La emoción estética o cómo llorar con un plano secuencia

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Creo que me pasó por primera vez en un cine de pueblo, cuando en medio de la chiquillería, con sus gritos y hurras de asombro, Kirk Douglas, que en la película era Ulises, con sus amigos de peregrinación, logran meter una lanza fraguada en el único ojo de Polifemo y la emoción estética que me causó la aventura sin igual me hizo lagrimear, como si, en efecto, yo también tuviera no un venablo de celuloide en un ojo sino un sucio descomunal. Pero era porque me parecía que en esa acción colectiva había toda una congregación de fuerzas y de ganas de escapar de la cueva del cíclope, cuyas quejumbres al sentirse herido y derrotado también me causaron pena.

 

Después, y más que todo en cine, al que seguí entrando solo, para que ningún allegado o amigote me viera llorar, las escenas que me parecían de suma belleza me producían unas incontenibles riadas lacrimosas. Recuerdo que sucedió, por ejemplo, en Los girasoles de Rusia, en el Doctor Zhivago, pero también en Lawrence de Arabia, y en Barry Lindon, y no sé en cuántas más. Creo que en una versión de la vida de Goya, en la que alguien recita un poema de Miguel Hernández (“vientos del pueblo me llevan…”), que vi en el cine Libia, los lagrimones piantados a granel me nublaron la vista por un buen rato.

 

Y así sucedió cuando por las escaleras de Odessa rueda el cochecito infantil con un bebé adentro, y en varias secuencias de Novecento y de Otto e mezzo. Pero no solo con el cine las emociones se expresaban con lágrimas, que ni siquiera hubo tantas cuando la policía antimotines nos atacaba con sus gases en las manifestaciones de la Universidad de Antioquia. Me acaeció en apartados de lecturas de juventud, como con la muerte de don Quijote, por la manera tan simple y contundente como lo señala el narrador: “el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió”, y con apartes de El jardín de los cerezos, de Chejov, y de El lobo estepario, de Hesse.

 

Las Cartas a Theo me trastornaron la mirada, y tenía que parar a cada rato mientras se aclaraba la visión. Y en una lectura de adolescencia, la que hice de la novela Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida de Toulouse-Lautrec, me emocioné hasta la desesperación de llegar raudo al final, que a eso de las dos de la mañana, mamá me gritó que apagara la luz y que dejara de leer pendejadas o que podía terminar como el señor del seso flojo que se enloqueció con caballerías y romances imaginarios, eso dijo. Muchos años después, en Nueva York, no pude contener el torrente al ver en el Metropolitano una sala dedicada a Van Gogh, que también me había emocionado con la lectura de Germinal, de Zola, donde el pintor, creo, aparece como un predicador de pobres y desahuciados por la fortuna.

 

Y digo que el lagrimeo no es porque haya asuntos lacrimógenos, que también puede ser posible llorar por la historia de Giuseppe Tornatore que nos devuelve al cine de barriada, sino porque hay un deslumbramiento, una especie de entrada en lo extático, en lo místico, en ámbitos distintos a los reales, solo posibles con el arte. Tales sensaciones, que alteran sentidos y sitúan en otras dimensiones —a veces irreconocibles—  a quien las experimenta, hacen que el espectador, el lector, el oyente, en fin, se desplace hacia el misterio, hacia lo inefable. La emoción estética, como lo dijo Schönberg, cuyo dodecafonismo es como una alucinación, “supera lo tangible, contingente y relativo”. Es un llamado de lo absoluto, del mundo secreto y que se mueve en otras esferas, como las percibidas por Pitágoras.

 

No se llora ante un cuadro, una pieza musical, un filme, un drama, en fin, porque lo expresado sea triste, sino por las inexplicables conexiones con otras fibras, con desconocidas palpitaciones y encandilamientos. Aunque desde luego hay obras que mueven a la melancolía o que, por sí mismas, son una lágrima. Abundan los ejemplos. Y, a guisa de muestra, cualquiera podría decir que el Adagio de Albinoni reduce al oyente a una situación de dolores plácidos. Lo mismo que el primer movimiento de la Sonata Claro de Luna, de Beethoven. Pero, para no salirnos del mismo compositor, lo que causa el movimiento coral de su Novena Sinfonía es el ascenso a lo sublime, a lo apoteósico, y ahí sí hay caudales lagrimales sin esclusas.

 

Ah, y no siempre lo triste provoca lagrimería. En muchas ocasiones, eso mismo nos deja sin aliento, sin saber cómo reaccionar. Mudos y como parte de un silencio ensordecedor, o de un insonoro cataclismo sentimental. Hay en determinadas canciones populares unas bellezas que no solo conmueven sino que promueven emociones estéticas trascendentales. Pasa, digamos, con muchos tangos, como decir los interpretados por Gardel, como Mi Buenos Aires querido, Volver, Sueño de juventud, Melodía de arrabal, y un largo etcétera. O con las interpretaciones del Polaco Goyeneche, o de Marino, o de Berón, o de Enrique Campos, que ya me estoy introduciendo en honduras y basta ya de menciones y listados.

 

Por ejemplo, cuando escucho, pasando a otra geografía musical, el pasillo Invernal, se me llena el corazón de naufragios: “del sol que se ha dormido en la seda fragante de tu melena rubia”. Y sucede con ciertas barcarolas o con las canzonetas napolitanas, como O sole mio y Santa Lucia. Y ni qué hablar de Mattinata (L’aurora di bianco vestita / Gia’ l’uscio dischiude al gran sol…). Y, claro, hay tristuras en tantas piezas populares, que el catálogo es casi infinito.

 

El gato Piazzolla, el revolucionario del tango, nos puede desentejar el alma con Adiós Nonino y con Oblivion, dos obras hechas para la melancolía, como puede pasar, brincando a otro espacio, con Ne me quitte pas, de Jacques Brel.

 

Lo que el arte hace bello (¿qué es lo bello?) conduce a la contemplación, a la meditación, a pensar y sentir de otra manera y cantar y saltar y vivar el genio con hurras y palmas. Y esos impactos de la belleza pueden producir torrentes de lágrimas que se derraman a causa de la emoción estética, porque hay una comunión con el universo, con la intimidad, con cielos insospechados. No sé explicar por qué cada que escucho el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven me dan unas inmensas ganas de llorar, y lo mismo pasa con una pieza más elemental pero significativa como el Sueño de amor, de Liszt, y con el Concierto número 1 para piano de Tchaikovski. Y si me apuran, con obras de Grieg, Smetana y con la Partita No. 3 de Juan Sebastián Bach.

 

Las conmociones causada por lo estético, sus golpes electrizantes, no tienen explicaciones racionales. No sé por qué lloro con el plano secuencia de El arca rusa o con el violín de Isaac Stern o con las imágenes lejanas de barquitos de papel que naufragan en un arroyo de esquina. Ah, y con las noches estrelladas en las que el viento trae aromas de pomarrosa. El cíclope de la Odisea todavía se aparece en la memoria y me hace brotar un amargo lagrimón.

 

El acorazado Potemkin, de Serguei Eisenstein. Fotograma de las escaleras de Odessa

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4 comentarios

  1. José M. Ruiz P.

     /  mayo 5, 2016

    Es bueno saber llorar de vez en cuando por lo hermoso de la vida.

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  2. renandario

     /  mayo 5, 2016

    Y… que tal que dentro de un autoexilio de larga data, hasta una simple arepa mal improvisada con el resobar de una nata que no llega a mantequilla, bajo los acordes lejanos del himno paisa que se escurren por el contragolpe sonoro sobre los enmarañados cristales de una vieja ventana que rebota las blancas luces de la nieve, y que te deja filtrar la vista por entre su telaraña de hilos congelados, y ya uno… ya no es capaz de sentirse triste.

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  3. Luz Patricia Vargas Vergara

     /  mayo 5, 2016

    Reinaldo… en mi caso, lloro cada que escucho “Garganta con arena” pues tiene la frase precisa para traer a mi memoria a Rodrigo Saldarriaga:

    Canta, la gente está aplaudiendo,
    aunque te estés muriendo no conocen tu dolor.
    Canta, que Troilo desde el cielo,
    debajo de tu almohada, un verso te dejó.
    Cantor, de un tango algo insolente,
    hiciste que a la gente le duela tu dolor.
    Cantor, de un tango equilibrista,
    más que cantor artista, con vicios de cantor.

    Responder
  4. Luz Patricia Vargas Vergara

     /  mayo 5, 2016

    Reinaldo… ¿cómo evitar llorar cada que escucho “Garganta con arena”, si su letra evoca en mi nostalgia a Rodrigo Saldarriaga? Cada que oigo:

    Canta, la gente está aplaudiendo,
    aunque te estés muriendo no conocen tu dolor.
    Canta, que Troilo desde el cielo,
    debajo de tu almohada, un verso te dejó.
    Cantor, de un tango algo insolente,
    hiciste que a la gente le duela tu dolor.
    Cantor, de un tango equilibrista,
    más que cantor artista, con vicios de cantor.

    Siempre…siempre..siempre, demanera inevitable, se me desbordan los lagrimales…

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