El dómine

Por Reinaldo Spitaletta

Parece, según dicen lenguas viperinas, que en otro tiempo era tartamudo y se propuso curarse el defecto, mas no como Demóstenes; y en vez de echarse arena o gravilla en la boca y ponerse gritar al frente del playón de una quebrada (riachuelo, dirá él), se empeñó en leer diccionarios para aprender las palabras más raras —otros llaman rebuscadas— a fin de impresionar a sus posibles oyentes, y, sobre todo, con el afán de dar a entender que se está tratando con un erudito en la lengua y un elegante en el decir. De tal modo, emplea lo más granado del repertorio palabril, sin caer en populismos, y menos todavía, en demagogias verbales (así dice). Para darle más caché a sus intervenciones, vocaliza con exageración y da la idea de que sus dientes saldrán disparados o que su lengua se podrá salir hasta quedarle colgando, casi a guisa de corbata.

 

Entona con prosopopeya, y siempre buscando no caer en lo prosaico, las frases con modulaciones, notas altas y bajas, luego mantiene una línea sonora, cuidándose, eso sí, de no incurrir en monotonías. Cuando saluda (y él escoge a quién), acompaña las palabras con movimientos discretos de cabeza, medio sube el mentón y entorna los ojos. Le interesa no parecer vulgar, lo ordinario lo descontrola y desprecia a aquellos que usan lenguaje simplón y aumenta su desdén cuando escucha habladurías de verdulera o de tienda sin mucho surtido.

 

Sabe de gramáticas, bueno, es lo que dice, se concentra en sintaxis y siempre intenta, y a fe que lo consigue, hablar con el orden lógico, nada de hipérbaton (es su expresión), que da a entender tal desorden que no se piensa al emitir un discurso. Uno debe —dice— utilizar palabras que no son del uso común, porque, además de mostrar conocimiento del idioma, puede darles a los otros elementos para que eleven su nivel de dicciones y parlamentos. Sí, señores y señoras, la lengua es rica y nada más agradable que estar esculcando el diccionario para ponerlo a actuar en conversaciones. Así dice, cuando se le pregunta por qué no usa un lenguaje más asequible, mirá que podés ser más amigable y llegar a más gente. No, ni riesgos, esas recomendaciones no las atiende y se molesta cuando uno, o cualquiera, le pide que le explique cuáles son los significados de las palabras, es decir, de buena parte de las que acaba de articular.

 

—Qué es eso de acentuar y conjugar a la bartola verbos como mirar, poder, meter y así hasta casi el infinito: no digan mirá, besá, abrazá, meté, no, qué horror, no castiguen la lengua. Así no se habla.

 

Para hacer un retrato más cabal del señor alto, regordete, mofletudo y de zapatos muy bien embolados, es interesante saber que su léxico se enriquece a diario, y así como ahora utiliza, por ejemplo, para decir “vamos a la puerta”, él hace giros y advierte que suena mejor pronunciar: “acerquémonos con sigilo y asomemos nuestras anatomías, incluidas nuestras almas, al umbral con dinteles y marcos y jambas, que, si observan con cuidado, está descaecida su pintura y es hora de otorgar una capa de esa sustancia cuya textura, muy espesa si no se le ha mezclado disolvente, se estila para darle color a esta parte de la casa que se llama…, ¿se acuerdan en la edad primera de una adivinanza?: María va y María viene y en un punto se mantiene”.

 

Le gusta que su modo de hablar esté acorde con el vestuario. Casi siempre, y así haya solazos, calores y sofocos, está de corbata, saco y pantalón con rayita bien delineada. Las camisas, de fina tela, casi siempre claras, tienen botonaduras forradas o brillantes, según el caso. Los puños rígidos, con mancornas. Se realiza el corte de pelo cada quince días (eso dice), porque hay que estar impecable por dentro y por fuera. Nunca se le ha visto de pantaloneta o sudaderas, y se cree que jamás ha pateado un balón o se ha puesto a corretear en una manga. Le parece una vulgaridad el fútbol y se mantiene muy acongojado (esto cuando escucha la radio) con casi todos los programas, por “la pobreza verbal de los locutores y porque casi todo está hecho sin gusto”. Siempre mantiene libritos en los bolsillos de la chaqueta y dice que si hubiera podido, cuando era apenas un retoño fresco y pleno de lozanías, haber estudiado en un seminario sería hoy un sacerdote de postín con una enorme capacidad de llegar a la feligresía con palabras finas, como una especie de antídoto contra el venenoso pecado.

 

Algunas señoras, cuando él da la vuelta, sueltan risitas y se riegan a decir “qué tipo tan fastidioso”. “¿Qué se creerá?”, “¿acaso es de mejor familia?”, “¡qué plomazo!”. Y así por el estilo, abundan las resistencias contra su presencia “llenadora” y su impostada finura. No ha faltado el que, con la certidumbre que le da el saber sin pretensiones, afirme que se trata de un lechuguino postizo, un dandi sin pedigrí, un posudo de mierda que tiene complejo de superioridad, vanidoso, vacío y sin fondo. Cada vez, el verboso pierde cartel en el barrio (al que, en general, él desprecia) y los muchachos del vecindario ya lo tienen como un atorrante, al que un día sería bueno (se rumora) mandarle a algún desvergonzado a que le recite todos los insultos callejeros que en el mundo han sido.

 

 

 

 

 

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