Calle de café hablante y cines extinguidos

 

(Junín, la de la elegancia y la poesía ambulante, un paseo con lazos familiares)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay lugares de la ciudad en los que uno se siente no solo libre sino arropado por una sensación de seguridad (no en el sentido policíaco) dada por una especie de pertenencia, de familiaridad, de ser parte de una atmósfera, de un entorno que puede ser que ya no esté más, o de una raigambre intangible. Ahí, en esos ámbitos en los que es posible desde un dèjá vu hasta un “salto adelante” (flash-forward), como en ciertas películas o narraciones literarias, uno puede tornarse invisible o convertirse en parte de una sustancia del paisaje.

 

Ahí, en esos espacios urbanos (no sé si en los campos suceda algo similar), por los que uno ha transcurrido, visto el tiempo, sentido el ir y venir del mundo, escuchado voces que a veces son corales, a veces las de un solo hombre (o mujer) o la de un pájaro de ciudad, hay unas ataduras con tal geografía (que puede ser metafísica), como si fuera un nido, una techumbre acogedora, o la prolongación del hogar. Allí se reúnen, como en algún poema, lo ido y lo recuperado, pedacitos de porvenir y siluetas del pasado.

 

Son territorialidades que se incorporan en nuestro ser, en los sentidos, en memorias que se esconden durante años y resurgen en momentos críticos, o de fe (no teológica), o vuelven en el brillo de una vidriera, en el rumor del viento en un almendro umbrío, en la forma de caminar de una muchacha. Van con uno, sin desprenderse, con certidumbres adquiridas tal vez por las insistencias, las permanencias. A algunos les pasa en una calle o en una manzana, quizá en un parque, en el patio viejo de la escuela, en un antejardín, o en una manga de barrio donde años ha se jugó al fútbol.

 

Son conexiones con el misterio, se podría decir con cierta irresponsabilidad. O con momentos intensos que marcaron un itinerario, que otorgaron carácter o produjeron asombros y curiosidades. No hay, en esencia, una explicación racional a ese sentir. ¿Por qué aquí, en esta zona o calleja o espacialidad me siento como en mi salsa, en mis fueros, como si hubiera un cordón umbilical, ligadura maternal con una física, con una materialidad? Se podrá decir que se trata de vivencias sucesivas, de repeticiones, de estares continuados. O de idas y regresos. Sí, es posible.

 

A mí todas estas perplejidades y disposiciones anímicas me suceden en la carrera Junín en su recorrido de La Playa hasta el parque de Bolívar, en Medellín. Debe ser por tantos vaivenes desde tiempos añejos, cuando de adolescente iba y venía por esa pasarela en la que había vitrinas de elegancia, y sobre las cuales jamás aplasté la nariz contra el vidrio, y clubes de oligarcas, a los cuales entraría mucho tiempo después, y más que todo a labores de periodista (eso sí, sin corbata) o a celebraciones pagadas por la empresa donde trabajaba.

 

Quizá se deba a las entradas a la Librería Nueva, cuya vitrina de ofertas era siempre una convocación, o, sobre todo, cuando dejaba de ir a clases que trocaba por el cine María Victoria o por las salas Junín 1 y 2, cuando ya se había erigido el edificio de una prepotente textilera y derrumbado el que muchos todavía consideran como uno de los mejores teatros que había en América Latina: el Junín (aniquilado en 1968). Por aquellos días no era una atracción juvenil el Astor, con sus moros y chocolates, y sus mesas plenas de vejestorios. Tampoco el estadero Doña María, en un segundo piso, en el que durante años un cantante criollo imitaba a un cantante argentino, el de “mi tristeza es mía y nada más”, Ninguno de los desclasados que por allí pululaban aspiraba a entrar en el Salón Dorado del Club Unión, pero, junto con almacenes de prestigio y supermercaditos que entonces eran una novedad, el ambiente era familiar. Como si todo nos perteneciera, incluidas las camisas elegantes de Zhivago o los avisos de neón o las vajillas de plata del salón de té.

 

Y por esos caminares (que entonces Junín era para transeúntes y vehículos) uno derivaba aunque no se lo propusiera en el Salón Versalles, que olía a pan francés y café caliente. Al principio, uno pasaba y miraba y no entraba; imaginaba el interior, con sus mesitas de manteles blancos y sus cuadros en las paredes, y de pronto veía el ingreso de tipos de pantalones coloridos y melenas abundosas, con aires de desprecio de la mundanal cauda de pasantes de esos contornos. Al final de la calle estaba, sobre la derecha y en una esquina en la que Junín se abrazaba a Caracas. el que el imaginario denominaba el “teatro de las sirvientas”, el cine Aladino, al que jamás entré, más que todo porque su cartelera era poco atractiva. El Dux, en la misma acera de Versalles, tuvo momentos de gloria y había de vez en cuando películas de enjundia.

 

Aquel tramo, que ya para uno oscilaba entre el mito y la posibilidad de callejear sin tener que dar cuenta a nadie de aquellos recorridos, se introyectó en nuestras maneras de ser, de andar, de mirar, que a veces se desviaba de aquella riada por unos pasajes que en su momento eran una revolución en el urbanismo: los pasajes comerciales, con almacenes de discos, de ropas finas y dependientes bonitas, que formaban un tejido laberíntico con Palacé, la avenida Primero de Mayo, Maracaibo, con más cines, como el Ópera (enseguida estuvo en un tiempo un lugar de lujuria, llamado Rigoletto y diagonal, la Librería Aguirre), y el Metro Avenida (hoy convertido en entidad bancaria), la Librería Continental, el café Internacional y el Monterrey, que tenía entradas por Palacé y la Plazuela Nutibara.

 

Aquellos perímetros, de tanto frecuentarse, eran como una prolongación de la casa. El corazón de los recorridos era Junín, pero las otras calles se vinculaban como venas, parte de un torrente urbano que me alimentaba con paisajes, todos los días distintos, nuevas muchachas, nuevas películas, como las que íbamos a ver al teatro El Cid, al Odeón, al Lido, y después, cuando el cine era parte de una manera de vivir, al Libia, último bastión de la ciudad en el que se podía apreciar el cine-arte (bueno, una derivación tardía de este fue Cine Centro, que también se murió).

 

Años tantos en ese periplo por una calle con accesorios, con prolongaciones, con ecos de un tiempo en el que, a veces, poco importaba el reloj, me fue conformando con respecto a esa parte de la ciudad, una especie de cordón umbilical. Calle-madre, calle con aliento de poetas locos y muchachas bonitas, con tipos de camisas floreadas y futbolistas argentinos y periodistas en Versalles. Con un café de toda la tarde, con palabras sin agotamiento, en una mesa por la cual, de vez en cuando, se paseaba una empanada argentina y un recuerdo de la sonrisa de Gardel.

 

Ahora, cuando no están ni la librería, ni los teatros, ni las vitrinas con ropas de distinción a altos precios, ni el cantante que imitaba a Leonardo Favio, ni una que otra gitana que a veces quería decirte cuán larga sería tu existencia y cuán afortunada, cuando los ricachones del club se fueron a lucir sus caudales a sectores alejados de lo que ellos llaman el “populacho”, aquella calle de inevitable historia, de educaciones sentimentales, sigue pareciéndome un oasis, un breve espacio para ser y no ser, que el hombre —lo dijo no sé quién— es ondeante, cambiante, pero, con todo, es parte de una calle, de una cuadra, de una entrañabilidad de adobes y cemento.

 

Paso cada tanto por la pequeña avenida y tal vez lo único que me sigue siendo familiar es Versalles, con sus rosetas y cafés cantantes, sus cuadritos de fútbol y tango y los recuerdos de mesas en las que hablábamos sin censuras ni cortapisas con un café que duraba más que cualquier flor. Y en cada travesía por esta callejuela impredecible (e imprescindible) vuelvo a sentir una voz que me dice que soy parte de un paisaje de neones, fotógrafos ambulantes y librerías inexistentes.

 

(A Carlitos Spitaletta, que me preguntó en qué parte de la ciudad me sentía tranquilo. La otra, es la U. de A.)

 

Aspecto de la carrera Junín, entrada al antiguo Club Unión, hoy un centro comercial.

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4 comentarios

  1. renandario

     /  mayo 22, 2016

    Hoy como ayer… y todavía recuerdo esas tardes de Metropol, billar, tenis de mesa, un último jaque, y tome cerveza.

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  2. José M. Ruiz P.

     /  mayo 22, 2016

    Todavía ese Medellín con sus recovecos y callejuelas, sigue siendo lindo y ni se diga del peatonal Junín, a pesar de todos sus cambios. Caminar por entre los recovecos de los centros comerciales de la zona, es otra aventura para disfrutar con placer. Y sin miedos.

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  3. Hugo Bustillo Naranjo

     /  mayo 23, 2016

    Saludos Rei
    Tenés razón, ese relieve que se vivía y sentía en Junín era único. La Avenida Primero de Mayo, Palacé, Maracaibo y Caracas eran sus centinelas. Personalmente siempre me gustó Maracaibo. Cuando estaba muchacho por los espectáculos del Radioteatro de La Voz de Antioquia. Muchos nos colábamos cuando ”cucaracho”, el portero, empezaba su siesta de ronquidos, después de la una y media, recostado sobre el marco de la puerta, en un viejo y raído taburete de cuero café. Posteriormente cuando la dulces y encantadoras pelangochas del Bar las Américas, de la Barra Ejecutiva, del Internacional y del Gran Clásico ( estos dos postreros en la vueltecita sobre Palacé) con sus mohines y sonrisas paraban hasta relámpagos centellas…
    Con abrazo. h

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  4. SOY VIEJO HABITANTE DEL MEDELLIN DEL SIGLO PASADO – HE VIVIDO MUCHO TIEMPO EN EL BARRIO QUERIDO E INOLVIDABLES ARANJUEZ QUE CUMPLIO 100 AÑOS DE EXISTENCIA – SOY TANGOFILO DE TIEMPO COMPLETO – PERIODISTA – ESCRITOR – HISTORIADOR E INVESTIGADOR COLOMBIANO – TEL 2547385 GRAN AMIGO DE FERCHO CUARTAS Y COMPAÑIA

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