Moza casada con viejo, ahí hay conejo

(Los avatares de El celoso extremeño, ejemplar novela de Miguel de Cervantes)

Por Reinaldo Spitaletta

 

Con influjo del denominado “novellino” italiano, que expresa sus dotes y generosidades en obras como El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, pero transportando el género en castellano a alturas de gracia e ingenio, Miguel de Cervantes Saavedra con sus Novelas ejemplares, publicadas en 1613, logra consolidar aquello de ser el primer escritor que ha “novelado en lengua castellana”, sin hurtar ni imitar, como él mismo lo dijo en el “prólogo al lector” de su libro en el que aparecen gitanillas y españolas inglesas. Ya, claro, había tocado el cielo con la publicación, en 1605, de la primera parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, con cuya maestra obra funda la novela moderna, llevada a niveles de revolución literaria con la aparición de la segunda parte, en 1615.

 

Cervantes, que perdió la mano izquierda de un arcabuzazo en la batalla naval de Lepanto (“la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros”), siempre quiso viajar a Cartagena de Indias, sueño que vio frustrado por sus antecedentes judiciales. Pero su imaginación sí alcanzó tal periplo, con uno de sus personajes, el extremeño Felipe de Carrizales, que después de recorrer la Europa toda, pasó a las Indias cuando tenía cuarenta y ocho años. Y tuvo en dichas tierras una estada de veinte, al cabo de los cuales regresó a la España nativa.

 

Nacido de padres nobles, el hidalgo de Extremadura del que trata esta novela, cuando estaba sin fortuna y sin siquiera un maravedí, que todo se lo había gastado, decidió partir a la buena de Dios en búsqueda de otras posibilidades y qué mejor que ir a donde iban los desesperados de España, los homicidas y los alzados, los desclasados y empobrecidos, y el tal Carrizales fue a dar con sus huesos en Cartagena, ciudad en la que alcanzó caudales y prosperidades. Se granjeó tanta hacienda, en oro y plata, que decidió tornar a sus pagos natales, “tan lleno de años como de riquezas”.

 

Carrizales, envejecido pero con copiosos metales, tras atracar en el puerto de Sanlúcar recaló en Sevilla. No encontró familiares ni amigos supérstites. Y supo con claridad acerca de cuánto cuidado acarrea el oro como su falta, y de lo pesada que puede ser la riqueza para quien no está acostumbrado a ella como es la pobreza para quien está en su compaña permanente. Y con este personaje, que aparecerá más bien poco en la novela corta El celoso extremeño, para muchos críticos y analistas la mejor de las que escribió Cervantes con el título de ejemplares, el escritor tejerá una trama interesante basada en los celos de una suerte de Matusalén que se casará con una moza quinceañera, embarcándose en las pesadas naves del matrimonio con fermosa muchacha de nombre Leonora.

 

Y a Leonora la dota de veinte mil ducados, pero, a su vez, en el interior del vejestorio crecerá ese sentimiento de inseguridad y de egoísmo (que no de tacañería), que lo conducirá a tomar unas medidas insólitas en la casa que compró “en un barrio principal de la ciudad”. Alzó paredes, tapó ventanas, condenó a estar siempre adentro a la mujer, cuidada por un negro eunuco, rodeada de sirvientas, algunas de ellas procedentes de África, dirigida por una “dueña” lista a desobedecer y a salirse de las monótonas rutinas.

 

Pero el precavido celoso no contaba con los buenos oficios de un holgazán y seductor mozuelo del entorno, Loaysa, ejecutante regularongo de guitarra y dueño de astucias y ladinerías. Con sones y zarabandas, con conocimiento de la idiosincrasia negruna, a sabiendas de que un negro está hecho para músicas y ritmos, y que lo atraen cantos y serenatas, el avispado haragán, donjuanesco y hábil, sabe dónde anidar sus intenciones de conquistar a la muchachita bella que está encerrada y vigilada, y cuyo marido es un viejote en decadencia.

 

Cervantes va tejiendo con sutilezas y elegancias el relato, en el que se notan personajes con compleja sicología, como Loaysa, pero también como el grone centinela de la princesa atascada entre paredes, y de la ama de llaves. El picarón, a punta de usar mañas y aprovecharse de las necesidades de la servidumbre y, sobre todo, de las ganas del eunuco de aprender a tocar el instrumento, confecciona mecanismos para su ingreso al dosel de la desolada Leonora.

 

En la novela aparecen ungüentos, como una especie de alquimia y de magia de maldad, para que el viejo sea un inerte, un durmiente que no se entere de lo que bajo su sedación e inconsciencia está sucediendo en la casa a la que él le puso todas las seguridades pero sin pensar en que hay mozalbetes en el mundo exterior con ganas de montar yegua joven y de mostrarse ante sus compinches y patanes de barrio como un galán con ínfulas de matador y heroicidades de mito. Mientras el anciano duerme bajo los efectos de untamientos alopiados, el tal Loaysa crece en sus ansias y ganas irreprimibles de burlador y conquistador empedernido.

 

La obra, con un final impredecible, tiene ribetes de tragedia y, si se quiere, de comedia dolida, en la que la risa puede ser una expresión lacrimal, una quejumbre, un género de rictus paradójico que da a la cara de varios de los protagonistas una sensación de sorpresa, de irremediable desenlace. La fuerza del destino es imparable pero, al mismo tiempo, inesperada.

 

Las Novelas ejemplares, doce en total, varias de las cuales gozan de más popularidad y afectos que la de El celoso extremeño, las publicó Cervantes a la edad de sesenta y seis años, y con ellas no pretendió moralizar ni promover virtudes, aunque él mismo haya dicho que “no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso”.

 

Y aunque el tema del marido engañado, del marido acosado por la celotipia, y de la esposa que cae ante los asedios y consejas de un pretendiente con ganas de aventuras de cama, es, digo, tema viejo, o por lo menos, antes de Cervantes se puede rastrear, por ejemplo, en relatos de El Decamerón, el autor le confiere otros valores que están en la manufactura sicológica de los personajes, aparte de incluir en las peripecias las mentalidades de época, los comportamientos de fámulas y amas de llaves, como de un “casto” vigilante de la fidelidad de la casada, que cae ante los requiebros simples pero convincentes de un tipo dotado de talento para la seducción y el engaño.

 

Los celos enceguecen, pero los deseos de aventura y de llegar hasta el lecho de la “casada infiel” (que a la postre no cede del todo en las aspiraciones carnales del seductor) dan lucidez y despejan la mente para el diseño de una trama, de unas tretas, que permitan asaltar el tesoro que tan bien guardado está. Aunque en más de una ocasión, dice la voz del pueblo, sale lo que no se espera.

 

(En la conmemoración de los cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes. Abril 23 de 2016)

 

 

El Nefelibata

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Parece habitante celestial, cuerpo glorioso, que a veces anda por las cornisas, como si nada, así sin sentir ni presentir que podría caer y convertirse en papilla, pero qué va, nunca camina con los pies en la tierra, y da la impresión de estar soñando siempre . No se sabe de dónde le viene esa especie de desventura, según unos, o de gracia, según los que más lo ven como un poeta, de estar alejado de la superficie terrestre, del asfalto, de no pisar la dureza del pavimento. No puede ser razonable que vaya por la calle, perplejo, a veces mirando al cielo, o en otras, observando edificios, sin tropezar, como si tuviera ojos en los pies. O en los zapatos.

 

Aunque no lo crean, se le ha visto subido en las bancas del parque, pero no a modo de discurseador o por llamar la atención con oratorias y retóricas, sino como si estuviera a punto de volar. Los mirantes se ríen al verlo; otros, menos complacientes, reniegan del tipo que les parece está haciéndose el notorio e importante porque no encuentra nada productivo para hacer, o porque, se oye decir, es un vago, un ocioso, alguien que va por el mundo interesado más en nidos y cantos de pájaros, que en las chimeneas fabriles.

 

En ocasiones, se pasea por la calle con un libro en las manos, leyéndolo, cuando ahora, es si no observar, todos, o casi todos los viandantes, van mirando sus teléfonos móviles, que a veces provoca atravesárseles con maldad, pero con sigilo, para que trastabillen y caigan. Pero, en cambio, cuando se ve al sujeto del libro que anda, lo que unos cuántos desean es acercársele, tal vez mirar por encima de su hombro o por un ladito, y curiosear sobre qué es lo que lo mantiene embebido, fija la vista en las páginas, como si, además, tuviera un radar, que hasta enrazado en murciélago estará, que no le permite resbalar e irse de bruces.

 

Se ha dicho, es lo que han visto los caminantes, que, de vez en cuando, el cielo, o, de otra manera, para ser precisos, las nubes bajan hasta él, lo rodean y envuelven, para que sea distinto a todos, que cuando esto pasa, nadie se quiere perder el espectáculo: un hombre con nubes en la cabeza, en los pies, en las manos, como si estuviera hecho de tal material, blando y como esponjoso, así se ha afirmado, y él parece no darse cuenta de la deferencia celestial, porque de eso se trata, que el éter lo privilegia, lo tiene como uno de los suyos, uno que no aspira a tener los pies sobre la tierra. Y él tan tranquilo. Tan elevado. Tan gaseoso.

 

Algunos, muy inquietos y aterrizados, lo han denominado el nebuloso. Otros, el hombre-neblina; unos de aquí, nubarrón, y de más allá, nimbo, que todos quieren nombrarlo, porque, al parecer, no responde por ningún nombre terrenal conocido. Hay quienes, por tener lo que llaman cultura, lo declaran el nefelibata, y al hacerlo, sonríen con cierta piedad. “¡ahí va el nefelibata, parece humo, parece brisa, debería fabricar algodones de azúcar…!”, se escucha, no sin pretensiones de sabelotodo. Un profesor de lenguas antiguas, dijo que el poeta Rubén Darío la usó en una composición, para referirse (quizá a Juan Ramón Jiménez) a un soñador, a uno de esos que no quiere despertar nunca. “Nefelibata contento, creo interpretar las confidencias del viento, la tierra y el mar…”.

 

Lo consideran excéntrico, posudo, demente, descocado, porque no encaja en los cánones del ciudadano común, porque, aparte de todo, no trabaja, ni se confunde con los que van y vienen, embotados, cansados, recién bañados, o con sudor del día acumulado en las axilas y las ingles. Él es un tipo que pertenece a la intangibilidad, que si lo tocas se diluye, da la impresión, y tus manos lo atraviesan, no puedes asirlo. Lo clasifican como uno que no creció, o que, por lo menos, se quedó petrificado en la infancia, porque hay quien lo ha pillado montado en un caballito de palo, que más bien debiera ser un pegaso, y también lo han descubierto cuando, con las manos abiertas, semeja un barrilete, con hilo invisible, y con él mismo como elevador. “Es cometa y cometero al mismo tiempo”, dijo no se sabe bien quién.

 

Está hecho de sueños, atemporal, y puede que dure más que aquellos que jamás se despegan del piso. Es más pariente de ángeles y querubines, que de seres que se apegan a la tierra. “Chilla en estos días de pragmatismo”, dijo una profesora universitaria que le hizo seguimiento y no resistió las ganas de advertirle que estaba en peligro de ser atropellado por un carro, así estuviera elevado, altico del suelo. Él, desde luego, no escuchó nada y siguió de largo… Camina por las nubes y lo hace sin perder el equilibrio, sin tambalearse. Quizá llegará el día en que se canse o se aburra de su condición aérea y decida volver al asfalto, se mimetice en la multitud y desaparezca para siempre. Nada está escrito al respecto y todo puede suceder.

Imagen de Ceslovas Cesnakevicius

 

 

 

Corbatta, el diablo en la punta derecha

(Recuerdo de uno de los futbolistas más artísticos e impredecibles del mundo)

 

Por Reinaldo Spitaletta


A la pelota nunca le pegó. La acariciaba, como a una mujer. Por eso, no se la podían sacar, aunque los represivos marcadores que lo enfrentaban le tiraran hachazos. “Ella nunca se quería ir de mi lado”, o, mejor dicho, no se quería despegar de su pierna derecha, la de Oreste Omar Corbatta Fernández (1936-1991), el que, según muchos, incluido Pelé, fue el mejor puntero derecho de la historia del fútbol, bueno, y como se sabe, ya no hay punteros a la vieja usanza.

Sí, Corbatta, el Loco, el dueño de la raya, el que, ya en declive, jugó en el Deportivo Independiente Medellín (1965-1969) y aun así mostró su magia no apta para escépticos. Era un creador de lo insólito, un espécimen extraño que fuera de las canchas era tímido y frágil, pero, adentro, demostraba sus picardías, como las de El Vagabundo de Charles Chaplin. Jugó en el Racing, en el Boca, en el DIM, en el San Telmo y, claro, en la selección de Argentina. Era menudo y de caminar eléctrico.

Llegó al Racing, procedente de Chascomús, con 19 años de edad, en alpargates, una camisa a cuadros y un aire de fenómeno. No llevaba maleta; sólo lo que tenía puesto. Y desde entonces comenzaron a llamarlo el Loco, por sus diabluras en la grama, por sus gambetas y ese modo de hacer ver fácil lo complejo. Un día, en un partido contra Chacarita, tomó un balón en mitad de cancha e inició un carrerón hacia su propio arco. Los compañeros le gritaban, azorados, pero él continuó, como si nada. De pronto, lo rodearon dos contrarios: Restivo, de un lado, y Mario Rodríguez, del otro. El arquero salió hasta el borde de las 18 a pedirle el balón. Corbatta lo vio y frenó en seco, giró y arrancó hacia el arco contrario. Los dos rivales se tragaron el frenazo y las carcajadas de toda la hinchada de Racing.

Le gustaba a Corbatta arrancar de atrás, tener contacto con el balón, para no aburrirse. Se pegaba la pelota a los pies. En 1956, en un partido amistoso entre Argentina y Uruguay, en Montevideo, comenzó a hacer malabares y se daba tremendo banquete con el duro Pepe Sasía, al que paseaba como a un bebé. Otro uruguayo, para bajarle el atrevimiento, le propinó un patadón y lo dejó retorciéndose en el gramado. Entonces, con la apariencia de darle consuelo, se acercó Sasía y le pegó un puñetazo en la boca. Desde aquel día, a la sonrisa de Corbatta le quedaron faltando dos dientes.

Con esa manera de jugar, Corbatta fue creciendo como ídolo de multitudes, pero también en los desboques. Eran famosas sus farras, que lo hacían llegar borracho a los partidos (“borracho, con la melena revuelta, la magia floja y suelta…”). Con 1.65 de estatura y 62 kilos de peso, el puntero derecho era una sensación, por sus cabriolas, por su precisión en el disparo, por sus chanfles endemoniados y, también, por el cobro de penaltis.

“Nunca me ponía de frente a la pelota, siempre de costado. Le pegaba con la cara interna del pie derecho y en el medio, con un golpe seco. Además, agachaba la cabeza para que el arquero no adivinara dónde iba a tirar y en cambio yo veía todo lo que él hacía. En cuanto se movía era hombre muerto…”, declaró Corbatta una vez a la revista El Gráfico, para explicar el éxito de sus penaltis. A veces, con su talento para patear, la bola entraba suave, dando vueltas sobre sí misma, endemoniada. El arquero se había tirado al lado contrario.

Corbatta, nacido en La Plata, era de una familia pobre, de ocho hermanos. No aprendió a leer ni a escribir, asunto que siempre lo entristeció. Se sentía apocado cuando sus compañeros leían diarios y revistas en las concentraciones. Su época más brillante fue en 1957, tanto en el Racing como en la selección de Argentina. Ese año ganaron el Sudamericano de Lima, y en la alineación, estaban, entre otros, Corbatta, Sívori, Maschio, Angelillo y el Pipo Rossi. El mejor gol de su carrera lo anotó, precisamente, el 20 de octubre del 57, en la cancha de Boca, jugando con la selección de su país frente a Chile, por las eliminatorias al Mundial de Suecia.

Primero, gambeteó a dos rivales, enfrentó al arquero, lo burló, se detuvo, amagó, hizo pasar de largo a otro defensor y volvió a frenar. El público suspiraba. Amagó nuevamente y, al final, colocó el balón donde quiso, junto a un palo, tras dejar sentados a otros dos chilenos. Un golazo increíble. Tanto que la revista estadounidense Life publicó en su portada por primera vez una secuencia de fútbol con la foto de Corbatta.

Fue campeón con el Racing de Juan José Pizzuti. En 1963, pasó al Boca Juniors, que lo compró por 12 millones de pesos, con los cuales el Racing amplió su estadio en Avellaneda y construyó un complejo deportivo. Dos años más tarde, llegó al Medellín, con el cual fue subcampeón en 1966, bajo la batuta de Pacho Hormazábal. Todavía se recuerdan sus jugadas espectaculares por la derecha, sus chanfles y aun la cadena con cristo con la que jugaba. Es de las figuras emblemáticas que han militado en el DIM, en el que hubo genios como el Charro Moreno.

En su decadencia, alcoholizado y sin hogar (pese a que se casó cuatro veces; una de sus mujeres se largó y dejó la casa vacía), Corbatta vivió sus últimos años en un camerino del estadio de Racing. Murió en la miseria más atroz, agobiado por un cáncer de laringe. El 6 de diciembre de 1991, a los 55 años, se fue el que muchos consideraron el más grande puntero derecho, por encima de Garrincha, Boye, Bernao, Houseman, Hamrin y otros tantos que en la constelación del fútbol han sido. La Nación de Buenos Aires tituló “Murió Corbatta, arquitecto de un fútbol que emocionó”, mientras Página/12 dijo: “La muerte se pasó de la raya”.

Era un maestro con el balón. En los entrenamientos, apostaba con sus compañeros a que podía pegarle a cualesquiera de los palos las veces que quisiera. Y disparaba con exactitud. También poseía una capacidad para ponerle efecto al balón. Y por lo demás, sus centros, que eran pases de alta precisión, dejaban a sus camaradas listos para el gol. Un arlequín. Un artista en el gramado. Un futbolista imprevisible e impredecible, que improvisaba sobre la marcha. Un creador. El rey de la raya.

Una calle, junto al estadio de Racing, lleva su nombre. Vivió sus últimos años en un vestuario de la cancha de la Academia. Tal vez muchos lo arrojaron al olvido, pero la que nunca se despegó de él fue la pelota. Por supuesto, es que la acariciaba. Él la amaba y la pelota a él. Un romance eterno, una unión indisoluble. El diablo jugó al fútbol y se llamaba Oreste Omar Corbatta.

(Diciembre de 2002, cuando en la noche de Medellín brillaba una estrella roja)

 

Oreste Omar Corbatta, puntero derecho

 

De Misiá Rafaela al árbol de los cuchillos

(Recorrido por barrios obreros, cafetines y fútbol en una manga imposible )

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Preludio con casas viejas

 

El caminante, tras deslizarse por la Curva del Ahorcado, y pasar junto al Hoyo de Misiá Rafaela, cruzó por el histórico puente de La Toma, se dispuso a ascender por la calle de los Indios, atravesó Ayacucho (la que tiempo atrás él mismo calificó como una filosa puñalada de asfalto, que desparrama al barrio Buenos Aires hacia arriba y hacia abajo) y continuó su ruta hasta El Salvador. Quería estar en lo más alto, en el morro, el mismo donde hace años recaló el profeta nadaísta Gonzaloarango, con su marihuana y sus diatribas contra la aldea industrial, goda, pacata, abundante en casas de citas, con humos de fábricas de telas, sí, con aires contaminados e ínfulas de ciudad grande.

 

Llegar hasta la cima, donde está plantado el Redentor, le costó aumentos de pulsaciones y revoltura en los recuerdos. La ciudad era otra, saturada de smog, carros y edificios; vio cómo se erguían muchos de ellos donde antes había caserones, como los de Bomboná 1, los de las calles Villa y Giraldo y Mon y Velarde, y los de Boston y los de su “Buenos Aires querido” y Miraflores. Todo se fue, se dijo y se acordó de algún tango. Sí, el de las “casas viejas queridas”, las que “se van, se van” y “han terminado sus vidas”.

 

—Es un tango de Canaro y Pelay —se afirmó, mientras hacía una circunvalación en la cima del morro. Respiraba con ansiedades.

 

—¡Llegó el motor y su roncar / ordena y hay que salir! —susurró, como si los versos del gotán le dieran un nuevo aire.

 

La visión de la urbe lo devolvió a otros días, más bien remotos, cuando había fábricas y obreros, y barrios en los que los trabajadores se reunían en cafetines de esquina o jugaban en alguna cancha de fin de semana. Recordó entonces varias historias del Morro de El Salvador.

 

  1. Un hombre-ángel en el morro

Era un día de 1960, cuando Mario Giraldo estaba pintando la fachada de su casa, vecina del Morro El Salvador. No supo por qué, tal vez incitado por un inexplicable presagio, miró hacia arriba, donde un enorme Corazón de Jesús italiano abre los brazos como si diera una bienvenida a la ciudad, espabiló, se restregó los ojos, porque supuso que todo era una alucinación. Pero no. Era cierto lo que veía.

 

Abrazado a la cabeza del “Salvador del mundo” había un tipo (algunos, como se supo después, pensaron que era un ángel). Cómo va a ser. Revuelo en el barrio. ¿Cómo llegó hasta tan arriba?, se preguntaron. “No hay duda, es un hombre”, se dijo Mario.

 

Llegaron los bomberos e instalaron una escalera, que escasamente tocó la cima del pedestal. Abajo, un remolino de curiosos, los célebres noveleros de barriada, especulaba sobre el acontecimiento. “¡Qué descarado, dizque abrazando al Señor”, espetó, con incredulidad y repudio, una señora. Había miradas de incertidumbre, de angustia, de interrogación. El hombre, arriba, parecía ajeno al alboroto.

 

Arribaron policías y curas y más “brujos” (que así se llamaba a los fisgones). Un bombero, que había ganado altura, intentaba convencer al extraño “alpinista” de cristos para que descendiera. “No se vaya a tirar, señor”, le advertía. Subieron otra escalera y cuando el bombero subió más, el hombre se corrió, despacio, sobre el brazo derecho del Redentor Universal. Abajo, había contención de respiraciones. Tal vez, algunos rezaban.

 

El osado escalador llegó a la mano abierta de la imagen y se detuvo. El bombero, que fungía de salvador real, se aproximó. Fue entonces cuando el “ángel” de carne y hueso se dejó caer. Se estrelló contra una de las bolas de concreto que están en la base del pedestal. Horror en los espectadores.

 

No supieron de dónde venía, ni quién era, ni como se trepó, sin lazos, sin ayudas, hasta lo más alto del Salvador, que a unos veinte metros de altura sobre el pedestal, parece vigilar la ciudad. Puede ser el caso más trágico en la historia de este monumento, erigido como homenaje de algunas damas de alcurnia a monseñor Manuel José Cayzedo, arzobispo de Medellín durante más de treinta años.

 

El origen de la estatua del Salvador se remonta a 1899 cuando el papa León XIII promulgó una encíclica (“Annum Sacrum”) con la que “consagró a todos los hombres al Corazón de Jesús”. Había que rendir homenaje a Cristo Redentor a punto de finalizar la centuria. El primero de enero de 1901, el obispo de Medellín, Joaquín Pardo Vergara, dispuso un decreto para levantar en una de las colinas de la ciudad un monumento a “Jesucristo Señor Nuestro y Salvador del Mundo”.

 

El concejo de Medellín, mediante el acuerdo 30 del 13 de febrero de 1901, destinó un auxilio de mil pesos para la erección del nombrado monumento, que se levantaría como una suerte de saludo al siglo XX (que tiempo después, un autor de tango calificaría como “problemático y febril”).

 

No se conocen detalles acerca de la demora de más de quince años que tardó la construcción, pero sí se sabe que se esculpió en una marmolería de Italia, el almacén El Vaticano, de Sigmoni Buraglia y Compañía, que lo mandó vía marítima. Era como otro inmigrante italiano que llegaba a “hacer la América” en estos breñales. El pedestal se construyó con planos de Arturo Longas, modificados por Horacio Marino Rodríguez.

 

En los albores del siglo XX, se decía que aquella colina (antes llamada morro de don Rafael —pertenecía a Rafael Echavarría—) era un sitio de “pecado y perdición” y que, por tanto, no quedaría bien en su cumbre una imagen sagrada. Tomás Carrasquilla opinaba en 1919 que, precisamente por tan encumbrada razón, debía erigirse en ese lugar el monumento.

 

El 3 de febrero de 1916, el morro se atiborró de gentes que querían presenciar un eclipse de sol. Entonces era un mirador sembrado de moras, mortiños, uchuvas y lulos silvestres. Ahora, hay sanjoaquines, eucaliptos y cauchos. Durante años fue un “elevadero” de cometas y centro de reunión de caminantes urbanos. Y albergue de enamorados, lugar propicio para el beso y los abrazos.

 

Aquel Redentor que saluda a los vientos y los pájaros perdió un brazo durante una tempestad. Se lo amputó un rayo. Durante meses, el miembro estuvo tirado en el suelo, hasta que unos fabricantes de lápidas se lo robaron. Eso cuentan. Después, instalaron en su cabeza un pararrayos, que estuvo descompuesto muchos años, porque también se hurtaron el cable.

 

Pero el Salvador continúa ahí, altivo, observando cómo la ciudad crece y vive y muere. No se inmuta con los humos de marihuana de la parcería. “Este morro ha sido una vagamundería”, dijo un día Francisco Monsalve, un vecino del sector.

 

En el barrio, hubo antes mangas a granel y parajes solitarios. Los que allí llegaban en otros tiempos, creían estar en el campo pero con la ciudad al frente. La colina, que es cerro tutelar, con su imagen monumental, es símbolo de identidad del barrio, en el que antes hubo mangas a granel y pasajes solitarios. Y un patronato de obreras.

 

El Salvador, el de los brazos que parecen catar el viento, tiene en su pedestal una leyenda en latín: “Monstra Te Esse Matrem” (muestra que eres madre), una especie de invocación mariana. El Salvador del Mundo prosigue ahí, impertérrito ante los cambios citadinos. Un día lejano un hombre que quiso ser ángel emprendió desde arriba su último vuelo y su vida se hizo añicos contra el pedestal.

 

  1. La manga del Mosco o las dificultades de una gambeta

 

El caminante descendió del Morro. De pronto, se encontró en una calle nueva, ancha, muy cerca de donde antes estuvieron Los Bomberos, y donde en otros días hubo un granero mixto, Los Amigos, en el que obreros y estudiantes intercambiaban mentiras y sueños. Muy cerca de ahí, pasa la quebrada La Palencia. Hizo un paneo de recuerdos y volvió a ver la célebre Manga del Mosco, que ya no era la de antes. Tenía ahora más alcurnia. Y una protección de mallas para que los balones no caigan a la mortal corriente que tantos de ellos se tragó en otros días. Y en este punto, comienza otra historia.

 

El balón rodó hacia la quebrada, y la maleza, que crecía a casi dos metros de altura, como si a la cancha la rodeara una selva urbana, se lo tragó. Jaime Ochoa corrió a buscarlo. Se internó en los matorrales y de pronto se paralizó cuando vio que una cabeza de mujer parecía mirarlo con sus ojos muertos. El gritó paralizó a los demás jugadores.

 

Acaeció a principios de los sesenta en la Manga del Mosco, barrio El Salvador, cuando se inauguró el primer torneo de fútbol en esa cancha desnivelada, imposible para el ejercicio de un correcto partido, pero que, gracias a la pericia y ganas de diversión, la muchachada habilitó para que el arrabal no se quedara sin dónde futbolear.

 

Jugar entonces en aquel predio era una suerte de epopeya de barrio. La cancha tenía varios niveles, cual terrazas incas. Arriba, una portería de cañas y cabuya; abajo, el medio campo; más allá, en otro “entre piso”, la otra arquería. Solo las ganas de jugar hacían posible la hazaña. Un desafío a la imaginación.

 

Por uno de los costados, pasaba (pasa todavía) la quebrada La Palencia; en la otra banda, estaban los solares de las casas. Los que jugaban de punteros, corrían varios riesgos: uno, que el marcador, con un leve cargazo, los enviara a las aguas turbias; dos, si lo hacían por el lado de los muros, no solo tenían que eludir al contrario, sino los picos de botella y las latas de sardina que el vecindario arrojaba. Nada era fácil. Tal vez, las dificultades crearon buenos gambeteadores.

 

La Manga del Mosco se llamaba así porque había “un mosquero aterrador”, porque pasaba una cañada de aguas negras, según recordó un día Mario Giraldo, uno de los pioneros de la famosa cancha. Varias generaciones jugaron partidazos allí. Había, hace años, partidos de hasta siete horas seguidas, con equipos como el Liverpool, Los Aplanchadores, el Volante Norte (del barrio Las Palmas). Algunos jugadores, muy habilidosos, como uno que apodaban Monta, se autohabilitaba con la pared y sabía dónde caería el balón tras hacerlo chocar contra el muro.

 

Al llegar los primeros circos y las ciudades de hierro, la canchita recibió la gracia del aplanamiento en algunos sectores. Pero la maleza seguía prosperando. “Entrar al Mosco era como ir de safari”, dijo un día Ramiro Alarcón, otros de los que por allí ejerció la gambeta y la imaginación.

 

La cancha albergó equipos de otras barriadas. Venían pese a que sabían de la topografía arisca y la quebrada tragabalones. Uno de ellos, fue el Avenida, de “puros tocadorcitos. El que reventara el balón lo echaban”, recordó Mario Giraldo. La cancha, sin embargo, progresó. Las porterías de guadua se cambiaron por unas de tubo, que donó “un man muy rico al que le decían La Bachué y después lo mataron”, según un viejo habitante del sector. Un día, un carro del municipio se llevó una de las porterías para siempre.

 

En el Mosco jugaron La Chinga y Omar Delgado y Alfonso Rave y Leonel Montoya y Pablo Correa. También pateó balones Laureano Gómez, músico de los Teen Agers, quien, pese a su nombre, era liberal. En esa cancha imposible jugaron solteros y casados sus desafíos de fin de año, y apostaron el dinero de la leche, en unos casos, o del aguardiente, en otros. La cancha fue una aventura de barrio, una ilusión de muchachos de ayer. Un sueño de comunidad.

 

Durante años, los que allí jugaron sentían el olor cálido que emanaba de una fábrica de bocadillos, y de vez en cuando se dejaban seducir por el canto de las sirenas de los bomberos. En el Mosco jugaron pelados de La Toma, Gerona, La Milagrosa, Ayacucho, Miraflores, y, claro, los de El Salvador.

 

Hoy, tras la apertura de la calle que bordea La Palencia, la cancha está aplanada y allí se juegan partidazos, que ya no tienen la presencia de gambeteadores de fantasía, ni la quebrada se traga ahora los balones.

 

 

  1. Ayacucho y sus tangos de cafetín

 

El caminante tornó hacia Ayacucho, corazón del otrora encopetado barrio Buenos Aires, uno de los más viejos de la ciudad, y que hasta 1952 tuvo tranvía, que albergó cafés tangueros como el Sol de Oriente (en la esquina con la carrera Suiza y fundado en 1932) y el Astral (ya desaparecido), y sintió el olor de los obreros de Coltejer, la textilera fundada en 1907, a orillas de la quebrada Santa Elena (a la que los nativos del Valle de Aburrá nombraron Aná).

 

Ayacucho, una de las calles más históricas de Medellín, asciende hasta los vientos fríos de Santa Elena. En otros días, su miscelánea de aromas pasaba por la alhucema, el incienso, el aceite de frituras, los panes calientes y los olores de supermercado. Había en ella, que cambió su vocación residencial por la del comercio, de “todo como en botica”, un dicho que ya desapareció del uso de los hablantes de la ciudad.

 

Una calle variopinta, por donde se la mire: lavacarros, pollerías, montallantas, peluquerías, cacharrerías, ferreterías, licoreras, farmacias y que durante muchos años albergó lo que el imaginario popular bautizó como “el palacio del colesterol”, más de una cuadra dedicada a la venta de fritos, arepas de chócolo con una atracción (tal vez fatal para los que tenían las grasas saturadas muy altas): la chunchurria.

 

Se decía en otras calendas, que el sol llegaba a Medellín rodando por Ayacucho. Las torres neogóticas de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón podrían ser el logotipo de esta calle que a principios del siglo XX estuvo sembrada de guayacanes morados y amarillos. Y todavía, como muestra de su antiguo esplendor, conserva parte de la arquitectura del castillo de los Botero, donde ahora está la clínica del Corazón de Jesús.

 

Esa calle inevitable, paralela a la quebrada Santa Elena, tuvo caserones republicanos, de generosos espacios, con fachadas afrancesadas. Algunas, se transmutaron en torres de apartamentos, en parqueaderos o en servitecas y otros locales comerciales. Por allí subió y bajó el viejo tranvía, y por allí pasa el nuevo. También se desplazó uno de los tipos más ricos que en la ciudad hubo: Carlos Coriolano Amador, dueño de la Hacienda Miraflores, llena de ceibas y pájaros y adornos traídos de Inglaterra.

 

Alrededor de esa calle, en la que hace años habitó el escritor fredonita Efe Gómez, autor de clásicos relatos como Guayabo negro, se elevaron chimeneas fabriles, empresas de electricidad, cervecerías, pero, a su vez, cines como el Buenos Aires, el Ayacucho y el teatro Colombia. En el Sol de Oriente, el único supérstite de los viejos cafés de entonces, pero reducido a la mínima expresión en su espacialidad, el tango fue el rey de la barriada. Allí cantaron en vivo y en directo Agustín Irusta, Óscar Larroca, Pepe Aguirre, y bailaron el Mudo Emilio y Tángano (pintor de brocha gorda que nació bailando tango), y se instalaron en sus mesas futbolistas de alto calibre como los argentinos Charro Moreno, René Seghini, el Coco Rossi, José Vicente Greco, y el legendario Omar Oreste Corbatta, llamado el Rey del chanfle.

 

En el Sol de Oriente, bar de obrería y artesanos, recalaron artistas como Ramón Vázquez y ajedrecistas como Tirso Castrillón. Y también un billarista famoso, al que apodaban “Matate Jesús”, porque, cuando perdía una partida, chocaba su cabeza contra las mesas de billar.

 

Ayacucho, que se duplica en Las Mellizas, una calle doble, con separador arborizado, también parte al barrio Miraflores, un sector que tuvo chalets y palacetes, hoy convertidos en edificios de apartamentos. Si el caminante asciende para ir buscando el frío de Santa Elena, pasará muy cerca de una de las canchas de fútbol más viejas, fundada en 1925 y que hoy es un parque, con estación de tranvía incluida. Si sigue subiendo, llegará al viejo barrio obrero de Alejandro Echavarría, que hace años tenía un portón de cemento con el nombre grabado en relieve.

 

El Alejandro (como le dicen hoy los muchachos) es un barrio que Coltejer construyó para sus trabajadores, con casas amplias, de cuatro y cinco alcobas, antejardín, techo de teja española y alto valor ambiental por su arborización. En él se erigió la iglesia Concilio Vaticano II, y al fondo de su parquecito, vivió el escritor Mario Escobar Velásquez, que en la década del cincuenta trabajó en la textilera y dirigió la revista Lanzadera, de la misma empresa.

 

Uno de los referentes del barrio ha sido su cancha de fútbol, antes de arenilla y hoy convertida en un parque polideportivo, con grama artificial. En los sesenta y durante muchos años, fue escenario de partidazos que convocaban a jugadores y público de toda la ciudad. Allí llegaron a mostrar sus dotes futbolistas profesionales.

 

 

  1. Otros caminos, otros barrios

Al caminante le puede entrar la incertidumbre de sus rutas. ¿Hacia dónde dirigirse ahora? Tal vez pueda hacer un rodeo, atravesar Miraflores y subir por la carrera Alemania (la 29) hacia La Milagrosa, un barrio tradicional de trabajadores que antes se llamó Quijano y tras la erección de la iglesia con una advocación virginal cambió de nombre.

 

El barrio, con parque (a diferencia de su vecino Buenos Aires que carece de él) y calles históricas como el Cuchillón, tuvo aromas de pomas y naranjales. Sus mangas abundantes se transformaron en ciudadelas de apartamentos, como Cataluña y sus derivados. En algunos de sus sectores, como el llamado La Cumbre, convivieron caserones de corredores y antejardines enormes al lado de pequeñas casas.

 

Cantada en novelas y cuentos de Luis Fernando Macías, como Ganzúa y Amada está lavando; narrada en algunos escritos del investigador de tango y nativo del lugar, el finado Luciano Londoño López, único colombiano que perteneció a la Academia Porteña de Lunfardo, de Buenos Aires, Argentina, La Milagrosa es vecina de Loreto y el Nacional, también barrios de trabajadores.

 

Si del parque de La Milagrosa, el caminante desciende por la vieja calle de Cuchillón, conocida como la 45, se topará con otro barrio de trabajadores, con nombre español, Gerona, como que lo urbanizó uno de los clásicos miembros de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, Manuel de J. Álvarez Carrasquilla, sintetizado como Majalc. Este comerciante y empresario de la vieja Medellín, era un hispanófilo. Fue uno de los constructores de los barrios Aranjuez, La Mansión y de Andalucía (en Bello).

 

Gerona, que también fue cuna de malevajes y tanguerías, con bares como El Cachafaz, Verdemar  y El Machete, con una barra de miedo como los muchachos de El Cambray, escuchó la voz de Amparito Vélez, soprano que habitó en el sector, y también la del locutor Iván Zapata Isaza, emblema del radioperiódico Clarín, llamado por el vecindario El negro grande de Gerona.

 

En ese barrio, que tuvo una línea de buses con avisito de “Gerona-Loreto”, en algunas de sus calles se pueden apreciar, pintados sobre el asfalto, enormes escudos rojiazules del Deportivo Independiente Medellín. En su paisaje arquitectónico predominan las casas, algunas de dos y tres pisos, pero ya, saltones, aparecen edificios de apartamentos.

 

Muy cerca de allí, y hacia Ayacucho, el caminante puede derivar en el barrio Restrepo (fundado en 1934 por Ramón Restrepo), hoy conocido como El Redondel, muy cerca del sector al que un bar le dio nombre: el Santos. Era una fracción de Buenos Aires, con casas muy grandes, casi todas blancas, de dos y tres niveles, sótano incluido, con zonas verdes y terrazas. Hoy esas mansiones ya no existen y en su lugar se levantan edificios residenciales.

 

 

Epílogo con una escultura a la vida

 

Junto a la antigua corriente de Aná, se levantó en 1907 la fábrica Coltejer, en el viejo sector de La Toma, que después se erigió como vivienda obrera, con bares de tango y porros, uno que otro prostíbulo y una sección que algunos creen fue el origen de la actual ciudad, antes Villa de La Candelaria: la Vuelta de Guayabal. Anclada a la historia colonial, esa calle larga, que antes de existir Ayacucho era la ruta hacia Rionegro, la llamaron Ricaurte (calle 51). Junto al puente de La Toma, construido en 1857, remodelado por el belga Agustín Goovaerts y cerca de un breve sector, que prácticamente es una callejón paralelo a la quebrada, llamado El Hoyo de ‘Ña Rafaela (o de Misiá Rafaela), se denominó La Canguereja, narrado, por ejemplo, por Tomás Carrasquilla.

 

Durante casi ochenta años, La Toma albergó telares, calderas y chimeneas, así como cafetines, cerrajerías, talleres mecánicos y residencias. Parte de su territorio se transmutó en el actual Parque Bicentenario, el Museo de la Memoria y en bloques de apartamentos, como las Villas del Telar.

 

La Toma, con sus pasajes residenciales, inquilinatos, parqueaderos enormes y talleres de mecánica, tuvo bares para camajanes y obreros, como el Barcelona, el Perro Negro y el Torrente. Junto al llamado Puente de Brooklyn, en el Gran Combo, los hinchas del DIM han tenido desde hace años una suerte de templo sagrado. Más abajo, y ya en el parque Bicentenario, donde además hay un busto que recuerda al líder de la No Violencia, Mahatma Gandhi, se levanta una escultura (El árbol de la vida) hecha con más de veintisiete mil puñales, cuchillos y otras armas cortopunzantes decomisadas por la policía, del artista Leobardo Pérez.

 

El caminante se detiene junto al metálico árbol que ningún viento mueve. Se escuchan las voces de niños que juegan junto a una puerta con chorros de agua y el rumor de la sempiterna quebrada Santa Elena se esparce antes de perderse bajo el asfalto.

 

 

(Crónica publicada en el libro colectivo Nuestro tranvía, Alcaldía de Medellín, 2015)

 

Puente de La Toma o Puente de Brooklyn (Revista Credencial)

La imaginación o cómo hacer surgir una rosa de sus cenizas

(Un ensayo con lobos, vientos huracanados y una danza de nereidas)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En tiempos muy remotos de los cuales no existe precisa memoria apareció el lobo y entonces el pastor gritó: “¡Ahí viene el lobo!”, pero nada ocurrió. Pasados unos días, el mismo zagalillo tornó a gritar, con renovada fuerza y voz aspaventosa: “¡Ahí viene el lobo!”. Pero, en realidad, el lobo no venía. Dice el poeta que en ese instante sublime, fantasioso, colmado de misterios, nació la literatura. Con la misma metáfora lupina Vladimir Nabokov afirmó alguna vez que las palabras no solo sirven para designar lo real, sino también lo irreal.

 

Con las palabras (un filósofo antiguo —bueno, casi todos los filósofos son antiguos— decía que las cosas existen gracias al articulado conjuro de la palabra) se crean otras realidades, otras irrealidades. En el segundo alarido del pastorcito había un ingrediente clave, empleado desde siempre por el hombre para transformar su entorno, para construir nuevos universos: la imaginación.

 

La imaginación fue el arma con la que los primeros hombres se enfrentaron a lo desconocido, a lo ignorado. Mediante este recurso, en la oscuridad de los tiempos y ayudados por el imprescindible logos, fueron capaces de crear dioses y héroes y numerosas fantasías. Inventaron explicaciones al mundo para darle sentido a la vida. Construyeron edenes y ardorosos infiernos. Se dejaron llevar y deslumbrar por la luz de las estrellas y, en ellas, vieron extraños animales, formas jamás reveladas, la trayectoria de sus existencias precarias. La imaginación los condujo y guió por mares insospechados, sobre los cuales navegaron hasta el naufragio. En sus fondos se toparon con monstruos devoradores de naves y de hombres. Todo era como un nebuloso sueño sin interpretación.

 

Y esos sueños numerosos e ininteligibles fueron quedando apresados en cuevas, como las de Altamira y Lascaux. Allí, el hombre inicial, asediado por los asombros y el alelamiento, quiso pertenecer a la inmortalidad; deseó prolongarse en otras vidas, en las de otros seres. Y entonces pintó las paredes, buscando, en un acto mágico, la posibilidad de dominarlo todo. Era como un modo de dejar sentado que él era el rey del universo. Muchos siglos antes de que Zeus arrojara sus rayos atronadores sobre el mundo, en el Lejano Oriente habían surgido en el cielo y en la tierra dragones y quimeras. En Egipto, la fecunda imaginación le había otorgado patente de existencia al Ave Fénix, símbolo de la vida eterna. El hombre, en todo caso, no quería ser efímero. Deseaba permanecer para siempre en la Tierra, o, en su defecto, en algún otro lugar; en cualquier cielo, o, si no le era posible, en cualquier sitio infernal. Sabía que la imaginación le daba un rango muy alto  frente a los demás seres. Él era —es— el único con capacidad de ensoñación, pero, al mismo tiempo, con la fuerza descomunal para para destruir y destruirse. Diseñaba con su talento las alas para volar hacia la muerte, aunque, igual, los mecanismos para no alcanzarla jamás o, de otra manera, para que ésta no lo arrasara. Porque el hombre está hecho de sueños, pero también de tormentas, de esperanzas (a veces, inútiles) y de desasosiegos. Quiere el poder, y esa condición (o ambición) lo limita. Lo convierte en ser mezquino. Cuando lucha por tronos, por estar encima de sus semejantes, por pisotear a los otros, entonces se transforma en lobo. Despierta en su interior la voracidad. He ahí su miseria.

 

Al tiempo que el ser humano fue ingeniando mecanismos y astucias mediante los cuales imponerse sobre los demás, también se sirvió de la imaginación para sobrevivir. Las situaciones de adversidad, el estar en peligro, la inminencia de la muerte han contribuido al desarrollo de tan prodigiosa facultad. El hombre primero soñó las cosas; luego las creó. Estas estuvieron primero en su mente, en su pensamiento; después, en la realidad. Antes de inventar la rueda ya la había entrevisto en sueños. Es decir, todo ha sido soñado antes de su nacimiento: el arte, las ciencias, las religiones, la filosofía y tal vez el universo mismo. Para conquistar el mundo, para aprehenderlo, lo poetizó. Primero imaginó las estrellas; más tarde, las conquistó. América, por ejemplo, fue antes una quimera, el sueño imposible de un genovés, que además, nunca supo dónde había llegado. En un tiempo lejano, la Tierra era plana. En otro, cuadrada. Según la imaginación de cada uno, de cada tiempo. Más allá de todo lo alcanzado, estaba lo desconocido, lo nunca visto, objeto de especulaciones. La imaginación le ayudó al hombre a viajar a otras esferas, a sentir la música de las galaxias, a buscar dioses (a concebirlos) más allá de cualquier distancia. Acaso, antes de colonizar el espacio sideral, o de ir a la Luna, no hubo alguien que ya hubiese diseñado una aventura de tal alcance y naturaleza.  Claro que sí. Verne, por ejemplo, cuando todavía no existían las naves espaciales, pudo visitar a Selene, gracias a los portentos de su magín. Los aeroplanos y los helicópteros volaron primero en la fantasía (o, más bien, inventiva) de Leonardo Da Vinci. A punta de martillo y cincel, Miguel Ángel hizo hablar a un Moisés de piedra. Y muchos siglos antes, Praxíteles le confería a Afrodita un hermoso cuerpo de mármol, mientras Fidias configuraba, también en eterno material, a Atenea. Ya lo cantó un vate: “hasta la estéril y deforme roca / es manantial cuando Moisés la toca / y estatua cuando Fidias la golpea”.

 

La guillotina —para muchos, un estupendo invento— se utilizó, entre otras cosas, para cercenarle los sueños a mucha gente. Sin embargo, en los canastos ensangrentados algunas cabezas continuaron soñando en la construcción de un mundo distinto de fraternidad, igualdad y libertad. Las utopías, por ejemplo, están emparentadas con el universo de la imaginación. Son lugares que solo existen en el pensamiento y el mundo intangible, pero que ayudan a vivir, impulsan al hombre a caminar por senderos insospechados. La búsqueda misma de la felicidad, cualquier cosa que esta sea, tiene bastante que ver con todos los sueños. Se intenta la construcción de paraísos, aunque, casi siempre, resultan solo infiernos. Lo importante, en todo caso, radica en la posibilidad. En el acto vital de estar buscando. En no perder jamás la perspectiva de edificar casas diferentes, de levantar torres que toquen los cielos.

 

Los pueblos que no imaginan están condenados no solo a la desesperación sino a ser borrados de la faz de la tierra. Tal vez la suerte apocalíptica de la Atlántida está ligada a una carencia. A sus habitantes les faltó imaginación para salvarse del naufragio y todos se hundieron con su continente. En cambio, la historia registra el sueño babilónico y el griego y el romano. Una de las máximas creaciones de la imaginación son las mitologías. En ellas sobrevive el espíritu de viejos pueblos, sus modos de ser y pensar y creer. Es una prolongación del hombre que se refleja en sus dioses. Y en sus héroes. Estos y aquellos, hechos a semejanza humana. En la religión —en el mito— se halla una de las maneras más ricas de la imaginación, de la fuerza creativa. Se nota al hombre, y, por extensión, a un pueblo, que intenta perpetuarse en sus deidades. De cierta manera, la Grecia antigua es Zeus, así como los hebreos son Jehová y los chibchas se revitalizan en el vientre de la Madre Bachué.

 

La memoria pertenece a los pueblos que tienen o tuvieron la facultad de soñar. Ya no están los egipcios de entonces, pero por ellos hablan las pirámides y El libro de los muertos; ya no quedan en la Media Luna de las Tierras Fértiles los babilonios, o los sumerios, pero se les recuerda por la epopeya de Gilgamesh, o por los jardines colgantes, o por esas tablillas en las que escribieron, para gloria futura, el Poema de la Creación. En el martillo de Thor se siente la presencia de los germanos, así como la de los mayas brilla en las estrellas.

 

La imaginación colectiva nos ha regalado huríes que nos esperan con sus mieles y pieles en algún distante paraíso, y a las valkirias, mensajeras de Odín. Cualquiera que no haya muerto en combate también puede ir al Walhalla, misterioso lugar destinado a los guerreros. Es una inmensa sala alumbrada por el fuego del oro, donde caben las asambleas infinitas. Los que allá han ido, y vuelto, lo describen con tejas resplandecientes, con armaduras brillantes en las paredes. Los muertos que allí residen se preparan para el combate del fin de los tiempos, cuando volverán a luchar, con renovado coraje, para no perecer eternamente, o en otras palabras, para alcanzar la vida eterna.

 

La imaginación, en todo caso, es taumatúrgica, obra prodigios. En su aplicación y ejercicio hay una alteración del mundo. Y, a su vez, una síntesis. Para crear el centauro se toma una parte humana y otra del caballo. Y así por el estilo van surgiendo cíclopes, serpientes voladoras, hombres alados, toros con piel de león, mujeres de seis brazos, demonios con cara de niños… La tierra se va poblando de ninfas y nereidas y sílfides y gnomos y troles y hadas. Abundan los duendecillos y los espíritus que vienen de otros universos montados en platillos voladores. En los ríos —algunos de los cuales desembocan en el infierno— se oyen los cantos de las ondinas, y ciertos iniciados que invocan a Eolo son capaces de provocar huracanes. Se ha sabido de lobos que fueron devorados por niñas en los bosques y de cazadores que fueron cazados por audaces antílopes. La imaginación puede —además tiene licencia para el efecto— poner el mundo patas arriba, enfurecer los mares, convertir a los pájaros en espías, y, cuando se lo propone, puede derribar reyes (o hacerlos ver desnudos ante sus súbditos) o deponer dictadores, arrasar ejércitos en apariencia invencibles, tumbar ídolos. Nada ni nadie puede resistirse a su embrujo sin límites.

 

Las indias del Darién tenían hijos blancos porque, durante su embarazo, miraban a la luna. Los alquimistas, en realidad, no buscaban transmutar todas las cosas en oro, o por lo menos los metales, sino todo el mundo en sueños. Se ha dado el caso de gente muy imaginativa que quema una rosa y con solo soplar sus cenizas estas vuelven a ser rosa. Muchas veces, y cada que se ocurre tal carrera, la tortuga le gana la competencia a Aquiles. Y a veces el arquero lanza la flecha y es capaz de llegar primero que ella al blanco. Cuando los amnésicos tienen imaginación inventan los recuerdos que les faltan. Ejercer la imaginación es una forma eficaz de derrotar a la muerte y sus heraldos.

 

Existe una alegoría pictórica que representa a la imaginación. Es una joven briosa, llena del vigor de los años tempranos. De su cabeza emergen diversas figuritas. Muy cerca de la muchacha están los atributos del pintor y del poeta. Al fondo, se aprecian centauros, sirenas, harpías. Es un cuadro de alucinación. Y la imaginación es eso, una expresión alucinante, capaz de crear, de transformar, de trastocar el mundo y sus rutinas.

 

La más realista de las literaturas está atiborrada de imaginación. Y de una hermosa mentira, como la del pastorcito de los principios, del origen. O como decía Juan Rulfo: “todo escritor que crea es un mentiroso: la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad… Para mí lo principal es la imaginación… es infinita”. Vasta es la imaginación que llevó a Pitágoras a escuchar la música de las esferas, y al ciego Homero a crear una poesía visual, y al esclavo Esopo a contar fábulas como una manera de la creativa de la política. La imaginación (llamada en una época la loca de la casa) está más allá de cualquier ética, de cualquier moralismo. No hay barreras que no pueda sobrepasar. O como diría alguien: “La imaginación permite ver cómo es la realidad del otro lado”.

 

Nadie es más libre que aquel que crea. La imaginación es otra manera, y muy elevada, de la libertad. Es como soplar las cenizas para que nazcan y florezcan rosas…

 

(Imaginado en Medellín, cuando marzo de 1994 olía a lluvia)

 

Nota: Ensayo escrito para el libro El rey de la máscara de oro, de Marcel Schwob, Biblioteca Distinta, Edilux)

 

Imágenes del pintor canadiense Rob Gonsalves

La tristeza oxidada de los carros muertos

“¡Carro viejo! Sos paquete,
como hechura ‘e barrilete
va quedando tu armazón.”

Carro viejo, tango

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

De niño, mi hermano Rodolfo se sabía todas las marcas de los automóviles, y aun de buses y volquetas y camiones, y sus respectivos modelos. “Aquel es un Chrysler”, “ese otro un International”, “el que acabó de pasar es un Chevrolet Impala” “y esa camioneta es una GMC”. Yo no distinguía un Ford Mercury de un Buick 1956. El que sí alcancé a diferenciar era el auto Dodge Dart 1961, color crema, y eso porque un nuestro tío, Mario, tenía uno de ellos. “Es una lancha”, informaba Rodolfo, al que con cariño le llamábamos Fito.

 

En aquellos días felices, los regalos del Niño Jesús eran, por lo general, carros de madera, de latón, de plástico, que imitaban a los clásicos autos estadounidenses y a uno que otro europeo. Yo, más que automóviles, le pedía aviones, que siempre convocaron mi atención, quizá porque de niño hice algunos viajes en los Super Constellation y, tal vez por eso, lo primero que aprendí a confeccionar con las hojas de cuadernos, antes que los barquitos de papel, fueron aviones que semejaban bombarderos de la Segunda Guerra, pero a los que equipábamos no con bombas sino con papel picado, muy menudito, que ni siquiera alcanzaba el carácter de confeti, para que lo arrojaran en su vuelo inestable.

 

En esos mismos tiempos, familia que tuviera un carro de verdad era acomodada, “de modo”, rica. Así decíamos. En aquellos parajes de Bello, en los que abundaban obreros fabriles, lo más común eran las bicicletas Philips y Humber. No era lo normal ver a algún trabajador como dueño de un automóvil. Quizá por eso, cuando mi tío llegaba en su lancha, se congregaba la muchachería para mirar los biseles, la cabrilla, la lujosa cojinería, las farolas y se preguntaban por qué en la trompa no tenía ningún distintivo. Porque, por ejemplo, a los Ford y Chevrolet les ponían de adorno caballitos o cohetes plateados en la parte delantera del capó.

 

Bueno, los carros ejercían un embrujo, una especie de fascinación sobre los pelados de entonces. Y no faltaba el que soñara con tener un Peugeot o un Cadillac, que tal vez había visto en películas. Algunos solo llegaban a obtener, y eso porque casi siempre ellos mismos los hacían, los carros de balineras que poblaron aceras y sirvieron para hacer carreras como si fueran bólidos de fórmula uno. No proliferaban los carros en las calles, aunque sí en la imaginación. Y de lo que más había, o eso creo, era transporte público: buses, busetas, arrieras (de la Volkswagen), taxis, y eso sí, muchas carretillas, que de ellas hubo varias flotas.

 

No recuerdo con precisión cuándo comencé a ver carros viejos, estacionados al frente de las casas, aquietados, enmudecidos, sin explosión de motor. Permanecían al sol y al agua, se deterioraban y oxidaban, sus vidrios de ventanillas caían como desmayados y los guardachoques se aflojaban hasta quedar temblorosos y torcidos. Se tornaban parte del paisaje urbano y demoraban afuera, por años, hasta que no sé cómo desaparecían y de seguro iban a engrosar la galería de carros cuyo destino final era la fundición.

 

En el barrio Manchester, de Bello, sobre la misma calle de la fábrica textilera, hubo uno, no recuerdo su marca, pero creo que era un Chevrolet de los años cincuenta, que permaneció muerto en la vía. Cada vez estaba más desmirriado y retorcido. Iba adquiriendo una condición de invisibilidad, porque, de tanto estar ahí, nadie lo veía. Nadie se interesaba por su vejez deplorable ni por su estado de olvido. Duró al aire libre por no sé cuántos calendarios.

 

Un carro viejo, abandonado, da la impresión de desamparo. Sus días de lustre y esplendor los borra el paso del tiempo, que lo convierte en chatarra, en una “caracha” (un término que tal vez ya está en desuso, como los mismos carros viejos), en una fealdad a la que no le quedan trazas de haber tenido un aire de belleza y abolengo, una apariencia de gusto y bonitura. Se vuelve un asco. Un estorbo. Nadie quiere recordar sus calendas de servicio, de elegancia, de ser una manifestación de “buen tono” y distinción. O, como también se decía, de “progreso”. Qué va. Los carros también se mueren, pero algunos no los entierran de inmediato, sino que los dejan en la calle, en la acera, como una evidencia de que hubo días de gloria.

 

Hace años, tener un carro daba caché. Era, en ciertos aspectos, una muestra de la vanidad. Hace años leí la novela El camino del tabaco, de Erskine Caldwell, sobre los tiempos de la Gran Depresión en el Sur de los Estados Unidos y la ruina de muchos algodoneros. En medio de las miserias, de la cual se recuerdan los nabos como única comida, un miembro de la muy despelotada e ignorante familia Lester, compra “un automóvil nuevecito de verdad”; aunque haya hambrunas y desventuras en muchos agricultores de Augusta, Georgia, un auto era una manera de sobresalir aunque el estómago estuviera vacío.

 

Muy cerca de la hoy extinguida cárcel de San Quintín, en Bello, y de una calle solitaria que hoy es una entrada al Polideportivo Tulio Ospina, hubo el coso municipal, que fue en muchas partes de Antioquia el lugar para depositar perros y gatos y otros animales que se hallaban en las vías públicas y no tenían dueño conocido. Allí funcionó durante años el cementerio de carros, con olor a óxido y a aceites secos. El de Medellín, estuvo donde hoy es parte del mal llamado Parque de San Antonio, que era una montaña de chatarra vehicular. Eran cementerios sin epitafios ni tumbas, ni sauces llorones ni calaveras sonrientes.

 

Antes, en algunos barrios, las calles eran el destino final de automóviles envejecidos. Al frente de las casas de sus dueños, hubo carros muertos, que se murieron antes que sus propietarios. O a lo mejor, también fue al contrario: se murió el dueño y nadie se hizo cargo de un carro que no daba para herencias por su mal estado, por haber cumplido su ciclo, por su depreciación. Y entonces sus restos se pudrían sobre el asfalto.

 

De los carros de juguete que tuve, no recuerdo ninguno en particular, aunque me gustó mucho uno, de plástico y con partes metálicas, que era de carreras y el piloto bajaba y subía su cabeza encascada. Se estrellaba contra las paredes, se volcaba y todo seguía igual. Y otro, rojo, un automóvil que años después supe que imitaba a un Renault Torino, con motorcito de cuerda, que avanzaba raudo por los pasillos de la casa, se metía a los cuartos, salía a los patios y quedaba exhausto en la cocina. ¡Ah!, mi hermano Rodolfo, por lo demás, se sabía el nombre de los buses y busetas: El Llanero Solitario, La Bonita, la Santa María, El corsario negro, La flor del camino, El alazán, Rey de Reyes…

 

Los carros muertos tenían un aspecto fantasmagórico. Nadie alzaba una plegaria por su extinción pública. Se plagaban de orín, de polvo, de barro, y el olvido los cobijaba con su manto de silencio y de oscuridad. Hasta que alguien se compadecía de la carcacha y la transportaba sin adioses hacia el lugar de su desaparición definitiva.

 

 

Días de dengue: no me moleste mosquito

Por Reinaldo Spitaletta

 

Lo dijo al amanecer, en una suerte de delirio doloroso: “Me quieren matar. Ya dijeron que me ahorcarían, como a otros que tienen la peste”. Después, tras unos lamentos, agregó: “Mi mamá me está esperando. Pronto me reuniré con ella”. La fiebre la mantenía en otros ámbitos, quizá en un mundo de perplejidades o de miedos. La noche anterior, cuando se lo puso, había marcado el termómetro 39,6 grados centígrados. Todavía no sabíamos que el mal que la estaba afectando era el dengue hemorrágico, aunque sospechábamos que se trataba de la chikunguña.

 

Pasaron cuatro días y no quería ir a ningún hospital, ni a la Institución Prestadora de Salud (IPS), situada más bien cerca de la casa. “No, no iré a que no me atiendan”. “Vamos a urgencias”, le dije. “Peor, no voy con este desaliento y dolores en todo el cuerpo a esperar horas y horas, no quiero ir”. Y no fue.

 

No probaba ningún bocado. Solo tomaba agua y se tragaba unas pastillas analgésicas. Y permanecía acostada, con un monólogo de quejumbres. Cuando se dormía, parecía que la atacaban monstruos. O tal vez, volvía a viejas épocas, cuando las pestes arrasaban poblados medievales. “Ya vienen por mí”, declaraba con un acento terrorífico. Al sexto día, cuando la fiebre era insoportable y los dolores la asediaban como un ejército de bárbaros, fuimos a la IPS, en la calle de la Argentina con la carrera El Palo. “Parece la chikunguña”, le dijo la facultativa. Mandó exámenes de laboratorio y advirtió que no podía tomar ningún medicamento, solo pastillas para el dolor (que se las suprimieron después).

 

Al día siguiente, el diagnóstico era categórico: dengue hemorrágico, con el riesgo letal de que si había sangrados el asunto sería de alta gravedad. En urgencias, donde hubo que ir, le pusieron seis bolsas de fluidos. Casi todo el cuerpo estaba rojo, los dedos hinchados y retorcidos, la cara abotagada, el debilitamiento general. Había, se dijo, alteración de las plaquetas y de los factores de coagulación de la sangre. Allá escuchó a las enfermeras el reporte de que, en la ciudad, había una presencia significativa del virus en los barrios Prado, Los Ángeles y Buenos Aires. Muchos pacientes llegaron de esas partes.

 

La zancuda aedes aegypti, portadora del virus, la picó y le inoculó el mal. Nadie piensa que la mosquita lo va a molestar (como en la vieja cancioncilla de The Doors: “no me moleste mosquito”), sino que eso les pasa a los otros. Y la atacó y depositó su carga virulenta, que se incubó en una o dos semanas. Y la transportó a estados febriles y dolorosos. La obligó a ir todos los días a tomarse muestras de laboratorio para el control del nivel de plaquetas y de enzimas hepáticas. “Tome mucho jugo de guayaba”, le dijo una enfermera.

 

No sé si en otras partes, cuando hay una presencia significativa del virus en la población, hay campañas de fumigación y medidas preventivas. En Medellín, no pasa. La salud pública es un factor sin importancia. Tampoco hay periodismo en los denominados “medios de comunicación” (que, en rigor, casi todos son de desinformación). Da para una investigación periodística la presencia del dengue en tres grandes barrios de la ciudad, pero eso no es noticia. Ni interesa a los dómines de las salas de redacción entapetadas, de las cuales no salen los reporteros.

 

La enferma sigue con sus dolencias, sin fiebre, sin delirios, pero todavía con partes del cuerpo hinchadas, debilucha, y sin ganas de leer ninguno de los libros que narran pestes y desgracias en la salud (El Decamerón, Diario del año de la peste, Muerte en Venecia, La máscara de la muerte roja…), aunque una de estas noches le leí apartes de El amor en los tiempos del cólera y se quedó dormida. Creo que esa vez no soñó con desventuradas amenazas de muerte por ser portadora de la peste y pareció tener un sueño tranquilo.

 

Le falta una o dos semanas para que el virus y sus síntomas desaparezcan para siempre y entonces quede inmune. “Ja,ja,ja,  ya no me dará más esta hijueputa vaina que no me ha dejado hacer nada”. La que más ha sufrido (aparte del suscrito, que ha tenido que estar almorzando y comiendo en restaurantes) ha sido la Fox Terrier que se ha visto perjudicada porque no ha podido hacer las largas caminatas por el barrio, acompañada de la señora rubia, a la que todos le dicen doña Mona y que, según se ha visto, extrañan en el paisaje arborizado y asfáltico. La señora de la mascota que parece una vaquita, por ahora está desalentada y sus pasos son pesados y lentos.

 

Ya no tiene los pavorosos desvaríos en los que no sé quiénes la amenazaban con exterminarla porque era portadora de la peste, como en alguna novela, como en la historia.

 

(Medellín, 17 de abril sin lluvias mil, 2016)

 

Los amoríos inútiles de todos los tenorios

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. De las cosas de don Juan y de sus seducciones

 

Prototipos hay en los caracteres humanos. Está, verbi gracia, el avaro, con su trajecito infeliz, su mirada metálica, sus pesados bolsillos y su existencia miserable. Nadie más infortunado que el avaro, rico en mezquindades, ahorrador de descansos para engordar su faltriquera, aumentando sus noches de desvelo por pensar en cómo acrecentar su fortuna y en qué no gastarla. Se irá doblando, encogiendo, arrugando, disminuyendo hasta desaparecer. De él no quedará ni el polvo. Está, por ejemplo, el chismoso, bisbiseando en las ventanas, recolectando materiales para sus consejas en los atrios, abriendo sus ojos y sus oídos en la tienda, donde soltará alguna palabrería sobre el vecindario. Se parece al lengüilargo, que, descrito por Elías Canetti, “habla sobre patines y adelanta a los peatones. Las palabras se desprenden de su boca como avellanas vacías. Son livianas porque están huecas, pero hay muchísimas así. De mil vacías sale una con fruto, aunque por casualidad”. Está, y no podía faltar, el arribista, montado sobre su cabeza para alcanzar una altura, que no será otra de la cual se arrojará al precipicio de su desgracia.

 

Y un prototipo harto interesado es el del donjuán, no muy abundoso por cierto, pero con presencia, arrolladora, llenadora, en la sociedad. Es obvio que pertenece al género masculino, porque, de ser mujer, pasaría a engrosar otra categoría, de menos abolengo, las doñajuanas no son bien vistas. Pero, eso sí, el donjuán existe gracias a las damas. Y, de algún modo sutil, son estas sus engendradoras.

 

Intentaremos aquí una definición, que, como todas, resultará ser limitada y pobre. Antes de que el donjuanismo existiera en la literatura estaba ya metido en la vida real. Se paseaba por callejuelas empedradas y caminos desolados. Iba como juglar por los pueblos, llevando en su piel y en su traje, emociones diversas, el afán de las aventuras, el deseo de saltar por una ventana y entrar al cuarto en penumbras de alguna doncella caprichosa y anhelante. Donjuanes en los mesones y en las encrucijadas medievales y en las noches oscuras del villorrio. Ahí estaba, necesario, seductor, queriendo arrollar con su personalidad y con sus encantos, que aunque nos los tuviera, él se los inventaba. Unas veces, con la verba; otras, con la imaginación. Y así. Para ser donjuanesco se requiere habilidad en la palabra, facilidad en la expresión. Y mucho deseo. Tener una troje completa surtida de herramientas, y en granos para cuando llegue la escasez.

 

Dicen que fue en España, para más señas en Sevilla, donde don Juan se hizo hombre. Y leyenda. En esa tierra de mujeres hermosas, arrojó sus redes y desplegó alas. Sedujo aquí y allá y acullá. Y para él la aventura se tornó modus vivendi, parte de su cotidianidad. Para ser un donjuán hay que poseer bastante apetito, y ser más deseo que reflexión o pensamiento. Sibarita. Hay que tener la capacidad de irrespetar lo establecido. En sus adentros tiene que haber mucho, una alta cuota de conquistador de pueblos. Y el arrojo del gladiador. Porque hay que tenerlo para las batallas del placer. Se debe apelar a la artimaña, a la astucia. Un donjuán no puede tener decálogos morales, ningún código de honor. Su arte, sus facultades, están por encima de tales sutilezas.

 

Hubo en Sevilla crónicas  que hablaron de ese personaje real, tornado, tras tanto pasar de boca en boca, en mito, héroe, fábula. Pero también iba a someterse al vituperio, a la picota pública. Viejas hubo que, al verlo, o presentirlo, lo relacionaron con el demonio. Se santiguaban a su paso, elevaban plegarias para exorcizarlo. Y es Tirso de Molina (Fray Gabriel Téllez) quien lo vuelve teatro, lo literaturiza. Y le otorga la inmortalidad. La leyenda de don Juan saldrá de Sevilla y cabalgará por toda  la Europa, como un extemporáneo caballero. El siglo XVII será también el de ese personaje seductor y mujeriego. No había manera de resistirlo. Penetrará en otras culturas que, a su modo, lo acogerán sin robarle ni cambiarle la identidad. La leyenda del sevillano Juan de Mañara se saldrá de la parroquia y se volverá universal. Otras literaturas lo retoman, lo adoptan, le pintan la fachada, le encalan los interiores. Entonces, don Juan será francés e italiano e inglés y alemán. Será otra vez tumbalocas en las plumas de Moliere (que hará de él un héroe librepensador y antirreligioso), Goldoni (Juan Tenorio o el libertino castigado), D’Aponte, Byron, Alejandro Dumas (La caída de un ángel), Próspero Merimée (Las ánimas del purgatorio), Pushkin y otros, para volver más tarde a su tierra natal, España, el siglo diecinueve, con el poeta José Zorrilla (Don Juan Tenorio), que escribió tal obra de teatro en solo veintiún días. Don Juan, pues, se convertirá en héroe romántico. Ya no será el don Juan imposibilitado para el amor (solo era un irrefrenable seductor), sino que logrará una suerte de rehabilitación. Increíble: don Juan, el procreador de aventuras de la piel, será seducido por la virtud y la inocencia, a diferencia de El Burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, que era un don Juan incapaz de sentir enamoramientos y postraciones de amor. El siglo diecinueve nos mostrará un conquistador conquistado, un don Juan atrapado en su propia telaraña, un burlador burlado. Un converso. Muere un don Juan para engendrar otro, su contrario. Sin embargo, la célebre frase continuará vigente, por los siglos de los siglos: “Los muertos que vosotros matáis gozan de cabal salud”.

 

 

  1. De los donjuanes de barriada y otras aventuras

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¿Cuántos burladores de Sevilla se habrán visto en las barriadas? ¿Cuántos no van por esas geografías en busca de amores de urgencia? El barrio, cualquiera que este sea, posee una estructura especial para que florezcan no solo las historias de amor y los romances de la edad temprana, sino para que renazca el viejo seductor español, con todo su repertorio de conquistas. Don Juan revive cada vez que un muchacho de esquina observa a una chica recatada y se dispone, con las artes atrayentes de la seducción, a poseerla, sin requerir verter en ella las gracias del amor. Entonces es cuando comienza una carrera loca por estar oliendo esa piel —ahora lejana—, por acariciar aquel cúmulo de poros, aquellos labios, aquella completa anatomía. Y surge el evanescente requiebro, con voz ensayada, con cálculo en la pronunciación. Con expectativa. Y, es apenas lógico, con una esperanza. Ella sentirá que es atractiva, única, dueña de inefables encantos, la reina de la cuadra. Él, insistente, proseguirá con sus cortejos, con sus estudiadas galanuras, porque ser donjuanesco es poder preparar el terreno de la siembra, sin importar mucho si las frutas madurarán o si serán muy dulces. Lo importante es probarlas, saborearlas, y después arrojar la pepa, con cierto desgano, con hartura. Sin sentir la emoción del haber cedido el corazón. Que continuará incólume, sin flechas que lo atraviesen. Para un donjuán no existen tales símbolos románticos, ni cupidos ni carcajes, sino sensaciones a flor de piel. El furor de la aventura. Sentir la capacidad de conquistar, de arrasar, de embelesar, pero sin el embelesamiento personal. Los venablos de Cupido jamás podrán herir a un donjuán.

 

El barrio es el campo de entrenamiento de los novísimos don juanes. En ese territorio de entrañables asuntos experimentarán los prólogos de sus peripecias. Irán de balcón en balcón, de ventana en ventana, de acera en acera, con el fin de inocular sus dulces venenos. Ellas, las más debiluchas, cederán ante el empuje batallador de los conquistadores esquineros, de esos que las esperan a la salida del colegio y les alaban sus modos de caminar, su limpieza de uniforme, su manera de mirar el cielo, entornando los ojos. De aquellos que, en la barahúnda del bus urbano, observan su presa, con ojillos torvos de tigre, y se tornan corteses, caballerosos, con el objetivo de que su cacería sea eficiente. Alguno, por supuesto, no resistirá a los llamados del alma y se sumirá en desvaríos amorosos. Con ello perderá la capacidad donjuanesca de no enamorarse.

 

Para el donjuán de barriada lo importante es poseer, no querer. Acaparar, no amar. Y para ello se necesita habilidad, más que atractivo físico, que de ningún modo es desdeñable, claro. En el donjuán de barrio tienen que darse, aunque sea a escala, las cualidades (o defectos) del antiguo burlador de Sevilla. Tiene que fascinar, arrebatar, enamorar, dejar perdidas-aleladas-subyugadas a las damas, sobre todo a esa a la que él, en un momento clave, persigue-asedia-rodea. A la que pone en estado de sitio. Ella tendrá que quedar prendada (y tal vez preñada), asida a esa imagen para la cual, o contra la cual, no tiene resistencias. El donjuán, el canchero, pasará por su piel, la atravesará, pero no se detendrá en ella. No lo engaña el espejismo. Continuará buscando otros rumbos que lo conduzcan siempre al placer pasajero. Él necesita ser amado, pero no amar; requiere adoración, pero no gusta ponerse de rodillas ante ninguna chica. Es un pecador que no requiere confesiones ni arrepentimientos. No hay actos de contrición. Dicen ciertos sicólogos que el donjuán —el de barrio o cualquier otro— es el que goza, pero no por el recreo, sino por el estrago. Hay una manifestación de esterilidad en él, una enorme sequedad, un vacío existencial. Es un burlador del amor. Lucha contra él. No quieren amar ni que lo amen. Hay en su extraña (y estrambótica) actitud brotes de irreverencia, quiere derrotar (infringir) la norma. O al menos, irrespetarla. No le importan los códigos, las convenciones. Está por encima de lo establecido. O cree estarlo. El donjuán es la negación del amor y la reivindicación del placer por el placer mismo. Su figura debiera ser la del hermafrodita, para que pudiera saciarse a sí mismo, con sus dos posibilidades sexuales juntas.

 

El donjuán, sobre todo el de barriada, tiene bastante de fanfarrón. Cree que con sus baladronadas de ser irresistible tiene el mundo ganado, que todas las chicas se rendirán ante su asedio contumaz, ante sus desenfrenados intentos de abordaje. Se le puede ver en el café, contando a los demás de sus recientes conquistas —algunas imaginarias—, bien peinado, limpios los zapatos, perfumado. Listo a salir de allí para buscar en la noche joven su próxima víctima. Tararea una canción, va al orinal y se mira en el espejo, sonríe, le manda un besito a la imagen, porque, como es fama, el donjuán es otra versión de Narciso. Se pavonea por el espacio, se soba la cara, se frota las manos y va hasta el Wurlitzer (en otros cafetines el piano es marca Seeburg), mira el catálogo, selecciona un tema y, antes de que suene, se va, con aires de importancia, con la certeza autosuficiente de que esa será otra noche de ganancias.

 

En el barrio no abundan dichos especímenes, pero no faltan. Le dan con su presencia un toque desasosegado al paisaje, porque, en verdad, son seres sufrientes, inseguros de su razón de vivir. Están extraviados. Creen perseguir gloria y, al final, solo encuentran desazones. Su existencia se va ahuecando, sin metas (“aunque metan mucho”, dirá un señor de la cuadra), se torna desabrida, como un mal guiso. Hubieran podido ser buenos anarquistas, pero, a lo último se aferran al sistema, caen en el abismo que ellos mismos abrieron. Hubieran podido ser excelentes amantes de sus conquistadas, pero prefirieron —en una acto de libertad— no aferrarse a la carne. En todo donjuán hay un ser desprendido, porque él cree que todo lo conseguirá hoy o mañana. No importan si ahora pierde; mañana ganará. Con su energía, el donjuán de arrabal hubiera podido ser un eficaz líder comunal, pero prefirió estar en los sueños de todas las damas del entorno, sin necesidad de discursos ni convites. Él sabe que las chicas, cuando lo ven, suspiran y, como doña Inés, la del Tenorio de Zorrilla, espetarán estas palabras: “No sé; desde que le vi / Brígida mía, y su nombre / me dijiste, tengo a ese hombre / siempre delante de mí. /  Por doquiera me distraigo / con su agradable recuerdo, / y si un instante le pierdo,  / en su recuerdo recaigo. / No sé qué fascinación en mis sentidos ejerce / que siempre hacia él se me tuerce / la mente y el corazón; / y aquí en el oratorio, / y en todas partes, advierto / que el pensamiento divierto / con la imagen de Tenorio”.

 

El donjuán de barrio —que, en ocasiones, se transforma en personaje folclórico— se embriaga en su lujuria, en sus deseos carnales, en su afán de “quebrador” (“rompedor”). Al hundirse en una suerte de masturbación mental, se enajena y entonces no se da cuenta de que es un derrotado, un “buenoparanada”, un vagabundo que, pese a todo, se va volviendo imprescindible en las cartografías urbanas. Los viejos, al verlo, sienten una especie de conmiseración por él, que, más temprano que tarde, se convertirá en desperdicio. Sí, el donjuán quema su tiempo en trazar tácticas de combate para someter a sus pretendidas. Se le va la vida en apariencias, en pintar superficies. No ha nacido para bucear honduras, ni para meterse en los complejos laberintos del alma.

 

Las señoras —quizá, ante su vista, emitan un suspirito, pero no más— lo observan como a un hijo calavera, al que, pese a toda su rebeldía y desadaptación, se le quiere. No faltará la que se atreva a darle consejos y decirle que ya es hora de que “siente cabeza” y forme un hogar. Esto último sí sería el acabose. Ningún donjuán podría resistirlo. Sería la negación de su esencia. Él, amando una hembra, consintiéndola, entregándole los secretos de su corazón. No, ni riesgos. Tal situación no entra en sus presupuestos de gozón, de hombre de paso, de transeúnte al cual le está prohibido parar en las estaciones de los amores convencionales. Su naturaleza es incompatible con sentimientos amatorios, y, más aún, con casorios. Pero casos se han dado, como el del Tenorio de Zorrilla, en los cuales se llega a arrepentimientos y extraños cambios de comportamiento.

 

En general, sin embargo, para el donjuán, el del barrio, el de cualquier contorno urbano, no existe el arte de amar. Él es un artista, pero sin obra. Artista de la nada. No es posible imaginarlo con estos versos de Ovidio: “En un principio, lo que quieras amar debes esforzarte en encontrarlo, ya que eres un soldado que maneja armas nuevas. El siguiente paso es implorar a la muchacha que te agrada, luego buscar que el amor que les juras sea duradero. Mientras te sea permitido y puedas marchar con libertad, elige a la que digas “tú eres la única que me agrada”.

 

No, un donjuán no está “fabricado” para el amor, y menos para el duradero. Sus “amores” son de ocasión, efímeros. Como el de los marineros “que besan y se van”. Su objetivo es conquistar, no amar. Nada de romances, nada de ofrendas. Para él no se hizo el amor que entraña el hecho de amar. Nació solo para el placer. Estas otras bellas palabras de Ovidio, en El arte de amar, tal vez sí le sean propicias: “Ea, no dudes en abordar a todas las chicas; entre muchas, habrá quizás una que no acceda a tus deseos; ya sea que se entreguen o no, ten la seguridad de que gozarán con tu solicitación. Si fracasas una vez, no te inquietes; además, no fracasarás, pues todo placer novedoso es agradable; lo ajeno seduce más el corazón que lo propio. Siempre las cosechas se ven más fértiles en los ajenos campos; las vacas del vecino tienen sus ubres más henchidas de leche”. He aquí una suerte de bello manual para los donjuanes de todos los pelambres.

 

Tal como lo dijera un ensayista (Dionisio Ridruejo), un don Juan es “el hambriento de fama, de nombre y notoriedad, fanfarrón cataclismal y extraviado, perseguidor de gloria exterior que le asegure de la vida íntima que no tiene… es deportista del mal, lujosa, superflua y desinteresadamente activo, perseguidor de un absoluto que es la nada, porque es nada, sin meta, sin realidad, sin reposo, sin caridad ni provecho. Egoísta, si no fuera por el punto de la vanidad; solitario amante de sí mismo; esteticista, si fuera artista; héroe sin bando ni bandera, hecho de gesta y estrago, si fuera héroe; utópico, si fuese sabio, y —como es amador— esteta, artista, héroe y utopista del amor y, sobre todo, cuerpo de él, que de amor no sabe nada, pero que lo siembra a sangre y fuego”.

 

El donjuán del barrio, como todos los donjuanes que en el mundo han sido, también es un vértigo, un vendaval que se arrasa a sí mismo. Al final de su gesta inútil estará cansado, con irreprimibles ganas de vomitar sobre su cuerpo, sobre su alma. Entonces, sumido en angustias y amarguras, sentirá en su boca el seco sabor de las cenizas.

 

 

(Medellín, 1995, ensayo escrito para el libro El más bello amor de Don Juan, de Jules Barbey D’Aurevilly, Edilux, Colección Biblioteca Distinta)

 

El Burlador de Sevilla, en versión teatral de Darío Facal

 

El barrio, una invención de la nostalgia

(Palabras de presentación del libro Barrio que fuiste y serás)

 

Amada mía, dónde estás con tu canción

Dime qué será de ti.

El Vals de los recuerdos

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Aquel que dijo que el barrio es la única y definitiva patria del hombre, estaba descubriendo una geografía íntima y subvirtiendo teorías sobre próceres, escudos e himnos nacionales. Aquel que señaló que además de la infancia, el otro avatar que marca al hombre es el barrio (que para algunos se puede reducir a una calle o a una encrucijada), estaba dando pasos hacia la instauración de una metafísica de patios y entejados, de esquinas y balcones. Un antídoto contra la soledad —si es que la soledad requiere de esas contras— puede hallarse junto al mostrador de una vieja tienda o en las piernas de una muchacha que monta en bicicleta. Aquel otro que dijo que para la angustia existencial lo mejor era el olor a tiza y los tacos de billar, estaba quitándole trabajo a los psicoanalistas y dándole valor terapéutico a esa sociabilidad que nace y crece en el bar que está a la vuelta.

 

El barrio, si se quiere, es una invención de la nostalgia. Es aquel pedazo de alma y de memoria que se siente cuando ya uno ha abandonado los años del asombro y se ha vuelto alguien sin sueños y de panza protuberante. Habitar el barrio primero, aquel de las calles de juego, de la cancha de asfalto, de las rondas nocturnas, es una aventura de la imaginación que va más allá de las casas sin cuota inicial y de las hipotecas. Es la formación de una espacialidad interior, de una topografía imprescindible con ladridos de medianoche o con grillos de pesadilla. Cualquiera que lo haya vivido, sabe a que suenan las bocacalles, sabe a qué olía la muchacha de la casa rosada, sabe del murmullo y de la mano que se agita como saludo. Se da cuenta de que nada reemplaza una conversación de acera o la pelea a gritos de los vecinos recién casados.

 

El barrio crea a veces turbios paisajes de muchachas que se envejecieron sin que ningún donjuán les llevara serenatas o les declarara amores perpetuos. Diseña formas caprichosas en las que un viejo se muere de tanto recordar o de ya no poder hacerlo asomado a una vidriera, o en las que una señora cada mañana sale en bata transparente a barrer las hojas de su otoño irreversible. El que ha vivido en esas geografías no podrá jamás desprenderse del pedacito de cielo de su barrio, que es distinto al del barrio de más allá. Porque hay una cosa incontrovertible: tu barrio tiene la luna más luminosa, el viento más cálido, los árboles con mejores cosechas de pájaros, como lo hubiera dicho un bardo de barriada. Y también los más hábiles para la gambeta o, por qué no, para el puñal. Los que se quedan en el mismo barrio, van sabiendo de los malevos que ya no son, de los vecinos que se fueron, de los romances de calle, de los acordes perdidos de una guitarra, que a lo mejor terminó en una prendería.

 

Los que se amañaron en el mismo barrio, o por alguna razón no pudieron irse de allí y se quedaron siendo parte del paisaje, saben que por esos predios vivió, por ejemplo, Teresa, la que tenía piernas más lindas y sensuales que las de Marlene Dietrich. Y Lucía, la que al caminar paralizaba la vida cotidiana. Porque un barrio, cualquiera que él sea, es la reunión a escala del mundo, de sus miserias y fortunas, de sus flaquezas y bellas aspiraciones. Quien lo ha vivido sabe que nada reemplaza el fragor del cafetín, la sonrisa al saludar de la tendera, el pregón del vendedor de frutas, ni mucho menos la manera en que el mendigo te impetra una limosna.

 

Cuando se habla de barrio, uno puede evocar una novela de Vasco Pratolini, o un aguafuerte de Roberto Arlt, o tal vez las voces de un callejón de El Cairo en una historia de Naguib Mahfuz. Quizá se acuerde del hombre que miraba por una ventana el regreso de unos muchachos que acababan de jugar un partido de fútbol o de la exaltación de una calle con los que van de prisa al trabajo. Pero lo más probable es que te lleguen al corazón, ese que mira al sur, las voces que cantan, por ejemplo, aquello de “¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, / dónde la guarida, refugio de ayer?”, o se le piante un lagrimón al oír un “ladrido de perros a la luna y el amor escondido en un portón”.

 

Decía Vicente Huidobro que los cuatro puntos cardinales son tres: norte y sur. Sin embargo, creo que el barrio es el único punto cardinal, aquel donde se cruzan soles y lunas al mismo tiempo, donde se afinan amistades y se ejercita la solidaridad. El barrio es la posibilidad del encuentro (también del desencuentro) con lo que fuimos, con los años invertidos en la construcción de utopías. Es quizá la mejor manera del habitar. Aunque, en este punto, habría que decir de qué tipo de barrio se está hablando, ¿del de invasión, de la villa emergente, de la favela, del tugurio, del cordón de miseria, del subnormal? Y entonces habría que aseverar que el barrio, cuando tiene valor ambiental y simbólico, cuando se hace como lo soñaría por ejemplo Le Corbusier, para circular, recrear cuerpo y espíritu, para el esparcimiento y el intercambio de afectos, es el que todos deberían tener, el de la dignidad y la justicia. Porque también se trata de cantar para que el barrio, el soñado, el imaginado, sea posible.

 

El barrio es parte de una educación sentimental, de una geografía entrañable, que va más allá de las mentalidades de catastro y de los impuestos prediales. Es la unión de significados: la cerveza del domingo, la muchachada del fútbol, el señor que pinta su fachada en agosto, las peladas recién bañadas que caminan al colegio. Es la calle del adiós y de la bienvenida. Pero a qué hablar de tanto barrio, si, como todos sabemos, es una parcela en extinción: donde hubo un caserón ahora se eleva un edificio de apartamentos como celdas, de hacinamientos y escasísimos verdores. A lo mejor, ya el barrio solo sos vos, tu primer balón, la primera carta de amor que se perdió en una esquina, o es solo una sombra, la sombra de alguien que ya no está. Donde vayas, lo sugería un poeta de Alejandría, el barrio, tu barrio, irá siempre en ti. Bueno, a todas estas tal vez el barrio ya es sólo el lugar de aquellos que “se libraron de la memoria y de la esperanza”. O, como en un valsecito argentino, el barrio es solo el recuerdo de un gesto travieso “después de aquel beso robado al azar”.

 

(Biblioteca Pública Piloto de Medellín, junio 8 de 2011)

Nunca estuve tan triste como hoy

(Conversación con Mariano Mores, el de Cuartito azul, Gricel, Uno y Adiós, pampa mía).

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B. Mariano Mores, leyenda del tango, murió hoy 13 de abril de 2016 en Buenos Aires (nació el 18 de febrero de 1918). En junio de 1992 hice en el barrio Manrique, de Medellín, una nota con él, que luego se incluyó en el libro Las plumas de Gardel y otras tanguerías (Reinaldo Spitaletta, 2015).

 

¿Quién no ha desarrugado los pliegues de su alma al escuchar Cuartito azul? Esa música es como una despedida. Hay en tal tango nostalgioso un adiós permanente. Pero también una bienvenida. Nadie jamás imaginó que su compositor, Mariano Mores, pudiera algún día pisar el asfalto de Manrique, barrio-bandoneón, imprescindible en la tanguería de Medellín.

 

Pues bien: ahí está, de negro hasta los pies vestido. Sube, lenteando, las escalas de la Casa Gardeliana, en la 45, hoy llamada avenida Carlos Gardel. Y en su cara de comediante se prende una sonrisa cuando ve la iconografía de asombro que cuelga de las paredes.

 

Ahí está Mariano, Marianito Mores, del que alguien una vez dijo que era “el músico del pueblo que dio señorío al tango”. Ahí está, medellineando en Manrique, casagardeliando, el pibe de sesenta años que creció en el bonaerense, el muy porteño barrio San Telmo, y que un día de 1938, cuando vivía en la casa marcada con el 24-10 de la calle Terrada, barrio Villa del Parque, compuso la melodía dolida de Cuartito azul.

 

Ahora se sienta frente a un Gardel que le sonríe desde el muro y muy cerca de un antiguo piano, silenciado para siempre, el mismo que, alguna vez, tocó Osvaldo Pugliese en esta manriqueña casa de recuerdos. “Gardel no era cantante de tangos. Él inventó el tango”, dice:

 

—¿Cuál es la historia de Cuartito azul?

 

—Yo vivía a una cuadra de la casa de Mirna, mi novia. Nos habíamos separado amigablemente para que cada uno hiciera su vida, cosas de juventud, vos me entendés. Mi casita era modesta, con una azotea y un cuartito de dos metros por tres y una ventana de cuarenta centímetros por cincuenta. Por ahí se asomaba el sol. Yo sentía una nostalgia tremenda porque ya no podía hablar con Mirna. Pensé en crear un tema que podía quedar para la historia. Dedicado a ella, mi ilusión. Yo tenía 17 años. El cuartito lo pintaba cada veinte días con azul de lavar ropa y cal, no había para otra cosa porque yo tenía que mantener a seis hermanos y a mi mamá. Desde los 14 yo era huérfano de padre. Con Cuartito azul descubrí que tenía facultades de creador, de compositor. Quería hacer un tango novedoso. Ahí comenzó mi historia.

 

“Si alguna vez volviera la que amé / vos le dirás que nunca la olvidé”. Tiempo después, este tango de Mores, con letra de Mario Batistella, se convertiría en un éxito mundial y, de paso, contribuiría al acercamiento, al reencuentro, entre Mirna y Mariano. Hoy son marido y mujer. Como un desenlace de novela rosa

 

En 1939, la orquesta de Francisco Canaro graba Cuartito azul. Luego lo hacen otras agrupaciones. Ignacio Corsini la interpreta con guitarras. Sin embargo, es en Montevideo y no en Buenos Aires donde el tango de Mores se gana primero la simpatía del público.

 

Mariano Mores era todavía un muchachito imberbe cuando ingresa en la orquesta de Canaro, vinculado por el comediógrafo Ivo Pelay. Era el benjamín del grupo.

 

Al principio, es el arreglista de coros. Luego, gracias a su talento, realiza orquestaciones. “Canaro ve todo eso y me permite dirigir la orquesta. Yo fui el único que, en su ausencia, la dirigió. Él se encariñó conmigo. Y yo, que solo me iba a quedar un mes con él, permanecí diez años”.

 

Marianito (como le dice todo el mundo), el mismo que ahora está sentado en Manrique, en la casa-museo de Gardel, participó en los años cuarenta en filmes como Corrientes, calle de ensueño, La voz de mi ciudad, La doctora quiere tango. Era un galán. Y le gustaba figurar. Su ego tenía que explotar de alguna forma. “Cuando el cine me hizo confundir entre el compositor y el galán, ya no quise saber nada de él. Entonces me aislé y con mucho éxito”.

 

Alguna vez se habló de que Mores sería el sucesor de Canaro en la orquesta. “Pero eso no me entusiasmaba. Yo tenía mi personalidad y buscaba otro tipo de orquesta, que fue lo que hice después con mi propia orquesta, con la orquesta de Mariano Mores”.

 

—¿Cómo es el proceso de su composición?

 

—Yo no escribo sobre letras. Primero hago la música y después que le pongan lo que yo quiero. Yo doy el argumento. Voy pintando y viendo cosas…

 

—Cuénteme sobre La calesita

.

—Está hecha sobre un stornello italiano que mi madre cantaba. Cuando yo tenía tres años y medio, en el barrio San Telmo había frente a mi casa una empresa inglesa y los empleados salían a las cinco. Yo tenía un tití amaestrado. Yo quería tener plata para ir a la calesita, y entonces sin que se dieran cuenta mis padres, yo cantaba a esa hora un tango llamado Patotero sentimental. Lo hacía a media lengua, así: “Patotelo ley del bailongo / patotelo ley del bailongo / patotelo sentimental / en mi vida tuve mucha mina / pero nunca una mujer”. Mi pelo era rubiecito y con rulos, y la gente se enloquecía viéndome y oyéndome. Estiraba la mano por el balcón a ver si aparecían las monedas, pero se las tiraban al mono, que era loco y agarraba todo, las bananas, los plátanos. Las monedas me las daba y yo las guardaba. El fin de fiesta era el domingo y le decía a mi abuela: “¿Me llevás a la calesita…?”. De grande pensé en dedicarle eso a mi madre. Con el tema del carrusel empecé la música. Luego, mi gran amigo y colaborador, Cátulo Castillo, gran admirador mío, me hizo la letra.

 

—¿Cómo la iba con sus letristas?

 

—Casi siempre tenían que repetir la hazaña de poder hacer algo mejor. Lo íbamos depurando. No era una letra, sino que terminaba en varias versiones, diez o quince, algunas con cuartetas diferentes. Con el único que nunca intervine y le di amplia libertad para el argumento fue a Discépolo.

 

—Ah, ¿cómo fue su relación con Enrique Santos Discépolo?

 

—Fue linda y tierna. Era un hombre que hacía su música y sus versos, a la vez. No tenía colaboradores. Con el único que tuvo esa deferencia fue conmigo. Yo, muy jovencito, le di dos temas: Tango argentino y Cigarrillos en la oscuridad, que después se convertiría en Uno.

 

—Amplíeme lo de Cigarrillos en la oscuridad.

 

—En la calle Corrientes había una confitería llamada La Real, donde se reunía la gente importante de la noche en Buenos Aires: Julio de Caro, Razzano (que me introdujo allí), tantos… Yo me tomaba solo un cafecito. Había un salón grande con un maravilloso piano de cola. Una noche estaban allí Cadícamo, Charlo y otros. Voy al piano y empiezo a preludiar y a memorizar un tema (tararea la introducción de Uno). Lo único que yo veía eran manos con cigarrillos encendidos y una media luna de gente que me escuchaba. Eso me emocionó. Continué las frases musicales hasta terminar el tango. Le di el tema a Discépolo y al mes le dije “¿cómo va la cosa, te gusta…?”. “Dejámelo que va a salir algo bueno”, me dijo. Pasaron dos, tres, cuatro meses. Y nada. Yo tenía otro tema grande: En esta tarde gris. Después, saqué a Gricel y con Contursi hice Cada vez que me recuerdes… Entre tanto, pasó el tiempo y Discépolo no me decía nada. Pasaron tres años, era 1943 cuando Discépolo se aparece con la letra de Uno, que él tituló primero Si yo tuviera el corazón.

 

Discépolo traía su poema en un papel tan largo como una sábana y Mores, al verlo, pensó que esa letra era tan extensa que no la memorizaría nadie, sobre todo en una época en que se escribía concisamente, tal vez por el influjo del bolero. Cuando Canaro la leyó, dijo: “Esto está muy bueno, va a ser un éxito”. Sin embargo, la Secretaría de Cultura opinaba entonces que los tangos debían tener otra modalidad y otros contenidos, y prohibió la letra de Uno, que todavía no se llamaba así. La gente, en los cafecitos, la pedía levantando el índice derecho, como si dijeran “uno”. Y así se quedó para siempre.

 

Mariano Mores, el de Adiós, pampa mía, Cristal y tantos otros temas, siempre dio preferencias a los buenos poetas como Cadícamo, Discépolo y Cátulo Castillo. ¿Y qué pasó con Homero Manzi?

 

“Homero Manzi –dice Mores– era un gran lírico, una maravilla. Cuando estaba ya postrado, lo visité y me dice: ‘Pensar que ya me voy y no he escrito nada contigo’”. Eso me dolió tanto. Nunca te pedí nada, le dije, porque como estaba Troilo de por medio, un hermanazo, vos con él te manejabas tan bien. Mirá, tengo un tango que se llama Malambo, si querés ponele letra. Y de ahí nació este tema (lo canta): “Una lágrima tuya me moja el alma / mientras rueda la luna por la montaña / no sé si ha llorado sobre un pañuelo, / nombrándome, nombrándome con desconsuelo”.

 

—Y ahora, con la ausencia de tantos poetas, ¿qué pasará con el tango?

 

—No  solo de poetas, sino de músicos. Ya no sienten el tango como antes. Yo hago lo que puedo. He luchado denodadamente para seguir saboreando lo que nace del barro, de la tierra, de la piedra, de las esquinas… el tango que trajeron nuestros inmigrantes…

Ahora, Mariano Mores baja, lenteando, las escalas del recuerdo. Se para en el asfalto de la tanguera 45 y camina, con una placa en la mano, hacia la estatua de Carlitos Gardel. “Lo mejor que me ocurrió como artista es haber llegado a Medellín”, dice. Es la hora de los adioses. Y de las bienvenidas.

 

(Medellín, 14 de junio de 1992)

 

Marianito Mores, compositor, pianista, director de orquesta  y artista de tango.