencial. Muy cerca de ahí, por el Paseo de la República, viven centenares de “habitantes de calle” o indigentes. Pero esa es otra cara de la realidad de una ciudad desconchinflada.

El pasaje peatonal Boyacá estaba desolado. Crucé por Salamina; más adelante, de pronto, apareció una pareja desconcertante: él, de traje café con leche, zapatos marrón, con un portafolio en la mano derecha; ella, de vestido largo, entre fucsia y mandarina, de algodón fresco, tacones altos, que en un momento la hicieron tropezar levemente. “¡Cuidado!”, le escuché decir al señor. Pasé por su lado, sin mirarlos y entonces me quedé alelado con una fachada que todavía tenía huellas de un antiguo esplendor. Pese a su descaecimiento, había en ella una elegancia aún no extinguida, un aferramiento a un pretérito que pudo haber sido glorioso. Cornisas, rosetones, grabados borrosos en el cemento viejo, mugre en la antigua pared. Era un frontis llamativo y entonces imaginé su belleza de otros tiempos.

La iglesia de San Benito, abierta, dejó ver una cantidad de feligreses que no alcanzaba a llenarla. La vista fue fugaz y de súbito ya estaba atravesando el puente peatonal sobre la Avenida del Ferrocarril, que conecta con el edificio del Sena. Al otro lado, cuando bajé las escalas, un vendedor de cigarrillos y confites, sentado junto a su chaza, me miró con curiosidad. Levanté las cejas en señal de saludo. Sonrió y su figura quedó atrás. Transitaban pocos vehículos por la avenida que hace años era un corredor para el tren. Mis pasos me condujeron hacia las inmediaciones del Puente Colombia, que con cambios y todo, es uno de los más viejos de Medellín.

Y en este punto, cuando estaba atravesando la oreja del puente, comenzó el hedor. En la manga, en la que hay unos cuantos arbustos, estaban acostados varios “habitantes de calle”. Uno, que venía hacia mí, procedente del pasillo derecho del puente, cargaba un costal con desechos. Me miró casi sin ningún interés y pareció notar que yo percibía con disimulado asco los olores alrededor. Era una penetrante hedentina a excrementos humanos. Subí por el estrecho paso peatonal. “Los que diseñaron la reforma del puente solo pensaron en los vehículos y no en los caminantes”, pensé, mientras observaba las aguas turbias del río Medellín.

Cuando estaba en lo más alto del puente, vi que en sentido contrario venía otro hombre, que acababa de patear hacia la calzada una botella de plástico, tras hacer unas treintiunas con ella. Portaba un costal. Cuando pasó a mi lado, percibí sus humores de tipo que hace rato no prueba baño. El edificio de la Biblioteca Pública Piloto, con sus vidrios azules, me evocó antiguas jornadas de lecturas en su ámbito. Al terminar mi paso por el puente, todavía se sentía en el aire el olor de la mierda. “Menos mal —me dije— que la fetidez no se queda adherida a la ropa”.

Doblé hacia el barrio Carlos E. Restrepo y ya había un aire más limpio, con brisas leves que movían las hojas de almendros y otros árboles. Eran las nueve y cinco minutos cuando llegué a mi destino en un café, el único abierto a esa hora, en el que venden empanadas argentinas, pan batido y galletas de mantequilla. Pedí un jugo de guanábana y esperé a que llegaran los de la cita. Afuera, en una mesa, una señora rubia le leía un cuento infantil en inglés a un muchachito también rubio. El domingo todavía era una promesa con pedazos de cielo azul.

Edificio Bedout o Boyacá, más conocido como el edificio de las Tres Cabezas (foto tomada de internet)

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3 comentarios

  1. Reinaldo. Me gustan tus recorridos por la ciudad… Saludos…

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  2. José M. Ruiz P.

     /  noviembre 14, 2015

    Muy didáctica en urbanismo decadente tu crónica de hoy, Maese Reinaldo.
    Muchas gracias.

    Responder
  3. ramiro

     /  noviembre 14, 2015

    Excellente pintura con palabras al borde….de un ataque de nervios será…

    Responder

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