Buenos días, tristeza: el decadente amor burgués

Por Reinaldo Spitaletta

 

El mérito no radica en que una muchacha de dieciocho años escriba una novela, que se traducirá a varias lenguas, venderá miles de ejemplares, servirá en adaptación para la filmación de una película y tendrá canción propia, sino en lograr una caracterización de la superficial burguesía parisina de la segunda posguerra, con personajes en triángulos amorosos y con una narradora joven que tiene recuerdos y reivindica el placer.

 

El recurso de la memoria está hecho menos para adolescentes que viejos. Y en Buenos días, tristeza, la novela corta de Françoise Sagan, publicada en 1954, la protagonista, Cecilia, una muchachita burguesa, plena de caprichos, sensualidad e inclinación a lo frívolo, se fundamentará en lo sucedido pocos años antes, cuando ella era una bachiller recién egresada del internado, en un verano de locura. A una mansión de la costa del Mediterráneo, para pasar días de playa y sol, viajan Raimundo, de cuarenta años, y padre de la narradora, con una vieja amiga de la madre de Cecilia, Ana Larsen, de cuarenta y dos años (llegará a vacacionar una semana después), y dos jóvenes que se conectarán con las aventuras amorosas, y en cierta forma, triviales, del papá y la hija: Cyril y Elsa.

 

El mérito de la ficción, escrita por la jovenzuela Sagan, radica, además, en caracterizar en profundidad a los personajes, en sugerir un enamoramiento de Cecilia y su padre, una relación de inconsciente-consciente incesto, y poner el placer y la vida muelle, como centro y esencia del amor burgués.

 

Se ha dicho, y no sin razón, que la novela es un género de madurez. Una alta forma literaria, propia en su creación de los que no solo tienen edad, sino conocimientos, experiencias, seres cancheros, con muchas lecturas encima. Las excepciones, si no abundan, sí rompen con lujo con la regla. Y la Sagan es un botón de muestra. En  su ópera prima, que la catapultará a las cimas de la celebridad, hay, aunque no lo parezca, profundización en la condición burguesa, en la decadencia de una clase social que, en la posguerra sigue como si nada, pues, en efecto, no perdió poder durante la ocupación nazi de Francia, ni sufrió las consecuencias trágicas de lo que sí le pasó al grueso del pueblo. Es una burguesía que salió airosa, casi inmaculada, tras el desastre moral y de la razón en la Segunda Guerra.

 

Los burgueses descritos en la obra son felices, ligeros, bellos y sibaritas. El verano lejos de París les confiere otras gracias, rupturas con la cotidianidad a veces opresiva, y las posibilidades de aventurarse en el ejercicio del amor físico, de urgencia, que nada tiene que ver con aquella otra dimensión, la del denominado “amor trascendental”, en el que se aspira a ir más allá de la piel y del placer de la carne. Y a la situación de vacacionistas, se le debe agregar la buena mesa, la buena cama y el estar alejados del mundo aburrido de la producción.

 

Dividida en dos partes, la novela tendrá un personaje diferente, más dado a la razón y la disciplina que a los requiebros y excesos, que es Ana, una antigua amiga de la madre ya difunta de Cecilia y que antes no había tenido una relación cercana con Raimundo. La presencia en ese verano ardiente de la señora alterará las conexiones superficiales entre los demás personajes. Y se erigirá como una suerte de enemigo entre las relaciones padre-hija, pero, a su vez, entre los escarceos sexuales del padre con la joven “de vida airada”, Elsa, que a su turno, y como parte del entramado y montaje que prepara Cecilia, se divertirá en cama, en la playa, o en el bosque, con Cyril.

 

Dentro de las claves de la novela, podrían estar la lectura que ha hecho Cecilia de Bergson, apenas sugerida, aunque hay alguna cita explícita del autor de Materia y memoria, y la capacidad para la práctica del placer que tiene la narradora, “mejor dotada para besar a un muchacho al sol que para sacar un título”, según sus propias palabras. Su despliegue e inclinación hacia las sensaciones fuertes, las combinará con sus dotes para preparar “conspiraciones” en contra de Ana, a la que se ve como una presunta enemiga del equilibrio padre-hija. Y entonces, la muchacha, tremenda en las artes del separatismo, comienza su labor de zapa contra la señora Larsen y la preservación de su papá, como un viudo que no debe casarse con una mujer de su misma edad, porque dejaría de “pertenecer a esa categoría  de hombre sin fecha de nacimiento”.

 

Claro, en el padre hay, de modo a veces inconsciente, un afán por mantenerse joven, o, al menos, por aparentarlo. Su relación casi deportiva con Elsa (juguete sexual de Raimundo) le da energía, lo mantiene en estado de libido despierta y atenta; con la veterana, en cambio, se trata más una atracción entre maduros, que incorpora, aparte de lo físico, que en este caso no es lo prioritario, asuntos mentales.

Elsa, por ejemplo, es la ninfa, la joven provocadora y provocativa, la que tiene infinita energía sexual; mujer del “amor-dinero”; Ana, la señora, un ser del orden y la experiencia de lo vivido. Por eso, Cecilia, que ve en la novia de su padre una amenaza, un estorbo “para amarme a mí misma”, una talanquera entre “el amor incestuoso por mi padre” (Cecilia es consciente de esta situación), va mellando la proximidad entre Ana y Raimundo, y para eso se servirá, cómo no, de Elsa y Cyril. Con este último, la muchacha mantiene relaciones carnales de altas temperaturas. Como el calor del verano.

 

Y después de todo, en la novela dónde está la tristeza, no tan evidente, y que se sugiere desde el epígrafe (un poema de Paul Eluard, La vida inmediata), se nombra en las primeras frases de la obra y vuelve a aparecer, al menos en lo verbal, al final de la novela. Cecilia, según lo confiesa al comienzo, conocía el arrepentimiento, el fastidio y hasta el remordimiento. “La tristeza, no”. El lector se encontrará al final con que lo que le sucedió a Ana, tendrá ciertas repercusiones en la memoria, en los recuerdos de la narradora y en la salutación final de “Buenos días, tristeza”.

 

En la obra, que es una exaltación del hedonismo material, se podrán esculcar los bolsillos del tejido novelístico en cuanto a la presencia de la culpa y cierta expresión, no muy categórica, del remordimiento. Sin embargo, ni lo que le sucedió a Ana (¿accidente o suicidio?), ni el peso de los recuerdos sobre un verano de ardores en la piel y en la mente, hará mella en la mentalidad y modos de ser de dos burgueses de alto turmequé, que viven más por estar siempre en los goces vitales que en posibles arrepentimientos y actos de contrición.

 

La aparente superficialidad de la novela, su aspecto engañoso, se va desmoronando en la medida en que las artimañas de Cecilia para que, en últimas, Ana no se case con Raimundo, triunfan y la obra camina otra vez por los senderos del placer, sin que la pena ni la culpa vayan a provocar desmoronamientos en unas existencias cultivadas para el goce y las comodidades. Hija y padre no necesitan, en últimas, de nadie. Se bastan a sí mismos. Y las posibles interferencias que puedan alterar esa condición, no sobrevivirán.

 

Françoise Sagan, niña terrible y precoz de la literatura francesa de la segunda mitad del siglo XX, no pudo con su éxito inicial y sus demás libros (novelas, guiones, piezas teatrales) no alcanzaron la dimensión de su novela iniciática. Quizá no pudo sobreponerse a la fama abundante que le dio Buenos días, tristeza, ni al alcoholismo y el uso de drogas, ni a los juegos de azar y la vertiginosidad en los carros. Tal vez haya escritores que solo necesitan una sola obra para permanecer. Su educación se basó en la lectura de Gide, Camus, Eluard, Sartre, Rimbaud y Proust.  Y tuvo el acierto de no ponerse a novelar el trabajo, sino el ocio. Dicen que con la publicación de Buenos días, tristeza, terminó la posguerra en Francia. Su autora nació en 1935 y murió en 2004.

 

 

(Bonjour Tristesse, Françoise Sagan. José Janés, Editor, 1954. Traducción de Noel Clarasó, 192 pag.)

Afiche de la película de Otto Preminger, basada en la novela de Françoise Sagan.

Zazie en el metro (o de cómo una niña envejece en París)

Por Reinaldo Spitaletta

 

El espectador, mediante los efectos de un travelling, se acerca a París, montado en un tren. Los rieles corren; la vista, también. Y de pronto, aparece otro tren en dirección contraria, para reafirmar que se trata de una activa ferrovía y que es probable una insinuación: el que llega también se puede devolver. Y tras el acercamiento visual, surge una estación, una plataforma con gente que espera y que, por lo demás, huele mal, porque en París, según dicen  los periódicos que cita un personaje alto, que sobresale entre los que están expectantes, la mayoría no se baña, porque apenas el once por ciento de los pisos tiene “cuarto de baño”.

 

Aunque, claro, entre tanta peste, el hombre alto dice que hay maneras diversas de lavarse, pero los que hay allí son guarros, gente desaseada, cochinos. Hay aglomeración, la misma que aprovecha un carterista enano para esculcar al tipo que ha sacado un pañuelo para taparse la nariz. Una mujer interroga de dónde brota esa porquería, y el hombre bien trajeado contesta que se trata de un perfume de la casa Fior.

 

Zazie en el metro, un filme de Louis Malle, estrenado en 1960, es una adaptación cinematográfica del libro del mismo nombre del estilista Raymond Queneau, un extraordinario experimentador del lenguaje que, a su vez, en la novela satiriza la civilización, el esnobismo parisino y llega hasta cuadros surrealistas que adoba con palabras callejeras y de los bajos fondos. El tío Gabriel, que de él se trata, sigue a la espera en la estación y ya ha visto a su hermana que corre, como enloquecida, por la plataforma atiborrada de gente y él abre los brazos, con la esperanza de que ella se abrace a su corpulencia y elevada estatura, pero la mujer pasa de largo hasta aterrizar en los brazos de un sujeto que la aguarda, la carga, la jonjolea y le da vueltas como si fuera un frágil maniquí o una muñeca sexual.

 

Y mientras la hermana y su amante parisiense están en la saludadera, de abajo se escucha una vocecita infantil que dice que el hombre debe ser el tío Gabriel, y la que se convertirá en todo el filme en una auténtica plaga (también en un ser perseguido), una chiquilla muy despierta y mal hablada, aparece con su carita de “yo-no-fui”, ojos de picardía, dientes separados, motilado redondo a la capul y con unas ganas desbordantes de montar en el metro de París, sin saber todavía que el día de su llegada hay una huelga.

 

Zazie en el metro (y la muchachita, en rigor, no logra viajar en ese medio de transporte) es una película frenética, con movimientos rápidos de cámara, con chistes visuales y una mezcla de surrealismo patético y de burlas a los modos de organización y vida de una metrópoli loca.

 

Zazie, que ante todo quiere ir a casa de su tío en el metro, y que ya sabe que su mamá se ha quedado con su amante en la ciudad, y que por eso la mandó a hospedarse donde el hombre que por lo demás es un bailarín de cabaret (“bailaora española”), hace pataletas, ofende a un taxista amigo de Gabriel y sale corriendo en busca de una de las entradas al subte, y se topa con las puertas cerradas y los avisitos de “huelga”.

 

La llamada Nueva Ola francesa (Nouvelle vague), un movimiento estético cinematográfico que surge a fines de los cincuenta, auspiciado por la revista Cahiers du Cinéma, se erige como una reacción a lo que sus promotores denominaron “viejas estructuras” del cine de ese país, y que tuvo entre sus mentores y directores, entre otros, a François Truffaut, Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Jacques Rivette y Alain Resnais. Y en ese combo estelar aparecerá Malle, que años más tarde brillará, por ejemplo, con filmes como Adiós, muchachos (también titulada Adiós a los niños), Lacombe Lucien (con guion compartido con el escritor Patrick Modiano) y una adaptación de un drama de Chejov, Vania en la calle 42.

 

Zazie en el metro es una comedia que apela al absurdo y al disparate, y que expone la ciudad para que sea una niña la que la observe y recorra con todas sus posibilidades imaginativas y picardías de pelada inquieta, en la que, a su vez, se va a sentir desolada en un mundo hostil de adultos. Entre los cuestionamientos del filme están asuntos conectados con la pedofilia y con juegos de palabras que sugieren, por ejemplo, un aparente homosexualismo del tío Gabriel, “el mejor bailarín de París”.

 

Zazie se filmó como una película provocadora, una crítica a la sociedad parisina y una muestra picante de vanguardismo. Sin embargo, para los ojos del siglo XXI estos que pudieron ser atributos en su tiempo se diluyen, tal vez porque tuvieron más intenciones de ir en contra del cine convencional de entonces que de una exposición de ideas y cuestionamientos ideológicos. Por eso, quizá, algunos han dicho que es un filme que no ha envejecido bien; es decir, que muchos de sus discursos e imágenes no resistieron el paso del tiempo.

 

La obra puede pecar de atiborramiento de sucesos, de exceso de chistes “gráficos” (gags) que, a lo mejor, pudieron ser una virtud del cine mudo. Pero que chillan en el sonoro. Como sea, tiene momentos simpáticos que, además de risas, pueden producir reflexiones en torno a la infancia, el matrimonio, el adulterio, la viudez y la labor de la policía. El final, en cualquier caso, es una muestra de hondura y un indicio doloroso de que la infancia puede terminarse en poco tiempo. Zazie, la niña que quería montar en el metro de París, cuando está de regreso a su casa acompañada de su madre (que ya se había refocilado con su amante), puede que le pase lo que a un personaje de un cuento de Kafka: se le dibujará alguna arruga en la frente infantil. Presagio de que la niñez se está esfumando.

 

(Reseña para Huellas de Cine, cineclub del Centro de Historia de Bello)

Fotograma del filme Zazie en el metro, de Louis Malle

Un álbum para antes del olvido

“Vivir es cambiar,
en cualquier foto vieja lo verás”.

Homero Expósito (Chau no va más)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.  

Lo abrió con disimulada expectativa y vos estabas ahí, sonriéndole, mirándole muy a la cara, con esos ojos fijos, sin torceduras, y él como hipnotizado (¿o sería idiotizado?), sin poder desviar los ojos de los tuyos, aprisionado a tu recuerdo, señalado por una memoria ineludible, de la cual solo es posible escapar al voltear la hoja, y ya entonces no eras vos, sino otra, más días en tu piel, pero con esa misma manera de mirar, y él otra vez, como atado a tu figura, fue pasando más páginas, y en todas, vos, inevitable, guiñando un ojo, sonriendo cual niña que acaba de cometer una pilatuna, o estrenando una morisqueta de payaso callejero, o vestida a lo colombina, o con un traje blanco y unas flores marchitas en las manos, o yendo hacia el porvenir en una bicicleta, o persiguiendo una invisible mariposa, vos regada por todo el álbum con tu presencia devastadora, y él concentrado, buscándote en cada foto, en aquella donde estás sentada sobre la hierba, en la cual se adivina el olor a verdores, a mañanita; en esa otra, tu rostro en primer plano, atrás un paisaje difuminado, poca la profundidad de campo; y él sumido en el embeleso, devolviéndose como en un cuento de Carpentier, intentando asir el tiempo, lo inasible, y voz en la página siguiente, siguiendo unas huellas en la arena, sintiendo el viento en la cara y el sol en todo el cuerpo, y una risa, la tuya, detenida, y él deteniéndose en esa inmovilidad, sabiéndote lejana, sin vuelta…sin regreso.

 

2.

El álbum tiene un misterioso parecido al museo, por su capacidad de conservar. Es la morada de cosas y seres que ya no son. Es el depositario de un transcurso. En el álbum se captura al tiempo, se le obliga a permanecer inmóvil, testimonio de un instante. Es una historia. Se quedan en sus hojas partes de alguien, un gesto, una caligrafía, un cachito de pelo, la esquela perfumada de días de ensueño, el fragmento de un romance, un pie de foto para explicar una imagen desvanecida. Una parte de la intimidad se guarda en esos libros de hojas blancas, una parte de la existencia se estampa ahí, como un modo de la permanencia, de la lucha contra la fugacidad.

 

En la Grecia y Roma antiguas —otra vez una imagen de museo—  álbum era toda superficie blanca sobre la cual se escribían con pintura roja o negra (que son los muy atractivos colores del infierno) los edictos o documentos públicos y, por extensión, se denominaba así a cualquier lugar destinado a la colocación de anuncios de interés colectivo. Más tarde, se designó de la misma manera a cualquier cuaderno en el cual se consignaban notas de viajes, impresiones, anotaciones históricas, frases célebres…y, en la farmacopea de antes, álbum era el nombre genérico de varios ungüentos empleados en medicina, como el album graecum, que era la parte blanca y seca de la mierda de perro, muy rica en fosfato de cal.

 

Claro que había unos álbumes que uno amaba tanto. Eran aquellos de colección de laminitas, unas de historia natural, otras de luchadores mexicanos, o esas tan luminosas de artistas cinematográficos, que mostraban a la sonriente Kim Novak y a la muy lujuriosa Marilyn, al lado del rocanrolero Elvis o del pistolero John Wayne. En los álbumes de entonces uno podía saltar del lomo de un dinosaurio a los atributos físicos completos de Claudia Cardinale. El poder de la evolución. Álbum, otra manera de la arqueología y de la apolillada preservación de recuerdos.

 

3.

Y él, después, ¿o sería antes?, te quiso ver en una suerte de reversa: vos con la piel ajada, mostrando, sin embargo, rastras de tu antiguo esplendor, a horcajadas sobre un caballo blanco, de esos de tiovivo, calesita musical, la risa toda dispersa por el paisaje, los cabellos derramados; en otra imagen, vos, claro, con un trajecito de zaraza, que aumentaba tu frescura, y él, alelado, embobado, observándote despacio, como desplazándose mentalmente hasta vos, hasta tu tiempo más reciente, tu fisonomía enniñeciendo, vos con una muñeca, vos con una cintilla verde (bueno, él supone que haya sido de ese color) recogiéndote el pelo, vos jugando en una ronda sin fin con otras chicas, vos saltando el lazo, vos con tu mamá, vos con tu hermana, y él aferrándose a una historia en esas hojas que fueron blancas, en esas hojas tan repletas de vos, de tus pasos, de tu sombra, de tu figura que él jamás dejará de mirar, condenado a sufrir tu ausencia. Ahora, él comienza de nuevo y pasa a la siguiente hoja…

 

En el álbum, el futuro no existe. Chau, no va más.

 

(Del libro Estas 33 cosas, publicado por la editorial UPB, 2008)

Boronía, Fermina Daza y la cara de mamá

(Un recorrido por berenjenas, sabores caribe y plátanos maduros)

Por Reinaldo Spitaletta

 

La berenjena, que tiene color de luto y suena a arabidades, ha tenido mala prensa. Se dice que el amargor no se lo saca nadie, que es venenosa, que puede dar dolor de cabeza, que eso no es comida. Y así. En Antioquia, por ejemplo, nunca gozó de atractivos culinarios ni siquiera como un fruto con posibilidades de llegar a la buena mesa, ni a ninguna. En ocasiones, y solo porque se escuchó decir, se utilizó como adelgazante y se le negó su facultad de exquisitez y de aportadora a la nutrición personal.

 

Pero más allá de sus propiedades medicinales, la berenjena es una invitada gastronómica de lujo, pero, a su vez, de la cocina popular, más que todo en el Caribe, y, desde luego, en países asiáticos, de donde parece ser originaria. Se le atribuye su cuna a la India, aunque el nombre es árabe y a través de esta cultura penetró en España, y para completar el ciclo, los españoles la introdujeron, en tiempos de conquistas y colonias, a América.

 

Con la berenjena se pueden preparar tortillas, escabeches, tartas, salteados, rellenos, empanadas, conservas, milanesas, hamburguesas, lasañas, pero, sobre todo, y de ahí mi interés por esta nota sobre el magnífico fruto, la boronía, una mixtura caribeña, más que todo cartagenera, y que en casa, donde hubo dos culturas: la costeña y la paisa, se convirtió en un plato no solo de sabrosura, sino de emergencia.

 

Mamá, una señora del oriente antioqueño que vivió varios años en La Heroica, que trabajó en el Hospital Santa Clara (antes monasterio y ahora hotel), que se casó con un cartagenero de ley, aprendió a preparar dulces y platos diversos. Sopas a granel. Arroz con coco. Con frijolitos cabeza negra. Con fríjoles morados. Arroz marinero. Mote de queso. Y otras delicias. La berenjena siempre estuvo en casa, y aunque no había preparaciones diversas, la más frecuente (mejor dicho, la única) era cuando se mezclaba con plátano maduro, ajo y mantequilla, en un plato que, como dije, era más una salida de emergencia que una receta de alta cocina.

 

Plátano muy maduro, sancochado, y berenjena machacada tras hacerle un proceso inteligente de extracción de las amarguras, en una combinación que pasó a la historia familiar como un emblema de tiempos en los que había escasez y lo más accesible eran, en las plazas de mercado, los plátanos y las despreciadas berenjenas. Cuando mamá las iba a cocinar, anunciaba desde la víspera: “mañana habrá boronía”. Y como con tantas repetideras e insistencias ya no había emoción ni sorpresa, entonces ella, como parte de los adobos, nos contaba historias en la mesa.

 

Eran relatos que ella se inventaba, tras haber leído en su juventud, los cuentos de Las mil y una noches, y escuchado en su casa paterna historias del Tío Conejo, Sebastián de las gracias y consejas de arrieros y otros peregrinos. Una mezcla explosiva, que nos mantenía en vilo mientras comíamos la boronía dulzona y amable. A veces, por no dejar, advertía que eso era lo que comía el genio de la lámpara de Aladino, y que en alguna isla perdida sirvió de alimento distinguido al gran Simbad el marino.

 

La berenjena, en todo caso, estuvo presente en la infancia y adolescencia, en su única versión a la cartagenera, porque, que recuerde, mamá no la preparó de otras maneras. Siempre acompañada del “maduro” y a veces con cebolla y pimienta. O, por darle otra presencia y gusto, con trocitos de carne de cerdo o entrañas de gallina. Hoy, cuando se ha descubierto de las propiedades antioxidantes y del retraso del envejecimiento que puede proporcionar el consumo de esta solanácea, la berenjena ha penetrado en muchas partes, con su moradez exterior y sus claridades internas.

 

La literatura le ha abierto espacios. Y, para no ir muy lejos, García Márquez, que por lo demás era un degustador de la boronía, la introdujo en El amor en los tiempos del cólera. A Fermina Daza le chocaban las berenjenas desde niña y antes de probarlas, “porque siempre le pareció que tenían color de veneno” y porque, además, cuando tenía seis años, su padre la obligó a comerse una cazuela que estaba prevista para seis personas. Jamás olvidó los vómitos ni el sabor de la berenjena molida.

 

Mamá, que tenía imaginación para preparar muchos platos, con ingredientes fáciles de conseguir y con visitas permanentes a la plaza de mercado de Bello o a la de Cisneros, en el viejo Guayaquil, no le echó mucho cacumen a la berenjena: no las hizo rellenas (que se pueden rellenar de carne, verduras, pollo, mariscos, arroz, gambas, langostinos y un largo etcétera) ni a la napolitana ni a la boloñesa ni a la egipcia. No. Solo con plátano maduro y así la boronía pasó a ser parte de la historia culinaria del núcleo familiar.

 

A veces, cuando siento el olor del plátano maduro hervido, en el aire flotan berenjenas que bajan a la mesa y se mezclan con la dulzura amarilla y los aromas del ajo y entonces la cara de mamá, muy sonriente, reaparece en la memoria.

El blandengue

Por Reinaldo Spitaletta

Tiene si acaso uno sesenta de estatura y ya su cabeza parece la de un fraile franciscano que hace años está dentro de las paredes de un cenobio. El bigote blancuzco, que parece pegado a la goma, le baila cuando sonríe, que no es que lo haga con frecuencia, sino muy de vez en cuando, circunstancia que le da una apariencia de amargado. Se viste de pantalón de fibras sintéticas y nunca usa bluyín. Tal vez, porque considera que es una prenda que uniforma y a él, se la escuchado decir, no le agrada parecerse a nadie. Tampoco se le conocen zapatos deportivos, sino formales, los que, incluso, cuando va a dar una caminada de recreación, se le notan raros y los que van junto a él se sienten incómodos, se les ha escuchado decir. Si ríe, que es toda una ceremonia, escasa y solemne, se riegan en el ambiente como chillidos de ratones, o, también han hecho la analogía, como si fuera la risita de una bruja subdesarrollada.

 

Las camisas son de tela ordinaria, manga corta, sin diseño. Y él cree que le dan distinción, porque así lo ha expresado, cuando se le ha sugerido que por qué, así, de vez en cuando, no luce una camiseta de algodón, que incluso le daría aspecto más juvenil. Se rebajaría años. Mira a quien se lo insinúa,  con aire de desazón y —se le nota en el brillo de sus ojos pequeños— hasta con desdén. Da la impresión de tener aires de superioridad. No habla muy bien y comete errores no solo de dicción, como tragarse las ces, en palabras como acción, octavo, y también las pes en aceptar, adoptar, y así. Una calamidad.

 

Trabaja en un despacho oficial en el que se entiende con asuntos públicos de salubridad, sin ser él nada que lo haga un perito en esos saberes. Estudió una carrera conectada con las ciencias sociales, y, por influencias políticas, lo pusieron en donde está hoy. De joven, tuvo inclinaciones de izquierdista, se le vio en manifestaciones contra el alza del transporte y por mejores servicios públicos. Tuvo calenturas de irse al monte a probar suerte con insurgentes, pero desistió. Más bien, le dio por lecturas de ideólogos chinos y rusos, se inició en las líneas de una escuela francesa de historia, y probó en teorías evolucionistas a ver si daba con el origen de su estatura escasa. “Algo tuvo que cortarse en el desarrollo de mis antepasados y a mí me tocó la peor parte”, se le escuchó decir una noche en un café de intelectuales de pueblo, en el que sonaban canciones de alzamientos populares y utopías.

 

En la oficina, cuando le corresponde tomar decisiones, se torna inseguro, y más bien consulta con la secretaria, a la que le pide opinión. Era y es un burócrata disciplinado, que cumple a cabalidad con los horarios, incluso si las resacas lo agobian o si todavía están presentes los síntomas de la ebriedad. Es condescendiente con los jefes, a quienes siempre les dice que sí a todo lo que piden, no importa si sus órdenes van en contra de los intereses de la gente. Para eso está él ahí, para cumplir. Así es su actitud. No discutir por ningún motivo con los superiores; y tal vez por eso, algunos de sus subordinados creen que a veces se traga las palabras, tal vez porque le faltan agallas, de acuerdo a lo dicho por una muchacha del despacho. Sigue los horarios al dedillo, y a veces, sin necesidad, se queda más de lo requerido en la oficina.

 

De joven practicó la natación. Para el fútbol era negado. De esto se supo porque un hermano suyo lo declaró en alguna cantina, que sus padres le recomendaron jugar baloncesto “a ver si crecía”, pero a él le pareció que, precisamente, por ser tan pequeño no era el indicado para esas justas. Aprendió a bailar cumbias y porros, con unos pasitos delicados, más bien sin sabor, pero lo suficiente para invitar a salir al ruedo una que otra muchacha. Se casó a los veintidós años, porque, pese a vivir en una casa con siete hermanos y sus papás, se sentía solo. Fracasó en su matrimonio, porque no aguantó más la rutina de obedecer a su mujer, que fue ella quien contó en una fiesta que a su marido, mejor dicho, a su “ex”, le faltaba carácter.

 

Lo del carácter nos quedó sonando a varios de sus conocidos, porque, en efecto, ya era sabido a múltiples voces de sus debilidades, su ineptitud para defender puntos de vista que pudieran ser justos, reivindicativos, y más bien, tiende a inclinarse, a estar de acuerdo con las apreciaciones de los jefes. Dice “sí” cuando lo correcto es pronunciar un “no”. Se ha afamado entre sus allegados como un ser irresoluto, que hay que empujar como a los carros viejos, y así, sotto voce, se dice, al avizorarlo a la distancia, con sus pasitos de indecisión, “ahí viene el pusilánime”.

(…)

 

Cuando lo echaron del puesto, se quedó sin trabajar largos meses. Ofrecía dictar seminarios acerca de la historia de las emociones, pero nadie le hacía caso y, en cambio, hacían muecas de incredulidad. En algunas noches, se iba al bar de los revolucionarios de otros días, casi todos trabajadores del gobierno, a ver si lo convidaban a cervezas. A veces, y más por una lástima encubierta, lo aceptaban en las mesas. Él, ahí, entre viejos excamaradas, hablaba de los días cuando se reunían bajo cuerda a conspirar (un término muy usado entre jóvenes de hace años que más que rebelarse contra el padre, querían hacerlo contra el Estado), reían y luego lo miraban con desgano y como si fuera un desconocido. Le quedaron faltando pocos años para obtener la jubilación, porque, al parecer, y eso es lo que circuló en bares y corrillos, no demandó a los patrones y más bien dejó que el mundo siguiera andando, que él no estaba para hacer nada que se opusiera a la rueda de la vida y al girar de la tierra. Eso es lo último que de él se supo.

Truman o la amistad sin límites

(Comedia dramática que hace llorar y reír)

“El propósito de la amistad es tener alguien a quien amar más que a mí mismo y por salvar cuya vida diera gustoso la mía”.

Séneca

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

He lamentado, tal vez hasta llegar a un silencioso pesar en soledad, no tener amigos de infancia. Y, en exactitud, son pocos, casi ninguno, los que quedan de los tiempos de juventud —ya un tanto lejana—, de esos días locos y bellos y animados cuando todavía no había que preocuparse por trabajos ni por pagos de renta. La amistad, cultivo de afinidades, complicidad en la angustia y la alegría, es una especie de fortuna, que envidiarían los dioses, seres que, como esencia de su composición, o como castigo, carecen de amigos. Tienen adoradores; no alguien que los ame más que a sí mismos.

 

Los amigos (escribía Cortázar) están en el tabaco, en el café, en el vino. En las horas amargas, en los días oscuros, en el brillo de los triunfos. Un tango desesperado, y tal vez sabio, habla de una verdad de dolor: “amigo de verdad es el alcohol y nadie más”. Un señor que duró más de ochenta años (y durar, como decía Manuel Mejía Vallejo, no es ningún mérito) dijo poco antes de morir que nunca había tenido un amigo. Bueno, quizá fuese un huraño. O no pudo desprenderse de su egoísmo. O, cabe la posibilidad, quedó decepcionado de los que decían ser amigos.

 

Estos liminares, un poco a la topa tolondra, sirven para introducir unas apreciaciones sobre el filme español Truman, dirigido por Cesc Gay, con la actuación estelar (vale el adjetivo) de Ricardo Darín y Javier Cámara. La película es un canto a la amistad, pero, a su vez, al amor por un perro (Truman, así se llama la mascota). Julián, actor argentino exiliado en Madrid, sufre una enfermedad terminal y ha decidido no seguir el penoso tratamiento y acortar el camino hacia la muerte. Del Canadá, donde trabaja en una universidad, ha llegado Tomás, su amigo de infancia, a participar en un seminario, pero, ante todo, para reunirse con su camarada del alma.

 

Dos caracteres diferentes: uno, el actor, sanguíneo, pasional, emotivo y franco; el otro, racional, atento a las emociones de su “parcero”, dispuesto a hacer grato el encuentro final que solo durará cuatro días, en los que buscan quién adopte a Truman; van a Ámsterdam a visitar al hijo de Julián, que está de cumpleaños; entran a restaurantes, al teatro donde hasta esos días trabajará el actor, echado por el dueño y productor teatral que, al enterarse de la enfermedad irreversible de Julián, no lo tendrá más en el elenco. Pero la función debe continuar.

 

Llama la atención que la película, con un equilibrio como el de un caminante de la cuerda floja, a punto de caer, pero manteniendo una creciente tensión que se matiza con humor negro, no se despeña por los abismos de lo lacrimógeno ni cae en el sentimentalismo de pacotilla. Y si bien, es capaz de producir en el espectador desgarramientos en su interior, no apela a la demagogia. Darín, en un rol maestro, con una actuación dosificada, pero, a su vez, llena de ironía y de apasionamiento, contrasta con la de Javier Cámara (Tomás), que, como su personaje matemático, mide las reacciones, apenas necesita ciertos gestos y parlamentos para consolidar su brillante papel.

 

Truman es un himno, sin desafines, a la noción de amistad; al encuentro definitivo entre dos amigos que ya nunca se volverán a ver, un toparse de los dos con lo irremediable. Pero sin patetismos ni edulcoraciones. Ambos personajes son conscientes de lo que vendrá. Y, entre tanto, qué pasará con el perro, con Truman, un bullmastiff, de mirar dulce-triste, al que dejan dos días en la casa de una pareja de mujeres gay y al que le espera un final tal vez impredecible.

 

Por otro lado, y como para seguir con Truman, el perro real (que se llamaba Troilo) murió hace algunos meses y el actor Ricardo Darín lloró más de una semana, porque había hecho migas con el animal.

 

No sé si a usted, amigo lector, le gustan los perros o no. Después de ver esta película, con certeza los amará. Y no sé si usted, insisto, sea duro o difícil para el lagrimeo. Pero cuando vea a Truman no habrá manera, ninguna compuerta, ninguna represa, que pueda detener sus lágrimas, por lo que, según he sabido, muchos recomiendan llevar pañuelitos a la sala. Ah, y por lo demás, llorar no hace daño y limpia los ojos.

Fotograma del filme Truman, con Ricardo Darín y Javier Cámara.

Queríamos tanto a Julio

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si hablábamos de boxeo, ahí aparecía el hombre alto, barbado, de manos enormes, el niño que jamás dejó de crecer: Julio Cortázar. Si comentábamos de música, por ejemplo de jazz, ahí estaba él, con su saxofón imaginario, su perseguidor de fraseos con heroína. Si queríamos enamorar a alguna chica, que también llevaba mochila y los labios despintados, le leíamos un apartado de Rayuela, que aquellos días eran de románticas revoluciones y canciones al Che Guevara.

 

Me parece que por aquellas calendas, fines de los setenta y albores de los ochenta, el Cronopio Mayor estaba en todos lados. En el cine, en un parque en el que todavía no abundaban los marihuanos, en los sobacos ilustrados de estudiantes universitarios, en el bus (recuerdo a algunos que lo leían de pie, en el Circular). En la vida. Por allí, alguno se quería parecer a Oliveira, que entonces el sueño de París estaba aún vigente. Por acá, otro era reencarnación de los famas, y alguna muchacha aspiraba a convertirse en la Maga, la uruguayita Lucía, que ni en el patriótico tango aquel.

 

Cortázar estaba en las gotas de lluvia (el aplastamiento de las gotas, algunas de ellas, suicidas), en los trenes muertos que había en los talleres de Bello, en las aulas de la universidad. Los días felices tuvieron que ver con las lecturas de sus obras. Tal vez, lo primero, pudo haber sido Casa tomada, uno de sus primeros cuentos, publicado por Borges en Los Anales de Buenos Aires. Para algunos, la alegoría del polisémico relato estaba en que llegaba la revolución. Bestiario nos puso el mundo patas arriba y sus teorías del cuento nos hicieron leer a Quiroga y Felisberto Hernández.

 

Sí, Julito, como le dicen los argentinos, aparecía en las conversaciones de cerveza. En las discusiones políticas. Es un propagandista de la revolución cubana, advertían unos. Es un heraldo de los sandinistas, comentaban otros. Cortázar vivió con pasión suma no solo la literatura, sino los terremotos sociales, la música, el boxeo… este último con su Torito, Lucas, La noche de Mantequilla, y el dolor que le produjo la derrota de su paisano Nicolino Locche a manos de un nuevo héroe (muy parecido a alguno de los suyos de ficción): Kid Pambelé, rey de los welter junior.

 

“La novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento debe ganar por nocaut”, creo que fue una de sus frases más repetidas en aulas literarias. Pero Cortázar también estaba en la calle, en la continuidad (o discontinuidad) de los parques, en la noche boca arriba, en los cafetines nocturnos. Cortázar, de pronto, se nos volvió cotidiano, precisamente él que decía que en lo ordinario, en lo corriente, está lo extraordinario.

 

El autor de la ilegible obra 62 Modelo para armar, se nos tornó paisaje del alma. A tal punto que lo queríamos más a él que a sus cuentos, sus ensayos, sus poemas, sus cartas. Queremos tanto a Julio, se llegó a decir, parafraseando el título de uno de sus libros. Lo queríamos porque nos introdujo en la piel felina de los gatos, en la patafísica, en el violín-trompeta de Julio de Caro, en la música de Parker y la voz de Billie Holiday. También en sus magníficas traducciones de Edgar Allan Poe.

 

Cortázar, por esos días de llanto de luna, se volvió una suerte de mandala (así se iba a titular Rayuela), de fetiche, de invocación. Había muchachas que se sabían de memoria las cartas que él le enviaba a Alejandra Pizarnik, y muchachos que recitaban fragmentos de Rayuela. Cortázar, el de la “r” francesa, el nacido en Bélgica, el habitante del poblado de Banfield, el de La vuelta al día en ochenta mundos, nos dejó con su muerte en febrero de 1984, un vacío existencial y una nostalgia.

 

Cortázar, el que escribió un verso estremecedor: “Tu sombra espera tras de toda luz”, se murió sin dejar de crecer (padecía el síndrome de Marfán). Los diarios de Argentina registraron el hecho con desgano, mientras los europeos se desgranaban en elogios y pesares. “El último fuego de Julio Cortázar”, tituló Libération; se fue un maestro del relato fantástico, dijeron muchos. El poeta Juan Gelman escribió una carta por la muerte del Cronopio, que termina así: “Siempre sentí que tu amor es infinito. Siempre supe que tu obra nos abriga, que tu mejor obra sos vos”.

 

Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, como “un producto del turismo y la diplomacia”. Era signo virgo. Hoy estamos conmemorando los cien años de su natalicio.

 

(Escrito en Medellín a los cien años del natalicio del Cronopio mayor)

Tangos del tiempo loco

(Por recordar, un tantico, aquello de “quién tiene tu amor”)

Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Hey!, bacán, “fueron años de cercos y glicinas”, ¿sí o no?, te acordás, hermano, “de la vida en orsai, del tiempo loco”, días de estar cerca a las pianolas, tirándole monedas hasta que se atragantaban, para que brotaran voces de honduras, como las de Rivero y Berón, pero también, claro, no faltaba Rufino, ni aquel valsecito cantado por Podestá, que nos ponía a soñar con recuerdos de asfalto, y nos llevaba a caminar por el barrio que nunca dejamos, ¿verdad?

 

Había unos manes con la “frente triste de pensar la vida” y uno no sabía qué decirles, esquiniando; o estaban con la cabeza contra la mesa, como si lloraran a escondidas. Eran días de atardeceres amarillos, cuando la juventud no se había ido, y el percal sonaba con su frufrú atrayente, colegialas pasando por enfrente, falditas a cuadros, medias a la pantorrilla, lindas todas. Y vos ahí, junto a la luz de los neones recién encendidos, viéndolas transcurrir y pensando que un día también, como aquel hombre que tenía la cabeza sobre la mesa, envejecerían. Pero ya para esos días vos no estarías por ahí. Y quizá, en ninguna parte.

 

Eran  días de cafetín, del mismo que en sus mesas aprendimos filosofías, juegos de azahar, manejos de puñal bien brillado. Nos queríamos parecer a un tango, o, más que a esa música inevitable, a algún guapo de canción. Soñábamos, claro, porque a veces solo estábamos para los sueños, soñar y nada más, qué tanto daba. No pensar en trabajos, que trabajar no era para nosotros, garufas, muchachos muy divertidos. Nada de perder el tiempo en trabajos. Nada de pensar en fábricas ni en tornos de mecánica.

 

Era un tiempo sin medida, que pasaba y pasaba, pero de eso no nos enterábamos. Para qué, si había voces que nos decían “si soy así ¿qué voy a hacer? Nací buen mozo y embalao para querer”. Y en ocasiones, estábamos en esas, metidos en un café de barrio, escuchando, por decir algo, aquello de “Trasnochando como todo calavera”, o al viejo Ángel Vargas con su bruja, que había no sé quién que lloraba cuando escuchaba aquello de “La bruja, que ayer fuera reina de todo mi ser, hoy, roto el encanto, no es más que mujer”. Pero el encanto del bar, ni el de las voces, ni el de los vasos con cerveza, ni de los pocillos de tinto, nada de eso se rompía.

 

Un día, se escuchó la voz de Godoy, con una orquestita de pipiripao, como me acuerdo que dijo el Negro Ricardo, que era un tipo duro para la tanguedia, y también para el baile tropical, y se escuchó, digo, con aquello de “aquí estoy, ya nada valgo, soy apenas un pasado, un pasado bullicioso que arrasara tu maldad”, y el grone quebró, ahí sí, con rabia, un vaso, y dijo que ese man no vocalizaba y se armó la de dios es cristo, porque del otro lado del bar, estaba no sé quién, creo que era un man de Prado, de los que frecuentaban el Torrente y el Viejo Café, y advirtió que si no le gustaba que bien se podía ir de allí, o que salieran a la acera, para no hacer quedar mal la cantina, a darse golpes o puñaladas.

 

El Negro Ricardo se echó a reír, y dijo que no se iba a hacer matar por un cantante de montoneras y que para él eran más dicientes Enrique Campos con Tanturi y Jorge Ortiz con Biagi. Bueno, no pasó nada, porque por allá nadie estaba para darse faconazos, o dejar navajas clavadas en barriga ajena, que más que todo se usaban, mejor dicho, se mostraban, se exhibían en una faena de limpieza de uñas y tal vez para que los otros supieran que esa también era una manera de “mancarse”, por si las moscas.

 

Lo que sí llamó la atención una noche, cuando el mismo Juan Carlos Godoy estaba interpretando su canción insignia, o por lo menos, la que sonaba todas las jornadas por aquellos andurriales, de “quién tiene tu amor ahora que yo no lo tengo” es que se vio al Negro Ricardo llorar, tras haberse tomado no sé cuántos aguardientes, porque, según se rumoró, le habían puesto una cachamenta que lo tenía al borde de una tragedia, pero no la de matar a su exnovia ni al amante de aquella, sino de tirarse de un quinto piso

 

Verdad que aquellos fueron tiempos locos, de revoltura de tango con canciones de pelo largo; de quedarse unos y otros ejerciendo la amistad con bandoneones y guitarras eléctricas, una mazamorra de acordes, de letras poéticas que nos ponían a llamar muchachas cuyos nombres flotaban en el adiós, con aquello de “cuando me besas yo no lo niego… donde yo soy juguete del azar… y en tus manos soy el títere profano con sueños vanos de querer…”, que no sé quién muy culto o muy posudo decía que éramos todos “un juguete del destino”, como en Romeo y Julieta.

 

En todo caso, con el tiempo transcurrido (gastado), llegaron los recuerdos. Los bares aquellos ya no estaban, tampoco los muchachos de entonces, ni el Negro Ricardo, ni las colegialas de medias largas. Todo se había ido, como en un tango: “Dónde estarán Traverso, el Cordobés y el Noy, el Pardo Augusto, Flores y el Morocho Aldao”. No supimos nunca quién tenía el amor de aquella muchacha. Todo, volvía a decir un cantor eterno, se lo ha llevado el almanaque. Y con los años, la voz gangosa de un poeta ciego nos lo corroboraba: ¿Dónde estarán? pregunta la elegía / de quienes ya no son, como si hubiera / una región en que el Ayer, pudiera / ser el Hoy, el Aún, y el Todavía”.

Pintura de Franco Iturraspe

El dómine

Por Reinaldo Spitaletta

Parece, según dicen lenguas viperinas, que en otro tiempo era tartamudo y se propuso curarse el defecto, mas no como Demóstenes; y en vez de echarse arena o gravilla en la boca y ponerse gritar al frente del playón de una quebrada (riachuelo, dirá él), se empeñó en leer diccionarios para aprender las palabras más raras —otros llaman rebuscadas— a fin de impresionar a sus posibles oyentes, y, sobre todo, con el afán de dar a entender que se está tratando con un erudito en la lengua y un elegante en el decir. De tal modo, emplea lo más granado del repertorio palabril, sin caer en populismos, y menos todavía, en demagogias verbales (así dice). Para darle más caché a sus intervenciones, vocaliza con exageración y da la idea de que sus dientes saldrán disparados o que su lengua se podrá salir hasta quedarle colgando, casi a guisa de corbata.

 

Entona con prosopopeya, y siempre buscando no caer en lo prosaico, las frases con modulaciones, notas altas y bajas, luego mantiene una línea sonora, cuidándose, eso sí, de no incurrir en monotonías. Cuando saluda (y él escoge a quién), acompaña las palabras con movimientos discretos de cabeza, medio sube el mentón y entorna los ojos. Le interesa no parecer vulgar, lo ordinario lo descontrola y desprecia a aquellos que usan lenguaje simplón y aumenta su desdén cuando escucha habladurías de verdulera o de tienda sin mucho surtido.

 

Sabe de gramáticas, bueno, es lo que dice, se concentra en sintaxis y siempre intenta, y a fe que lo consigue, hablar con el orden lógico, nada de hipérbaton (es su expresión), que da a entender tal desorden que no se piensa al emitir un discurso. Uno debe —dice— utilizar palabras que no son del uso común, porque, además de mostrar conocimiento del idioma, puede darles a los otros elementos para que eleven su nivel de dicciones y parlamentos. Sí, señores y señoras, la lengua es rica y nada más agradable que estar esculcando el diccionario para ponerlo a actuar en conversaciones. Así dice, cuando se le pregunta por qué no usa un lenguaje más asequible, mirá que podés ser más amigable y llegar a más gente. No, ni riesgos, esas recomendaciones no las atiende y se molesta cuando uno, o cualquiera, le pide que le explique cuáles son los significados de las palabras, es decir, de buena parte de las que acaba de articular.

 

—Qué es eso de acentuar y conjugar a la bartola verbos como mirar, poder, meter y así hasta casi el infinito: no digan mirá, besá, abrazá, meté, no, qué horror, no castiguen la lengua. Así no se habla.

 

Para hacer un retrato más cabal del señor alto, regordete, mofletudo y de zapatos muy bien embolados, es interesante saber que su léxico se enriquece a diario, y así como ahora utiliza, por ejemplo, para decir “vamos a la puerta”, él hace giros y advierte que suena mejor pronunciar: “acerquémonos con sigilo y asomemos nuestras anatomías, incluidas nuestras almas, al umbral con dinteles y marcos y jambas, que, si observan con cuidado, está descaecida su pintura y es hora de otorgar una capa de esa sustancia cuya textura, muy espesa si no se le ha mezclado disolvente, se estila para darle color a esta parte de la casa que se llama…, ¿se acuerdan en la edad primera de una adivinanza?: María va y María viene y en un punto se mantiene”.

 

Le gusta que su modo de hablar esté acorde con el vestuario. Casi siempre, y así haya solazos, calores y sofocos, está de corbata, saco y pantalón con rayita bien delineada. Las camisas, de fina tela, casi siempre claras, tienen botonaduras forradas o brillantes, según el caso. Los puños rígidos, con mancornas. Se realiza el corte de pelo cada quince días (eso dice), porque hay que estar impecable por dentro y por fuera. Nunca se le ha visto de pantaloneta o sudaderas, y se cree que jamás ha pateado un balón o se ha puesto a corretear en una manga. Le parece una vulgaridad el fútbol y se mantiene muy acongojado (esto cuando escucha la radio) con casi todos los programas, por “la pobreza verbal de los locutores y porque casi todo está hecho sin gusto”. Siempre mantiene libritos en los bolsillos de la chaqueta y dice que si hubiera podido, cuando era apenas un retoño fresco y pleno de lozanías, haber estudiado en un seminario sería hoy un sacerdote de postín con una enorme capacidad de llegar a la feligresía con palabras finas, como una especie de antídoto contra el venenoso pecado.

 

Algunas señoras, cuando él da la vuelta, sueltan risitas y se riegan a decir “qué tipo tan fastidioso”. “¿Qué se creerá?”, “¿acaso es de mejor familia?”, “¡qué plomazo!”. Y así por el estilo, abundan las resistencias contra su presencia “llenadora” y su impostada finura. No ha faltado el que, con la certidumbre que le da el saber sin pretensiones, afirme que se trata de un lechuguino postizo, un dandi sin pedigrí, un posudo de mierda que tiene complejo de superioridad, vanidoso, vacío y sin fondo. Cada vez, el verboso pierde cartel en el barrio (al que, en general, él desprecia) y los muchachos del vecindario ya lo tienen como un atorrante, al que un día sería bueno (se rumora) mandarle a algún desvergonzado a que le recite todos los insultos callejeros que en el mundo han sido.

 

 

 

 

 

Rubén Darío, el poeta del clave sonoro

Por Reinaldo Spitaletta

 

No era, según él, un “poeta para muchedumbres”, sin concesiones, sin facilismos ni demagogias. Pero, es, sin embargo, un poeta que perdura en la memoria colectiva, en la cultura popular. Pasa, digamos, y valga la hipérbole, como con los personajes de Cervantes: casi todo el mundo, por no decir todos, saben algo o mucho de Sancho Panza, del ingenioso don Quijote, de Rocinante, aunque, huelga anotarlo, no hayan leído la portentosa novela de don Miguel. Pero, digo, a alguien se le zafa, por ejemplo, “Margarita está linda la mar…” y otro, casi que al tiempo, y como complementador del poema, agrega: “…y el viento lleva esencia sutil de azahar”.

 

Y hasta en plaza de mercado, en almacén o cantina, a algún parroquiano se le oye decir, y más si ya está entradito en años, aquello de “juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver…”, o, por qué no, con aire épico “¡Ya viene el cortejo! / ¡Ya viene el cortejo, ya se oyen los claros clarines. / La espada se anuncia con vivo reflejo; / ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines”. Sus poemas, fragmentos de ellos, apenas unos versos, regados por escuelas y asilos; por la memoria de los que ya tienen muchos años y el olvido hace parte de su cotidianidad, mas no olvidan al poeta, y por los que poca edad tienen, y apenas están descubriendo el mundo: “¿Cuentos quieres, niña bella? Tengo muchos de contar: / de una sirena del mar, / de un ruiseñor y una estrella…”.

 

Penetrar en el corazón del pueblo debe de ser para el poeta su máximo logro. Su aspiración cumbre. Que la gente lo reconozca, que su canto haga vibrar corazones y postular pensamientos. Una conquista. Una manera de permanecer. Que olviden su nombre, pero no lo nombrado. Y, dice uno, por algo de ello sobrevive el vate nicaragüense, universal, Rubén Darío (1867-1916), sin el cual no existiría, por ejemplo, la Generación del 27 en España, ni el musical García Lorca, ni aun el doloroso Miguel Hernández. Ni Vallejo ni Neruda. Un continuador, en otras esferas, del estadounidense Whitman y del francés Víctor Hugo.

 

Ser poeta, digo sin mucho fundamento, es cuestión de oído. Bueno, en alguna proporción, porque, claro, en otros aspectos, debe tener tantísimos elementos de cultura, de historia, de geografía, de conocimiento del ser humano. Rubén Darío, o sea, su poesía, suena, es música, plena de arpegios, de acordes, y, como en el caso de las jitanjáforas, aunque no signifiquen, atraen por sus sonoridades. Y, pruébelo usted mismo, amigo lector, diga si este verso (claro, con palabras de casticidades y en buen romance) no es pura música: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto… (del Responso a Verlaine)

 

Darío pudo ser parte (no sé si todavía) de la denominada educación sentimental de varias generaciones. Resonaban en aulas y en alcobas, en patios y salones, sus composiciones. En casa, a veces mamá recitaba algún poema, o un fragmento, de aquel señor que, por lo demás, había sido cónsul honorífico de Colombia en Buenos Aires, en los días del gobierno del regenerador Rafael Núñez: “El mar como un vasto cristal azogado / refleja la lámina de un cielo de zinc; / lejanas bandadas de pájaros manchan / el fondo bruñido de pálido gris”.

 

No sé qué ensayista se preguntaba por qué continuaba viva la pluma, y más que esta, la obra poética de Darío, tras la abolición de su estética, después de haberse arrumado en los cuartos de san Alejo su léxico de maravillas y sus temas clásicos. Uno que revolucionó el lenguaje, que le dio otras dimensiones al castellano, que puso en su arte nuevas armonías, de pronto, tras otras propuestas y advenimientos de otras temáticas, pudo haber sido olvidado, convertido en pieza museística, quizá apolillada, apergaminada, pero no. Sus cantos no se apagaron, y, digo, por insistir, tal vez porque parte de sus creaciones penetraron en el corazón y el alma populares.

 

Qué de aquel ser, más bien un tipo ajeno a los escándalos, sin atracciones físicas, sin excentricidades ni aires de importancia, trascendió y ahora, cien años después de su muerte, hace que sea un imprescindible en el pentagrama poético de América y de toda la vasta lengua de Cervantes. Era un intelectual con rigor, un seguidor de Martí, del que aprenderá, entre otros aspectos, el arte de la crónica, un lector sin cansancio. José María Vargas Vila, uno de sus admiradores, tras la muerte del poeta, dejó unas evocaciones. Una de ellas, cuando se vieron en París, en 1900:

 

“y apareció como siempre, escoltado del Silencio; era su sombra; el don de la palabra le había sido concedido con parsimonia, por el Destino; el de la Elocuencia, le había sido negado; la belleza de aquel espíritu, era toda interior y profunda, hecha de abismos y de serenidades, pero áfona, rebelde a revelarse, por algo que no fuera, el ritmo musical y el golpe de ala sonoro”.

 

Darío, agregaba el autor de Ibis y Aura o las Violetas, no era un combatiente, un cuestionador. No tenía el don de la ironía, ni ninguna de las cualidades de los combatientes, de los irreverentes, pero, advertía el panfletario colombiano: “es el Genio de Darío, lo que ha hecho mi admiración por él, pero es la debilidad de Darío, la que ha hecho mi cariño y mi amistad por él; en Darío, el Poeta imponía la admiración; el Hombre, pedía la protección; era un niño perdido en un camino; hallándose con él, era preciso darle la mano y acompañarlo un largo trayecto, protegiéndolo contra su propio miedo”.

 

Darío, que, según su autobiografía, fue algo niño prodigio, que sabía leer a los tres años, se crió con cuentos de ánimas en pena y aparecidos, que le contaban dos sirvientes de su casa de infancia: Serapia y el indio Goyo. Creció en imaginaciones y en miedos.  “Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años, y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedos, me hablaba de un fraile sin cabeza, de una mano peluda, que perseguía, como una araña… Se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios”.

 

El poeta, que a los diecinueve años abandona Nicaragua y viaja a Chile, donde trabajará en el periódico La Época, va a encontrar en el país sureño nuevos motivos, conocerá la poesía de Pedro Balmaceda, simbolista y parnasiano, del que Darío dirá: “No ha tenido Chile más poeta que él. A nadie se le podría aplicar mejor el adjetivo de Hamlet “Dulce Príncipe”. El autor de Cantos de vida y esperanza, que muchos aprenderán varios de ellos de memoria, como aquel que comienza así: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”. La Salutación del optimista se esparció por escuelas y tertulias, e hizo pensar en albas futuras para estas tierras de promisión y barbarie.

 

En la medida del crecimiento de las ciudades, de la introducción de mecanismos de producción más modernos, de aquello que hizo a los americanos (a los de Latinoamérica) pensarse de otras maneras, las literaturas y, en este caso, la poesía, también se asumía desde otras perspectivas. Y aunque la selva, la naturaleza, la ruralidad, estuvieran presentes, el nacimiento del siglo XX traerá nuevas preocupaciones y arrebatos.

 

Según el crítico y escritor uruguayo, Ángel Rama, al tiempo que el modernismo (económico y político) acompañó el proceso de urbanización, marcó distancias con las maneras imperativas de la naturaleza, de lo montuno y selvático. Y, en ese sentido, “ninguno de sus poetas llevó tan a fondo la transmutación de lo natural en artificial, como Rubén Darío”. Y en este punto, pueden hablar de esas posiciones y novedades lingüísticas sus Prosas profanas. En la obra de Darío, que se puede apreciar incluso en sus prosas, en sus crónicas y relatos, la música sigue siendo un elemento clave de sus composiciones. Lo melodioso, las melopeas y cánticos están arriba, también subyaciendo, en su creación poética.

 

“Pero a pesar de estos principios, hay en su poesía una reiterada experiencia según la cual las palabras son elegidas por la analogía sonora mucho más que la semántica, lo que explica el continuo rizo de las aliteraciones, las rimas interiores, las repeticiones y redobles, esa sensación de inagotable fuente musical, tan poderosa como hasta autónoma del mismo autor arrastrado por el hedonismo sonoro”, advierte Rama en un extenso prólogo a la Poesía de Rubén Darío, de la editorial Ayacucho.

 

El poeta, que hará periplos por América Latina, Estados Unidos y Europa, llegó a la Argentina, cuando este país era una potencia mundial, con fábricas, torres y “un cósmico portento de obra y de pensamiento que arde en las políglotas muchedumbres”, como lo expresa en Un canto a la Argentina. Colaborador de varios periódicos, entre ellos La Nación, dirigido por Bartolomé Mitre, el nicaragüense publicó en Buenos Aires Los raros (1896), una colección de artículos sobre escritores, además de sus determinantes Prosas profanas. El modernismo a Argentina entra por su fundador, que, más tarde, su poesía influirá en la poética del tango-canción. A partir de la segunda mitad del siglo XX (y ya muerto el nica), aparecerán letristas como Enrique Cadícamo, con influjos de la poesía de Darío, como se puede apreciar en su primer libro Canciones grises: “La luna es un alfanje suspendido en lo alto / que vuelca cataratas de albor en las callejas, / y las mugrientas casas, misteriosas y viejas, / disimulan sus frentes con tintas de basalto”.

 

Después, Cadícamo escribirá muchas letras de tango y poemas populares, en los que se advierten las sonoridades  de Rubén Darío. Uno de ellos, La novia ausente, menciona directamente la Sonatina, la misma que soñó Rubén.  También Celedonio Flores, el de Mano a mano, recibió las emanaciones poéticas del vate centroamericano. La musa de Celedonio estuvo, al comienzo, muy cerca de Amado Nervo y Rubén Darío. Después, su inspiración la hallaría en los arrabales. Pero sin olvidar a Darío, del que hace alguna simpática parodia: “La bacana está triste, qué tendrá la bacana / los suspiros se escapan de su boca de rana”.

 

Darío le compuso, tal vez más por cortesía, un soneto a Colombia, el mismo que, hace años, nos hacían aprender en la escuela, junto a una babosada de Miguel Antonio Caro llamada Patria (“Patria, te adoro en mi silencio mudo…”). “Colombia es una tierra de leones; / el resplandor del cielo es su oriflama…”, así comienza el poema y continúa con “egregios paladines” y “tambores inmortales”, más bien un poemilla prescindible y de carácter diplomático.

 

Rubén Darío, muerto a los cuarenta y nueve años, sobrevivió con el periodismo y se inmortalizó con la poesía. Su música de palabras continúa sonando y, de vez en cuando, algún ebrio enamorado las recita con su andar tambaleante y con desafines:

 

«Calla, calla, princesa -dice el hada madrina-;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

 

 

(Escrito en Medellín, a los cien años de la muerte de Rubén Darío)