Un hipnotizador, una playa y Thomas Mann

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Un narrador que comienza por recordar unos acontecimientos en un balneario del Mar Tirreno, en Italia, “con pena y enojo”. Anuncia que tratará de un hecho en el que terror y la desgracia serán elementos de un espectáculo que culminará en una catástrofe. Thomas Mann escribe Mario y el hipnotizador en 1929, año en que ganará el Nobel de Literatura, y como una suerte de “descanso” en la escritura de novelas de hondo calado, como José y sus Hermanos, una tetralogía que le llevará más de diez años de intensos trabajos literarios.

 

Mario y el hipnotizador es una especie de divertimento profundo, en el que el novelista y ensayista alemán da muestra de su sapiencia y oficio, en una “nouvelle” que entre bastidores es una cuestionamiento al ascenso del fascismo en Italia con la figura de Benito Mussolini, y de modo explícito una narración cronológica de un episodio que le acontece a una familia alemana de vacaciones en Torre di Venere (un nombre ficticio de una playa, aunque hoy, tantos años después de la escritura de esta obra de Mann, haya vinos y edificios con ese nombre), donde varios incidentes harán un marco y antesala a lo que sobrevendrá, un fin inesperado, un espectáculo en el que aparecerán no solo un público que es humillado por un peculiar artista, sino un mago, conocedor de los secretos lengua, los trucos cartománticos y el poder de la hipnosis.

 

La obra, otra de Mann que sucede en Italia (Muerte en Venecia, 1912), país con el que el novelista creó vínculos afectivos y culturales, es una pequeña joya del buen escribir y del caracterizar climas y personajes. De cómo se construye un ambiente sicológico adecuado, con elementos de suspenso y con el conocimiento de la cultura (incluidos idiomas como el italiano y el francés), las maneras de ser de los niños, los jóvenes y los viejos, todo envuelto en una pieza que no deja nada al azar y cuyo tejido, a veces de finas sutilezas, da pistas a un lector atento (hay amarres indicativos) de que el final va a tener una resolución de espanto.

 

El narrador conoce en el Gran Hotel, en el que se hospedaron en un principio, a Mario, un camarero, al que apenas anuncia en los primeros párrafos y que mucho más tarde reaparecerá en la trama de la obra aunque con una presencia corta, pero definitiva en el dramático final de la misma. Después de un inconveniente que surge porque en el hotel está hospedada una señora de clase distinguida, plena de refinamientos (aquí diríamos una señora cismática), a la que altera la tos de la niña hija del narrador (que tuvo un episodio de tosferina) y con su influencia obliga a que éste y su familia se trasladen a una pensión de las inmediaciones. Otros hechos, que en rigor no están desconectados, afectan a la familia veraneante, como el escándalo que se produce en la playa ante la desnudez de la niña de ocho años, que se quita su vestido lleno de arena para lavarlo.

 

Por momentos, el narrador da cuenta de algunas presencias en aquella playa, como la de los “niños patriotas, circunstancia anormal y aterradora”, en la que el llamado nacionalismo jugaba un rol de primer orden. Entre la muchachería local se oían “modismos y tópicos sobre la grandeza y la dignidad de Italia” que constituían una interrupción y embarazo en los juegos de los niños de la pareja que a estas alturas ya va sintiendo ganas de abandonar aquellos parajes, lo que les hubiera ahorrado el conocimiento del “funesto Cipolla”, un personaje avieso, deforme y que, si el lector quiere, puede ser una especie alterada de una representación de il Duce.

 

Mann, en un apartado en el que se refiere al calor (¿habrá necesidad de decir que era sofocante?), lo nombra como un “calor de Senegal”; un sol despiadado, sol de justicia, que quema las espaldas de los visitantes. Es el calor del tiempo clásico, “el clima ardiente de la cultura, es el sol de Homero que nos achicharra”). En todo caso, el calor angustia y embrutece (son sus palabras) al narrador.

 

La noveleta dará un salto mortal, tendrá un cambio en el ritmo y en las situaciones, cuando aparece el Caballero Cipolla, que así lo anunciaban los carteles en las esquinas del poblado costero. Los avisos lo catalogaban como un artista trashumante de salón, hipnotizador, taumaturgo y prestidigitador, “que venía a distraer al distinguido y respetable público de Torre con algunos fenómenos sorprendentes y nunca vistos”. Sí, llegaba un brujo, un nigromante, un espectáculo que los niños (los hijos del narrador) no se querían perder, y a quienes los comenzó a asaltar una “impaciente curiosidad”.

 

El mago se iba a presentar en un local que estaba destinado al cine, que era “una gran barraca de tablas”, con avisos de colores chillones, en cuyo escenario estaba por desenvolverse una función que haría ver a un hombre poco común, una atracción de turistas y de algunos lugareños. Tal vez, en una maniobra para alargar el suspenso, la aparición del hipnotizador se retrasa, aumenta el desespero, hasta que unos aplausos estallaron, como “esa forma cortés de demostrar la impaciencia y que en forma moderada viene a ser como una promesa prematura de éxito para el artista”.

 

El Caballero Cipolla, en el que no había sombra de bufonismo ni trazas de chabacanería, con una indumentaria en la que aparecían esclavina, sombrero de copa, guantes blancos, pañuelo de seda al cuello, comenzará su interpretación con muestras de desprecio hacia el público. Se fumó un cigarrillo con parsimonia, como si en su actitud hubiese una provocación, una manera de transmisión de desdenes y, a su vez, de que los concurrentes supieran que él los podría dominar a su antojo.

 

El relato avanza con sucesos varios en los que el mago hace alarde de su capacidad oratoria, su conocimiento de discursos y, para sorpresa de muchos, de su control hipnótico. Hay diversos números, como los de adivinación de cifras, cartomancia y, sobre todo, hipnosis. Se muestran diversos caracteres entre el público, y el narrador va desgranando su relato, acelera o retarda el ritmo, ingresa y saca personajes, en una elaboración con maestría, con manejo extraordinario —y pertinente— del tempo y del escenario.

 

Es posible una evocación de la actriz italiana Eleonora Duse (no solo por el nombre de la pensión donde se hospedan el narrador y su familia), sino por la admiración que la dueña del establecimiento, que aparecerá en escena, le profesa a una de las más relevantes artistas del país. Por su parte, el mago, al que los circunstantes ya admiran por su parla y sus trucos, aunque es una admiración en la que se balancean —como en una imaginaria cuerda floja— temores y vacilaciones, es un conocedor (así parece) de aspectos de la escolástica, de ciertos bailes de época como el one-step (que se origina en los Estados Unidos con el tema Bogey Walk), del canto coral y de otras artes.

 

En el libro Relato de mi vida, de Thomas Mann, el escritor da cuenta de detalles de la escritura de esta obra breve, de intensidades tormentosas. Al libro le agregará un subtítulo: Vivencia trágica de un viaje. “Quiero pensar que pocas veces algo vivo ha debido su origen a causas tan mecánicas como en este caso”, dice, al recordar que en agosto de 1929 su mujer Katia y algunos de los hijos más jóvenes tuvieron una estancia veraniega junto al mar en el balneario de Rauschen, en el Báltico.

 

“No era recomendable llevarme en este viaje cómodo, pero tan largo, el material acumulado del José, el manuscrito no pasado aún a máquina. Pero como yo no soy capaz de acomodarme a un “descanso” sin trabajo, y ello me produce más perjuicios que provecho, decidí emplear las mañanas en elaborar con ligereza una anécdota cuya idea se remonta a una estancia en Forte dei Marmi, cerca de Viareggio, y a impresiones recibidas allí…”. El escritor advierte que un trabajo como el que emprendió en aquel balneario y del que iba resultar el relato de Mario y el hipnotizador, no requería ningún preparativo y se “podía sacar de la cabeza”.

 

Mann comenzó a escribir por las mañanas en su habitación, pero, más tarde, decidió hacerlo junto al mar, al aire libre, y trasladó su trabajo creativo a la playa, en medio de bañistas y niños correlones que a veces le quitaban los lápices: “ocurrió que, sin yo quererlo, de la anécdota me brotó la narración, del simple relato salió la narración espiritual, de lo privado surgió el símbolo ético, mientras constantemente me sentía lleno de un feliz asombro por el hecho de que, a pesar de todo, el mar consiguiese absorber todas las perturbaciones humanas y supiera diluirlas en su amada inmensidad”.

 

Mario y el hipnotizador es una exquisita narración (con elementos autobiográficos) que demuestra con creces el talento de Mann, en una despliegue de conocimientos y símbolos; la cultura al servicio de la ficción, del relato, y con un personaje como el nigromante Cipolla, representación del autoritarismo y de la manipulación de masas. Ah, y con un desenlace “espeluznante y fatal”, que puede sorprender al lector.

 

La noveleta Mario y el hipnotizador, de Mann, transcurre en un balneario italiano, en el Tirreno.

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