Domingo de músicas sin motores

(La nube de esmog se escondió en Medellín el día sin carros particulares ni motocicletas)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Al frente de esa fachada, de una de las últimas bellas casas que quedan en el centro de Medellín, nos sentábamos en las noches de terror, cuando la mafia ordenó un toque de queda, a tocar guitarra y a cantar, sentados sobre la jardinera de la mitad de la carrera Córdoba. Entonábamos canciones de Violeta Parra y Víctor Jara, y una que otra de Carlos Puebla y María Elena Walsh. Éramos aún jóvenes (y, claro, irreverentes y desafiantes).

 

Hoy, un domingo de mañana soleada y silencio en la ciudad, he vuelto a pasar (como tantas veces) por enfrente de la fachada, pero, quizá no había tanto humo, no pasaba ningún vehículo, ninguna moto, pocos viandantes, y me detuve a observar la fachada grisácea, sus cornisas y rosetones, las ventanas de la segunda planta, las de la primera, todas con un toque envejecido de elegancia, con trazas de un antiguo esplendor que se resiste a desaparecer. Enseguida, el Palacio de Bellas Artes, y más allá, la Avenida La Playa, que hoy, a esta hora, luce más atractiva, con sus árboles que baten hojas, sus pájaros exiliados que retornaron a posarse en las ramas, y más arriba, en el Teatro Pablo Tobón Uribe, con la glorieta en la que La Bachué de tetas sagradas y aguas eternas se asoma a la urbe, estaban en el ejercicio de los Días de Playa, con ventas de libros y longplays y dulces y café.

 

Vi gente que respiraba con profundidad, como si estuviera en un trance de meditación trascendental, o repitiendo interiormente un mantra. Vi una muchacha de pantalón cortito, poco encubridor, chupándose un helado quizá de vainilla. Y a unos muchachos muy cerca del busto de Gandhi, en el parque Bicentenario, que conversaban entre ellos, con risas al aire y caras de contentura. Por Bélgica, en la acera, unas mesitas de bar y tres o cuatro señores, uno de ellos muy ebrio, escuchando de un transistor una canción de despechos. Uno que otro taxi transcurría.

 

Por Nariño, que ahora tiene más verdores, los árboles recientes de un parque brillaban más de la cuenta, y más allá, sobre la vieja calle Ayacucho, la del tranvía inconcluso (que parece todavía les deben plata a los que les tumbaron las casas) era un sinónimo de la soledad. Pocos caminantes, las jardineras que aún no pelechan, con maticas resecas y arbustos esmirriados, lucían una rara tristeza. Tal vez era lo único atristado que había visto en este recorrido de domingo, en una ciudad sin carros particulares ni motocicletas.

 

Uno se podía detener, incluso en mitad de cualquier calle, a observar, por ejemplo, las acacias y carboneros de la carrera Bélgica con Ayacucho, junto al edificio Vélez, las sombras en el piso, la frescura esparciéndose sin obstáculos. De pronto, pasando al frente del antiguo Castillo de los Botero, hoy Clínica Sagrado Corazón, dos señoras que ascendían quizá hacia Las Mellizas, decían: “Qué sol tan hijueputa”. El sol les daba en la cara y se alcanzaban a notar unas arruguitas en los rostros cansados. Por la vieja y ancha calle Buenaventura ni un solo carro, ni una sola moto. Dos árboles de corcho se erguían con orgullo junto a un edificio inconcluso de apartamentos, en donde antes quedaron dos caserones en el denominado Barrio Restrepo.

 

La caminata sin ruidos, sin humos, en una mañana de domingo, daba la posibilidad de aspirar los olores de empanadas matinales, de frutas de carretilla, y de mirar a un cielo que todos estos días ha estado plagado de nubes de esmog, de infames partículas que asfixian a los ya de por sí asfixiados habitantes de una ciudad que hace años se enorgullecía de decir que era la de la “eterna primavera” (los guasones de los ochenta y noventa, la bautizaron como de la “eterna balacera”), en la que nunca la temperatura pasaba de 24 grados centígrados, ni siquiera con las chimeneas abundantes de las factorías ahora muertas.

 

Vi casas coloridas, pintadas de vivezas y alegrías, que hacían del domingo una celebración cromática. Vi gentes que estaban aprendiendo a caminar, algunos cogidos de la mano, con perritos y niños en abuelitas. Estaban reconociendo su entorno y habían dejado los carros guardados, en un reposo que contribuía a que se pudiera ver un poco más allá de las narices. Las motos que pasaban eran de domicilios de pollos y pizzas y de alguna farmacia. Muy cerca de la vieja Plaza de Flórez, por una de las calles que todavía tienen árboles, un joven se detuvo en la mitad a mirar hacia arriba, a respirar alzando las manos, como en una actitud de agradecimiento al cielo que parecía sonreír.

 

Llegaron las nubes y amenguaron el “hijueputa sol”. Y las calles siguieron libres, sin claxons, sin hollín, sin esas humaredas de pánico. Un consuelo momentáneo. Oasis efímero.

 

Cuando pasé por la denominada Unidad de Vida Articulada (UVA), la del tanque Orfelinato, en el barrio San Miguel, en límites con Los Ángeles, la UVA de la Imaginación (así se llama), había señoras con perros y un niño tocaba un enorme xilófono público, que, junto a una marimba, y a unos metálicos postes sonoros, le dan al sector una musicalidad especial. La UVA (a la que le deben sembrar más árboles) terminó con la calle que yo bauticé en otra crónica como la de los orines permanentes, la de los meados eternos, sobre todo de taxistas, que, aprovechando la soledad, se bajaban a miccionar en el asfalto que hedía a berrinches y úrea, y en la que los inescrupulosos arrojaban desperdicios en sus orillas.

 

Por el patrimonial barrio Prado, el de las fachadas hermosas, y el de algunas casas en abandono, la soledad, que es habitante casi permanente del sector, sonaba a música de laureles, guayacanes, búcaros, carboneros y casco’evacas. Calles sin carros, sin motos y casi sin viandantes. Una especie de ofrenda al aire limpio, al derecho a tener una ciudad sin contaminaciones, que ya son suficientes otras desgracias, también mortales, como las de las bandas criminales y la incultura.

 

En el domingo sin motocicletas ni carros privados, se sentían músicas celestiales, quizá era una sonata de Bach, que después derivó en el Himno a la Alegría bajo la sombra de una ceiba centenaria.

 

Ah, por lo demás, al frente de aquella fachada de maravillas, en Córdoba, el recuerdo de unos militantes de la noche, volvió con su canto de cigarras: “Tantas noches te mataron, tantas resucitarás…Y a la hora del naufragio y a la de la oscuridad alguien te rescatará para ir cantando”.

 

(Abril 3 de 2106, cuando los pájaros cruzan el cielo sin morir en el intento)

La calle San Martín durante el domingo sin carros particulares ni motos en Medellín.

 

 

 

Deja un comentario

5 comentarios

  1. RUBEN CRESPO PEREZ

     /  abril 3, 2016

    Rei !

    Encantador relato. Saludos.

    Un abrazo

    ________________________________

    Responder
  2. renandario

     /  abril 4, 2016

    Y… ojalá se acabe esa fábrica de smog y humos ennegrecidos que en las tardes sonrosean a los atardeceres de un cielo en compromiso… en un eterno valle de lagrimas y olvidos.

    Responder
  3. José M. Ruiz P.

     /  abril 4, 2016

    Tenemos una ciudad que estamos a punto de perder, si no la perdimos ya, a manos del desalmado e infernal aparato productivo. Por lo pronto, nos van quedando estas amenas crónicas, que de seguro en 100 años alguien encontrará refundidas en el fondo de un cajón olvidado.
    Gracias Reinaldo.

    Responder
  4. François Lucas Alzate

     /  abril 4, 2016

    Interessante cronica. Me rei con la viejas e el «hijueputa sol» !

    Responder
  5. Ester Goeta S.

     /  abril 9, 2016

    Gracias por el paseo respirando aire puro con melodías…

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: