Un incendio en la casa vecina

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 Por Reinaldo Spitaletta

El caserón de más de seiscientos metros cuadrados, con sótano y planta alta, era de los más bonitos del sector que, en otro tiempo, se llamó el barrio Restrepo. Tenía un enorme antejardín y una terraza, en la que, en diciembre, Doris Cárdenas, que con su familia fue la última habitante de la mansión, hacía un pesebre luminoso, con figuras de buen tamaño, visible desde la calle Ayacucho.

 

Un urbanizador lo compró para construir una torre de apartamentos de veinticinco pisos. Y antes de empezar los trabajos de demolición, permaneció en soledad varios meses. Yo vivía en la casa siguiente, que si bien no tenía la enormidad de la de la esquina, sí era amplia, con un antejardín sembrado de rosales y un cactus gigante. En el segundo piso, habitaban tres señoras de edad avanzada. Ya el nombre original del sector, fundado a principios de la década del treinta por una familia socia de la Cervecería Unión, se había esfumado. Y era parte del clásico barrio Buenos Aires.

 

En la madrugada del 15 de febrero de 2012, a las dos de la mañana (lo supe después) me desperté, tomé la linterna del nochero y me fui al sanitario que estaba al frente de un patio central a orinar. Sentí, de pronto, unos ruidos que creí sucedían en el patio de atrás, sobre tejas de plástico. “Son gatos”, pensé. Cuando salí, un resplandor rojo se reflejaba en la pared. Creí que se estaba quemando la casa del vecino de más arriba. El fragor creció, lo mismo que los fulgores, ahora anaranjados.

 

Entré con precipitud al cuarto y llamé a Marcela, mi compañera, que dormía como un lirón. “Mona, mona, despertá que hay un incendio”. De pronto, escuché los gritos de Carlos Eduardo, mi hijo, que, con su mujer, vivía en otro caserón diagonal al de nosotros. “¡Papá, papá, despertá que se les está quemando la casa!”. Me di cuenta, en un instante, que en realidad la que se estaba incendiando era la casa donde habitaba Doris. Creí que las paredes de nosotros ya estaban ardiendo. Y la Mona seguía sin despertarse. Insistí con los gritos, mientras me ponía una pantaloneta, guardaba en un bolsillo mis documentos de identidad y elevaba el tono de la voz. La Mona se despertó, aturdida. De súbito, me di cuenta de que yo no tenía las gafas puestas. Las saqué del nochero y le dije a Marcela que saliéramos cuanto antes a la calle. Cuando estaba abriendo la puerta, la cerradura no respondía. Había introducido la llave que no era.

 

Los bombillos comenzaron a intermitir, con una titilación que causaba terror. Por fin, estábamos en la mitad de la calle y ya algunos vecinos curioseaban y vociferaban. “¡Llamen a los bomberos!”, se escuchaba, mientras las lenguas de fuego subían hacia el cielo y la calle se pintaba de naranjas y rojos. No había viento. Las flamas estaban erguidas. Y en medio de esa fascinación que produce el fuego, me acordé de las señoras del segundo piso. Miré hacia su balcón y no había nadie. Escuché el ladrido del perro criollo de ellas. Apareció una patrulla de la policía, le grité a un agente que arriba, en el segundo piso, había gente. Se trepó a una reja, dio un salto felino, se colgó de las barandas del balcón y en un instante estaba arriba, propinándole golpes a la puerta y gritando: “¡salgan, salgan! ¡Se van a quemar!”. Se abrió el balcón, el joven uniformado penetró y luego salió por la puerta principal de la casa con doña Inés y sus dos hermanas. No recuerdo si el perro salió con ellos.

 

Las llamaradas hacían crujir la casa quemada, que antes era de paredes blancas. Comenzaron a sonar las sirenas y dos máquinas de bomberos se pararon al frente. En la calle había gente empijamada, y, con sorpresa, observé en una acera a una mujer de bluyín, blusa y cartera. “Todo se quemará”, dijo y caminó calle arriba. Recordé cuando era adolescente, un incendio en una casa del barrio el Congolo, en Bello, donde había una polvorería que había explotado. Esa vez, mientras ascendían las llamas, se escuchaban los estallidos de voladores y papeletas.

 

Mientras atisbaba, como hipnotizado, la conflagración, se me vinieron imágenes de La caída de la casa Usher, el cuento de Poe, con el desmoronamiento de muros y ese resplandor rojo-sangre, agregado a un torbellino de furia que lo derrumbó todo.

 

Una hora después, o tal vez un poco más, los bomberos habían triunfado. Y, de contera, salvaron la casa de las señoras y la nuestra, que, por cierto, también las requería la constructora de la proyectada enorme edificación. De la casa de enseguida, sus muros permanecieron en pie. Todo lo demás, sucumbió ante la voracidad de las llamas. Meses después, nuestra casa, y, claro, las de las señoras de arriba, también desapareció. Al final de cuentas, no construyeron la babélica torre, sino un edificio de seis pisos. Sucedió el 15 de febrero de 2012, año en que, según pronósticos mayas, se acabaría el mundo.

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Una madrugada de incendio en un caserón del barrio Buenos Aires. (Fotos de Carlos Spitaletta)

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