El diablo que vos matáis…

(Ensayo infernal, con diabluras, irreverencias y otros engendros)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Qué tal que el diablo no existiera? Es tan necesaria su presencia en la tierra, como el agua, como el verdor de los árboles, como la mujer. Sin su aporte malicioso, incluso inteligente, brillante, Adán y Eva aún estuvieran viviendo en un paraíso artificial, sin sudores ni lágrimas, idealizados, metidos en una burbuja incontaminada. ¿Qué sería de nosotros los mortales sin sus tentaciones? ¿Qué haríamos sin sus llamados a la rebelión, a la insumisión, a ser diferentes? En cada hombre hay una porción significativa de demonio, otra de Dios, ambas en permanente lucha, como dos rivales que, en una tumultuosa mesa de bar, miden sus fuerzas, sus pulsos.

 

En el universo de las dualidades, en la dialéctica de los contrarios, Dios no podría ser sin su contraparte. Y me parece que, de alguna manera, la deidad, en sus eternos momentos de soledades, cuando aún el Lucero del Alba no se había insurreccionado, debía de sentir la monotonía y la desazón de no tener a quién vencer, con quién pugnar y antagonizar en ese infinito cuadrilátero celestial. Las horas de Dios —de todos los dioses— serían de permanente angustia si no hubiera un rival que permitiera el aguzamiento de la alerta, la confrontación del poder. El diablo es una criatura divina. Y su mayor astucia, según Baudelaire, es hacernos creer que no existe.

 

Lucifer, el Ángel Caído, el primero —al decir de Cioran— que atentó contra la inconsciencia original, es, de modo extraño, un símbolo de la libertad. Antes de su sublevación, todo descansaba en los hombros de la deidad. No había conflictos ni oposiciones. O, en otras palabras, el mundo celestial era pura adoración, incienso en otras esferas. Había una suerte de sometimiento a lo absoluto. Toda la corte se debía al Rey de la Creación. Pero es posible que tantos besamanos y venias aburriesen a Lucifer, que dio el gran salto. Irrumpió como el irreverente, el distinto, el que deseaba crear su propio camino (¿De perdición? ¿De salvación?). Se atrevió a levantar vuelo sin autorización, y más que en sus semejantes alados, buscaría su mejor aliado en la Tierra. Con el hombre (y, desde luego, con la mujer que, por su natural inclinación a los sensual, es más afecta al diablo) iniciará su histórica carrera de diabluras. La historia del pecado y de la culpa no se concibe sin el papel clave de Satán. Y cada pueblo, en su mitología, en su religión, le da hospedaje a lo demoníaco.

 

El diablo no solo significa que el bien tiene su contraparte, sino que es otra posibilidad: la vida está llena de contrastes, de negros y blancos, de oposiciones, de contradicciones. Y uno de los polos, de los elementos en constante lucha, es el diablo. Sin él, los dioses no serían posibles. Tampoco los ángeles. El diablo, con su olor a azufre, yergue su figura repulsiva y la erige como una alternativa. Encarna una manera diferente de ver el mundo: así como no es posible concebir el amor sin el odio, ni la vida sin la muerte, ni la memoria sin el olvido, tampoco es posible el mundo sin el diablo, sin su presencia temida y amada, calumniada y desgraciada. Su primer pecado, dicen en círculos infernales, fue el de la soberbia. Me parece que más que esto se trató de osadía, y más aún, de querer romper esquemas y rutinas, convertirse en bandera y faro. El diablo, en la tradición, es sinónimo de maldad; sin embargo, habría que mirarlo desde otros minaretes para observar esa tristeza que en ocasiones lo tortura y obliga a buscar compañía en los hombres (que no siempre son la mejor compañía).

 

Casi nadie ha hablado (¿no lo han visto?) del llanto del diablo, de su melancolía, de sus soledades dolorosas. Es un marginado y, si se desea, una suerte de ser incomprendido. Sus pasos, sus actos, siempre van contra la Ley. Contra lo establecido. Por tal se juzga como subversivo, infractor, delincuente… Y aunque en su comportamiento —en su táctica— intenta ser un imitador de Dios (en prodigios y milagrería) “para confundir a los fieles”, en realidad con ello lo que busca es dar al hombre (¿en canje por su alma?) una visión diferente del mundo, de los dioses, de lo terrenal y celestial. Acaso quiere revelar a los humanos secretos de los cielos, lo que, de por sí, lo haría ver como un delator, un traidor a la causa de la divinidad. Por esta razón, esta lo expulsa de su seno, lo derriba, lo deshereda. ¿Y todo este combate eterno no hará parte de la disputa que de los hombres hacen dioses y demonios? Cada uno, a su modo, quiere ganarse la simpatía, la adoración de sus súbditos humanos y aun celestiales e infernales.

 

Quizás el diablo se rebeló contra su patrón porque quería servir de otra manera a los hombres, quería que estos pudieran llegar a ser dioses o a igualarse con ellos. En ese sentido, su actitud sería prometeica. Hacer que el hombre sintiera su fuego interior, transformador, purificador, con el cual pudiera elevarse hasta la estatura de los habitantes del Olimpo. La empresa diabólica sería entonces amorosa, de puro sacerdote y guía espiritual, alumbrador de senderos, pastor. Así podríamos pensarlo como un héroe, como un portaestandarte de la libertad. Verlo con ojos poco ortodoxos.

 

Bajo tales características, podría ser una especie de líder, de benefactor social, alguien que desea que los esclavos rompan las cadenas, que puedan hablar en voz alta, capaces de construir y diseñar su propio destino. La obra del diablo sería, así mismo, como la de un filántropo. ¿Dónde estaría entonces su pecado? ¿Dónde su condición de enemigo del hombre?

 

¿Acaso será posible pensar al demonio como un ser transmisor de ciencia, sabiduría, conocimiento? Tiempos hubo (y la literatura, por ejemplo, da fe de ello) en que a los que daban testimonio de poseer alguna facultad especial, un don, dominio en determinada disciplina, se les catalogaba como aliados del diablo. Alquimistas, hechiceras, poetas, científicos, brujos, fueron señalados y acusados, en calendas de horrores y persecuciones, como herejes y demoníacos, posesos y blasfemos. Satán, en la historia, ha estado ligado al desarrollo de determinados procesos, no solo religiosos y folclóricos, sino literarios, artísticos. Sociológicos. Inspirador de cultos, versos, cuentos, ficciones disímiles, Satán también ha sido una suerte de musa, encarnada a veces en macho cabrío, en león, en jabalí, o también en mono, cerdo, cuervo y basilisco. Como anécdota podría contarse que el único monumento al diablo en Occidente se erigió en una de las tierras más clericales del orbe: España. En el parque de El Retiro, en Madrid, la estatua del Ángel Caído embelleció el sector y dejó boquiabiertos a más de un enemigo del tan aborrecido —y, en muchos casos, también querido— Satán.

 

En la imaginería popular el diablo es concebido, en lo físico, como un ser malforme, feo, grotesco y repulsivo. Dado que, según la tradición (¿habrá alguna tergiversación?) sus “cualidades” son la depravación, la mentira, el sacrilegio, la corrupción, la violación de mujeres, entre otras, su figura es pintada en consecuencia. Sin embargo (recuérdese que Luzbel era hermoso, inteligente, bueno) un arzobispo de Milán (Ildefonso Schuter) señaló que “el demonio es un espíritu que no ha perdido nada de su noble naturaleza”. Pero es en la literatura el territorio (sobre todo, a partir de El paraíso perdido) en el que el diablo recobra su majestad física y, si se quiere, su belleza angelical. En  rigor, teniendo él tantas capacidades para transformarse, mal haría en presentarse como un asqueroso rufián, como un monstruo, como una bestia, sin atractivos. ¿Cómo puede el diablo aumentar su capacidad de seducción? Sin duda, teniendo una presencia agradable.

 

Pero ¿será acaso, por otra parte, el diablo, como Dios, una invención humana? ¿Serán ambos producto de la imaginación, del pensamiento del hombre? Sobre el ser que hoy nos ocupa, Máximo Gorki, en uno de sus relatos, hace hablar a un personaje en estos términos: “El diablo no existe. El diablo es una invención de nuestra razón maligna. Lo han inventado los hombres para justificar sus torpezas y también en interés de Dios para no agraviarle. No existe más que Dios y el hombre y nadie más. Todo lo que se parece al diablo —por ejemplo Caín, Judas, el zar Iván el Terrible— es siempre invención de los hombres y es inventado para endosar a una sola persona los pecados y malas acciones de la humanidad. Créeme. Nosotros, que somos unos trapaceros, teníamos la necesidad de simular e imaginar algo que fuese peor que nosotros, como el diablo”.

 

En el anterior razonamiento del personaje gorkiano, simple por lo demás, el diablo es como un “chivo expiatorio”, de ser irreal en el cual descargar las culpas y atribuir la maldad del mundo. Sin embargo, se podría decir, también de modo simplista, que el hombre es una invención diabólica, una creación de Satán (¿para vengarse de Dios?), de todos los demonios. Somos un sueño de Lucifer (o, más bien, una de sus pesadillas), el producto de su magín infinito, de su poder y capacidad creativa. Él maneja nuestros hilos. Somos sus marionetas. Y cuando él quiera despertar seremos destruidos.

 

Pero también podemos decir, con la tradición judía, que las cosas existen gracias a la palabra. Y que, mediante ese artificio maravilloso, hemos creado el demonio y a todos los dioses. En virtud de esa cualidad, de poseer la palabra creadora, somos dioses: forjamos paraísos y  todos los infiernos posibles. A nuestra imagen y semejanza construimos deidades y demonios, porque, pese a todo, siempre estamos soñando, imaginando, asombrándonos con nuestro poder creador y destructor, que, a veces, como un aprendiz de brujo, somos incapaces de controlar. Somos generadores de maldad y de bondad. Y más de la primera que de la segunda. Y para hacernos los inocentes, para poner carita de yo-no-fui, endilgamos a un ser de nuestra fantasía todas nuestras culpas, nuestros odios, nuestras desgracias. Le transferimos a un producto de nuestra ensoñación y delirio, toda la bazofia, la cloaca que tenemos dentro. Y así la existencia es más fácil, puesto que hay en quién vaciar el tanque de las desdichas, las derrotas y las frustraciones.

 

Creamos al diablo para justificar nuestros defectos, las ansias de matar, de agredir. Para decir —confesar— que pecamos por culpa de ese demonio tentador (el de la carne, el del dinero, el de la avaricia, en fin). Es más expedito decir que el diablo nos empujó a hacerlo, que reconocer en nosotros el engendro de la perdición. Necesitamos una muletilla, una piedra del camino en la cual sentarnos a reposar. Y ahí está Satán como un comodín. Sirve para todo: para justificar guerras y masacres; para explicar la aparición de pestes y hambrunas; para dilucidar algún robo, un crimen, la infidelidad, las deslealtades.

 

Y puede resultar también que nuestra invención se nos salga de las manos, se torne incontrolable, libre de cualquier intención humana de manejarla. Y así, sin poder ejercer soberanía sobre nuestro resultado diabólico, sobre nuestra especie de monstruo a lo Frankenstein, el ser creado, el diablo, comenzó a dominarnos, a influir en nuestra mente y espíritu. Y de ser sus amos, nos trastocamos en sus esclavos, en sirvientes del engendro. He ahí otra de las astucias del diablo.

 

Me parece que la imagen del diablo, tan diversa, modificada según cada cultura, tiene mucho de seductora. Y de triste. ¿Quién es el que no se estremece con las disímiles y ricas historias sobre Satan? ¿Quién es el que alguna vez no ha querido realizar un pacto con el diablo? En esto consiste la inmensa capacidad de él para penetrar en nuestras almas. Es, en ocasiones, como una mujer de la noche que nos incita con sus formas, sus apetitosas carnes, sus guiños coquetones. Y entonces es capaz de atraernos, nos va venciendo la posible resistencia, se toma por asalto nuestra voluntad. Y nos tornamos presa fácil y ligera. Nos seduce como Lilith a Adán, sin remedio y sin reversa. Hay en él, que lo invade todo, un aroma hipnotizador. Lo que alguien podría denominar una atracción fatal. Todo ello, con maestría narrativa, se nota en el relato El diablo, de León Tolstoi.

 

Pero también hay en esa imagen mutante, de fácil metamorfosis, un halo de tristeza. Porque no es Dios. Pero tampoco hombre. He ahí la tragedia del diablo. Es capaz de realizar múltiples prodigios, como la deidad, y, al mismo tiempo, puede ser tan frágil como el ser humano, ondeante y vano y vacío. Asume de aquélla la taumaturgia, el deslumbramiento. La omnipresencia. Y de éste, la facultad para el engaño, para la hipocresía y el bulo. En su interior, debe de ser un espíritu dolido, atravesado por amarguras. Debe ser un solitario en medio de su corte infernal. Su condena radica en estar, a su vez, tan lejos y cerca de Dios, lo mismo que de los hombres. En ese sentido, uno podría sentir por él más conmiseración que espanto.

 

Una de las maneras más efectivas —y siempre usadas— para seducir a hombres y mujeres es la lujuria. Esta virtud o pecado capital o motivación incesante ha permitido, entre otras cosas, que el hombre se mantenga en la tierra, se reproduzca. Y Satán aprovecha esta manifestación humana. Sabe que con ella podrá ser invencible. Monjes, curas, reinas, papas, príncipes, presidentes… han sucumbido a los llamados de la carne, y ante súcubos e íncubos. Para penetrar en el ser humano, el Maligno usa la sexualidad. Avisados demonólogos afirman que en los infiernos la organización diabólica se divide en demonios hembras y machos. Y son insaciables. Dicen que pueden agotar a tres nodrizas sin darse por satisfechos.

 

En remotos tiempos, los demonios solían copular con las hechiceras. Se conocen testimonios de sus aventuras de cama. El semen del diablo es helado, tanto que llega a quemar. También se dice que el engendro no posee un miembro sexual, sino tres (un tridente) con los que puede poseer doblemente a la mujer, además de solicitar una felación. Refiriéndose a los genitales del Astuto, es célebre la descripción del demonólogo Jacques Collin de Plancy, citada por Alberto Cousté en su Biografía del Diablo:

 

“Nunca encubre sus partes sexuales, que son largas del tamaño de un codo, escamosas y sinuosas, en forma de serpiente de mediano grosor, y de un color rojo oscuro”.

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Sobre tal aspecto afloraron decenas de leyendas, en particular en la Edad Media. Hubo brujas que testimoniaron que el sexo del diablo era tan duro como un cuerno. Otras decían que el coito satánico era muy doloroso y producía hemorragias. Se decía, además, que carecía de testículos y de escroto. Sea como fuere, no hay duda de que Satán, ayer como hoy, ha sido un provocador, un excelso tentador. Es el rey de las conquistas amorosas, para el cual no hay Don Juan que lo iguale.

 

Según una tradición talmúdica, la primera presa del diablo no fue Eva, sino Adán. En el Paraíso se presentó la primera infidelidad de que se tenga noticia. En efecto, Satán, dotado de una inconmensurable inteligencia y astucia, además de sentido común, supo que la primera y más notoria debilidad del hombre era la mujer, y entonces, con las artes de la seducción, puso en marcha un plan diabólico: hizo entrar en escena la encarnación femenina del demonio: Lilith. Desnuda, provocativa y bella fue a bañarse en las aguas del Geón. Todos sus encantos estaban a la vista de “nuestro padre” Adán, hecho de tierra roja, que, sin ofrecer resistencia alguna, sucumbió a la tentación ¡qué tentación! Ambos cohabitaron —la pobre Eva ni se enteró— durante ciento treinta años. De tales amoríos adúlteros nacieron los padres de los gigantes que abundan en los mitos de la antigüedad, pero, también, según expertos en demonología, los íncubos y los súcubos.

 

El Diccionario Infernal, del citado De Plancy, dice que los íncubos son “demonios impúdicos y lascivos que tienen concúbito con las casadas y solteras”. Otros tratadistas los consideran como ángeles desgarrados por la lujuria, convertidos en demonios, que buscan placer con las mujeres cuando ellas duermen o sueñan. Los súcubos, por su parte, son demonios femeninos que tratan, por cualquier medio, de recoger el semen masculino para luego transformarse en íncubos y llevarlo a las mujeres. De esa manera, se engendra un monstruo infernal.

 

A partir de lo anterior, surgen varios interrogantes: ¿Necesita el diablo tener relaciones sexuales con los hombres? ¿Es una manera de igualarse a estos, de sentirse parte del género humano? ¿Es una forma de desafiar a los dioses? ¿Es quizá un modo para reproducirse, para prolongarse en la humanidad? Sea como fuere, la lujuria es utilizada con buen tino por el Maléfico.  Él sabe que es un arma efectiva, imperdible. Con ella es capaz de hacer caer al más recatado anacoreta o a la esposa más fiel y digna. Así, ejerciendo las artes de la carne, va haciendo del mundo su segunda patria, su particular y extensa “casa de citas”.

 

Además de la concupiscencia, Satán se vale de los pactos diabólicos. Es célebre, por ejemplo, el de Mefistófeles con el misterioso y estudioso doctor Johannes Fausto, el más renombrado mago del Renacimiento, al lado de Paracelso y Cornelio Agripa. Fausto poseía una inagotable ansia de conocimiento, una insaciada sed de sabiduría. Conocía de memoria las obras de Homero, Virgilio, Horacio, que recitaba a placer. Era dueño de dones paranormales como el de la levitación, la ubicuidad y la facilidad para las lenguas. El mito fáustico enriquecería la literatura —no solo la demoníaca— y se convertiría en el clásico ejemplo de los pactos con Satanás. A cambio de conocimiento, entrega su alma al diablo. En ese campo, hay otra serie de pactos, como el de otorgar belleza, capacidad erótica y sexual, fortuna, suerte en el amor, en el juego… Todos se pueden adquirir vendiéndole el alma a Lucifer.

 

Es famosa la historia del abate Luis Gaufridi, del siglo XV I, a quien el diablo otorgó una poderosa capacidad de conquistar damas, solo con que estas sintieran el aliento del monje. Gaufridi (lo pintan como aficionado a la magia, tímido e irresoluto) obtuvo numerosos beneficios con su pacto: llevó a la cama a numerosas y variadas mujeres, muchas de ellas vírgenes. Durante más de veinte años disfrutó de los placeres de la piel, hasta que la Inquisición lo juzgó y condenó a muerte. Se cree que el abate dio origen al mito del Tenorio, tan caro a la literatura. Con tantos pactos, el diablo ha ganado un número infinito de almas para su causa infernal.

 

De otro lado, el demonio posee en su catálogo de poderes el de las metamorfosis. Es portentosa su capacidad de mutación. Quizá la más preferida es la de macho cabrío, pero también puede asumir la del gato, buitre, yegua, lobo, serpiente y dragón. Sobre este último, se debe recordar que, en Occidente, siempre fue tenido como malvado, como una suerte de encarnación del mal y la perversidad. Las hazañas de los héroes clásicos tenían, de algún modo misterioso, relación con este animal fantástico. Así, por ejemplo, Hércules, San Miguel, San Jorge y otros, lo enfrentaron en determinados momentos y salieron victoriosos. San Agustín dice del diablo que “es león y dragón; león por el ímpetu, dragón por la insidia”.

 

De los demonios se ha dicho que pueden formar criaturas macizas, como un camello, pero no finas ni delicadas. Sea la oportunidad para recordar al Golem, hombre creado por combinaciones mágicas de letras. En la novela del austríaco Gustav Meyrink se dice que la historia del Golem se remonta al siglo XVII: “Según perdidas fórmulas de la cábala, un rabino (Judá Boew ben Bezabel) construyó un hombre artificial —el llamado Golem— para que tañera las campanas en la sinagoga e hiciera los trabajos pesados. No era, sin embargo, un hombre como los otros, y apenas lo animaba una vida sorda y vegetativa. Esta duraba hasta la noche y debía su virtud al influjo de una inscripción mágica, que le ponían detrás de los dientes y que atraía las libres fuerzas siderales del universo. Una tarde, antes de la oración de la noche, el rabino se olvidó de sacar el sello de la boca del Golem y éste cayó en un frenesí, corrió por las callejas oscuras y destrozó a quienes se le pusieron delante. El rabino, en fin, lo atajó y rompió el sello que lo animaba. La criatura se desplomó. Solo quedó la raquítica figura de barro, que aún hoy se muestra en la sinagoga de Praga”.

 

Según Jorge Luis Borges, aún se conserva la fórmula para la construcción de un Golem. Para el efecto, se requiere el conocimiento de los “alfabetos de las 221 puertas” que deben repetirse sobre cada órgano del Golem. El autor argentino agrega que en la frente de la criatura se tatuará la palabra EMET, que significa verdad. Para destruir el engendro, se borrará la letra inicial, porque así queda la palabra MET, que significa muerto.

 

Con el Golem retornamos, entonces, a aquello del poder creador de la palabra: esta es el origen de las cosas, que existen al nombrarlas. Somos creadores de dioses y demonios, de infinitos universos. Y en este vasto campo, incomprensible, contradictorio, oscuro, hemos dado vida a demonios buenos, simpáticos y maliciosos. Ahí están los trasgos, caracterizados por su modo de ser guapachoso y festivo más que por su maldad. Y los gnomos, tan gentiles, que sienten placer en servir a los hombres. Y los drollos, amistosos y útiles. Realizan las tareas más difíciles de la casa o el taller. Son incansables. ¿y qué decir de Batscumbasa, propiciador de las lluvias? También está Marbuel, servicial demonio que tiene figura de niño de diez años, “que en todo tiempo es provechoso invocar”.

 

El diablo jamás pasa de moda. No es una moda. Desaparece y reaparece, juguetón, inteligente, perspicaz. Intenta ganarnos el alma, a la cual le pone precio. Con todo, ya no vivimos los tiempos en que algunos hombres pactaban con Satán animados en conseguir sabiduría. Ya no hay ningún doctor Fausto. Hoy cualquiera vende su alma al diablo por vulgar dinero, por míseras monedas. Y así se corrompe él y se corrompe al diablo. En últimas, hoy ya nadie teme a Satán, auqnue se presente en forma de basilisco o de espantosa serpiente. Es más: pocos son los que creen en él. Se burlan de sus cachos y de su cola. Ni siquiera perciben el olor a azufre. El diablo (¿Mal necesario?) se ha desprestigiado. Es solo un alimento de viejas literaturas. De hermosas literaturas que lo han cantado, adorado, escarnecido, burlado, puesto en la picota. Ahí está, aunque usted no lo crea, con su forma de mujer, lasciva, coqueta, inquietante. Perturbadora. ¿Quién puede resistirse ante una hermosa dama? El diablo sigue poniendo en práctica su mayor astucia. Seguimos creyendo que no existe.

 

(Ensayo para el libro El diablo y otros cuentos, Biblioteca Distinta, Edilux, 1994)

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