El amarrado

Por Reinaldo Spitaletta

 

Dice que no tiene por qué gastarse en los demás el dinero que gana con el “sudor de sus pensamientos”. Ni siquiera en sus allegados, como su madre y hermanos, que por lo demás el hombre no vive con ellos, sino que arrienda una pieza en un inquilinato de un barrio que antes fue de ricachones y hoy es una mezcolanza de oficinas, corporaciones de caridad, casas derruidas y conventos de monjas de clausura. Es de mirar rígido, a veces de mucho reojo, siempre desconfiado. No habla en cantidades, tal vez porque teme gastar palabras, y solo lo hace cuando se ha tomado dos o tres vinos, y eso porque lo han invitado a los mismos.

 

En las tertulias a las que se le convida (hay dudas de algunos en por qué invitar a alguien así), expresa en su fisonomía displicente cierta sonrisa y contentura hasta el momento en que se solicita una colaboración, o como se dice por acá, cuando se pide “hacer una vaca” para comprar licor y comestibles. Se transforma su semblante: frunce el ceño, sube una ceja y baja la otra, parpadea más de veinte veces por segundo y se toca los bolsillos, como si quisiera comprobar que están acaparando lo que él había echado antes de llegar al lugar. Se desentiende. Todos ponen. Menos él, y cuando alguien lo hace sentir mal, o por lo menos le sugiere que él debería aportar algo, entonces, con tembladera en las manos, saca a gatas, mejor dicho, con dificultades sin límite, un billete de baja denominación. Se le nota el pesar con que lo entrega.

 

Dicta clases de Historia Regional en un colegio de muchachas, a las que les habla de agricultura, producción artesanal y de las fábricas de mangueras que pululan en la provincia. Se pasea por el salón, pero es más que todo un tic nervioso, porque, se ha dicho en círculos cerrados, que preferiría quedarse quieto, al frente del tablero, porque así no gastaría zapatos, los cuales, por lo demás, los mantiene relucientes. Los chismes indican que él mismo los embola, porque, ¡ni riesgos!, jamás pagaría los servicios de un lustrabotas. No toma café negro y, en los recreos, se le ve merodeando por el quiosco, en busca de alguien que lo invite a una golosina o una gaseosa. A veces se escapa del salón, va a la tiendita y pide un paquete de papas fritas con un jugo concentrado. Lo hace de esa manera para librarse de tener que ofrecer una cortesía.

 

Una vez, cuando caminaba con varios de sus contertulios por una avenida peatonal, con jardineras en la mitad, paró frente a una venta de frituras. Pidió un pastel de pollo y una gaseosa. No invitó a nadie. Los demás, que al parecer no querían nada de lo allí exhibido, lo esperaron entre murmuraciones. Cuando retornó, una muchacha del grupo le dijo: “oíste, ¿a vos no te da pena ser tan achapado?”. La miró con serenidad y respondió: “El hambre es mía y no de los demás”. Hubo risas y seguro algunos se dijeron para sí que no había caso con este avaro de pacotilla.

 

Si pudiera se cosería los bolsillos de los pantalones y solo dejaría abierto el de la camisa, porque, de ese modo, no tendría que echar mucha plata ni habría tentaciones para gastarla, aunque el término no se adapte a su personalidad de tacaño compulsivo. Odia los días de celebración, como el de las madres (papá no tiene), la amistad y las navidades, porque se ve obligado a despojarse de metal para comprar algún presente, ojalá de los más baratos, eso sí. No se sabe a qué desprendimientos, o mejor dicho, a cuáles gastos extras se deba el abultamiento de su barriga. Quizá a que las personas de vientre prominente se parezcan a las que tienen plata. Hubo un filósofo del pueblo que siempre se refería a los ricachos locales como “esos señores barrigones”.

 

Extraña a los que tienen que verse con él por cuestiones laborales o de pasatiempos, que en ocasiones calce tenis de marca y aparezca de vez en cuando con un reloj aparente. Se rumora que se los regalan algunas de sus conquistas, porque, todo hay que decirlo, el sujeto tiene pinta donjuanesca, de aquellas que no requieren esfuerzos para la seducción. Puede ser que sonsaque mujeres y les pida como recompensa por sus caricias, algún emolumento. Los chismes al respecto, abundan y son parte de risas y picardías. Luce en general vestido con corrección y en eso se diferencia de unos prenderos que hubo en este lugar, que se ponían ropa de cargazón y otras ordinarieces, compradas en baratillos.

 

Ahora que tiene carro, no ofrece ninguna cortesía a sus conocidos. Si alguno va por su misma ruta, ni siquiera le dice que si desea irse con él. La expresión “te arrimo a algún lugar” no existe en su vocabulario. Ignora al otro y se desentiende. Debe poner cara de desazón cuando va a la gasolinera, y también cuando le toca pagar los servicios públicos. Si por él fuera, ni se bañaría para ahorrar agua. O lo haría cada semana. Para las fiestas de fin de año que programan sus compañeros de trabajo, saca disculpas para no tener que pagar la cuota. O si aparece en la ceremonia, se hace el despreocupado, con carita de “yo-n o-fui”, mientras va probando pasabocas y entremeses.

 

El Amarrado, que así lo llaman de boca en boca, es egoísta y cree que el mundo gira a su alrededor. Los demás, son comparsas. Y cada que cualquiera interviene en el sentido de recolectar dinero para lo que sea (fiestas, entierros, aniversarios…), él lo ve como un enemigo mortal. Un peligro para su estabilidad emocional y económica. Como un indeseable. Parece importarle poco o nada si los demás cuchichean a su paso y si rumorean sobre su manera de aferrarse al dinero, o como también se dice, de que el dinero con ganas de circular se sienta maniatado en los bolsillos, billeteras y seguramente colchones y baúles, del sujeto bien parecido, o buen mozo, como lo calificó una señora que lo conoció recientemente.

 

No hay remedio. Todos se han resignado a su modo de ser fastidioso y repugnante. Alguien, con aires de literato, dijo que Balzac lo hubiera podido incluir en alguna novela. Tal vez, dijo otro, hubiera quedado mejor en una obra de Molière.

El avaro y la muerte, de Charlie Rangel, basado en una obra de El Bosco.

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1 comentario

  1. paula andrea medina alzate

     /  diciembre 22, 2015

    Hoo Rei, me he reido mucho, no me sorprende como eres capaz de retratar a alguien tan cercano, eres un satiricon muy granuja, eres una risa muy ironica. FELIZ NAVIDAD Y A囧O NUEVO!!c

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