¡Qué feo era mi barrio!

(Crónica-cuento para caminar por un pretérito imperfecto)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Allí, en la casa de paredes sin revoque, vivió la familia González, rara para entonces, porque Mario, uno de los hijos menores de doña Lucila, violó a la mamá, que eso se dijo después de una mañana en la que el vecindario escuchaba los gritos de la señora, que decían algo así como no, por favor, hijo mío, no ves que soy tu madre, y después vieron salir desgreñado y sudoroso al muchacho, que ya no lo era tanto, corriendo por la carrera cincuenta, rumbo al parque, como si lo persiguieran guardias invisibles. O demonios. Nunca se supo.

 

Mario era un tipo desconcertante. Porque a veces, a los de la casa de los Londoño, que eran más bien pobres, les llevaba bolsadas de frutas y plátanos, que así lo contó uno de los que allí habitaba, el joven Leónides, hijo del carnicero y con tres hermanas que de seguro el tal Mario iba tras alguna de ellas, o de todas, porque era, según dijo una vez Zenobia, la de la otra cuadra, un insaciable. Tocaba la puerta y abría doña Liliana, la matrona, que recibía con sonrisas el presente al tiempo que el jovenzuelo preguntaba por las muchachas y cosas así, como se supo por las palabras de la misma señora, que el día en que le contaron que Mario había violado a su mamá, no lo podía creer, porque cómo iba a hacer algo tan terrible un muchacho tan bueno y generoso.

 

El barrio ha cambiado mucho, no por su aspecto, que sigue siendo casi el mismo de hace treintaitantos años, o más, sino porque ya los vecinos de entonces no están, o hay muy pocos, y algunos muy envejecidos, ya ni deben recordar lo que pasó, por ejemplo, cuando uno de los hermanos de Mario quedó loco, porque, en no sé qué parte de la ciudad, le dieron una aporreada del carajo y le dañaron el cerebro. Se llamaba Juan de Dios, era un buen jugador de fútbol, un muchacho atento, que a veces hacía mandados a los de las tiendas para llevar mercaditos a las casas, y no se sabe qué sucedió, pero lo dejaron más perdido que envolatado. Al principio, no se supo qué se había hecho, pero, no sé cuánto tiempo después, anunciaron que lo tenían en el manicomio, en tratamiento, y allá estuvo un tiempo y el pobre quedó repitiendo frases, que todo el día se la pasaba diciendo lo mismo, y doña Lucila no sabía qué hacer con el hijo, que a lo mejor ella pensó, es una suposición mía, por qué no le había pasado esa desgracia más bien a Mario.

 

Caminemos por esta acera y le muestro la casa de Teresa Flórez, que junto con su hermana Gabriela, era de las más bonitas de por aquí, digo, las muchachas, porque la casa no era, como usted lo verá, gran cosa, dos ventanas de vidrio al frente y un poco de piezas en galería, que yo iba a esa casa porque me invitaba Onofre, el hermano de ellas, a jugar cartas en el solar. El papá de ellos, don Silvestre, tenía un almacén en el parque, una miscelánea, y era un hombre más bien solitario, que mascullaba palabras, y a veces ni saludaba, no por maleducado, como creían algunas señoras, sino porque parecía ido, lejano, tal vez recordando a su señora muerta,  que yo no conocí, y de la que Onofre hablaba con adoración. En la sala había un retrato de matrimonio, de los iluminados a mano, y la señora, que era muy joven en la foto, tenía una sonrisa leve y una mirada de tristeza.

 

Acá vivió el orejón Cortés, que jugaba fútbol con nosotros, y era un buen mediocampista, con decirle que pegaba la bola al botín, cuál botín, si era su piel, porque jugaba descalzo, que no sé cómo hacía para tanta habilidad. No sé quién habita esta casa ahora, porque, por lo demás, hace tiempos me fui del barrio, aunque uno no se va del todo, algo de lo vivido, o mucho, permanece en las ventanas, aceras, ladrillos, callejones, cuadras. No volví a ver al orejón ni a nadie de su familia, eran dos o tres hermanas, más bien feítas, pero saludadoras. Y en la que sigue, sí, en esa, vivía un obrero de la fábrica de telas, con bicicleta Philips, y sus hijos, el Gordo y Jorge, eran parte de la gallada nuestra, claro, con fútbol, juegos de la guerra libertada, coclí-coclí al que lo vi, lo vi, y con incursiones a los frutales de las fincas de la periferia.

 

El barrio tenía cosas, dice una canción, pero no era la maravilla. No, para nada. Le digo que hubo épocas en que no teníamos agua permanente. Llegaba por horas y llena de gusarapos y bichos a granel. En la casa, bueno, en casi todas las casas de por aquí, había tanques, unos como piletas en el patio o el solar, que servían para zambullirse en el día de la lavada de los mismos. Algunos se llenaban de lama. En las casas de segundo piso, que no eran muchas entonces, había bombas de extracción. Era duro subir el agua. Para nosotros, no era un castigo, ni una carencia, porque éramos muy jóvenes, patoteros, que íbamos los fines de semana, cuando no día por medio, a los charcos de muchas quebradas, hoy muertas: los Rieles, Charco azul, la Piedrancha, el Búcaro, el Remolino, Los seminaristas y así.

 

A veces, había riñas a machete y piedra entre los más viejos. Era un espectáculo siniestro, pero atractivo, observar el voleo brillante de peinillas y el vuelo de las piedras, que todo se prestaba, porque esta calle era destapada, a veces con apenas una gravilla, o con asomos de brea, qué era horrible en invierno, y le digo que se agarraban don Abel, el Canoso, un tal Arboleda de la otra esquina, y armaban un zaperoco infernal, con señoras gritando, muchachos aplaudiendo y careando, ¡dale filo, hijueputa!, ¡quebrale la cabeza con ese kilo! (que así le decíamos a las piedras), y era más bien, visto desde hoy, una especie de festejo, con sangre incluida, como si fuera una tropel de toros. Al final, no había ningún muerto y las historias se contaban hasta medianoche en la esquina y en cada casa, que era imposible no seguir hablando de la contienda.

 

En esta esquina, que como ve usted todavía está en inmediaciones del anchamiento de una calle, espacio que llamábamos la plazoleta, que servía para picados de fútbol y correnderías de juegos a montones, estaba el bar del Bizco Arturo, un señor montañero, así le decían muchos, que colgaba chorizos del techo, parecían a veces un conjunto de ahorcados, o tal vez una rama de esos árboles llenos de vainas, bueno, y los borrachitos eran los mejores clientes de esos embutidos, a los que, desde la calle, les tirábamos con lanzadores de resorte tachuelas de alambre que nosotros fabricábamos para también probar puntería con las piernas de las señoras, y más que con ellas, con las medias veladas con vena, y tras acertar en el blanco apenas se escuchaban los madrazos y despotricamientos .

 

Bueno, no le cuento más sobre incidencias en el bar, que tenía desde luego una pianola con tangos y otras músicas, como las de unos cantores que me chocaban tanto, Los Cuyos, y de Margarita Cuento y Juan Arvizu, creo. El barrio era feo a más no poder, aunque, le digo, a mí me parecía lindo. No sé por qué. Muchas casas sin fachadas aparentes, los alambres de la energía pegados a ellas, con una crucetas o más bien con unos triángulos metálicos, con aisladores, que también, a veces, nos servían como canastas de basquetbol, al que jugábamos (es un decir) con pelotitas de hojas de cuaderno.

 

¡Ah!, y a propósito de las hojas de los cuadernos de tareas, nos servían para muchas cosas más: cuando llovía en esta calle se formaba un río con agua amarillosa, turbia, y entonces confeccionábamos unos barquitos preciosos, que por aquí, aunque no me lo crea, teníamos astilleros. Los tirábamos al navegamiento y al final de la calle, allá, sí, donde estaba la casa de María Cocuyo, una señora de gafas gruesas, culo de botella, había un desagüe público en el que naufragaban los veleros.

 

En los días solariegos, secos y ardientes, el polvero era aterrador. Por estos sectores había mucha tierra amarilla, a veces rojiza, y abundaban los pájaros sobre las alambradas eléctricas, en los postes, en los aleros de algunas casas, que por acá, qué vaina tan desértica, nadie sembraba árboles, es más, no había espacio para ellos, eran puras aceras y pare de contar, que sin embargo, a la vuelta, por donde vivía la familia Delgado, sí había sanjoaquines y crotos.

 

Vea, pues, que hoy, que he vuelto a recorrer estas callecitas, pocas caras conocidas quedan. No está la tienda de doña Marta y don Pedro, ni está la hija del tipo que trabajaba de chofer del carro de bomberos, una muchacha entonces de caminar embelesador y a las que las otras féminas de por acá le decían La creída. No sé nada sobre doña Cruz ni su marido, un grandote ceñudo y con cara de celoso, que así escuché una vez decir a doña Sofía, que tampoco era pera en dulce, que, además, no dejaba que sus hijos se juntaran conmigo, por vago y desgualetado, según sus palabras.

 

No sé porque me dio en fin de año por retornar a estas antiguallas, y solo por mostrarle a usted dónde pasé momentos felices, cuando no teníamos ni documentos de identidad y jugábamos en la calle, que era nuestro cosmos, con estrellas y agujeros negros. Hoy, como puede apreciar, hay asfalto, las fachadas, bueno, casi todas, están repelladas, hay construcciones de tres y cuatro pisos, y los que habitan ahora nada les dice mi rostro que el tiempo ha borrado, porque ya es otro. Caminemos sin mirar atrás que el año está por terminar y es mejor no pensar en cosas que poco nos importan, como el denominado porvenir, que lo único cierto es lo vivido.

Pintura de Vasili Kandinsky

Peligrosa flor de bello nombre

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es, a simple vista, una seductora flor de cinco pétalos, color amarillo-incendio con un ojo morado oscuro en la mitad, que de lejos parece negro. Se instala en cercados, asciende con certidumbre en árboles y arbustos, se riega por los campos, atraviesa puentes. Camina. Se extiende. Invade. Pero qué bella es y tiene un nombre popular de encanto: Ojo de poeta. También, en otras latitudes, la llaman Susana de los ojos negros, Ojo de Venus, y alguno con seguridad le cantará con los versitos de una cueca chilena: yo vendo unos ojos negros, por traidores y hechiceros. Y porque, ya veremos, pagan mal.

 

El paisaje frío de Santa Elena, con carates, siete cueros, arrayanes, mortiños, hortensias y con otras plantas que integran los bosques nativos, salpicados por extranjeras coníferas, está avasallado por el Ojo de poeta, que mira desde paredes y alambradas, con su vista oscura, que puede fulminarte si te quedás mirándola con atención, que ni siquiera Perseo se salvaría. Ojo de poeta, qué nombre atractivo. Pero puede resultar peor que la Medusa del mito no solo por su mirada, sino porque es una suerte de atentado contra la naturaleza, hecho por la naturaleza misma, ¡qué paradoja!

 

Ojo de poeta, flor exótica; además, cualquiera se enamora de ella, mujer con dotes de impostura; es, según dicen botánicos y gentes especializadas en florestas, una herbácea malévola, nativa del África y que no se sabe (bueno, puede que sí, yo no lo sé) cómo llegó a estas geografías de Antioquia, como la de la muy florida Santa Elena, donde habita por doquier. Si vas por Arví, ahí está. Si caminás por la vereda El Placer, la encontrarás a granel. Si te metés por Mazo, no faltará en abundancia. Le “tira pupila” al caminante con fijeza de toro bravo, lo hace detener, y por más que se la quiera ignorar, es inútil. Su fuerza es irresistible.

 

Hace tiempos, leí un bello libro de la catalana Mercè Rodoreda , Viajes y flores, y me parece ahora, cuando me he puesto a pensar un tanto en estas bellas flores, que pueden ser asesinas; si ella, autora de La plaza del Diamante, las hubiera incluido en sus relatos brevísimos, en los que aparecen flores solas y enfermas y negras y de vida, y muchas más, como la flor fósil, o la de Matusalén, tal vez le hubiera conferido el nombre de flor invasiva.

 

El Ojo de poeta todo lo invade. Y si bien se ve hermosa enredada en las alambradas, puede asfixiar árboles y arbustos. En primera instancia, insisto, es una flor inofensiva, amable, que puede sonreír. Mujer coqueta. Bien armada de artimañas para el ejercicio de la conquista. Hay gentes, que embelesadas por tantos fulgores, las siembran en macetas, en antejardines, cerca de las huertas, y cuando se enteran de que su presencia vasta es incontenible, ya es tarde.

 

Es una arribista. No se para en mientes frente a nada. Va, sin que le importen las resistencias. Al fin de cuentas, todos caerán en sus brazos. Y morirán asfixiados, ante esa planta que serpentea, corre y recorre, camina, sube y sube, atrapa. Dicen los lugareños que el Ojo de poeta, como una boa constrictor, deja sin aire a las otras plantas. Las comprime. Un empresario agrícola de la vereda El Placer, Édgar Escobar, me dijo con cierto aire de preocupación, pero a su vez de apocalipsis, que parecía que a esa planta la hubieran arrojado desde el cielo con el propósito de arrasarlo todo, y en su conversa no pudo eludir a Monsanto, una transnacional peligrosísima, que produce la denominada “semilla del diablo”, como la llamó alguna vez un presentador gringo.

 

En un blog, que se llama precisamente Ojo de poeta, su autor, Juan Raúl Navarro, al describir la planta y sus propiedades, dice que “con tristeza, advierto su presencia en árboles solitarios y en bosques que morirán por su abrazo si quienes los albergan en sus predios no son advertidos de esta amenaza y toman medidas para detenerla…”.

 

La Thunbergia alata, que es su nombre científico (siempre menos bonito que el nombre vulgar),  es una trepadora de rápido crecimiento. Le gusta abrazar, más que a cualquier sierpe, y mostrarse, exhibirse, que es vanidosa y casquivana. Parece una flor que quisiera tragárselo todo. Incontenible. Insaciable. Le gustaría devorarlo todo y que solo fuera ella la visible, la perdurable, la que reine en los bosques nativos que, para su modo de ser tan arrasador, le estorban en su camino. Quiere subir al cielo (eso parece) de donde pudo haber caído para hacer creer a los incautos que es una flor milagro, cuando se trata en realidad de una flor homicida. Hermosa y con una colorida poesía, que, en ocasiones, como para despistar al enemigo, tiene nombre de mujer.

 

El amarrado

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dice que no tiene por qué gastarse en los demás el dinero que gana con el “sudor de sus pensamientos”. Ni siquiera en sus allegados, como su madre y hermanos, que por lo demás el hombre no vive con ellos, sino que arrienda una pieza en un inquilinato de un barrio que antes fue de ricachones y hoy es una mezcolanza de oficinas, corporaciones de caridad, casas derruidas y conventos de monjas de clausura. Es de mirar rígido, a veces de mucho reojo, siempre desconfiado. No habla en cantidades, tal vez porque teme gastar palabras, y solo lo hace cuando se ha tomado dos o tres vinos, y eso porque lo han invitado a los mismos.

 

En las tertulias a las que se le convida (hay dudas de algunos en por qué invitar a alguien así), expresa en su fisonomía displicente cierta sonrisa y contentura hasta el momento en que se solicita una colaboración, o como se dice por acá, cuando se pide “hacer una vaca” para comprar licor y comestibles. Se transforma su semblante: frunce el ceño, sube una ceja y baja la otra, parpadea más de veinte veces por segundo y se toca los bolsillos, como si quisiera comprobar que están acaparando lo que él había echado antes de llegar al lugar. Se desentiende. Todos ponen. Menos él, y cuando alguien lo hace sentir mal, o por lo menos le sugiere que él debería aportar algo, entonces, con tembladera en las manos, saca a gatas, mejor dicho, con dificultades sin límite, un billete de baja denominación. Se le nota el pesar con que lo entrega.

 

Dicta clases de Historia Regional en un colegio de muchachas, a las que les habla de agricultura, producción artesanal y de las fábricas de mangueras que pululan en la provincia. Se pasea por el salón, pero es más que todo un tic nervioso, porque, se ha dicho en círculos cerrados, que preferiría quedarse quieto, al frente del tablero, porque así no gastaría zapatos, los cuales, por lo demás, los mantiene relucientes. Los chismes indican que él mismo los embola, porque, ¡ni riesgos!, jamás pagaría los servicios de un lustrabotas. No toma café negro y, en los recreos, se le ve merodeando por el quiosco, en busca de alguien que lo invite a una golosina o una gaseosa. A veces se escapa del salón, va a la tiendita y pide un paquete de papas fritas con un jugo concentrado. Lo hace de esa manera para librarse de tener que ofrecer una cortesía.

 

Una vez, cuando caminaba con varios de sus contertulios por una avenida peatonal, con jardineras en la mitad, paró frente a una venta de frituras. Pidió un pastel de pollo y una gaseosa. No invitó a nadie. Los demás, que al parecer no querían nada de lo allí exhibido, lo esperaron entre murmuraciones. Cuando retornó, una muchacha del grupo le dijo: “oíste, ¿a vos no te da pena ser tan achapado?”. La miró con serenidad y respondió: “El hambre es mía y no de los demás”. Hubo risas y seguro algunos se dijeron para sí que no había caso con este avaro de pacotilla.

 

Si pudiera se cosería los bolsillos de los pantalones y solo dejaría abierto el de la camisa, porque, de ese modo, no tendría que echar mucha plata ni habría tentaciones para gastarla, aunque el término no se adapte a su personalidad de tacaño compulsivo. Odia los días de celebración, como el de las madres (papá no tiene), la amistad y las navidades, porque se ve obligado a despojarse de metal para comprar algún presente, ojalá de los más baratos, eso sí. No se sabe a qué desprendimientos, o mejor dicho, a cuáles gastos extras se deba el abultamiento de su barriga. Quizá a que las personas de vientre prominente se parezcan a las que tienen plata. Hubo un filósofo del pueblo que siempre se refería a los ricachos locales como “esos señores barrigones”.

 

Extraña a los que tienen que verse con él por cuestiones laborales o de pasatiempos, que en ocasiones calce tenis de marca y aparezca de vez en cuando con un reloj aparente. Se rumora que se los regalan algunas de sus conquistas, porque, todo hay que decirlo, el sujeto tiene pinta donjuanesca, de aquellas que no requieren esfuerzos para la seducción. Puede ser que sonsaque mujeres y les pida como recompensa por sus caricias, algún emolumento. Los chismes al respecto, abundan y son parte de risas y picardías. Luce en general vestido con corrección y en eso se diferencia de unos prenderos que hubo en este lugar, que se ponían ropa de cargazón y otras ordinarieces, compradas en baratillos.

 

Ahora que tiene carro, no ofrece ninguna cortesía a sus conocidos. Si alguno va por su misma ruta, ni siquiera le dice que si desea irse con él. La expresión “te arrimo a algún lugar” no existe en su vocabulario. Ignora al otro y se desentiende. Debe poner cara de desazón cuando va a la gasolinera, y también cuando le toca pagar los servicios públicos. Si por él fuera, ni se bañaría para ahorrar agua. O lo haría cada semana. Para las fiestas de fin de año que programan sus compañeros de trabajo, saca disculpas para no tener que pagar la cuota. O si aparece en la ceremonia, se hace el despreocupado, con carita de “yo-n o-fui”, mientras va probando pasabocas y entremeses.

 

El Amarrado, que así lo llaman de boca en boca, es egoísta y cree que el mundo gira a su alrededor. Los demás, son comparsas. Y cada que cualquiera interviene en el sentido de recolectar dinero para lo que sea (fiestas, entierros, aniversarios…), él lo ve como un enemigo mortal. Un peligro para su estabilidad emocional y económica. Como un indeseable. Parece importarle poco o nada si los demás cuchichean a su paso y si rumorean sobre su manera de aferrarse al dinero, o como también se dice, de que el dinero con ganas de circular se sienta maniatado en los bolsillos, billeteras y seguramente colchones y baúles, del sujeto bien parecido, o buen mozo, como lo calificó una señora que lo conoció recientemente.

 

No hay remedio. Todos se han resignado a su modo de ser fastidioso y repugnante. Alguien, con aires de literato, dijo que Balzac lo hubiera podido incluir en alguna novela. Tal vez, dijo otro, hubiera quedado mejor en una obra de Molière.

El avaro y la muerte, de Charlie Rangel, basado en una obra de El Bosco.

El rastro de la sangre sobre los libros

(A propósito de la mudanza de la librería Palinuro, que se va del Centro de Medellín)*

Por Reinaldo Spitaletta

 

Donde hoy está la librería hace algún tiempo hubo una taberna. Y en ella, una noche, en charla con algunos músicos de Bellas Artes y de la Filarmónica de Medellín, mientras le solicitaba al tabernero que si podía cambiar la monótona trova cubana por Balada para un loco, interpretada por el Polaco Goyeneche, sentí que el pantalón se me humedecía, y, qué vaina, no es que hubiera bebido tanto como para tal incidente, ni que padeciera de incontinencia. Pero no había duda: del mezzanine caía un líquido que solo me mojaba a mí. En mi mesa había seis personas, y solo yo era el damnificado con la sangre que chorreaba, sí, ¡sangre!, tan escandalosa como siempre.

 

Subimos las escalas de madera y cuando pensamos que mínimo nos encontraríamos con alguien con las tripas afuera, nada. No había nadie. Ni tampoco señales del inexplicable líquido que me había estropeado el pantalón y también la noche.

 

Mucho tiempo después, justo debajo de donde estaba aquella vez, le conté la anécdota a Luis Alberto Arango, alias el Maraquero y “extabernícola” (también tuvo una taberna), de la librería Palinuro. Abrió los ojos como si delante de él tuviera la trompeta de Armstrong o de Gillespie y advirtió con seriedad que haría rodar esa historia. Entre tanto, me mostró el Palinuro de México, autografiado por su autor Fernando del Paso y anotó en una libreta algunos títulos que yo iba a buscar, puso en una grabadora el casete en homenaje a Juan Rulfo realizado por Del Paso en Radio Francia Internacional a la muerte del autor de Pedro Páramo, y nos emocionamos casi hasta las lágrimas con esa evocación de la década del ochenta al sabor de un café.

 

Todos, creo, hemos tenido una cierta relación de misterio con los libros. Cuando éramos adolescentes y todavía jugábamos al fútbol y a la guerra libertada en las calles de El Congolo, en Bello, Chucho Hernández, integrante de la barra más célebre que hubo por aquellos lugares, me regaló Moulin Rouge, de Pierre La Mure, que su papá ya no quería tener más en casa o no sé qué. Lo leí en dos noches y me impresionó la vida trágica y cabaretera de Henri Toulouse-Lautrec. Quizá diez años más tarde, ese mismo libro, que yo le había prestado al escultor Gabriel Restrepo, pasó a las manos de otro escultor, Rodrigo Arenas Betancur, que jamás lo devolvió. Uno se apega a determinadas cosas y confieso que sentí una suerte de vacío existencial por no poder recuperarlo, porque, además, lo tenía subrayado y era parte de un tiempo feliz. Después, lo hallé en otra edición en la biblioteca del Sindicato de Trabajadores de Vicuña, y quizá viendo que nadie lo había prestado nunca, y que yo estaba muy interesado en él, un directivo obrero me lo regaló. “Quédese con ese libro que aquí nadie lo necesita”, me dijo. Y como coincidencia histórica el señor también se llamaba Chucho Hernández.

 

Bueno, volvamos al cuento. A Palinuro llegué buscando, entre otros, Lujuria de vivir, de Irving Stone, que también lo han traducido como Anhelo de vivir. Establezcamos que es un libro más bien de circulación restringida. Trata, como es fama, de la vida de Vincent Van Gogh. Se lo había prestado cuatro meses atrás a Richard Spitaletta, que, en una noche de carnaval, lo olvidó en un taxi. Ojalá, en todo caso, el taxista o quien lo haya encontrado lo hubiese leído. “A lo mejor sí —me dijo Luis Alberto— porque el título de lujuria atrae… tal vez pensarían que era otra cosa”. Ese es uno de los que él anotó. En esas pláticas estábamos cuando recordé otro episodio. En una época, aquí era bastante escaso el libro Antimemorias, de Malraux, y el Restrepo de marras, que lo había leído hacía mil años, siempre nos hablaba de él, lo comentaba con placer y nos entusiasmaba para leerlo. Un día, tras ruegos numerosos, me lo prestó. Por esos días, yo tenía un cachorro french puddle, llamado Dino, loquísimo y correlón. Empecé a leer al mítico Malraux, al testigo de la gran marcha, al estalinista, al novelista y mitómano, al polifacético André, en fin, y cuando me asaltó el sueño lo puse en el nochero, junto a otros libros. Al día siguiente, cuando volví a casa, Dino se había tragado casi todas las Antimemorias, qué horror, y ahora qué iba a pasar, por qué dañó ese y no otro que fuera mío, dónde conseguiría otro ejemplar. Y, en efecto, no lo pude encontrar. Entonces le devolví los restos a su dueño. Quizá el perro había vengado la desaparición del Moulin Rouge.

 

Y hay que decir que estos recuerdos llegaron porque ahí, en Palinuro, estaban las Antimemorias, para mí ya olvidadas. Qué curioso. Iba a buscar en todo caso Germinal, de Zola, para recordar de nuevo, más que a los mineros y sus luchas, la figura de Van Gogh en sus tiempos de predicador. “Lo vendí hace poco”, dijo el librero. “Ve, ¿y tenés a Ricardo III?”, nada. “¿Y la India secreta, de un periodista inglés, Paul Brunton?”, tampoco. Y entonces fue cuando nos pusimos a hablar de ciertos libros que ya no circulan en las librerías, ah, sí, digamos, para ser precisos, en las de Medellín. Y mencionamos, por ejemplo, a Roberto Arlt, algunos títulos de Dickens, no se consigue ninguna obra de Teodoro Adorno, ni La muerte de Virgilio, de Broch, y así. Sin embargo, me enteré de paso, que allí acababan de vender un ejemplar de la vida de Pepe Sierra, que es más escaso que los arriba mencionados.

 

A la taberna volví meses después del incidente sangriento y tenía, además de las trilladas canciones de Pablo y Silvio, una buena representación de Goyeneche y Piazzolla, y algo de jazz. Y, valga decirlo, era otra la administración. Sin embargo, esa noche llegaron unos tipos que tiraron voladores a la entrada y después, en medio de su polvorienta rumba, esgrimieron pistolas, pero no dispararon. Menos mal. Y ya nunca más volví a ese lugar, hasta cuando me enteré de que el bar se había transmutado en una librería de “libros leídos”, que, en sí mismo, ya es un hecho increíble y tal vez solo posible en una ciudad de miedos y misterios como Medellín. No sobra recordar que el día de mi visita, el librero me puso, además, en la voz de Juan Rulfo, el cuento Diles que no me maten.

 

*(Noviembre 9 de 2003-Publicada en mi libro Historias inesperadas, 2015 Editorial UPB)

 

Interior de la Librería Palinuro, en Córdoba con Perú (Foto revista Soho, tomada de internet)

Podestá, dorada voz bohemia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Desde que éramos chiquitos, la voz de ese caballero que apenas pude ver de cerca cuando ya el tipo tenía casi ochenta años, nos acarició el oído pero sin que fuera una atracción ineludible ni una necesidad existencial. Emanaba de unos luminosos pianos con teclas y ranura que engullía monedas y que a veces, desde las puertas del bar, uno se extasiaba mirando el juego de luces, el movimiento de traslación de los discos negros y después la voz del cantor que uno no se molestaba en entender, porque, claro, lo que él decía era, según me di cuenta mucho después, para gente que tuviera recuerdos y algún dolor, tal vez una ausencia y vida acumulada.

 

Apenas era un chicuelo, pateador de pelotas callejeras, miembro de patotas esquineras, estudiante de escuela y luego de un liceo sin alcurnia, y en los días, o más preciso, en las noches del barrio, en los cafés de esquina, se erigía una voz bien timbrada, entre otras, también varoniles y recias, y era la de aquel señor que se iba a morir muy viejo y con la voz exhausta, pero que entonces “era una voz de oro”, como le escuché decir a un parroquiano ebrio en una mesa de bar.

 

Y la voz aquella se me fue quedando en los recuerdos. En una memoria oculta, que se evidenció cuando yo ya había dejado de ser un muchacho de arrabal y, caso curioso, me interesaban las letras de tango con arquitectura de barrio y romances truncos. Y de pronto, fui consciente de aquella voz (como también de otras voces) que cantaba un vals, que años después, cuando mi calle, mi cuadra, mi manzana eran ya una lejanía confusa, “mucho tiempo después de alejarme, vuelvo al barrio que un día dejé…”, me hacía llorar por dentro. Y lo adopté como himno de los regresos, con aquellas coordenadas y puntos cardinales de los sentimientos perdidos. Y recuperados.

 

La pianola de luces curvilíneas era la habitación de aquella voz que decía “percal, ¿te acuerdas del percal?, tenías quince abriles, anhelos de sufrir y amar…”, pero era difícil que nos engrupiera, que nos hiciera concentrar en aquellas palabras, porque, claro, no teníamos edad para tanta poesía de calle y dramas de tiempo, que el tiempo no existía, o tal vez solo estaba el presente, aunque no era una reflexión que uno hiciera mientras miraba pasar muchachas de minifalda y tenis blancos o pensaba en la película del domingo.

 

El tango de entonces, que el señor cantor casi nos decía al oído, continuaba con aquello de “la juventud se fue, tu casa ya no está, y en el ayer tirados se han quedado acobardados tu percal y mi pasado”, pero menos que nos seducía, porque qué carajos era un percal, y qué era esa manera de decir que la juventud se había ido, cuando ahí estaba, presente, compareciente, sobre aceras y asfaltos, caminando hacia una esquina de sueños y risas permanentes.

 

Y la voz del mismo señor, tal vez con otra orquesta, pero en el mismo tragamonedas musical, decía que “¡Cuánta nieve hay en mi alma! ¡Qué silencio hay en tu puerta! Al llegar hasta el umbral, un candado de dolor me detuvo el corazón…”, y esa canción, lo confieso ahora, sí dolía, no sé por qué, tal vez por la manera de decirla, o porque al final de cuentas hablaba de la nada, “nada queda en tu casa natal…”, y también años después el mensaje de aquel tango se nos reveló con todo su existencialismo y desazón sentimental.

 

Sí, claro, un poco de canciones que flotaban en la barriada (y en los adioses), que a veces se escuchaban en la radio, y eso porque mamá o papá las sintonizaban, y ahí también sonaba el hombre que ya nos había hablado, cantando, del fracaso, de auroras, de milagros, de corazones heridos. Y de la bohemia.

 

Ese tango sí me puso a desvariar porque quizá le puse atención cuando ya la juventud, vaya coincidencia, se estaba yendo. Se llamaba (bueno, se llama todavía) Alma de bohemio, y aquella voz parecía darse gusto en la interpretación, en la manera de vocalizar, en los matices: “Si es que vivo lo que sueño, yo sueño todo lo que canto, por eso mi encanto es el amor. Mi pobre alma de bohemio quiere acariciar y como una flor perfumar”.

 

Alberto Podestá era el cantor del barrio. Bueno, eso digo porque sonaba mucho en las rocolas, en esa de mi esquina olvidada, y el sostenido de la voz de aquel bohemio, de su alma, nos ponía en trance, cerraba uno los ojos para ver mejor “las cosas más bellas”, que el cantor hablaba con las estrellas, con la “loca poesía” de su corazón.

 

Me parece que, a la distancia, vuelvo a ver hombres con las cabezas sobre las mesas de bar, en una especie de concentración dolorosa, y la ebriedad en toda su agonía, mientras el cantor pronunciaba con una voz de drama: “¡No estás! Te busco y ya no estás. Espina de la espera que lastima más y más… ¡qué largas son las horas ahora que no estás!”. Era el mismo Podestá, el mismo que siguió cantando después de viejo, y al que se le quebraba la voz en las noches de su Buenos Aires querido, en el Viejo Almacén o en un café de San Telmo. El mismo Podestá que ya no está.

 

Resulta que el señor se ha muerto de noventa y un años, y una noche de hace años, mejor dicho, de la primavera porteña de 1998, en una mesa de café, al lado de unas viejecitas amables que no sé quiénes eran,  y con un compañero de viaje (el médico Jorge Arango), escuchábamos cantar al viejo Podestá que decía “la vi llegar… ¡caricia de su mano breve! La vi llegar… ¡alondra que azotó la nieve!”. Ya el vino nos hacía hablar más duro, y pedir a todo taco que nos cantara Alma de bohemio. Claro que sabíamos que era imposible que aquel señor pudiera interpretar aquel clásico gotán, pese a mi insistencia de ruido y descortesía.

 

—¡Dejá el chamuyo! —dijo el cantor desde el escenario. —Dejá el chamuyo o no canto más —insistió.

 

El hombre, en rigor, ya no cantaba, pero era una leyenda. Y ahí, en aquel café, fue la última vez que lo vi en vivo y en directo, y por cortesía nos interpretó, cuando lo solicitamos sin grito, Bajo un cielo de estrellas, que nos hizo retornar al barrio que hacía tantos años habíamos dejado. “En esta noche vuelvo a ser aquel muchacho soñador, que supo amarte y con sus versos te brindó sus penas…”. Volví a sentir la soledad del arrabal y a escuchar la antigua voz que surgía de un Wurlitzer con luces de neón, entre la amable y triste soledad del arrabal, con árboles que pintan sombras.

 

Aquella noche no hubo ninguna Alma de bohemio, pero ese es el tango que ahora, cuando acaba de morir don Alberto, escucho en la sonoridad de un recuerdo de cafetín que ya no existe.

Alberto Podestá y el Café de los maestros (foto tomada de internet)

Mosquitos y zancudos: ¡El infierno!

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es probable que los insectos sobrevivan al hombre. Algunos de ellos, como los mosquitos y zancudos, parte de las miles de especies, que superan en cantidad a las de cualesquiera otros animales, son una suerte de atentado contra las pieles sensibles. Otros, como las cucarachas, son una expresión del asco y, por qué no, de visiones aterradoras y apocalípticas. Quién sabe por qué Kafka decidió que Gregorio Samsa se transmutara en un monstruoso insecto (no se sabe cuál) y no, por ejemplo, en una serpiente o en una lagartija.

 

Hace un tiempo, me topé con un insecto visto por el escritor húngaro Sándor Márai en uno de sus Diarios (1984-1989), y más que por él, por su esposa Ilona, que fue la primera en enterarse cómo el animalito frecuentaba la cocina de la pareja. No era una cucaracha, sino “un bicho de caparazón negra y de dos centímetros y medio de largo, algún tipo de ciervo volante”, según las palabras de la señora, recogidas por su marido. Pero el escritor también lo vio y advirtió que en su aparición había algo aterrador: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente”.

 

El insecto descrito por Márai, que roía trozos de pan y de frutas esparcidos en la cocina, va más allá del instinto y hay en él un “conocimiento” de la situación de supervivencia, de lo que debe consumir, sin exageraciones, solo la dosis necesaria, la suficiente para nutrirse. El mismo escritor se pregunta, no sin admiración, cómo encuentra la comida, cómo comete el robo, cómo sabe acerca de lo que hay que hacer y de la forma del asalto, lo cual no deja de ser aterrador, como lo señala el autor de El último encuentro.

 

En mi casa, en la que escasean las cucarachas, pero abundan minúsculas hormiguitas rubias y también lagartijas (entre ellas, una rayada, que parece emparentada con cebra o que gusta vestirse con el clásico traje de presidiario), escuché una noche un zumbido, no propio de esas horas, y sentí un choque contra la vidriera que da a un patio con plantas. Al levantarme, encontré una avispa bermeja, extraviada quién sabe por qué situaciones (tal vez la contaminación ambiental), que intentaba volverse por donde había entrado.

 

Llegará el día en que el hombre se metamorfosee en distintos insectos. Y puede que el mundo, de esa manera, adquiera un equilibrio. Sé, que en mi caso, no me transformaré en zancudo, ni en mosquito, ni en el torturador y tropical jején. Me parece que tengo una atracción fatal (o ellos por mí), una inclinación a que me ataquen en ciudades y campos, que por tales razones poco o nada me gustan fincas, aventuras selváticas, campings y otras torturas e incomodidades.

 

Sin embargo, donde quiera que esté, en oficinas con alfombras y aires acondicionados, en salones de clase, en cuartos de hotel, en teatros, en fin, me asaltan mosquitos y zancudos, y sus picadas son un suplicio que impide cualquier concentración. Hace años, observando anotaciones del Barón de Humboldt sobre los insectos que él denominaba crepusculares (como el desgraciado jején), la mera lectura me producía escozores y rasquiñas. El diminuto insecto costero y de ríos, que deja un puntito rojo tras su ataque devastador, torna con su especie de odio contra el hombre a la hora del crepúsculo. La roncha durante tres o cuatro días más y cuando se oculta el sol vuelve a picar y picar. Y hay que rascarse hasta arrancarse la piel.

 

En 1990, en la Expedición El Dorado, que preparaba antes de tiempo la conmemoración de los quinientos años del Descubrimiento de América, que atravesó ríos, selvas, montes y pueblos de Colombia, Venezuela y luego derivó en las Antillas menores, Trinidad y Tobago, y que se varó en Aruba, cuando iba a empalmar hacia la Guajira, debido a las bravuras del mar, me embarqué por más de un mes en una desventura (que no aventura) debido a los asedios y ataques permanentes de la mosquitería.

 

Nada pudieron contra el zancudo (que recordaba entonces a Vargas Vila y su Ante los bárbaros: “¿cuál es el peligro de la América Latina? El peligro yanqui…”) la tiamina, ni los repelentes, ni siquiera las botelladas de aguardiente y ron. El zancudo, contra el cual el gringo nada pudo, que decía el panfletario de América, me venció y vapuleó. Y así fue como en un paraje  a orillas del Orinoco, los expedicionarios recalamos ante la inminencia de la noche, y levantamos carpas, que fueron atravesadas por sonoras nubes de mosquitos, que además agujereaban bluyines y nos levantaban en vilo, en un episodio de canibalismo mosquitero y terror colectivo. Hubo que salir en desbandada de allí para buscar paisajes menos hostiles, y con mosquitos no tan numerosos ni tan agresivos.

 

Es una dicha para aquellos que no sienten las picaduras. Que no están expuestos a los ataques sin misericordia de jejenes, mosquitos y zancudas, y que pueden pernoctar en medio del monte, a orillas del mar, en las riberas de los ríos, sin sufrir ningún daño. A mí que no me inviten a selvas. Ni siquiera a las denominadas fincas de asueto. No valen toldos, ni anjeos, ni insecticidas. Nada. El infierno, ¡oh!, Dante, son estos insectos que de seguro sufrió en sus expediciones el pobre Humboldt.

 

Nosotros, los alérgicos a esas picaduras siniestras, preferimos la contaminación de las ciudades, el ruido infernal de automotores, el acelere urbano, la nube de esmog, que someternos a las picantes ofensivas campestres, aunque, lo dicho, no es que estemos a salvo del todo en una urbe, como Medellín, en la que uno que otro mosquito nos pone a proferir insultos mientras nos rascamos brazos y tobillos, y sacamos a relucir el atomizador con líquido repelente. Al menos por estos contornos no atacan en masa, como los “vampiros” del Orinoco.

 

Que frente a las tropas de zancudos y mosquitos, son preferibles escorpiones y otros arácnidos, o, cómo no, algún bichito, como el que en la cocina del escritor húngaro se regocijaba destapando paquetes de comida.

 

 

 

Tinta roja en el gris del ayer…

(De cómo un tango nos hizo amar paredones y callecitas desmirriadas)

Por Reinaldo Spitaletta

El barrio tenía calles sin asfalto, casas hasta de dos pisos, había en la mitad de alguna cuadra, solares emparedados con ladrillos a la vista y era posible entonces toparse con una construcción abandonada, quizá porque el dueño se había quedado sin fondos, o quién sabe. Las casas semiempezadas daban grima y se prestaba para la murmuración. Un rito de casi todos los días, era el fútbol de la muchachada en una calle, o en varias a la vez. Algarabía de la vida recién iniciada.

En las esquinas, también casi en todas, había bares con traganíquel, mesitas de metal y sillas de tijera. Y de aquellos aparatos de fosforescencias y teclados, surgían canciones diversas, pero la mayoría de los sonidos pertenecían al tango. Los escuchaban obreros y vagos, que en ocasiones eran convidados por los que sí trabajaban. Junto a las puertas del bar permanecían dos o tres bicicletas, a la espera de que sus dueños terminaran la diversión. Ellas los sabían llevar incluso con ebriedades y vacilaciones de los que pedaleaban.

De la miscelánea musical que emanaba de las luminosas pianolas, un día, no sé por qué, un tango me llamó la atención. Creo que yo estaba a la espera, recostado contra una pared y ningunos de los de la gallada aparecía. Y la voz, honda y varonil, decía: “paredón, tinta roja en el gris del ayer / emoción de ladrillo feliz / sobre mi callejón / con un borrón / pintó la esquina…”. Había conexión interior con algunos de esos enunciados, sobre todo desde el inicio, porque, claro, yo era una parte de aquella pared sin revoque que, como otras del barrio, a veces algún canalla, con trazos al carbón de leña, con tiza, con crayola, escribía en ella alguna declaración amatoria, una frase de ingenio o un hijueputazo con muchas ganas.

El tango proseguía y en mi expectativa escuchaba la voz: “y el botón que, en lo ancho de la noche, / puso el filo de la ronda como un broche”…, pero no me decía mucho aquello, que tampoco era música de mi gusto, ni sus palabras eran atractivas para mis quince años, cuando lo que más me interesaba era poder conseguir-conquistar una muchacha para visitar los fines de semana, en la ventana o la puerta de su casa, y jugar al fútbol y a la guerra libertada y a todos los juegos que la imaginativa calle albergaba y creaba.

De pronto, el cuento del “botón” me quedó sonando, sobre todo porque creía que, en efecto, era uno de esos mismos que en los avisos de algunas casas advertían: “se forran botones”. El tango, que con el tiempo supe que se llamaba Tinta roja, continuaba regándose por la acera y me llegaban sus armonías inesperadas, porque, desde luego, a esa edad qué me podía decir una canción como esa: “Y aquel buzón carmín. Y aquel fondín / donde lloraba el tano / su rubio amor lejano / que mojaba con bon vin”.

Para ser sincero, lo de “buzón carmín” no me transmitía nada, y menos aún lo de fondín, que no sabía si se refería al fondo, o a una pequeña fonda, aunque con esta palabra estaba más familiarizado, porque mi abuelo, en unas de sus tenidas en su finca, nos contaba historias que sucedían en fondas de caminos. Me sonaba bien lo de bon vin, que durante no sé cuántos años creí, sin que fuera tampoco una obsesión, que se trataba de un sombrero, un bombín.

La cosa de pronto me iba poniendo en alerta, cuando el que cantaba se preguntaba con un acento doloroso: “¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, luna mía, / volcás como entonces, / tu clara alegría?”, y ahí el tango canción, que me parecía subía en interés y sonoridades, alcanzaba otros vuelos: “veredas que yo pisé, / malevos que ya no son, / bajo tu cielo de raso / trasnocha un pedazo / de mi corazón”.

Ese tango sonaba casi siempre los sábados y no sé quién o quiénes eran los que insistían con sus monedas para tenerlo presente. No es que yo estuviera atado a esa esquina del bar Florida, que así se llamaba, con letras oscuras en un aviso de lata, ya desteñido, pero cada que me detenía en su acera, la Tinta roja me pintaba la piel y los sentimientos, sin que yo entendiera a profundidad su mensaje, porque, por ejemplo, lo de “vereda” para mí fue lo que es para casi todos los de por aquí: un lugar en el monte, una ruralidad, como aquella donde vivía mi abuelo. Y no (como lo aprendí después) una acera, como aquella en la que yo me paraba o me recostaba a la pared a escuchar sin querer canciones de viejos.

Lo de malevos sí me llamaba la atención, y mucho, porque por aquellos lares abundaban. Estaban, por ejemplo, Atehortúa; Jaime el bailarín; Pedro Gafas; Márquez el cuchillero; El tuerto Céspedes; Julio Quincas; que dejaron leyenda en sus sectores y en otros donde iban a imponer sus malevadas, o a buscar camorra, o a decir que habían aprendido nuevas paradas con el puñal. Lo que pasaba era que todavía lo que decía el verso no se había cumplido por allí: “malevos que ya no son”. Todavía eran.

No sé cuánto tiempo transcurrió. El barrio aquel, en el que había casas con puertas de colores fuertes, quedó atrás. Las voces, las esquinas, los entejados, todo se diluyó en el pasado, porque pasé a otros barrios, muy lejos del de la Tinta roja: “borbotón de mi sangre infeliz”. Pero, con el deshojarse de los calendarios, los tangos me abordaron, se metieron por la piel, por la razón y la emoción. Invasión de poesía y música. Y entonces ya sabía que aquel de la esquina gris del ayer, era una letra de Cátulo Castillo y una música de Sebastián Piana, y supe, de pronto, que lo había escuchado hacía años por Troilo y Fiorentino.

Después, advino Goyeneche y me partió la sensibilidad, me volvió trizas con su fraseo y ya yo sabía (además lo había saboreado) que “bon vin” era un buen vino, y que los tanos eran los napolitanos que habían llegado a Buenos Aires, aunque por extensión se les decía así a los inmigrantes italianos, los mismos que entristecieron el gotán y lloraban evocando sus rubios amores lontanos y las canzonetas.

El tiempo, tremenda variable física y metafísica, me puso a sentir más aquello de “quién se robó mi niñez”, como si en algún momento uno estuviera tras el tiempo perdido, que muchos tangos son medio proustianos, ¿o no? Y no sé por qué, a veces, sin proponérmelo, me parecía que esta declaración se parecía a un verso de Recital a la infancia, de Horacio Guarany, cuando dice: “¿quién se llevó mi niño de las manos”. Y así, Tinta roja, con sus malvones y balcones, se ganó un lugar en la educación sentimental, que tuvo su cordón umbilical en el barrio.

Ya era entendible lo del “botón” (que si hubiera dicho de una vez “tombo”, que era lo que se estilaba en las barriadas nuestras para referirnos al policía y que es, como se sabe, botón al vesre), los sentidos se hubieran despertado en aquella ancha noche de la adolescencia, o de la infancia robada. Y de ese modo, fuimos pintando el recuerdo: “yo no sé si fue el negro de mis penas / o fue el rojo de tus venas mi sangría…”.

Y los versos de Cátulo nos asediaron en la edad en que ya se tienen recordaciones y alguna tristeza por lo que no está. Así que “malevos que ya no son” me golpeó años después, cuando, en efecto, habían desaparecido aquellos puñaleros, fumadores de Lucky Strike y marihuana, que lloraban con las “melodías” (ellos denominaban así el tango) de los Seeburg y los Wurlitzer de cafetines esquineros.

Por eso, y por mucho más, cuando uno escucha aquello de “¿dónde estará mi arrabal, quién se robó mi niñez?”, puede que haya un lagrimón furtivo rodando por el abismo de la memoria, y callejones y paredones nos empiezan a narrar de los días en que uno, sin saberlo, estaba bebiendo un imaginario bon vin por un amor lejano que todavía no había llegado.