Ese “spleen” que nos ayuda a vivir

(Ensayo con tedios creativos y nuevas formas de descubrir la ciudad)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Lo producen disímiles cosas y paisajes. Las flores marchitas. Las hojas muertas sobre el asfalto indiferente, con ausencia de viento, aquietadas, perplejas en su condición de orfandad urbana. Una gota, repetida, insistente, obstinada, ¡chas, chas! en la poceta, o en el patio tras una lluvia. O la que cae sobre la frente desde un alero. La pálida sonrisa de la luna cuando no hay a quién cantarle una serenata. Es probable que se inicie cuando se terminan los asombros. O cuando se cree que ya no hay nada por descubrir. El tedio, el spleen, es posible hallarlo en los ocasos violetas y en los amaneceres brillantes cuando se vacían de contenidos vitales. O en el bote que se pierde más allá del horizonte, sin despedidas. Los marinos, o, mejor, los navegantes, jamás miran atrás en sus partidas, no porque teman al castigo bíblico de la mujer de Lot, sino porque, de hacerlo, tendrán una visión aburrida de lo que se aprestan a abandonar y es mejor, dicen, otear otros mapas, esos que dibujan las proas de los barcos en el incierto azul de la mar.

 

Lo encuentra uno en la muchacha de carnes magulladas y mirada sin destellos que sirve con aire de desgano las copas en el bar, y en el vendedor callejero de frutas que ya no siente el perfume de los azahares ni el aroma amarillo de los mangos maduros. Cuando se extinguen las sorpresas, aparece, largo y dolido como el pito de un tren viejo, el esplín. ¿Acaso ante tanto aburrimiento, ante ese artificial mundo de mermelada y manzana, Adán y Eva, para romper la monotonía, no decidieron en un momento de suma lucidez probar el fruto del árbol prohibido? Pero de alguna manera, en apariencia contradictoria, existe, intrínseca en el esplín, una suerte de diversión, de mecanismo que induce a la fiesta. Hay en él una alegría latente. Ah, sí, con una salvedad: tiene algo o mucho quizá de insuficiente. Posee una carencia. Es como una arboleda sin pájaros y sin la madurez de un fruto. O como lo explica la metáfora de Alberto Moravia sobre la necesaria pero pesada tediosidad: “Diré que la realidad, cuando me aburro, siempre me produce el efecto desconcertante que le produce una frazada demasiado corta a una persona que duerme, en una noche de invierno: la estira a los pies, y tiene frío en el pecho; la estira sobre el pecho y se le enfrían los pies; y así nunca llega a conciliar un verdadero sueño”.

 

El esplín, para ir yendo al grano, origina una sensación de “inconclusión”, de ser inacabado, a medias. Causa desconcierto y, si se quiere, angustia. Es como llegar a la puerta de la casa y entonces arrepentirse de tocar o de sacar las llaves. No se desea penetrar a ese universo tan conocido y obvio, el cual, además, amamos y deseamos, pero que de tanto probar y sentir y palpar llega a provocarnos náuseas. Sin embargo, no vomitamos. Es posible como lo escribe Moravia en su novela La Noia (El aburrimiento) que la historia y las religiones sean el inesperado fruto del aburrimiento. Así, pues, en el principio era esta condición, y luego Dios, aburrido del aburrimiento, creó la tierra, los cielos, las aguas, la luz, los animales, las plantas y al ser más aburrido del universo: el hombre. Y entonces el Edén se llenó de tedios y hubo que cambiar las reglas para que, con la aparición de la dificultad, la vida tuviera otro género de alicientes. Quizá el aburrimiento obligó a Caín a matar a punta de quijada a su hermano Abel. Y después Noé, asediado por extrañas melancolías, tuvo una hermosa iluminación e inventó el vino, combatidor de todas las tristezas, aupador de heroicidades y desafíos. Sin embargo, Dios tornó a aburrirse de su creación y envió a la tierra un destructor diluvio que, a la postre, se volvió monótono, repetido, sin mayores sobresaltos, porque la voluntad divina trajo de nuevo la calma.

 

Así también el apogeo y ocaso de los imperios pudo ser obra (a despecho de otras concepciones de la historia) de una acumulación de aburrimientos: el hombre se fue cansando de faraones, césares, sátrapas, dictadores, mandamases… Los derribaba y, tras un período de insoportables tedios, los reinventaba. Sucedió —acontece todavía— con los dioses. Los creamos, los olvidamos y, cuando nos entristecen sus ausencias, los restituimos, como si no pudiéramos vivir sin deidades.

 

El esplín es una especie de incomunicación con el entorno, con las cosas y su espíritu; un falta de relación con lo que nos rodea. Es no encontrar novedades en el paisaje. Si estoy sentado en un parque y no escucho el aleteo de palomas, su picotear en el piso, si no les arrojo maíz o alguna piedrecilla, si tampoco escucho el rumor del viento entre los árboles ni la tenue música de la fuente, si no me dice nada el concierto de las campanas de la iglesia de enfrente, entonces, sin duda, ese espacio me producirá largos bostezos, desesperaciones agudas. Puedo permanecer ahí, viendo pasar la muchacha de  falda breve y correr los niñitos tras una pelota, pero si no entablo con ellos una secreta ligazón, los veré como seres lejanos, indiferentes, como de otro planeta (¿y si fueran de otro planeta acabarían con mi esplín?).

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Me parece, de otra parte, que hay que reivindicar el derecho (tedioso tal vez) al aburrimiento. Y al hastío. Lo mismo que a la nostalgia y a la tristeza y a la imprescindible soledad. Un esplín (palabra procedente del griego spleen, que significa bazo) bien manejado nos puede conducir por los caminos de la denominada inspiración. Volver creativo el aburrimiento ha sido, en la historia de la creación, una constante en artistas, poetas y escritores. Hay en la sonrisa de enigma de Mona Lisa un poco de la melancolía de Leonardo. Quizá un excesivo aburrimiento puede guiarnos hacia la luz de la universalidad, de aquello que poseía el espíritu renacentista: saberlo todo. Tener ganas de conocerlo todo. La búsqueda del conocimiento absoluto. Podríamos especular, por ejemplo, acerca de la ansiedad de Cristóbal Colón por hallar un camino más corto para llegar a la India, tierra de las especias. Pudo ser el tedio de todo lo que lo acompañaba el factor que lo impulsó a esa aventura inesperada por el Atlántico. ¿No es acaso el aburrimiento de la tierra el que lleva al astrónomo a estudiar las estrellas? Es posible. Van Gogh, aburrido de tantas búsquedas, descubrió a los veintisiete años que la pintura era su camino final y definitivo. Y qué tal el tedio que destrozaba a Henri Toulouse-Lautrec: no solo pintaba porque lo agobiaba el esplín, sino que iba donde las putas para dejar en sus labios con rouge y en sus blancas piernas todo el fastidio de la existencia. Y Gauguin buscándose fuera de su patria donde se había aburrido de ser un “señor bien”, un empleado de segunda.

 

La condición humana requiere el aburrimiento. Le es esencial. Sin él el mundo dejaría de revelársenos. Y de rebelarse.

 

Si indagamos en la trayectoria vital de determinados escritores notaremos en distintas facetas de su existencia una dosis elevada de esplín. Pero un esplín de creación, que actúa como musa, como una rara voz que les dicta y sugiere y, por qué no, obliga a la escritura. Lo podemos rastrear y seguir en Kafka. En realidad, Gregorio Samsa aspiraba, en su honda aburrición, a convertirse en un insecto monstruoso. Esa mutación intempestiva acabaría con su exceso de esplín. Lo vemos en Camus: ¿no es Mersault un ser abatido por todos los aburrimientos? Lo hallamos en Sartre y su Nausea existencial. Y también en la obra de Sábato. Y en Dostoievski. El aburrimiento, en rigor, es una mixtura: tiene ingredientes de melancolía y de desesperación. Igual de desesperanza.

 

Las ciudades poseen altos índices de esplín. Lo llevan los transeúntes, acosados por los relojes (que en realidad no tienen prisa). Está en los edificios y en las oxidadas verjas de una casona antigua y en las chimeneas de las fábricas. Se aposenta con creces en las oficinas públicas donde se consumen grises burócratas, como los descritos por Tolstoi, por Chejov. Se escapa por los exostos de los carros y se desplaza por los atrios de las iglesias. Hay aburrimiento (dado por la mecánica repetición) en las señoras de misa diaria y en el sermón del cura. Y en el rostro angustiado del mendigo. En las muchedumbres que bostezan con el discurso gastado del candidato y en los ojos huérfanos del chico de la calle al cual nadie le ha dado una oportunidad. Esplín a montones en las figuras inmóviles de los maniquíes y en el loco delirante que corre por las cornisas. Y llega a convocar al que se está yendo, para que guarde con mansedumbre “las cosas de vivir”, como sucede en Balada para mi muerte, de Horacio Ferrer: “mi pequeña poesía de adioses y de balas,  / mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín”.

 

¿No lo ha notado usted en el lazo de la campana y en la congestionada avenida? Sí, esplín por aquí y por allá; se asoma en los ojos cansinos del centinela; se cuela por el escote de una muchacha desahuciada en amores; se reproduce en el profesor que lleva veinte años repitiendo un discurso gris y sin sobresaltos. Se aburre la sombra de la ceiba en algún atardecer. El tedio se sube a los buses urbanos, se trepa en los tejados sin gatos, baja por la garganta con el sabor de una solitaria cerveza. La cuota de esplín no falta en una añeja canción de Wurlitzer con fosforescencias de neón en un bar donde alguien espera a la nada. La tiene el perro callejero, cuyas mejores amigas con las canecas de basura, el desperdicio en el antejardín. Está en el grito madrugador del voceador de prensa. Y repartida la dosis de aburrimiento en las páginas de los diarios.

 

Quizá no exista nada más abarrotado de esplín que un domingo por la tarde. Las calles de la barriada se pueblan de soledades. Los árboles paralizan sus hojas. De pronto, pasan dos señoras de trajes oscuros, caminando con lentitudes. La tienda cierra su puerta y no hay conversaciones alrededor de una cerveza. Los jubilados se sientan al balcón a ver andar los recuerdos. Estos, a su vez, se desplazan a otros espacios, a otros tiempos. Y saltan, juguetones. Después pasa una muchacha en bicicleta, con blusa de generoso escote y pantaloneta. Se pierde con rapidez y no podemos apreciar su anatomía completa. En algún sitio se oye, ruidosa, una atardecida transmisión de fútbol, mientras unos muchachitos de tenis blancos corretean una pelota en el asfalto. Casi todas las puertas están cerradas, las ventanas también. Suenan las campanitas del carro de los helados, pero nadie sale a comprar. Hay una carga de hastío en las aceras, en los sanjoaquines de antejardín, en los pedazos de cielo que se cuelan por el patio. Un patio breve y sin plantas, sin flores, lleno de ropa limpia, que se seca en los alambres destemplados. El domingo se aburre en una insulsa conversación de vecinas, en el bostezo del televidente, en las medias que teje una abuela. Las tardes de domingo están emparentadas con la tristura. Les duele (y pesa) mucho el lunes asediador e implacable. El esplín linda con la inconformidad. O hace parte de ella en proporciones indeterminadas.

 

Cuando una calle deja de contarte sus historias, cuando te marginan las rejas de una puerta (o de una celda), cuando los avisos de prohibido el paso a particulares te frenan las intenciones, entonces tienes derecho a expresar el tedio como una manifestación de rechazo, como oposición bostezante a lo que no te place ni satisface. ¿Por qué, en determinado momento de la existencia, me tiene que gustar Proust? ¿Por qué no puedo aburrirme con Joyce, con Palestrina, con el profundo canto gregoriano?

 

El esplín, si se quiere y en cierto modo, es un mecanismo de defensa (también puede llevar a la parálisis). Mediante él puedo exteriorizar disgustos y desacuerdos y, aunque parezca imposible, realizar apologías. Es normal e incontenible que haya algo de tedio en el amor, en las relaciones sentimentales. Así se obliga cada uno a buscar alternativas, otras posibilidades, lenguajes diferentes, imaginar otros ámbitos. Cuando se entra en el estado de aburrimiento es porque se torna imperioso el hallazgo (la construcción) de otros caminos. El esplín nos llama al sacudimiento, nos induce a pensar en distintas maneras de salir de salir, de evadirnos de eso que nos angustia. Estar poseído por el tedio es como entrar en un laberinto: se nos despiertan las ansias de encontrar la salida y somos capaces de idear el hilo de Ariadna de nuestra salvación.

 

El esplín puede ser la posibilidad para subvertirlo todo. Al aburrirnos de lo establecido debemos reaccionar con la búsqueda infinita del cambio; con propuestas novedosas para producir estremecimientos y transformaciones en el entorno. O en nuestro mundo interior. Charles Baudelaire nos proporcionó una preciosa pista con sus Pequeños poemas en prosa (El spleen de París), en los que, ante todo, discurre la vida con su múltiple gama de contradicciones y asombros. Podemos poner de nuestro lado al diablo y a todos los dioses para que nos ayuden a transformar el esplín en una catapulta, en brújula, en capacidad para imaginar y crear, en motor de búsquedas. Poseer un puñado de tedio en el alma, en el sentimiento, significa que estamos vivos. Y esta situación ya es un pábulo suficiente para la alegría.

 

(Con todo el esplín de Medellín, julio de 1993. Ensayo para el libro El Spleen de París, Charles Baudelaire, Edilux Editores)

 

Obra de James Tissot

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