Días felices de fútbol atardecido

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era un poco estar en un cielo urbano, sin pensamiento en futuros, sin agobios porque mañana qué será de ti, solo con la felicidad de la diversión que parecía no tener fin, la de jugar sin relojes un partido, mejor dicho, dos o tres o cuatro, en uno solo, hasta que la noche era alta y el tiempo de dormir se hacía imprescindible.

 

El partidazo se alargaba en la sonrisa de todos, en la rabia de alguno al que un túnel u “ordeñada” lo humilló y aspiraba al desquite, en el decir sin convicción o con muchas ganas de que el límite no llegara nunca: “se acaba a los doce goles”. En la pasión y la fuerza y el goce de estar viviendo solo para patear con clase una pelota, dócil a nuestros deseos.

 

Unas veces, era, claro, un estadio en media calle o en la calle entera. La plazoleta era el lugar indicado, porque se anchaba y el horizonte eran las aceras distantes, las fachadas de las casas, algunas en obra negra, y no había gramado, sino asfalto, o apenas la sugerencia de este con brea y piedras sobresalientes, que algunas, las más protuberantes, nos servían para diseñar la portería. No había redes ni palos. Solo dos piedras y un portero, en este lado, y lo mismo en el otro, allá. Y más allá, el mundo no existía. O de otra forma: el mundo era ese pedazo de barrio transmutado en cancha, jardín de las delicias.

 

Qué bello era el encuentro. Primero, reunión tras el medio día. Íbamos llegando, sin cita previa, solo porque el juego llamaba y reclamaba. Saludos de mano, intercambio de palabras en torno a cualquier cosa, pero todo con la meta del juego: quién tiene la pelota, por qué no aparece todavía el Gordo, y Chucho qué se hizo que siempre estaba el primero en esta acera de llegada. Y después, la barra y el balón y la escogencia de los equipos, con aquel “pico y monto”, un pie tras el otro, pico-monto-pico-monto, y al que le quedara el pie sobre el del rival, escogía primero.

 

Y la selección, casi siempre, buscaba un equilibrio, que el partido resultara emocionante y reñido, sin mansalvas, aunque a veces quedaba recargado, y había que parar el juego para volver a escoger, para intercambiar la nómina. Nada como un cotejo parejo, intenso, con toques aquí y allá, con gambetas y esguinces de unos y otros, con la hechura de bicicletas y taquitos y rabonas, con la confección de paredes, con la alegría de un amague aquí y otro acullá, que había ingenio y muchas ganas. Talento e inteligencia. Alborozo general.

 

No había cansancio. El mundo nos pertenecía, y era solo una cuadra, o un poco menos, atiborrada de muchachada, de carreras hacia allá y hacia este lado, que el fútbol era una manera excelsa de la vida. Los fines de semana, emprendíamos viaje a otras canchas, a mangas (potreros) que en la parte de las porterías estaban peladas. O a otras que quedaban a orillas de quebradas y había una interrupción larga,  a veces, porque la pelota navegaba aguas abajo y había que correr tras ella por la orilla y después meterse a la corriente para salvarla del naufragio. Moisés metamorfoseado en balón.

 

También, en plena faena futbolera, en algún peladero o en cualquier descampado, pasaban otros muchachos de otras calles, de otros barrios, y entonces nacía el animoso grito de “¡selección!”, que en buen romance significaba un desafío, una contienda en la que entonces el honor sí estaba en disputa. El honor del barrio, de la gallada, de la barra. Y se entraba a chocar con fuerza, y se sacaba el mejor repertorio de picardías y dribles, se exhibía la técnica adquirida, la sapiencia de manejar con categoría el balón, de volverlo un corozo, porque era una cuestión de dignidades.

 

El fútbol era un ritual de niñeces y adolescencias. Una misa contenta en media calle o en un potrero, todos éramos sacerdotes, todos feligreses. Todos, una hermandad que adoraba la pelota, a veces de trapo, otras de “carey” y en menos veces, porque no abundaba el metal, era un balón fino con cascos blanquinegros, que inflarlo era también parte de una odisea, de una peripecia solo comparable al “tecniqueo”, a la hechura sabrosa de treintaiunas, a los preliminares del picado.

 

El fútbol de barrio era estar en el paraíso (el infierno llegó después); en aquel dirimir a punta de palabras (y palabrotas, claro que sí) el cobro de una falta (foul decíamos entonces), la aceptación o no de una “mano-penalti”, era un intercambio de argumentos, de gritos y razones, a veces de sinrazones, que animaban la liza y daban tiempo para ir a tomar agua.

 

Era lindo jugar de memoria, con Chucho, con La Chinga y Fito, y provocar al rival con mostrarle la pelota, corrérsela, movérsela, dejarlo turulato, impotente, y uno hacia adelante, dominando la esférica, dueño del mundo, rey del universo, una pared, un pase atrás, un amague a la derecha y salida por la izquierda, lenguaje armónico del cuerpo, comunión con el balón, y después, la gloria del gol, abrazo colectivo, grito cósmico. Y todo, por el placer de jugar y ejercer la imaginación y la riqueza de los años mozos.

 

Quizá en aquellos días, no hubo momentos más contentos que los de la jugarreta de fútbol, un viaje interplanetario, una expedición a lo desconocido, porque cada partido era una aventura distinta, un descubrimiento (y un deslumbramiento), un modo de vivir sin preocupaciones. Éramos los dueños de la calle, de la manga, y los súbditos del balón, al que después sometíamos a nuestras querencias. Y nos obedecía.

 

La pelota de plástico, la de cuero, la de trapo, era la novia de todos. Amada por su disposición a dejarse acariciar. Ella y nosotros. Una unión de dicha que pervive en el recuerdo y a veces nos conduce a soñar con los días en que el mundo era un carnaval. La fiesta terminó hace rato. Sus ecos distantes nos hacen sonreír. O brotar un ineludible lagrimón.

 

Fútbol e infancia, una pareja imaginativa (imagen tomada de internet)

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2 comentarios

  1. José M. Ruiz P.

     /  noviembre 17, 2015

    En mis insomnios sigo pateando horas y horas, esa pelota; en la misma calle encascajada y en bajada, ante la mirada del vecindario que unas veces nos aplaudía y otras, ya muy de noche, nos maldecía. Y los bombillos y ventanales rotos y las paredes empantanadas… y una “juventud, divino tesoro”
    Gracias por los recuerdos, Reinaldo

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  2. Juan Camilo

     /  noviembre 18, 2015

    Eso era lo más lindo, la imagen del balón casi que es la de mi balón por esta epoca porque ya se iba dañando y había que esperar el traído del niño Dios, cuántas pelotas quedaron bajo las llantas de un Belén Santra.
    Los domingos mi abuelo me guardaba el Dominical y yo lo abría ávido por leer una crónica de Reinaldo, sobre el cobro de un penal, sobre algún tema futbolero, gracias por el dolor del recuerdo

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