Un librero muy viejo con una librería enorme

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B. En noviembre de 1994, me topé con una insólita librería en Buenos Aires y con un viejo librero que no quería saber nada más del mundo. Por esos días, escribí esta pequeña estampa.

 

 

Buenos Aires es una ciudad de libros. Es más: casi todos sus novelistas y poetas hablan de ella, la incluyen como personaje en sus ficciones. Es inspiradora la Reina del Plata. Hay librerías, de nuevos y viejos, por todas partes. Claro que más en la inevitable calle Corrientes, esa avenida necesaria que nace en el río y muere en un cementerio. Pero también están las de la “aristocrática” Florida, algunas de varios pisos y con baldosas de mármol. Y las de Lavalle, calle íntima, plena de cines. Y, bueno, por donde vos pasés siempre habrá una librería. Una librería siempre será tu destino en Buenos Aires.

 

Y cuando no suceda lo anterior, entonces te podrás detener en los kioscos, que son extensas casetas en las que se ofrecen, con impecable organización, periódicos, revistas (desde artísticas y científicas hasta pornográficas), videos, y, desde luego, libros, más que todo de colecciones. Son auténticas librerías sobre las aceras (veredas) de Buenos Aires.

 

Y vos ahí, andando, mirando, hojeando, alucinándote con infinitos libros (la miradera te pone los ojos como dos rayitas), sintiéndole a cada página el olor, el esprit, y de súbito estás caminando por Callao (por donde la luna rueda), casi en la esquina con Corrientes, y mirás casi sin querer un avisito añoso, inadvertido, que dice “Antigua Librería del Valle”. Y vos observás, tirás pupila, pero no la ves. Resulta entonces que te subís por un ascensor viejo, y ahí está la entrada adornada con un farolito. Empujás la puerta y listo. Estás en la que puede ser la más vieja librería de la ciudad y entonces te topás con el que, con certeza, sí es el más antiguo librero porteño: Horacio Del Valle, un señor de ochenta años, bigotito sin canas, corbata negra y saco gris. Parece un ser de otro mundo, metido entre libros que suben hasta el muy elevado techo.

 

La librería es penumbrosa. Las arañas luminosas tienen muchos foquitos fundidos, por lo que, en vez de dar luz, más bien tiran sombras. Son tantos los libros que vos sentís como una opresión asfixiante, y unos deseos urgentes de encontrar aquel texto que siempre estuviste buscando. La vas recorriendo, entrás a un cuarto y a otro, y a vos te parece que los libros se te vienen encima. Se siente una polvorienta soledad, la misma de la decadencia. No hay ni un solo dependiente. Más al fondo, solo hay sombras en los once cuartos del caserón-librería. Pero se adivina, se siente, opresiva, la presencia múltiple de libros.

 

La Del Valle fue fundada en 1906 y llegó a tener más de medio millón de libros, entre numerosos incunables y joyas bibliográficas de todo el mundo. “Esto es un refugio, del cual no le voy a contar la historia porque no tengo ganas”, te dice con una garganta de arena el viejo Horacio, delgado y pálido. “No quiero hablar de nada. El país y la librería están en decadencia… yo ya conseguí para vivir el resto de mi vida, pero solo en el caso de que muera mañana”. Sonríe, pero es una sonrisa de tristeza. Entonces pensás que ese hombre está vencido.

 

“Este país está derrumbado —te dice con su voz agria—. El mercado lo ganó todo. Y la superficialidad: ahora te sacan textos de cómo aprender a vivir en quince minutos, cómo aprender tal cosa en una hora… En realidad, no me interesa hablar con nadie. Estoy enfermo”. Hace un gesto de fastidio, de no querer saber de nadie, y se calla. Cuando se entera de que vos sos colombiano, los ojos se le iluminan: “Eh, de la tierra de (Germán) Arciniegas. Qué lindo escribe Arciniegas. Ojalá volviera a Buenos Aires. Dicen que lo van a traer”.

 

Horacio, hijo de inmigrantes españoles, creció y envejeció en la librería. Y de niño atendía el mostrador. “Desde siempre vi transcurrir la cultura de la ciudad”, te dice. Sin embargo, interrumpe. “No quiero hablar. Mi historia no le interesa a nadie”. Y entonces vos creés que a ese librero, con pinta de bohemio y poeta de otros días, lo está matando la soledad. La librería tuvo veintidós empleados. Ahora no hay nadie. Y a aquel hombre, al cual se le nota en cada arruguita la pasión por los libros, le queda muy ancho tanto espacio. Es más: parece vivir en otros días, instalado en algún recuerdo.

 

“No todo es rosa en la librería —te dice—. Fue producto de una lucha en tiempos en que estos países se estaban haciendo y todo era muy duro”. El librero torna a callarse. Camina hasta un cuarto y cierra una puerta con fuerza, con rabia. Vos quedás solo unos segundos, mirás las estanterías y salís. Afuera, la ciudad te arroja diversas alucinaciones. Entonces pensás con pesadumbre que tampoco en esa antigua librería estaba el libro que siempre estuviste buscando. Y te marchás en busca de otra, en pos de un nuevo asombro.

 

 

Pintura de José de Ribera

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1 comentario

  1. Daniel Día

     /  mayo 20, 2016

    A propósito:
    CERRAR LIBRERÍAS, QUÉ VERGÜENZA SOCIAL

    Por efectos de mi cotidianidad debo trasegar por los minifundios de la librería Nueva. Bautizo que fluctúa entre la imaginación y la más bella de las trampas. Porque han pasado todos los años del mundo y continuaba siendo nueva. Creo que es la última de las grandes en cerrarse. Se había constituido en el emblema cultural de Junín. Era un orgullo casi silencioso, pero que sustentaba los valores de la inteligencia.
    Cerrar una librería es cancelar un circuito de la fantasía. Se dirá que la tecnología, que el libro virtual y otras propuestas contemporáneas arrasaron con el libro tradicional. Explicación que lejos de aliviar recrudece la herida. Cerrar una librería es el peor de los atentados sociales. Señala con rigor los efectos de una decadencia cultural. Es síntoma inequívoco de una educación deformada. Desconfío profundamente de un progreso que cierra librerías. El libro virtual es más una moda que un adelanto lectivo. Es una opción alternativa que no contradice al libro tradicional, pero transitoriamente ayuda a la anemia del libro físico. Cómo le parece, cerrar una librería, como si se estuviese cerrando la sancochería de Rosa la peluda. Bajo los efectos de un silencio infame, cómplice, desvergonzado. Claro, como el libro en este país no le han reconocido la jerarquía que se merece. Con esas estadísticas abyectas que nos identifican –solo Haití en Latinoamérica nos gana en pésimos lectores del continente. Como si esa abulia, esa displicencia con el libro, no fuera el germen de las conductas violentas que nos identifican. “la ignorancia es la causa suprema de todos los males humanos”, decía Camus.
    Hay que parar esta hemorragia intelectual. Hay que lanzar una contra ofensiva lectora. Un S.O.S. al conocimiento libresco. Nos estamos muriendo de estupidez. Persuadir desde el Estado a los medios masivos a incorporar en su cotidianidad, fragmentos exquisitos de la vasta literatura del planeta. Cuando sorprendo a una persona leyendo un libro, casi siempre sinfonista de otoño, me provoca abrazarla por su persistencia en lo anacrónico, por su insolencia social y por su desobediencia con la moda. Cerrar una librería es cerrar una clínica del alma. Se cerró la Pluma de Oro. La del inolvidable maestro Alberto Aguirre. Se cerró la Continental, la Anticuaria, la Científica. Ahora nos humilla la realidad con el cierre de la “Nueva”. Pienso en mis amigos libreros y su heroísmo cotidiano en asumir la dificultad como un desafío a la banalidad reinante, de una ciudad pragmatizada. Don Aníbal Laverde el de Librópolis en el Unión. En Augusto Bedoya y Guillermo Salavarrieta en el Centro del Libro. Incluso en Alberto Arango y su tenacidad con “Palinuro”.
    Hay que hacer algo. Que los profesores inoculen en cada uno de los estudiantes, el virus de la lectura. Antes que nos hundamos por completo.

    CARLOS OSSA

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