La enmascarada

Por Reinaldo Spitaletta

 

Le dicen “doctora” aunque solo estudió una licenciatura para cuidar niños expósitos y por herencia le correspondió reemplazar el poder y mando de su padre en una empresa de comunicaciones, tema sobre el que ella poco sabía, pero le tocó, nada que hacer. Ante los empleados aparentaba (y sigue en esa tónica) que era una conocedora, experta en mensajes, redacciones y titulares. Los otros ponían cara de respeto, aunque, se llegó a sospechar, por dentro eran burleteros y escépticos. La dama de cabello negro y facciones angulosas, de familia rica de un pueblo del oriente de la provincia, sus coetáneos la llamaron a ella y a sus otras cuatro hermanas, las Meninas, en voz baja y sin despertar sospechas ni resquemores.

 

Se viste casi siempre de trajes sastre, tacones medios y usa collares de piedras finas. Gusta a más no poder del halago, y las subordinadas  cada que tienen ocasión le ofrecen piropos y lisonjas: “como está de elegante la doctora”, “que pulsera tan linda tiene”, “como tiene de bonito el cabello” y así hasta la náusea, que ella sonríe y eleva el mentón. También pestañea como muñeca de exportación. Sabe dos o tres lenguas, sobre todo porque, de jovencita, su papá la llevó a vivir a Roma y Boston, donde él oficiaba de cónsul, y gusta de las baladas de San Remo y la canción francesa. Toca mal la guitarra (de vez en cuando lo hace en fiestas de la empresa), un churrunguis chunguis pavoroso, pero ella cree que, además acompañada de su voz temblorosa, es la representación de una intérprete del carajo. Ha dicho que le hubiera gustado tener la voz de Edith Piaf.

 

Con el fin de detectar posibles descontentos entre los trabajadores, dice en sus reuniones de cada quince días, que las hace por secciones, que es una defensora de los derechos laborales y que la empresa es en realidad de todos. “Aquí todos somos iguales”, se ha escuchado decir hasta el cansancio de los que tienen que soportar sus “discursitos” sobre democracia y gobernanza, que ni ella misma entiende, pero lo hace, más que todo, como parte de una táctica para obnubilar a sus dependientes y tener la apariencia de conocedora de las instituciones, la ley y la autoridad.

 

La autoridad es su objetivo. Ser obedecida. Ser admirada. Ser una muestra de consideración y afabilidad, cuando, en el fondo, solo es autoritaria y posesiva. Sus órdenes no se discuten, o puede que sí, pero no hay “tu tía”. Es lo que ella diga y basta. Porque o si no, la empresa puede sufrir alteraciones, se pueden colar gestos de sindicalismo y posiciones de reivindicación social, eso se ha dicho en oficinas y pasillos, con discreción.

 

La menina, ah, y perdón porque hemos pronunciado ese apelativo con suavidad y sin intentos de ofender, está casada con el poder. Todo lo que tenga que ver con la presidencia, los gobernantes, lo que dé caché, según ella, y gabelas, ganancias y posición social, es bienvenido y hay que estar de su lado. No lo dice. Lo practica, con lo que, en rigor, puede ser un mérito de su forma de ser, aunque, todo esto, es porque hay gentes adentro de la empresa que la tienen chequeada y saben de sus debilidades. O fortalezas, según se le analice.

 

Dicen, no hay constancias, que estuvo enamorada de un líder de la subversión. Nunca los vieron por las cercanías, pero se sospechaba que tenían encuentros en el extranjero. No en montes ni pueblos sin servicios públicos. En ciudades de alcurnia. También se ha rumorado que en otros días tuvo un affaire con un exdirigente socialista de la universidad, cuando había movimientos estudiantiles de racamandaca, como lo calificó uno de los trabajadores de la empresa, en la que ella ejerce como reina, que gusta de que sus empleados sean, sobre todo, muy serviciales, por usar un eufemismo.

 

No desea a nadie en sus predios que sea medio altanero, o que le dé por desobediencias civiles, o que asuma posiciones en contra de sus dilectos del poder. “Aquí trabaja el que quiere”, dice, en ocasiones, cuando se ha enterado de alguna escaramuza, que ella puede calificar como conspiración. Sin embargo, deja que uno que otro exprese sus desavenencias con el poder, o que vaya con sutilezas a pedir aumento general de sueldos. Es parte del clima. Hay que tener algunas poses, o maternales, o de apariencia de avanzada. Todo sirve. Después, habrá uno que otro despido.

 

Tiene un pequeño séquito, mixto, de damas y caballeros, que cuidan de su apariencia, de sus espaldas, que están atentos a movimientos que puedan desfavorecer el ambiente de tranquilidad laboral. Ella, con toda la curia que pone por dar la apariencia de sencillez y de dulzura matriarcal, queda siempre al descubierto, como si se abriera su traje y dejara ver lunares, verrugas, pecas y arrugas a granel. La doctora, nariguda, de hablado postizo, sabe que casi todos están a sus pies. Y no teme que algunos, a los que ella apenas les está haciendo seguimiento, piensen que es una dictadorzuela engreída.

 

Ella siempre hará lo posible por tener máscaras atractivas, por tener libros en su oficina, sin trazas de haberlos leído, y por vocear que la empresa está al servicio de la prosperidad y apaciguamiento del país.

Las Meninas, de Velázquez

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2 comentarios

  1. Mario quintero

     /  enero 22, 2016

    Sin ser muy original cualquier parecido con…….

    Responder
  2. Ethelberto Zapata Gil

     /  julio 7, 2016

    Mientras leemos lo escrito por Spitaletta, hemos de escuchar el discurrir de la persona que nos explica el cuadro de Velázquez y podremos enteder lo que acontece en este nuestro mundo y el de la época del artista.

    Responder

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