El envidioso

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se desvela por estar craneando cómo echarle zancadilla al que lo hace sufrir porque le pone en evidencia sus limitaciones y desperfectos. Cuando intenta imitar un comportamiento, obra o cualidad del ser que le produce rasquiñas y padecimientos, la desventura y la bilis le aumentan y no es capaz de dar pie con bola. Más feróstico se torna. Puede quedar sin respiración durante un momento que a él le parece eterno cuando se entera de que aquél, que jamás le ha hecho ningún mal, solo que tiene capacidades y gracias de las que él carece, ha conseguido un triunfo en el amor, en la academia, en la creación, en la vida. En el saber. En fin. Y él no está para soportar el no poder hacer, ni siquiera con dimensión de maqueta, a escala, lo que el otro sí puede.

 

Destila amargura cuando sabe que el que él considera “un de buenas”, “un afortunado”, un asistido de la deidad —eso piensa con desdén—, cada vez adquiere más sencillez y alegría y asume una actitud de no importarle las antipatías que despierta en ese que sufre por carecer de criterio propio. Y más patalea, se muerde la lengua, se retuerce, babea, traga entero, cuando intenta parecerse al otro, imitarlo en alguna actividad, y no sabe por qué le llega una voz, que es la del otro, con una advertencia: “de mis imitadores serán mis defectos”, y entonces torna a su original posición de gusano.

 

Se dice en algunos contornos que es como un parásito. Aspira a usufructuar —lo que significa ahorrarse esfuerzos y dedicaciones— lo que el otro es y ha hecho por sus condiciones, por su disciplina e inteligencia. Pero sucede que más duro se estrella contra la realidad que le muestra que así no es la cosa. Por estar más pendiente del otro que de sí mismo, se va secando en cerebro y cuerpo, a veces no come con tranquilidad porque la imagen de su odiado y gratuito enemigo lo asedia. Se indigesta, en ocasiones se le descompone el estómago y tiene que ir de urgencia al inodoro. Se olvida de que hay que esforzarse, practicar, leer, escribir, estudiar, pensar y hasta fornicar con gracejo y sapiencia, por estar doliéndose de aquello que la desechable sociedad de consumo llama “éxito”, que el otro ha adquirido (y a veces sin proponérselo ni darse por enterado) más por disciplina mental que por estar escuchando los cantos de sirena del capitalismo.

 

No hace lo suyo, lo indicado, por estar observando, a través de invisibles ventanucos y postigos, lo que hace o no hace su imaginario rival, que nunca el otro le ha dicho nada, ni se ha puesto como ejemplo de nada, que va y viene y vive con simpleza pero, eso sí, cumpliendo con sus aspiraciones y caminando hacia el horizonte. La utopía es de este. En cambio, en aquél, la parálisis y el vacío se apoderan de su pobreza de espíritu. Este engendro digno de lástima no es capaz de actuar por sí mismo, de desarrollar un carácter propio. Se metamorfosea en debilucho y pusilánime. Un pelele. Y solo encuentra en la injuria y la hipocresía, un desahogo a su escasez de facultades.

 

No sabe cómo detener y hasta borrar, que así piensa en días de desesperos, al que le hace dar agrieras y lo tiene a punto de ulceraciones. No aparta su pensamiento, bueno, qué pensamiento ni qué nada, que el pensar no es su inclinación ni parte de su talante, no se despega mejor dicho de la proyección, que hasta en la sopa se encuentra con su persistente objeto de desacomodo y fastidio. Tiene un deseo infecundo e incumplido, y ve en su obsesionada incapacidad la manera infeliz de acabar con su presunto émulo, al que quisiera desaparecer, mas no puede. Porque su desgracia, o enfermedad buscada, él la atrae, la convoca para generarse más congojas. Hay, claro, algo de sadomasoquismo en su comportamiento deleznable, en su “pesar del bien ajeno”.

 

Su único placer, si así puede denominarse, es, cada que puede, desbarrar contra su encandilador sujeto del cual él cree es un competidor, y al hacerlo, pela el cobre, como dicen las señoras que ya saben de sus falencias y desaciertos. Quiere reconocimiento pero carece de conocimiento, ¡qué descaro!, caramba. Al envidioso su vida se le va en imaginar conspiraciones tontas contra el otro, contra el que le produce vahídos y sensaciones de inseguridad, aupadas por su mediocre actitud de estar ocupado más en las virtudes del otro (al que de todos modos quiere hallarle defectos y culpas) que en su propia existencia, vacía y con hiel permanente en la lengua.

 

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