El atarván

Por Reinaldo Spitaletta

 

Camina con aires de superioridad, taconeando a veces, como un modo de llamar la atención, o de hacer que los que pasan le miren los zapatos. Saluda entre dientes, y eso cuando se digna en responder. Para él, el otro está o pintado en la pared o no es más que un estorbo, ya sea en la calle, la tienda, el parque, el supermercado o en cualquier lugar, porque preferiría no tener que ir a pie para que nadie se le atraviese o para que no lo sobrepasen, que cuando esto sucede le entran ganas de decir “oíste, vos, qué creés pues, que me vas a ganar de paso largo o qué”. Tiene mirada turbia, rictus de rabia en los labios, casi siempre tiene empuñadas las manos, como si estuviera dispuesto a dar golpes o a amenazar.

 

No se sabe qué problemas, o, como más se pronuncia por estos lares, qué traumas y talanqueras tuvo en la niñez, que no alcanzó a incorporar las normas. Y lo que se denomina el respeto por sí mismo y por los demás no está entre sus cánones. Así que puede, sin dársele nada, si va manejando, pasarse los semáforos en rojo, no dar paso a los ancianos ni a las damas, y si por cualquier motivo, el de adelante no arranca a tiempo, o va muy despacio, le suelta un concierto de claxon y de hijueputazos.

 

Se desconoce si sus ancestros inmediatos no le enseñaron a comportarse con altura cuando, por ejemplo, alguien te tropieza por accidente, y aunque no presente disculpas el otro, no hay por qué emprenderla contra él a insultos y desafíos a pelear. Tampoco parece que lo hubieran instruido para dar las gracias ante cualquier transacción, intercambio o favor recibido. No conoce del llamado buen tono ni qué significa la convivencia en una ciudad como esta, en la que hay otros groseros, infumables y desvergonzados quizá peores que él. Lo que podría dar a entender a sociólogos y otros analistas, que la urbe tiene, ya sea imaginarios y mentalidades recientes o lejanos, una inclinación hacia el irrespeto, la altanería y la injuria.

 

La cara tiene ausencia de sonrisas y más bien aspecto de matonerías. La mirada, en ocasiones, está ida, distraída, como si estuviera tramando cuál va a ser su próximo despropósito. El atarván, que así decían los abuelos de un tipo perteneciente a la gentuza, dedicado al insulto y la plebería, es dado a creer que es omnipotente, que nadie puede con él, porque está hecho de vulgaridad y sobradez, y su escasa inteligencia no le alcanza para darse cuenta del desprecio que muchos le profesan.

 

El rostro —nada agradable, por cierto— cada vez va tomando apariencia de estar amargado, pero, a su vez, de presentar un síntoma de “importaculismo”, porque, no sobra decirlo, al atarván no le interesan ni los modales, ni aquello que hace años llamaban civismo, ni menos la catalogada urbanidad, que, aunque presenta aspectos moralistas, sirve para una convivencia con gratuidades. En los últimos años, a tipos como estos que desconocen la cortesía, se les incrimina como guaches, una palabra muisca, que de seguro los de esa cultura la usaron para referirse a los españoles que invadieron sus territorios.

 

Un atarván, en últimas, no es más que un pobre diablo, mequetrefe sin abolengo ni cultura (qué cultura va a tener), que padece de complejo de superioridad. Eso se le oyó decir a un académico, víctima de un empellón en acera provocado por un espécimen de estos, tan corrientes en estos días cuando predominan las apariencias, la bastedad y el mal gusto… El atarván, que piensa (¿piensa?) que está hecho para pasar por encima de la elegancia y portarse como le venga en gana, a veces, porque el azar es justiciero, se topa con otro de su índole y sufre los desmedros en cara y el resto de su figura y recibe sentencias, como esta, muy a su estilo: “bajate de esa nube, hijo de mil putas”.

 

 

Nota Bene: en Colombia, la palabra atarván (también la escriben atarbán) ya casi no se usa, parece un arcaísmo. Los que sí abundan, son los atarvanes.

 

 

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3 comentarios

  1. Leyla

     /  marzo 16, 2016

    Si, abundan!

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  2. Jesus Maria Valencia

     /  marzo 16, 2016

    Espero y confió que la descripción no sea provocada por el espécimen que retratas, el que se volvió plaga en la comarca de cundí,… Y el resto con asentó de todo lado.p

    Enviado desde mi iPad

    Responder
  3. Eso también le cuadra a las niñas del momento que andan como perseguidas por el duende que se esconde en su cabello, el que atan y desatan en forma compulsiva, miran a sus congéneres con prevención y responden a cualquier observación con una piedra en la mano (como decían los abuelos) Los pantalones rotos y la camisa sin planchar hablan del desorden familiar.

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