Las olas, rumor de sol y de mariposas

 

(Un clásico del siglo XX de Virginia Woolf  y de su depresivo talento)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Virginia Woolf, la depresiva, la inteligente y creativa señora (no la Dalloway, pero por ahí va), tras la escritura y publicación de Orlando, que gustó a los lectores, y que para la novelista era como un juego de niños, se encontró, tras procesos de meditación y búsqueda, de intuiciones y notas de diario, con la escritura de una obra en la que no se contara una historia. Por lo menos, a la manera tradicional. ¿Por qué hay que contar siempre una historia? ¿Por qué no una especie de teatralidad con poesía? ¿Por qué no una serie de imágenes, de la naturaleza, de la literatura, de hombres y mujeres? ¿Ah, y por qué no empezar con la niñez para llegar hasta la muerte después de cierto recorrido vital?

 

Cómo llegar a dejar atrás la intriga, el nudo, los desenlaces (a veces predecibles; en otras ocasiones, inesperados). Una revolución en la forma, en la estructura novelística, solo así se puede, sin hacer concesiones al lector común, ni a ninguno, caminar primero con el sol naciente; después, con el sol del mediodía, y al final el sol poniente; y cómo convertir el tiempo en una gota de agua, una imagen de infancia, un enfrentamiento con la muerte de aquel que ya ha recorrido un tramo de vida. Cómo no ser evidente, sino poner a a trabajar y a cavilar al lector, que no es cualquier lector, y, por el contrario, dice uno, la señora Woolf pudo tener un lector escogido, preconcebido, un lector-escritor. Que puede ser que Las olas, que de ella tratamos, sea una novela para escritores, no para el gran público.

 

¿Cómo trastocar el diálogo en monólogo? ¿Cómo incluir seis personajes, tres hombres y tres mujeres, que se conocen desde niños y ponerlos a hablar pero con soliloquios? Doña Woolf tuvo que meditar largo y tendido sobre su manera de montar, como si se tratara, por lo demás, de una obra teatral, la que sería una de las más importantes novelas del siglo XX, Las olas, con las voces, una pequeña polifonía, de Bernard, Susan, Louis, Jinny, Neville y Rhoda, y en la que, un séptimo personaje, que no habla de manera directa, pero que es clave en la conexión íntima con los demás, Percival, forman un tejido poético, con ensoñaciones, visiones, símbolos, y, claro, con palabras. Es una odisea de las palabras. Una apuesta tenaz por la poesía como una expresión del estilo: “El mundo está completo, y yo estoy fuera de él, llorando. “¡Salvadme de ser expulsada de un soplo para siempre del lazo del tiempo!”, dice Rhoda, que veía más números que palabras.

 

El tiempo —cuya medida en un día la da el sol— es un desafío, una variable que conecta a los personajes, que le confieren una dimensión poética más que matemática y física. Tiempo como polvo de mariposas. Como charca de luz. Como la sombra “de innumerables perplejidades”. Si bien hay una referencia en el comienzo de cada parte de la novela, que es el camino del sol, en la obra transcurren años: de la infancia a la vejez de esas voces que tienen nombre, pero que, si se quiere, son solo palabras, bien hiladas, definitivas para la composición y que comportan más que sicologías, caracteres y gustos y modos de ser y de ver el mundo.

 

En el siglo XX, en la literatura, hubo tremendas revoluciones en las maneras de narrar, en el tratamiento del tiempo, y, sobre todo, en la forma de describir e incluir la conciencia de los personajes y su flujo. Con un préstamo de la sicología, en particular de las teorías y concepciones de William James, escritores como Joyce, Virginia Woolf y William Faulkner, introducen monólogos interiores en sus obras (Ulises, Las olas, El sonido y la furia…) y obtienen una nueva locomoción y dimensión de los personajes, una ubicación que va más allá de las geografías y que altera la gramática. Las corrientes de pensamiento, la actividad de la conciencia, no obedece a órdenes sintácticos, ni a la estructura sujeto-verbo- predicado. Es toda una vorágine verbal. El monólogo interior, no obstante, apareció por primera vez en literatura a fines del siglo XIX con el escritor francés Edouard Dujardin.

 

Con todo, en Las olas, con el transcurrir de soliloquios que solo se juntan (porque los personajes se encuentran en un lugar, un restaurante) en un ámbito particular, los monólogos conservan una estructura de la lengua, un orden, sin trastrocamientos de la arquitectura lógica, sin desviroles o acrobacias dadas por la falta de puntuación o por intencionados  cambios de esos signos. En esta novela, que le otorga una importancia fundamental al ritmo, no hay una revolución gramatical, pero sí una suerte de instrumentación musical. Hay, además, un narrador en tercera persona que da cuenta de los cambios del tiempo en las presuntas separaciones capitulares, y que aparece para referirse en los monólogos (y entre guiones o paréntesis) al nombre del hablante, del monologante (dijo Neville, dijo Susan, dijo Bernard…).

 

La novela, publicada en 1931y que en un comienzo se iba a llamar Las mariposas nocturnas, parece haberle dado dolorosas dificultades a su creadora y ocasionado más de una depresión. Ya en octubre de 1928, en sus notas de diario, la escritora advierte que esta obra “tiene que ser un libro abstracto, místico y ciego, una obra teatral en verso” y debe dar un salto en el estilo. Después, en 1929, dice no tener grandes impulsos para escribirlo, ni cómo empezarlo, solo “la gran presión de la dificultad. En este caso, ¿a santo de qué escribirlo? ¿Para qué? Todas las mañanas escribo un breve esbozo, para divertirme”. Y después añade que no es su pretensión contar una historia. “Podrían ser islas de luz, islas en el caudal que estoy intentando expresar…”.

 

Tras varios intentos y reflexiones, doña Woolf encontró una manera de comenzar la que sería una de sus obras más logradas. Imaginó que empezaría con el alba, con conchas en una playa, voces de gallos y ruiseñores, con la presencia de unos niños en una mesa alargada de escuela. Tenía claro que “todo muy al estilo de Las mil y una noches”, con la luz de primera hora de la mañana.

 

Con todo, la novela comienza así: “Aún no había salido el sol. El mar no se distinguía del cielo, salvo por unos ligeros pliegues, como un paño arrugado”. A la edad de cuarenta y ocho años, Virginia Woolf ya tiene concebida la novela que, como una especie de presagio, o de adelanto de lo que vendrá, puede ser como un vaticinio de su suicidio, que ocurrirá en 1941 (cuando los vientos de guerra ya eran huracanados), en el agua corriente, metida en el río, con el sobrepeso de una piedra, para irse, no vestida de mar, como Alfonsina Storni, sino de aquella corriente en la que nadie se baña dos veces (oh, Heráclito).

 

Las olas, decíamos, y ella también lo anunciaba, le sacaba canas: “¡Dios mío, cuánto dudo que sea capaz de sacar adelante este libro!”, exclamaba el domingo 16 de febrero de 1930. “Por el momento —añadía— no es más que un montón de fragmentos”. Y escribiendo Las olas, Virginia Woolf leyó con mayor intensidad a Shakespeare, a Byron, y también a la ciudad, a Londres. (Y seguramente a Catulo, Horacio y Lucrecio).Y en esas andaba, cuando se dio cuenta de que era imprescindible recortar, podar, aligerar el texto, para darle más brillo a la lengua, a las frases. Sabía que se trataba de “un libro diferente” y había que reescribirlo, o, por lo menos, “amputar masas de irrelevancia”. El 20 de agosto, decía: “Creo que Las olas se está resolviendo en una serie de soliloquios dramáticos (estoy en la página 100). Lo importante es que estos soliloquios discurran homogéneamente, entrando y saliendo, al ritmo de las olas”.

 

Quería, en la estructura, evitar los capítulos y juntar las escenas a punta de ritmo. Estaba creando una obra musical, una rapsodia, que le costaba mucho trabajo, muchas reflexiones, también vacilaciones. “Jamás me he estrujado tanto el seso para escribir un libro”, escribió en su diario el 2 de febrero de 1931. “He tardado dieciocho meses en escribirlo y me parece que no podremos publicarlo hasta octubre”. Y así se concibió un libro de enorme belleza y pleno de desolaciones, de desamparos y de dolores, como los causados, por ejemplo, por la muerte joven de Percival.

 

Las olas es un poco la infancia perdida y el camino inevitable hacia la muerte, con intermedios en que el tiempo parece no transcurrir pero, aunque no se sienta, su marcha continúa. El tiempo en una gota de agua, en una violeta luctuosa, en la caída mortal de un hombre de un caballo. En la pérdida de la juventud. Es el destino y la parábola de vida de seis personajes (bueno, de siete, que la muerte de Percival es un elemento trágico, una ruptura con la infancia de los otros), que no se darán cuenta cuando el sol se haya sumergido en el mar y tal vez (a excepción de Bernard) ninguno se percatará del avance ineluctable de la muerte, “la muerte es el enemigo”. “¡Contra ti me lanzaré, inconquistable, invicto, oh Muerte!”.

 

Qué manera artística de unir monólogos, de tejerlos, de asirlos y ponerlos al servicio de la poesía, con un sol de por medio, que ilumina y que da sombras, y que puede reflejar en las olas su eternidad, pero, al mismo tiempo, su paso ocultado por la noche.  Como una luz que agoniza.

 

 

Anuncios
Entrada anterior
Deja un comentario

2 comentarios

  1. Ester Goeta S.

     /  abril 9, 2016

    Bello reconocimiento a esta obra especial, donde sus personajes nos llevan al propio yo.
    Gracias Maestro!

    Responder
  2. EXCELENTE TE FELICITO MI QUERIDO TÍO REINALDO , ERES UN GENIO.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: