Horóscopos: de la ciencia a la charlatanería

(Tycho Brahe, Juan Kepler y los periódicos de hoy)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Si la astronomía estudia las leyes de las estrellas, de su conexión y posición en el universo, la astrología se encarga de una especie de poética que brilla y seduce. La primera tiene, en las matemáticas, un soporte para sus cálculos y teorías; la segunda, en las palabras, sin despreciar los números, su columna vertebral para la instalación y develación de misterios. Ambas hicieron parte de materias básicas en estudios de Filosofía y Matemáticas, en particular en los días del Renacimiento y a fines de este período de dominio de las artes, el humanismo y el pensamiento.

 

En universidades como las de Praga, Würtzburg o Heidelberg, en el siglo XVI, el curso de matemáticas incluía los primeros seis libros de los Elementos de Euclides, Aritmética, el Globo Celeste, Teoría planetaria, Astrología, Cosmografía y la descripción de relojes (una forma de la inteligencia del tiempo, la horologiografía).

 

La Astrología, cuyos orígenes se remontan a tiempos inmemoriales de sumerios y mesopotámicos, era una materia clave en la introducción al mundo de los números y al de los destinos humanos según las estrellas. Tenía una dosis de misterio y esoterismo, tal vez de Hermes y de las pitagóricas músicas de las esferas. Y en ese campo de ascendentes y descendentes, de planetas y lecturas celestes, apareció el horóscopo, como una manera de interpretación de las trayectorias humanas según la fecha de nacimiento.

 

El hombre no solo quería saber sobre los cuerpos celestes, sino, además, acerca de los cruces entre desdichas y fortunas que podían encontrar su raíz en la posición planetaria o en las silenciosas voces de las estrellas, aquellas a las que los guaraníes llamaban fuegos helados. El horóscopo, entonces, se erigió como una manera de penetrar en el futuro, en lo sombrío e incierto, que no deja de ser, como creo que leí en algún texto de Ernesto Sábato, una necesidad humana.

 

Así que a las formas de medir el tiempo, de estudiar el cielo y de interpretar las distancias interplanetarias, se sumaron las predicciones, las cartas astrales y natales, los vaticinios según las posiciones de los elementos espaciales, y todo, si se observa desde una perspectiva antigua, con la Tierra como centro del universo. Y en ese planeta azul (según se supo después), el hombre con sus incertidumbres y ganas de saber sobre el porvenir.

 

La Astrología, ligada desde sus inicios a la Astronomía, que leyendo con asombro el cielo también se puede llegar a saber sobre trayectorias, gravitaciones, relaciones de masa y tiempo y velocidad, digo que esa disciplina, que con los años algunos con criterio muy científico pusieron en el campo blando de las pseudociencias (como Mario Bunge y Carl Sagan, por ejemplo), fue practicada por astrónomos de alta escuela que iban mucho más allá de aquellos que decían que los planetas estaban movidos por ángeles.

 

De ese modo, Tycho Brahe, primero, y, después, Juan Kepler, incursionaron en la elaboración de horóscopos, y no solo como una manera de buscar fondos para la sobrevivencia, sino como un puente entre las inclinaciones humanas y la ciencia de las estrellas. Brahe, por ejemplo, realizó cartas natales con fundamentos matemáticos. Más tarde, su colaborador y discípulo alemán, que descubrió y formuló las tres leyes fundamentales sobre el movimiento de los planetas, hizo horóscopos a granel, en particular a figuras del poder, reyes y príncipes. En los papeles que se conservan del gran astrónomo, figuran unos mil horóscopos hechos para ochocientas personas.

 

Brahe, que cuestionaba a otros astrólogos y los ponía en el banquillo de los charlatanes, declaró que “el hombre encierra en sí una influencia mucho mayor que la de los astros; superará las influencias si vive según la justicia, pero, si sigue sus ciegas tendencias, si desciende a la clase de los brutos y de los animales, viviendo como ellos, el rey de la Naturaleza ya no manda, sino que es mandado por la Naturaleza”.

 

Por su parte, Kepler, que criticó el uso popular o populachero de la astrología, levantó cartas natales de sí mismo y también la del profeta Mahoma. Realizó horóscopos de reyes ingleses, daneses, suecos, franceses, polacos, además de los de Albrecht Wenzel Eusebius von Wallenstein, comandante supremo de las fuerzas Habsburgo del Sacro Imperio Romano Germánico durante la Guerra de los 30 años. El astrónomo y astrólogo penetró en los arcanos del cosmos y se propuso explicar las proporciones del mundo natural en términos de la música.

 

Después de Kepler, bueno, y aun de otros científicos posteriores, los horóscopos se tornaron pasatiempos insípidos, hechos sin rigor ni complejidad. Pasaron a ser parte, en los periódicos y otras publicaciones, de la industria masiva del entretenimiento. Elementos clave para la venta de diarios y revistas, pululan en sus páginas y son ingredientes de “alta lecturabilidad”. Se juega en ellos con asuntos optimistas, con lugares comunes, con puntos iguales o parecidos para los nacidos en enero o en abril, con leves diferencias y, eso sí, buscando que todo sea muy simple, a fin de que el lector no se altere, reniegue o huya de las próximas lecturas. La idea es agarrarlo, atraparlo en una falsa sensación de que el porvenir será luminoso, casi siempre. Y, de contera, se le puede agregar que prenda velas de colores apropiados para la ocasión o que practique determinados rituales, sencillotes y fáciles.

 

Los horóscopos devinieron en juegos intrascendentes, solo con ánimos publicitarios y mercantiles, con patrones comunes, tal como se señala, por ejemplo, en la novela Número Cero, de Umberto Eco, cuando el director le dice a una colaboradora que se ponga a hacer horóscopos “con pronósticos optimistas, a la gente no le gusta que le digan que el mes que viene morirá de cáncer. Y construya previsiones que le vayan bien a todo el mundo…”.

 

Sobre los patrones de la “horoscopedia”, ya Carl Sagan, autor de El mundo y sus demonios, advirtió acerca de tales generalidades, como esta: “Eres extrovertido, afable, sociable, mientras que otras veces eres introvertido, cauto y reservado. Has descubierto que es poco inteligente revelarte a los demás con demasiada honestidad. Prefieres un poco de cambio y variedad y te produce insatisfacción verte rodeado de restricciones y limitaciones. Disciplinado y controlado por fuera, tiendes a ser aprensivo e inseguro por dentro. Aunque tu personalidad tiene muchos puntos flacos, sueles ser capaz de compensarlos. Tienes muchas capacidades sin aprovechar, que no has convertido en ventajas para ti. Tienes tendencia a ser crítico contigo mismo. Tienes una gran necesidad de gustar a los demás y sentirte admirado”.

 

Las diferencias de un horóscopo de hoy con lo que pensaba y practicaba Kepler al respecto, son abismales. Veamos una declaración del científico alemán: “En mí, Saturno y el Sol cooperan, por lo que mi cuerpo es seco, nudoso y pequeño. El alma es tímida y se disimula detrás de perífrasis literarias; es suspicaz, busca su camino a través de los abrojos y se enreda en ellos. Sus costumbres morales son análogas…”.

 

Kepler, astrónomo de campanillas, era un convencido de la astrología, un avezado practicante de ella. Y es posible que este ejercicio haya influido en sus hallazgos y formulaciones científicas. Es obvio que hoy no cabría una carta natal en un periódico como las que hacían Brahe o Kepler. Nadie las leería o se calificaría su publicación como aburrida y pretenciosa.

 

Más bien, habría que seguir en la idea de Número Cero, de hacer horóscopos sin detenerse en tragedias y malos pasos. De ese modo, querido lector, el mundo se tenderá a sus pies, la fortuna lo alcanzará sin abandonarlo nunca y todo en su vida estará atravesado por el júbilo y la felicidad. Velas rojas, o moradas, pero ojo con irse a pasear y dejarlas prendidas. Por lo demás, no las sople, use apagador. El no hacerlo así traerá mala suerte.

Mapa de la Vida, de Johannes Kepler

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