Ligia Cruz, bovarismo y simulación

(Historia trágica de una “montañera” que se avergüenza de su nombre)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tomás Carrasquilla, retratador del alma y los defectos y cualidades de la cultura antioqueña, caracterizada en muchos aspectos como simuladora, pujante y desabrochada, perfila en su novela Ligia Cruz asuntos humanos de fondo, conectados con la identidad, el complejo de inferioridad (y de superioridad, claro), las distancias mentales entre ciudad y campo, y aquello que algunos sicólogos denominaron como una diferencia abismal entre la realidad y las ilusiones: el bovarismo. Publicada en 1920, a guisa de folletín, en el diario El Espectador, la obra (que a la manera clasificatoria francesa es una nouvelle) profundiza en la creación de caracteres y personalidades, que es, en esencia, la labor clave del novelista. Una historia en la que aparecen las brechas sociales, el arribismo de la seudoaristocracia paisa, en particular la que tuvo raíces en la ciudad “heráldica de Antioquia”, una “nobleza azul y requintada”, y fastidiosa, que mira por encima del hombro al que no pertenezca a las filas de la ricachería de emergentes y tradicionales, dados al esnobismo, y, en particular, a medirlo todo con los cánones y parámetros de París.

 

El personaje que da nombre a la novela, es una muchacha veinteañera, de Segovia, hija de un compadre del señor Silvestre Jácome, dueño de mina, remediano y habitante de principalía en Medellín, donde tiene un caserón de grandes dimensiones y comodidades. Está casado con Ernestina (él la llama Ernesta) y tiene tres hijas y tres hijos, entre ellos Mario, que se acaba de graduar de médico cirujano en Bogotá. La ahijada, Petrona Cruz, viaja a la ciudad, a una estada en casa del padrino, que la ha invitado, para desgracia y asqueo de Ernestina y de su prole. La advenediza contrasta con las peladas Jácome, dadas a las ínfulas, las modas y la ostentación, mientras que la segoviana, que no era pobre, sí era fea y desmedrada, según la describe el narrador. “Su voz era ronca, con inflexiones de chicharra; y su vestimenta, con pretensiones de moda, un adefesio arlequinesco desde la sombrereta hasta el calzado”, que así llegó a la ciudad, procedente de la tierra del oro y de los hechizos.

 

La presencia de la forastera, a la que Ernestina le prohibirá que la designe “madrina” y que tampoco le diga “padrino” a Silvestre, altera la vida de sus moradores, que están en preparativos de boda de una de las señoritas, y a punto de recibir al médico, que da lustre y lucimiento social a los Jácome, miembros, gracias a las actividades económicas del padre, de la plutocracia medellinense. Petrona tiene dotes de fémina que puede conquistar por el caminado, por su porte y desparpajo, porque, según ella misma, todos los que la miran se enamoran de ella.

 

Petrona, que sobre todo es una lectora de historias, las que le gustan más que “los versos de poesía” (ha leído a José Asunción Silva, por ejemplo), quedará en el caserón a cuenta de Ita, que fungirá de madre y protectora, encargada de sacarla a la ciudad y, sobre todo, de no permitir que se vaya a revolver con las estiradas hijas de Ernesta, a su vez, una señora de “buen tono” y postín. Que si Petrona hubiera sido negra, ni siquiera la hubiese recibido en esa, su casa de lujos y distinciones. Petrona, a la que un novio que la pretendía “con malas intenciones” le regaló la novela María, de Jorge Isaacs, es una muchacha que tiene en la lectura una posibilidad de agrandar su universo pueblerino y alimentar su fantasía.

 

La novela, de logros en su intensidad y tensión, elementos más propios del cuento, es una radiografía de los ricachos de la Villa, de sus poses y gustos por lo “fashionable”, por la apariencia y la vanidad. En ella, Carrasquilla muestra de nuevo (lo que ya había hecho, por ejemplo, en Frutos de mi tierra y Grandeza) su capacidad para la caracterización de clases sociales, de los lenguajes cultos y populares, y de un conocimiento hondo de la condición humana. Ante los relumbrones y oropeles de la familia Jácome, ante los destellos de su mundo de falsedades, Petrona va cayendo en una suerte de espejismo, que la hace renegar de su nombre original para autobautizarse como Ligia, nombre que saca de la novela Quo Vadis?, del escritor polaco Henryk Sienkiewicks, y de su adaptación al cine silente.

 

Y si, según el padrino, su ahijada es boba, presuntuosa, coqueta y embustera, la familia de los Jácome no se queda atrás en estas boberías y atolondramientos, solo que sus manifestaciones de orgullo y pretensiones de mucha cosa están “preparadas en salsa y en bandeja de plata”, mientras la “montañera” (también la designa como “montuna” la encumbrada Ernestina, que se opone a lo “mañé” y ordinario), “está cruda y en batea”.  Ligia, que llegó de Segovia con un diagnóstico de paludismo, se encuentra con la ciudad, sus cines, teatros, calles, trenes, bailes, y todo lo que está conectado con momentos de “los años locos”, de una bella época, que en Europa y Estados Unidos corresponde a un renacimiento de mentalidades burguesas, y a la exaltación de la diversión y el lujo, como lo mostrará, en otros sentidos y otros ámbitos, Scott Fitzgerald en su novela El gran Gatsby. Son los tiempos del fox-trot, del valse lento, del “right tang”, que entre los nuevos ricos de la Villa están en boga.

 

Petrona, o, de otro modo, Ligia, conoce el Circo España, el Teatro Bolívar, va en tren a El Poblado, y en esa especie de inmersión en un mundo que no es el suyo, va creciendo su creencia de que Mario se enamorará de ella, que se casará con ella. Ha visto la película Quo Vadis? (de 1912) y se ha dejado engrupir por una historia de amor, con marco de los días de Nerón, del autor de El satiricón (Petronio), de los cristianos nuevos, de los síntomas de la decadencia del imperio (que se demorará mucho en caer). Ligia se enterará de los preparativos de lujo de una boda inminente (y eminente), en la que verá de cerca a su amado ilusorio, en el que dará muestras sintomáticas de aquello que se ha denominado el bovarismo (procedente de la novela Madame Bovary, de Flaubert), que es, en cierto modo, una tragedia personal, una distorsión de la realidad y una exacerbación de las ilusiones.

 

A través de la novela, un lector avisado podrá hallar los modos de hablar de los ricos citadinos, sus vestuarios, músicas y gustos; encontrará asuntos conectados con la servidumbre, con la aristocracia del dinero, con la hipocresía en los comportamientos de la élite, y con sus interesadas filantropías y caridades. Y gracias a la magia del lenguaje carrasquillesco, se topará con una transformación de una “montañera”, que en tres meses pasará de ser una muchachita feúcha y mañesuda, en una señorita de apariencia agradable. Y a todas estas, quedará en evidencia aquello que pudiera ser parte de una estética, según si lo observa un artista (y Carrasca lo es) o pasar a ser una chocante manifestación de la mentecatería social y lo considerado “chic”: lo cursi. “Lo cursi cabe más en los ricos y entonados que en cualesquiera otros grupos; más en la ciudad que en la aldea”, y para muestra, el botón lo hacen Ernestina y sus muchachas (ah, y “muchachas”, tal como se lo cuestiona la heráldica señora a la recién llegada, se les dice a las sirvientas).

 

En la novela, se advierte el proceso de falso ascenso de Ligia, que pasa, como lo dice el señor Silvestre, en un dos por tres de “la batea a la bandeja”. En efecto, “ha pasado con mucha salsa y mucho perejil, pero sin cocimiento ni sazón. Ya no es la pueblerina pretensiosa: es la cursilona de ciudad”. Ligia se tornará “arrolladora y radiante”, como aparece en la boda de Fanny y el hijo del banquero Marañón. Y se verá cómo el médico le sigue la corriente a una mujer, una aparecida, que está enamorada de él, con síntomas de “histeria erótica”, y se da cuenta que está a punto de fallecer, porque la tuberculosis hace su labor de zapa en la segoviana delirante.

 

Los tres primeros capítulos, referidos a la ciudad, a la presencia y transformación de Petrona en Ligia, de la “montañera” en una citadina con aspiraciones, revelan las contradicciones entre el campo y la ciudad, entre las imposturas citadinas y las “originalidades” de los provincianos. Carrasquilla demuestra su hondo conocimiento de la lengua, de los caracteres y las desventuras humanas. Da cuenta de su sapiencia en distintos ámbitos y disciplinas, que debe saber de diagnósticos médicos, de comportamientos femeninos, de costumbres y súbitas modas, de botánica y gastronomía. Ligia Cruz, “perfectamente tuberculosa”, da cuenta de que el novelista ha bebido en las fuentes de la tragedia griega, del romanticismo del siglo XIX y de la permanente observación de los cambios y permanencias de una ciudad-aldea, como Medellín, que en 1920 ya tiene en sus paisajes urbanos el ferrocarril, las chimeneas fabriles, las guarichas y gentes de bajo pelambre, así como una capa social de privilegiados, que mira con recelo y le hace el “fo” a los humillados y descastados.

 

El último capítulo, con nuevos personajes y otras geografías, con la presencia de la magia, el mestizaje cultural, el campo, las minas y “el socialismo segoviano”, es el que da cuenta, además, de la familia de Ligia Cruz, de la fiesta y la desgracia, de los platos decembrinos, las trovas y la música popular. Y en el que el novelista vuelve a dar muestra de su conocimiento amplio y serio de los lenguajes y culturas de aquellos a los que la cursilería y el “europeísmo” no los afectan ni pone de rodillas.

 

Ligia Cruz, una novela corta y volcánica, en la que, además, el autor vuelve a dar evidencias de su manejo excepcional del diálogo, es una revelación de los choques entre la ciudad y la periferia, y de cómo el mohán, la madremonte, los duendes y hasta los filtros de amor y la brujería, se oponen a las expresiones superficiales de la ciudad, más pendiente —en particular entre los que se creen blancos y de mejor familia— de la simulación y de la mentira.

 

Anuncios
Deja un comentario

1 comentario

  1. Ester Goeta S.

     /  marzo 10, 2016

    Fascinante incentivo a revisar la historia de la novela de Ligia Cruz, para enriquecer nuestro conocimiento e imaginario.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: