Horóscopos: de la ciencia a la charlatanería

(Tycho Brahe, Juan Kepler y los periódicos de hoy)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si la astronomía estudia las leyes de las estrellas, de su conexión y posición en el universo, la astrología se encarga de una especie de poética que brilla y seduce. La primera tiene, en las matemáticas, un soporte para sus cálculos y teorías; la segunda, en las palabras, sin despreciar los números, su columna vertebral para la instalación y develación de misterios. Ambas hicieron parte de materias básicas en estudios de Filosofía y Matemáticas, en particular en los días del Renacimiento y a fines de este período de dominio de las artes, el humanismo y el pensamiento.

 

En universidades como las de Praga, Würtzburg o Heidelberg, en el siglo XVI, el curso de matemáticas incluía los primeros seis libros de los Elementos de Euclides, Aritmética, el Globo Celeste, Teoría planetaria, Astrología, Cosmografía y la descripción de relojes (una forma de la inteligencia del tiempo, la horologiografía).

 

La Astrología, cuyos orígenes se remontan a tiempos inmemoriales de sumerios y mesopotámicos, era una materia clave en la introducción al mundo de los números y al de los destinos humanos según las estrellas. Tenía una dosis de misterio y esoterismo, tal vez de Hermes y de las pitagóricas músicas de las esferas. Y en ese campo de ascendentes y descendentes, de planetas y lecturas celestes, apareció el horóscopo, como una manera de interpretación de las trayectorias humanas según la fecha de nacimiento.

 

El hombre no solo quería saber sobre los cuerpos celestes, sino, además, acerca de los cruces entre desdichas y fortunas que podían encontrar su raíz en la posición planetaria o en las silenciosas voces de las estrellas, aquellas a las que los guaraníes llamaban fuegos helados. El horóscopo, entonces, se erigió como una manera de penetrar en el futuro, en lo sombrío e incierto, que no deja de ser, como creo que leí en algún texto de Ernesto Sábato, una necesidad humana.

 

Así que a las formas de medir el tiempo, de estudiar el cielo y de interpretar las distancias interplanetarias, se sumaron las predicciones, las cartas astrales y natales, los vaticinios según las posiciones de los elementos espaciales, y todo, si se observa desde una perspectiva antigua, con la Tierra como centro del universo. Y en ese planeta azul (según se supo después), el hombre con sus incertidumbres y ganas de saber sobre el porvenir.

 

La Astrología, ligada desde sus inicios a la Astronomía, que leyendo con asombro el cielo también se puede llegar a saber sobre trayectorias, gravitaciones, relaciones de masa y tiempo y velocidad, digo que esa disciplina, que con los años algunos con criterio muy científico pusieron en el campo blando de las pseudociencias (como Mario Bunge y Carl Sagan, por ejemplo), fue practicada por astrónomos de alta escuela que iban mucho más allá de aquellos que decían que los planetas estaban movidos por ángeles.

 

De ese modo, Tycho Brahe, primero, y, después, Juan Kepler, incursionaron en la elaboración de horóscopos, y no solo como una manera de buscar fondos para la sobrevivencia, sino como un puente entre las inclinaciones humanas y la ciencia de las estrellas. Brahe, por ejemplo, realizó cartas natales con fundamentos matemáticos. Más tarde, su colaborador y discípulo alemán, que descubrió y formuló las tres leyes fundamentales sobre el movimiento de los planetas, hizo horóscopos a granel, en particular a figuras del poder, reyes y príncipes. En los papeles que se conservan del gran astrónomo, figuran unos mil horóscopos hechos para ochocientas personas.

 

Brahe, que cuestionaba a otros astrólogos y los ponía en el banquillo de los charlatanes, declaró que “el hombre encierra en sí una influencia mucho mayor que la de los astros; superará las influencias si vive según la justicia, pero, si sigue sus ciegas tendencias, si desciende a la clase de los brutos y de los animales, viviendo como ellos, el rey de la Naturaleza ya no manda, sino que es mandado por la Naturaleza”.

 

Por su parte, Kepler, que criticó el uso popular o populachero de la astrología, levantó cartas natales de sí mismo y también la del profeta Mahoma. Realizó horóscopos de reyes ingleses, daneses, suecos, franceses, polacos, además de los de Albrecht Wenzel Eusebius von Wallenstein, comandante supremo de las fuerzas Habsburgo del Sacro Imperio Romano Germánico durante la Guerra de los 30 años. El astrónomo y astrólogo penetró en los arcanos del cosmos y se propuso explicar las proporciones del mundo natural en términos de la música.

 

Después de Kepler, bueno, y aun de otros científicos posteriores, los horóscopos se tornaron pasatiempos insípidos, hechos sin rigor ni complejidad. Pasaron a ser parte, en los periódicos y otras publicaciones, de la industria masiva del entretenimiento. Elementos clave para la venta de diarios y revistas, pululan en sus páginas y son ingredientes de “alta lecturabilidad”. Se juega en ellos con asuntos optimistas, con lugares comunes, con puntos iguales o parecidos para los nacidos en enero o en abril, con leves diferencias y, eso sí, buscando que todo sea muy simple, a fin de que el lector no se altere, reniegue o huya de las próximas lecturas. La idea es agarrarlo, atraparlo en una falsa sensación de que el porvenir será luminoso, casi siempre. Y, de contera, se le puede agregar que prenda velas de colores apropiados para la ocasión o que practique determinados rituales, sencillotes y fáciles.

 

Los horóscopos devinieron en juegos intrascendentes, solo con ánimos publicitarios y mercantiles, con patrones comunes, tal como se señala, por ejemplo, en la novela Número Cero, de Umberto Eco, cuando el director le dice a una colaboradora que se ponga a hacer horóscopos “con pronósticos optimistas, a la gente no le gusta que le digan que el mes que viene morirá de cáncer. Y construya previsiones que le vayan bien a todo el mundo…”.

 

Sobre los patrones de la “horoscopedia”, ya Carl Sagan, autor de El mundo y sus demonios, advirtió acerca de tales generalidades, como esta: “Eres extrovertido, afable, sociable, mientras que otras veces eres introvertido, cauto y reservado. Has descubierto que es poco inteligente revelarte a los demás con demasiada honestidad. Prefieres un poco de cambio y variedad y te produce insatisfacción verte rodeado de restricciones y limitaciones. Disciplinado y controlado por fuera, tiendes a ser aprensivo e inseguro por dentro. Aunque tu personalidad tiene muchos puntos flacos, sueles ser capaz de compensarlos. Tienes muchas capacidades sin aprovechar, que no has convertido en ventajas para ti. Tienes tendencia a ser crítico contigo mismo. Tienes una gran necesidad de gustar a los demás y sentirte admirado”.

 

Las diferencias de un horóscopo de hoy con lo que pensaba y practicaba Kepler al respecto, son abismales. Veamos una declaración del científico alemán: “En mí, Saturno y el Sol cooperan, por lo que mi cuerpo es seco, nudoso y pequeño. El alma es tímida y se disimula detrás de perífrasis literarias; es suspicaz, busca su camino a través de los abrojos y se enreda en ellos. Sus costumbres morales son análogas…”.

 

Kepler, astrónomo de campanillas, era un convencido de la astrología, un avezado practicante de ella. Y es posible que este ejercicio haya influido en sus hallazgos y formulaciones científicas. Es obvio que hoy no cabría una carta natal en un periódico como las que hacían Brahe o Kepler. Nadie las leería o se calificaría su publicación como aburrida y pretenciosa.

 

Más bien, habría que seguir en la idea de Número Cero, de hacer horóscopos sin detenerse en tragedias y malos pasos. De ese modo, querido lector, el mundo se tenderá a sus pies, la fortuna lo alcanzará sin abandonarlo nunca y todo en su vida estará atravesado por el júbilo y la felicidad. Velas rojas, o moradas, pero ojo con irse a pasear y dejarlas prendidas. Por lo demás, no las sople, use apagador. El no hacerlo así traerá mala suerte.

Mapa de la Vida, de Johannes Kepler

Cruyff, poeta de la Naranja Mecánica

(Una estrella del “fútbol total” que no pudo ser campeón mundial)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Todos queríamos que Holanda fuera el campeón mundial en 1974. Cuando Johannes Jacobus Neeskens abrió el marcador, tras el cobro de un penalti, el alboroto se sintió en casi todo el planeta, porque se trataba de una revelación: la selección holandesa, la del revolucionario “fútbol total”, la denominada Naranja Mecánica (nada que ver con la novela de Anthony Burgess ni con su adaptación cinematográfica por Stanley Kubrick), estaba ascendiendo su primer peldaño para la consagración definitiva.

 

Y aunque era un colectivo de prodigio, había un jugador que establecía diferencia, por su técnica, su visión periférica, su capacidad para cambiar de ritmo, su liderazgo y hasta por sus gambetas (que es una facultad más de suramericanos que de europeos). También por sus goles. Era un flaco casi desmirriado, que además de ser música en sí mismo, era el director de la orquesta anaranjada, en la que todos atacaban y todos defendían. Tenía nombre de compositor: Johann, y un apellido que para aquellos días todo el orbe pronunciaba con admiración: Cruyff.

 

Se había formado en el Ajax, donde jugó desde las inferiores, aunque al principio tuvo problemas por su delgadez. Y por su carácter. Era bravo y frentero. Comenzó como recogebolas, embetunó zapatos de los jugadores mayores y, quién lo creyera, para 1974, cuando era una celebridad mundial, se decía que era el sucesor de Pelé y Di Stefano, el nuevo rey. “Yo era pequeño, delgado, débil y tenía que inventarme trucos para sobrevivir”, dijo alguna vez el futbolista que casi todos los secretos de esa disciplina los aprendió en la calle. Todos queríamos que la desconcertante Naranja ganara la Copa del Mundo, y el gol de Neeskens lo corearon en todas partes, menos los hinchas y jugadores alemanes, claro.

 

Había una curiosidad. Los muchachos de aquellos días, sobre todo los tropicales, pronunciaban con cariño los apellidos de los holandeses. Era común y corriente hablar de Jongbloed (arquero de la imaginativa selección de los Países Bajos), Krol, Rijsbergen, Suurbier, Jansens, Rensenbrink, y, claro, del destacadísimo Cruyff. A nadie se le caían las calzas ni había gagueos al decir, por ejemplo, Willem van Hanegem. Era un equipo de radiaciones e intensos brillos. Era el llamado a ganar. Nadie creía algo diferente. No había quién pudiera derrotar a aquellos fulgurantes futbolistas. Así pensaba la mayoría.

 

Pero no fue así. Y Holanda, la admirada y fascinadora, perdió con Alemania 2-1 en la final. Era increíble: un segundo lugar para un onceno que merecía todos los galardones. Y hubo llanto mundial. Y también una extrañeza: continuaban los elogios para un derrotado, para un equipo vencido y sin gloria, porque no era mérito quedar de segundo. Después del primero, todos son perdedores, se suele decir. La selección neerlandesa, sin embargo, obtenía el reinado de la simpatía universal.

 

Cruyff era el cerebro de aquella máquina, plena de sincronizaciones pero, a su vez, expresión de lo impensado. El fútbol hecho arte (que, en otro aspecto, lo había elevado a las máximas alturas estéticas el Brasil de 1970). El esbelto jugador, que era ya parte del Barcelona y que allí se erigió en una suerte de dios, quedó tras aquella frustración como una representación de la calidad que no alcanza el Olimpo. Una poesía que no habitó el Parnaso. Y todos auguraban, tal vez como consuelo, que en el próximo campeonato mundial, Holanda y su director orquestal alcanzarían todos los laureles.

 

En 1978, en el Campeonato Mundial celebrado en la Argentina, no apareció Cruyff, que meses antes había renunciado a la participación. Se dijo que era una protesta contra la violación de los derechos humanos por la dictadura de Jorge Rafael Videla y compañía. Y no era raro, porque el jugadorazo era, además, un rebelde, un crítico del poder. Los militares, aupados por la Fifa, y por Kissinger y Nixon, entre otros, querían sobre todas las cosas que la selección argentina ganara el torneo, porque, de paso, era una manera de camuflar los horrorosos desafueros.

 

Ya los militares habían desaparecido a treinta mil personas, y cerca del estadio Monumental de Núñez, el ejército tenía su “Auschwitz” gaucho, la tenebrosa Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), un centro de detención, torturas y exterminio. Argentina, que llegó a la final tras vencer en un “extraño” encuentro al Perú, por goleada (6-0), le tocaría verse las caras con la nuevamente revelación de Holanda, que ya no contaba con el concurso de su estelar Cruyff.

 

Y otra vez, muchos aficionados del orbe querían que la Naranja Mecánica por fin pudiera obtener el título. ¿Sería posible? Cuando faltaba un minuto para la finalización del partido, un disparo de Rensenbrick pegó en el palo. Quizá en ese momento, Videla y su corte de asesinos se quedaron sin hálito. Y respirarían después, cuando el goleador Kempes, el Matador, en tiempo de alargue, convertiría a la Argentina en el flamante Campeón Mundial.

 

En realidad, según lo confesó años después, Cruyff no fue a participar en el Mundial del 78, porque él y su familia habían sufrido un intento de secuestro a fines de 1977 en Barcelona. Varios sujetos entraron a la residencia, apuntaron a la cabeza del futbolista, amarraron a la señora y al deportista, mientras los niños permanecían en el piso. Al final de cuentas, se frustró la intentona. Durante varios meses, la policía durmió en el apartamento del talentoso futbolista, acosado por el nerviosismo y la zozobra. ¿Qué hubiera pasado —se preguntó mucha gente— si Cruyff sí hubiera jugado con Holanda en el Mundial de Argentina?

 

Cruyff nació en Amsterdam el 25 de abril de 1947. En el Ajax, en el Barcelona y en la Naranja Mecánica jugó con el número 14 en la camiseta. Murió el 24 de marzo de 2016, en pleno Jueves Santo. Ganó veintidós campeonatos en Holanda y en España. El cáncer lo derrotó para siempre. Con su desaparición física, la leyenda seguirá viviendo.

Johan Cruyff, líder de la Naranja Mecánica y el fútbol total.

Los pájaros extraviados de Prévert

(Con un canto en voz baja de Las hojas muertas y azulejos fugaces)

Por Reinaldo Spitaletta

 

No sé qué fue primero: si leer un poema de Jacques Prévert en el que aletean pájaros irreales, o que mis ojos se desviaran de las hojas blancas (quizá hojas muertas) del libro titulado Paroles, y ver en el carbonero que esparce sus brazos generosos sobre la carrera San Martín unos azulejos que alborotaban ramas y picaban en las hojas allá y más allá. El ventanal de amplias claridades dejaba mirar con nitidez a las saltarinas aves y en algún momento me estremeció la posibilidad de que esos pájaros se hubieran escapado de las palabras del poeta francés: “Lluvia de plumas plumas de lluvia La que amabais ya no está más…”.

 

La mañana reciente se metía por la vidriera, con los brillos de un martes luminoso en el que trabajar no era una de las prioridades del día. No sé por qué me había dado por volver al poeta, cuando, en realidad, tenía sobre la mesita de lectura Las olas, de Virginia Woolf; Hija espiritual, de Alfonso Castro, y un reciente libro de ensayos de Memo Ánjel, titulado Sin parasitar. Les había dado hojeadas en el principio, y después, como impulsado por una ráfaga invisible de ganas de un poema (¡ah!, ya había desayunado jugo de naranja, granadillas, chocolate con galletas saladas y dulces, queso y mantequilla), busqué el librito de aquel autor que pasó por el surrealismo, padre (eso dicen) del cadáver exquisito, que escribió guiones para filmes de Marcel Carné, que algunos de sus poemas han sido cantados por la Piaf y Montand y la Juliette Gréco, y del cual sus Hojas muertas han sido versionadas en no sé cuántos idiomas y tiene infinidad de grabaciones…, que una colega periodista, que no volví a ver (yo la apodaba Robertica), tenía más de doscientas de ellas.

 

Me topé así no más, con Desayuno, que parece una descripción anodina, pero de honduras inconcebibles en un acto que, por otra parte, ha sido pintado por impresionistas y hasta por pintores de brocha gorda: “Echó café En la taza Echó leche En la taza de café Echó azúcar En el café con leche Con la cucharilla lo revolvió…”,  y el poema termina con una imagen de tristezas que, no sé por qué, me evocaron un tango: “fueye, no andés goteando tristezas, / fueye, que tu rezongo me apena”. Pero también me llegaron las ondas sonoras de otro poema de Prévert que hace tiempos un muchacho universitario, cuando éramos parte de las juventudes surrealistas-realistas del Alma Mater, El fusilado, recitó muy cerca de la fuente central: “Las flores los jardines las fuentes las sonrisas / Y la alegría de vivir / Un hombre está caído y bañado en su sangre / Los recuerdos las flores las fuentes los jardines / Los sueños infantiles…”.

 

Estaba desconcertado. Afuera, los azulados plumajes continuaban en movimiento. Adentro, recordaba así sin proponérmelo lo soñado horas antes, cuando torné a ver a un hombre muerto hace años, en Venezuela, accidentado en una carretera. Se llamaba Ismael, como el narrador de Moby Dick, y en el sueño lo único que conservaba de cuando lo conocí era la estatura baja, porque su cara no era la misma, tampoco su  flacura, pero, sin dudas, era él, que habitaba tras volver de tiempos de dificultades, en una caserón dividido en dos partes, muy bien amoblado: una para él y su negocio de imprenta, y otra para una de sus hijas…

 

No sé si fue el sueño el que, con los misterios de la inconsciencia, me hizo volver a Prévert y a sus Paroles, que parecen burlas muy bien concebidas, pero, a su vez, tristecerías combinadas con una ironía sutil, que, como en otro tango, uno puede gritar: “¡cuánto dolor, que hace reír!”. Y ahí estaban las palabras vivas de un poema titulado Para hacer el retrato de un pájaro (los azulejos seguían en el carbonero): “Pintar primero una jaula con la puerta abierta pintar después algo bonito, algo simple, algo bello, algo útil para el pájaro…”. Quise seguir las instrucciones poéticas, pero, aparte de que soy perverso para dibujar, nunca me han gustado los pájaros encerrados, y pensar solo en que esos azulejos que ahora disfrutaban aire y luz y hojas y cortezas estuvieran en una jaula, me hizo lagrimear. Así que se quedaría sin firmar mi obra maestra de unos azulejos encerrados en una pintura sin principio ni fin.

 

Después, o pudo ser antes, que las lecturas de poemas y los vuelos exteriores de pájaros azules pueden confundir, llegaron Las hojas muertas, y no sé por qué sentí una especie de desvanecimiento sentimental, como un lejano dolor, el recuerdo confuso de una historia de amor diluida en el pasado:

 

Es una canción que nos acerca
Tú me amabas y yo te amaba
Vivíamos juntos
Tú, que me amabas, y yo, que te amaba…
Pero la vida separa a aquellos que se aman
Silenciosamente sin hacer ruido
Y el mar borra sobre la arena
El paso de los amantes que se separan.

 

Después —no sé si hubo algún lagrimón— volví a los poemas de pájaros, como uno que habla de un gato que a medias ha devorado al “único pájaro del pueblo” que, a su vez, el “único gato del pueblo” ha convertido en un muerto que una niña lleva a enterrar mientras llora con aflicciones sin fin. Qué poeta doloroso y risueño, burlón y satírico, era el señor Prévert, que se murió a los 77 años, y no sé si a sus funerales fueron los pájaros de la desesperación, o los que se fugaron de las jaulas pintadas, o los azulejos que hasta hace poco estaban en el carbonero enorme de mi calle y que parece los devoró un gato invisible o los alejó la contaminación de exostos de motos y carros que asustan los pulmones y matan a los perdidos pájaros prevertianos.

La literatura o esa posibilidad de soñar

(Una visión desde la vida cotidiana hasta los abismos interiores)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Más allá de la acera, de la calleja en apariencia insignificante, del alero sin golondrinas, de la ventana indiscreta, más allá del mundo anodino y cotidiano, tan rico en sorpresas y lleno de excepcionales miradas, la vida interior palpita. Y ofrece diversas posibilidades de ser narrada, o pintada, o dramatizada, o transformada en un arte novelesco. El gran arte casi siempre nace de lo evidente, pero —he ahí el papel taumatúrgico del creador— son la sensibilidad y la imaginación del esteta las que otorgan un toque de extrañeza, una distinción especial. Un nuevo hálito. Él es el único capaz, debido a su asombro y perplejidades, o tal vez a que todo lo observa con los ojos nuevos de niño, de ver en lo corriente, quizá en lo vulgar, lo insólito, lo extraordinario. Estos aspectos están a la vuelta de una inevitable esquina, o en la señora que mece sus recuerdos en una silla, o camuflados en la sotana brillante del curita del barrio.

 

El artista tiene ojos de descubridor, de escudriñador, y donde el común de los mortales no ve sino aburrimiento, o repeticiones, o monotonía, o nada, él encuentra lo insospechado. El hecho de una mosca caer prisionera en una telaraña, puede ocasionar para el avezado centinela de lo común, una inspiración, la iniciación o final de una historia, un motivo. No requiere repartirse en otros universos distintos a los de su entorno, a los de su aldea: allí está el mundo, a escala, una maqueta con sus glorias y sus vergüenzas, sus afanes y displicencias, sus sobresaltos y desamparos. Es cuestión de sentir, de explorar, de estar dispuesto al milagro. Y a la percepción del menor deslumbramiento. Con certeza, estos surgirán en la conversación de tienda, o en la ronda infantil que alegra la calle vespertina, o en el cansancio del obrero que vuelve a casa tras otra jornada de plusvalías y vigilancia de supervisores. Las historias pululan, y entonces el narrador, el poeta, con sus antenas invisibles, las capta, las transpola, las modifica y les confiere su particular magia, su estilo, el sello personal.

 

Ahí, en el espacio corriente de la barriada, sobre la “veredita” de cemento, en los quicios quejumbrosos, en el marco desteñido de una vieja ventana, en las pisadas lentas del viejo, en el perturbador bamboleo de caderas de una chica, en todos esos asuntos —intrascendentes muchos de ellos— está el material en bruto para ser procesado. Solo hay que disponerse a la seducción, a permitir que ingresen en el alma, las vibraciones y sensaciones de la denominada cotidianidad, de la aparente deleznable vida diaria.

 

Al escritor, como diría el siempre citado Jorge Luis Borges (o quizá también haya sido Margarita Yourcenar), todo le sirve: una desgracia, un hecho feliz, algún desencanto. Todo es posible tornarlo literatura. La condición humana está poblada de inquietudes y sosiegos, de claridades y ausencias de luz. Pero hay que estar siempre prestos al hallazgo, y para ello a veces solo se precisa mirar la ciudad, el barrio, la casa de los afectos como si jamás se hubiera visto antes. Casi que con los ojos alelados del turista curioso, del viajero, del que llega por primera vez.

 

Lo local ofrece, en todo caso, un universo, y, a su vez, una universidad. Kant, por ejemplo, descubrió tal riqueza en su pueblito, del cual nunca necesitó salir para tener el mundo en sus manos. Lo encontró Epicuro en su jardín, en el cual pudo sobrevivir a las pestes que asolaron el resto de Atenas. En su modesto lugar de residencia, en el pueblo de Santo Domingo o en la entonces incipiente y variable ciudad-aldea de Medellín, el escritor Tomás Carrasquilla encontró una veta para sus novelas y cuentos. Que es, del mismo modo, lo que halló Francisco de Paula Rendón, o Efe Gómez en Fredonia o Titiribí o en cualquier extraviada mina aurífera de algún pueblo sin horizontes.

 

Para efectos de certidumbre más que de ansias de demostración, valga recordar de los Cuadernos en octavo, un aforismo de Kafka (que, de paso, se puede decir encontró su mundo interior en su Praga natal o en lecturas de otros autores) que da cuenta de las posibilidades estéticas de los pequeños entornos, de las atmósferas recogidas, y a veces asfixiantes, de los sitios donde a cada uno le correspondió vivir: “No es necesario que salgas de la casa; quédate junto a la mesa y escucha; ni siquiera escuches, espera solamente; ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo; el mundo se ofrecerá desenmascararte ante ti, no puede evitarlo: extasiado se retorcerá en tu presencia, a tus pies”.

 

¡Cuánto se podrá decir —e imaginar— de lo que existe tras una puerta cerrada! ¡Cuánto se podrá pintar con solo ver ese pedacito de cielo que se cuela por una ventana o que se entra por el patio de la casa! El mundo, el pequeño gran mundo en el que cada uno habita ofrece un sinnúmero de emociones, de pasiones, de ilusiones perdidas. Se trata de desenterrar sus relaciones, sus interconexiones con otros mundos, de ver cómo se desenvuelve allí el hombre, cómo lucha, cómo habita y vive y siente y padece y ama, y también cómo agoniza, cómo muere. He ahí, por no entrar en más detalles, las bases de cuentos y novelas. Hay que ponerles alas al corazón y a la creatividad. Y listo (aunque no es tan simple). Entonces aparecerá un Azorín o un Juan Rulfo. Y así la tierra podrá cantar.

 

 

2.                                                  Resultado de imagen para moby dick

 

Poder encontrar, oculto en la hojarasca común de la existencia, un tema, un motivo de escritura, es, para el escritor de ficciones o de hechos reales (para el periodista, por ejemplo) una posibilidad para ejercer su inventiva. Julio Cortázar decía que en lo absolutamente cotidiano e incluso trivial era factible hallar lo inusual. En un parque podría estar la realidad más fantástica. Alguna vez, Roberto Arlt escribió una crónica sobre la luz que salía de una ventana. ¿Qué de trascendental había o puede haber en un acontecimiento simple y repetido como aquel? Quizá nada, pero, gracias a sus dotes narrativas y a su talento y sensibilidad, el escritor trascendió la aparente simpleza del tema y construyó un mundo. Igual, por ejemplo, con otra “Aguafuerte” acerca de las casas inconclusas. Sin caer en el costumbrismo urbano (lo cual tampoco sería un delito literario, como creen algunos intelectuales) Arlt realizó una pequeña obra maestra del buen decir, del mejor imaginar y, a su vez, de penetrar el ladrillo y descubrir en el fondo, en el polvo, al hombre, que es, en últimas, lo que siempre le ha interesado a la literatura. El hombre y sus circunstancias.

 

A veces, de esos mundos constreñidos, pobres, desabridos, de esos climas sofocantes, emanan las más espléndidas fuentes del arte literario. ¿No es algo como eso lo que describe Emily Brontë en sus Cumbres borrascosas? Veamos un fragmento a guisa de ejemplo y de recorderis de esta novela: “Dos bancos semicirculares estaban arrimados al hogar. Me tendí en uno de ellos cuando un intruso invadió nuestro retiro. Era José, que bajaba por una escalera de madera que debía de conducir a su camaranchón. Dirigió una oscura mirada a la llama que yo había encendido, expulsó al gato, ocupando su sitio, y se dedicó a cargar de tabaco una pipa que medía ocho centímetros de longitud. Debía considerar mi presencia en su santuario como una irreverencia tal que no merecía ni siquiera comentarios”.

 

O, de otro lado, qué tal esas atmósferas apabulladoras de Faulkner, opresivas en la narración de la decadencia: “El lugar hacía donde Simón se dirigía era una enorme casa de ladrillo situada junto a la calle. La finca había albergado anteriormente una hermosa mansión colonial que se alzaba entre magnolios, robles y setos florecidos, pero al incendiarse el antiguo edificio, se derribaron algunos de los árboles y se hizo sitio para un disparate arquitectónico tan terriblemente desmesurado que poseía cierta grandiosidad caótica” (Sartoris).

 

En cualquier caso, lo hermoso de la literatura es que para ella no hay temas proscritos. Caben todas las miserias humanas, todos los apocalipsis, las apoteosis, las mutaciones, las iras… Se le puede dar cabida a lo desmesurado o a lo prudente; a lo obscuro o a lo luminoso; a las atrocidades y a los sentimientos más sublimes. Todo radica, y he ahí la dificultad, en hacerlo con belleza, con verosimilitud. En poder darle vida a lo expresado. En sentir, por ejemplo, el polvo del camino cuando una tortuguita atraviesa una carretera en una novela de Steinbeck; en poder experimentar la impotencia, pero, a su vez, la vocación indoblegable de la lucha, del viejo Santiago en la épica narración de Hemingway; en agonizar con un soldado en una trinchera en Sin novedad en el frente; o en sucumbir ante el horror blanco  de Moby Dick.

 

¿Acaso no se siente un desmoronamiento interior al leer este fragmento de Las olas, de Virginia Woolf?: “Y el tiempo, dijo Bernard, deja caer su gota. La gota que se ha formado en la techumbre de nuestra alma, cae. En la techumbre de mi mente el tiempo, formándose, deja caer su gota. La semana pasada, mientras me afeitaba, la gota cayó. Estando en pie, con la navaja barbera en la mano, me di cuenta bruscamente de la naturaleza meramente habitual de mi acto (esto significa la formación de la gota), y felicité a mis manos, irónicamente, por perseverar en él. Afeitad, afeitad, dije. Seguid afeitando. La gota cayó. Durante la labor del día, sin cesar, aunque a intervalos, mi pensamiento se fue a un lugar vacío y dijo: “¿Qué se ha perdido? ¿Qué se ha terminado? (…) Mientras me abrochaba el abrigo para ir a casa, dije con más dramatismo: He perdido la juventud”.

 

Las historias de la condición humana están atiborradas de asperezas y frustraciones, de angustias y desasosiegos, y, claro, de soñadas conquistas. La literatura pone en planos más elevados, más complejos si se quiere, estos asuntos. Los distancia para acercarlos al alma. Los disfraza, para que todos sepan de qué se trata. En ellos está usted, con una máscara, pero esta no alcanza a disimular su dolorosa fisonomía, como sucede en algún relato de Marcel Schwob. Ella, la literatura, es capaz de objetivar lo real y lo soñado, lo contingente y lo necesario, lo esencial y lo superfluo. Es una recreación del universo, de su pasado, presente y futuro. Está por encima del tiempo, al cual moldea a su gusto. Lo cual significa también, de algún modo, que va más allá de la historia. O como decía Aristóteles: “La poesía es una cosa más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía aspirar a expresar lo universal; la historia, lo particular”.

 

 

3.

 

Y como al principio, la literatura puede hacer muy grande lo que en apariencia es pequeño y darle un estatus más elevado, un rango de prominencia a cosillas que no tienen mucho abolengo. Así, a modo de ejemplo, se podría citar un fragmento de un relato del uruguayo Felisberto Hernández. “El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de los que pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde, ya daba sobre un mantel blanco; allí se habían reunido, como para una fiesta de recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos sentamos, los tres nos quedamos callados un momento; entonces todas las cosas que había en la mesa parecían formas preciosas del silencio” (El balcón).

 

O este otro de Azorín: “Unas campanas de despiertan; son tres campanas; dos hacen un “tan, tan”, sonoro y ruidoso, y la tercera, como sobrecogida, temerosa, canta; por debajo de este acompañamiento, una melodía larga, suave, melancólica. Cervantes oiría entre sueños, todas las madrugadas, como yo ahora, estas campanas melodiosas. Aún es de noche; todavía la luz del alba no clarea en las rendijas de la puerta y de la ventana. Y me torno a dormir. Y luego, las mismas campanas, el mismo acompañamiento clamoroso y la misma melopea suave me tornan a despertar. Ya la luz del nuevo día pinta rayas y puntos vivos en las maderas de las puertas. Unas palomas ronronean en el piso de arriba y andan con golpes menuditos sobre el techo; los gorriones pían furiosos; silba un mirlo a lo lejos…” (La novia de Cervantes).

 

En rigor, no son necesarios una grandilocuencia rebuscada ni un alto edificio verbal para pintar sentimientos y paisajes. Bastan unas cuantas pinceladas —eso sí, maestras— para expresar atmósferas y sugerir caracteres. O para señalar mundos casi anodinos, pero que, dichos con otras maneras, hacen que el lector se fije en ellos con ojos de novedad y asombro. El poder de la literatura radica en darle a la vida otra dimensión; en producir despliegues del alma, triste o contenta; en provocar que el hombre se mire a sí mismo y se entere, con otro sentido, de sus miserias y potencialidades. La literatura puede ser un consuelo o una esperanza, una certificación de lo temporal del hombre. Y en todo caso, anuncia las flaquezas, las angustias, las inteligencias, los pesares. En ella se puede encontrar desde la profecía hasta la sensación de pesadez del presente. Con ella es probable escudriñar el pretérito o auscultar el porvenir. Encontrar al héroe y al antihéroe y a los prototipos humanos. También los valores, modos de vida, las inquietudes existenciales de determinada época. Por eso, la novela, el cuento, la poesía, tienen más poder y alcance que la historia. Y a veces, son la historia misma.

 

 

4.                                                                             Resultado de imagen para leopoldo alas clarin

 

Sencillez y profundidad son dos elementos que se conjugan, con acierto, en la literatura de Leopoldo Alas, el célebre Clarín, un autor ignorado en su tiempo, pero celebrado en nuestros días, y que en su narrativa breve muestra, con mayor ahínco, todo su talento de escritor y de sicólogo. Es un explorador de almas. Penetra, con un lenguaje claro (tal como el que luego propondría Azorín para el novelista) en las honduras de la condición humana, la cual examina, en toda su extensión. Pone en la picota determinados valores burgueses (como el del dinero, el arribismo social, la doblez, etc.), y, a veces, en su canto desesperanzado pero vigoroso, se nota el desencanto por la existencia, la inutilidad de ciertas vidas. En él, o, mejor, en sus cuentos, revive aquello de que el hombre es cosa vana y ondeante (a lo Montaigne): estamos hechos de tiempos. Y pasamos. Sin remedio y sin posibilidades de tener otra vida tras la muerte. Y don Leopoldo nos lo cuenta y nos lo hace padecer para que, sufriendo, nos enteremos —una vez más— de nuestro efímero discurrir.

 

En algunos relatos, como por ejemplo, en el de El número uno, da cuenta de la trayectoria vacua de alguien que siempre se creyó un portento, un fuera de serie, pero resultó siendo un tipo intrascendente, con una vida sin paisajes, amarga. Y aunque en sus creaciones Clarín no pretende moralizar, así haya titulado uno de sus libros como Cuentos morales, sí efectúa una suerte de radiografía del corazón del hombre, pero, eso sí, con un propósito ético, como es el de estar mostrando caminos en los cuales podamos detenernos, de vez en cuando, a observarnos, a reflexionar sobre nuestro comportamiento y nuestras debilidades.

 

Por otra parte, Clarín, un partidario a lo Flaubert del arte por el arte, no cayó en la tentación de las modas ni se dejó seducir por las capillas ni los cenáculos de su tiempo. Fue un independiente, con banderas que reivindicaban la existencia, pero, sobre todo, alguien que siempre creyó en la literatura no solo como posibilidad estética, sino ética. En su concepción artística también se patentó al hombre como ser social, inmerso en un mundo contradictorio, a veces inhumano, a veces lobo para su semejante. Con su literatura, Clarín no pretendió que el lector mejorara sus costumbres, o corrigiera sus vicios, o construyera un decálogo o un manual de comportamientos. Solo quería dar una visión interior del hombre.

 

Un aparte del prólogo suyo a los Cuentos morales, puede otorgar más nitidez al respecto: “Sigo opinando que los libros no pueden ser morales ni inmorales, como los Estados no pueden ser ateos ni católicos, a no ser en el mundo de los tropos peligrosos. Aun reduciendo el significado de moral a la virtud que una cosa puede tener para moralizar a los que cabe que sean  morales (los individuos racionales), diré que mis cuentos no son morales en tal concepto. Los llamo así porque en ellos predomina la atención del autor a los fenómenos de la conducta libre, a la psicología de las acciones intencionadas. No es lo principal, en la mayor parte de estas intervenciones mías, la descripción del mundo exterior ni la narración interesante de vicisitudes históricas, sociales, sino el hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad”.

 

Clarín, en su modo de decir, describe, sí, entornos y algunas vicisitudes “objetivas”, pero con el fin de enmarcar al hombre, de situarlo, de concederle un referente histórico. Aunque, tal como el lector lo podrá captar, lo importante para él no es tanto el paisaje, el ambiente, sino el alma, las penurias, las alegrías, una tristeza imparable. O la muerte. O el no pasar a los anales de la historia, en no quedar registrado en el libro de la fama (como sucede con en el cuento titulado Vario). O la miseria física y mental. O las angustias de la vejez (de la enferma-edad que llamaría Roa Bastos). En fin, que es amplio el panorama íntimo propuesto por don Leopoldo, y con su lectura uno gana peso en el corazón.

 

La literatura, y en este caso los cuentos de Clarín, elevan al hombre; lo suben un peldaño más en la escala de la Creación, le amplían el universo. Y, al mostrar las flaquezas de espíritu y también las virtudes, al señalar los vicios y referenciar los asuntos más recónditos y secretos del alma, reivindica al género humano. Y tal vez lleva al lector a pensar en la construcción de un nuevo mundo, porque, al fin de cuentas, la literatura induce a soñar. Y, claro, toda la vida es sueño…

 

Medellín, agosto de 1994

 

(Ensayo escrito para el libro La imperfecta casada, de Leopoldo Alas, colección Biblioteca Distinta, Edilux)

 

 

 

 

 

El atarván

Por Reinaldo Spitaletta

 

Camina con aires de superioridad, taconeando a veces, como un modo de llamar la atención, o de hacer que los que pasan le miren los zapatos. Saluda entre dientes, y eso cuando se digna en responder. Para él, el otro está o pintado en la pared o no es más que un estorbo, ya sea en la calle, la tienda, el parque, el supermercado o en cualquier lugar, porque preferiría no tener que ir a pie para que nadie se le atraviese o para que no lo sobrepasen, que cuando esto sucede le entran ganas de decir “oíste, vos, qué creés pues, que me vas a ganar de paso largo o qué”. Tiene mirada turbia, rictus de rabia en los labios, casi siempre tiene empuñadas las manos, como si estuviera dispuesto a dar golpes o a amenazar.

 

No se sabe qué problemas, o, como más se pronuncia por estos lares, qué traumas y talanqueras tuvo en la niñez, que no alcanzó a incorporar las normas. Y lo que se denomina el respeto por sí mismo y por los demás no está entre sus cánones. Así que puede, sin dársele nada, si va manejando, pasarse los semáforos en rojo, no dar paso a los ancianos ni a las damas, y si por cualquier motivo, el de adelante no arranca a tiempo, o va muy despacio, le suelta un concierto de claxon y de hijueputazos.

 

Se desconoce si sus ancestros inmediatos no le enseñaron a comportarse con altura cuando, por ejemplo, alguien te tropieza por accidente, y aunque no presente disculpas el otro, no hay por qué emprenderla contra él a insultos y desafíos a pelear. Tampoco parece que lo hubieran instruido para dar las gracias ante cualquier transacción, intercambio o favor recibido. No conoce del llamado buen tono ni qué significa la convivencia en una ciudad como esta, en la que hay otros groseros, infumables y desvergonzados quizá peores que él. Lo que podría dar a entender a sociólogos y otros analistas, que la urbe tiene, ya sea imaginarios y mentalidades recientes o lejanos, una inclinación hacia el irrespeto, la altanería y la injuria.

 

La cara tiene ausencia de sonrisas y más bien aspecto de matonerías. La mirada, en ocasiones, está ida, distraída, como si estuviera tramando cuál va a ser su próximo despropósito. El atarván, que así decían los abuelos de un tipo perteneciente a la gentuza, dedicado al insulto y la plebería, es dado a creer que es omnipotente, que nadie puede con él, porque está hecho de vulgaridad y sobradez, y su escasa inteligencia no le alcanza para darse cuenta del desprecio que muchos le profesan.

 

El rostro —nada agradable, por cierto— cada vez va tomando apariencia de estar amargado, pero, a su vez, de presentar un síntoma de “importaculismo”, porque, no sobra decirlo, al atarván no le interesan ni los modales, ni aquello que hace años llamaban civismo, ni menos la catalogada urbanidad, que, aunque presenta aspectos moralistas, sirve para una convivencia con gratuidades. En los últimos años, a tipos como estos que desconocen la cortesía, se les incrimina como guaches, una palabra muisca, que de seguro los de esa cultura la usaron para referirse a los españoles que invadieron sus territorios.

 

Un atarván, en últimas, no es más que un pobre diablo, mequetrefe sin abolengo ni cultura (qué cultura va a tener), que padece de complejo de superioridad. Eso se le oyó decir a un académico, víctima de un empellón en acera provocado por un espécimen de estos, tan corrientes en estos días cuando predominan las apariencias, la bastedad y el mal gusto… El atarván, que piensa (¿piensa?) que está hecho para pasar por encima de la elegancia y portarse como le venga en gana, a veces, porque el azar es justiciero, se topa con otro de su índole y sufre los desmedros en cara y el resto de su figura y recibe sentencias, como esta, muy a su estilo: “bajate de esa nube, hijo de mil putas”.

 

 

Nota Bene: en Colombia, la palabra atarván (también la escriben atarbán) ya casi no se usa, parece un arcaísmo. Los que sí abundan, son los atarvanes.

 

 

Sonia en las estepas del recuerdo

(Una canción de Gardel en una distante esquina de barrio)

Por Reinaldo Spitaletta

 

La esquina nocturna, con bar y pianola, penumbra de muchachos que, afuera, sentados en la acera, en acercamiento para escucharse mejor sus palabras y respiraciones, dejaba oír una canción triste (a mí entonces así me lo parecía, y luego descubrí que era un drama mortal), regada por el asfalto sucio, con papelitos que el viento arrastraba: “La inmensa extensión de las estepas, / cubierta por la blanca nieve está / y son de este presidio las murallas / tan altas, que ni el sol se ve alumbrar”.

 

La conversa continuaba, la especie de balada rusa, también. Y la voz del cantor, bien hecha, decía con dejos melancólicos, mejor dicho, tejía la historia. Nosotros, apenas nuevos, recientes, sin experiencias de desamores ni traiciones, proseguíamos con el rubro de lo que queríamos ser: futbolistas, médicos, mecánicos, aviadores (policías jamás), y de a poco, sin darnos cuenta, la canción se nos metía, con sus versos clandestinos, con su acento ruso, con la imagen pesarosa de un tipo en una celda, que cantaba tristuras, y pronunciaba el nombre de una mujer “¡Sonia! ¡Sonia!”, cuando había otra, del mismo nombre, que nos llamaba la atención porque era una rosa de Valledupar, perfumada y todo, flor de inspiración que interpretaba una orquesta tropical en los diciembres que ya eran parte de un pasado, cercano todavía.

 

La canción se acababa y tornaba a sonar. Era posible que un parroquiano estuviera prendado de ella, o tuviera un dolor, le sangrara una herida por dentro. Y ahí seguía, tal vez con la cabeza contra la mesa, y  nosotros también ahí, en las afueras, diciendo mentiras, inventando aventuras, haciéndonos los héroes como Kaliman, como Sandokan, como el capitán Grant, o cual Tarzán de los Monos o Miguel Strogoff, reunidos a la espera de que algún día pudiéramos entrar al bar, que para entonces era una de las maneras (tontas, se dirá) de ser hombres. Una graduación.

 

“¡Sonia, Sonia! Tú del Volga eres bella flor”, pero, uno, con la alegría de los años mozos, qué cuento de tragedia, no estaba hecha la desgracia para nosotros, pocas bolas les parábamos al cantante y a sus decires, que más por repetición que por atención se nos fue introduciendo aquel dramón por boca y nariz, qué va, más bien por corazón e hígado, así suele pasar. Digámoslo de una vez: las canciones de aquel bar no eran para nosotros, sino para viejos, que así catalogábamos a todos aquellos que tenían más de veinte años.

 

“¡Sonia! ¡Sonia! Mi existencia muere,
encerrada en esta gran prisión,
y antes que la nieve me aprisione el corazón,
quiero llegue a ti mi maldición”.

 

La esquina en penumbras y nosotros en ella, parte de un tiempo sin relojes, pero sí con llamados intempestivos, porque era probable, también clasificaba la posibilidad, que apareciera una mamá, un papá con voz de mando, a ordenar a alguno de nosotros, que era hora de estar en casa, o de ir a comer, o de revisar cuadernos de tareas. Y en comparación con aquellas que en ocasiones eran energúmenas, la voz del cantante sí era más arrobadora, menos agresiva que la del sujeto o sujeta que aparecería sin falta para desordenar a los que, sentados, muy juntos, no sabían de esperas ni de amores contrariados.

 

Lo que sí sabíamos era que el cantor se llamaba Carlos Gardel, ¡quién no lo iba a saber!, si en casa lo cantaban, lo sonaban; si había en cantinas caras de él, muy sonriente, con sombrero, de frente, de tres cuartos, a veces mirando a ninguna parte. Lo sabíamos, pero poco nos importaba, porque, en general, casi nada entendíamos de sus historias cantadas, de sus formas bonitas de silabear, de pronunciar, que era muy claro su canto, lo que no nos interesaba era lo narrado, lo que contaba, así fuera sobre el barrio plateado por la luna. Todavía no teníamos tristezas en el repertorio vital.

 

La esquina de claroscuros, hospedaje de la vida en ascenso, era, a su vez, sede de músicas angustiosas, como la de la mujer infiel, la de la “vil pasión”, la que se dejó ceñir el cuello por otro hombre, la que desencadenó un trágico final a puñaladas, una condena en una cárcel sin sol para el asesino, que entre aquellos muros añoraba a su “¡Sonia, Sonia!, ya no sé si existes!”.  Nosotros, en otro mundo. Y el cantor insistiendo con aquellos versos quejumbrosos:

 

“Y nada en este mundo llega a mí,
sólo hordas y hordas de cosacos
y de hambrientos lobos hay aquí.
Aunque mi recuerdo en tu memoria,
por ser tú dichosa, ya no esté,
en tus sueños, cual fantasma apareceré,
y esta historia te recordaré”.

 

Después, cuando ya había desaparecido aquella esquina de muchachos perseguidores de estrellas, cuando no estaba el Seeburg ni tampoco la cantina, cuando algunos teníamos bozo y ya en las caras de unos bien parecidos se asomaban las cicatrices del acné, nos metimos en las líneas de Harry Haller, y supimos que la soledad era una manera de la independencia, como la de los lobos esteparios. Y las páginas de Dostoievsky, cuya lectura nos ayudaba a disolver la angustia existencial, o, mejor dicho, a cambiarla por un hacha, por una avara, por un megalómano, nos pasearon por paisajes siberianos, por frías estepas, por mundos como el de otra Sonia, más bien obsequiosa de piel, que nos hizo recordar a la de la otra rusa, por la que un hombre tiritaba en una celda.

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Años más tarde, al encontrarme con las letras de Vasili Grossman, me introduje en los sonidos y misterios de la estepa calmuca (Chejov nos había paseado por la estepa ucraniana), de apariencia “triste y melancólica”. Y no sé por qué, me acordé de Sonia, la de aquella esquina inevitable de los recuerdos. Pero no dejé volar la memoria, porque ahí, muy cerca, estaba la estepa literaria, en la que “la tierra y el cielo se han mirado recíprocamente tanto tiempo que se parecen como marido y mujer, dos seres que han pasado toda la vida juntos” (Vida y Destino, de Vasili Grossman), muy distinta a Sonia y su preso enamorado, separados por una traición, un puñal y una esteparia prisión.

 

Grossman nos volvió a llevar al Volga, a Stalingrado, a los bombardeos alemanes contra la ciudad mártir, heroica, de la Segunda Guerra, y en el recuerdo, aparte de la canción que hablaba de una mujer que era “del Volga bella flor”, estaban los boteros y remeros del río más largo de Europa, en otra interpretación rusa, escuchada en las casas de entonces, en tocadiscos y radios.

 

Cuando escucho, tras tantos años, a Gardel y su interpretación dramática de esa canción rusa, con música de un húngaro (Jenö Pártos) y letra del argentino Carlos Cappenberg, no puedo dejar de volver a la esquina remota en la que un grupo juvenil se gastaba las palabras en sueños y aventuras literarias o de radionovela, mientras de un traganíquel bien iluminado brotaba una como género de balada entristecida que daba frío.

 

 

 

El adiós de Perfumo, legendario back central

(El Mariscal argentino murió al rodar por unas escaleras, tras sufrir un aneurisma cerebral)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Roberto Perfumo debutó en el Racing Club de Avellaneda, yo era un niño que jugaba al fútbol en potreros de Bello, los que estaban en las cercanías del charco del Búcaro y en las proximidades a un convento de Clarisas, en cuyas afueras siempre había un burro que daba las horas. Para entonces, uno ya había escuchado hablar de Pelé (sobre el cual ya había visto un filme en el Teatro Bello, en el que una bruja, cuando el negrito nació, dijo: “va a ser rey, va a ser rey”), de Garrincha, el de las piernas deformes y la gambeta imposible, la misma con la que dejó regado en la pista atlética del estadio Atanasio Girardot de Medellín, a un defensa del DIM, Canocho Echeverri. Y de otros grandes jugadores de Brasil y Argentina.

 

Y ya había ido al estadio a ver al equipo del que me enamoraría para siempre, el Deportivo Independiente Medellín, de Mario Agudelo, Antonio Pécora, Rodolfo Ávila, John Jaramillo, José Vicente Grecco e Ignacio “Velitas” Pérez. Y también sabía que dos años antes, en 1962, la selección de Colombia había empatado a cuatro goles con la de la Unión Soviética, en el Campeonato Mundial de Chile.

 

Por lo demás, a esa edad, uno estaba más interesado por los goleadores, por el centro foward, por punteros de raya, por mediocampistas con gol, y no por los defensas (por los arqueros, más o menos). Y Perfumo era uno del “cuatro posterior”, un back central, que por entonces, y yo no lo sabía, ya era una promesa del buen jugar. Iba a ser un gigante en el llamado “Equipo de José” con el que sería campeón del fútbol argentino, de la Copa Libertadores y de la Copa Intercontinental de Clubes. Su primer entrenador en Racing había sido Néstor Rossi, que anduvo por Colombia, y luego el mítico Juan José Pizzutti, que lo convirtió en uno de los más tremendos zagueros del fútbol gaucho. Lo apodaron El Mariscal. Mandaba en el área y en sus cercanías. Y casi siempre, en todo el gramado.

 

En 1966, integró la selección de Argentina que participó en el Mundial de Inglaterra. Y por esos días, tal vez antes, conocí a Perfumo, en las láminas o caramelos de futbolistas de aquel torneo universal, en el que brilló la Pantera Negra de Portugal, mientras los suramericanos salían eliminados, más que todo por el concierto de patadas a que los sometieron. Perfumo, en aquellos cromos aparecía con cabello marrón, la mirada hacia la izquierda y una camiseta de cuello en V, de rayas verticales azules y blancas, la de la Academia.

 

Cuatro años después, Perfumo, que volvía a hacer parte de la selección de su país, no pudo asistir al campeonato Mundial de México 70, porque a Argentina la eliminó la entonces estelar escuadra del Perú (que tenía, entre otros, al Cholo Sotil, el Nene Cubillas, Chumpitaz y Pedro Perico León). Para esos años, ya era una figura de postín. Un capo. Una estrella. Un impasable. Uno que mandaba en la cancha. Organizador. Líder. Un defensa con categoría. Todos los muchachos que aspiraban a jugar atrás, como centrales, querían ser como él. Un duro. Un exquisito.

 

Después (“después amar, después partir y al fin andar sin pensamiento…”, como dice un tango) se fue a Brasil (al Cruzeiro), y más tarde, en sus días de veterano, jugó en el River, se volvió entrenador, y al final de sus tiempos, comentarista de televisión y prensa, que es, aquí y allá, donde terminan muchos futbolistas retirados. Pero Perfumo ya era una leyenda. Y parte de esa “legendariedad”, creció con una anécdota con Maradona, cuando el Diego apenas era un pibe, un futbolista en ciernes.

 

El River de Perfumo se iba a enfrentar al Argentino Juniors, en el que jugaba un pelado de dieciséis años, del cual ya todo el mundo hablaba con admiración: Maradona. Reinaldo “Mostaza” Merlo, al que sus compañeros le decían “el periodista”, se las sabía todas, incluidos chismes y consejas, no solo de adentro del club millonario, sino de los de afuera. Dicen que Perfumo le inquirió por una promesa que jugaría contra ellos. “¿Juega bien el pibe?”, interrogó Perfumo a Merlo. “Sí, Roberto, sirve”. Y Cuando Merlo decía “sirve” era como si dijera que era un genio, una revelación de brujos.

 

“Hay que marcarlo”, insistió Mostaza, a los requerimientos del Mariscal. “Bueno, habrá que darle un estatequieto”, dijo Perfumo.

 

“Jugábamos en cancha de Huracán contra River, que tenía un equipazo, jugaban todos. Ellos tiraban siempre el achique. En una, yo me despierto, hago así (gesto con la mano como que elude a dos rivales) y lo veo al Mariscal de frente”, contó años después Maradona. Y continuó: “Y quiero enganchar para atrás. Te juro, se la tiré para la derecha para poder salir por la izquierda y me pegó acá (se golpea en el pecho). Caí como a 50 metros. Se acerca Roberto y me dice: ‘¿Nocierto que no tenés nada, nene?’. Y me levanta. Le digo: ‘No, Roberto, ¿estás bien del pie?”.

 

El cuento es que Perfumo nunca recordó que eso hubiera sucedido, que jamás coincidió en un partido oficial con el muchachito genio precoz. Sin embargo, en una nota periodística, señaló: “Me había olvidado de esa anécdota. Vino y chocó, pero no se asustó, un fenómeno. Lo levanté. A veces los levantábamos de las orejas para hacerlos sangrar. Si no, te pisábamos la mano para fracturarte. Y Diego se quedó ahí, pero no se asustó nada. Siguió encarando. ‘Este pibe no se asusta, Mostaza’, le dije”.

 

Como sea, y como es fama, a los argentinos les encanta la mitología, que tiene representaciones y símbolos de alcurnia, como Gardel, Evita Perón, el Che Guevara y por supuesto Maradona. Lo que sí es real es que Perfumo era una suerte de muralla, con juego elegante y efectivo. Y cuando había que ser duro, lo era. Además, cobraba tiros libres y penaltis con categoría.

 

Roberto Perfumo, el crack de la camiseta número dos, murió en Buenos Aires, el 10 de marzo de 2016,  tras caer por unas escaleras de mármol en un restaurante de Puerto Madero. El accidente sucedió, según los reportes médicos, tras sufrir un aneurisma cerebral. Rodó y cayó tan duro, que quebró las baldosas. Había nacido en 1942, en Sarandí, Avellaneda.

 

Lástima no haber conservado aquellas laminitas de infancia, con estrellas futboleras universales, en las que estaba el Mariscal Perfumo con la camiseta de la Academia. El mito aumentará con su muerte. Chau, Roberto, no va más.

Ligia Cruz, bovarismo y simulación

(Historia trágica de una “montañera” que se avergüenza de su nombre)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tomás Carrasquilla, retratador del alma y los defectos y cualidades de la cultura antioqueña, caracterizada en muchos aspectos como simuladora, pujante y desabrochada, perfila en su novela Ligia Cruz asuntos humanos de fondo, conectados con la identidad, el complejo de inferioridad (y de superioridad, claro), las distancias mentales entre ciudad y campo, y aquello que algunos sicólogos denominaron como una diferencia abismal entre la realidad y las ilusiones: el bovarismo. Publicada en 1920, a guisa de folletín, en el diario El Espectador, la obra (que a la manera clasificatoria francesa es una nouvelle) profundiza en la creación de caracteres y personalidades, que es, en esencia, la labor clave del novelista. Una historia en la que aparecen las brechas sociales, el arribismo de la seudoaristocracia paisa, en particular la que tuvo raíces en la ciudad “heráldica de Antioquia”, una “nobleza azul y requintada”, y fastidiosa, que mira por encima del hombro al que no pertenezca a las filas de la ricachería de emergentes y tradicionales, dados al esnobismo, y, en particular, a medirlo todo con los cánones y parámetros de París.

 

El personaje que da nombre a la novela, es una muchacha veinteañera, de Segovia, hija de un compadre del señor Silvestre Jácome, dueño de mina, remediano y habitante de principalía en Medellín, donde tiene un caserón de grandes dimensiones y comodidades. Está casado con Ernestina (él la llama Ernesta) y tiene tres hijas y tres hijos, entre ellos Mario, que se acaba de graduar de médico cirujano en Bogotá. La ahijada, Petrona Cruz, viaja a la ciudad, a una estada en casa del padrino, que la ha invitado, para desgracia y asqueo de Ernestina y de su prole. La advenediza contrasta con las peladas Jácome, dadas a las ínfulas, las modas y la ostentación, mientras que la segoviana, que no era pobre, sí era fea y desmedrada, según la describe el narrador. “Su voz era ronca, con inflexiones de chicharra; y su vestimenta, con pretensiones de moda, un adefesio arlequinesco desde la sombrereta hasta el calzado”, que así llegó a la ciudad, procedente de la tierra del oro y de los hechizos.

 

La presencia de la forastera, a la que Ernestina le prohibirá que la designe “madrina” y que tampoco le diga “padrino” a Silvestre, altera la vida de sus moradores, que están en preparativos de boda de una de las señoritas, y a punto de recibir al médico, que da lustre y lucimiento social a los Jácome, miembros, gracias a las actividades económicas del padre, de la plutocracia medellinense. Petrona tiene dotes de fémina que puede conquistar por el caminado, por su porte y desparpajo, porque, según ella misma, todos los que la miran se enamoran de ella.

 

Petrona, que sobre todo es una lectora de historias, las que le gustan más que “los versos de poesía” (ha leído a José Asunción Silva, por ejemplo), quedará en el caserón a cuenta de Ita, que fungirá de madre y protectora, encargada de sacarla a la ciudad y, sobre todo, de no permitir que se vaya a revolver con las estiradas hijas de Ernesta, a su vez, una señora de “buen tono” y postín. Que si Petrona hubiera sido negra, ni siquiera la hubiese recibido en esa, su casa de lujos y distinciones. Petrona, a la que un novio que la pretendía “con malas intenciones” le regaló la novela María, de Jorge Isaacs, es una muchacha que tiene en la lectura una posibilidad de agrandar su universo pueblerino y alimentar su fantasía.

 

La novela, de logros en su intensidad y tensión, elementos más propios del cuento, es una radiografía de los ricachos de la Villa, de sus poses y gustos por lo “fashionable”, por la apariencia y la vanidad. En ella, Carrasquilla muestra de nuevo (lo que ya había hecho, por ejemplo, en Frutos de mi tierra y Grandeza) su capacidad para la caracterización de clases sociales, de los lenguajes cultos y populares, y de un conocimiento hondo de la condición humana. Ante los relumbrones y oropeles de la familia Jácome, ante los destellos de su mundo de falsedades, Petrona va cayendo en una suerte de espejismo, que la hace renegar de su nombre original para autobautizarse como Ligia, nombre que saca de la novela Quo Vadis?, del escritor polaco Henryk Sienkiewicks, y de su adaptación al cine silente.

 

Y si, según el padrino, su ahijada es boba, presuntuosa, coqueta y embustera, la familia de los Jácome no se queda atrás en estas boberías y atolondramientos, solo que sus manifestaciones de orgullo y pretensiones de mucha cosa están “preparadas en salsa y en bandeja de plata”, mientras la “montañera” (también la designa como “montuna” la encumbrada Ernestina, que se opone a lo “mañé” y ordinario), “está cruda y en batea”.  Ligia, que llegó de Segovia con un diagnóstico de paludismo, se encuentra con la ciudad, sus cines, teatros, calles, trenes, bailes, y todo lo que está conectado con momentos de “los años locos”, de una bella época, que en Europa y Estados Unidos corresponde a un renacimiento de mentalidades burguesas, y a la exaltación de la diversión y el lujo, como lo mostrará, en otros sentidos y otros ámbitos, Scott Fitzgerald en su novela El gran Gatsby. Son los tiempos del fox-trot, del valse lento, del “right tang”, que entre los nuevos ricos de la Villa están en boga.

 

Petrona, o, de otro modo, Ligia, conoce el Circo España, el Teatro Bolívar, va en tren a El Poblado, y en esa especie de inmersión en un mundo que no es el suyo, va creciendo su creencia de que Mario se enamorará de ella, que se casará con ella. Ha visto la película Quo Vadis? (de 1912) y se ha dejado engrupir por una historia de amor, con marco de los días de Nerón, del autor de El satiricón (Petronio), de los cristianos nuevos, de los síntomas de la decadencia del imperio (que se demorará mucho en caer). Ligia se enterará de los preparativos de lujo de una boda inminente (y eminente), en la que verá de cerca a su amado ilusorio, en el que dará muestras sintomáticas de aquello que se ha denominado el bovarismo (procedente de la novela Madame Bovary, de Flaubert), que es, en cierto modo, una tragedia personal, una distorsión de la realidad y una exacerbación de las ilusiones.

 

A través de la novela, un lector avisado podrá hallar los modos de hablar de los ricos citadinos, sus vestuarios, músicas y gustos; encontrará asuntos conectados con la servidumbre, con la aristocracia del dinero, con la hipocresía en los comportamientos de la élite, y con sus interesadas filantropías y caridades. Y gracias a la magia del lenguaje carrasquillesco, se topará con una transformación de una “montañera”, que en tres meses pasará de ser una muchachita feúcha y mañesuda, en una señorita de apariencia agradable. Y a todas estas, quedará en evidencia aquello que pudiera ser parte de una estética, según si lo observa un artista (y Carrasca lo es) o pasar a ser una chocante manifestación de la mentecatería social y lo considerado “chic”: lo cursi. “Lo cursi cabe más en los ricos y entonados que en cualesquiera otros grupos; más en la ciudad que en la aldea”, y para muestra, el botón lo hacen Ernestina y sus muchachas (ah, y “muchachas”, tal como se lo cuestiona la heráldica señora a la recién llegada, se les dice a las sirvientas).

 

En la novela, se advierte el proceso de falso ascenso de Ligia, que pasa, como lo dice el señor Silvestre, en un dos por tres de “la batea a la bandeja”. En efecto, “ha pasado con mucha salsa y mucho perejil, pero sin cocimiento ni sazón. Ya no es la pueblerina pretensiosa: es la cursilona de ciudad”. Ligia se tornará “arrolladora y radiante”, como aparece en la boda de Fanny y el hijo del banquero Marañón. Y se verá cómo el médico le sigue la corriente a una mujer, una aparecida, que está enamorada de él, con síntomas de “histeria erótica”, y se da cuenta que está a punto de fallecer, porque la tuberculosis hace su labor de zapa en la segoviana delirante.

 

Los tres primeros capítulos, referidos a la ciudad, a la presencia y transformación de Petrona en Ligia, de la “montañera” en una citadina con aspiraciones, revelan las contradicciones entre el campo y la ciudad, entre las imposturas citadinas y las “originalidades” de los provincianos. Carrasquilla demuestra su hondo conocimiento de la lengua, de los caracteres y las desventuras humanas. Da cuenta de su sapiencia en distintos ámbitos y disciplinas, que debe saber de diagnósticos médicos, de comportamientos femeninos, de costumbres y súbitas modas, de botánica y gastronomía. Ligia Cruz, “perfectamente tuberculosa”, da cuenta de que el novelista ha bebido en las fuentes de la tragedia griega, del romanticismo del siglo XIX y de la permanente observación de los cambios y permanencias de una ciudad-aldea, como Medellín, que en 1920 ya tiene en sus paisajes urbanos el ferrocarril, las chimeneas fabriles, las guarichas y gentes de bajo pelambre, así como una capa social de privilegiados, que mira con recelo y le hace el “fo” a los humillados y descastados.

 

El último capítulo, con nuevos personajes y otras geografías, con la presencia de la magia, el mestizaje cultural, el campo, las minas y “el socialismo segoviano”, es el que da cuenta, además, de la familia de Ligia Cruz, de la fiesta y la desgracia, de los platos decembrinos, las trovas y la música popular. Y en el que el novelista vuelve a dar muestra de su conocimiento amplio y serio de los lenguajes y culturas de aquellos a los que la cursilería y el “europeísmo” no los afectan ni pone de rodillas.

 

Ligia Cruz, una novela corta y volcánica, en la que, además, el autor vuelve a dar evidencias de su manejo excepcional del diálogo, es una revelación de los choques entre la ciudad y la periferia, y de cómo el mohán, la madremonte, los duendes y hasta los filtros de amor y la brujería, se oponen a las expresiones superficiales de la ciudad, más pendiente —en particular entre los que se creen blancos y de mejor familia— de la simulación y de la mentira.

 

Salas de redacción: de la clínica de partos al cementerio de escritores

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Comenzaré con la evocación de una imagen, la de un gran cronista argentino, Roberto Arlt, en la sala de redacción del periódico El Mundo de Buenos Aires. Como sabemos, este periodista escribía unas notas, unas crónicas estupendas llamadas Aguafuertes que narraban la ciudad y sus habitantes. Escribió más de dos mil que luego fueron recogidas en libros. En esa sala no solo planeaba sus notas urbanas sino que escribía sus novelas, robándole tiempo al periodismo. Arlt se convirtió en un periodista para la gente, que esperaba con ansiedad sus columnas y las devoraba. El periódico se agotaba los días en que aparecían las Aguafuertes porteñas.

 

Algunos críticos, muy estirados y buenos gramáticos, decían que Arlt escribía mal. Lo acusaban de ser casi un analfabeto, de descuidado en la redacción, que hasta cometía errores de ortografía. Al principio de su vida, por su condición económica, tuvo que desempeñar varios oficios, como aprendiz de pintor, ayudante de hojalatero, mecánico, vulcanizador, cargador en el puerto, en fin. Pero siempre quiso ser escritor por encima de todas las cosas. Y sus libros de ficción los escribió entre un trabajo y otro. Incluso en la sala de redacción de El Mundo. La imagen que quería evocar es la siguiente y la narra Roberto Arlt con sus propias palabras:

 

“El jefe de redacción del diario ha pasado un día a las 9 de la mañana por la redacción, otro a las 3 de la tarde y otro a las 9 de la noche, y me ha encontrado siempre rodeado de papeles, hecho un forajido, con barba de siete días, tijera descomunal sobre el escritorio y un frasco de goma agotándose. Entonces, se ha detenido frente a mí, diciéndome: ‘¿Se puede saber qué hacés? Escribís todo el día y no entregás una nota sino cada muerte de obispo. He tenido que contarle: ‘Querido jefe, confieso que aquí comienzo y termino mis novelas”.

 

Y esas novelas de Arlt revolucionaron la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX. El Juguete rabioso, Los lanzallamas, El amor brujo, Los siete locos son obras maestras de un cuasi analfabeto influenciado por Dostoievski y que halló en la calle la materia prima para sus ficciones y desde luego para su periodismo. Digamos que en ese caso la mesa de redacción contribuyó a la formación del novelista y éste no se dejó absorber por la actividad reporteril y la escritura de prensa, que para otro escritor argentino era puro material para el olvido.

 

Porque también sucede, en particular en Colombia, que las salas de redacción se convierten en cementerios de novelistas, o mejor dicho, de reporteros que aspiraron a ser autores de novelas y cuentos. A nuestro moderador de esta tarde, Juan José Hoyos, le escuché hace años una historia acerca de un señor que trabajaba en El Tiempo de Bogotá, confeccionaba además crucigramas, un señor que se vestía de negro y que tenía como nombre “artístico” Frailejón. Al final de sus días en el periódico, ya muy viejo y silencioso, se le notaba la melancolía en todo el cuerpo. Y su tristeza se debía a que siempre quiso escribir una novela y no pudo hacerlo por sus labores en el diario. Frailejón fue una víctima de las salas de redacción.

 

El escritor Manuel Mejía Vallejo, que también fue periodista y bohemio, decía que el periodismo era el servicio militar obligatorio de la literatura. Incluso llegaba a aconsejar a algunos de sus discípulos que eran reporteros que se retiraran pronto de ese oficio y se dedicaran de lleno a escribir novelas. Es preciso decir que antes los periódicos colombianos podían servir para que los pichones de escritores pagaran en ellos su servicio militar. Eran periódicos que contaban historias, que daban espacio a los géneros narrativos, que respetaban  al lector. Tenían cierto grado de rigor y seriedad, y, en general, se buscaba, además de la precisión, una escritura con dimensión estética. Por eso no es extraño que de esos diarios de entonces hubieran salido novelistas como García Márquez y Cepeda Samudio, por mencionar solo dos ejemplos.

 

Sin embargo, hoy, la mayoría de periódicos en Colombia están dedicados a la banalización de la realidad, a notas superficiales y de farándula fatua, a un periodismo liviano en el que ya no hay cabida para los grandes reportajes ni para las investigaciones y los análisis de fondo. Así que para muchos jóvenes reporteros que quieren cumplir con la premisa de Manuel Mejía no hay esas posibilidades. Por lo demás, es un periodismo acrítico, oficialista, de mandaderos o estafetas. Hoy el periodista, como pudo serlo en otros ámbitos y otros días, no tiene carácter intelectual. Es un tornillo o una tuerca más en la cadena de producción. Está atravesado y medido por los índices e instrumentos de productividad y no por la calidad de la escritura ni de las ideas. El periodismo ilustrado se murió hace rato en Colombia. Por eso cada vez está más vigente aquella definición que dice que “periodismo es llenar los huecos que dejan los avisos publicitarios”. Ah, y, por cierto, mal llenados. Es decir, con material absolutamente desechable.

 

Ahora, con mayor razón, la canción de Tite Curet Alonso, interpretada por Héctor Lavoe, es más actual. Si antes se decía para qué leer un periódico de ayer ahora dan menos ganas de leer el periódico de hoy, porque en realidad poco tiene para leer. A diferencia de periódicos de otros lugares, como decir de Buenos Aires o de México o de Madrid, los de por estos lados los consume uno en diez minutos y a veces son más interesantes los avisos comerciales que las noticias. De ese modo, si quisiéramos hablar de la relación periodismo-literatura en cuanto a los diarios colombianos, habría que señalar que se trata más bien de un total divorcio. Y no es porque en los diarios se tenga que hacer literatura, no qué tal, ni más faltaba, sino porque un asunto ético tiene que ver con una buena edición, con una propuesta informativa que incluya los géneros narrativos como el reportaje y la crónica, o una mezcla de ellos.

 

Creo que son necesarias otras precisiones. La formación del escritor trasciende las salas de redacción. Si bien el periodismo le puede dar a un escritor una visión de la realidad, una manera de observar el mundo, distinta a la de aquel que se mantiene en las torres de marfil de su casa, él sabe que en la literatura se depende de sí mismo. En el periodismo —y es una de sus características—  se depende del otro. Así que en el reportero no tiene por qué haber lugar para las vanidades y la arrogancia. Ni para el exhibicionismo. Se debe al otro, debe conocerlo, entenderlo, respetarlo. El buen periodista sabe, además, que sus bártulos y herramientas están en la sociología, en la antropología, el cine, la historia, el humanismo.

 

El escritor por supuesto también se forma en múltiples disciplinas, sobre todo en aquellas que le ayudan a comprender al ser humano, su condición, sus desamparos y crisis existenciales. Y mientras la escritura periodística es el resultado de lo que se ve y de lo que narra la gente, en la literatura hay más una elaboración personal, individual, de mayor dedicación. El gran reportero que era el polaco Ryszard Kapuscinski sostenía que para ir hasta el fondo de las cosas no le servía ser solamente corresponsal de una agencia de noticias. Para él era imposible en un despacho de ochocientas palabras introducir toda la tragedia del hombre contemporáneo. Por eso, llevó una suerte de doble vida. La otra era la del escritor, la del periodista que registraba paisajes exteriores e interiores y llevaba diarios para después convertirlos en libros. Siempre intentó —y a fe que lo logró— unir el lenguaje rápido de la información con la “lengua reflexiva del cronista medieval”.

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Dicen que para el escritor el periodismo es un ejercicio de calentamiento (una calistenia) y por eso no puede quedarse calentando toda la vida. El periodismo, sobre todo aquel que se hace a diario y en las salas de redacción modernas, en las que casi todo se hace en ellas, poco se sale a la calle, puede castrar la creatividad y convertir al escritor en un hacedor de noticias sin mucho fondo. En los diarios de hoy en Colombia no hay lugar para los Luis Tejadas, que hacían notas para divertir a las muchachas inteligentes, ni tampoco espacio para los cronistas de postín como los hubo en otras calendas. Así que aquel periodismo narrativo, tan emparentado con la literatura, es hoy una curiosidad arqueológica. Asunto de dinosaurios.

 

Recuerdo que en los periódicos hasta hace unos diez o quince años se proponía no solo escribir bien, sino contar historias, no estar metidos en la sala de redacción ni haciendo notas a punta de teléfonos o de boletines de prensa. Se seguía de alguna manera la consigna de Joseph Pulitzer cuando mandaba a sus reporteros a buscar las noticias en la calle, a conocer los barrios y el centro de la ciudad. En esa situación de estar siempre afuera, de escuchar las conversaciones de café, de saber qué pasaba en un bus, de conocer el encanto de una tienda de esquina, en fin, se descubría en lo cotidiano lo extraordinario, lo diferente. Algunos maledicentes llegaban a acusarnos a los que de tal modo actuábamos de hacer periodismo “costumbrista” o “chocolatero”. Sin embargo, en aquellas notas vibraba el espíritu de una ciudad o de la gente que nunca aparecía en los periódicos y que de pronto se veía retratada en ellos.

 

Recuerdo que hace años escribí una serie de crónicas sobre El Bagre, un pueblo de alucinación y de pesadilla en el Bajo Cauca antioqueño. Se hablaba de la fiebre del oro, de las putas, en particular de una llamada La brasilera que era capaz de acostarse con todos los mineros en una noche, de los brujos de aquella población que podían desaparecer a cualquiera con solo pronunciar un conjuro (advierto que entonces no había por allí paramilitares), de casas de lenocinio fundadas por francesas, en fin. Y algunos lectores no daban crédito a lo narrado y creían que eran ficciones. Así lo manifestaban en cartas y llamadas telefónicas a la jefatura de redacción. Entonces, el jefe de redacción a partir de ahí a todo aquel que escribiera crónicas de esa naturaleza lo empezó a llamar “novelista”. Había en el calificativo un tono de burla pero también de mimetizado elogio. Recorriendo pueblos de Antioquia y barrios de Medellín pude confirmar las palabras de Hemingway: La realidad es más fantástica que cualquier ficción.

 

Me parece que en los periódicos de ahora, en los cuales sin duda hay muchachos interesados en la literatura y la historia, inclinados hacia una escritura elaborada y de mayor permanencia, digo que en esas publicaciones ya no hay espacios para los géneros narrativos. Se han convertido de acuerdo con los tiempos en sucedáneos de la hamburguesa y las comidas rápidas. Hay en el fondo un enorme irrespeto por los lectores, a los que además se les considera retrasados mentales. Ya el periódico, y estoy hablando del plano local, no es el gimnasio en el que un escritor puede prepararse para emprender fuera de las salas de redacción una propuesta literaria.

 

Estos medios aquí aludidos han sido permeados por el modelo económico que en los últimos años ha empobrecido más a los pobres. Están dedicados de lleno a la rentabilidad pero con un producto de pésima calidad. Le han dado paso a la denominada “cultura de consumo”, al mercado de lo intrascendente, pero que, según los gerentes y jefes de mercadeo, es lo que se vende, lo que da ganancias y aumenta la plusvalía. Y en ese sentido, las empresas de comunicación parecen tener como objetivo el empobrecimiento del lenguaje, su envilecimiento, y mantener en la oscuridad a los lectores.

 

Hace rato que en Colombia los periódicos exiliaron de sus páginas a la crónica y el reportaje. Los mandaron a dormir a los cuartos de san alejo. Se dirá que aquí todo tiempo pasado fue mejor. Por lo menos en el aspecto de los géneros narrativos en la prensa, sí. Podríamos remontarnos a finales del siglo XIX al  Papel Periódico Ilustrado de Alberto Urdaneta, pasando por casi toda la centuria del Veinte de los grandes cronistas en revistas y diarios y veremos que de múltiples maneras había una preocupación por la dimensión estética del periodismo y por contar bien las cosas y los acontecimientos.

 

Recordemos que además en las publicaciones de antes había espacios para la crítica literaria y musical, para el ensayo, para un periodismo más enriquecedor de los procesos de intercambio de ideas y debate. Ahora no, cuando precisamente hay más facilidades para el ejercicio periodístico por el avance de la tecnología. Hace unos meses, cuando se desarrolló en Medellín el certamen internacional de la lengua española, se realizó en la Universidad Pontificia Bolivariana un encuentro de editores de suplementos culturales. El tema en discusión tenía que ver con el ensayo. El del diario El Tiempo de Bogotá, sin sonrojarse, dijo que en ese periódico no se le daba cupo a tal género porque el ensayo estaba en crisis. En realidad, el que estaba en crisis era ese periódico y otros de estos entornos. Porque si observamos, por ejemplo, diarios como Página/12, Clarín, La Nación, los tres de Buenos Aires, todos dan cabida al género y no solo en sus muy bien editados suplementos sino en las páginas corrientes. Por supuesto, contratan escritores y otros especialistas para que los escriban.

 

Muchos escritores que en el mundo han sido han encontrado en el periodismo un refugio, una inspiración, un aprendizaje. Algunos lo han visto como una especie de estación; otros como una posibilidad para entrar en contacto con otros mundos. Todos para conocer un poco más al hombre. Creo que este tipo de encuentros como el de hoy sirven para abogar una vez más por un periodismo en el que prime la dignidad, el conocimiento del otro, la construcción de cultura. En las salas de redacción hay reporteros con un talento enorme para la literatura, para la novela, el ensayo y el cuento. Los viejos maestros recomendaban que hay que retirarse a tiempo de esas salas, porque puede pasar que en ellas en vez del nacimiento de un escritor se asista a su muerte. Lo cual también puede ser tema para alguna novela.

 

 

Septiembre 9 de 2007

(Ponencia presentada en la Fiesta del Libro y la Cultura, Jardín Botánico de Medellín)

 

Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez

 

 

 

 

 

 

De la pelota romántica al poderoso señor Don dinero

(Un ensayo sobre fútbol callejero, sueños del pibe y balones de trapo)

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con un mundo feliz

                                                          

El fútbol crea una especie de mundo irreal en el que, durante un partido, ya sea profesional o simplemente de barriada, se interrumpe la vida cotidiana y se entra, en apariencia, en una suerte de arcadia, en la cual todo da la impresión de ser feliz. Ya lo decía un personaje de Albert Camus: no hay mayor felicidad humana que la que se encuentra en un estadio lleno. En ese aspecto, el fútbol ejerce un hechizo al cual es casi imposible sustraerse, y que permite olvidar las contradicciones de la vida social, hundirse en la fascinación colectiva de jugadores y espectadores,  soñar con la gloria de un campeonato, con el triunfo de su equipo preferido, o, en cambio, despertar y volver a la realidad con los dolores de una derrota.

 

En Colombia, casi todos los periodos históricos han estado marcados por la violencia, las desigualdades sociales, las represiones oficiales. El hombre de la ciudad está asediado por los desencantos, los desamparos y los múltiples miedos. Se viven días en los que los valores humanos se envilecen y ante esta situación muchos se preguntan, como lo sugería algún filósofo, si la vida carece de sentido, si ese continuo irrespeto por la coexistencia pacífica y por el otro nos encamina sin remedio a la destrucción, para qué diablos, por ejemplo, asuntos como el fútbol.

 

Frente a la realidad, tan llena de miserias y despropósitos, el juego, y en este caso, el fútbol, ofrece una suerte de aire, que puede ser visto por algunos como una especie de respiración artificial. Y es ahí cuando aparece el goce de los cuerpos en libertad, los hombres que corren tras una pelota mientras millones los observan. Aparece el entusiasmo de la contienda, en la que, se supone, no debe haber muertos ni heridos. Claro que todos conocen las excepciones, en las que, en los estadios, o en sus afueras, se generan verdaderos campos de batalla, como suele ocurrir en Colombia desde mediados de la década del noventa. Estas turbulencias contradicen la esencia del juego y la diversión.

 

Como es fama, en los tiempos primitivos los pueblos tenían un tiempo dedicado a las fiestas, en las cuales la vida cotidiana quedaba en suspenso, y en la que se igualaban el guerrero y el esclavo, el patricio y el plebeyo, y en la que todo lo convencional dejaba de regir y entonces las jerarquías se trastocaban, como muy bien lo canta Joan Manuel Serrat en su canción Fiesta. Los dioses descendían de su olimpo y de ese modo el rey era siervo y el siervo, rey.

 

En un campeonato mundial de fútbol las jerarquías establecidas entre las naciones parecen suspenderse y, en apariencia, todos están en igualdad de condiciones. Así que el desequilibrio en este caso depende de la habilidad, de la inteligencia, del talento, del arte de los jugadores. Y, en ese sentido, un africano o un sudamericano podrían convertirse en amos del mundo.

 

En el momento en que transcurre una gesta deportiva, aparece otro tipo de libertad, en la que el mundo así creado depende de las destrezas de los deportistas y no del sistema de dominación político y social. Surge, como si se tratara del acto de un ilusionista, otra realidad, en la que en lugar de las represiones, rigen la igualdad, la alegría de vivir, un comunismo de ficción. Ese mundo, así creado, así imaginado, hace parte de una utopía. Y ese universo irreal es capaz de edificarlo, en la fugacidad de un instante, el fútbol. Esta atmósfera de presunta gloria se puede percibir, a escala, en un barrio, en una calle, en cualquier lugar donde los muchachos estén jugando con una pelota.

 

El escritor español Manuel Vázquez Montalbán decía que “el fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño. Existirá el fútbol mientras la gente crea en un club y en unos colores como señales de identidad en una sociedad en que cada vez faltan más referencias”. Y otro español, el novelista Javier Marías, apuntaba que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia.

 

  1.  El encanto de la pelota de trapo

 

Había en una ciudad de Colombia, llamada Bello, cuna de la clase obrera en este país, un muchacho negro que era una maravilla para confeccionar pelotas de trapo con medias veladas de mujer. Se las sustraía a su mamá. En ese aspecto, era todo un destructor del pequeño patrimonio de su querida progenitora. Las rellenaba con retazos de tela que su padre traía de la fábrica donde laboraba, y salía todas las mañanas a hacer “treintaiunas”, a realizar malabares, a demostrar que era una especie de actor de circo callejero. Invitaba a sus compañeros de barriada a apreciar sus acrobacias, a jugar partidos de fútbol en cualquier baldío, en la calle, o en terrenos que aparecían durante mucho tiempo desocupados y que aquí en otros tiempos denominábamos los “solares”. El muchacho entraba en trance cuando tomaba la pelota, amagaba a la izquierda y se salía por la derecha, hacía tacos, bicicletas, jugadas exquisitas, con decir que era mejor uno estar de espectador que de rival suyo. O, de otro modo, era bien importante estar en su equipo. Esas pelotas, por supuesto, eran efímeras y a los pocos minutos ya estaban en pedazos. Él volvía por otras y así cada vez que éstas se rompían. Parecía como si su mamá tuviera una fábrica de medias de mujer.

 

El muchacho sentía un placer enorme cada que salía con una pelota de trapo, se exhibía, pero sin ninguna pretensión, convocaba a los otros a jugar y jugar, no importaba cuánto tiempo. Había una ventaja en ese tipo de balones improvisados: no quebraban las vidrieras del vecindario, ni a las señoras de la cuadra les molestaba el juego cuando era en la calle, lo que sí sucedía con pelotas de otro material, como las de cuero o de plástico. Aquel muchacho de los años sesenta era quizá uno de los más agraciados y técnicos para jugar con una pelota de trapo, artefacto que fue usual entre la muchachada de diversas ciudades colombianas. Sin embargo, no jugaba con tanta solvencia cuando lo hacía con balones manufacturados. Pero a él no le importaba: sólo quería participar en los partidos de calle o de manga, correr, gritar, divertirse, estallar en júbilo con un gol o con una gambeta. No quería competir ni pertenecer a ningún equipo organizado. De hecho, nunca lo hizo. Para él, la totalidad del mundo estaba en una pelota de trapo y en la extraña atracción que ésta ejercía sobre los demás.

 

Él, tal vez sin darse cuenta, ya estaba planteando los principios de solidaridad, las relaciones colectivas que pueden crearse con una pelota desechable. Para él, como para el resto de aquella agrupación de muchachos, el juego era sólo eso: una fuente de placer, un ejercicio de la libertad, todo un manantial de emociones. No interesaba si alguien tenía camiseta o no, si otro jugaba descalzo o con zapatos deportivos, si uno tenía más estado físico que otro. Se reunían por el juego, y todo aquello quizá por la alegría del negrito aquel llamado Humberto, pero al que todos en su barrio conocían por el sobrenombre: El Gurre. Una vez (o quizá muchas veces), su mamá lo sorprendió hurtándole las medias,  recibió tremenda paliza, que no fue suficiente para quitarle las ganas de seguir jugando y de continuar fabricando las mejores pelotas de trapo que en el mundo han sido.

 

  1. Los muchachos de Calella y un empate con sabor a triunfo

 

En el libro A sol y sombra, de  Eduardo Galeano, el escritor advierte que se los dedica a unos niños que alguna vez se encontraron con él o él con ellos, cuando los muchachos venían de jugar un partido en la población catalana llamada Calella de la Costa, y cantaban a voz en cuello: “Ganamos, perdimos/ igual nos divertimos”. Ahí, en esas palabras, hay una clave, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento, o lo que André Maurois llamó “la inteligencia en movimiento”. Cuando el fútbol se tornó un jugoso negocio económico, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión pasó a ser un recuerdo, una nostalgia, una materia de atolondrados románticos. Aquello fue como una expulsión del paraíso. Esos muchachos del epígrafe del libro de Galeano reivindican, tal vez sin saberlo, el fútbol como un juego. Para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

 

Aquí, en este punto, quiero recordar una anécdota muy bella, muy conocida en Colombia. Y es la del partido entre las selecciones de la Unión Soviética y de Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962. En aquellas calendas la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a Lev Yashin, llamado la Araña Negra. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo, el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “Bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Una propuesta arriesgada. Un equipo perdiendo por ese marcador, de dónde iba a sacar ganas para la diversión. Sin embargo, ésa parece haber sido la clave del éxito, el “ábrete sésamo” mágico. Y ese equipo convirtió una derrota casi en una victoria; en realidad, se trató de una victoria moral, de la cual los aficionados colombianos vivieron mucho tiempo, sobre todo hasta que volvieron a un Mundial: el de Italia, en 1990.

 

Y los muchachos de Pedernera, el Cobo Zuluaga, Marino Klínger, Delio Maravilla Gamboa, Antonio Rada, Marcos Coll, en fin, salieron a divertirse. Esos muchachos, sin saberlo también, prefiguraban a los de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban divirtiendo, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol,  después otro, y la diversión subía de tono. Jugaban, gambeteaban,  marcaron otro gol, y después otro, incluso un ¡gol olímpico! al mejor arquero del mundo, empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho: no ganaron porque la Araña Negra se les creció y les atajó de todo. Fue una lección de pundonor deportivo. Parecían muchachos de barrio jugando a la pelota, sin pretensiones, sólo con el ánimo de sentirse bien y crear un ilusorio mundo feliz.

 

  1. La calle como escenario de fútbol               Resultado de imagen para futbol callejero

 

En los barrios de las ciudades de Colombia la cultura del fútbol ocupa un lugar relevante en la vida cotidiana. Ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y las capas pobres de la población. Éstas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño, una aspiración en la muchachada, y un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol tiene presencia permanente en el barrio. No se escapa de la conversación de tienda, ni del corrillo de esquina, ni de la tertulia de café. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier muchacho es capaz de hablar de alineaciones y tácticas, de controvertir aspectos futbolísticos. Y los espacios urbanos se han transformado para su práctica: una acera puede convertirse en una cancha, en un pequeño estadio, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de otros tiempos comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre las aceras o veredas, dado que esa parte es una frontera entre la casa y la calle, entre lo público y lo privado.

 

Hubo un tiempo, en especial las décadas del 60 y 70, en que las calles, algunas sin asfaltar y que eran muy aptas para otros juegos, hoy desaparecidos, como el de las canicas, las rayuelas, los trompos, el salto de la cuerda, las rondas, eran un inmenso campo vedado para el fútbol. Jugarlo en la calle era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario. Decir esto hoy, recordarlo, parece cómico o increíble. Cuando los muchachos de antes jugaban un partido (o un “picado” como decimos popularmente) en la calle se exponían a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla (La Bola, La Chota) y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a fugarse a tiempo con pelota y todo. Otro, que el balón se metiera a la casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada qué hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba “preso” por unos días.

 

El fútbol urbano vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los policías de entonces pudieron evitar el auge del “futbolito” callejero, que, por lo demás, aumenta día a día, debido a que se fueron acabando los solares, los lotes urbanos, los baldíos. Para la práctica del fútbol urbano no importaba mucho si la calle era empinada, como es, por ejemplo, en los barrios altos de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un riachuelo, un abismo, o muchas ventanas de vidrio sin protección. Lo que importaba era jugar, recrearse, ganar o perder, pero sin dejar la diversión. No importaban las patrullas policiales ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público, pero, a su vez, un gesto romántico, una aventura de grupos de muchachos barriales, que lograron colonizar la calle y la convirtieron en un estadio.

 

El fútbol les dio y les ha dado identidad y carácter a las calles. Ha sido una muestra de vitalidad de las urbes. En una calle de domingo en cualquier pueblo de Colombia siempre habrá un balón. Y es en los barrios de las ciudades donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero ni ha sido enfermado por el mercantilismo y la usura. El de la calle es un fútbol sin pretensiones de mercado, todavía idealista, todavía lleno de ensoñaciones y gestas románticas.

 

Sin embargo, muchas mamás de hoy, o algunas con meses de embarazo, ya piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser un cotizado jugador profesional, que juegue en una liga de Europa. Ya por ejemplo, las palabras de aquel extraordinario cronista uruguayo, una de las estrellas de la revista El Gráfico de Argentina, el gran Ricardo Lorenzo, más conocido como Borocotó, no tienen vigencia en la barriada, porque el fútbol se volvió una manera de hacer fortunas. Ya no es el fútbol lírico del potrero, el de las jugadas impredecibles, el de las filigranas de fantasía, sino otro que se hace para que algún empresario te ponga los ojos encima y te exhiba en los mercados más competidos del mundo.

 

  1. . El sueño del Pibe                                 Resultado de imagen para futbol callejero

 

En ciudades como Medellín, Bogotá, Barranquilla y Cali, hay barrios que transpiran fútbol. En los más pobres, el fútbol se ha erigido como un arma o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes figuras que se cotizan en oro en Europa, todo el proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los muchachos de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se torna el puente que hará pasar a algunos de la escasez a la abundancia, de vender paletas en un barrio marginado a convertirse en astros en alguna metrópoli del Viejo Continente.

 

Hubo un tango muy famoso en los bares de barrio de Medellín y el Valle de Aburrá, un tango titulado El sueño del pibe y grabado en 1945 en la voz de Enrique Campos con la orquesta de Ricardo Tanturi. Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, llegar a la Primera, jugar en una estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera este tango hoy se baila en muchos barrios. Algunos jóvenes no sólo juegan por placer, sino, además, por tener la posibilidad de llegar a ser estrellas.

 

El muchacho de la barriada es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy reducidos, es capaz, digo, de desarrollar muchas destrezas. Es capaz de moverse con agilidad dentro de pequeños límites, y por eso se vuelve hábil para hacer “paredes”, para ejecutar una gambeta, un esguince imposible, y aprende a patear con precisión. Aprende, también, a eludir automóviles y rivales. Se vuelve un improvisador genial. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional decían en otro tiempo que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y el rebusque son necesidad. Ciertas dotes, como la picardía y la capacidad para no doblegarse en la contienda, la facultad de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza.

 

Quizá por ello, el fútbol de Colombia, el profesional, tenía algunos rasgos especiales, muchos de ellos aprendidos por los futbolistas en las calles y solares, en los partidos de playa: el toque a ras del piso, la gambeta, la picardía, aunque, pese a esas virtudes, no sabía aprovechar las oportunidades de gol. Lo lindo es que en muchas barriadas los muchachos todavía sueñan con llegar a la Primera, y todavía se divierten —pierdan o ganen— con el fútbol, una de las pocas alegrías que tienen en un país lleno de desventuras y de miserias sin fin.