Cuando Macondo era una fiesta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace muchos años, en 1971, un profesor de un colegio sin licencia, nos recitó de memoria el primer capítulo de Cien años de soledad. Bello era entonces una aldea fabril, con obreros que viajaban a los telares montados en pesadas bicicletas y desde sus verdes colinas se escuchaba ya la estentórea voz del despunte del movimiento estudiantil más vigoroso que tuvo Colombia. Era una lucha, entre otras reivindicaciones, “por una educación nacional, científica y de masas”.

 

El profesor nos envolvió en la divina magia de sus palabras prestadas, en medio de un silencio de muchachos asombrados, seducidos por ciénagas misteriosas y galeones enmohecidos. Aquel fue nuestro “ábrete sésamo” para entrar en la saga de los Buendía y quedar atados a un mundo en el cual el olvido ya no era posible.

 

Hacía cuatro años que García Márquez había publicado en Buenos Aires su novela de gloria. Y, claro, tenía que ser aquella ciudad inevitable, de ombúes y quejas de bandoneón, la del privilegio de ser la primera en conocer los avatares del realismo mágico tropical. Buenos Aires, metrópoli de lectores y escritores, consagró en el “subte” y en los parques al fabulador de Aracataca.

 

Cuatro años después del génesis, un profesor de parroquia dejaba perplejo a un curso de estudiantes de español, en un pueblo, cuna de un gramático y perverso presidente, Marco Fidel Suárez, el cual nos hacía roncar con sus impotables Sueños de Luciano Pulgar.

 

Dicen que García Márquez es el único inmortal que tiene Colombia, cantada por el nicaragüense Rubén Darío como una “tierra de leones”. Más que de reyes de la selva, hoy es una tierra de paramilitares, políticos corruptos, guerrilla que perdió hace tiempos sus ideales libertarios y un presidente que cada vez empeña más al país a su patrón gringo.

 

No sé si será el espléndido creador de Macondo el único inmortal. Tal vez, en ese mismo tabernáculo, estén Barba Jacob y Silva y Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera. Es posible que Carrasquilla también habite en el escaso Olimpo de colombianos inmortales. Ah, y Fernando Botero y Pedro Nel Gómez.

 

Es alentador tener por lo menos un paradigma positivo. Y, en tratándose de un artista, mejor. No es edificante estar, como estamos casi siempre los colombianos, quemándonos en la caldera de las estigmatizaciones. Porque los modelos negativos, muy abundantes, por lo demás, así lo han impuesto. Pablo Escobar, Tirofijo, los hermanos Castaño y otra horda de mafiosos, asesinos y políticos putrefactos y desvergonzados.

 

De ese modo, la balanza no siempre favorecía. “¿Colombiano?, ah, sí, coca, mafia, corrupción, sicarios…”. De pronto, alguno, menos ofensivo, decía: “¿Colombiano?, qué bueno. Paisano de García Márquez”. Ah, o de algún futbolista, como el Pibe Valderrama.

 

Por estos días (marzo de 2007), en este país de desamparos, las noticias, siempre plenas de acontecimientos trágicos, o de superficialidades y amarillismo, o de loas al uribismo, han sido distintas. Especiales y separatas sobre un escritor, que acaba de cumplir ochenta años, cuarenta de haber publicado su obra cumbre y 25 de obtener el Nobel de Literatura.

 

No está mal. Y aunque, en su parte política el galardonado escritor se ha caracterizado por ser una veleta, y, peor aún, un cortesano, una suerte de abanicador del poder, un lambón palaciego (Fidel Castro, César Gaviria, Andrés Pastrana, Bill Clinton están entre sus sujetos de adulación), su literatura ha alimentado imaginaciones y exorcizado demonios.

 

Tal vez sus últimas obras, como decir sus putas tristes, sus memorias, su Del amor y otros demonios, sus Doce cuentos peregrinos, denoten cansancio creativo y sean inferiores a portentos como Cien años de soledad, El otoño del patriarca o El coronel no tiene quien le escriba. Ya es posible perdonarle sus desaciertos. La inmortalidad admite imperfecciones.

 

Recientemente, una encuesta entre intelectuales del mundo escogió las 20 mejores obras de la literatura universal. En español, solo hay dos: el Quijote y Cien años de soledad. Un reto para los escritores de hoy en lengua castellana.

 

Tiempo después de que aquel profesor inteligente y memorioso recitó el primer capítulo ante un auditorio embelesado, volví a escuchar a un universitario, en las treguas de las pedreas entre policías y estudiantes, recitar ya no uno, sino dos y tres y cuatro capítulos de la novela de García Márquez.

 

Era como una reencarnación de antiguos rapsodas, cantando las peripecias de Odiseo y los fragores de la guerra de Troya. Era como una reedición de aquel profesor, creo se llamaba Francisco Córdoba, que nos hizo conocer a un escritor que ya se leía en todo el mundo y nos llegó a nosotros entre chimeneas fabriles y las primeras lluvias de guijarros contra bandadas de policías que sabían mucho de balas y bolillos pero poco de gitanos que traían inventos del otro lado de la Tierra.

 

N.B. Artículo a propósito de los ochenta años de García Márquez, marzo 2007

Portada de la primera edición de Cien años de soledad

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