Reflejos en una retina desgarrada

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tal vez, uno de los temores más angustiosos de mucha gente es a perder los dientes o a quedarse ciego. Hay miedos a lo desconocido, a la oscuridad, a las calles solitarias. Miedo a la muerte y a la cárcel. A una condena, estilo Josef K, o a quedarse sin trabajo en tiempos de crisis. Creo no tener, después de superar decenas de ellos, miedo a nada. Ni a la nada. Sin embargo, hace unos dos o tres meses, comencé a ver cocuyitos, hormiguitas voladoras, diminutas sombras flotantes. Y todo, por el ojo derecho, que es el más miope de los dos.

 

¿Me estaré quedando ciego?, me pregunté, mientras atravesaba, en caminada de recreo, el Parque Obrero, y miraba la escultura de Bernardo Vieco, junto de la cual varios muchachos hacían gimnasia y mostraban sus pectorales y bíceps hipertrofiados. La mosquitería se movía dentro de mí. Continué la marcha, intentado hacer caso omiso a los centelleos interiores. Las sombritas móviles prosiguieron, con su fastidiosa invasión.
Debido a las tardanzas en una cita médica de la empresa de salud a la que estoy afiliado, tuve que pagar una consulta particular. El diagnóstico fue el de agujeros en la retina y que había que intervenir el ojo mediante un procedimiento con láser. Después de idas y vueltas a la poco salubre entidad, de filas y esperas, de preguntas por aquí y por allá, y demoras del coordinador que jamás estaba, pude obtener, tras protestas mías y dilaciones de ellos, una cita de urgencia, una orden de remisión para una clínica especializada.
Cuando, tras los papeleos del caso, la retinóloga me examinó, de inmediato advirtió que había que operar con el ya célebre sistema de radiaciones. “Por favor, espéreme una hora”. La clínica está diseñada para clientes-pacientes con problemas ópticos. En los ascensores, voces pregrabadas de mujer dicen el número del piso y anuncian la apertura y cierre de las puertas. Uno se siente como en una nave espacial. Yo, con las pupilas dilatadas (porque me echaron las gotas pertinentes en ambos ojos), descendí del séptimo piso al primero, a esperar el momento de ingresar a la sala de procedimientos con láser. Y en algún instante, y como un advenimiento de sorpresa, recordé un cuento de H.G. Wells, que había leído hacía años: El país de los ciegos. Había un hombre que rodaba por la nieve y caía en un extraño mundo en el que su vista no le servía para nada. Su caída terminó en un territorio en el que, él, vidente, era allí una suerte de discapacitado, un limitado, un inválido al que el sentido de la vista lo perjudicaba. Era un estorbo. Y ahí comenzaba el drama del tipo.
También recordé, cuando una enfermera salió de un consultorio y me echó otra dosis de gotas para dilatarme aún más la pupila y, además, me dio a tomar un analgésico, recordé, digo, la vez que visité en Buenos Aires, en el barrio Almagro, una biblioteca para ciegos. Tenía a la entrada un aviso dorado, refulgente, para llamar la atención de los que sí pueden ver. Pero lo que me deslumbró no fueron aquellos brillos, ni los portones grises, ni la construcción antigua de siete pisos con balconcitos enrejados, sino el encontrarme en un enorme salón abarrotado de estanterías en la que descansaban libros, casi todos de un rojo oscuro, que yo no podía leer. Estaban escritos en braille, un sistema de lectura y de escritura para ciegos, que se puede aprender en pocas semanas.
Subí al entrepiso por unas escaleras de mármol blanco. En el camino, casi me tropiezo con dos invidentes. Creí que se habían reído de mi torpeza. Me agarraba al pasamano como si el ciego fuera yo y no ellos. En un pasillo vi un cuadro con la efigie de alguien sin ojos, y más allá, el busto del creador de la biblioteca, el ciego español Julián Baquero.
En la sala de espera de la clínica yo veía todo borroso. Escuchaba voces, veía, o mejor dicho, intuía bultos sentados. No sé por qué recordé que Shakespeare había escrito no sé en cuál de sus obras una frase que me intimidó: “La oscuridad que ven los ciegos”. Aquella tarde, era ya como la una, mis recordaciones eran muy literarias. Repasé imágenes del Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, y supuse qué pasaría a esa hora si en Medellín, una ciudad atiborrada de vehículos, contaminada y calurosa, sobre todo en su parte central, todos los que iban manejando quedaran ciegos de súbito.
Volví a los distantes espacios de la biblioteca porteña, que había sido la primera en su género creada en América Latina. Me puse a detallar anaqueles y mesitas y fue cuando advertí que una ciega avanzó a una velocidad insospechada. Venía directa hacia mí. “Nos chocaremos”, pensé, pero, de pronto, cuando ya estaba muy cerca, hizo un giro veloz, me esquivó y continuó con sus pasos afanados hacia una estantería. Tomó un libro y comenzó a leerlo con las manos.
En aquella biblioteca, los volúmenes en braille ocupan más espacio que si estuvieran escritos en la forma tradicional para videntes. Se quintuplican, porque solo están escritos por un lado de la hoja. Esa entidad tenía copistas voluntarios y había una imprenta computarizada, que para aquella época, 1994, era un avance, con la que publicaban tres revistas: Hacia la luz, Burbujas (para niños ciegos) y Con Fundamento (para jóvenes). También había libros parlantes (hoy denominados audiolibros) y una revista oral (La rosa blanca), que grababan las mejores voces de la radio de Buenos Aires.
Mientras esperaba el momento de la intervención, pensaba también en mi desgarre retinal, en que, además, la especialista, de nombre Diana Hernández, al momento del examen, me había dicho que el otro ojo, tarde o temprano,  también iba a agujerearse. Mejor dicho, el temor de la ceguera me estaba asediando. La asistente se acercó de nuevo y me ofreció otra pastilla, porque era mejor, según ella, prevenir molestias. El agua del vasito desechable me cayó bien.
Recordé a Zoraida Vélez, personaje de La casa de las dos palmas, mujer que reinventa el mundo a través de los sentidos, una ciega que ve hacia adentro y aprende a recorrer los espacios como si en realidad pudiera ver. También recordé a Manuel Mejía, autor de la novela, cuando en su casa-finca nos contó que para poder diseñar aquel personaje, que era como el resplandor extinguido de un arrebol, “tuve que hacerme el ciego y caminar a tientas por cuartos y pasillos”, dijo.
No sé cuánto tiempo transcurrió. De pronto, escuché mi nombre. La asistente me mandó a pasar. Me senté frente a un aparato óptico. La muchacha me decía que si estaba tranquilo, creo que sonreía. “Sí, estaba recordando una biblioteca para ciegos y a una ciega”. Se rió y pudo haber pensado que yo estaba un tanto corrido de la cabeza. Al rato, apareció la oftalmóloga. Saludó con cortesía. Se sentó al otro lado de los enormes binoculares. Explicó en qué consistiría la intervención. Y luego comenzó su labor. Tal vez pasaron unos quince o veinte minutos, quizá mucho más. Y yo sentía que mi ojo se quemaba, dolía, ardía. Las descargas me hacían imaginar que, por ejemplo, si me parara bruscamente de allí, qué podría suceder, ¿quedaría ciego o qué?
Como una manera de escaparme de aquel escenario, torné a los recuerdos de la biblioteca. Había muchos libros que yo no podía leer. Allí yo era un analfabeto. Y mis manos estaban ciegas. Me estremecí. No sabía si en aquel espacio estaría el relato de Wells, que tanto me había impactado. Igual, de haber estado, de nada me hubiera servido, a mí, un pobre vidente, un homo videns, un tipo que ve.
“Listo, por ahora”, dijo la retinóloga. “Revisión en mes y medio”, agregó. Se despidió y salió por otra puerta. Tras una corta espera, me levanté y caminé despacio. La luz de afuera me golpeó. A la entrada de la clínica, tomé un taxi. En ese momento, volví a preguntarme con aprensión qué pasaría si en Medellín todos (o casi todos) quedaran ciegos. Comencé a lagrimear. Los rayos del sol me estaban hiriendo.

Pintura de James Christensen, una revisión de la Parábola de los ciegos, de Brueghel el Viejo.

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2 comentarios

  1. paula andrea medina alzate

     /  noviembre 24, 2015

    Que profunda reflexion, aprender a ver hacia adentro, tal vez eso es lo que necesitamos en este mundo tan convulso inundado por el odio y las venganzas religiosas e historicas.

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  2. José M. Ruiz P.

     /  noviembre 24, 2015

    Asustadora perspectiva, Reinaldo, esa de perder la vista. Pero creo que, como dice el pesimista: ¡Pues pa’lo que hay que ver, ni la gafas me hacen falta!
    ¡Mentiras! No quiero ni pensarlo.

    Responder

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